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Sentido cristiano de la ecología Destacado

Sentido cristiano de la ecología

El hombre, para ser "Señor del mundo" debe tratar a cada ser según su propia naturaleza y no bajo guía, solamente, de los intereses humanos

Se cumple un año de la encíclica del Papa Francisco Laudato si', sobre el cuidado de la Casa común. La fe bíblica asegura la dignidad de la persona humana y su valor especial, por haber sido creada para una vida de amor que sea respuesta al amor divino. Esa respuesta de amor comporta el cuidar con respeto el mundo y los seres que lo pueblan. Ya se ve que esto nada tiene que ver con un antropocentrismo despótico o radical, en el sentido denunciado por muchos de los que se dedican a la ética ambiental.

Veamos en primer lugar la relación entre cristianismo y antropocentrismo y en segundo lugar los compromisos ecológicos que resultan de la fe bíblica.

1. Cristianismo y antropocentrismo

Desde los años sesenta del pasado siglo algunos autores han acusado al monoteísmo judeocristiano de ser el primer factor de la crisis ambiental por su supuesto antropocentrismo despótico hacia la naturaleza. Se afirma que las corrientes principales de la tradición judeo-cristiana habrían favorecido la explotación de la naturaleza, al fomentar la idea de la superioridad del hombre y su dominio sobre los demás seres vivos.

En esto influyeron sin duda, entre otros factores, algunas interpretaciones inadecuadas del libro del Génesis, que habla de cultivar y cuidar la tierra más que de someterla despóticamente. También han influido probablemente algunos comentarios de las obras de Santo Tomás de Aquino en la línea de una separación excesiva del orden natural respecto al orden de lo sobrenatural o propiamente divino, de manera que no se percibían las huellas de Dios en sus criaturas no racionales, y, por ello, no se detenían en el cuidado que merecen, también por respeto a su Creador.

Al mismo tiempo, algunos de esos autores críticos admitían ciertas excepciones en la tradición judeocristiana –sobre todo, San Francisco de Asís (como se representa en la película “Hermano sol, hermana luna” (F. Zefirelli, 1972). Lo cierto es que esa acusación (que ha seguido pesando) de que el cristianismo habría favorecido el despotismo del hombre sobre el resto de la naturaleza, no tiene fundamentos en la doctrina cristiana.

Con todo, hay que tener en cuenta que la teología de la creación es de desarrollo creciente, aunque ya San Pablo afirma que a Dios se puede llegar pos sus obras creadas (cfr. Rm 1, 20). Y que hasta hace poco tiempo no se conocía suficientemente la posición de los Padres de la Iglesia, cuando hablan de que la creación no humana tiene vestigios o huellas del Creador. San Agustín afirma que el mundo material lleva en sí la “huella” de Dios, su creador, aunque es una semejanza que se ignora a sí misma y no se traduce en un dinamismo consciente (cfr. De Trinitate, XI, 5, 8).

Posteriormente se han reconocido cada vez más los elementos de la tradición judeocristiana sobre el cuidado y el servicio a la naturaleza, si bien se apunta la necesidad de cambios en las actitudes, en continuidad con las mejores tradiciones éticas (cfr. Laudato si', nn. 216 ss., sobre la "conversión ecológica").

Hay que decir que la visión bíblica es ante todo teocéntrica y solo después concede un valor especial al hombre –varón y mujer en distinción y complementariedad– como imagen y semejanza de Dios, dentro de los seres vivos queridos por Dios cada uno con su valor propio. En este sentido se opone tanto a una visión antropocéntrica radical, según la cual el hombre podría someter a su antojo la Tierra y todos los demás seres, como a una visión ecocéntrica radical donde todos los seres tendrían igual valor, siempre relativo entre sí, pero sin jerarquía alguna.

Según el mensaje cristiano, a través del varón y de la mujer el mundo no humano encuentra un cauce para dar gloria a Dios de una manera que los seres no humanos –que dan gloria a Dios con su existencia y belleza, pero no pueden expresarla con palabras y sentimientos espirituales– no poseen por sí mismos; de manera que el hombre es como el “sacerdote de la creación”, mediador entre Dios y el mundo: colabora con Dios en el cuidado de los demás seres y eleva a Dios un culto de alabanza y agradecimiento por sus dones.

Por eso, si ciertamente la Biblia habla de dominio del hombre sobre el mundo, el término dominio debe entenderse en conexión con el término señor ("dominus") referido a Dios. El hombre solamente puede ser “señor del mundo” en la medida en que, a imagen de Dios, trate a cada ser según su propia naturaleza, sin manipularlo o ponerlo exclusivamente bajo los intereses humanos.

Como afirma la encíclica Laudato si‘ (n. 64): “...las convicciones de fe ofrecen a los cristianos (...) grandes motivaciones para el cuidado de la naturaleza y de los hermanos y hermanas más frágiles” (n. 64). Esto no significa negar que en determinadas circunstancias se hayan podido dar malas interpretaciones del cristianismo o de sus enseñanzas sobre la naturaleza creada y su relación con el hombre.

El Papa Francisco recoge estas palabras de Juan Pablo II: “Los cristianos, en particular, descubren que su cometido dentro de la creación, así como sus deberes con la naturaleza y el Creador, forman parte de su fe”. Y señala asimismo la Laudato si‘: “Por eso, es un bien para la humanidad y para el mundo que los creyentes reconozcamos mejor los compromisos ecológicos que brotan de nuestras convicciones” (Ibid).

2. Fe bíblica y compromisos ecológicos

La fe bíblica afirma la distinción entre Dios y el mundo (contrariamente a todo panteísmo y animismo) y el origen creado del mundo. Y es compatible con la evolución de los seres vivos, siempre admitiendo una intervención específica de Dios para crear el alma humana.

La tradición judeocristiana comporta un horizonte ecológico que actualmente pide un cambio de valores y metas a nivel personal y social, local, nacional e internacional. Apoya la contemplación de la belleza natural (el asombro, la atención y el respeto por la comunidad biótica) y defiende lo que se ha llamado una “ética de la tierra” y de todos los seres en cuanto criaturas de Dios. Cada uno tiene su valor propio, y todos están interrelacionados, de modo que no cabe utilizar a unos en beneficio de otros sin causas proporcionadas.

En este sentido la fe cristiana sobre nuestra casa común (cfr. Laudato si‘, cap. II) rechaza igualmente el individualismo humano, sea personal, sea de grupos o de la entera especie frente al resto de la naturaleza. Pide una ecología humana, cotidiana, y social. Trata de fomentar una ecología integral con las actitudes que ello implica, sobre todo la atención a los valores que comporta, las virtudes que deben desarrollarse en las personas y las normas que pueden facilitar el cuidado de la Tierra. Impulsa una conversión ecológica y una educación para cultivar y cuidar del mundo basada en el diálogo y la experiencia, la reflexión y la solidaridad. Exige, junto con el cuidado del ambiente natural, la justicia con los más pobres y necesitados e igualmente con las generaciones venideras. Promueve la superación de un horizonte de mero bienestar y poder, en favor de una vida plena de sentido para el hombre y los demás seres. Y entiende que todo ello solamente se garantiza si se cuida el espíritu humano y su relación con Dios. Señala que destruir la Madre Tierra y maltratar los seres creados es un mal moral y religioso, es decir, un pecado.

En definitiva, de la doctrina cristiana sobre la ecología se puede decir lo que ha señalado el cineasta Wim Wenders respecto a la Laudato si‘: “En esta encíclica, la fe no es algo que lleva a los cristianos a trascender de algún modo el mundo dejándolo atrás, sino que conduce directamente al mundo, impulsando a abrazarlo y defenderlo” (Una lettera personale, en “L’Osservatore Romano”, 15-VI-2016).

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