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La Cruz ante la banalidad del mal

La Cruz ante la banalidad del mal
Anne-Marie Pelletier —autora de los textos del Via crucis que se han leido en 2017 en presencia del Papa— ha señalado en diversas entrevistas que la Cruz no puede ser un objeto decorativo a la moda. Ni menos puede ser, como por desgracia ha sucedido algunas veces durante la historia, un estandarte levantado para la exclusión o la persecución

 

La Cruz, prosigue explicando A.-M. Pelletier, no es tampoco un reflejo –con expresión de Hanna Arendt— de la “banalidad del mal”, ante la que parece que estamos acostumbrados. 

Estas palabras manifiestan bastante bien la situación de nuestra cultura occidental: junto a indudables logros en lo científico y tecnológico, estamos sumergidos en una especie de ceguera moral, producida por un sol de tinieblas (Bernanos) que hace que nos parezcan casi normales las innumerables víctimas de la historia y el abismo sin fondo de la crueldad humana, y que miremos todo eso con indiferencia.

Banalidad del mal y victoria de la Cruz

Así lo escribe A.-M. Pelletier y lo propone a nuestra consideración ante la Cruz: 

“Banalidad del mal. Son innumerables los hombres, las mujeres, incluso los niños violentados, humillados, torturados, asesinados, por todas partes y en todas las épocas de la historia” (Via crucis, 2017, meditación ante la IV estación).

Y continúa su meditación sobre el significado de la Cruz. La Cruz no es una exaltación malsana del sufrimiento, sino la superación del sufrimiento, por medio de la muerte y resurrección de Jesus, que nos ha liberado del máximo mal: el pecado. 

La Cruz, afirma esta teóloga y biblista, madre de familia, es el signo de la victoria del amor, pues solo el Amor es más fuerte que la muerte. 

¿Cuál es la verdad de la Cruz?, se pregunta. La Cruz es el testimonio de la victoria de la Vida sobre la muerte. Jesus no vino simplemente a morir sino a vivir y darnos la Vida. La cruz significa la acogida del otro, aunque sea un enemigo. Ese es el mensaje cristiano.

Pascua, paso del amor

No se trata en absoluto de la insoportable idea de la venganza del Padre que pide la sangre de su Hijo, ante la complicidad de todos en el mal. Se trata del misterio del amor de Dios en Jesús, del misterio pascual (pascua, paso del amor) revelado en las Escrituras y accesible mediante la fe: el amor de Dios que llega hasta lo más bajo de las miserias humanas —el mal, el odio, el sinsentido—, “allí donde Dios no debería estar”, con el fin de curarlas y librarnos de ellas para siempre. La Cruz se entiende desde la resurrección. No es fracaso sino victoria, triunfo del amor.


Anne-Marie Pelletier evoca la figura de Etty Hillesum, mujer fuerte de Israel que se mantuvo en pie en medio de la tempestad de la persecución nazi, y que defendió hasta el fin la bondad de la vida: “Nos susurra al oído este secreto, que ella intuye al final de su camino: en el rostro de Dios hay lágrimas que consolar, cuando llora por la miseria de sus hijos. En el infierno que invade el mundo, ella se atreve a orar a Dios: Voy a tratar de ayudarte, le dice. ¡Qué audacia tan femenina y tan divina!”. 

En efecto, como tantas mujeres que no le han fallado a Jesús (en circunstancias heroicas de persecución, tortura y martirio o en el heroísmo de una existencia ordinaria vivida para Dios y los demás, en la familia y en el trabajo), Etty fue un icono de la verdad, una Verónica de nuestro tiempo. Una mujer invadida y conquistada por el Espíritu consolador y sanador de Dios.

El testimonio coherente de los cristianos

En cambio, los respetos humanos y la vergüenza nos retraen tantas veces de ese testimonio coherente, que puede curar la ceguera propia y ajena ante el mal y dejarnos sellar por la victoria amable de la Cruz. Es así como podremos vencer la banalidad del mal y la noche tenebrosa de nuestra cobardía, para actuar con esperanza. Lo desarrolla el Papa en su oración, que concluye con estas palabras:


“O Cristo, te pedimos que nos enseñes a no avergonzarnos nunca de tu Cruz, a no instrumentalizarla sino a honrarla y adorarla, porque con ella Tú nos has manifestado la monstruosidad de nuestros pecados, la grandeza de tu amor, la injusticia de nuestros juicios y el poder de tu misericordia”.

Iglesia y Nueva Evangelización

 

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