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¡Perdón, Señor!

¡Perdón, Señor!

¡Perdón, Señor!

“¡Cómo deseo que los años por venir estén impregnados de misericordia para poder ir al encuentro de cada persona llevando la bondad y la ternura de Dios! A todos, creyentes y lejanos, pueda llegar el bálsamo de la misericordia como signo del Reino de Dios que está ya presente en medio de nosotros”. (Misericordiae Vultus, n.5)

La imagen del niño de tres años muerto como si fuera un ballenato varado en playa está dando la vuelta al mundo mostrando el drama que están viviendo miles y miles de refugiados que abandonan sus países por la guerra, por sus creencias, por la pobreza,el odio, el maltrato,….

Sirios, iraquíes, afganos,…. buscan refugio en los países de la Unión Europea. La desesperación les lleva a emprender su camino a pie, por mar, en trenes abarrotados, en camiones frigoríficos,… La mayoría de ellos muere en el intento, mientras, la parsimonia y/o inacción de nuestros gobiernos, los discursos rimbombantes de nuestros líderes, los poderosos, los “grandes", buscan - sin prisa- una solución ambigua a esta “cadena de muerte”.

Es cierto que todos nos conmocionamos al ver estas imágenes. El sufrimiento, la desesperación, la muerte, se ha metido en nuestra casa, en nuestro cómodo salón, en nuestra vida apacible, y ya no podemos, ni debemos, dejarnos llevar por la indiferencia moral de estos acontecimientos que nos parecían tan lejanos. ¡¡No podemos cerrar los ojos ante este drama!! ¡¡ Ya no hay lugar para lamentarnos “de boquilla”!!

¡¡¡Tenemos que actuar YA!!!!

Tenemos que empezar a cuidarnos los unos a los otros como si nos fuera la vida en ello…¡¡¡¡Que nos va!!!!

Y es el momento de recordar las palabras del Papa Francisco en Lampedusa hace unos años:

“¿Dónde está tu hermano?, la voz de su sangre grita hasta mí, dice Dios. Ésta no es una pregunta dirigida a otros, es una pregunta dirigida a mí, a ti, a cada uno de nosotros. Esos hermanos y hermanas nuestras intentaban salir de situaciones difíciles para encontrar un poco de serenidad y de paz; buscaban un puesto mejor para ellos y para sus familias, pero han encontrado la muerte. ¡Cuántas veces quienes buscan estas cosas no encuentran comprensión, no encuentran acogida, no encuentran solidaridad! ¡Y sus voces llegan hasta Dios!

(…) ¿Quién es el responsable de la sangre de estos hermanos y hermanas? ¡Ninguno! Todos respondemos igual: no he sido yo, yo no tengo nada que ver, serán otros, ciertamente yo no. Pero Dios nos pregunta a cada uno de nosotros: “¿Dónde está la sangre de tu hermano cuyo grito llega hasta mí?”. Hoy nadie en el mundo se siente responsable de esto; hemos perdido el sentido de la responsabilidad fraterna; hemos caído en la actitud hipócrita del sacerdote y del servidor del altar, de los que hablaba Jesús en la parábola del Buen Samaritano: vemos al hermano medio muerto al borde del camino, quizás pensamos “pobrecito”, y seguimos nuestro camino, no nos compete; y con eso nos quedamos tranquilos, nos sentimos en paz. La cultura del bienestar, que nos lleva a pensar en nosotros mismos, nos hace insensibles al grito de los otros, nos hace vivir en pompas de jabón, que son bonitas, pero no son nada, son la ilusión de lo fútil, de lo provisional, que lleva a la indiferencia hacia los otros, o mejor, lleva a la globalización de la indiferencia. En este mundo de la globalización hemos caído en la globalización de la indiferencia. ¡Nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro, no tiene que ver con nosotros, no nos importa, no nos concierne!

(…) Pero me gustaría que nos hiciésemos una tercera pregunta:

“¿Quién de nosotros ha llorado por este hecho y por hechos como éste?”.

¿Quién ha llorado por la muerte de estos hermanos y hermanas? ¿Quién ha llorado por esas personas que iban en la barca? ¿Por las madres jóvenes que llevaban a sus hijos? ¿Por estos hombres que deseaban algo para mantener a sus propias familias? Somos una sociedad que ha olvidado la experiencia de llorar, de “sufrir con”: ¡la globalización de la indiferencia nos ha quitado la capacidad de llorar! En el Evangelio hemos escuchado el grito, el llanto, el gran lamento: “Es Raquel que llora por sus hijos… porque ya no viven”. Herodes sembró muerte para defender su propio bienestar, su propia pompa de jabón. Y esto se sigue repitiendo… Pidamos al Señor que quite lo que haya quedado de Herodes en nuestro corazón; pidamos al Señor la gracia de llorar por nuestra indiferencia, de llorar por la crueldad que hay en el mundo, en nosotros, también en aquellos que en el anonimato toman decisiones socio-económicas que hacen posibles dramas como éste. “¿Quién ha llorado?”. ¿Quién ha llorado hoy en el mundo?”

En este año que vamos a celebrar el Jubileo con motivo del Año Santo de la Misericordia, ¡Perdón, Señor por las faltas de omisión cometidas! ¡Enséñame a amar, engrandece mi corazón!

Haz que , ante esta barbarie, yo, mi familia, mis amigos, nos preguntemos con generosidad: ¿qué podemos hacer?

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