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El Coliseo Destacado

El Coliseo

TESOROS DE ROMA  -  EL COLISEO

ANFITEATRO FLAVIO

«Trágico y glorioso monumento de la Roma imperial, testigo mudo del poder y del dominio, memorial mudo de vida y de muerte, donde parecen resonar, casi como un eco interminable, gritos de sangre (cfr. Jn 4,10) y palabras que imploran concordia y perdón» (Juan Pablo II).


Grandiosidad y crueldad

El Anfiteatro Flavio, que era su nombre original, refleja a la perfección el genio romano, capaz de acometer empresas de gran envergadura cuidando a la vez hasta los menores detalles prácticos.

Todo en esta construcción estaba pensado para que sus enormes dimensiones y su solidez no fuesen en detrimento ni de la belleza ni de la funcionalidad. El equilibrio arquitectónico se logró gracias a los tres pisos de arcadas, en los que se distribuyeron sabiamente los espacios para dar sensación de ligereza.

El sentido práctico estaba presente en multitud de aspectos: en los accesos, con más de ochenta puertas que permitían llenar y vaciar el anfiteatro en pocos minutos; en la distribución de los asientos, calculada para que desde cada uno de los cincuenta mil puestos pudiera verse perfectamente la arena; en el sistema de toldos que protegían a la multitud del sol y de la lluvia, y que eran extendidos por un equipo de cien soldados de la marina; en la compleja red de subterráneos, donde había ascensores de poleas para izar a los combatientes y a las fieras...

Se tardó ocho años en levantar este grandioso edificio, empleando en el trabajo a unos doce mil esclavos; en su mayoría eran hebreos, hechos prisioneros por Tito después de la destrucción de Jerusalén, en el año 70. El nuevo Amphitheatrum fue inaugurado en el año 80, con un programa de espectáculos y festejos que duró cien días: fallecieron en la arena centenares de gladiadores, y murieron unos cinco mil animales salvajes. También por entonces se celebraron las primeras naumachiae, combates navales que se realizaban inundando el interior y que, por su novedad, debieron de impresionar vivamente a los romanos.

Los sucesivos emperadores compitieron para ofrecer al pueblo espectáculos cada año más aparatosos. Séneca ya se había lamentado en el pasado de la espiral de violencia e inhumanidad a la que conducía este tipo de entretenimientos. El pueblo pedía sensaciones cada vez más fuertes, porque sólo le interesaba la sangre, el puro homicidio y las matanzas, cuanto más crueles y sofisticadas mejor.

En ese contexto, las ejecuciones de los condenados no resultaban demasiado interesantes para el público, ya que los indefensos reos apenas presentaban resistencia a los verdugos o las fieras. Por eso se llevaban a cabo a última hora de la mañana, como intermedio entre las luchas de gladiadores que se habían visto hasta ese momento y las que se tendrían por la tarde. Muchos de esos condenados, que perdían su vida ante espectadores embrutecidos y con frecuencia indiferentes, eran cristianos.

Aunque también el Circo Máximo, el Circo de Nerón y otros lugares de la Urbe fueron escenario de la muerte de muchos cristianos, en 1749 el Papa Benedicto XIV consagró el Coliseo como lugar santo en memoria de la Pasión de Cristo y de los sufrimientos de los mártires. Ese mismo año, hizo colocar alrededor de la arena las estaciones del Vía Crucis.

Un martirio insigne inAmphitheatrum

Un ejemplo conmovedor de cómo afrontaban el martirio los primeros cristianos nos lo ha dejado San Ignacio de Antioquía, muerto en tiempos del emperador Trajano. Convertido del paganismo, Ignacio fue el segundo sucesor de San Pedro en la sede episcopal de Antioquía. El año 107 fue detenido, condenado adbelvas -a las fieras- y enviado a Roma bajo custodia militar para cumplir allí su pena.

Del largo viaje desde Siria a la capital del Imperio conocemos bastantes detalles por el historiador Eusebio de Cesarea y, sobre todo, gracias a las siete cartas que el mismo San Ignacio escribió a las Iglesias de otras tantas ciudades para fortalecerles en la fe y prevenirles ante las herejías gnósticas, que por entonces empezaban a extenderse.

Todas las cartas empiezan con el saludo de Ignacio, llamado también Teoforo, portador de Dios.

Muy lleno de Dios iba San Ignacio, como refleja el tono de gozo que tienen sus cartas: cordialmente en Jesucristo y en una alegría inmaculada..., son las palabras con que saluda a los efesios; desea a los de Magnesia una sobreabundante alegría en Dios Padre y en Jesucristo; y a los filadelfios les manda un saludo en la sangre de Jesucristo, que es alegría eterna y constante...

Las razones de su felicidad eran totalmente sobrenaturales, ya que el futuro mártir conocía lo que le aguardaba; y los esbirros que le conducían no destacaban precisamente por su delicadeza: desde Siria hasta Roma, escribe, voy luchando con las fieras, por tierra y mar, de día y de noche, encadenado a diez leopardos, esto es, a un pelotón de soldados. Éstos, a pesar del bien quereciben, se hacen peores. Con sus malos tratos voy siendo más discípulo [de Cristo].

San Ignacio se gozaba de compartir la Cruz de Jesús, y tenía el deseo ardiente de que su identificación con Nuestro Señor se completase con el martirio. Por eso, ruega a los cristianos que no intercedan por él ante las autoridades y expresa su deseo de que las fieras se lancen a devorarle rápidamente: no me vaya a suceder, dice, como algunos a los que, acobardadas, no tocaron. Eran famosos algunos casos en que los animales hambrientos no habían atacado a los cristianos o incluso se habían echado mansamente a sus pies, ante el asombro de los espectadores. Según antiguas tradiciones, así sucedió a Santa Martina, San Alejandro y San Marino, entre otros santos.

El obispo de Antioquía fue arrojado a los leones in Amphitheatrum. Así vio cumplido su anhelo: Soy trigo de Dios, y es preciso que sea molido por los dientes de las fieras, para convertirme en pan inmaculado de Cristo.

Después del horrible espectáculo, los cristianos lograron rescatar algunos huesos del mártir, los custodiaron con veneración y más tarde los enviaron a Antioquía: vosotros habéis gozado de su episcopado -decía San Juan Crisóstomo a los fieles de la ciudad siria- y los romanos han admirado su martirio. El Señor os ha quitado por poco tiempo este precioso tesoro para mostrarlo a los romanos, y os lo ha devuelto con gloria mayor.

En el siglo VII, sin embargo, a causa de las invasiones sarracenas, las reliquias fueron trasladadas de nuevo a Roma, y hoy reposan en la iglesia de San Clemente. Allí se puede acudir ahora para, siguiendo un consejo del Crisóstomo, sacar frutos espirituales de estos sagrados restos, ya que son como un tesoro del que se puede tomar parte sin que nunca se agote.

 

Modificado por última vez enSábado, 24 Octubre 2015 21:04
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