Santos Simeón y Ana – 8 de octubre

Santos Simeón y Ana – 8 de octubre

SIMEÓN Y ANA
Testigos de la Presentación de Jesús
en el Templo

La ancianidad no es sólo una etapa de la vida humana. Conlleva también una situación social y un entramado de relaciones modificadas. Y un cambio notable en la autopercepción de la persona: un cambio que a veces puede resultar verdaderamente traumático.

Con el paso de los años la naturaleza humana se resiente y va perdiendo una gran parte de sus capacidades. Se pierde una gran parte de la percepción de la realidad y la persona reacciona con más dificultad y lentitud ante sus retos.

Pero también es verdad que los ancianos y las ancianas están ahí como presencia benéfica y como demanda moral. Son personas. Y son personas queridas. Muchos de ellos son todavía activos y eficaces. Son la memoria del pasado, la sabiduría del presente y la promesa de un futuro que ha de ser pensado y recreado.

Algunos han vivido durante años amarrados a la prisa y se encuentran ahora frenados por la pausa. Muchos se han mostrado avaros de minutos de negocio y se encuentran al final con las horas alargadas de un ocio sin salidas.

Algunos han creído vivir lejos de Dios y descubren ahora, con asombro y alegría, que el Señor nunca los había abandonado.

EL SIGNO DE LA GRACIA EN LA VEJEZ

Pues bien, también las páginas de la Sagrada Escritura se ofrecen como escenario para las vidas de algunos ancianos, prestan eco a sus dolores, lamentos, protestas o esperanzas. Y alguna vez hasta esbozan una leve reflexión más abstracta, pero siempre experiencial, sobre el sentido mismo de la ancianidad.

Apenas aparecida la buena noticia es acogida por dos ancianos venerables. Simeón y Ana son, después de los pastores, los primeros destinatarios del Evangelio y los primeros evangelizadores. Ellos pertenecen a ese grupo de elegidos de Dios que han descubierto la luz y la anuncian a los demás.

Parecen ser evocados para que sean testigos de que la familia de Jesús cumple con exactitud las normas prescritas por la Ley de Moisés (Lv 12, 2-8; Nm 6, 9-10). Pero, de pronto, se convierten en testigos del gran acontecimiento de la salvación. Es más, su misma presencia es ya un testimonio de la salvación y del Salvador:

 

«Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor, y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor» (Lc 2, 22-24).

 

Simeón y Ana son recordados como ancianos. En ellos se remansa la sabiduría humana de milenios y la esperanza represada durante siglos de anhelos y de exilios.

Ambos pertenecen a ese pueblo humilde que habían anunciado los antiguos profetas. Son como una prolongación del Antiguo Testamento, que se empeña en presenciar la llegada del Mesías.

Los dos están relacionados entre sí por el templo. A él sube Simeón, movido por el Espíritu. Y en él transcurre Ana los largos años de su viudez, orando día y noche y aguardando la salvación.

Hay en ellos muchos puntos de coincidencia que los convierten en figuras modélicas para la experiencia religiosa del cristiano.

SIMEÓN, O EL TIEMPO DE LA SALVACIÓN

De pocas personas se han pronunciado unos elogios tan hermosos como los que a Simeón dedica el relato del evangelio de San Lucas. Tres notas lo hacen memorable: era un hombre justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel y en él estaba el Espíritu Santo (Lc 2, 25). He ahí unas palabras que, inevitablemente, nos asoman al barandal del misterio.

 

«Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios.”

 

El texto no dice explícitamente que Simeón fuera un anciano, pero lo sugiere al poner en sus labios las palabras de aceptación de una muerte que habría de coronar sus expectativas.

Seguramente no es una casualidad que a la triple mención de la Ley (Lc 2, 22.23.24) suceda la triple mención del Espíritu Santo (Lc 2, 25.26.27). Simeón es como el gozne sobre el cual giran las dos puertas de un gran díptico. Una mira al pasado y la otra al presente. En él se encuentran la promesa y el cumplimiento. En él se encuentran la alianza antigua y la nueva. Con él parece retornar el Espíritu de Dios que se creía extinguido. Su subida al templo da lugar a la gran epifanía del Mesías.

Pertenece a la tradición de su pueblo el orar bendiciendo a Dios. Isabel había pronunciado una berakab, es decir, una bendición, al recibir la visita de María. También Simeón «bendijo a Dios» con un himno —conocido como el Nunc dimittis— que evoca las antiguas experiencias de su pueblo:

 

«Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz;
porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2, 29-32).

 

Este canto, que la Iglesia ha incorporado a la oración litúrgica del anochecer, es de una conmovedora belleza. La paz, la luz y la gloria son las grandes realidades aportadas por Jesús, que ahora se convierten en motivo de gratitud y de alabanza a Dios.

En sus brazos Simeón sostiene a un niño que había nacido para ser luz de las naciones y gloria de Israel. Un nuevo horizonte de universalidad se abre ante sus ojos cansados. Pertenece a una era nueva esa gozosa percepción de que la salvación se ofrece a todos los pueblos. Dios no es patrimonio de una sola nación o cultura. Su salvación está destinada a todas las gentes (Lc 2, 29-32).

 

«Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: “Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones (Lc 2, 33-35).

 

María y José estaban admirados. La fe, como la sabiduría, sólo puede brotar en un corazón asombrado. Con Siméon empieza toda una historia de encuentros con el Mesías, que suscitarán indefectiblemente un sentimiento de pasmo y de sorpresa.

Por los labios de Siméon se anuncia la salvación como un drama de aceptación y rechazo: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción». Así lo repetía el hombre justo movido por el Espíritu (Lc 2, 34). Y así sucederá bien pronto en la vida de Jesús y, especialmente, en la hora dramática de su pasión y de su muerte.

Su última frase se dirige personalmente a María. Una espada atravesará su corazón, es decir, toda su persona. A la luz de otros textos del mismo Evangelio (Lc 8, 21; 11, 27-28), la espada sugiere las dificultades para comprender que la obediencia a la Palabra de Dios está por encima incluso de los más sagrados vínculos familiares» (Fitzmyer, 262).

Simeón se presenta, pues, como el que acoge al Hijo de Dios. En la fiesta de la Presentación del Señor (2 de febrero), la Liturgia de las Horas nos ofrece un sermón de San Sofronio, en el que aquel patriarca de Jerusalén nos invita a recibir la luz de Cristo como lo hizo Simeón:

 

«Ha llegado ya aquella luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre. Dejemos, hermanos, que esta luz nos penetre y nos transforme.

»Ninguno de nosotros ponga obstáculos a esta luz y se resigne a permanecer en la noche. Al contrario, avancemos todos llenos de resplandor. Todos juntos, iluminados, salgamos a su encuentro y, con el anciano Simeón, acojamos aquella luz clara y eterna.

»Imitemos la alegría de Simeón y, como él, cantemos un himno de acción de gracias al Engendrador y Padre de la luz, que ha arrojado de nosotros las tinieblas y nos ha hecho partícipes de la luz verdadera.»

 

ANA, O LA HORA DE LA PROCLAMACIÓN

Pero Simeón no está solo. Junto a él aparece la figura simpática y atrayente de Ana, que es descrita con unos pocos rasgos que no tienen desperdicio:

 

»Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, dando culto a Dios noche y día en ayunos y oraciones (Lc 2, 36-37).

 

Así pues, Ana representa a los profetas, mientras que Simeón representaba a la Ley. Aquellos dos pilares de la fe y de la comunidad de Israel se unen ahora para testificar la llegada del Mesías. Ana nos recuerda a otra Ana, la madre del profeta Samuel (1S 1-2) y también a Judit, viuda como ella, que vivió en ayunos y oraciones y fue un medio privilegiado para la «liberación» de su pueblo.

Su nombre es la transcripción del hebreo Hannáh, que significa «Gracia», Favor[ecida] o Favor[ita], y viene a significar el momento que presencia y anuncia.

El Evangelio de Lucas la presenta como perteneciente a la tribu de Aser, instalada en el Norte, incluso fuera del territorio de Palestina. Había estado casada durante siete años. La versión siro-sinaítica reduce aquel período a ¡siete días! Pero de eso hacía ya muchos años. Cuando Jesús aparece en el templo, Ana parece tener ochenta y cuatro años, según interpretan el dato la mayor parte de los estudiosos. De todas formas, su larga viudez es uno de los signos privilegiados en la Biblia. La mujer viuda y anciana era uno de los modelos clásicos de la pobreza humana y de la compasión divina.

Según el Evangelio, Ana había pasado su larga vida escuchando la Palabra de Dios. Y ahora en el templo dedicaba sus días y sus noches al culto a Dios, representado por el ayuno y la oración. La asiduidad del culto a Dios la volvemos a encontrar en boca de Pablo, atribuida a las doce tribus de Israel (Hch 26, 7). Ello nos hace pensar que Ana es presentada aquí como un símbolo de todo su pueblo.

Simeón y Ana. Un mismo Espíritu los mueve. Un mismo escenario los alberga. Y un mismo misterio los reúne. Pero el texto parece subrayar una menuda y dichosa distinción que los asocia en una misión compartida y compartible. Tal vez no sea una casualidad que Simeón se dirija a los padres del Niño mientras que Ana habla a todos los que esperan la liberación de Jerusalén. El primero medita y anuncia, la segunda proclama y predica. Simeón anuncia la proyección universal del mensaje. Ana invita a Israel a descubrirlo:

 

«Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret» (Lc 2, 38-39).

 

Ana alaba a Dios y habla del Niño a todos los que esperaban la redención de Israel. Es interesante anotar que el verbo que aquí se refiere a la alabanza pública que Ana dedica a Dios no aparece más veces en todo el Nuevo Testamento. El análisis del texto sugiere, además, que la buena anciana no se limitó a hablar aquel día de Jesús, sino que <sus palabras sobre el Niño siguieron difundiéndose más allá de los muros del santuario» (Fitzmyer, 266). Así pues, Ana descubre al Salvador y proclama la hora de la salvación, es decir, de la redención y del »»rescate», que evoca la antigua liberación de su pueblo del poder opresor de los egipcios.

Ana contempla al Salvador y anuncia la llegada de su salvación. En eso consiste su don de profecía.

Entre las personas que vivían a la espera de la novedad de Dios, el evangelista Lucas nos presenta a dos personas ancianas: Simeón y Ana. Además del papel teológico que desempeñan en el texto, Simeón y Ana nos descubren el misterio y ministerio de una ancianidad que, en medio de la algarabía -como la de aquel templo de Jerusalén- abren su espíritu al paso del Espíritu. Son dos «testigos» que nos hablan de las posibilidades de una ancianidad al servicio del Evangelio y la evangelización.

El pequeño Jesús es presentado al templo para cumplir los requisitos ordenados por la Ley. Y ellos son los primeros en reconocerlo y en anunciarlo públicamente. Se podría decir que, tras los pastores y los magos, Simeón y Ana son los primeros discípulos y apóstoles del Mesías.

Simeón es el hombre justo y piadoso, lleno del Espíritu. Por él pasa el eje que separa el mundo de la Ley y el mundo del Espíritu.

Y Ana, con su clarividencia, descubre en Jesús al Mesías de Israel y así lo anuncia a todos los que esperan la liberación. San Lucas ha querido ver en estos dos ancianos los prototipos del profetismo más auténtico.

En la última edición del Martirologio Romano (2001), se ha optado por acercar la memoria de Simeón y Ana a la fiesta de la Presentación, y figura el 3 de febrero.

JOSÉ-ROMÁN FLECHA ANDRÉS 

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