Aparición de la Virgen del Pilar

La leyenda sobre sus orígenes se remonta al año 40, cuando, de acuerdo con la tradición cristiana, el 2 de enero la Virgen María se apareció a Santiago Apóstol en Caesaraugusta.

María llegó a Zaragoza «en carne mortal» —antes de su Asunción— y como testimonio de su visita habría dejado una columna de jaspe conocida popularmente como «el Pilar». Se cuenta que Santiago y los siete primeros convertidos de la ciudad edificaron una primitiva capilla de adobe a orillas del Ebro.

La documentación que nos habla de la aparición de la Virgen del Pilar hay que retrotraerla a un códice de finales del siglo XIII, en el que se menciona expresamente el título de la imagen de “Santa María del Pilar .

En 1317 encontramos una ofrenda hecha por Sancho López de Roméu Sanz, donde especifica que lo hace por amor a Dios y a “Santa María del Pilar de Zaragoza” .

Ahora bien, antes de esas fechas hallamos algunos documentos, a partir del siglo IX, que citan la existencia de una “antigua iglesia dedicada a la Santísima Virgen” en la ciudad de Zaragoza.

Veamos algunos ejemplos:

Hacia el año 855, un monje de la abadía de Saint Germain de Paris, llamado Aimonio, en un relato que narra su viaje a España para conseguir unas reliquias de san Vicente Mártir, cuenta que en Zaragoza había una iglesia dedicada a Santa María, madre de todas las iglesias de Zaragoza , y que el diácono san Vicente había sido arcediano de la iglesia de Santa María de esa ciudad. Esta última información, aunque aislada, tendría también un valor demostrativo adicional, que podría llevarnos a situar la existencia de dicho templo hacia el año 300.

Cuando Alfonso I el Batallador (ca. 1073-1134) reconquista Zaragoza el 1118, el Papa Gelasio II (1118-1119) concedió indulgencias para la restauración del templo derruido de Santa María. Poco después de la reconquista de Zaragoza, el obispo Pedro Librana dirigía una carta a toda la cristiandad dando cuenta de la victoria de las armas cristianas, y que había sido rescatado el antiguo templo de Santa María, que tantos años había estado en poder de los mahometanos. También encontramos documentación papal posterior: de Inocencio II en 1141, Eugenio III en 1146 y Alejandro III en 1171, 1179. En todos esos textos se cita a dicha iglesia y a su advocación.

Por consiguiente, se puede afirmar que tenemos noticia desde los albores del siglo IV y durante los siglos posteriores de la existencia en Zaragoza de una iglesia consagrada a la Virgen Santísima. Otra cuestión será la identificación de ese templo con la iglesia del Pilar, pero esto será ya una afirmación que se debería situar en el terreno de la hipótesis.

Sin embargo, los detractores de esta tradición, suelen alegar como argumento principal contra esa creencia, el silencio persistente de la documentación antigua y alto medieval. En efecto, llama la atención que la documentación de la antigüedad cristiana y de la época visigótica y mozarábica callen por completo respecto a este asunto.

Puede resultar sospechoso que autores cristianos del siglo IV, como Aurelio Prudencio, que estuvo en Zaragoza y en esta ciudad compuso su famoso himno en honor de los dieciocho mártires de Zaragoza, no consignara la más mínima alusión a la tradición del Pilar. Lo mismo sucede en el siglo VII con san Braulio, obispo de Zaragoza (619-631), puesto que, en ninguna de sus cartas, ni de sus tratados, ni sermones se menciona este hecho.

Otro tanto, cabe decir de san Ildefonso de Toledo (ca. 600- ca. 667), que redactó un tratado sobre la perpetua virginidad de Santa María, en donde parece que debería haber alguna referencia a esta tradición española, pero no se dice nada sobre ella.

Lo mismo sucede con otros ilustres escritores eclesiásticos visigóticos, como Tajón de Zaragoza o el Biclarense. O también, más tarde, en el siglo IX, con el más preclaro representante de la mozarabía, san Eulogio de Córdoba, que hace un viaje a Zaragoza y a los territorios cristianos del Norte de la Península y mantiene silencio sobre dicha temática. Más llamativo es el silencio de la liturgia mozarábica en la que se consignan de un modo especial las celebraciones de los santos y fiestas litúrgicas de la Hispania romana y visigótica.

Por otra parte, no obstante la actitud contraria a la tradición de quienes no la aceptan, tampoco se puede prescindir de la opinión favorable de los que la aceptan.

 

by Domingo Ramos Lisson –  www.primeroscristianos.com