Confesarse no es ir a una silla de tortura. ¡No! Es ir a alabar a Dios, porque yo, pecador, he sido salvado por Él.

Avergonzarse de los propios pecados es la virtud del humilde que se prepara para acoger el perdón de Dios: lo ha dicho el Papa Francisco esta mañana durante la Misa presidida en la Capilla de la Casa Santa Marta.

 

  

 

 

¡No debemos nunca maquillarnos ante Dios!

 

 

Avergonzarse de los propios pecados es la virtud del humilde que se prepara para acoger el perdón de Dios: lo ha dicho el Papa Francisco esta mañana durante la Misa presidida en la Capilla de la Casa Santa Marta, con la presencia de algunos dependientes del APSA, la Administración de la Sede Apostólica y de algunas religiosas. Han concelebrado el cardenal Domenico Calcagno, presidente del APSA y el arzobispo Francesco Gioia, presidente de la Peregrinatio ad Petri Sedem.

Comentando la primera Carta de San Juan, en la que se dice que “Dios es luz y en Él no hay tiniebla alguna”, el Papa Francisco ha destacado que “todos nosotros tenemos oscuridades en nuestra vida”, momentos “donde todo, incluso nuestra propia consciencia, es oscuridad”, pero esto –precisó- no significa caminar en las tinieblas: “Caminar en las tinieblas significa estar satisfecho de sí mismo; estar convencido de no tener necesidad de salvación. ¡Estas son las tinieblas! Cuando uno va hacia delante en este camino de las tinieblas, no es fácil volver atrás. Por esto Juan continua, porque quizás este modo de pensar lo ha hecho reflexionar: ‘Si decimos estar sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros. Mirad vuestros pecados, nuestros pecados: todos somos pecadores, todos… Este es el punto de partida. Pero si confesamos nuestros pecados, Él es fiel, nos perdona los pecados y nos purifica de toda iniquidad. Y nos presenta, ¿verdad?, a aquel Señor tan bueno, tan fiel, tan justo que nos perdona”.

“Cuando el Señor nos perdona hace justicia” –prosigue el Papa- antes que nada a sí mismo, “porque Él ha venido a salvar y a perdonarnos”, acogiéndonos con la ternura de un padre hacia los hijos: “el Señor es tierno hacia aquellos que le temen, hacia aquellos que van hacia Él” y con ternura “nos entiende siempre”, quiere darnos “esa paz que sólo Él da”.

“Esto, afirmó, es lo que sucede en el Sacramento de la Reconciliación” aunque si “tantas veces pensamos que ir a confesarnos es como ir a una tintorería” para lavarnos la inmundicia de nuestros vestidos: “Pero Jesús en el confesionario no es una tintorería: es un encuentro con Jesús, pero con el Jesús que nos espera, que nos espera como somos.

‘Pero Señor, mira yo soy así…’ me avergüenza decir la verdad: ‘He hecho esto, he pensado esto’. Pero la vergüenza es una verdadera virtud cristiana y también humana… la capacidad de avergonzarse: yo no se si en italiano se dice así, pero en nuestra tierra a aquellos que no pueden avergonzarse se les llama ‘sinvergüenzas’: esto es un ‘sin vergüenza’, porque no tiene la capacidad de avergonzarse y avergonzarse es una virtud del humilde, del hombre y de la mujer que son humildes”.

Es necesario tener confianza –prosigue el Papa- porque cuando pecamos tenemos a un defensor ante el Padre: “Jesucristo, el justo”. Y Él “no sostiene ante el Padre” y nos defiende frente a nuestras debilidades. Pero es necesario plantarse ante el Señor “con nuestra verdad de pecadores”, “con confianza, también con alegría, sin maquillarnos… ¡No debemos nunca maquillarnos ante Dios!

Y la vergüenza es una virtud: “bendita vergüenza”. “Esta es la virtud que Jesús nos pide a nosotros: la humildad y la mansedumbre”: “Humildad y mansedumbre son el marco de una vida cristiana. Un cristiano va siempre así: entre la humildad y la mansedumbre. Y Jesús nos espera para perdonarnos.

Podemos hacerle una pregunta: ¿entonces ir a confesarse no es ir a una silla de tortura? ¡No! Es ir a alabar a Dios, porque yo, pecador, he sido salvado por Él. Y Él… ¿me espera para golpearme? No, Él espera con ternura para perdonarme. Y ¿si mañana hago lo mismo? Ve otra vez, y otra, otra, otra… Él siempre nos espera. Esta ternura del Señor, esta humildad, esta mansedumbre…”. Esta confianza “nos da un respiro”.

Que el Señor –concluye el Papa- nos dé esta gracia, esta valentía de ir siempre hacia Él con la verdad, porque la verdad es luz, y no con las tinieblas de las medias verdades o de las mentiras ante Dios. ¡Que nos dé esta gracia! ¡Así sea!”.