Profecías de Zacarías y otras sobre la Pasión

A estos antiguos testimonios referentes al sufrimiento del Mesías se ha de añadir la no menos determinada profecía de Zacarías, quien vivió dos siglos después de Isaías (500 a.C.).

El profeta Zacarías describe en el capítulo 3 de su libro la visión del sumo sacerdote Josué, vestido del primero con el vestido ensangrentado y luego luminoso. El vestido del sumo sacerdote Josué simboliza el estado moral del pueblo: al principio pecaminoso y luego justo. En la descrita visión existen numerosos detalles referentes al misterio de la redención, pero aquí sólo vamos a citar las conclusivas palabras de Dios Padre:

“Mirad, voy a hacer venir a mi siervo «Germen». Mirad la piedra que pongo ante Josué, es piedra única con siete ojos.Yo mismo grabaré su inscripción –oráculo del Señor del universo–, y apartaré el pecado de este país en un solo día –oráculo del Señor–. (…) Derramaré sobre la casa de David y sobre los habitantes de Jerusalén un espíritu de perdón y de oración, y volverán sus ojos hacia mí, al que traspasaron. Le harán duelo como de hijo único, lo llorarán como se llora al primogénito. (…) Aquel día brotará una fuente para la casa de David y para los habitantes de Jerusalén, remedio de errores e impurezas. Aquel día –oráculo del Señor del universo– arrancaré del país los nombres de los ídolos y no se recordarán más. También extirparé del país a los profetas y el espíritu de impureza”. (Zac. 3:3-9; 12:10; 13:1).
 .
.
Hemos encontrado también el término “Retoño” en el libro de Isaías. Se refiere a Mesías de la misma manera como Su denominación “piedra angular.” Es notable que conforme con la profecía la purificación de los pecados del pueblo tendrá lugar en un día. En otras palabras, un solo Sacrificio realizará la purificación de los pecados. La segunda parte de la profecía, que ocupa el capítulo 12, habla de la pasión en la cruz del Mesías, de Su traspaso por una lanza y del arrepentimiento del pueblo. Todos estos acontecimientos ocurrieron así y están descritos en el Evangelio.
No obstante, de las dificultades que tenía el hombre del Antiguo Testamento para creer en la necesidad del sufrimiento redentor del Mesías, una serie de antiguos escritores comprendieron correctamente la profecía del capítulo 53 del libro de Isaías. Vamos a citar aquí las valiosas ideas referentes a esta peculiaridad en los antiguos libros hebreos: “¿Cuál es el nombre de Mesías?” pregunta el Talmud, y contesta: “El Enfermizo, conforme con lo escrito: Este lleva nuestros pecados y padece por nosotros.” En otra parte del Talmud figura: “Mesías toma sobre Sí mismo todos los padecimientos y sufrimientos de los israelitas. Si no aceptase estas torturas, ningún hombre podría soportar los castigos que siguen a la infracción de la ley.”
También el rabino Moche Goddarshan escribe en su interpretación de la sagrada escritura: “El Señor, santo y bendito, entró en las siguientes condiciones con el Mesías, diciéndole: Mesías Mi Santo, los pecados de los hombres serán una carga grande para Ti: Tus ojos no verán la luz, Tus oídos escucharán terribles insultos, Tu boca probará la amargura, Tu lengua se pegará a Tu paladar… y Tu alma sucumbirá de la aflicción y de muchos suspiros. ¿Estás dispuesto a aceptarlas? Si vas a tomar para Ti mismo todos estos padecimientos, – esta bien; si no, en este mismo momento voy a exterminar a todos los pecadores. Luego contesto el Mesías: Señor del universo, acepto con alegría todos estos padecimientos, pero también bajo condición de que en Mis días resucitarás a los muertos comenzando con Adán y hasta ahora, y que no solamente salvarás a ellos, sino también a todos los que deseabas crear y no creaste todavía. Entonces el Santo y Bendito Dios contestó: Sí, estoy de acuerdo. En aquel momento el Mesías aceptó gustosamente los sufrimientos, de acuerdo con lo escrito: Estaba torturado, pero sufría voluntariamente… fue sacrificado como oveja.”
Estos testimonios de los hebreos celosos y conocedores de los libros Sagrados del Antiguo Testamento son valiosos debido al hecho de que demuestran la trascendental importancia que tiene la profecía de Isaías para reforzar la fe en el poder salvador de los sufrimientos de la cruz del Mesías.