Nos trasladamos al Cenáculo en Jerusalén

En este lugar han pasado las cosas más grandes de la Iglesia: el regalo de la Eucaristía y del Sacerdocio. Aquí el Señor se apareció a los discípulos varias veces. En esta habitación estaban escondidos y reunidos con la Virgen cuando recibieron al Espíritu Santo prometido.

El Papa Benedicto XVI pudo rezar en este lugar Santo tan importante. Este edificio llamado “El Cenáculo” es lo único que queda de la iglesia bizantina y cruzada de la “Santa Sión”, la heredera de la primitiva comunidad apostólica. Las fuentes literarias coinciden en localizar el Cenáculo en la colina suroeste de Jerusalén. En 1951, se descubrieron restos evidentes de lo que fue una sinagoga judeocristiana del periodo romano.
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Nos remontamos en la historia para ver qué ha pasado desde la época apostólica hasta hoy

El año 415 el Obispo de Jerusalén Juan II, edificó la gran Basílica de Santa Sión grandiosa y de enormes proporciones. El peregrino Teodosio, en el 530, la llamará “madre de todas las iglesias”. Medía 60 por 40 metros. La gran Basílica aparece en el mosaico del siglo VI, el Mapa de Madaba.
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El 1009 la Basílica es destruida por Al Hakim, pero se salva la sala alta. Esa sala alta, el Cenáculo, la encontraron en ruinas los cruzados el 15 de julio de 1099. Ellos la reconstruyeron con el nombre de “Santa María del Monte Sión”. Pero volvió a ser destruida en 1219 por el Sultán de Damasco, El Malek el Mohaddam.
En 1333 Roberto de Nápoles y Sancha de Mallorca adquieren los terrenos y reconstruyen la Iglesia y la Sala alta; y todo lo entregan a los Franciscanos para su custodia. Es la actual sala gótica. Además de las paredes, el techo y las columnas hoy quedan algunos detalles de esa época: antes de salir, se puede contemplar un capitel en el baldaquino de la escalera que desciende a la planta inferior.
Representa al pelícano alimentando a sus poyuelos con su propia sangre. En 1429 los Franciscanos son expulsados de la sala inferior. La consiguen recuperar por dinero, pero la vuelven a perder en 1452. En 1524 un Decreto de Soliman les arrebata también la sala alta y en 1551 el conventito que tenían cerca.
En el siglo XIX se tolera la visita de cristianos a la Sala alta, pero no la celebración de Misas. En 1948 el Cenáculo cayó en zona israelí y los musulmanes lo abandonaron. La volvieron a adquirir en propiedad los franciscanos hasta que fueron desplazados por los judíos sosteniendo que allí pudo estar enterrado el rey David. Así fue convertido en Monumento nacional por la tumba de David y también para conmemorar el holocausto. Ahora se permiten las visitas al Cenáculo, pero no el culto.
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El piso superior fue reconstruido por los franciscanos en el siglo XIV para conmemorar el lugar de la Ultima Cena. Es también identificado como “la sala superior” donde el Espíritu Santo descendió sobre los Apóstoles en Pentecostés. El arqueólogo israelí Pinkerfeld en 1960 observó grafitis en el revoque del muro absidal de lo que hoy es la estancia de la tumba de David, con los nombres abreviados de Jesús, Señor y Salvador. Esta casa-iglesia tan antigua mantuvo las dos plantas, de las que la segunda era venerada como el Cenáculo.
Termino algunas de las palabras que el Papa Benedicto XVI dijo en este lugar recientemente, y en las que nos animaba a ser valientes, como los discípulos, con la fuerza del Espíritu Santo:
“En el Cenáculo el misterio de la gracia y salvación de la que somos destinatarios y también heraldos y ministros, puede expresarse solamente en términos de amor. Ya que Èl nos amó en primer lugar y sigue amándonos, tenemos que responder con amor.
Este amor que transforma, que es gracia y verdad, nos lleva como individuos y como comunidad a superar la tentación de encerrarnos en nosotros mismos en el egoísmo, la indolencia o el aislamiento, en el prejuicio o el miedo y a entregarnos con generosidad al Señor y a los demás. Nos lleva como comunidad cristiana a ser fieles a nuestra misión con franqueza y valor”.