LOS DISCÍPULOS DE EMAÚS

El mismo domingo se apareció Jesús a dos discípulos que se dirigían a Emaús, una aldea distante unos doce kilómetros de Jerusalén. Sólo San Lucas nos narra esta aparición. Es un relato de gran belleza, en el que el evangelista se muestra perfectamente informado. Uno de los viajeros, Cleofás, podría ser la fuente que le suministró los detalles de la narración.

Estos dos discípulos han salido a primeras horas de la tarde de Jerusalén y han oído lo que decían las mujeres acerca del sepulcro vacío y de los ángeles que afirmaban que Jesús había resucitado. Pero esto no ha sido suficiente para levantar en ellos una leve esperanza en la resurrección. Se diría que ni siquiera se han tomado la molestia de ir al sepulcro, que a estas horas ya habría sido visitado por la mayor parte de los discípulos que se encuentran en Jerusalén.

 

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Han esperado que pasara el descanso sabático y enseguida se han puesto en marcha. Por el diálogo que mantienen parece que se trata de discípulos de la primera hora, buenos conocedores del Maestro y de sus enseñanzas.Los dos hombres caminaban entristecidos por la tragedia del Calvario mientras hablaban de los acontecimientos que han sucedido, del ir y venir de las mujeres, de ratos pasados junto al Maestro…

Jesús resucitado, como un viajero más, les dio alcance y se emparejó con ellos. Esto no era raro en los caminos de Palestina. Pero no percibieron que era Él, pues sus ojos estaban incapacitados para reconocerlo. El Señor no quería aún ser identificado, y ellos podían haber pensado cualquier cosa menos que el Maestro estaba a su lado.

Jesús se introduce en su conversación con una pregunta: ¿Qué conversación lleváis entre los dos mientras vais caminando? Se detuvieron un instante entristecidos, dice el texto. Uno de ellos, Cleofás, le respondió: ¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha pasado allí estos días? Y Jesús preguntó: ¿Qué ha pasado?

La conversación se desarrolla con frases breves, conmovidas, entrecortadas: casi se percibe la respiración jadeante de los dos discípulos. Le explicaron a Jesús lo que había sucedido: Lo de Jesús el Nazareno… Cómo le habían condenado a muerte y le habían crucificado. Le hablaron de sus esperanzas fallidas, de las noticias que habían traído las mujeres, del sepulcro vacío… pero a Él nadie le había visto.

Tenemos aquí una imagen de los sucesos y de la Iglesia incipiente. Cleofás y su compañero abrigan el sentimiento de pertenecer a una comunidad que, todavía sin nombre, tiene ya conciencia de existir: las mujeres que estaban con nosotros… algunos de los nuestros…, dicen con sencillez. Y, a pesar de todo, no se consideran separados de la comunidad judía; dicen con respeto: nuestros sacerdotes, nuestros magistrados...; no se despegan de su nación, ni cuando manifiestan sus dolorosas quejas por lo que han hecho.

De Jesús tienen un concepto muy elevado. En la conversación con este desconocido, al azar del viaje, no exteriorizan todos sus pensamientos; dicen lo mínimo que pueden decir, pero sus palabras están llenas de grandeza. Hablan de Jesús como de un gran Maestro, poderoso en palabras y obras, santo delante de Dios y del pueblo. No se arriesgan a llamarle el Mesías, el Cristo; la discreción y la prudencia al hablar de estos temas, que tantas veces empleó su Maestro, ha producido sus efectos en ellos, pero lo sugieren al decir: él sería quien redimiera a Israel…

En el fondo de sus almas, estos dos hombres están llenos de un fervor extraordinario respecto a Jesús: no piensan más que en Él, no hablan más que de Él… Quince veces se repite en esta página el pronombre «Él». Aun estando tan desolados, los discípulos no se han desligado de todo; ciertamente, desbordan ternura y veneración hacia el Maestro.

De alguna manera reflejan la viva emoción que desde el amanecer reina en la pequeña comunidad de seguidores de Jesús. Las mujeres afirman haber visto ángeles que les han dicho: «Él» vive; pero no las han creído. Además, ¿iban a ser las mujeres las primeras en saberlo? Después de Pedro y de Juan, muchos otros irían a visitar el sepulcro y lo encontraron vacío.

María, la madre de Santiago, y Salomé, la madre del otro Santiago, ¿iban a dejar a sus hijos en la tristeza y el llanto? (Mc); debieron, sin duda, moverlos para que se acercaran al sepulcro. Muchos se encontrarían allí, en el huerto, cerca de la tumba vacía; unos de ida, otros de vuelta… José de Arimatea, Nicodemo y otros más no podrían permanecer insensibles a lo que estaba sucediendo. Y comentarían los sucesos que hora a hora se producían. Éste debió de ser el clima general de aquella mañana.

Todos han encontrado las cosas como dijeron las mujeres; pero a él no le vieron. Esto era lo esencial para ellos. Si había resucitado verdaderamente, ¿qué esperaba para dejarse ver? En el fondo, Cleofás y su compañero no permanecen completamente ajenos a la idea de la resurrección de su Maestro: la alusión al tercer día es un recuerdo de las predicciones de Jesús; se sienten un tanto inquietos y desdichados al ver cómo transcurre esta jornada. Lo lógico hubiera sido esperar hasta el fin del día para ponerse en camino, pero ¿quién puede hablar de lógica en tales momentos?

Estos discípulos eran sin duda hombres buenos, que habían tenido una gran intimidad con Jesús, pues fueron de los afortunados con los que Él estuvo más tiempo en este primer día.

Jesús les dijo en tono amable: ¡Oh necios y tardos de corazón para creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era preciso que el Cristo padeciera estas cosas y así entrara en su gloria?

El nuevo compañero de viaje se mostró muy versado en las Escrituras, pues comenzando por Moisés y siguiendo por los profetas les interpretaba todos los pasajes referentes al Mesías. Parecía no saber nada y lo conocía todo. Jesús les hablaba con una voz cálida y persuasiva que les penetraba hasta lo más íntimo del corazón.

Llegaron al término del viaje. El desconocido hizo ademán de continuar adelante. Han pasado algunas horas de la tarde y el día declinaba. Jesús quiere que le insistan para quedarse con los dos discípulos. Y ellos le suplicaron que se quedara: Quédate con nosotros, porque ya está anocheciendo y va a caer el día. Y Jesús se quedó. Probablemente no se trata de una posada, sino de la casa de uno de ellos [12].

Llegó la hora de la cena, y Jesús presidió la mesa y realizó los gestos acostumbrados: pronunció la bendición, dividió el pan, lo distribuyó… como hacía siempre, con su estilo propio. Entonces lo reconocieron; sus gestos eran inconfundibles. Se les abrieron los ojos y lo reconocieron. Y Jesús desapareció de su presencia. Y recordaron cómo su ánimo había ido cambiando mientras le escuchaban y su corazón se iba llenando hasta rebosar: ¿No es verdad que ardía nuestro corazón dentro de nosotros, mientras nos hablaba por el camino y nos explicaba las Escrituras?

Ahora caen en la cuenta: una conversación así no podía ser más que de Jesús; nadie podía hablarles de aquella manera ni desvelar de modo semejante las Escrituras.

¿Qué iban a hacer ahora que habían visto a Jesús resucitado? Salir corriendo hacia Jerusalén, a pesar de que estaba oscureciendo. ¡Deben dar la enorme noticia a los demás! No hay tiempo ni para comer. Ya lo harían en la ciudad.

Llegaron a Jerusalén y se encontraron a los Once reunidos y a otros discípulos, que a su vez les comunicaron: ¡El Señor ha resucitado realmente y se ha aparecido a Simón! [13]. Ya estaba todo claro.

Y ellos contaban lo que había pasado en el camino, y cómo le habían reconocido en la fracción del pan.

Vida de Jesús, Fco Fdez Carvajal

 

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Henri Gourinard es un guía turístico con licencia en Israel y también profesor de geografía histórica e historia del antiguo Cercano Oriente en el Instituto Polis de Jerusalén.   Es autor y actualmente está completando una guía para el Camino de Emaús.