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Origen e historia de la fiesta de Pentecostés

Pentecostes

 

¿Cuando nace y cómo evoluciona la fiesta de Pentecostés?

Dos oraciones conservadas en el Sacramentario leoniano sintetizan el sentido completo de la fiesta de Pentecostés: «El sacramento pascual está contenido en el misterio de los 50 días» que siguen a la solemnidad de la Pascua; «el misterio pascual llega a su perfección por la plenitud del misterio de este día», de Pentecostés (ed. L. K. Mohlberg, Sacramentarium Veronense).

 

Sobre esas bases nacerá y se organizará la fiesta cristiana de Pentecostés, que conmemora el acontecimiento de la efusión del Espíritu Santo sobre los discípulos de Jesucristo; según los Hechos de los Apóstoles (2,1 ss.), la venida del Espíritu Santo coincidió con la festividad hebrea de Pentecostés (2,1 ss.) unos 50 días después de la Pascua.

 

Hasta el siglo III, toda mención de Pentecostés en los textos y documentos cristianos designa ese periodo de 50 días que, como un domingo continuo de siete semanas, prolonga la solemnidad de la Pascua; es el «espacio de la alegría», según la terminología empleada por los Padres de la Iglesia.

La festividad de la Pascua comprende el misterio completo de la muerte y resurrección del Señor, siendo Pentecostés un aspecto del mismo, no desglosado en una «memoria» especial. Con la Ascensión del Señor, Pentecostés es el coronamiento inseparable de la gran «manifestación» abierta por la Resurrección de Jesucristo, el complemento de la revelación de la nueva Alianza entre Dios y los hombres.

Los diferentes ritos, orientales y occidentales, se han mantenido fieles, en parte por lo menos, a la tradición de leer en el transcurso de la cincuentena pascual el libro de los Hechos de los Apóstoles con el testimonio de Pentecostés, y el Evangelio de S. Juan con una selección de los pasajes relativos a la promesa y comunicación del Espíritu Santo.

Con el tiempo, ya en el siglo IV, encontramos testimonios más explícitos acerca de la fiesta estrictamente dicha de Pentecostés, es decir de la festividad conclusiva de la cincuentena.

Hacia el a. 379, San Gregorio Nacianceno explicaba a sus fieles:

«Las semanas de los días engendran Pentecostés… Siete multiplicado por siete da cincuenta; hay un número de más, pero nosotros lo tomamos del siglo venidero, el cual es el octavo día y el primero, o mejor, el único y eterno día… Nosotros celebramos Pentecostés, el descenso del Espíritu, el advenimiento de la promesa, la santificación de la esperanza» (PG 36,432 y 436).

 

En la obra romana conocida con el nombre de Ambrosiaster o Ambrosiastro, escrita ca. 366-384, leemos:

«He aquí el significado de Pentecostés, que corresponde al cincuenteno día después de la Pascua: de la misma manera que después de una semana el primer día es el domingo, en el cual se cumplió el misterio de la Pascua para la redención y la salvación del género humano… así también después de siete semanas llega el primer día, que es el de Pentecostés; sólo puede caer en domingo, para que se conozca que lo referente a la salvación de la humanidad se ha empezado y realizado en domingo…

De la misma manera que el cordero es la figura de la pasión del Señor en el sacramento de la Pascua, así también el don de la Ley es el de la predicación evangélica. Pues fue el mismo día, el día de Pentecostés, que la Ley fue dada y que el Espíritu Santo descendió sobre los discípulos… a fin de que sepan predicar la ley evangélica» (ed. A. Souter en CSEL 50, Viena 1908, 167-168).

 

En la celebración de la fiesta de Pentecostés, que reflejan esos textos, se hallan mezclados diversos elementos: valor preeminente del domingo, sentido alegórico de la cincuentena pascual, cumplimiento de las figuras del A. T., alcance de la festividad conclusiva; y se subrayan las relaciones del Pentecostés del A. T. con el Pentecostés del N. T.: de un modo paralelo a lo que el sacrificio del cordero pascual significaba respecto a la Alianza del Sinaí (conmemorada también el día de Pentecostés del A. T.), el sacrificio de Cristo (muerte y resurrección) o Pascua cristiana se refiere a Pentecostés, a la proclamación de la nueva Alianza.

 

De la misma época, y aún de una época posterior, sabemos que algunas comunidades cristianas celebraban la festividad de la Ascensión del Señor el cincuenteno día del tiempo pascual; parece, pues, que coexistieron dos tradiciones con diferencias de fechas por algunos años.

Las divergencias pueden provenir de una doble interpretación de las narraciones bíblicas sobre los acontecimientos de la Ascensión y de Pentecostés, o de diferentes matices sobre los puntos culminantes de la manifestación del misterio pascual.

A principios del siglo V, en la iglesia de Jerusalén, se celebra todavía una memoria de la Ascensión el día de Pentecostés, pero a mediados del mismo siglo, según un Leccionario armeno, la temática de Pentecostés es ya la única que prevalece (R. Cabie, o. c. en la bibl. 169-170).

En Oriente la fiesta de Pentecostés irá evolucionando hasta convertirse en una solemnidad, marcada por la acción de gracias a la Sma. Trinidad, de la que proceden los beneficios recibidos de la redención; la obra concreta del Espíritu Santo será más expresamente celebrada el lunes de Pentecostés.

Por lo que se refiere a Roma y a las iglesias occidentales en general, durante el siglo V la fiesta propia de Pentecostés está ya bien documentada y constituida.

Pentecostés continúa siendo la clausura de la cincuentena, con relaciones a ese periodo, pero toma el carácter de una segunda Pascua, con privilegios semejantes: la fiesta comportará una Vigilia litúrgica semejante a la de Pascua, en la cual se administrarán los Sacramentos de la iniciación cristiana.

Con las reformas litúrgicas, de la Semana Santa del año 1955 y las posteriores al Vaticano II, se suprimió la Vigilia de Pentecostés paralela a la de Pascua; si bien en 1955 se conservó la Misa correspondiente a esa Vigilia, toda ella alusiva al Bautismo, como don del Espíritu Santo; en el nuevo Misal publicado en 1970 se conserva un formulario propio para la Misa vespertina de la vigilia, que evoca varios aspectos del Bautismo, aunque no en primer plano.

Durante muchos siglos la fiesta de Pentecostés ha tenido también una octava similar a la de Pascua, con un carácter bautismal muy marcado, y que fue mantenida en la reforma de 1955; sin embargo, aparece suprimida en los libros litúrgicos posteriores a 1970, así como las Témporas  que coincidían con ella, quedando reducido el ciclo pascual a la cincuentena estricta.

 

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