Florencio Roselló: «Habré lavado más de mil pies a presos; es algo que me ayuda y fortalece mi vocación»

Florencio Roselló, arzobispo de Pamplona y Tudela, en la sede del Arzobispado

FLORENCIO ROSELLÓ AVELLANAS | ARZOBISPO DE PAMPLONA Y TUDELA

«Habré lavado más de mil pies a presos; es algo que me ayuda y fortalece mi vocación»

(1) «Ser obispo no me tiene que alejar del mundo de los pobres»

(2) «La Iglesia ha perdido la calle; el joven cristiano tiene que perder el complejo y hablar de su fe sin vergüenza»

(3) «Yo no tengo ninguna fábrica para hacer curas. El pueblo tiene que comprender que las vocaciones nacen precisamente de ellos mismos»

Florencio Roselló, arzobispo de Pamplona y Tudela, en la sede del Arzobispado

Florencio Roselló, arzobispo de Pamplona y Tudela, en la sede del Arzobispado

«Perdóneme que le moleste». Es la frase con la que antiguos presos de su etapa en Castellón y Alicante siguen dirigiéndose a él a día de hoy para escribirle. Responde que no molestan en absoluto, animándoles a que lo sigan haciendo. Esos mensajes, escritos a menudo por familias rotas, son el ancla que le recuerda a Florencio Roselló Avellanas exactamente de dónde viene. También evitan, confiesa: «Que la mitra se me suba a la cabeza». 

A sus 64 años, el arzobispo de Pamplona y Tudela mantiene intacto el trato sencillo y cercano de aquel muchacho que, en Alcorisa (Teruel), aspiraba a ser un cura como el de su pueblo. Sin embargo, los testimonios del mundo carcelario que escuchó en el seminario cambiaron sus planes y forjaron el espíritu mercedario que hoy gobierna la archidiócesis. Asume ahora el reto de revitalizar a una Iglesia navarra a la que le pide perder los complejos. Con este objetivo, presentó el pasado 26 de septiembre su nuevo plan pastoral, centrado en la comunión, la participación y la misión.

 

Pregunta: Mercedario y ahora arzobispo. ¿Pensaba en algo así de pequeño?

Respuesta: - Mercedario no era el objetivo inicial, en absoluto. Yo vivía en un pueblo de Teruel, me gustaba mucho el deporte, y resulta que en el seminario mercedario había unos campos de fútbol que en mi pueblo, por supuesto, no había. Mi idea principal era que yo quería ser sacerdote, pero uno como el cura de mi pueblo. Pensaba estar un tiempo en el seminario y luego volver a la diócesis. 

P: ¿Y por qué cambiaron los planes?

R: - El tiempo iba transcurriendo en el seminario y, de vez en cuando, venían unos religiosos desde Barcelona que nos hablaban sobre el mundo de la cárcel. Hablaban de un hogar de acogida para las personas que están allí presas. Y poco a poco, escuchando aquello, eso me fue cambiando interiormente de una manera profunda. Al final les dije a mis padres: “No, yo me quedo aquí”. Lo decidí porque quería ser como aquellos mercedarios que trabajaban en la cárcel. A mí me enganchó por completo esa vivencia que me supieron contagiar. 

P: Entre rejas y soledad, ¿queda en la cárcel algún hueco para la fe?

R: - Hay bastantes internos que te confiesan abiertamente que todo el mundo les ha abandonado. Muchas veces vienen de familias desestructuradas que tampoco les apoyan. Te miran y te dicen: “Solo me queda Dios”. Esto te plantea que la Iglesia en la cárcel tiene todo el sentido. Dios es muy bien recibido en prisión, ya sea a través de los sacerdotes o de voluntarios. Hay gente que me ha dicho que lo mejor, o lo único verdaderamente bueno que le ha pasado en prisión, es haberme conocido, porque saben que el sacerdote es la Iglesia. 

P: Desde hace dos años es usted arzobispo. ¿La burocracia, los papeles y los despachos le han alejado de las periferias?

R: - No me he alejado, simplemente ha cambiado la forma. Me sigue escribiendo mucha gente de mis nueve años en Castellón y Alicante. Saben que si me llaman por teléfono ahora mismo no lo agarro, pero me escriben. Además, yo tengo un altavoz muy importante aquí en la diócesis. En gran parte de las homilías suelo hacer referencia al mundo de las periferias. Recuerdo que mi primera visita pastoral aquí en Pamplona fue a la parroquia del Pilar de Etxabakoitz, que es la más pobre y tiene situaciones muy complicadas. Y, por supuesto, suelo ir a la cárcel en Navidad, en Semana Santa y para la fiesta de la Merced.

P: Y sigue lavando los pies a los presos…

R: - Los lavaba antes del pontificado de Francisco, los lavé durante el mismo y los sigo lavando ahora con León XIV. Habré lavado más de mil pies; es algo que fortalece mi vocación religiosa, sacerdotal y episcopal. Ser obispo no debe apartarme del contacto con los más vulnerables.

 

MÁS FE, PERO SIN RELEVO

P: Oímos hablar de un inusual repunte de bautismos de adultos en lugares como Francia. ¿Está ocurriendo aquí también?

R: - Aquí también está pasando, se está moviendo de verdad. Por darte un dato concreto: el curso 24-25 se bautizaron y confirmaron 22 adultos. El año pasado llegamos a 44. Y para este año que acabamos de empezar, según me han dicho, serán seguramente más. Evidentemente, Francia viene de una laicidad mucho más fuerte que nosotros, pero en España está habiendo un movimiento. Significa que la gente está en búsqueda, van buscando algo profundo y ese algo lo acaban encontrando en Dios y en la Iglesia.

P: En la otra cara de la moneda están los pueblos navarros. No hay sacerdotes para atenderlos.

R: - En los años noventa teníamos casi 700 curas en Navarra. Ahora habrá unos 300 contando a los mayores, pero trabajando "a pie de obra" quedamos solo unos 160. Esto lógicamente no te permite atender como antes. Y quienes verdaderamente han notado esta drástica diferencia y más lo sufren es la gente mayor que se ha quedado aguantando en los pueblos. 

P: ¿Y qué se hace con esas personas que pueden sentirse desatendidas?

R: - Ellos constatan la realidad y a veces se quejan, pero son conscientes de lo que hay. Ven que el cura llega, celebra a toda prisa y se va porque tiene que ir volando a otro pueblo. Pero aun así te dicen: "Y gracias que vienen". La diócesis es sensible a ello, pero también participa de los límites que tiene. Estamos intentando formar Unidades de Atención Pastoral para que haya presencia entre semana. Yo valoro muchísimo la entrega de estos sacerdotes rurales, porque al final su labor es hacer un acompañamiento duro, sin bautizos ni comuniones, prácticamente solo con funerales, por desgracia.

 

VOLVER A LA CALLE

P: ¿Faltan santos en la sociedad de hoy?

R: - No sé si faltan, lo que sí que tengo claro es que estos santos ayudan. El otro día bendije una reliquia de Carlo Acutis en San Ignacio y vi la iglesia llena. A veces cometemos el error de idealizar la santidad y, al hacerlo, la alejamos de la gente. Hay que hacer la santidad cercana, humanizarla, demostrar a los jóvenes universitarios que en su contexto también se puede ser santo. 

P: Aun así, a la Iglesia navarra parece que le falta empuje…

R: - Así es. Yo he acuñado una frase que algún periodista repite por ahí: la Iglesia en Navarra, y en todos los sitios en general, ha perdido la calle. El hecho religioso ya no está en la vía pública, no se habla de ello, nos da corte y muchísima vergüenza.

P: ¿Hay alguna solución?

R: - Necesitamos a los jóvenes, que son los más idóneos porque tienen mucho desparpajo. No digo que haya que ir a la universidad con una pancarta, pero en ambientes donde sea oportuno hay que sacar el tema o hablar de la propia experiencia. El joven cristiano tiene que perder el complejo de una vez por todas. Si estoy orgulloso y feliz de algo, no tengo por qué temer que me hagan una ironía. La adoración nos debe llevar obligatoriamente a la misión. 

 

EL PAPEL DE LOS LAICOS

P: Acaba de lanzar un nuevo plan pastoral. Dice que espera que sea "la fiesta de la diócesis". ¿De qué se trata?

R: - Hombre, la diócesis no va a vivir un gran milagro ni a cambiar de un día para otro, pero el plan abre una puerta fundamental: quiero que los laicos se impliquen, asuman responsabilidades de verdad, y que el clero se las dé. Vamos a abordar doce caminos importantes, desde los pobres y la pastoral rural, hasta la comunicación o el tema de los abusos. Lo califico como una verdadera fiesta diocesana bajo tres conceptos clave: comunión, participación y misión. 

P: ¿Y hacia dónde debe mirar la Iglesia ante la exclusión social? 

R: - Tenemos que ser radicalmente sensibles a las periferias. Al mundo de la cárcel, a las víctimas de trata, a los migrantes —un asunto desgraciadamente muy politizado— y a los sin techo. Siempre les digo a las autoridades que la sociedad navarra es una sola y que, desde la Iglesia, la política y la sociedad, debemos trabajar todos juntos para hacer una Navarra mejor.

P: Imagínese esta diócesis dentro de diez años. ¿Qué le gustaría ver? 

R: - Pues mira, me gustaría, en primer lugar, que la Iglesia en Navarra saliera mucho más a la calle y se hablara de Dios con total libertad y sin complejos. Segundo, laicos con más presencia y compromiso firme. Por último, ver a jóvenes diciendo sí a la llamada vocacional. Este año van a ingresar cuatro seminaristas y estamos muy contentos por ello.

P: No me dirá que a veces no le piden milagros en este aspecto…

R: - Totalmente. A veces voy de visita a un pueblo y una señora se me acerca y me dice: "Don Florencio, aquí tendría que haber un cura viviendo con nosotros". Yo le sonrío, le digo: "Pues sí, tiene usted toda la razón del mundo" y la mujer se queda muy contenta. Pero luego pienso: "¿Y de dónde lo saco?". Yo no tengo ninguna fábrica para hacer curas. El pueblo tiene que comprender que las vocaciones nacen precisamente de ellos mismos.

 

Entrevista realizada por Javier Crespillo Conejo

 

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