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El obispo Ponciano conoce su afán apostólico y está al tanto de la sinceridad de su vida; un día lo consagra presbítero para apoyarse en él en el cumplimiento obligado de atender a su grey y de extender la Salvación.
Llegada la persecución de Maximiano y Diocleciano, la comunidad de creyentes está confortada por la atención espiritual que con riesgo constante de su vida le presta el buen sacerdote Benigno. Socorre a los confesores de la fe presos en las cárceles; visita las casas de los débiles y les busca por los campos que los cobijan para darles aliento; y se las arregla para estar cerca de los que son torturados, acompañando hasta donde es posible humanamente a los que se disponen al martirio.
Pasado el peor momento de estupor, se llena de la audacia del Espíritu Santo y comienza a predicar con fortaleza de Jesucristo. Ahora lo hace públicamente en el intento de convertir a los paganos que están en el terrible error de la idolatría. El principal foco de atención de su discurso es hacerles comprender que los ídolos son una necedad y el culto que se les tributa supone una verdadera ofensa al único Dios que merece adoración y puede darles la salvación ofrecida a todos los hombres sin excepción. Ya no le importa su vida. Se sabe portador de la verdad y conoce bien que ella no es exclusivamente para él. Sólo Jesús es el Señor y todos han de servirle.
Lo que era presumible con ese comportamiento se hace realidad. Es apresado y obligado a apostatar, siendo inútiles los tormentos que tuvo que soportar el fiel y valiente discípulo. Por fin, muere el 13 de febrero del año 303 con la cabeza cortada, aquella que el fraile quiso cambiar de sitio.
La catequesis, es decir, llevar a Cristo a los demás, comporta la responsabilidad de ser fiel a lo que se propone y ni que decir tiene que en este contexto la vida humana no es ningún valor absoluto. ¡Qué bien lo supo hacer san Benigno sin tener que darle vueltas a los textos de las bibliotecas de las universidades que aún no se habían inventado! Fue sencillamente el don del Espíritu Santo.
Ver san Benigo en Wikipedia
Este lienzo de más de cuatro metros de largo en el que, según la tradición, se habría impreso el cuerpo de Jesús crucificado, ha sido objeto de todo tipo de análisis forenses, hematológicos, textiles, químicos, biológicos e iconográficos. Sin embargo, nunca hasta ahora se había analizado «desde el punto de vista de un cirujano plástico».
Esa ha sido la peculiar tarea que ha emprendido el catedrático de Cirugía Plástica, Estética y Reparadora de la Clínica Universidad de Navarra, Bernardo Hontanilla. Su estudio –que acaba de publicarse en la revista «Sciencia et Fides» («Ciencia y Fe»), una publicación conjunta de la Universidad Nicolás Copérnico de Torun (Polonia) y la Universidad de Navarra– concluye que la Sábana Santa de Turín «muestra a la vez signos de muerte como de vida de una persona que dejó su imagen impresa en un momento en el que estaba viva».
Para este anatomista español, «es razonable pensar que si la Síndone (del griego, lienzo) cubrió el cuerpo de Jesús a Él le interesaría no solo mostrarnos los signos de muerte sino también de resurrección en el mismo objeto».
Para llegar a este sorprendente resultado, este catedrático especializado en cirugía de la parálisis facial analizó varios detalles de la postura del cuerpo impreso en la Sábana Santa siguiendo la reconstrucción en 3D del artista andaluz José Manuel Miñarro López. Según explica Hontanilla, todos los estudios realizados hasta ahora sobre la Síndone se refieren a un cadáver.
«Se trata de estudios de medicina forense que describen que la postura fijada en la Síndone es típica de una rigidez post mortem, pero en realidad se trata del gesto habitual de una persona cuando está intentando levantarse partiendo de la posición decúbito supino», asevera.
Hontanilla llega a esta conclusión después de cuestionar la rigidez postmortem en «una persona sometida a un gran traumatismo, deshidratada y con las reservas de glucógeno agotadas en el cuerpo», como es el caso de un hombre que muere en la cruz.
Reconstrucción de la imagen de la Síndone por el artista José Manuel Miñarro López - Francis Silva
Además, el médico realizó varias pruebas con sujetos varones de entre 30 y 40 años, con fenotipo atlético y de entre 1,70 y 1,80 metros de altura a los que les solicitó que se levantaran del suelo partiendo de la posición decúbito supino. Según explica el facultativo, todas estas personas «mostraron un desplazamiento de las manos a los genitales al flexionar el tronco, una elevación y semiflexión de la cabeza y un apoyo de una planta del pie con menos flexión de la pierna contralateral y cierto grado de rotación interna como la figura observada en la Síndone».
Para apoyarse en su argumento de que la persona envuelta en la Sábana Santa estaba viva en el momento de la impresión de la imagen, Hontanilla también se detiene en los surcos nasogenianos y nasolabiales del rostro que se aprecian en la imagen. «La presencia de ambas marcas en la cara impresa en la Síndone se asemeja más a la de una persona viva, ya que en un cadáver reciente la musculatura facial se relaja y desaparecen los surcos», sostiene en su estudio.
«La muerte tiene como consecuencia una parálisis facial bilateral y pueden desaparecer estos surcos. Sin embargo, esa persona que está impresa en la Síndone tiene los surcos nasogenianos marcados y no solo los dos surcos sino que, en el lado derecho, tiene otra marca que indica actividad muscular que se corresponde con un golpe que le dieron en la cara y que está provocando ese surco más superior», explica Hontanilla. «Si estuviera muerto –añade– podría haber una mayor inflamación de toda la mejilla, pero sin la demarcación de surcos por la falta de actividad muscular».

Estos y otros signos que define en su artículo, le llevan a sostener que «la imagen dinámica que queda impresa en la Sábana podría haberse producido «en cualquier momento entre las 18 y 30 horas siguientes a la muerte, pero estando vivo». Además Hontanilla señala que la posición del cadáver que ha quedado impreso en la Síndone «no se debe a que el cuerpo está intentado recuperar la postura que tenía en la cruz porque, de ser así, los brazos entonces deberían haberse desplazado hacia afuera, recordando la posición de crucificado, en lugar de ir hacia los genitales».
«La posición del cuerpo –añade– muestra ese primer e incipiente gesto de levantamiento que pudo ocurrir en décimas o segundos para después desvanecerse y atravesar el lienzo», asevera.
Consciente de la polémica que puede generar su estudio, el catedrático defiende que «en el momento en que se imprime esa imagen, la persona está viva».
«Lo afirmo y defiendo científicamente donde sea necesario. Si todos estos signos que aparecen en la Síndone los unimos a todo lo que está escrito en los Evangelios, entonces coincide el cien por cien no solo en la muerte, sino también en la resurrección. Tanto los signos estáticos de muerte como dinámicos de vida están juntos en el mismo objeto. Si la imagen de la Síndone es la de Jesucristo entonces es una prueba para los cristianos de su muerte y resurrección», sostiene.
El presidente de la Centro Español de Sindología (CES), Jorge Manuel Rodríguez Almenar, prefiere ser prudente. «En la Sábana Santa no se puede hablar de resurrección, pero sí se puede hablar de desaparición del cadáver. Si la imagen impresa en la Sábana Santa es una huella de la transformación de un cuerpo físico a metafísico o glorioso no es una cosa que la ciencia pueda probar.
Esto supone dar un salto que va más allá de la ciencia porque la resurrección es un concepto que no es físico», señala este abogado que ha dedicado buena parte de su vida a investigar el impacto de la Síndone en la Historia del Arte.

Pese a que la Sábana Santa ha sido siempre objeto de debate entre los que creen en su autenticidad y quienes dudan, el presidente del CES recuerda que hasta el momento se ha probado que la imagen reflejada en la Síndone es el de un hombre real, que murió flagelado y crucificado y no producto de un artista. Sin embargo, admite que los principales estudios consideran que sigue siendo «un misterio» cómo se produjo la imagen sobre la Sábana Santa.
Hontanilla también considera que la imagen sobre la Sábana Santa «no puede ser una obra artística». «Es muy difícil de explicar cómo en el siglo XIV, y en realidad en cualquier otro siglo, alguien pudo diseñar material y formalmente la imagen de un sujeto muerto y a la vez vivo. Casi diríamos que la producción de esa imagen en ese objeto es absolutamente admirable, por no decir milagrosa, que se sale fuera de toda lógica humana», asegura el médico.
Arch. Andrea Caligaris - Caligaris architectos
“Soy arquitecto y en este momento estoy diseñando las piedras, piedra sobre piedra, que después será transportada de este ipad al ordenador, desde el que realizaremos un diseño técnico que servirá después, junto a la información que están recogiendo los restauradores, los geólogos y aquellos que forman parte de nuestro equipo para entender el estado de conservación, el mapeo de los degradados, de las superficies, para formular una hipótesis de proyecto de restauración.”
El proyecto lo lleva a cabo la Fundación Centro para la Conservación y la Restauración de Bienes Culturales La Venaria Reale (CCR) de Turín, y el departamento de Ciencias Antiguas de la Universidad La Sapienza de Roma.

Arch. Osama Hamdan
Al Quds University - Jerusalén
“Estamos en la primera fase de trabajo. Esta fase ha venido después de la documentación a través de un escaneo láser sobre todo el pavimento de la Basílica. De esta manera, trabajando sobre este documento, podemos valorar el estado de conservación, es decir, la degradación que ha sufrido cada piedra del pavimento, cada losa de este pavimento. Pero al mismo tiempo estamos estudiando también el tipo de material, el origen, de dónde llega el material con el que ha sido hecho el pavimento de la Basílica.
Para el arquitecto Osama Hamdam, “el enfoque del trabajo es conservador, aunque en esta fase no es del todo claro lo que se puede conservar o no”.

Arch. Osama Hamdan
Al Quds University - Jerusalén
“Estoy muy contento porque hemos acabado la restauración del edículo, ahora comenzamos con el pavimento. Poco a poco la situación de la Basílica está mejorando, sobre todo en cuanto a la cuestión de la seguridad de los visitantes, que vemos cómo en el último periodo han aumentado. Nuestro proyecto tomará en consideración la seguridad de los peregrinos, pero al mismo tiempo debemos tener en cuenta las instalaciones que proporcionarán la basílica, además del aspecto estético.”
Arch. Andrea Caligaris
Caligaris architectos
“Es una emoción especial, porque estamos en un lugar, el punto central del cristianismo y estamos precisamente junto al edículo de Jesús. Es una gran emoción, es muy hermoso e interesante porque hay muchos estratos de este pavimento que ha habido a lo largo de los siglos, seguido de varias intervenciones y de varias ocupaciones que ha habido. Por ello, es también muy importante descubrir y ver las diferencias y cómo se han enlazado todos estos elementos entre ellos, un gran testimonio histórico y, sin duda, un gran placer.”
Si por el fruto se conoce el árbol, grande debió ser el temple puro y el cristianismo de los padres que dieron el ser y la educación a tales hijos. Del varoncito, Benedictus, dijo el gran San Gregorio, su biógrafo, que fue "bendito por la gracia y por el nombre"; de su hermana sabemos, por la misma fuente, que fue dedicada al Señor desde su infancia.
¿Quién influyó en quién? Benito, descendiente de los antiguos sabinos que tuvieron en jaque a los romanos, maduró su carácter cuando todavía era niño. Sin duda, dominó a su hermana, que miraría con admiración al joven, prematuramente grave, llamado a ser padre y director de almas. La ternura, la delicadeza que revela la regla benedictina, la atribuyen, sin embargo, sus comentaristas a la dulce y temprana influencia de su hermanita y condiscípula, Escolástica, en el alma del futuro patriarca.
Como en jardín de infancia, vivieron y se espigaron juntos en la finca paterna, una de esas "villas" romanas, mezcla de corte y cortijo, esbozo familiar de futuros monasterios. Según la moda del día, velaba sobre ellos Cirila, una nodriza griega, que les enseñó a balbucear la lengua helénica. ¡Qué contraste con ese doble sello de Roma y Grecia —toda la cultura antigua impresa en sus primeros años—, no haría esa invasión de los ostrogodos, que en 493 entregaría de nuevo la urbe por excelencia a las tropas de Teodorico!
Con todo, se decidió que Benito iría a Roma ya adolescente, para perfeccionarse en los estudios liberales. ¡Qué dura la separación para estos gemelos, unidos antes de nacer! Escolástica, consagrada a Dios desde su infancia, llevaba, quizá, el velo de las vírgenes; ¡cuánto oraría por el joven estudiante preso de esa Roma fascinadora que, pese a todos los saqueos y a las divisiones del cisma, seguía señoreando al mundo por su arte, por su lujo, por sus escuelas!
Sujeto también a grandes peligros, en ambiente difícil, exclamaba otro hermano de la que esto escribe, héroe de la religión y de la patria: "Nos han imbuido tanto tradicionalismo y catolicismo, que no puedo faltar a lo que tengo dentro. Donde quiera que esté, llevo, como el caracol mi casa a cuestas". Fue el caso de Benito, amparado por su educación y por el incienso de las oraciones de Escolástica, qué cruzó ileso la edad de las pasiones y cuando podía ingresar en un mundo de corrupción, decidió despreciarlo
Tendría cerca de veinte años, que es cuando se coronaban los estudios. Empapado de romanidad y de jurisprudencia, dueño de un lenguaje firme y sobrio, que la gracia castigaría aún más, pues con razón se ha escrito que "el decir conciso es don del Espíritu Santo", Benito se dispuso a imitar a los eremitas del Oriente, que San Atanasio primero, San Jerónimo después, habían dado a conocer a Roma. Buscando una sabiduría más alta que la de los retóricos, acordó dejar sus libros, su familia y su patrimonio, prueba de que su padre había muerto y de que era dueño de sí.
Los santos no llegan de repente al despojo absoluto. Es enternecedor, para nuestra flaqueza, el ver que Benito, desprendido por la distancia del amor fraterno, aún sé dejó escoltar por su "chacha" griega, en el éxodo que le apartaba de Roma y siguiendo la vía Tiburtina le llevaba hacia las montañas sabinas para fijar su tienda en la aldea de Eufide, al amparo de una montaña y de la iglesia de San Pedro. ¿Cómo iba a prescindir él de sus cuidados maternales, tan necesarios para dedicarse, olvidado de sí, a la oración y al apostolado? ¡La quería tanto! Como que lloró con ella cuando la pobre mujer, consternada, vino a mostrarle los dos pedazos en que se partió el cedazo de barro para cernir el trigo que le había prestado una vecina. Benito se puso en oración hasta que los dos trozos se juntaron y floreció el milagro. "¡Es un santo, es un santo!" clamó la vecindad electrizada al enterarse del hecho, merced al entusiasmo de esta nueva samaritana. Y Benito, que huyó siempre de ser canonizado en vida, comprendió el peligro de la vanidad y del cariño, lo urgente que era romper con este último lazo de filial ternura que, aún le ligaba al mundo.

¡Oh qué dramática debió ser la llegada de Cirila a Nursia, refiriendo entre sollozos a Escolástica virgen, y tal vez a su madre viuda, cómo se le había fugado, sin despedirse siquiera, el hijo de su alma! Hacia dónde, Señor, ¡sólo Dios lo sabia! Seguramente hacia una soledad abrupta, donde, lejos de los hombres, trataría a solas con Él.
Los años pasaron. Moriría Abundancia. Escolástica, en su orfandad, se uniría a otras vírgenes compartiendo su vida de oración, de recogimiento y de trabajo. No olvidaba al desaparecido, ni desfallecía, más tenaz que el tiempo, su esperanza.
Nada supo de sus tres años de soledad y penitencia extrema, vestido de la túnica que le impuso el monje Román, en la gruta asperísima de Subiaco, en lucha consigo mismo y con ese tentador que persigue los anacoretas. Ni de que un día le descubrieron los monjes de Vicovaro Y le obligaron a regir su multitud indisciplinada. ¡Cómo hubiera sufrido sabiendo que su hermano estaba en manos de falsos hijos, capaces de servirle una copa envenenada! ¡Y cómo hubiera gozado viéndole huir de nuevo a la soledad y acoger en ella a los hijos de bendición que venían a pedirle normas de vida, en tal número, que hubo de construir doce pequeños monasterios en las márgenes del lago formado por el Anio.
La luz no estaba ya bajo el celemín. Nobles patricios confiaban sus hijos, Mauro y Plácido, al abad de Subiaco; bajo su cayado, trabajaban romanos y godos y habitaban juntos el león y el cordero. Su fama voló hasta Roma, llegó a la Nursia. El padre Benito no podía ser otro que aquel santo joven que huyó de Eufide, dejando una estela milagrosa. Las lágrimas que arranca la noticia del hermano recuperado y que parecía para siempre desaparecido, debieron rodar por las mejillas de Escolástica.
Hubo, sin embargo (la persecución escolta a los santos), un clérigo envidioso, Florencio, capaz de enviar también al santo abad un pan envenenado y un coro de bailarinas que invadiera su recinto santo. Benito había aprendido la lección evangélica de no resistir. Por amor de sus hijos, a los que dejó en buenas manos, desamparó con un grupito fiel la gruta de sus amores y, como otro Moisés camino del Sinai, se dirigió a lo largo de los Abruzos hacia el mediodía, llegó a la fértil Campania y encontró su pedestal soñado, siguiendo la vía latina de Roma a Nápoles. Era el monte Casino, magnífica altura, vestida de bosques y aislada, como palco presidencial, en el gran anfiteatro que forman las cadenas desprendidas de los Apeninos.
Allí, con más de cuarenta y cinco años, el varón de Dios, en la plenitud de su doctrina espiritual, escribió la ley de la vida monástica, ese código inmortal de su santa regla. A poca distancia del gran cenobio, que iba surgiendo como una ciudad fortificada, tuvo la dicha de recobrar en Dios lo que por Él había dejado. Escolástica, madre de vírgenes, volvió a ser la discípula de sus años maduros. No aparecía, se ocultaba; podía decir como el Bautista: "Conviene que Él crezca y que yo disminuya". El santo patriarca, "Ileno del espíritu de todos los justos", florecía como la palma y se multiplicaba como el cedro del Libano. Sus palabras, sus obras, sus milagros, esparcían el buen olor de Cristo sobre el mundo bárbaro. El era el tronco del árbol de vida, cuyas ramas se extenderían sobre Europa para cobijar a innumerables pájaros del cielo. Escondida a su sombra, con raíz vivificante, como manantial oculto que corre por las venas de la tierra, Escolástica, aún más hija del espíritu que de la letra, daba a la religión naciente esa oración virginal, esa santidad acrisolada, esa inmolación fecunda llamada a reproducirse en las exquisitas flores del árbol benedictino: Hildegarda, Matilde, Gertrudis...
Hay que pasar bruscamente del primero al último acto para comprender lo que fue la unión tan humana y divina entre aquel a quien ella llamaba frater y aquella a quien él, respondía soror.
Una vez al año (no es mucho conceder al espíritu y a la sangre), nos cuenta San Gregorio con sencillez evangélica, que se encontraban ambos en una posesión, no muy distante, de Montecasino. Aquel año, ya en el umbral de la senectud, acompañaban al padre abad varios de sus hijos, a Escolástica no le faltaría su compañera. ¡Oh, cuán bueno habitar los hermanos en uno! En el gozo deaquella reunión alternaron divinas alabanzas y santos coloquios, que se acendraron en la intimidad de la refección, al caer las sombras de la noche. Era quizá la hora de completas, cuando canta el coro monástico el Te lucis ante terminum, pero en el calor de la conversación, se había hecho tarde y Escolástica creyó poder rogar:
—Te suplico que esta noche no me dejes, a fin de que, toda ella, la dediquemos a la conversación sobre los goces celestiales.
—¿Qué dices, oh hermana? ¿Pasar yo una noche fuera del monasterio? ¡Cierto que no puedo hacerlo!
Y al conjuro de la observancia, el Santo miraba la serenidad del cielo y se disponía a marchar. Escolástica, que conocía su firmeza, optó por dirigirse a la suprema Autoridad. Decía su santa regla: "Tengamos entendido que el ser oídos no consiste en muchas palabras, sino en la pureza de corazón y en compunción de lágrimas" (c.20). Sus manos cruzadas para suplicar cayeron sobre la mesa y, apoyando la frente entre sus, palmas, comenzó a llorar en la divina presencia.
Benito la miraba sobrecogido, dispuesto a no ceder, cuando ella alzó la cabeza y un trueno retumbó en el firmamento, Corrían las lágrimas por el rostro de Escolástica y un aluvión de agua se derrumbaba desde el cielo, repentinamente encapotado.
—El Dios omnipotente te perdone, oh hermana. ¿Qué has hecho?
Ella respondió:
—He aquí que te he rogado y no has querido oírme; he rogado a mi Dios y me ha oído —y añadió, con una gracia triunfal, plenamente femenina—: Sal ahora, si puedes, déjame y vuelve al monasterio.
Y, pese a su contrariedad, se vio precisado el Santo a pasar toda la noche en vela, fuera de su claustro, satisfaciendo la sed de su hermana con santos coloquios.
Al día siguiente se despidieron los dos hermanos, regresando a sus monasterios. Sólo tres días habían pasado cuando, orando San Benito junto a la ventana de su celda, vio el alma de su hermana que en forma de blanquísima paloma "salía de su cuerpo y, hendiendo el aire, se perdía entre los celajes del cielo". Lleno de gozo, a vista de tanta gloria, cantó su acción de gracias y llamando a sus hijos les comunicó el vuelo de Escolástica, suplicándoles fueran inmediatamente en busca de su cuerpo para trasladarle al sepulcro que para sí tenía preparado.
Hace catorce siglos que las reliquias de ambos hermanos, fundidas en el seno de la tierra madre, germinan incesantemente en frutos de santidad. Porque "todo lo que nace de Dios vence al mundo", sobrevive San Benito, en su monasterio y en su Orden, a todas las injurias de los tiempos. La vida oculta de Santa Escolástica tiene el valor de un símbolo. Ella encarna el poder de la oración contemplativa, "razón de ser de nuestros claustros", la que, en alas de un corazón virginal, lleno de fe, arrebata a los cielos su gracia y la derrama a torrentes sobre esta tierra estéril, pero rica en potencia, que con el sudor de su frente labran los apóstoles y que fue prometida a los patriarcas...
CRISTINA DE ARTEAGA, 0. S. B.
"Su virtud heróica nos estimule, queridos jóvenes, a comprender la importancia de la pureza y de la virginidad: y que ayude a los queridos enfermos, a aceptar la cruz en unión espiritual con el corazón de Cristo: que anime a los queridos recién casados, a comprender el rol de la mujer en la propia vida familiar".
Con todo, ni la virginidad ni el martirio fueron el tema central de la predicación del Papa en un día frío y de colores feos pero que no asustó a la multitud de peregrinos.

El tema central fue la Eucaristía, “corazón de la iniciación cristiana y fuente de la vida de la Iglesia”.
Quiere decir que los canónicos fueron recibidos como tradición auténtica de los apóstoles por las iglesias de Oriente y Occidente desde la generación inmediatamente posterior a los apóstoles, mientras que los apócrifos, aunque algunos fuesen usados esporádicamente en alguna comunidad, no llegaron a imponerse ni ser reconocidos por la Iglesia universal.
Una de las razones importantes para esa selección, comprobable desde la ciencia histórica, es que los canónicos fueron escritos en época apostólica, entendida ésta en sentido amplio, es decir, mientras vivían o los apóstoles o sus mismos discípulos. De los apócrifos, en cambio, sólo se hacen referencias en tiempo posterior, hacia finales del s. II.
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Por otra parte los papiros que se han encontrado con texto similar al de los evangelios, algunos de mediados del s. II, son muy fragmentarios, señal de que las obras que representan no fueron tan estimadas como para ser trasmitidas con cuidado por sucesivas generaciones.
Los que se conservaron a lo largo de la época patrística y el medievo son relatos de carácter legendario y llenos de fantasía. Vienen a satisfacer la piedad popular narrando detenidamente lo concerniente a aquellos momentos que en los evangelios canónicos no se cuentan o se exponen de manera sucinta.
En general están acordes con la doctrina de la Iglesia y traen relatos sobre el nacimiento de la Virgen de San Joaquín y Santa Ana (Natividad de María), de cómo una partera comprobó la virginidad de María (Protoevangelio de Santiago), de los milagros que hacía Jesús de niño (evangelio del Pseudo Tomás), etc.
Muy distintos son los evangelios apócrifos procedentes de Nag Hammadi (Egipto) que tienen un carácter herético gnóstico. Estos tienen la forma de dichos secretos de Jesús (evangelio copto de Tomás) o de revelaciones del Señor resucitado explicando los orígenes del mundo material (Apócrifo de Juan), o la ascensión del alma (evangelio de María [Magdalena]), o son un pesado centón de pensamientos recogidos de posibles homilías o catequesis (evangelio de Felipe).
Aunque algunos puedan gozar de notable antigüedad, quizás del s. II, la diferencia con los evangelios canónicos salta inmediatamente a la vista.
Gonzalo Aranda
En su libro “S.O.S. cristianos. La persecución de los cristianos en el mundo de hoy, una realidad silenciada” (Planeta, 2018), Pilar Rahola, siendo atea y desde una mirada laica, aborda la persecución cristiana en el mundo actual, que se ha vuelto invisible para los medios de prensa.
Desde una perspectiva crítica realiza una fundamentada, rigurosa y sólida investigación, no solamente sobre la desoladora historia de miles de seres humanos a quienes se persigue, se tortura y mata, por razón de su fe; sino que aventura varias hipótesis críticas sobre las razones del triste silencio que existe acerca de un extermino que ha cobrado dimensiones escalofriantes ante la indiferencia del resto del mundo.
No solo se detiene en las casi extinguidas comunidades cristianas de Oriente, sino que también analiza el silenciamiento y la estigmatización de la voz cristiana -especialmente católica- en los países occidentales.
Rahola reconoce que los cristianos no son los únicos que sufren toda clase de violencia y persecución en el mundo, pero demuestra que sin lugar a duda son hoy quienes más sufren una precisa y sistematizada persecución letal, solo por razón de su fe. Existe “un intento organizado e impune para acabar con comunidades cristianas enteras”.
Un ejemplo que detalla, es el de la Iglesia Ortodoxa Siríaca, que se remonta al siglo I y hablan una variante del arameo, que eran unos 500.000 a principios del siglo XX en el Kurdistán turco y hoy no superan las 2.000 personas. Monasterios, iglesias y poblados enteros abandonados dan testimonio de una brutal desaparición que se acerca a la extinción de una de las comunidades cristianas más antiguas.
El libro recorre con testimonios e investigaciones de varios institutos de prestigio internacional, desde los mártires caldeos asesinados por el Daesh, pasando por los coptos en Egipto a quienes les bombardean las iglesias, hasta los cristianos ortodoxos, católicos y protestantes que en diversas partes del mundo son encarcelados, torturados y asesinados en forma sistemática, año tras año, día tras día.
También repasa los países donde sufren persecución por leyes que los acorralan, como en Pakistán, o en Corea del Norte donde son encerrados de por vida en campos de trabajos forzados. Entre 2003 y 2011 se han calculado 100.000 muertes de cristianos por año en contextos de persecución violenta. La lista de represión a los cristianos alcanza 50 países, encabezados por Corea del Norte, Somalia, Afganistán, Pakistán, Sudán, Siria, Irak, Irán, Yemen y Eritrea. La época de los mártires por la fe son el siglo XX y XXI mucho más que los sangrientos primeros tres siglos de persecución cristiana bajo el Imperio Romano.
La autora plantea tres razones del “ostracismo informativo” abrumador que existe actualmente en los países occidentales.
En primer lugar, la percepción negativa del “cristianismo como instrumento secular de opresión”. La ubicación ideológica del catolicismo como religión “opresora” histórica, sus errores históricos, alimentados por las “leyendas negras” (inquisición, cruzadas, conquista de América, etc), ha creado un imaginario colectivo que ve como victimarios a quienes hoy son víctimas.
Una suerte de marxismo cultural que no puede ver en los que identifica como opresores, a oprimidos. Las víctimas cristianas, aunque sean millones de personas pobres, hombres y mujeres, niños y ancianos, no interesan, porque “rompen el simplismo maniqueo que inspira” a los defensores de todos los derechos, menos de los cristianos.
En segundo lugar, “la ignorancia de la cuestión religiosa en las sociedades secularizadas”, que alimenta el prejuicio y confunde identidades y conceptos religiosos, además de subestimar y relativizar el problema por no conocer el cristianismo en profundidad, su historia y su diversidad. “Occidente no sabe prácticamente nada de las comunidades cristianas milenarias que habitan el Oriente, las más expuestas al peligro”.
La autora concluye esta segunda razón con una expresión del filósofo Régis Debray: Los cristianos de Oriente son el ángulo muerto de nuestra visión del mundo: son “demasiado” cristianos para los altermundistas, y “demasiado” orientales para los occidentalistas.
En tercer lugar, el silencio nace también “del rol ideológico que las jerarquías eclesiásticas” tenían en algunas sociedades tradicionalmente católicas. Se los percibe todavía como censores de ideas y represores de derechos civiles, en debates sobre temas candentes (aborto, homosexualidad, etc.) y su histórica influencia política sobre algunos Estados. Esta imagen, que no coincide con la realidad actual de la Iglesia Católica, sigue como un mito vigente que impide ver a los católicos como víctimas de persecución.
Esto hace más difícil la idea de defender los derechos humanos de los cristianos y no despierta ninguna sensibilidad en la prensa, ni en universitarios e intelectuales.
No es que no se hable del tema, es sencillamente que no interesa, no duele, no interpela. Incluso los propios cristianos occidentales no parecen sensibles a un mundo que les resulta ajeno, como son los países de Medio Oriente, Asia o África.
Si bien entiende que no podemos comparar el horror sufrido en los países donde mueren a diario las personas a causa de su fe, con una persecución cultural como la que se da en los países democráticos occidentales, la autora se detiene en el último capítulo de su libro, titulado “la cristianofobia sutil”, sobre la persecución ideológica que empuja al ostracismo a los cristianos, especialmente a los católicos.
“Allí donde hay democracia, la violencia y la represión se sustituyen por el menosprecio y la demonización… convirtiendo la laicidad en un instrumento de segregación, sobre todo en países católicos, probablemente porque muchos de estos movimientos ideológicos, más que laicos, son furibundamente anticatólicos”.
La autora se lamenta que lo “políticamente correcto” que nació para combatir la intolerancia y el prejuicio, y que ha ayudado a crear un relato contra estigmas sociales como la homofobia, la xenofobia, la misoginia, el antisemitismo o la islamofobia, no lo ha hecho con la cristianofobia, sino que la ha incentivado, haciendo de los cristianos el chivo expiatorio de todos los males.
Rahola repite una frase, como martillando a lo largo de toda su obra: “Mi racionalismo militante me impide creer en Dios, pero mi ética no me impide respetar a los creyentes”.
Es interpelante que una persona que no comulga en todos los temas con el catolicismo, que no es creyente, salga a denunciar públicamente lo que muchos cristianos no defienden con la misma convicción y preocupación.
Para finalizar, suscribo al prólogo del libro, escrito por el expresidente del Uruguay, Dr. Julio María Sanguinetti, agnóstico y conocido por sus posturas laicistas, quien escribe: “La gente de nuestra época,sobrenoticiada y subinformada, inundada de titulares e imágenes fugaces, surfeando en la superficie de aguas siempre agitadas por la necesidad del espectáculo colectivo, está lejos de la profundidad. Todo es rápido y efímero. Aun la llamada posverdad, edulcorada expresión de la mentira, es evanescente, nace, estalla, se expande y, con la misma velocidad, se volatiliza. Esa superposición de hechos e imágenes, tanto como difunde esconde, tanto como denuncia silencia.
Más necesarios que nunca, entonces, quienes sienten el deber de hablar, de no resignarse a callar lo que no está en la cresta de la ola o lo que es políticamente incorrecto para las vulgatas impuestas por las modas”.
Siendo como era justo, y no queriendo infamarla, deliberó dejarla secretamente. (Mt 1, 19)
Ha pasado muchas noches de insomnio. Y ésta ha sido de sueño difícil: le ha costado mucho dormirse. Con frecuencia se ha despertado presa de una idea que le persigue: soñaba que los hombres de la plaza se reían de él.
Ahora ha logrado conciliar el sueño sobre su humilde lecho, después de pensar y pensar.
Ocurre que José está ante una tremenda disyuntiva: sabe que María va a ser madre, no lopuede dudar; y sabe también que es pura y sin mancha, no lo puede dudar. Y José ha suspendido el juicio.
María permanece silenciosa. Heroica, prefiere sufrir la sospecha y la deshonra antes que descubrir el secreto.
Él sabe con certeza que su esposa va a ser madre, se lo dijeron las amigas al principio, cuando vinieron a felicitarlo y él quedó con una amarga espina clavada en el corazón. Se lo dice la gente del pueblo, que lo comenta. Se lo dicen sus ojos. Calla también, sufre... y no juzga mal.
Está seguro de la pureza inmaculada de la Niña Virgen, se lo dicen sus ojos limpios, su bondad, su dulzura, su recia personalidad. Hay algo en ella que se impone, tan fuerte, tan decisivo, tan sobrenatural, que detiene la conclusión de la verdad que los ojos enseñan. Para los dos es una gran prueba.
Pavorosa lucha interior que las gentes no advierten. Angustiosas tormentas que los hombres vulgares no comprenden. Pelea por mantenerse fiel cuando todas las razones empujan a lo contrario. La santidad exige la prueba.
Todos creen que él es el padre. Y él sabe que no. Sufre ante el misterio, y respeta la situación.
La ley manda apedrear a las mujeres adúlteras. ¡Es tan grande el pecado! Pero ella no puede estar en ese caso. Sin embargo, José no se lo explica. Y su espíritu lucha entre esos dos extremos que lo ahogan: la pureza de María que se impone, y el hecho de que va a ser madre. Y José suspende el juicio.
Lo hace así porque es justo, aunque él sólo tenga razones para sentirse gravemente ofendido. Y no aplica el recurso legal de darle el acta del divorcio, que traería consigo la reprobación pública de la repudiada, sino que sigue la insinuación de la caridad, prefiriendo dejarla secretamente, para no dañar su fama.
Y nosotros, tan veloces en concluir... condenando. Preferimos pensar mal para no engañarnos; pero es mejor engañarse muchas veces pensando bien de hombres malos, que equivocarse alguna vez teniendo mal concepto de una persona buena, pues en este caso hay injuria, cosa que no ocurre en el primero.
Es preciso saber detener el juicio, y más aún la lengua, aunque sea su conclusión lo más lógico, lo más natural. Muchas veces son inocentes aquellos contra los que se dirigen nuestras pruebas, pues en todo caso ignoraremos motivos personales de su actuación, que pueden justificarles plenamente.
Pensar bien trae consigo, además, una gran paz del alma y nos ahorra muchas amarguras.
José detiene el juicio respecto aMaría, aunque le asaltan clarísimas razones, aunque esa situación le produce honda herida.
Decide hacer lo que cree que es mejor. Es el juicio que formula respecto a su personal conducta ante aquella situación. Ya tiene su propio criterio, después de pensar y pensar. Y su juicio es un juicio santo.
Un ángel del Señor se le aparece:
-José, hijo de David, no tengas recelo en recibir a María, tu esposa, porque lo que se ha engendrado en su vientre es obra del Espíritu Santo...
Le ordena el nombre que le ha de poner, y le comunica su misión. José cae en la cuenta de que esos hechos cumplen la profecía.
A veces se nos pide, además, el rendimiento del propio juicio, aunque haya sido formulado con toda rectitud.
José había amasado su decisión con lágrimas, caridad y justicia. Llegó a esa conclusión por un camino penoso y Santo. Ahora le piden que rinda su criterio, que lo someta. Su juicio es lo mejor que se puede hacer humanamente, pero no es lo mejor para los planes de Dios.
Rendir el juicio, hazaña propia de los mejores. ¡Es que mi idea está elaborada con toda rectitud y cuidado! ¡Es que no es ni vulgar ni imprudente! Te contesto: Tampoco lo era la de José.
¡Es que a él le avisó un ángel! El ángel también es una criatura, y Dios tiene muchos medios de avisar, para enseñarnos que nuestras razones no tienen razón. José rindió su juicio sin dilación, y, al despertarse, hizo lo que le mandó el ángel del Señor.
"Caminando con Jesús", J.A. González Lobato, Ediciones RIALP
Mons. Joseph Tobji, Archieparca de la Iglesia católica maronita de Alepo (Siria), que tiene también a su cargo las zonas tan golpeadas actualmente de Hassaké, Idlib, Deir ez-Zor y Raqqa. Mons. Tobji afirma sin titubeos que el Estado Islámico es un instrumento de las potencias internacionales:
«Pienso que antes o después terminará la cuestión del yihadismo, de este fanatismo, de estos ataques… porque están provocados desde fuera, desde fuerzas internacionales, de los grandes. Por tanto, llegará un momento en que habrán finalizado su trabajo como instrumentos y entonces, a este instrumento, se le quitará de en medio: o matándolo, o devolviéndolo al lugar desde donde había venido».
Mons. Tobji nos cuenta la dura experiencia de la guerra en Siria (la experiencia pasada y la actual), años en los que nunca ha abandonado a su grey, a pesar de que el Estado Islámico tiró su catedral de San Elías y secuestró a sus fieles y sacerdotes. Relata emocionado conmovedoras historias de sus feligreses secuestrados por el Estado Islámico y a punto de ser degollados, salvados milagrosamente, en varios casos, precisamente gracias a la valiente confesión de su fe y del amor cristiano. Este pastor confiesa:
«Nunca hubiéramos pensado que nos iba a suceder algo semejante. Nosotros hablábamos de los antiguos mártires. Hablábamos de ellos casi como de un ideal al que no se puede llegar, que no se puede alcanzar. En cambio, el martirio es una cosa actual y todos nos tenemos que preparar para el martirio. El martirio no es algo agradable, pero allí está el nudo donde, de verdad, uno experimenta su fe».
A pesar de todo lo que ha sufrido en estos seis años sin electricidad ni agua corriente, bajo continuos bombardeos y toda clase de sufrimientos, el Archieparca de Alepo no ha perdido ni su alegría ni su buen humor. En estos largos años en que los yihadistas han tenido ocupada Alepo, ni un solo día ha dejado de celebrarse la Eucaristía y de reunirse el pueblo para la adoración.
Cuando Alepo fue liberada, diez días antes de la Navidad, Mons. Tobji tuvo una idea loca: celebrar la Navidad en la Catedral, a pesar de estar el templo reducido a ruinas, sin techo, nevando… «Fue una celebración histórica —afirma el obispo emocionado—, histórica para mí y para todos». Adjunto las fotos para que puedan hacerse una idea de lo que digo.

La situación sigue siendo difícil. Continuamente personas desesperadas llaman a su puerta pidiendo ayuda. Para todos trata de ser padre y pastor. Pero Mons. Tobji advierte que el ISIS y otros muchos grupos terroristas islámicos siguen matando impunemente en Siria. Explica que muchos de estos terroristas son extranjeros: «Están pagados y son mercenarios. Les han lavado el cerebro para que vengan a combatir pensando que están defendiendo a Dios… Como si Dios tuviese necesidad de ser defendido por el hombre».
Debemos conocer la actualidad de nuestros hermanos en Siria y sentirnos orgullosos de los pastores que dan la vida por sus ovejas .
Originario de la región de Nínive-Mosul, hoy Irak. Tenemos pocas noticias sobre su vida; de todos modos, mantuvo relaciones estrechas con los ambientes ascético-monásticos de la Iglesia siríaca. Según algunas fuentes, dirigió incluso un monasterio y, por último, fue consagrado obispo. Escribió veintitrés discursos conocidos con el nombre de «Exposiciones» o «Demostraciones».
Era originario de una comunidad eclesial que se encontraba en la frontera entre el judaísmo y el cristianismo. Por eso, mantenía una relación estrecha con el mundo judío y con sus libros sagrados. Se definía significativamente a sí mismo como «discípulo de la Sagrada Escritura». («Exposición» 22, 26).
CIUDAD DEL VATICANO, 21 NOV 2007
La oración, para el cristiano, es llevar a Jesús en el corazón, considera Benedicto XVI.
«Según este antiguo “Sabio”, la oración se realiza cuando Cristo habita en el corazón del cristiano, y lo invita a un compromiso coherente de caridad con el prójimo», explicó el Santo Padre a los más de 15 mil peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.
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| Mosul | |||
Fiel a la tradición siríaca, el sabio obispo presentó la salvación realizada por Cristo «como una curación y, por consiguiente, a Cristo mismo como médico».
«En cambio, considera el pecado como una herida, que sólo la penitencia puede sanar».
«Un hombre que ha sido herido en batalla –decía Afraates–, no se avergüenza de ponerse en las manos de un médico sabio». Y añadía: «del mismo modo, quien ha sido herido por Satanás no debe avergonzarse de reconocer su culpa y alejarse de ella, pidiendo el remedio de la penitencia».
Para el Papa al igual que para Afraates, Cristo es el «maestro de oración».
Otro aspecto importante en Afraates es el ayuno, que interpretaba en sentido amplio. Hablaba del ayuno del alimento como una práctica necesaria para ser caritativo, del ayuno constituido por la continencia con vistas a la santidad, del ayuno de las palabras vanas o detestables, del ayuno de la cólera, del ayuno de la propiedad de los bienes con vistas al ministerio, y del ayuno del sueño para dedicarse a la oración.
La humildad -observó Afraates- no es un valor negativo: «Si la raíz del hombre está plantada en la tierra, sus frutos suben ante el Señor de la grandeza» («Exposición» 9, 14). Siendo humilde, incluso en la realidad terrena en la que vive, el cristiano puede entrar en relación con el Señor: «El humilde es humilde, pero su corazón se eleva a alturas excelsas. Los ojos de su rostro observan la tierra y los ojos de su mente la altura excelsa» («Exposición» 9, 2).
(ZENIT.org).-
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