Al convertirse al cristianismo, Filemón vivía en Colosas, junto a su esposa Apia, al parecer eran ricos, porque poseían algunos esclavos, entre ellos Onésimo, el cual se había escapado de su amo, y es el motivo por el que Pablo le escribe la carta, para que Filemón acogiera a Onésimo no más como esclavo, sino como hermano en Cristo. En su casa acogía una comunidad cristiana. Según se deduce de la carta escrita por Pablo, debía ser un signo de fortaleza y ejemplo de fe, para los cristianos de Colosas.
Conocemos a Filemón por la carta que san Pablo le dirige desde su cautiverio romano, la carta más breve del epistolario paulino, apenas 25 versículos, y de la que la autoría directa del Apóstol no ofrece dudas. Aunque de poca extensión, el escrito es de gran importancia, porque ayudó desde los albores de la relación entre la fe cristiana y las instituciones civiles a tratar de orientarse en el delicado problema de cómo convivir con una institución con la esclavitud, tan contraria al espíritu de nuestra fe. Aun hoy la carta puede ser aplicada a repensar otros problemas, igualmente espinosos, en esa misma relación. Pero el objeto de la conmemoración del martirologio -y de esta hagiografía- no es abordar ese interesante tema, sino trazar una semblanza de Filemón y Apia, lo más amplia posible, a partir de los datos que poseamos.
Y lo primero que debemos reconocer es que esos datos son muy escasos. La carta habla en todo momento a Filemón, pero no se dirige particularmente a él, sino que se presenta dirigida «a nuestro querido amigo y colaborador Filemón, a la hermana Apfia, a nuestro compañero de armas, Arquipo, y a la Iglesia de tu casa» (vv 1-2). Pablo va a tratar un tema humanamente delicado (el delito de Onésimo, su transformación interior por la fe, la actitud justiciera o misericordiosa que pueda tomar Filemón cuando recupere al prófugo), y posiblemente el Apóstol quiere que ese tema se charle en la comunidad, que no sea una decisión exclusiva de Filemón. estamos posiblemente a inicios de los años 60, y las «iglesias» no eran aun edificios consagrados, ni siquiera espacios específicos, sino comunidades familiares o posiblemente vecinales, siguiendo en esto costumbres que venían ya del judaísmo de la gentilidad. Así que Pablo se dirige «a la Iglesia de tu casa». Eso nos indica que se reunían en lo de Filemón, pero no significa, ni puede deducirse de allí, que fuera el «presidente» de esas reuniones, o que tuviera un cargo directivo en la comunidad. En realidad tampoco puede deducirse lo contrario.
A tenor del versículo 19, podemos entender que la conversión de Filemón fue una tarea personal del Apóstol: «Yo mismo, Pablo, lo firmo con mi puño; yo te lo pagaré... Por no recordarte deudas para conmigo, pues tú mismo te me debes». Posiblemente, Filemón era de posición acomodada, no sólo porque pusiera su casa a disposición de la comunidad, sino por la alusión que hace Pablo en el v.5 «tengo noticia de tu caridad y de tu fe para con el Señor Jesús y para bien de todos los santos»; parece un poco aventurado, sin embargo, afirmar que fuera comerciante de lanas, o concretar más que lo que pueda razonablemente surgir de la carta. Todo apunta a Colosas ya que, aunque la Carta a los Colosenses tiene sus propios problemas de autoría y fecha, se nombran algunos personajes en común, e incluso se dice que esa carta (la de Colosenses) va en manos de Tíquico y Onésimo, posiblemente el mismo esclavo objeto de la carta a Filemón; pero hay que reconocer que la carta no da otros elementos para localizar al personaje con más precisión.
Apfia (transcripta en el martirologio en español como Apia) sólo es mencionada en el versículo 2. Tradicionalmente se la supone esposa de Filemón, pero hay que reconocer que no hay demasiada base para afirmarlo, sólo la vaga idea de que las comunidades familiares solían comprender a toda la casa, y mucho más si el convertido era el marido, pero no deja de ser una hipótesis. Mucho más lo es la afirmación, que ya pasa un poco de hipótesis a «peregrina idea», de que Arquipo, el otro mencionado en el encabezado, sea el hijo de ese matrimonio, como se lee en muchos estudios. No hay apoyo alguno para esa identificación.
Aquí acaba, y no es poco tratándose de personajes «secundarios» del Nuevo Testamento, todo lo que podemos decir a ciencia cierta sobre Filemón y Apfia. Más allá del texto comienza la leyenda que, como cualquiera puede imaginar, llega a informarnos de detalles insospechados: Filemón llegó a ser obispo de Colosas, o tal vez de Gaza; en el ministerio fue ayudado estrechamente por Onésimo, y murió mártir, posiblemente en Éfeso, junto con Apfia; los dos esposos enterrados hasta la altura del pecho y apedreados, en tiempos de Nerón, el día de la fiesta de Diana. esta forma de la leyenda era la que traía el Martirologio Romano anterior, pero hay muchas otras variantes. El Martirologio actual no los inscribe como mártires, ni como obispo a Filemón.
Cualquier comentario a la epístola a Filemón comenzará por tratar los escasos datos sobre el destinatario de la carta; puede leerse en la Biblioteca de ETF, el Comentario Bíblico San Jerónimo (el "original" o el "nuevo"), en los dos casos por J. Fitzmyer, el Cuaderno bíblico Verbo Divino nº 33, por Simon Légasse, o el Comentario de Ratisbona, por Karl Staab. Cuando se presentan estas conmemoraciones suelen ser buena ocasión par la lectura directa de textos bíblicos que a veces tenemos puestos a un costado, así que, cómo no, el mejor homenaje a Filemón es leer hoy mismo la breve carta que el Apóstol le envió.
Santa Cecilia proviene de una familia de la alta sociedad romana, lo que no impide que se convierta al cristianismo. Su conversión cae como un terremoto entre los aristócratas de la ciudad, pues uno de los suyos, de los ricos y poderosos, se ha convertido a la religión de los esclavos, de los pobres. Y no sólo se convierte, sino que se convierte en una cristiana devota, activa y en un ejemplo.
Los padres de Cecilia la habían prometido en matrimonio con un joven llamado Valeriano. Tras la boda, ella informó a su marido de su decisión de permanecer virgen por amor a Dios y que un ángel protegía su virginidad. Valeriano le responde que si es cierto quiere ver al ángel, y Cecilia le invita a bautizarse para poder verlo. Valeriano es bautizado por el Papa Urbano, y desde entonces ambos se consagran vírgenes al Señor.

Los esposos, junto al hermano de Valeriano, son encarcelados por enterrar cristianos, cosa que estaba prohibida. El prefecto de la ciudad quiere condenar a Cecilia y busca cualquier excusa para ello. Cita a Cecilia y le pide una relación de bienes de su marido y de su hermano, pero ella lo ha entregado todo a los pobres. El juez, en vez de condenarla, le propone un pacto. Si Cecilia ofrece un sacrificio a los dioses romanos, la deja libre. Cecilia responde que no hay más Dios que el de los cristianos, y que los ídolos son patrañas.
El prefecto la condena a morir en la hoguera pero los verdugos, por más leña que echan al fuego, no consiguen que Cecilia muera. El juez ordena entonces que le corten la cabeza. La espada impacta tres veces en el cuello de la santa, pero aun así no muere. Tienen que pasar tres días para que santa Cecilia muera mártir. Durante esos tres días, consigue convertir a muchísimos paganos.
El culto a santa Cecilia se inicia en el siglo V, en la iglesia construida sobre lo que había sido la casa de la santa. En dicha iglesia había una comunidad de monjes que fueron los primeros que celebraban a diario los oficios cantados. En el oficio divino de santa Cecilia había una antífona que decía «Cantantibus órganis Cecilia virgo corde suo soli Domino decantabat…» (Al son de los órganos la virgen Cecilia cantaba en su corazón sólo al Señor”. A raíz de estas coincidencias, la Academia de la Música de Roma nombró a santa Cecilia como su patrona. Se extendió posteriormente su patronazgo en el mundo entero para los músicos.
El nombre del documento procede de San Agustín, cuando comenta el encuentro entre Jesús y la adúltera (cf. Jn 8, 1-11). A propósito de este pasaje del Evangelio es sorprendente que el Papa afirme: “Su enseñanza viene a iluminar la conclusión del Jubileo Extraordinario de la Misericordia e indica, además, el camino que estamos llamados a seguir en el futuro”. Un camino que podemos ver jalonado en cinco puntos.
1. La misión evangelizadora de la Iglesia es una misión de misericordia. Esta misión consiste en manifestar el amor misericordioso de Dios Padre, tal como Cristo lo muestra. Y por eso la misericordia pide ser proclamada, celebrada y vivida en las comunidades cristianas.
“En efecto –escribe el Papa-, la misericordia no puede ser un paréntesis en la vida de la Iglesia, sino que constituye su misma existencia, que manifiesta y hace tangible la verdad profunda del Evangelio. Todo se revela en la misericordia; todo se resuelve en el amor misericordioso del Padre”.
Observa Francisco que en el centro del encuentro entre Jesús y la adúltera “no aparece la ley y la justicia legal, sino el amor de Dios que sabe leer el corazón de cada persona (…) Una vez que hemos sido revestidos de misericordia, aunque permanezca la condición de debilidad por el pecado, esta debilidad es superada por el amor que permite mirar más allá y vivir de otra manera”.
La misericordia lleva consigo el perdón –incondicionado, gratuito e inmerecido– de Dios, propio de su misterio divino (cf. Ex 34, 6; Sal 136) y que Jesús manifiesta (cf. Lc 7, 36-50) hasta el final de su vida terrena (Lc 23, 34). Y el perdón trae consigo la alegría, la esperanza y la serenidad para la vida cotidiana (cf. Flp 4,4; cf. 1 Ts 5,16).
2. Recibir y vivir permanentemente la misericordia. La experiencia de la misericordia de Dios “cambia la vida”. Especialmente en los sacramentos de la Eucaristía , de la Reconciliación y de la Unción de los enfermos. También en la escucha de la Palabra de Dios y en la lectura orante de la Sagrada Escritura.
Esto nos lleva a vivir la misericordia con los demás, con gestos y obras concretas de caridad, sabiendo perdonar como somos perdonados. En cambio - advierte Francisco-, “qué tristeza cada vez que nos quedamos encerrados en nosotros mismos, incapaces de perdonar. Triunfa el rencor, la rabia, la venganza; la vida se vuelve infeliz y se anula el alegre compromiso por la misericordia”.
A los sacerdotes les invita a ejercer el ministerio de la Confesión siendo acogedores, testigos de la ternura de Dios padre, solícitos, claros, disponibles, prudentes, generosos y magnánimos, siempre ministros de la misericordia.
En su ministerio, los sacerdotes deben tener en cuenta la estrecha relación entre justicia y caridad: “Incluso en los casos más complejos, en los que se siente la tentación de hacer prevalecer una justicia que deriva sólo de las normas, se debe creer en la fuerza que brota de la gracia divina”.
Señala el Papa que “el Sacramento de la Reconciliación necesita volver a encontrar su puesto central en la vida cristiana”. E indica medios concretos para ello, como la iniciativa 24 horas para el Señor en la proximidad del IV Domingo de Cuaresma. Extiende a los sacerdotes la facultad de absolver del gravepecado del aborto, que les había concedido para el Año de la misericordia, y prolonga la validez de las celebraciones sacramentales de los sacerdotes de la fraternidad de San Pío X. Pide a los sacerdotes que estén cercanos a las familias, especialmente en la muerte de sus seres queridos. Instituye la Jornada mundial de los pobres.
3. Mirar, comprender y acompañar a las familias. Escribe Francisco: “En un momento particular como el nuestro, caracterizado por la crisis de la familia, entre otras, es importante que llegue una palabra de consuelo a nuestras familias.” (n. 14).
Explica que el don del matrimonio es una gran vocación a la que, con la gracia de Cristo, hay que corresponder con el amor generoso, fiel y paciente. La belleza de la familia permanece inmutable, a pesar de numerosas sombras y propuestas alternativas. El sendero de la vida, que lleva a que un hombre y una mujer se encuentren, se amen y se prometan fidelidad por siempre delante de Dios, a menudo se interrumpe por el sufrimiento, la traición y la soledad. La alegría de los padres por el don de los hijos no es inmune a las preocupaciones con respecto a su crecimiento y formación, y para que tengan un futuro digno de ser vivido con intensidad.
Como fruto del Año jubilar propone Francisco “reconocer la complejidad de la realidad familiar actual”. Y añade: “La experiencia de la misericordia nos hace capaces de mirar todas las dificultades humanas con la actitud del amor de Dios, que no se cansa de acoger y acompañar".
Nótese bien: no somos nosotros los que fácilmente somos capaces ni de reconocer esa complejidad ni de mirarla con la actitud del amor de Dios. Es la iniciativa de Dios, su misericordia sobre nosotros, y su gracia lo que nos capacita para experimentar en nosotros esa misericordia. Es Dios quien nos puede abrir los ojos para ayudar a los demás. Es Dios mismo quien nos enseña y fortalece para que seamos capaces de acoger y acompañar a las familias.
Como ha escrito el Patriarca ecuménico Bartolomé de Constantinopla, asumimos la luz con la que nos ha esclarecido el Papa Francisco al final de su exhortación Amoris laetitia, para que acompañemos a las familias en el marco de la misión cristiana: “Lo que se nos promete es siempre más. No desesperemos por nuestros límites, pero tampoco renunciemos a buscar la plenitud de amor y de comunión que se nos ha prometido”.
En esta línea señala el cardenal de Peruggia, Gualtiero Basseti, que la revolución universal de Amoris laetitia es la acogida, el perdón y la ternura. La ternura es “la mirada hecha de fe y de amor, gracia y compromiso” tal como se puede vivir en la familia (cf. L’Osservatore Romano, 10-IV-2016).
4. Acompañamiento especialmente en el momento de la muerte. “El momento de la muerte –observa el Papa– reviste una importancia particular. La Iglesia siempre ha vivido este dramático tránsito a la luz de la resurrección de Jesucristo, que ha abierto el camino de la certeza en la vida futura. (...) Nosotros vivimos la experiencia de las exequias como una plegaria llena de esperanza por el alma del difunto y como una ocasión para ofrecer consuelo a cuantos sufren por la ausencia de la persona amada”.
Todo ello ha de ser expresión de la misericordia divina. Concretamente, “la participación del sacerdote en este momento significa un acompañamiento importante, porque ayuda a sentir la cercanía de la comunidad cristiana en los momentos de debilidad, soledad, incertidumbre y llanto”.
5. Cultura de la misericordia y tiempo de la misericordia. Finalmente, dice Francisco, el Año jubilar nos hasituado en la “vía de la caridad”, que se traduce en la misericordia. Ésta se hace visible y tangible en acciones concretas y dinámicas. Así tantos hermanos y hermanas pueden llegar a decir: “Soy amado, luego existo; he sido perdonado, entonces renazco a una vida nueva; he sido ‘misericordiado’, entonces me convierto en instrumento de misericordia”.
Esto ha de manifestarse en las obras de misericordia en solidaridad con los más pobres e infelices, y teniendo en cuenta las nuevas formas de pobreza y marginación, contrarias a la dignidad humana. De otra manera se corre el riesgo de la indiferenciay el individualismo, de llevar una existencia cómoda y sin problemas. Y Jesús nos ha dicho: «A los pobres los tenéis siempre con vosotros» (Jn 12,8). Por eso, subraya con fuerza el Papa, “no hay excusas que puedan justificar una falta de compromiso cuando sabemos que él se ha identificado con cada uno de ellos”.
En definitiva, las obras de misericordia no han de ser algo aislado en la vida cristiana: “Estamos llamados a hacer que crezca una cultura de la misericordia,basada en el redescubrimiento del encuentro con los demás: una cultura en la que ninguno mire al otro con indiferencia ni aparte la mirada cuando vea el sufrimiento de los hermanos”.
Como elementos principales de esta “cultura de la misericordia” propone Francisco: la oración asidua, con la dócil apertura a la acción del Espíritu Santo, la familiaridad con la vida de los santos y la cercanía concreta a los pobres”.
Y todo ello, advierte el Papa, no puede quedarse en una “teoría sobre la misericordia”. Cada día debe ser el tiempo de la misericordia. Cada día de nuestra vida está, efectivamente, marcado por la presencia de Dios, que guía nuestros pasos con el poder de la gracia que el Espíritu infunde en el corazón para plasmarlo y hacerlo capaz de amar.
El Papa dijo que personas como estas “nos recuerdan que gracias a la fe y al compromiso en la evangelización de muchos laicos como ellos, el cristianismo echó raíces y ha llegado hasta nosotros”.
RESUMEN DE LA CATEQUESIS DEL PAPA EN ESPAÑOL
Queridos hermanos y hermanas:
Los Hechos de los Apóstoles nos dicen que Pablo, después de su estadía en Atenas, prosiguió su viaje misionero y llegó a Corinto, ciudad comercial y cosmopolita, que era capital de la provincia romana de Acaya.
Ahí encontró a Áquila y Priscila, pareja de esposos cristianos que había tenido que dejar Roma por la expulsión de los judíos decretada por el emperador Claudio. Ellos, con un corazón lleno de fe en Dios y de generosidad hacia el prójimo, le abrieron las puertas de su hogar a Pablo, testimoniando el valor cristiano de la hospitalidad.
Acogieron al Evangelizador y también el anuncio que él llevaba: el Evangelio de Cristo. Como Pablo, también ellos eran tejedores de lona para tiendas de uso doméstico. El Apóstol apreciaba mucho el trabajo manual, que no sólo consideraba lugar privilegiado para dar testimonio cristiano, sino también medio de subsistencia y no ser un peso para los demás. Esta pareja cristiana abrió también su casa a la comunidad local de cristianos, convirtiéndola en una “domus ecclesiae”, es decir, lugar de escucha de la Palabra de Dios y de la celebración de la Eucaristía.
De entre los numerosos colaboradores de san Pablo, Áquila y Priscila sobresalen como como modelos de una vida conyugal comprometida al servicio de toda la comunidad cristiana y nos recuerdan que gracias a la fe y al compromiso en la evangelización de muchos laicos como ellos, el cristianismo echó raíces y ha llegado hasta nosotros.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española. Pidamos a Dios nuestro Padre que infunda su Espíritu Santo en todas las parejas cristianas para que, a ejemplo de Áquila y Priscila, sepan abrir las puertas de su corazón a Cristo y a los hermanos, y sus hogares sean verdaderas iglesias domésticas donde se viva la comunión fraterna y se dé a Dios el culto de una vida de fe, esperanza y caridad. Que Dios los bendiga.
Fuente: Rome Reports
En la capilla que pertenece a los franciscanos, la undécima estación del Vía Crucis, se hace memoria de la crucifixión. La Custodia de Tierra Santa acaba de restaurar su decoración y mosaicos de cristal de colores brillantes, para rememorar la historia medieval del lugar de oración. Allí donde se veía un techo manchado por el polvo y el aceite quemado, ahora se puede ver un azul profundo salpicado por teselas de oro.
En la llamada capilla de la Crucifixión, sus arcos y cúpulas están llenos de símbolos y figuras bíblicas del Antiguo y del Nuevo Testamento. Del siglo XII es el medallón que representa la Ascensión, y que ya había sido restaurado en 2001. El altar, en bronce plateado, es un regalo del gran duque de Toscana Fernando de Médici (1588). Entre las dos capillas se encuentra el altar de la Dolorosa. El medio busto de la Virgen es un presente de la reina María de Portugal (1778).
La basílica del Santo Sepulcro encierra los lugares físicos de la crucifixión y la resurrección de Jesús bajo un mismo techo. Este emplazamiento fue descubierto en la esquina del foro occidental de la ciudad Aelia Capitolina, de la época de Adriano, por santa Elena, la madre de Constantino, que derribó el templo y construyó una enorme basílica consagrada en el día de Pascua del año 326.
La iglesia fue reconstruida parcialmente en el siglo siguiente por Justiniano, y se mantuvo intacta hasta 1009, cuando el califa Hakim la destruyó casi en su totalidad. Fue reparada parcialmente por un monje llamado Robert, pero cuando los Cruzados llegaron a la ciudad en torno al año 1099, el templo se reconstruyó solo con la mitad de sus dimensiones originales, y así ha llegado hasta nuestros días.
En el exterior, la basílica está formada por varios volúmenes superpuestos y añadidos, entre los que destaca un campanario truncado; sobre ese cúmulo de edificaciones y terrazas, se levantan dos cúpulas, una mayor que la otra, que caracterizan el perfil de Jerusalén. El interior está configurado como un conjunto complejo de altares y capillas, grandes y pequeñas, cerradas con muros o abiertas, dispuestas en diferentes niveles comunicados por escaleras.
El templo está custodiado por diversas confesiones cristianas. En esta línea, el Santo Sepulcro es la sede del patriarca ortodoxo de Jerusalén y es la catedral delPatriarcado Latino de Jerusalén. La distribución de las distintas capillas y lugares es un laberinto. Por ejemplo, el lugar de la Crucifixión así como el Santo Sepulcro como tal está custodiado por los griegos ortodoxos, mientras que los armenios tienen, entre otros, el templete desde donde la Virgen María contempló cómo moría su Hijo. Y en una gruta, los franciscanos veneran el lugar donde santa Elena descubrió la cruz del Señor.
Propone como modelo de amor a la liturgia a la santa alemana Matilde de Hackeborn
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 29 de septiembre de 2010 (ZENIT.org)
El Papa Benedicto XVI subrayó hoy la importancia de la liturgia en la vida espiritual cristiana, como lo fue para santa Matilde de Hackeborn, a quien presentó hoy durante la audiencia general.
Siguiendo con su ciclo de escritores cristianos, que con Hildegarda de Bingen a finales de agosto inauguró una serie de catequesis sobre mujeres insignes, el Papa quiso hoy detenerse en una de las grandes figuras del monaquismo alemán.
Santa Matilde de Hackeborn, de familia noble, nació y murió en el siglo XIII en Turingia (Alemania), y vivió casi toda su vida recluída en el convento de Helfta, en la misma congregación que su hermana mayor Gertrudis.
En aquella época, y gracias a Gertrudis, el monasterio de Rodersdorf y después el de Helfta se convirtieron, afirmó el Papa, en un importante “centro de mística y de cultura, escuela de formación científica y teológica”.
Matilde “se distinguió por la humildad, fervor, amabilidad, limpieza e inocencia de vida, familiaridad e intensidad con que vivió su relación con Dios, la Virgen y los Santos. Estaba dotada de elevadas cualidades naturales y espirituales”.
Entre otras, tenía una voz de una extraordinaria suavidad. Fue maestra del coro del convento, además de maestra de novicias.
La llamaban con el sobrenombre de “ruiseñor de Dios”.
“La oración y la contemplación fueron el humus vital de su existencia: las revelaciones, sus enseñanzas, su servicio al prójimo, su camino en la fe y en el amor tienen aquí su raíz y su contexto”, explicó el Papa.
El Pontífice añadió que “es impresionante la capacidad que esta santa tenía de vivir la Liturgia en sus varios componentes, incluso los más sencillos, llevándola a la vida monástica cotidiana”.
“Sus visiones, sus enseñanzas, las circunstancias de su existencia se describen con expresiones que evocan el lenguaje litúrgico y bíblico”, explicó.
La santa tenía, destacó el Papa, un “profundo conocimiento de la Sagrada Escritura, su pan cotidiano. Recurre continuamente a ella, sea valorando los textos bíblicos leídos en la liturgia, sea tomando símbolos, términos, paisajes, imágenes, personajes”.
De Matilde, Benedicto XVI invitó a los fieles a imitar la importancia que ésta daba a la Liturgia de las Horas y a la Santa Misa.
“La oración personal y litúrgica, especialmente la Liturgia de las Horas y la Santa Misa son la raíz de la experiencia espiritual de santa Matilde de Hackeborn”.
“Esto es también para nosotros una fuerte invitación a intensificar nuestra amistad con el Señor, sobre todo a través de la oración cotidiana y la participación atenta, fiel y activa en la Santa Misa. La Liturgia es una gran escuela de espiritualidad”, añadió.
Matilde sentía gran predilección por el Evangelio, que el mismo Jesús, en una visión, le recomendó leer, para comprender “su inmenso amor”, que “en ningún lugar se encuentra expresado más claramente que en el Evangelio”.
Intentando consolar a los fieles, algunos de los cuales no podían reprimir las lágrimas, el padre Pedro Narbona dijo: “La iglesia se construye no tanto con lo material, con algo físico, sino con las piedras vivas que somos todos y cada uno de nosotros. Somos una piedra viva y eso es lo fundamental”. Así mismo pidió a los presentes: “no caer en el círculo del odio, que nos puede llegar a envenenar el alma”.
Ayer domingo, se celebró así mismo una sencilla ceremonia de desagravio, donde los fieles pudieron besar el crucifijo dañado y profanado y se entonaron cantos a la Virgen María, a quien se dedica el mes de Noviembre en Chile.
El templo fue atacado por encapuchados que sacaron los bancos, las estatuas e imágenes a la calle, destruyéndolas y prendiéndoles fuego. Además pintaron grafitis e insultos en las paredes interiores.
No es la primera vez que un templo católico es atacado a raíz de las protestas y violentas manifestaciones que están convulsionando el país. El padre Pedro Narbona, que es también el asistente eclesiástico de la fundación Ayuda a la Iglesia Necesitada – ACN en Chile, señaló a la misma que ya habían tratado de quemar la iglesia el pasado viernes 1 de noviembre, pero había alcanzado a llamar a los bomberos. También la fachada de la otra parroquia que atiende el padre Pedro en el centro de Santiago, la Iglesia de la Vera Cruz, fue dañada una semana antes. Fuera de la capital se han registrado dos ataques consecutivos a la Catedral de Valparaíso, a finales de octubre y otro a la parroquia Santa Teresa de Los Andes, en la Villa Alfredo Lorca, Punta Arenas.
“Con preocupación lamentamos el cariz que ha tomado la violencia de estos días, afectando también a la Iglesia. Hoy hemos sido testigos de un nuevo saqueo contra una parroquia, que como Fundación Ayuda a la Iglesia que Sufre nos duele aún más”, señala María Covarrubias, Presidente de ACN Chile.
“En estos duros momentos, les pedimos oración por nuestro asistente eclesiástico, por su comunidad, por la paz en nuestro país y para que Dios convierta los corazones de quienes han cometido estos lamentable actos”, pide la Presidente de ACN Chile a todos los benefactores de la fundación en el mundo.
También el Administrador Apostólico de Santiago de Chile, Mons. Celestino Aós, expresó su solidaridad con el padre Narbona y su rechazo al saqueo de la parroquia de la Asunción en un video publicado en el canal de YouTube de la archidiócesis: “A ustedes: querido padre párroco y feligreses de la parroquia La Asunción, nuestra cercanía y solidaridad en su dolor. A todos ustedes estimados hermanos en la fe, les repito con el apóstol: No se dejen vencer por el mal, sino venzan al mal con el bien”.
Así mismo, hizo una llamada a la paz: “Con toda la fuerza de nuestra voz, pedimos a todos nuestros hermanos, compatriotas, que cese toda violencia. Que quienes engañan considerando la aparente eficacia y triunfo de la violencia, pasen al camino del diálogo y la búsqueda de soluciones a los problemas, aportando sus propias visiones.”
María Lozano
La única fuente informativa sobre la vida y pasión de San Eugenio es el relato martirial compuesto a mediados del siglo IX por un autor anónimo, seguramente el presbítero encargado del santuario de Deuil, lugar donde reposaron los restos eugenianos. Dos recensiones, una larga y otra breve, existen del mencionado relato. La más conocida es la breve; la más extensa, que es la primera, se conserva en algunos manuscritos de las bibliotecas de Bruselas, La Haya y París. De la edición crítica de ésta nos hemos cuidado en otro lugar, y su contenido vamos a darlo aquí; creemos que por primera vez se da a conocer el extracto de lo que se narra en los mencionados manuscritos, elemento imprescindible para adentrarse en el arduo problema hagiográfico que presenta este San Eugenio del 15 de noviembre.
En la primera parte el relato eugeniano cabalga sobre la "pasión de San Dionisio", compuesta en el 836 por Hilduino, abad de Saint-Denis.
En ambas narraciones se refiere que San Pablo, estando en Roma, mandó al areopagita Dionisio, por él convertido y a la sazón obispo de Atenas, que se reuniese en Roma con él. Mas, cuando Dionisio pudo llegar a la capital del Imperio, ya los apóstoles Pedro y Pablo habían sido martirizados.
Regía la Cátedra romana el papa San Clemente, quien, en cumplimiento de las consignas paulinas, señaló a Dionisio como futuro campo de apostolado las regiones occidentales, para que en ellas sometiera al suave yugo de Cristo los territorios que eran posesión del paganismo.
Mas no se limitó el Papa a asignar al Areopagita el campo de misión, sino que le dotó además de un equipo de misioneros que le ayudaran en la empresa evangelizadora. Entre los designados descollaba Eugenio, ciudadano romano, compañero del ateniense desde la llegada de éste a Roma. La narración subraya que ambos personajes constituían una admirable pareja, pues si el entrenamiento ático había adiestrado a Dionisio, la pericia romana había educado a Eugenio. Ambos se complementaban maravillosamente y la gracia de Dios fecundaba sus trabajos apostólicos.
En compañía de sus cooperadores misionó San Dionisio por los caminos y ciudades hasta llegar a Arlés. Es el momento solemne de las decisiones y de las despedidas. Marcial, Saturnino, Marcelo, Régulo y Eugenio, compañeros hasta entonces del Areopagita, deben separarse de su maestro para dirigirse a las parcelas misionarias que les han sido asignadas. Dispersos como el varillaje de un abanico, se asientan respectivamente en las ciudades de Toulouse, Bourges, Seniis y Limoges. Y mientras San Dionisio se ha reservado para su inmediata ayuda a los clérigos Rústico y Eleuterio, San Eugenio es enviado a Toledo.
Con manifiesta ingenuidad el narrador habla de Toledo, de su río Tajo, abundante de pesca; de sus campos feraces, sembrados de vides y de olivos; de sus altas montañas. Es el escenario geográfico en el que intrépido penetra Eugenio, portador del mensaje evangélico, y allí, en medio de un pueblo sumido en la idolatría, habla de Jesucristo, autor de la vida y de la muerte, salvador y redentor del mundo.
Los milagros avalan con su fuerza sobrenatural las predicaciones del misionero, que ve poco a poco surgir una comunidad cristiana en el territorio toledano. En él erige templos, enseña a rezar, orienta a las almas hacia la vida eterna y se elige discípulos, a quienes consagra y envía a predicar. Eugenio ha implantado los comienzos de la iglesia toledana.
Pero, a pesar de $u inmensa alegría pastoral, el obispo misionero siente una profunda nostalgia, motivada por la prolongada ausencia de su inolvidable maestro Dionisio; desea verle, conversar con él, tratarle y exponerle sus gozos y sus preocupaciones.
Tras un arduo caminar ha llegado Eugenio hasta las cercanías de París. Son los últimos años del siglo I. Impera Domiciano, "heredero de la crueldad de Nerón", como escribiría después Lactancio, "bestia ferocísima", según se le designa en el relato que extractamos.
Para descuajar el naciente cristianismo galo el emperador había enviado a París al prefecto Fescennino Sisinio, que acababa de dar muerte a San Dionisio cuando San Eugenio llegaba en su busca. Este, que ha venido predicando la palabra divina, en el cuarto miliario antes de llegar a París recibe la noticia de que su maestro ha sido martirizado.
Repuesto de la inmensa emoción producida por el tristísimo anuncio, el toledano, con los ojos cargados de lágrimas, prorrumpe ante los fieles huérfanos en alabanzas de San Dionisio, cuya santidad y virtudes exalta. Para remediar la orfandad de la iglesia parisina, San Eugenio atiende a aquellos cristianos, cuya fe se encuentra expuesta a los mayores peligros; pero en seguida la presencia del obispo de Toledo ha llegado a oídos del prefecto perseguidor, que manda a sus satélites apoderarse de Eugenio, cuya figura venerable se les impone.
En vano pretenden hacerle apostatar; las amenazas y los castigos son ineficaces. Se le conmina con la muerte, y entonces el arzobispo de Toledo se dirige al cielo con acentos llenos de dramática ternura: "Jesús, Señor, te consagro este combate final de la guerra en que se triunfa. Te lo consagro a Ti, que eres el Señor de la inmortalidad; a Ti, que eres la fuerza y la sabiduría del Padre; a Ti que permites que los enemigos de tu santo nombre se impongan sobre tus mártires, para que éstos, tras haber padecido, puedan conseguir la inmarchitable corona de la vida eterna. A Ti, Señor, desde lo más profundo de mi corazón, yo te pido que en este último momento de mi combate estés a mi lado con tu consoladora presencia; te lo pido, ya que desde mis primeros años has querido tenerme junto a Ti y que fuera adoctrinado por los más católicos maestros para que, instruido en sus enseñanzas, que eran las tuyas, penetrase en los tesoros de la sabiduría divina, que luego como pastor fiel había de transmitir a las almas que pusieras a mi lado. Te pido, Señor, tus consuelos en este postrer instante para que mi vida se acabe en la alabanza de tu santo nombre".
San Eugenio ha terminado su oración. Después se ha entregado en las manos de los lictores y ha puesto su cabeza sobre el tajo. Un tremendo golpe de hacha y su alma penetra en el cielo, mientras en la tierra queda su cuerpo ungido, consagrado con su preciosa sangre.
Para impedir que los cristianos se adueñasen del cuerpo del mártir y le diesen culto, el cadáver es arrojado al lago Marchais. Por espacio de siglos providencialmente las aguas del lago guardan incorrupto el cuerpo de Eugenio, hasta que, por inspiración celestial, el poderoso Ercoldo, avisado de su presencia en el fondo de las aguas, extrae de ellas el cuerpo del bienaventurado Eugenio tan fresco corno si acabase de ser martirizado.
Con todos los medios a su alcance se dispone a trasladar tan preciosos restos a la iglesia abacial de Saint-Denis para que en ella recibiese condigna sepultura. Pero no era ésta, al menos por entonces, la voluntad de Dios, que quiso que el santo cuerpo se venerara en Deuil, heredad de que era propietario el mencionado merovingio Ercoldo.
Allí se construyó un santuario, y un diligente presbítero que del culto creciente de San Eugenio cuidaba, nos ha dejado el relato de los numerosos prodigios realizados por la intervención de tan poderoso Santo.
Sin embargo, la permanencia del cuerpo en Deuil no iba a ser muy duradera. Las repetidas invasiones de los normando en París y sus cercanías, que depredaban cuanto hallaban a su paso ansiosos de botín y de dinero, hicieron que, para mayor seguridad, los restos de San Eugenio fueran trasladados a la abadía sandionisiana, de donde eran sacados, para ser puestos a buen recaudo, siempre que alguna nueva invasión amenazaba. Terminado el peligro normando, el cuerpo de San Eugenio, muy codiciado por los monjes, quedó definitivamente instalado en la célebre abadía de Saint-Denis. Aquí le encontró, a mediados del siglo xii, el arzobispo de Toledo, don Raimundo, con ocasión de asistir al concilio de Reims del 1148.
Hasta esta fecha nada se sabía en España de la existencia ni del enterramiento de este primer arzobispo de Toledo. Pero, a partir de entonces, se despertó el vehemente deseo de poseer en la ciudad de su cátedra episcopal reliquias de tan venerable prelado. Merced a la postulación de Alfonso VII el Emperador, se consiguió que el yerno de éste, Luis VII, de Francia, obtuviera de los monjes sandionisianos la concesión a Toledo del brazo derecho del Santo "para que la iglesia toledana entrase de nuevo en posesión de aquella parte del santo cuerpo de donde, principalmente en otros tiempos, habían procedido para ella los grandes beneficios de consagraciones y bendiciones...". En los primeros días del 1156 era entregada la preciada reliquia a Alfonso VII, que se dirigió solemnemente a Toledo, paseándola triunfalmente en procesión por la Castilla del siglo xii. En el suntuoso cortejo portador de la arqueta formaban parte con el emperador los reales infantes Sancho y Fernando, ya asociados por su padre al gobierno del reino; las reinas de Francia y Navarra, el arzobispo de Toledo con gran número de prelados, la curia real y el copioso séquito de que Alfonso VII sabía rodearse. El 12 de febrero se verificó la entrada de la reliquia en la catedral de Toledo, llevada en hombros, en el momento de penetrar en el sagrado recinto, por el monarca, sus dos hijos y un príncipe de sangre real.
Pero la sola reliquia del brazo de San Eugenio no satisfacía los deseos de la iglesia de Toledo, que consideraba al Santo como el fundador y primer obispo de ella. Las gestiones para obtener la donación de las restantes reliquias fueron larguísimas y costosas. Hubo que derrochar habilidades diplomáticas y vencer múltiples resistencias. Monarcas y grandes prelados estaban interesados en unas y otras. Fue solamente la inmensa potencia de Felipe II, casado a la sazón con la hermana del rey de Francia, quien doblegó todas las dificultades. Por fin, esquivando el peligro de los hugonotes y la piadosa oposición de quienes querían retener en Francia el cuerpo de San Eugenio, el canónigo toledano don Pedro Manrique de Padilla y su fiel secretario Antonio de Ribera pudieron trasladarle a España. Desde Torrelaguna los honores rendidos por doquier fueron desbordantes. Su paso por las regiones todas adquirió caracteres de fausto acontecimiento nacional. A su intercesión valiosa se atribuyó el nacimiento de la infanta Isabel Clara, llamada también Eugenia en memoria de tan singular favor.
Con una solemnidad que recordaba la del traslado del, brazo en el siglo xii, el 18 de noviembre de 1565 descansaron en la catedral de Toledo los restos de San Eugenio, introducidos en ella por Felipe II .y los príncipes Ernesto y Rodolfo, seguidas por los prelados asistentes al concilio provincial, que a la sazón se celebraba en Toledo.
Hoy tan veneradas reliquias se guardan celosamente en el relicario del templo primado, dentro de una magnífica urna de plata, trabajada por los plateros Nicolás de Vergara y Francisco Merino y terminada en el 1569. La urna pesa cincuenta y siete kilogramos, va decorada con escenas de la vida del Santo y reposa sobre un pedestal de bronce, jaspe y marfil que para ella hizo en el 1574 el italiano Pompeo Leoni.
JUAN FRANCISCO RIVERA
CIUDAD DEL VATICANO, 24 MARZO 2010 (VIS).
En la audiencia general de este miércoles, celebrada en la Plaza de San Pedro, el Papa habló sobre San Alberto Magno, "uno de los más grandes maestros de la teología escolástica".
El Santo Padre recordó que el santo nació en Alemania a comienzos del siglo XIII, y se dedicó al estudio de las "artes liberales": gramática, retórica, dialéctica, aritmética, geometría, astronomía y música, es decir, de la cultura general, mostrando aquel típico interés por las ciencias naturales, que se convertiría pronto en el campo favorito de su especialización.
Entró en la Orden de los Predicadores y tras la ordenación sacerdotal pudo perfeccionar el estudio de la teología en la universidad más célebre de la época, la de París. De esta ciudad le acompañó a Colonia Santo Tomás de Aquino, "un alumno excepcional". Por sus dotes, el Papa Alejandro IV quiso valerse de los consejos teológicos de San Alberto y después lo nombró obispo de Ratisbona.
San Alberto, dijo el Papa, contribuyó al "desarrollo del segundo Concilio de Lyon, en 1274, convocado por el Papa Gregorio X para promover la unión entre la Iglesia latina y la griega, tras la separación por el gran cisma de Oriente de 1054; aclaró el pensamiento de Tomás de Aquino, que había sido objeto de observaciones e incluso de condenas totalmente injustificadas".
El santo alemán murió en Colonia en 1280 y el Papa Pío XI lo canonizó y proclamó doctor de la Iglesia en 1931. "Fue sin duda un reconocimiento apropiado a este gran hombre de Dios y distinguido erudito, no sólo de las verdades de fe, sino de muchas otras áreas del conocimiento". Por eso, "el Papa Pío XII lo nombró patrono de las ciencias naturales y también es conocido como "Doctor Universalis", debido a la amplitud de sus intereses y conocimientos".
Benedicto XVI subrayó que San Alberto "muestra ante todo que no existe oposición entre fe y ciencia; (...) nos recuerda que hay amistad entre ciencia y fe, y que los hombres de ciencia pueden recorrer, a través de su vocación en el estudio de la naturaleza, un verdadero y fascinante camino de santidad".
"Alberto Magno -continuó- abrió la puerta a la recepción completa de la filosofía de Aristóteles en la filosofía y teología medieval, una recepción que elaboró en modo definitivo posteriormente Santo Tomás de Aquino. La acogida de una filosofía, por decir así, pagana, precristiana, fue una revolución cultural en aquel tiempo. Sin embargo, muchos pensadores cristianos temían la filosofía aristotélica, (...) sobre todo porque en la manera en que había sido interpretada podía parecer "del todo inconciliable con la fe cristiana. Se planteaba un dilema: ¿fe y razón están en contraste?".
El Papa resaltó que "uno de los grandes méritos de San Alberto fue estudiar con rigor científico las obras de Aristóteles, convencido de que todo lo que realmente es racional es compatible con la fe revelada y las Sagradas Escrituras".
"San Alberto -añadió- fue capaz de comunicar estos conceptos en modo sencillo y comprensible. Auténtico hijo de Santo Domingo, predicaba con agrado al pueblo de Dios, que era conquistado por su palabra y el ejemplo de su vida".
El Papa concluyó pidiendo a Dios que "nunca falten en la santa Iglesia teólogos doctos, piadosos y sabios como San Alberto Magno y que ayude a cada uno de nosotros a hacer propia la "fórmula de la santidad" que siguió en su vida: "Querer todo lo que quiero para la gloria de Dios, como Dios quiere para su gloria todo lo que El quiere", es decir, conformarse siempre a la voluntad de Dios para querer y hacer todo solo y siempre para su gloria y nuestra salvación y la salvación del mundo".
LOS PRIMEROS CRISTIANOS
Los primeros años del cristianismo no pudieron comenzar con más dificultades exteriores. Desde el primer momento sufrió una fuerte persecución por parte del judaísmo. Sin embargo, en poco menos de veinte años desde la muerte de Jesucristo, el cristianismo había arraigado y contaba con comunidades en ciudades tan importantes como Atenas, Corinto, Éfeso, Colosas, Tesalónica, Filipos, y en la misma capital del Imperio, Roma.
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Diocleciano persiguió a muerte a los cristianos |
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Desde luego, no podía atribuirse ese avance a la simpatía del Imperio Romano. En realidad, el cristianismo era para ellos incluso más molesto en sus pretensiones, sus valores y su conducta que para los judíos. No sólo eliminaba las barreras étnicas entonces tan marcadas, sino que, además, daba una acogida extraordinaria a la mujer, se preocupaba por los débiles, los marginados, los abandonados, es decir, por aquellos por los que el Imperio no sentía la menor preocupación.
—¿No es exagerar un poco?
El Imperio Romano tuvo aportaciones extraordinarias, indudablemente, pero también es cierto que no puede idealizarse el hecho de que el Imperio era una firme encarnación del poder de los hombres sobre las mujeres, de los libres sobre los esclavos, de los romanos sobre los otros pueblos, de los fuertes sobre los débiles. No debe extrañarnos que Nietzsche lo considerara un paradigma de su filosofía del “superhombre”.
Frente a ese imperio, el cristianismo predicaba a un Dios ante el cual resultaba imposible mantener la discriminación que oprimía a las mujeres, el culto a la violencia que se manifestaba en los combates de gladiadores, la práctica del aborto o el infanticidio, la justificación de la infidelidad masculina y la deslealtad conyugal, el abandono de los desamparados, etc.
A lo largo de tres siglos, el Imperio desencadenó sobre los cristianos toda una serie de persecuciones que cada vez fueron más violentas. Sin embargo, no sólo no lograron su objetivo de exterminar la nueva fe, sino que al final se impuso el cristianismo, que predicaba un amor que jamás habría nacido en el seno del paganismo (el mismo Juliano el Apóstata lo reconoció), y que proporcionaba dignidad y sentido de la vida incluso a aquellos a los que nadie estaba dispuesto a otorgar un mínimo de respeto.
ANTE LAS INVASIONES BÁRBARAS
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Cuando en el año 476 cayó el Imperio Romano de Occidente, el cristianismo preservó la cultura clásica, especialmente a través de los monasterios, que salvaguardaron eficazmente los valores cristianos en medio de un mundo que con las invasiones bárbaras se había colapsado por completo.
Se cultivó el arte, se alentó el espíritu de trabajo, la defensa de los débiles y la práctica de la caridad. El esfuerzo misionero se extendió a la asimilación y culturización de los mismos pueblos invasores, que a medio plazo también se convirtieron al cristianismo como antaño sucedió con el Imperio Romano.
En los siglos siguientes, el cristianismo fue decisivo para preservar la cultura, para la popularización de la educación, la promulgación de leyes sociales o la articulación del principio de legitimidad política. Sin embargo, fueron creaciones que de nuevo se desplomaron ante las sucesivas invasiones de otros pueblos, como los vikingos y los magiares.
En poco tiempo, gran parte de los logros de siglos anteriores desaparecieron convertidos en humo y cenizas. Una vez más, sin embargo, el cristianismo mostró su vigor, y cuando los enemigos de los pueblos cristianos eran más fuertes, cuando no necesitaban pactar y podían imponer por la fuerza su voluntad, acabaron aceptando la enorme fuerza espiritual del cristianismo y lo asimilaron en sus territorios, de modo que al llegar el año 1000 el cristianismo se extendía desde las Islas Británicas hasta el Volga.
Alfonso Aguiló,
interrogantes.net