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Benedicto XVI en la que presenta la figura de Casiodoro
Casiodoro (en latín, Magnus Aurelius Cassiodorus Senator) fue un político y escritor latino, fundador del monasterio de Vivarium, nació en Squillace hacia el 485 y murió hacia el 580.1
La vida de Casiodoro se articula, esencialmente, en torno a dos períodos separados por la conversión (conversión que le indujo a abandonar la vida pública).
Benedicto XVI considera como desafío del momento presente la exigencia de reconciliar las culturas para enseñar a las nuevas generaciones los grandes valores de la fe y de la convivencia humana.
Lo subrayó en la audiencia general de este miércoles, celebrada en la Basílica de San Pedro y en el Aula Pablo VI, en la que presentó las enseñanzas de dos grandes autores cristianos.
Vivieron en la transición entre la Edad Antigua y la Edad Media: Boecio (480-524), y Marco Aurelio Casiodoro (nacido hacia el 485 y fallecido hacia 580).
Ambos, tras hacer carrera política, se dedicaron a mostrar la riqueza del Evangelio, sirviéndose de las categorías de la cultura clásica grecorromana a las culturas nacientes de los pueblos bárbaros.
«Vivimos también nosotros, en un tiempo de encuentro de culturas, de peligro de violencia que destruye las culturas, y en el que es necesario el compromiso para transmitir los grandes valores y enseñar a las nuevas generaciones el camino de la reconciliación y de la paz», dijo el Papa al concluir su evocación
«Encontramos este camino orientándonos hacia el Dios con rostro humano, el Dios que se nos ha revelado en Cristo», añadió.
El Papa recogió la enseñanza que dejan ambos autores a los cristianos sumergidos en el mundo contemporáneo, repitiendo estas palabras de Casiodoro:
«Tratad de buscar ante todo la saludable ayuda sugerida por el primer salmo, que recomienda meditar noche y día en la ley del Señor.
El enemigo no encontrará, de hecho, ninguna entrada para asaltaros si toda vuestra atención está ocupada en Cristo».
«Es una advertencia que también podemos considerar como válida para nosotros», concluyó. |
Benedicto XVI presenta la figura de San Beda el Venerable
Contribuyó eficazmente a la construcción de una Europa cristiana, un santo erudito de finales del siglo VII
San Beda nació alrededor del 672, en la región inglesa de Northumbria. Cuando tenía siete años sus parientes lo confiaron al abad de un cercano monasterio benedictino para su educación.
Se le considera "uno de los más insignes eruditos de la Alta Edad Media" y " la enseñanza y la fama de sus escritos le hicieron acreedor de muchas amistades con las personalidades principales de su época, que lo alentaron a proseguir en su labor que beneficiaba a tantas personas".
"Las Sagradas Escrituras son la fuente constante de la reflexión teológica de Beda", que lee "los hechos del Antiguo y Nuevo Testamento" juntos, como "camino hacia Cristo, aunque se expresen en signos e instituciones diversas".
Citando concretamente la construcción del antiguo templo de Jerusalén, "a cuya construcción contribuyeron también paganos poniendo a disposición materiales preciosos y la experiencia técnica de sus maestros de obra, también en la edificación de la Iglesia -dijo el Papa- contribuyen apóstoles y maestros procedentes no solo de las antiguas estirpes judía, griega y latina, sino también de los nuevos pueblos, entre los que Beda se complace de enumerar a los Celtas irlandeses y a los Anglosajones".
El Papa recordó algunas de las obras del santo, como la "Chronica Maiora, donde traza una cronología que pasará a ser la base del calendario universal "ab incarnatione Domine", o la "Historia eclesiástica de los pueblos anglos", por la que se le reconoce como el padre de la historiografía inglesa".
"Los rasgos característicos de la Iglesia que Beda ama evidenciar son la catolicidad como fidelidad a la tradición y al mismo tiempo apertura a la historia y como búsqueda de la "unidad en la diversidad" y "la apostolicidad y el carácter romano". En este sentido piensa que es de importancia capital convencer a todas las iglesias célticas irlandesas y de los pictos para que celebren la Pascua según el calendario romano".
Beda "también fue un insigne maestro de teología litúrgica, (...) educando a los fieles a celebrar con alegría los misterios de la fe y a reproducirlos coherentemente en la vida, a la espera de su plena manifestación al regreso de Cristo".
"Gracias a su manera de hacer teología, entrelazando Biblia, liturgia e historia, Beda tiene un mensaje actual para los diversos estados de vida del cristiano. A los intelectuales (...) les recuerda dos tareas esenciales: escrutar las maravillas de la Palabra de Dios para presentarlas de forma atractiva a los fieles; exponer las verdades dogmáticas evitando las complicaciones heréticas y ateniéndose a la "sencillez católica" con la actitud de los pequeños y humildes a los que Dios se complace en revelar los misterios del Reino".
Por su parte, los pastores "deben dar la prioridad a la predicación, no solo mediante el lenguaje verbal o hagiográfico, sino valorizando las imágenes, las procesiones y las peregrinaciones. (...) A las personas consagradas les recomienda prestar atención al apostolado, (...) colaborando con los obispos en actividades pastorales de diverso tipo en favor de las jóvenes comunidades cristianas y haciéndose disponibles a la misión evangelizadora".
El santo erudito afirma que "Cristo quiere una Iglesia industriosa (...) que excave en otros campos (...), es decir, dispuesta a insertar el Evangelio en el tejido social y en las instituciones culturales" y "exhorta a los fieles laicos a ser asiduos en la instrucción religiosa, (...) enseñándoles cómo rezar continuamente, (...) ofreciendo todas las acciones como sacrificio espiritual en unión con Cristo".
Beda el Venerable murió en mayo del año 735. "Esun hecho que con sus obras -concluyó el Papa- contribuyó eficazmente a la construcción de una Europa cristiana".
Desierto del Negev, descubrimientos recientes en el sitio de Halutza
Es bastante raro encontrar el nombre de una antigua ciudad impresa en sus ruinas. Un descubrimiento similar se ha realizado en las últimas semanas en el desierto de Negev, a unos veinte kilómetros al suroeste de Beer Sheva, en el Parque Nacional Halutza, donde se menciona una piedra con una inscripción que data de hace 1.700 años, que menciona la Ciudad con su nombre griego: Elusa .
La exposición ahora ha sido confiada a la epigrafista Leah Di Segni, de la Universidad Hebrea de Jerusalén, para estudios adicionales y estudios en profundidad.
El nombre Elusa se menciona en varias fuentes históricas. Aparece en particular en el mosaico del Mapa de Madaba, en Jordania (siglo VI d. C.) y en la colección de papiros de los siglos VI y VII de Nitzana, una ciudad también ubicada en el desierto de Negev, cerca de la frontera con Egipto. La inscripción redescubierta es "la primera evidencia arqueológica del nombre del sitio en sí", dijo la Autoridad Israelí para las Antigüedades en una declaración fechada el 13 de marzo de 2019 junto con la Autoridad para la Naturaleza y los Parques.

Las excavaciones del baño público de la antigua Elusa: el horno y el hipocausto.
(foto Tali Erickson-Gini / Autoridad Israelí para Antigüedades)
Además, según la declaración, la inscripción también menciona varios Césares de la Tetrarquía , lo que hace posible fecharla alrededor del año 300 dC. De hecho, la Tetrarquía fue una reorganización en el gobierno del Imperio Romano introducida por Diocleciano a fines del siglo III. Los césares fueron designados como emperadores adjuntos de los dos Augusti (del oeste y del este). El sistema pronto se rajó, a partir del 306 dC, y no duró mucho.
Antiguo centro comercial y parada para peregrinos.
Elusa se fundó a fines del siglo IV aC y se convirtió en un próspero centro comercial que formaba parte de Incense Paths, una red de rutas comerciales que se extendía durante unos 2.000 kilómetros desde la Península Arábiga hasta el Mediterráneo . El tramo de la antigua carretera de Negev conectaba a Petra (en el actual Jordán) a Gaza. La ciudad continuó desarrollándose y alcanzó su punto máximo, en el período bizantino, desde el siglo IV hasta mediados del siglo VI d. C. «La exportación de vinos de alta calidad de las tierras altas del Negev en la era bizantina fue la base de la prosperidad económica de toda la región. », Dijo Tali Erickson-Gini, arqueólogo de la Autoridad Israelí para las Antigüedades que trabajó en las excavaciones.

Además, dice el erudito, Elusa "también fue una parada importante en el camino seguido por peregrinos cristianos en su camino hacia [el monasterio de] Santa Catalina, en el sur de Sina i, y fue visitada por muchos viajeros extranjeros". Cabe señalar que Elusa todavía se encuentra entre los asientos titulares de la Iglesia Católica (en su mayoría diócesis extintas atribuidas en sentido figurado a los obispos que no son los jefes de una diócesis que todavía existe en la actualidad).
La actividad de la ciudad parece haberse extinguido a fines del siglo VII . Las piedras del sitio se utilizaron para las construcciones otomanas de Gaza y Beer Sheva y para aquellas que se remontan a la época del Mandato británico, en la primera mitad del siglo XX. Por lo tanto, estamos tratando con un sitio arqueológico en gran parte agotado y mal conservado. Pocos restos son visibles en la superficie de la tierra, mientras que la mayoría de los restos están enterrados bajo la arena.

Sin embargo, dice The Times of Israel , los arqueólogos han querido superar la aparente "esterilidad" del sitio, convencidos de su potencial . Las excavaciones se organizaron durante un período de tres años, en el marco de un proyecto dirigido por el profesor Michael Heinzelmann en nombre de la Universidad de Colonia (Alemania), en colaboración con la Autoridad de Antigüedades de Israel. El proyecto fue financiado por la Fundación Alemán-Israelí para la Investigación Científica y el Desarrollo, con la participación de estudiantes de las universidades de Colonia y Bonn (Alemania).
Un próspero centro urbano.
El trabajo involucró una combinación de métodos arqueológicos tradicionales y más modernos que utilizan nuevas tecnologías para mapear el sitio y definir el plan de carreteras de la ciudad antigua gracias a los restos de pórticos y edificios residenciales que, por cierto, tienen elementos de planificación y construcción. Tanto occidental como oriental. Las investigaciones realizadas con tecnologías innovadoras han hecho posible "demostrar la existencia en el sitio de nueve iglesias, un enorme peristilo (quizás un mercado) y al menos tres talleres de cerámica ", especifica la declaración de la Autoridad Israelí para las antigüedades.
Durante la última temporada de excavaciones (en las últimas semanas), una iglesia bizantina y un baño público fueron sacados a la luz . La iglesia, con tres naves de 40 metros de largo, incluía un ábside orientado al este, cuya bóveda estaba originalmente cubierta con un mosaico de vidrio. La nave de la iglesia estaba decorada con mármoles.

El baño público, a su vez, tiene las características de un gran complejo urbano equipado con un calidarium (habitación caliente) y un horno para calentar el agua. El hipocausto , el sistema de calefacción de suelo hecho en la época romana con tubos de cerámica, está bien conservado.
El sitio arqueológico se encuentra actualmente dentro de una zona militar y no está destinado a ser abierto a turistas. Y, sin embargo, como Avdat, Mamshit y Shivta (todos los lugares en el desierto de Negev) , desde 2005, Halutza ha sido incluida entre los sitios del Patrimonio Mundial . Halutza es también uno de los dos sitios que podrían corresponder a la ciudad bíblica de Ziklag.
Una rara inscripción griega del año 300 dC, junto con los restos de una iglesia bizantina y un baño público. Estos son los últimos hallazgos del trabajo de los arqueólogos en el sitio de la antigua Elusa.
Terrasanta.net
Si un hombre no está dispuesto
a dar la vida por sus ideas,
es porque sus ideas no valen nada
o él no vale nada.
Ezra Pound
En el año 304, el emperador Diocleciano prohibió a los cristianos, bajo pena de muerte, tener las Escrituras, construir lugares para el culto o reunirse el domingo para celebrar la Eucaristía. En Abitina, una pequeña localidad de la actual Túnez, cuarenta y nueve cristianos fueron sorprendidos un domingo mientras, reunidos en la casa de Octavio Félix, celebraban la Eucaristía, desafiando las prohibiciones imperiales. Tras ser arrestados, fueron llevados a Cartago e interrogados por el procónsul Anulino.
Fue significativa, entre otras, la respuesta que un cierto Emérito dio al procónsul, que le preguntaba por qué habían transgredido la severa orden del emperador. Respondió: "Sine dominico non possumus". Es decir, sin reunirnos el domingo para celebrar la Eucaristía, no podemos vivir, nos faltarían las fuerzas para afrontar las dificultades diarias y no sucumbir.
Después de atroces torturas, estos mártires de Abitina murieron heroicamente, pero con ello vencieron, y ahora los recordamos y nos llevan a reflexionar también a nosotros, cristianos del siglo XXI, sobre la Eucaristía y sobre nuestra disposición a dar la cara por nuestra fe.
En el año 320, durante la persecución de Licinio, hubo otro grupo de mártires que se hizo muy popular entre los primeros cristianos: los cuarenta mártires de Sebaste. Estaban enrolados en una legión de guardia de frontera. Los cuarenta eran muy jóvenes, de menos de veinte años. Cuando llegó al campamento la orden de Licinio de que los soldados participaran en los sacrificios idolátricos, ellos rehusaron. Fueron arrestados, atados a una larga cadena y encerrados en la cárcel. La prisión se prolongó mucho tiempo, probablemente porque se aguardaban órdenes superiores, o incluso del mismo emperador. Durante la espera, previendo su fin, los presos escribieron un testamento colectivo en el que se recogían los nombres de cada uno.
Llegada la sentencia de condenación, fueron destinados a morir de frío. Debían estar expuestos desnudos por la noche, en pleno invierno, en un estanque helado y ahí aguardar su fin. El lugar elegido para la ejecución fue un amplio patio delante de las termas de Sebastia. Para aumentar el tormento de las víctimas, se dejó abierta la entrada a las termas, de donde salían chorros de vapor del calidarium. Bastaban pocos pasos para salir unos de las angustias, renegar de Cristo y recuperar en las termas esa vida que se estaba yendo de sus cuerpos minuto a minuto. El tiempo pasaba y ninguno de los condenados salía del estanque helado. Mientras sufrían aquel frío tan intenso oraban pidiendo a Dios, que, ya que eran cuarenta los que habían proclamado su fe en Cristo, fueran también cuarenta los que lograran la gracia del martirio. El vigilante de las termas asistía estupefacto a la escena. De repente, uno de los condenados, extenuado por los espasmos del frío, salió del estanque y se arrastró hacia la puerta iluminada. Al ver esto, el vigilante decidió remplazarlo completando nuevamente el número de cuarenta: se proclamó cristiano y se arrojó junto a los otros condenados.
-¿Y crees que era necesario morir de esa manera?
Creo que el mundo avanza y sobrevive gracias al testimonio de personas que no se dejan doblegar y saben hacer frente con valentía a los atropellos que se hacen a la dignidad del hombre.
Podríamos referirnos de nuevo al ejemplo de Santo Tomás Moro, que en 1534 prefirió ser destituido de todos sus cargos, ver confiscados sus bienes y acabar recluido en Torre de Londres, antes que aceptar las infamias de Enrique VIII. Allí estuvo encerrado durante quince meses, hasta que fue decapitado, soportando todo tipo de presiones para no ser fiel a lo que Dios, a través de su conciencia, le pedía. Su testimonio de coherencia cristiana hasta el martirio explica que su fama haya crecido incesantemente con el paso de los siglos. Su nombre figura tanto en el martirologio católico como en el anglicano, y su figura es reconocida universalmente, por encima de fronteras nacionales y de confesiones religiosas, como símbolo de integridad y como testimonio heroico de la primacía de la conciencia.
También podríamos recordar el caso de San Estanislao de Polonia, que en el año 1079 tuvo la audacia de censurar al mismísimo rey Boleslao II por sus múltiples inmoralidades. El rey ordenó matarlo, y como sus sicarios no se atrevían a atentar contra una persona tan santa, subió él mismo al altar de la catedral de Cracovia y, mientras celebraba la Santa Misa, lo asesinó con sus propias manos.
-Supongo que no habrá sido en vano el testimonio de tantas muertes en defensa de la fe, pero dan ganas de responder de otra manera ante los atropellos y las injusticias.
Es cierto, y por eso en muchas ocasiones nos preguntamos por qué razón Dios se queda callado, por qué no hace de inmediato lo que para nosotros resulta quizá evidente. Muchas veces desearíamos que Dios se mostrara más fuerte, que actuara con más contundencia, que derrotara de una vez al mal y creara un mundo mejor.
Sin embargo, cuando pretendemos organizar el mundo adoptando o juzgando el papel de Dios, el resultado es que hacemos entonces un mundo peor. Podemos y debemos influir en que el mundo mejore, pero sin olvidar nunca quién es el Señor de la historia. Porque, como ha señalado Benedicto XVI, nosotros quizá sufrimos ante la paciencia de Dios, pero todos necesitamos de su paciencia. El mundo se salva por el Crucificado y no por los crucificadores. El mundo es redimido por la paciencia de Dios y destruido por la impaciencia de los hombres.
El testimonio de los santos ha tenido un gran peso a lo largo de la historia. Chesterton decía que, a fin de cuentas, todos los siglos han sido salvados por media docena de hombres que supieron ir contra las corrientes de moda en ese siglo. Cada época tiene sus audacias, y cada audacia, un hombre que tiene el valor de vivir contra corriente ante las ofuscaciones y cobardías del momento.
Además, muchas veces, esas persecuciones han sido ocasión de grandes bienes. Si recordamos, por ejemplo, la figura de San Esteban, el primer mártir del cristianismo, vemos que a su asesinato siguió una persecución contra los cristianos, la primera en la historia de la Iglesia, pero aquella persecución, que les obligó a huir de Jerusalén y a dispersarse, les hizo transformarse en misioneros itinerantes, de manera que la persecución, y la consiguiente dispersión, se convirtieron en misión, y el Evangelio se propagó por Samaria, Fenicia y Siria, hasta llegar a la gran ciudad de Antioquía, donde, según cuenta San Lucas, fue anunciado por primera vez también a los paganos.
En todas las épocas y lugares, aunque a primera vista no lo parezca, ha sido difícil vivir la fe o la entrega a Dios. Tampoco es fácil ahora, aunque en pocos sitios haya ya prohibiciones o persecuciones formales. El mundo en el que vivimos, marcado a menudo por el consumismo, por la indiferencia religiosa o por un secularismo cerrado a la trascendencia, aparece muchas veces, para la entrega a Dios, como un desierto no menos inhóspito que el de otros tiempos. Pero quizá precisamente por eso, vivir contra corriente es tanto o más necesario.
interrogantes.net
No somos nosotros los que creamos la verdad,
los que la dominamos y la hacemos valer.
Es la verdad la que nos posee.
Alejandro Llano
Una seguridad razonable
—¿Y por qué precisamente la religión cristiana va a ser la verdadera?
Es realmente difícil, en un diálogo como el que llevamos, no acabar en esta pregunta. Intentaré responderte, pero no esperes una demostración que lleve a una evidencia aplastante.
—¿Quieres decir entonces que no se puede demostrar?
Una cosa es que algo sea demostrable y otra que sea evidente. Se pueden aportar pruebas sólidas, racionales y convincentes, pero nunca serán pruebas aplastantes e irresistibles.
Ten en cuenta, además, que no todas las verdades son demostrables. Y menos aún para quien entiende por demostración algo que ha de estar atado indefectiblemente a la ciencia experimental, aunque a ese prejuicio ya le hemos dedicado un par de capítulos y será mejor no repetirse.
Digamos —no es muy académico, pero sirve para entendernos— que es como si Dios no quisiera obligarnos a creer. Dios respeta la dignidad de las personas, que Él mismo ha creado, y que han de regirse por su propia determinación. Dios actúa con ese respeto por el hombre. Además, si fuera algo tan evidente como la luz del sol, no haría falta demostrar nada: ni tú estarías leyendo este libro ni yo lo habría escrito.
Nadie se rinde ante una demostración no totalmente evidente (algunos, ni siquiera ante las evidentes), si hay una disposición contraria de la voluntad. La fe es un don de Dios, pero a la vez es un acto libre. Para creer, hace falta una decisión libre de la voluntad.
Dios podría haber hecho que sus mandatos o sus consejos aparecieran escritos en el cielo, como por arte de magia, pero ha preferido actuar de modo ordinario y natural, a través de las inteligencias de los hombres, respetando su libertad, su personalidad y sus condicionantes culturales. Ha querido salvaguardar lo más posible nuestra libertad. Así será mayor la plenitud de nuestra fe.
Si te parece, podemos ir repasando diversos aspectos de la religión cristiana, comentando algunas de las razones que pueden ayudar a comprenderla mejor. No pretendo argumentar de modo muy exhaustivo, sino arrojar un poco de luz sobre el asunto, es decir, hacer más verosímil la verdad.

Un sorprendente desarrollo
Podemos empezar, por ejemplo, por considerar lo que ha supuesto el cristianismo en la historia de la humanidad. Piensa cómo, en los primeros siglos, la fe cristiana se abrió camino en el Imperio Romano de una forma prodigiosa…
—Es algo muy estudiado. Estuvo facilitado por la unidad política y lingüística del Imperio, por la facilidad de comunicaciones en el mundo mediterráneo, etc.
Todo eso es cierto. Pero piensa también que, pese a que esas condiciones eran favorables, el cristianismo recibió un tratamiento tremendamente hostil. Hubo una represión brutal, con unas persecuciones enormemente sangrientas, con todo el peso de la autoridad imperial en su contra durante más de dos siglos.
Hay que recordar que la religión entonces predominante era una amalgama de cultos idolátricos enormemente indulgentes con las más degradantes debilidades humanas. Tan bajo había caído el culto, que la fornicación se practicaba en los templos como rito religioso. El sentido de la dignidad del ser humano brillaba por su ausencia, y las dos terceras partes del imperio estaban formadas por esclavos privados de todo derecho. Los padres tenían derecho a disponer de la vida de sus hijos (y de los esclavos, por supuesto), y las mujeres, en general, eran siervas de los hombres o simples instrumentos de placer.
Tal era el mundo que debían transformar. Un mundo cuyos dominadores no tenían ningún interés en que cambiara. Y la fe cristiana se abrió paso sin armas, sin fuerza, sin violencia de ninguna clase. Predicando una conversión muy profunda, unas verdades muy difíciles de aceptar para aquellas gentes, un cambio interior y un esfuerzo moral que jamás ninguna religión había exigido.
Y pese a esas objetivas dificultades, los cristianos eran cada vez más. Cristianos de toda edad, sexo y condición: ancianos, jóvenes, niños, ricos y pobres, sabios e ignorantes, grandes señores y personas sencillas…, y, tantas veces, perdiendo sus haciendas, acabando sus vidas en medio de los más crueles tormentos.
Conseguir que la religión cristiana arraigase, que se extendiese y se perpetuara, a pesar de todos los esfuerzos en contra de los dominadores de la tierra de aquel entonces; a pesar del continuo ataque de los grandes poseedores de la ciencia y de la cultura al servicio del Imperio; a pesar de los halagos de la vida fácil e inmoral a la que llevaba el paganismo romano…; haber conseguido la conversión de aquel enorme y poderoso imperio, y cambiar la faz de la tierra de esa manera, y todo a partir de doce predicadores pobres e ignorantes, faltos de elocuencia y de cualquier prestigio social, enviados por otro hombre que había sido condenado a morir en una cruz, que era la muerte más afrentosa de aquellos tiempos… Para el que no crea en los milagros de los Evangelios, me pregunto si no sería este milagro suficiente.
Algo absolutamente singular en la historia de la humanidad
«El protagonista de mi novela —cuenta el escritor José Luis Olaizola en un libro autobiográfico— se había hecho cura, quizá porque me parecía un buen final de la novela que lo fusilaran al principio de la guerra civil española.
»Y como yo sabía muy poco de curas, y de su posible comportamiento en una situación tan límite, me puse a leer el Evangelio para articular un buen sermón ante el pelotón de fusilamiento, con palabras del mismo Cristo.
»Aquellas palabras sirvieron de poco para mi novela, pero a mí me llegaron bastante hondo. Así comencé a interesarme por la figura de Cristo, que me pareció un personaje muy atractivo…, a condición de que, efectivamente, fuera Hijo de Dios. Porque si fuera solo un hombre, y dijera las cosas que decía, sería un loco o un farsante. Y si Cristo era el Hijo de Dios, no se le ocurriría dejar la hermosura de su doctrina al libre discurrir de los hombres; sería el caos. Era lógico que hubiera encomendado el depósito de la fe a la Iglesia.
»Es decir, que por un proceso reflexivo me encontré siendo intelectualmente católico.»
Así cuenta Olaizola un pequeño retazo de su encuentro con Dios. Como en tantos otros casos, empezó por un descubrimiento de la figura de Jesucristo. Podemos analizar esto brevemente, pues constituye el fundamento de la fe cristiana. La pregunta básica sobre la identidad de la religión cristiana se centra en su fundador, en quién es Jesús de Nazaret.
El primer trazo característico de la figura de Jesucristo —señala André Léonard— es que afirma ser de condición divina. Esto es absolutamente único en la historia de la humanidad. Es el único hombre que, en su sano juicio, ha reivindicado ser igual a Dios. Y recalco lo de reivindicar porque, como veremos, esta pretensión no es en modo alguno signo de jactancia humana, sino que, al contrario, fue acompañada de la mayor humildad.
Los grandes fundadores de religiones, como Confucio, Lao-Tse, Buda y Mahoma, jamás tuvieron pretensiones semejantes. Mahoma se decía profeta de Allah, Buda afirmó que había sido iluminado, y Confucio y Lao-Tse predicaron una sabiduría. Sin embargo, Jesucristo afirma ser Dios. Lo que sorprendía y admiraba a las gentes era la autoridad con que hablaba, por encima de cualquier otra, aun de la más alta, como la de Moisés. Y hablaba con la misma autoridad de Dios en la Ley o los Profetas, sin referirse más que a sí mismo: “Habéis oído que se dijo…, pero yo os digo…”. A través de sus milagros manda sobre la enfermedad y la muerte, da órdenes al viento y al mar, con la autoridad y el poderío del Creador mismo. Sin embargo, este hombre que utiliza el yo con la audacia y la pretensión más sorprendentes, posee al propio tiempo una perfecta humildad y una discreción llena de delicadeza. Una humilde pretensión de divinidad que constituye un hecho singular en la historia y que pertenece a la esencia misma del cristianismo.
En cualquier otra circunstancia —piénsese de nuevo en Buda, en Confucio o en Mahoma—, los fundadores de religiones lanzan un movimiento espiritual que, una vez puesto en marcha, puede desarrollarse con independencia de ellos. Sin embargo, Jesucristo no indica simplemente un camino, no es el portador de una verdad, como cualquier otro profeta, sino que Él mismo es el objeto propio del cristianismo. Por eso, la verdadera fe cristiana comienza —como le sucedió a Olaizola— cuando un creyente deja de interesarse simplemente por las ideas o la moral cristianas, tomadas en abstracto, y encuentra a Jesucristo como verdadero hombre y verdadero Dios.
Otros rasgos sorprendentes
Hay otro rasgo característico de la figura de Jesucristo que presenta un fuerte contraste con el anterior. Se trata de su humillación extrema en la hora de la muerte. Una paradoja absoluta. El que ha manifestado ser el propio Hijo de Dios, aquel que reunía a las multitudes y arrastraba tras sí a los discípulos, muere solo, abandonado e incluso negado y traicionado por los suyos. También este rasgo es único.
Es el único Dios humillado de la historia. Además, va a la muerte como al núcleo principal de su misión. Y el Evangelio ve en la cruz el lugar en que resplandece la gloria del amor divino. Los Evangelios narran las dificultades que Jesucristo experimentó, incluso con sus propios discípulos, para lograr que sus contemporáneos aceptaran la idea de un mesianismo espiritual cuya realización pasaría, no por un triunfo político, sino por un abismo de sufrimiento, como preludio al surgir de un mundo nuevo, el de la Resurrección.
Y la descripción de la figura de Cristo en los Evangelios concluye con otro rasgo singular: el testimonio de su resurrección de entre los muertos. No hay ningún otro hombre del que se haya afirmado seriamente algo semejante.
La muerte de Jesucristo y la causa de su condena, son dos hechos materialmente inscritos en la historia, y que, como después veremos, hoy día ya nadie se atreve a negar: Jesucristo fue históricamente crucificado bajo Poncio Pilato a causa de su reivindicación divina. El hecho de su resurrección, sin embargo, sí es negado por algunas personas, que afirman que no se trata de algo empíricamente comprobable, y que por tanto sus apariciones después de muerto tendrían que deberse a una ilusión óptica, una sugestión o algún tipo de alucinación, producida sin duda por el deseo de que resucitara.
—Supongo que les parecerá una explicación más creíble de la Resurrección.
A mí en cambio me parece muy creíble que Dios, si realmente es Dios, haga cosas extraordinarias. Lo que me sorprende es el empeño de algunos por dar todo género de explicaciones, y su capacidad para aceptar cualquier cosa antes que admitir que Dios pueda hacer algo que se salga de lo ordinario.
A quienes hablan de “ilusiones ópticas”, por ejemplo, habría que recordarles que la reacción de los discípulos ante las primeras noticias de la resurrección de Cristo fue muy escéptica, pues estaban sombríos y abatidos, y aquel anuncio les pareció un desatino. Y está claro que no suelen producirse sugestiones, alucinaciones o ilusiones ópticas entre personas en actitud escéptica, y menos aún si esas sugestiones tienen que ser colectivas. Además, tampoco se explicaría por qué solo duraron cuarenta días, hasta la Ascensión, y después ya nadie volvió a tenerlas.
Los guardias que custodiaban el sepulcro dijeron —y después lo han repetido muchos otros— que los discípulos robaron el cuerpo mientras ellos dormían: curioso testimonio el de unos testigos dormidos, y poco concluyente para intentar rebatir algo que —durante su supuesto sueño— les fue imposible presenciar.
Sin embargo, el testimonio de la resurrección dado por los apóstoles y por los primeros discípulos satisface plenamente las exigencias del método científico. Es de destacar, sobre todo, el asombroso comportamiento de los discípulos al comprobar la realidad de la noticia por las múltiples apariciones de Jesucristo. Si esas apariciones no fueran reales, no se explicaría que esos hombres que habían sido cobardes y habían huido asustados ante el prendimiento de su maestro, a los pocos días estén proclamando su resurrección, sin miedo a ser perseguidos, encarcelados y finalmente ejecutados, afirmando repetidamente que no pueden dejar de decir lo que han visto y oído: el milagro portentoso de la Resurrección, del que habían sido testigos por aquellas apariciones, y que había transformado sus vidas.
La historicidad es de tal índole —lo analizaremos en el próximo capítulo— que la única explicación plausible del origen y del éxito de esa afirmación es que se trate de un acontecimiento real e histórico. Por otra parte, el testimonio de los Evangelios sobre la resurrección de Jesucristo es masivo y universal: todo el conjunto del Nuevo Testamento sería impensable y contradictorio si el portador y el objeto de su mensaje hubiese terminado simplemente con el fracaso de su muerte infamante en una cruz.
«Leyendo el Nuevo Testamento —escribe Tomás Alfaro—, puede verse que los Apóstoles eran hombres que creían fervientemente lo que decían. San Pedro fue crucificado cabeza abajo. San Andrés, en un tipo de cruz que desde entonces lleva su nombre. San Pablo fue decapitado, pues era ciudadano romano y esta era la única pena capital que podían sufrir. Todos los apóstoles, menos Juan, sufrieron martirio. Y la misma suerte corrieron muchísimos de los primeros testigos de la fe cristiana, que dieron su vida por esa supuesta invención. Y en nuestros días sigue habiendo nuevos engañados que mueren por esa fe, o que, sin llegar al martirio gastan toda su vida en pos de un ideal sustentado por las palabras inventadas de un mito que no existió nunca. Los discípulos de este mito inventado, de esta patraña, se lanzaron por el mundo, sin importarles ningún peligro, para proclamar a los cuatro vientos su mentira o su locura, que ellos llamaban Evangelio, es decir, la buena noticia. Y esto para cumplir el mandato de un hombre que nunca existió o, lo que es menos plausible todavía, se habían inventado. Un líder verdadero puede tener más o menos fuerza. Pero una patraña tan descomunal hubiera tardado muy poco en ser descubierta. Se puede pensar que eran unos locos o unos mentirosos, pero parece más plausible pensar que eran hombres cuerdos y honestos, que sabían lo que querían, y que lo que querían merecía recorrer el mundo y morir por ello si era necesario. Y no solamente eran capaces de hacerlo ellos. También eran capaces de hacer que otros siguiesen su ejemplo. ¡Qué brillo de sinceridad debía verse en sus ojos para que ese traspaso del testigo se produjese! Pero lo más impresionante es que ese brillo sigue encendiendo. Dos mil años después sigue habiendo un brillo contagioso en los hombres que viven bien el cristianismo.»
Alfonso Aguiló
Aunque sólo hace algunos años que soy católico, sé sin embargo que el problema “por qué soy católico” es muy distinto del problema “por qué me convertí al catolicismo”. Tantas cosas han motivado mi conversión y tantas otras siguen surgiendo después… Todas ellas se ponen en evidencia solamente cuando la primera nos da el empujón que conduce a la conversión misma. Todas son también tan numerosas y tan distintas las unas de las otras, que, al cabo, el motivo originario y primordial puede llegar a parecernos casi insignificante y secundario. La “confirmación” de la fe, vale decir, su fortalecimiento y afirmación, puede venir, tanto en el sentido real como en el sentido ritual, después de la conversión. El convertido no suele recordar más tarde de qué modo aquellas razones se sucedían las unas a las otras. Pues pronto, muy pronto, este sinnúmero de motivos llega a fundirse para él en una sola y única razón. Existe entre los hombres una curiosa especie de agnósticos, ávidos escudriñadores del arte, que averiguan con sumo cuidado todo lo que en una catedral es antiguo y todo lo que en ella es nuevo. Los católicos, por el contrario, otorgan más importancia al hecho de si la catedral ha sido reconstruida para volver a servir como lo que es, es decir, como catedral.
¡Una catedral! A ella se parece todo el edificio de mi fe; de esta fe mía que es demasiado grande para una descripción detallada; y de la que, sólo con gran esfuerzo, puedo determinar las edades de sus distintas piedras.
A pesar de todo, estoy seguro de que lo primero que me atrajo hacia el catolicismo, era algo que, en el fondo, debería más bien haberme apartado de él. Estoy convencido también de que varios católicos deben sus primeros pasos hacia Roma a la amabilidad del difunto señor Kensit.
El señor Kensit, un pequeño librero de la City, conocido como protestante fanático, organizó en 1898 una banda que, sistemáticamente, asaltaba las iglesias ritualistas y perturbaba seriamente los oficios. El señor Kensit murió en 1902 a causa de heridas recibidas durante uno de esos asaltos. Pronto la opinión pública se volvió contra él, clasificando como “Kensitite Press” a los peores panfletos antirreligiosos publicados en Inglaterra contra Roma, panfletos carentes de todo juicio sano y de toda buena voluntad.
Recuerdo especialmente ahora estos dos casos: unos autores serios lanzaban graves acusaciones contra el catolicismo, y, cosa curiosa, lo que ellos condenaban me pareció algo precioso y deseable.
En el primer caso —creo que se trataba de Horton y Hocking— se mencionaba con estremecido pavor, una terrible blasfemia sobre la Santísima Virgen de un místico católico que escribía: “Todas las criaturas deben todo a Dios; pero a Ella, hasta Dios mismo le debe algún agradecimiento”. Esto me sobresaltó como un son de trompeta y me dije casi en alta voz: “¡Qué maravillosamente dicho!” Me parecía como si el inimaginable hecho de la Encarnación pudiera con dificultad hallar expresión mejor y más clara que la sugerida por aquel místico, siempre que se la sepa entender.
En el segundo caso, alguien del diario “Daily News” (entonces yo mismo era todavía alguien del “Daily News”), como ejemplo típico del “formulismo muerto” de los oficios católicos, citó lo siguiente: un obispo francés se había dirigido a unos soldados y obreros cuyo cansancio físico les volvía dura la asistencia a Misa, diciéndoles que Dios se contentaría con su sola presencia, y que les perdonaría sin duda su cansancio y su distracción. Entonces yo me dije otra vez a mi mismo: “¡Qué sensata es esa gente! Si alguien corriera diez leguas para hacerme un gusto a mi, yo le agradecería muchísimo, también, que se durmiera enseguida en mi presencia”.
Junto con estos dos ejemplos, podría citar aún muchos otros procedentes de aquella primera época en que los inciertos amagos de mi fe católica se nutrieron casi con exclusividad de publicaciones anticatólicas. Tengo un claro recuerdo de lo que siguió a estos primeros amagos. Es algo de lo cual me doy tanta más cuenta cuanto más desearía que no hubiese sucedido. Empecé a marchar hacia el catolicismo mucho antes de conocer a aquellas dos personas excelentísimas a quienes, a este respecto, debo y agradezco tanto: al reverendo Padre John O’Connor de Bradford y al señor Hilaire Belloc; pero lo hice bajo la influencia de mi acostumbrado liberalismo político; lo hice hasta en la madriguera del “Daily News”.Este primer empuje, después de debérselo a Dios, se lo debo a la historia y a la actitud del pueblo irlandés, a pesar de que no hay en mí ni una sola gota de sangre irlandesa. Estuve solamente dos veces en Irlanda y no tengo ni intereses allí ni sé gran cosa del país. Pero ello no me impidió reconocer que la unión existente entre los diferentes partidos de Irlanda se debe en el fondo a una realidad religiosa; y que es por esta realidad que todo mi interés se concentraba en ese aspecto de la política liberal. Fui descubriendo cada vez con mayor nitidez, enterándome por la historia y por mis propias experiencias, cómo, durante largo tiempo se persiguió por motivos inexplicables a un pueblo cristiano, y todavía sigue odiándosele. Reconocí luego que no podía ser de otra manera, porque esos cristianos eran profundos e incómodos como aquellos que Nerón hizo echar a los leones.
Creo que estas mis revelaciones personales evidencian con claridad la razón de mi catolicismo, razón que luego fue fortificándose. Podría añadir ahora cómo seguí reconociendo después, que a todos los grandes imperios, una vez que se apartaban de Roma, les sucedía precisamente lo mismo que a todos aquellos seres que desprecian las leyes o la naturaleza: tenían un leve éxito momentáneo, pero pronto experimentaban la sensación de estar enlazados por un nudo corredizo, en una situación de la que ellos mismos no podían librarse. En Prusia hay tan poca perspectiva para el prusianismo, como en Manchester para el individualismo manchesteriano.
Todo el mundo sabe que a un viejo pueblo agrario, arraigado en la fe y en las tradiciones de sus antepasados, le espera un futuro más grande o por lo menos más sencillo y más directo que a los pueblos que no tienen por base la tradición y la fe. Si este concepto se aplicase a una autobiografía, resultaría mucho más fácil escribirla que si se escudriñasen sus distintas evoluciones; pero el sistema sería egoísta. Yo prefiero elegir otro método para explicar breve pero completamente el contenido esencial de mi convicción: no es por falta de material que actúo así, sino por la dificultad de elegir lo más apropiado entre todo ese material numeroso. Sin embargo trataré de insinuar uno o dos puntos que me causaron una especial impresión.
Hay en el mundo miles de modos de misticismo capaces de enloquecer al hombre. Pero hay una sola manera entre todas de poner al hombre en un estado normal. Es cierto que la humanidad jamás pudo vivir un largo tiempo sin misticismo. Hasta los primeros sones agudos de la voz helada de Voltaire encontraron eco en Cagliostro. Ahora la superstición y la credulidad han vuelto a expandirse con tan vertiginosa rapidez, que dentro de poco el católico y el agnóstico se encontrarán lado a lado. Los católicos serán los únicos que, con razón, podrán llamarse racionalistas. El mismo culto idolátrico por el misterio empezó con la decadencia de la Roma pagana a pesar de los “intermezzos” de un Lucrecio o de un Lucano.
No es natural ser materialista ni tampoco el serlo da una impresión de naturalidad. Tampoco es natural contentarse únicamente con la naturaleza. El hombre, por lo contrario, es místico. Nacido como místico, muere también como místico, sobre todo si en vida ha sido un agnóstico. Mientras que todas las sociedades humanas consideran la inclinación al misticismo como algo extraordinario, tengo yo que objetar, sin embargo, que una sola sociedad entre ellas, el catolicismo, tiene en cuenta las cosas cotidianas. Todas las otras las dejan de lado y las menosprecian.
Un célebre autor publicó una vez una novela sobre la contraposición que existe entre el convento y la familia (The Cloister and the hearth). En aquel tiempo, hace 50 años, era realmente posible en Inglaterra imaginar una contradicción entre esas dos cosas. Hoy en día, la así llamada contradicción, llega a ser casi un estrecho parentesco. Aquellos que en otro tiempo exigían a gritos la anulación de los conventos, destruyen hoy sin disimulo la familia. Este es uno de los tantos hechos que testimonian la verdad siguiente: que en la religión católica, los votos y las profesiones más altas y “menos razonables” —por decirlo así— son, sin embargo, los que protegen las cosas mejores de la vida diaria.
Muchas señales místicas han sacudido el mundo. Pero una sola revolución mística lo ha conservado: el santo está al lado de lo superior, es el mejor amigo de lo bueno. Toda otra aparente revelación se desvía al fin hacia una u otra filosofía indigna de la humanidad; a simplificaciones destructoras; al pesimismo, al optimismo, al fatalismo, a la nada y otra vez a la nada; al “nonsense”, a la insensatez.
Es cierto que todas las religiones contienen algo bueno. Pero lo bueno, la quinta esencia de lo bueno, la humildad, el amor y el fervoroso agradecimiento “realmente existente” hacia Dios, no se hallan en ellas. Por más que las penetremos, por más respeto que les demostremos, con mayor claridad aún reconoceremos también esto: en lo más hondo de ellas hay algo distinto de lo puramente bueno; hay a veces dudas metafísicas sobre la materia, a veces habla en ellas la voz fuerte de la naturaleza; otras, y esto en el mejor de los casos, existe un miedo a la Ley y al Señor.
Si se exagera todo esto, nace en las religiones una deformación que llega hasta el diabolismo. Sólo pueden soportarse mientras se mantengan razonables y medidas. Mientras se estén tranquilas, pueden llegar a ser estimadas, como sucedió con el protestantismo victoriano. Por el contrario, la más alta exaltación por la Santísima Virgen o la más extraña imitación de San Francisco de Asís, seguirían siendo, en su quintaesencia, una cosa sana y sólida. Nadie negará por ello su humanismo, ni despreciará a su prójimo. Lo que es bueno, jamás podrá llegar a ser DEMASIADO bueno. Esta es una de las características del catolicismo que me parece singular y universal a la vez. Esta otra la sigue: Sólo la Iglesia Católica puede salvar al hombre ante la destructora y humillante esclavitud de ser hijo de su tiempo. El otro día, Bernard Shaw expresó el nostálgico deseo de que todos los hombres vivieran trescientos años en civilizaciones más felices. Tal frase nos demuestra cómo los santurrones sólo desean —como ellos mismos dicen— reformas prácticas y objetivas.
Ahora bien: esto se dice con facilidad; pero estoy absolutamente convencido de lo siguiente: si Bernard Shaw hubiera vivido durante los últimos trescientos años, se habría convertido hace ya mucho tiempo al catolicismo. Habría comprendido que el mundo gira siempre en la misma órbita y que poco se puede confiar en su así llamado progreso. Habría visto también cómo la Iglesia fue sacrificada por una superstición bíblica, y la Biblia por una superstición darwinista. Y uno de los primeros en combatir estos hechos hubiera sido él. Sea como fuere, Bernard Shaw deseaba para cada uno una experiencia de trescientos años. Y los católicos, muy al contrario de todos los otros hombres, tienen una experiencia de diecinueve siglos. Una persona que se convierte al catolicismo, llega, pues, a tener de repente dos mil años.
Esto significa, si lo precisamos todavía más, que una persona, al convertirse, crece y se eleva hacia el pleno humanismo. Juzga las cosas del modo como ellas conmueven a la humanidad, y a todos los países y en todos los tiempos; y no sólo según las últimas noticias de los diarios. Si un hombre moderno dice que su religión es el espiritualismo o el socialismo, ese hombre vive íntegramente en el mundo más moderno posible, es decir, en el mundo de los partidos. El socialismo es la reacción contra el capitalismo, contra la insana acumulación de riquezas en la propia nación. Su política resultaría del todo distinta si se viviera en Esparta o en el Tíbet. El espiritualismo no atraería tampoco tanto la atención si no estuviese en contradicción deslumbrante con el materialismo extendido en todas partes. Tampoco tendría tanto poder si se reconocieran más los valores sobrenaturales. Jamás la superstición ha revolucionado tanto el mundo como ahora. Sólo después que toda una generación declaró dogmáticamente y una vez por todas, la IMPOSIBILIDAD de que haya espíritus, la misma generación se dejó asustar por un pobre, pequeño espíritu. Estas supersticiones son invenciones de su tiempo —podría decirse en su excusa—. Hace ya mucho, sin embargo, que la Iglesia Católica probó no ser ella una invención de su tiempo: es la obra de su Creador, y sigue siendo capaz de vivir lo mismo en su vejez que en su primera juventud: y sus enemigos, en lo más profundo de sus almas, han perdido ya la esperanza de verla morir algún día.
G. K. Chesterton (*) (*) Famosísimo periodista, novelista, poeta y crítico literario (1874-1935) es una figura única y genial en la literatura inglesa y uno de los autores modernos más frecuentemente citados. Autor de las novelas del Padre Brown, Ortodoxia (escrito muchos años antes de convertirse), etc. De él dijo su gran amigo Bernard Shaw: “un genio colosal”, y el Times Literary S. “Ha llegado la hora, medio siglo después de su muerte, para hacer una limpieza chestertoniana. Su perspicacia crítica era muy aguda, su campo de acción universal, su vigor invencible. El premio nobel T.S. Eliott quedó maravillado con su libro sobre Dickens. Su obra sobre Tomás de Aquino fue lo mejor que se ha escrito sobre el tema. Su periodismo ejerció una atracción magnética mucho más poderosa que lo que de cualquier columnista o presentador de televisión podría esperarse hoy día.
Los mosaicos constantinianos de la Natividad
Durante algunas excavaciones realizadas en 1934 por los británicos en la Basílica de la Natividad, en Belén, a 75 centímetros por debajo del piso actual, se descubrieron algunos mosaicos de la basílica de Constantino del siglo IV.

Los trabajos de restauración actuales de la basílica incluyen las huellas bizantinas a lo largo de toda la nave. La empresa Piacenti Spa., Responsable del trabajo, aún no ha decidido si estos hallazgos son visibles total o parcialmente para el público, debido a los complejos límites técnicos.
A fines de 2018, se eliminaron los andamios alrededor del sitio de construcción, pero los trabajos de restauración continuarán a lo largo de 2019.

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San Hermas - su fiesta se celebra el 9 de mayo
Saluden a Asíncrito, a Flegón, a Hermes, a Patrobas, a Hermas ya los hermanos que están con ellos. "Romans 16:14
Romanos 16:14 es un versículo entre los muchos que se encuentran hacia el final de la Epístola que contiene los nombres de varios cristianos que vivían en Roma cuando Pablo escribió la carta (aproximadamente 56-58 d. C.).
Muy poco se sabe con certeza acerca de Hermas, pero es evidente que cuando se envió la carta, Hermas y muchos otros en Roma de alguna manera ya habían aprendido acerca de la vida de Cristo y estaban practicando la nueva Fe allí.
Romanos 16:14 muestra que Hermas estaba relacionado de alguna manera con cierto grupo de personas, cuatro de ellas nombradas específicamente: Asíncrito y Flegón (8 de abril), Hermes y Patrobas, así como algunos "hermanos" no especificados. Romanos 16:14 (el verso de la Biblia que contiene el nombre de Hermas) da razones para considerar que tal vez este grupo particular de cristianos romanos se reunirían para la adoración y posiblemente todos estuvieran conectados a una iglesia doméstica.
Es estimulante imaginar que Hermas está entre un grupo de cristianos en Roma cuando llegó la carta de Pablo, qué sorpresa pudo haber sentido al ver su nombre en la lista de saludos que se encuentran en el capítulo 16. Cómo él y sus amigos debieron haber estudiado detenidamente las palabras de Pablo varias veces, haciendo todos los esfuerzos posibles para absorber todo lo que escribió el gran evangelista, probablemente a través de la discusión, la contemplación y la oración.
No muchos años después, parece plausible que tal vez Hermas fuera parte del grupo que saludó a San Pablo cuando llegó a Roma en cadenas o como alguien que a veces visitaba a Paul durante su arresto domiciliario allí.
Se ha escrito que Hermas fue uno de los 72 seguidores mencionados en Lucas 10 que Jesús envió a predicar. Algunas fuentes insisten en que este Hermas es el mismo que escribió "El pastor de Hermas", un antiguo escrito cristiano que fue leído y apreciado por muchos pero que no llegó a la forma finalizada de la Biblia. A veces se lo identifica como un antiguo esclavo y como el hermano del papa Pío I de mediados del siglo segundo (bastante por el estilo de ser uno de los 72 seguidores de Cristo). Otras fuentes afirman que Hermas fue obispo de Filipos y, en última instancia, martirizado.
San Pudente era un noble romano, discípulo del papa San Pío I
Uno de los puntos que suelen ponderarse en la primitiva historia de la Iglesia es que, no solamente se propagó rápidamente el Evangelio entre el pueblo y entre la gente sencilla, sino también entre los hombres cultos, entre los filósofos paganos, y aun en la alta sociedad romana
El hecho de la propagación del cristianismo entre la gente humilde no puede ponerse en duda. Por esto los controversistas paganos echaban en cara a los cristianos que su religión era sólo de gente simple y poco instruida. Esto es una aberración, pero es un hecho palpable, que todos podían ver, que, desde los apóstoles, fue principalmente la gente humilde la que abrazaba la doctrina de Cristo, que fue Él mismo pobre artesano.
Pero, además, ya desde el primer momento el Evangelio se introdujo igualmente entre las clases altas de la sociedad. Muy pronto encontramos entre los cristianos un buen número perteneciente a la gente de alto nivel social, a la gente ilustrada y aun a la nobleza. El procónsul Sergio Paulo, convertido por San Pablo en Chipre, Dionisio el Areopagita, filósofo convertido en Atenas; Pomponia Graecina, de la que habla Tácito; los Flavios y los Acilios y el senador Apolonio, de quienes hablan Suetonio y Dión Casio; todos los apologetas cristianos, a cuya cabeza debemos colocar a San Justino el Filósofo; todos estos nombres son buena confirmación de la verdad indicada.
Hasta en la corte se había introducido el Evangelio ya en el siglo I. Esta circunstancia conviene tenerla presente, pues demuestra la fuerza interna que poseía el cristianismo, ya que los varones, por el mero hecho de declararse cristianos, debíanenfrentarse con un sinnúmero de dificultades, y aun las matronas romanas, si eran cristianas, se cerraban el camino para los más elevados puestos. Así San Pablo, en la Epístola a los filipenses, manda saludos principalmente a los de la casa del César y en la Epístola a los romanos nombra a otros que parece pertenecían a la corte. Por otra parte, sabemos que, en tiempo de Domiciano, Tito Flavio Clemente y su esposa Domitila eran cristianos.
Uno de los ejemplos más insignes de este hecho, tan significativo para el cristianismo, es el de San Pudente, cuya memoria celebra la Iglesia el día de hoy, a quien podemos añadir a su hija Santa Pudenciana, que también se conmemora en este mismo día. Según todos los indicios, este San Pudente, al que se refiere la fiesta litúrgica de hoy, es un noble romano, discípulo del papa San Pío I (140-155), que se distinguió en este tiempo por su entereza cristiana y la defensa de su fe frente a las impugnaciones paganas.
Más noticias poseemos de las dos hijas que tuvo de su esposa Savinella. Llamábanse Pudenciana y Práxedes, y fueron educadas por él en las verdades de la fe cristiana y en el más puro amor a Jesucristo. Son interesantes las noticias, históricamente bien probadas, que de ellas poseemos. Ambas pertenecen a los primeros casos, conocidos en la historia de la Iglesia, de vírgenes cristianas consagradas a Dios. En efecto, sabemos que, movidas del amor a Cristo, heredado de su padre Pudente, le consagraron su virginidad y convirtieron su casa en un santuario, adonde acudían incluso los papas a celebrar los misterios divinos y administrar los sacramentos y ocultarse cuando amenazaba algún peligro. Sabemos igualmente que ambas hermanas recibían y trataban a todos sus hermanos con la mayor caridad, y personalmente les servían, haciendo todos estos oficios con predilección a los más pobres. En esta forma se presentan a la antigüedad cristiana como insignes ejemplos de virginidad y de caridad a sus semejantes y amor sacrificado a los pobres. La muerte de Santa Pudenciana es señalada el año 160, en tiempo del emperador Antonino Pío (138-161). La de Santa Práxedes, algo más tarde.
Por su parte el noble Pudente, después de haber dado insigne ejemplo de virtud cristiana, según los datos que poseemos, murió el año 161, al final del reinado de Antonino Pío. Según algunas fuentes antiguas, sus restos mortales fueron sepultados en el cementerio de Santa Priscila, en la vía Salaria, y su casa, ya antes empleada muchas veces para la celebración de la liturgia cristiana, fue convertida en iglesia. Posteriormente fue designada con el título del Pastor.
De este Pudente, padre de las Santas Pudenciana y Práxedes, que vivieron en torno a los años 150-160, parece debe distinguirse otro Pudente, de fines del siglo I, que tal vez fue padre o abuelo del anterior. Era senador romano, y una antigua tradición romana nos testifica que fue discípulo de San Pedro y que recibió el bautismo de sus manos. Asimismo que lo recibió en su propia casa, donde el santo apóstol pasó algún tiempo ejerciendo allí sus ministerios apostólicos.
Por otro lado, según la misma tradición, conoció igualmente a San Pablo, y así parece referirse a él el Apóstol cuando, al fin de la Epístola II a Timoteo, escribe: "Eubulo, Pudente, Lino y Claudia os saludan". Más aún: muchos suponen que esta Claudia, aquí nombrada, era su esposa.
Otras noticias, conforme a esta antigua tradición, nos presentan al senador Pudente del siglo I como ejemplo de caridad cristiana. A la muerte de su esposa debió renunciar a todos sus bienes en favor de los pobres, e incluso a su propia casa, con el objeto de que, habiendo morado en ella y ejercido su ministerio el Príncipe de los Apóstoles, San Pedro, fuera transformada en iglesia. Hecho esto, dedicóse el personalmente a la vida de servicio de Dios, a quien se consagró por entero después de haberle entregado todo lo que poseía. En uno de los martirológios se añade que "guardó inmaculada hasta su muerte aquella inocencia que recibió en el bautismo administrado por los apóstoles".
BERNARDINO LLORCA, S. I.
Campo de sangre. Traición de Judas.
Recordamos la traición de Judas. El campo adquirido con el dinero de la entrega del Jesús se llama campo del alfarero. Se encuentra entre el monte Sion y la ciudad de David.
"Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú! Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó. Los principales sacerdotes, tomando las piezas de plata, dijeron: No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque es precio de sangre. Y después de consultar, compraron con ellas el campo del alfarero, para sepultura de los extranjeros. Por lo cual aquel campo se llama hasta el día de hoy: Campo de sangre. Así se cumplió lo dicho por el profeta Jeremías, cuando dijo: Y tomaron las treinta piezas de plata, precio del apreciado, según precio puesto por los hijos de Israel; y las dieron para el campo del alfarero, como me ordenó el Señor" (Mt 27, 3-10).
Se llama campo del alfarero. Se encuentra entre el monte Sion y la ciudad de David. Desde Gallicantum se ve muy bien todo el terreno. En arameo hagel dema significa “campo de sangre.” En griego se escribe ’Akeldamáy, también se puede decir, ’Akeldamách, para dar mediante la letra ch el sonido gutural de la aleph final.
San Pedro dice en su discurso :
“Este, pues, compró un campo con el precio de su iniquidad, y cayendo de cabeza, se reventó por medio y se derramaron todas sus entrañas. Y esto fue conocido por todos los habitantes de Jerusalén de forma que el campo se llamó en su lengua Haqueldamá, es decir: "Campo de Sangre” (Hch. 1, 18-19).
Este lugar algunos historiadores dicen que coincide con “la casa del alfarero” de Jeremías, pues la Biblia dice que está en el valle del Hijo de Ennom, al sur de Jerusalén. El mismo profeta afirma que en este valle, “enterrarán en Topheth, puesto que no hay otro lugar” debido al culto a Moloch practicado ahí. En su “Onomasticon” Eusebio dice que el “campo de Haceldama” esté cerca a “Thafeth del valle de Ennom”.
Pero bajo la palab dice que este campo estaba señalado como “norte del Monte Sion,” pero esto pasó evidentemente inadvertido. San Jerónimo a su vez corrige el error y escribe “sur del Monte Sion”.
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La tradición concerniente a este lugar ha permanecido igual a través de los siglos. El peregrino Arculf en el 670 lo visitó asegurando que se encontraba al sur del Monte Sion y también hace mención de la sepultura de peregrinos. En el siglo XII, los cruzados erigieron más allá del campo, en el lado sur del valle de Ennom, un gran edificio ahora en condiciones ruinosas.
Continuaron enterrando peregrinos allí hasta inicios del siglo XIX. Haceldama ha sido propiedad de los armenios no unidos desde el siglo XVI.
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