El Mar de Galilea - Tierra Santa

Aunque todavía no ha alcanzado su límite máximo, el nivel de las aguas en el Mar de Galilea (Kinneret para los judíoas) ha pasado en muy poco tiempo de la alarma por sequía a una abundancia que el meteorólogo Barry Lynn, en declaraciones a Jerusalem Post,calificó como de proporciones bíblicas.

 

 

“José predijo siete años de abundancia seguidos por siete años de hambre”, dijo Lynn, “pero en nuestro caso hemos tenido siete años de sequía seguidos ahora por una lluvia inesperada“.

En efecto, a consecuencia de unas precipitaciones situadas un 131% por encima de la media, las aguas llegaron a crecer 11 centímetros en un solo día. En total, ha crecido 2,8 metros desde el inicio de las lluvias.

 

Las aguas han llegado cuando más necesarias eran. Foto: Mendy Hechtman/ Flash90 / Arutz Sheva 7

 

El también conocido como Lago de Genesaret  o Mar de Tiberíades es el principal reservorio de agua del estado de Israel, por lo que estas noticias están siendo bienvenidas. Lo curioso es que esto sucede cuando estaban a punto de alcanzarse los niveles más bajos desde 1926, cuando empezaron a registrarse. Todo el país se ha visto beneficiado de esta abundancia, también el Mar Muerto.

 

Fuente: Fundación Tierra Santa

El Coliseo, que en sus inicios fue conocido como el Anfiteatro Flavio, es una maravilla del mundo. Abrió sus puertas en el 80 después de Cristo.

Barbara Nazzaro, directora técnica del Coliseo, explica cómo se organizaba el espectáculo.

 

 

BARBARA NAZZARO
Directora técnica del Coliseo
“El espectáculo era muy complejo porque duraba todo el día. Por la mañana hacían cacerías, más o menos a la hora de comer tenían lugar las ejecuciones. Por la tarde el espectáculo concluía con el combate de gladiadores. En el piso subterráneo se preparaba todo para estos momentos importantes, también estaban los animales. Los animales eran una atracción muy importante para el público de Roma. Más eran exóticos más atraían su interés”.

Estos animales se subían a la arena a través de ascensores colocados bajo el suelo. Estos se construían con rudimentarios pero efectivos sistemas de poleas. Se calcula que la organización del espectáculo necesitaba unos 1.800 trabajadores.

BARBARA NAZZARO
Directora técnica del Coliseo
“Los animales estaban en lo que hoy llamaríamos un zoológico, cerca del Coliseo. Llegaban a él a través de unos conductos subterráneos que enlazaban unos ambientes con otros. Por desgracia estos conductos han sido obstruidos por obras posteriores”.

Nazzaro explica que no había cárceles durante la época de los romanos, por lo que los criminales eran enviados a la arena. No siempre morían pero eran obligados a participar.

Este habrá sido el destino de muchos cristianos aunque eso no quiere decir que fueran explícitamente condenados por su fe.

BARBARA NAZZARO

Directora técnica del Coliseo
“Es muy probable que también algunos cristianos hayan muerto aquí, pero no hay descripciones ni narraciones en las crónicas de la época. Por tanto: es posible que haya sucedido, pero no está documentado”.

Barbara Nazzaro explica que la sensibilidad hacia la violencia era muy distinta en aquella época. Hasta es probable que entre los asistentes a los espectáculos hubiera cristianos. Sin embargo, es difícil comprobar si fueron muchos los martirizados aquí.

 

La pasión de Jesús

Los Evangelios fueron escritos en griego entre la segunda mitad de los años 60 y finales de los 90 de nuestra era, es decir, unos 35-70 años después de que Jesús de Nazareth muriera clavado en una cruz fuera de los muros de Jerusalén, en una colina conocida como Gólgota.

 

Sin embargo, antes de que Mateo, Marcos, Lucas y Juan narraran por escrito la pasión y muerte de Cristo debió de existir un relato primitivo en arameo que se transmitía oralmente sobre aquellos hechos. Así al menos lo cree José Miguel García Pérez, experto en el estudio del sustrato semítico en el Nuevo Testamento, que en « La pasión de Cristo. Una lectura original» (Editorial Encuentro) rastrea esas huellas de arameo en los textos evangélicos.

Una interpretación desde la lengua semítica de algunos versículos puede arrojar luz sobre las llamativas diferencias, e incluso contradicciones, que se aprecian en los evangelios. Porque, ¿coincidió la última cena con la celebración de la Pascua judía? ¿Jesús murió el 14 o el 15 de Nisán?

«Jesús enseñó en arameo, que era la lengua que hablaba, y también los apóstoles, cuando fueron enviados a predicar», recuerda este sacerdote que se muestra seguro de que aquellas enseñanzas aprendidas de memoria conformaron «una tradición muy fija» que se transmitió oralmente. «Muy pronto», continúa, esos relatos se formularían por escrito y es muy posible que en arameo.

Por desgracia, «no nos han llegado esos textos semíticos», pero este profesor de Sagrada Escritura en la Facultad de Teología San Dámaso y en el Instituto de Ciencias Religiosas de Madrid detecta señales en el evangelio de Juan de un «griego de traducción», a partir de un «relato semítico arcano».

 

Pasión Jesús

 

Y en los textos de Marcos y Mateo, incluso en los de Lucas, que no era judío como los otros tres y dominaba el griego, también encuentra «expresiones e informaciones que no cuadran» en griego, reflejo de relatos más antiguos. El propio Lucas advierte en el prólogo que bebe de diversas fuentes cuando escribe:

«Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquellos que han sido desde el comienzo testigos oculares. Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir...».

El arameo era una lengua consonántica, sin vocales, que se escribía sin separación entre palabras, según explica este experto. De ahí, a su juicio, algunas discrepancias en los posteriores textos en griego. García Pérez recompone los pasajes más controvertidos a partir de ese sustrato semítico y propone una lectura distinta, aclarando las partes más oscuras.

Así, aludiendo a los estudios de César A. Franco Martínez, afirma por ejemplo que «Jesús muere el 15 de Nisán, en el día de la Pascua judía», no el 14 como parece fecharla el cuarto evangelista, por lo que la Última Cena coincidió con la celebración de la Pascua judía.

O que la liberación de Barrabás no estuvo vinculada a un privilegio pascual. «No hay en ningún texto huella alguna que apunte a un privilegio por el que los judíos podían exigir al prefecto romano la liberación de un preso por la Pascua. No es histórico, nunca ha existido», explica.

Algunos han apuntado a una invención de los evangelistas o han apelado a algunos actos puntuales, pero éstos no constituían una costumbre. Según García Pérez, «la solución es interpretar esas frases que están en griego desde el sustrato arameo y desde ahí se entiende que están hablando de un hecho concreto porque efectivamente en la Pascua de Jesús se había pactado la liberación de Barrabás. Marcos se refiere a una costumbre, porque la gente acostumbraba a ir al pretorio a pedir».

El sueño de la mujer de Pilatos es otro de los episodios que, tras la relectura de este experto, cobra un nuevo sentido. Tomado por muchos como un pasaje legendario, si se relee desde el prisma semítico que García Pérez propone «no es la mujer de Pilatos la que sueña», sino que ésta traslada a su marido las peticiones de clemencia para Jesús de otras mujeres judías, vinculadas a miembros del Sanedrín que, como José de Arimatea, discrepaban de la condena.

«¿Por qué Pilatos se lava las manos? Porque le ha llegado el mensaje de que hay gente principal entre los judíos que no está de acuerdo, es un mensaje a esos jefes principales de que no es culpa suya», sostiene el autor de «La pasión de Cristo. Una lectura original».

Aunque se han puesto muchos reparos al relato del juicio ante el Sanedrín, subrayando las diferencias con la legislación contenida en la Misná, García remarca que esta normativa es más «tardía» y «no es la que funciona en época de Jesús». El Sanedrín tenía potestad para juzgar y para condenar a muerte, pero no podía ejecutar. «Eso también es histórico», asegura este experto.

 

Basados en hechos históricos

«Durante muchos años se ha difundido que los evangelios son relatos inventados mucho tiempo después, pero ha habido mucho dogmatismo en este sentido. Hay elementos en los evangelios que se contradicen, pero que se han ido aclarando», añade García Pérez antes de subrayar que «es verdad que los evangelios son relatos de fe, pero la fe cristiana se basa en unos hechos históricos» y el relato de la Pasión de Jesús «ciertamente es histórico, fiabilísimo».

A lo largo de 216 páginas, este investigador aborda desde el problema cronológico de la pasión de Jesús, al prendimiento en Getsemaní, las dificultades históricas del relato del juicio ante el Sanedrín, las negaciones de Pedro, la muerte de Judas, el juicio ante Pilato, la crucifixión y las noticias cronológicas dispares sobre la muerte de Jesús y el entierro según los ritos funerarios judíos, hasta el día en que las mujeres se acercaron hasta el sepulcro.

Con el libro no solo pretende «avalar la historicidad de los relatos evangélicos», sino también «la conciencia que tenía Jesús de su muerte y su significado». En su empeño de arrojar luz sobre las expresiones oscuras apelando al sustrato semítico, quizá algunos puedan pensar que llega a forzar sus conclusiones, pero García Pérez replica que su libro «no es palabra de Dios» ni él pretende que se cambie el texto de los evangelios porque «no nos han llegado los textos arameos previos».

Este profesor de Sagrada Escritura se limita a proponer «una reconstrucción» de algunos pasajes partiendo de un posible escrito semítico anterior. «La cuestión es si esos fenómenos lingüísticos existen y si podrían estar detrás de los textos griegos... y sí, existen. Si la tradición aramea arroja luz sobre los textos griegos, pues bienvenida sea», concluye.

 

+  INFO -

https://www.primeroscristianos.com/pasion-cristo-medico-fisiologo/

 

Ver en Wikipedia

 

Una web para conocer la Iglesia del santo Sepulcro de Jerusalén

La Custodia de Tierra Santa ha inaugurado el nuevo sitio web dedicado a la Basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén. En esta página podemos encontrar numerosos contenidos de gran calidad actualizados y disponibles en cuatro idiomas (italiano, inglés, español y francés), además de muchas imágenes descargables.

 

¿Dónde fue crucificado y sepultado Jesús?

 

 

En el año 326 el emperador Constantino mandó erigir la Basílica del Santo Sepulcro en el monte Calvario, en Jerusalén. En ese lugar estaba levantado un templo para el culto a la diosa romana Venus, mandado construir por Adriano, hacia el 135.

La emperatriz Elena, madre de Constantino, había acudido a la ciudad santa tras escuchar el informe presentado por Macario, obispo de Jerusalén, sobre el lamentable estado en el que se encontraban los santos lugares descritos en los evangelios, y decidida a mejorar personalmente la situación. Tenía el propósito principal de localizar la cruz en la que murió Jesús.

Elena, tras fracasar en un primer momento en la búsqueda de la cruz, o quizá como parte de ella, inició la del sepulcro. La tradición cuenta que al derruir el templo pagano dedicado a Venus para aislar el Calvario e iniciar las nuevas edificaciones, aparecieron también tres cruces, una de las cuales necesariamente habría de ser la Vera Cruz de Cristo.

Varias leyendas describen el prodigio que permitió identificar la Vera Cruz, casi siempre basadas en que una de las cruces producía curaciones milagrosas, y las otras dos no.

La emperatriz y su hijo Constantino hicieron construir en el lugar del hallazgo un fastuoso templo, la llamada Basílica del Santo Sepulcro, en la que guardaron la reliquia. El historiador Eusebio de Cesárea es quien nos da noticias de este hallazgo impulsado por Elena, y hoy podemos acceder a algunos de estos textos en la sección Testimonios de la web del Santo Sepulcro.

A causa de variadas vicisitudes históricas, el templo ha sufrido muchos cambios, que podemos seguir en el siguiente vídeo, un "viaje tridimensional en el tiempo":

Afortunadamente, hoy es posible visitar esta Basílica, lugar santo para el cristianismo porque aquí se encuentran, según nos cuenta la tradición, loslugares en los que Cristo fue crucificado, ungido, y sepultado.

Desde la web se nos ofrece la posibilidad de disfrutar de una espectacular visita virtual del santuario, con la opción de ir clickeando en cuadros de texto que nos ofrecen información muy interesante de cada uno de los rincones de la Basílica. Para acceder, sólo es necesario pinchar sobre la siguiente imagen:

Jesús - sepulcro
(Obtenido de: www.santosepulcro.custodia.org)
 

+ info-

 

 

Getsemaní.  Huerto de los olivos.

LA TIERRA DE JESÚS

GETSEMANÍ (del arameo gat semane, «prensa de aceite») es un pequeño rincón situado en el valle del Cedrón, al este de Jerusalén, en la base del monte de los Olivos y a unos 300 m de la puerta de San Esteban. En el espacio de pocos metros pueden visitarse, además de la basílica de la Agonía y el Huerto, la Gruta del Prendimiento y la tumba de María. Del lado oeste del torrente está la iglesia griega ortodoxa de San Esteban.

El huerto

La entrada al huerto de Getsemaní es por la calle que sube al monte de los Olivos, y, a través de él, se llega a la basílica de la Agonía. Ambos, igual que la Gruta del Prendimiento, son propiedad de la Custodia de Tierra Santa, adquiridos por los franciscanos en el s. XVII. Impresionan los olivos que se guardan como reliquias en el Huerto de Getsemaní. Su enorme grosor y el aspecto milenario que presentan no permiten dudar de su antigüedad. Especialistas en botánica les calculan hasta dos mil y más años. Pero, aunque fueran algunos menos, es importante observar que sólo un cuidado especial ha podido hacerles llegar hasta nosotros. En todo el contorno del monte d e los Olivos, y aun diríamos de Jerusalén, no conocemos ejemplares de olivos de aspecto tan añoso como los pocos que aquí se conservan. Están siendo, pues, testimonio de un interés permanente, no ajeno a la tradición cristiana del lugar. Y cuando ellos hayan muerto, ahí están sus retoños para perpetuar el recuerdo de Jesús y de la última noche de su vida mortal.

 

 

La nueva disposición de la verja permite bordear el huerto y contemplar uno por uno estos olivos cargados de historia y de silencio reverente.

«Dicho esto, salió Jesús [del Cenáculo] con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, en el cual entró, y con él sus discípulos» (Jn 18,1).

«Entonces Jesús llega con ellos a un huerto llamado Getsemaní y dice a los discípulos: Quedaos aquí mientras voy allí a orar. Llevó consigo a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo y comenzó a sentir tristeza y abatimiento. Entonces les dice: Triste sobremanera está mi alma hasta la muerte. Quedaos aquí y velad conmigo. Se adelantó un poco y, postrado sobre su rostro, oraba diciendo: Padre mío, si es posible, pase de mí este cáliz; más no se haga como yo quiero, sino
como quieres tú.

Y viene a los discípulos y los encuentra dormidos y dice a Pedro: ¿Así que no habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad paraque no entréis en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es flaca» (Mt 26,36-41).

Basílica de la Agonía

Está protegiendo el lugar donde oró Jesús, según la tradición, atestiguada en este caso por Orígenes (253) y más tarde por Eusebio de Cesarea, quien escribe hacia el 330: «Getsemaní, donde Cristo oró antes de su pasión, está situado en el monte de los Olivos; los fieles se apresuran todavía a ir a orar allí...». Poco antes, la peregrina Egeria, que asistió a los oficios religiosos del Jueves al Viernes Santo del año 384 en Jerusalén, escribía: «En el mismo lugar en que oró el Señor […] hay una iglesia elegante». Es el primer testimonio de la existencia de tal iglesia. Y algunos años más tarde, san Jerónimo, traduciendo el texto anterior de Eusebio, añadía: «...Ahora hay edificada una iglesia».

Con la construcción de aquella primera iglesia, quedó sellado el lugar donde la comunidad de Jerusalén de entonces fijaba la oración de Jesús.

Desgraciadamente, la hermosa iglesia de planta basilical, de tres naves y tres ábsides, con pavimento de fino mosaico, quedó sepultada bajo sus propios escombros, producidos por un incendio, posiblemente anterior a la llegada de los partos (614).

En las naves laterales de la basílica moderna pueden verse dos estrechas franjas en zigzag, paralelas a las paredes, que señalan el trazado de los muros de la iglesia bizantina. Era más estrecha que la actual, pero algo más larga (25,50 x 16,35 m). A ella pertenecieron algunos fragmentos de mosaico conservados en el pavimento actual que sirvieron de modelo al mosaico moderno, y hoy protegidos con vidrios.

Los cruzados construyeron otra iglesia en el mismo lugar, pero sin apercibirse de que debajo estaban los restos de la iglesia bizantina. La cruzada era mayor que la primitiva, con orientación parcialmente distinta. La conquista de Jerusalén por Saladino trajo pronto la ruina de la iglesia.

La basílica moderna fue construida entre 1922 y 1924, siguiendo la orientación y planta de la iglesia bizantina, gracias a la colaboración de varios países, cuyos escudos están reproducidos en las bóvedas y en los mosaicos absidales. La obra es del arquitecto A. Barluzzi.

En el exterior sobresale el pórtico, de cara al Cedrón, con tres arcos sostenidos por pilastras flanqueadas de columnas. Remata en un tímpano decorado con un mosaico, en el que Giulio Bargallini ha representado a Cristo como mediador entre Dios y la humanidad, por la que ofrece su corazón, que un ángel toma en sus manos. De una parte, están representados los poderosos y sabios reconociendo la insuficiencia de su sabiduría y sus poderes; del otro lado, los pobres y débiles esperándolo todo. Jesucristo hace suyas las oraciones de todos ellos, según el pasaje de la Carta a los Hebreos allí escrito.

En el interior resalta la sensación de recogimiento que el arquitecto ha conseguido jugando con los elementos. La penumbra violácea producida por las vidrieras ayuda al espíritu a situarse en aquella noche triste de la agonía. Las once cúpulas, rebajadas y recubiertas de mosaico azul oscuro, contribuyen a dar la sensación de pesadez y postración bajo un cielo estrellado medio oculto por las ramas de los olivos. Seis columnas esbeltas con fustes monolíticos separan las dos naves laterales de la central, sin apenas cortar o ensombrecer el espacio.

Adelante, dentro del presbiterio, está la roca de la agonía. La artística corona de espinas que la rodea es un regalo de Australia. Las palomas se asocian de alguna manera a la Pasión. El gran mosaico del ábside, obra de Pietro d'Achiardi, representa la agonía de Cristo en el Huerto, mientras que en los laterales aparecen representadas las escenas del beso de Judas, a la izquierda, y el momento en el que Jesús, dirigiéndose a los que vienen a prenderle, pronuncia las palabras: « Yo soy», en la nave de la derecha. Los dos últimos son obra de Mario Barberis. Todo aquí invita al recogimiento y al silencio.

 

 

 

«Llegando al lugar les dijo: Orad, para que no entréis en tentación. Y él se alejó de ellos como un tiro de piedra, y puesto de rodillas oraba, diciendo: Padre, si quieres, haz que pase de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel venido del cielo que le confortaba. Y entrando en agonía, oraba más intensamente. Y su sudor se hizo como gotas de sangre que caían hasta el suelo. Levantándose de la oración, vino a los discípulos y los halló dormidos por la tristeza. Y les dijo: ¿Cómo es que estáis durmiendo? Levantaos y orad para que no entréis en tentación» (Lc 22,40-46).

Saliendo del Huerto se desciende la calle y, sin pasar la carretera, se va por la derecha hasta encontrar la escalera de bajada a un patio hundido en el torrente, que sirve de atrio a la iglesia de la Asunción. Pero antes de entrar a ésta, un estrecho pasillo a la derecha, en dirección este, conduce desde el patio a la Gruta del Prendimiento.

Gruta del Prendimiento.

Esta gruta ha sido venerada por los cristianos desde la antigüedad en relación con los últimos acontecimientos de la vida de Jesús, particularmente de la Pasión. Aunque los testimonios no son acordes acerca de la función de esta gruta, parece que era un lugar más o menos habitual de Jesús para pasar la noche cuando subía a Jerusalén. Aún más, algunas fuentes antiguas sitúan aquí una comida del Señor, en el curso de la cual Jesús habría lavado los pies a sus apóstoles. Es sabido que, en época posterior, los fieles -probablemente de la secta judeocristiana de los ebionitas, que se abstenían de comer carne— tenían costumbre de celebrar en esta gruta una comida, en la que no se tomaba carne. En un sermón atribuido al patriarca Eutiquio de Constantinopla (s. VI), se cita la cena de Getsemaní, la de Betania y la del monte Sión.

 

 

La gruta ha sido objeto de algunas transformaciones a lo largo de los siglos. Antes de construirse la iglesia de la Asunción de María, la entrada natural era por el noroeste. Algunos vestigios arqueológicos permiten pensar que la gruta fue utilizada antiguamente como vivienda temporal o almacén por el dueño de la propiedad. De aquella época data una cisterna visible a la derecha de la entrada, convertida más tarde en sepultura. En el s. IV se utilizaba ya como capilla. Y del s.V al VII su suelo fue utilizado como lugar de enterramientos cristianos, a excepción del presbiterio, siendo reutilizado más tarde por los cruzados con el mismo fin. En el techo se advierten todavía restos de la pintura de la decoración del período Cruzado, y en la parte posterior, grafitos, todavía sin estudiar, de época cristiana antigua. En la propiedad que hay encima de la gruta se encontraron los restos de una antigua prensa de aceite.

Aquí se cree que descansaban los otros ocho apóstoles la noche del prendimiento de Jesús. Cuando, pasadas las tres horas de oración, Jesús advirtió que se aproximaba Judas con un tropel de gente para prenderle, se vino a donde habían quedado los apóstoles para advertirles de lo que se aproximaba.

«Todavía estaba él hablando, cuando se presenta Judas, uno de los doce, y con él una turba con espadas y bastones, de parte de los sumos sacerdotes, de los escribas y de los ancianos. El que lo entregaba les había dado una contraseña, diciendo: A quien yo besare, ése es; llevadle con cuidado. Así que llegó, acercándose dijo: “Rabí” y le dio un beso. Ellos le echaron las manos y le sujetaron... “¡Como contra un salteador habéis salido con espadas y palos a prenderme!... Pero tenían que cumplirse las Escrituras”. Y abandonándole, huyeron todos» (Mc 14,43-52).

Tumba de María, o iglesia de la Asunción.

Saliendo de la Gruta del Prendimiento se vuelve a la hundida plaza que sirve de atrio a la iglesia de la Asunción. La fachada de la iglesia es cruzada. No así el cuerpo de ésta, de planta cruciforme, que es la cripta de la primitiva iglesia bizantina construida a finales del s. IV, durante el reinado de Teodosio el Grande (379-395), según los Anales de Eutiquio, patriarca de Alejandría (s.X). Aunque otros piensan en una fecha algo más tardía, ninguno de los argumentos aportados hasta hoy es tan fuerte que obligue a corregir la cronología de Eutiquio. Y fue en tiempos del emperador Mauricio (582-602) cuando se construyó sobre la cripta la iglesia superior de forma circular, según testimonios de ese tiempo, la cual fue destruida por los partos el año 614. La restauración de la iglesia se supone fue obra del patriarca Modesto. Al llegar los cruzados (1099) se instaló aquí una comunidad de Benedictinos, filial de Cluny. Inmediatamente se iniciaron obras de restauración: abrieron la entrada a la cripta alargando la escalinata, tal como está hoy, restauraron la cripta y embellecieron la tumba con un templete circular de mármol sostenido por columnas. También reconstruyeron la iglesia. Del lado oeste construyeron el monasterio con hospedería para peregrinos y un hospital. Todo el complejo lo rodearon de una muralla.

 

Pero la conquista de Jerusalén por Saladino (1187) fue fatal para este santuario. Iglesia superior, monasterio y hospital fueron completamente arrasados. Permaneció la cripta, que siguió siendo visitada por fieles y peregrinos, y aun los musulmanes hicieron aquí dos mihrab, uno de ellos excavado en la roca de la cámara sepulcral, en el lado sur, para convertirlo en lugar de oración mirando a la Meca. Actualmente, el santuario y horas litúrgicas en el mismo son compartidas por las comunidades griega, armenia, siria y copta.

De todos es conocida otra tradición, según la cual la Virgen murió en Éfeso. Nos llevaría lejos traer aquí los argumentos en pro y en contra de una y otra tradición: Éfeso o Getsemaní. Diremos simplemente que los argumentos ya fuertes a favor de Getsemaní se han visto reforzados por la investigación arqueológica de la tumba, realizada durante los años 1971-1973. En segundo lugar, el argumento del silencio de los primeros siglos, que se ha formulado como objeción principal contra la tradición de Getsemaní, no tiene ninguna fuerza. Hoy es bien conocida la actitud de los Padres de la Iglesia e historiadores cristianos de los cuatro primeros siglos de silenciar los lugares tenidos por las comunidades judeocristianas de Palestina, porque las consideraban heréticas, y fueron ellas las propietarias de estos lugares santos hasta finales del s.IV. Ésta es, sin duda, la razón de ese posible silencio en tomo a la tumba de la Virgen: estaba en posesión de los judeocristianos. La literatura apócrifa asuncionista de los primeros siglos (s. II) es favorable a Getsemaní. Añadamos a esto que no se ve la razón por la que la Virgen, ya anciana cuando san Juan dejó Jerusalén, emprendiera tan largo camino para ir a Éfeso, teniendo a sus parientes en Jerusalén.

Pasada la puerta, es necesario descender un segundo y largo tramo de escalones hasta encontrar la tumba en la que reposó el cuerpo de la Virgen. Esta profundidad de la tumba revela, por una parte, lo mucho que se ha elevado el lecho del torrente Cedrón en dos mil años, a causa del aluvión acarreado por laslluvias. Y, por otra parte, el tesón de los cristianos en no perder de vista un lugar tan venerado desde los comienzos. En el s.I la entrada a la tumba era visible al pie del monte.

By Primeros Cristianos

El Cenáculo recreado en 3D

Las nuevas tecnologías arrojan luz sobre la historia del lugar sagrado donde ahora pueden apreciarse dos figuras asociadas a Jesucristo: un cordero y de un león.

Un equipo internacional de arqueólogos acaba de terminar el modelo tridimensional de uno de los lugares más venerados en La Ciudad Santa: el Cenáculo, el lugar donde, según la tradición cristiana tuvo lugar la última cena de Jesús con los apóstoles. Cada año, el Jueves Santo, tras procesionar hasta este recinto sagrado, situado en el Monte Sión, extramuros de la ciudad vieja, los fieles recrean el momento en el que Cristo lavó los pies a sus discípulos, en señal de la humildad divina.

Es uno de los sitios más visitados por turistas y creyentes, pero pocos reparan en que ahora, en dos de las claves de la lóbrega sala abovedada pueden apreciarse dos figuras de piedra que habían permanecido ocultas por una capa de materiales, recientemente retirada. “Gracias al exhaustivo análisis que hemos hecho de la sala descubrimos dos elementos únicos, el Agnus Dei -Cordero de Dios- y el León de David”, explica Amit Re´em, arqueólogo jefe del distrito de Jerusalén, encargado de la dirección del proyecto.

El cordero, que simboliza el Cordero de Dios, se encuentra tallado en lo que queda de un medallón decorativo en una de las bóvedas centrales del Cenáculo; el León de David se halla entre los restos del otro medallón en la clave de la bóveda lateral, junto a la entrada de la sala, apenas iluminada. “Los textos antiguos nos dicen que Jesús era descendiente de la dinastía del Rey David. Es lógico que en un lugar dedicado a Cristo aparezcan ambos”, explica el experto que ha podido constatar la existencia de otros medallones similares, en las otras bóvedas de la sala, de los que ya no queda ni rastro.

Recreación del Cenáculo gracias a la fotogrametría. ALEX VIGMAN (AUTORIDAD DE ANTIGÜEDADES DE ISRAEL)

Para Re´em, la importancia de este trabajo -realizado en tres años entre idas y venidas de peregrinos- no solo radica en que gracias a este modelo se puede estudiar el lugar con precisión milimétrica, sino también en que podría servir para restaurarlo, si en un futuro si resultase dañado. “Si sucediese algo como el terrible incendio de Notre Dame, podremos reconstruirlo con exactitud, porque hemos documentado cada rincón”, afirma.

Los arqueólogos han utilizado un georadar, instrumentos de medición por láser y fotogrametría en el interior y en el exterior del edificio -cuyas paredes han rapelado para que no se les escapase ni un delle- para hacer una réplica en 3D del complejo. Incluida su planta baja, donde se halla el lugar en el que se cree fue enterrado el Rey David y donde también acuden a diario numerosos judíos a rendirle tributo. “Con la nueva tecnología hemos conseguido datar cada etapa de construcción del actual edificio de estilo gótico, erigido en la época cruzada, en la segunda mitad del siglo XII, no en el XIII como apuntan algunos estudios. Fue construido con técnicas muy avanzadas”, asegura el arqueólogo.

Recreación del Cenáculo gracias al escaneo con láser. SORIN HERMON, INSTITUTO DE CHIPRE, CENTRO DE INVESTIGACIÓN DE CIENCIA, TECNOLOGÍA Y ARQUEOLOGÍA

Una construcción, testigo de la historia, situada en el antiguo complejo de la Custodia franciscana en Tierra Santa, que es importante también para los musulmanes que lo convirtieron en mezquita en el siglo XVI. En su interior aún puede verse el mihrab, que marca el muro orientado hacia la Meca, así como varias inscripciones en árabe en las que se alaba a Alá y se conmemora su conquista en 1524 -fecha que para los cristianos marca el expolio del Cenáculo-. Una época en la que los franciscanos fueron expulsados de allí y desplazados a San Salvador, la actual casa de la Custodia en la Puerta Nueva de la ciudad amurallada. “Es un sitio de especial sensibilidad para las tres grandes religiones por eso es complicado hacer un estudio arqueológico clásico. Quizás en un futuro se pueda excavar la iglesia original de la época Bizantina, pero hoy en día tenemos que conformarnos con seguir ampliando el estudio en 3D a todo el complejo”, se lamenta el profesor Re´em.

El modelo radiografía cada rincón del edificio de dos plantas con tal precisión que, aunque actualmente las paredes del Cenáculo se encuentran desnudas, los expertos aseguran que tal y como fue concebido estaba ricamente decorado con pinturas y estatuas, de las que apenas quedan vestigios visibles hoy en día. En la parte inferior de una de las ventanas los investigadores han encontrado también la cabeza de dos esculturas decorativas de unos 30cm enfrentadas. “La conclusión de esto es que la Jerusalén cruzada estaba a la vanguardia artística y arquitectónica de la época”, dice el experto israelí en estudios medievales.

Re´em cree que, a pesar de los hallazgos, no se debe de restaurar el Cenáculo para que luzca como en su época de máximo esplendor. “Hay que preservar la atmósfera mística que irradia el lugar”, asegura señalando con un puntero láser el contorno del Agnus Dei para identificarlo en la clave de la bóveda, de la que pende una lámpara. “De esta sala fluye una enorme energía y un halo de misterio que deben mantenerse”, concluye.

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Una inscripción encontrada en Nazaret proporciona pistas de interés acerca de la Resurrección de Jesús

Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron asustadas. Él les dice: No tengáis miedo; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron”.

 

Hacia el año 57 San Pablo escribe a los Corintios: «Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y después a los doce» (1 Co 15,3-5).

 

Una vez pasado el sábado, al amanecer el primer día de la semana, algunas mujeres se dirigieron al sepulcro. Eran conscientes de las dificultades con las que se iban a encontrar al llegar para poder entrar, pero no se acobardaron y siguieron su camino.

Al llegar tuvieron la fortuna de ser las primeras en contemplar el prodigio. En efecto, San Marcos cuenta que mientras iban andando “se decían unas a otras: ¿Quién nos quitará la piedra de entrada al sepulcro? Y al mirar vieron que la piedra estaba quitada; era ciertamente muy grande. Entrando en el sepulcro, vieron a un joven sentado a la derecha, vestido con una túnica blanca, y se quedaron asustadas. El les dice: No tengáis miedo; buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado. Ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar donde lo colocaron” (Mc 16, 3-6).

 

EL CADAVER HA DESAPARECIDO

Un primer hecho real desde el punto de vista histórico es que el cadáver de Jesús, al amanecer el tercer día tras su muerte en cruz, ya no estaba en el sepulcro donde lo habían dejado. Había desaparecido.

Una noticia como esa corrió veloz de puerta en puerta, de casa en casa, y de tienda en tienda por las callejas de Jerusalén que estaban abarrotadas de gentes desplazadas a la ciudad santa para celebrar la Pascua. Comerciantes, soldados, viajeros y curiosos iban intentando conocer más detalles. El cuerpo de Jesús de Nazaret, que había sido crucificado y murió a la vista de todos los que entraban en la ciudad, una vez bajado de la cruz, había quedado en el sepulcro. Pero al amanecer el tercer día, la losa que sellaba la sepultura había sido abierta. Dentro no había cadáver alguno.

 

 

El revuelo de comentarios en torno a la desaparición del cadáver, que comenzó entonces a correr, llegó tan lejos que fue necesaria una llamada oficial al orden por parte de las autoridades romanas. En Nazaret se ha encontrado una inscripción del siglo I dC. que es testimonio elocuente de lo alto que llegaron los rumores levantado por el suceso.

La losa de piedra de mármol con la inscripción se encuentre en el Cabinet des Médailles de París formando parte de la colección Froehner. La inscripción está en griego, y en su encabezamiento lleva las palabras «Diátagma Kaísaros» (Decreto del César, es decir, ordenanza imperial). El texto completo dice así:

"Ordenanza imperial. Sabido es que los sepulcros y las tumbas, que han sido hechos en consideración a la religión de los antepasados, o de los hijos, o de los parientes, deben permanecer inmutables a perpetuidad. Si, pues, alguno es convicto de haberlos destruido, de haber, no importa de qué manera, exhumado cadáveres enterrados, o de haber, con mala intención, transportado el cuerpo a otros lugares, haciendo injuria a los muertos, o de haber quitado las inscripciones o las piedras de la tumba, ordeno que ése sea llevado a juicio, como si quien se dirige contra la religiosidad de los hombres lo hiciera contra los mismos dioses.

 

Así, pues, lo primero es preciso honrar a los muertos. Que no sea en absoluto a nadie permitido cambiarlos de sitio, si no quiere el convicto por violación de sepultura sufrir la pena capital."

Para la autoridad imperial no cabía otra explicación que un robo, lo que ya de por sí suponía un gran delito puesto que se trataba de la profanación de una sepultura, pero es que, además, en este caso, el suceso había encrespado mucho los ánimos.

La resurrección de Jesús causó un fuerte impacto en sus discípulos. Los Apóstoles dieron testimonio de lo que habían visto y oído. Hacia el año 57 San Pablo escribe a los Corintios: «Porque os transmití en primer lugar lo mismo que yo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; que fue sepultado y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; y que se apareció a Cefas, y después a los doce» (1 Co 15,3-5).

Cuando, actualmente, uno se acerca a esos hechos para buscar lo más objetivamente posible la verdad de lo que sucedió, puede surgir una pregunta: ¿de dónde procede la afirmación de que Jesús ha resucitado? ¿Es una manipulación de la realidad que ha tenido un eco extraordinario en la historia humana, o es un hecho real que sigue resultando tan sorprendente e inesperable ahora como resultaba entonces para sus aturdidos discípulos?

 

 

LA VIDA DESPUES DE LA MUERTE

A esas cuestiones sólo es posible buscar una solución razonable investigando cuáles podían ser las creencias de aquellos hombres sobre la vida después de la muerte, para valorar si la idea de una resurrección como la que narraban es una ocurrencia lógica en sus esquemas mentales.

De entrada, en el mundo griego hay referencias a una vida tras la muerte, pero con unas características singulares. El Hades, motivo recurrente ya desde los poemas homéricos, es el domicilio de la muerte, un mundo de sombras que es como un vago recuerdo de la morada de los vivientes. Pero Homero jamás imaginó que en la realidadfuese posible un regreso desde el Hades.

Platón, desde una perspectiva diversa había especulado acerca de la reencarnación, pero no pensó como algo real en una revitalización del propio cuerpo, una vez muerto. Es decir, aunque se hablaba a veces de vida tras la muerte, nunca venía a la mente la idea de resurrección, es decir, de un regreso a la vida corporal en el mundo presente por parte de individuo alguno.

En el judaísmo la situación es en parte distinta y en parte común. El sheol del que habla el Antiguo Testamento y otros textos judíos antiguos no es muy distinto del Hades homérico. Allí la gente está como dormida. Pero, a diferencia de la concepción griega, hay puertas abiertas a la esperanza.

El Señor es el único Dios, tanto de los vivos como de los muertos, con poder tanto en el mundo de arriba como en el sheol. Es posible un triunfo sobre la muerte. En la tradición judía, aunque se manifiestan unas creencias en cierta resurrección, al menos por parte de algunos.

También se espera la llegada del Mesías, pero ambos acontecimientos no aparecen ligados. Para cualquier judío contemporáneo de Jesús se trata, al menos de entrada, de dos cuestiones teológicas que se mueven en ámbitos muy diversos. Se confía en que el Mesías derrotará a los enemigos del Señor, restablecerá en todo su esplendor y pureza el culto del templo, establecerá el dominio del Señor sobre el mundo, pero nunca se piensa que resucitará después de su muerte: es algo que no pasaba de ordinario por la imaginación de un judío piadoso e instruido.

 

 

Robar su cuerpo e inventar el bulo de que había resucitado con ese cuerpo, como argumento para mostrar que era el Mesías, resulta impensable. En el día de Pentecostés, según refieren los Hechos de los Apóstoles, Pedro afirma que «Dios lo resucitó rompiendo las ataduras de la muerte», y en consecuencia concluye: «Sepa con seguridad toda la casa de Israel que Dios ha constituido Señor y Cristo a este Jesús, a quien vosotros crucificasteis» (Hch 2,36).

La explicación de tales afirmaciones es que los Apóstoles habían contemplado algo que jamás habrían imaginado y que, a pesar de su perplejidad y de las burlas que con razón suponían que iba a suscitar, se veían en el deber de testimoniar.

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LA BASÍLICA DE LA SANTA CRUZ DE JERUSALÉN

"¿Pero dónde está el trofeo de la victoria? ¿Yo estoy en un trono y la cruz del Señor enterrada en el polvo? ¿Yo estoy rodeada de oro y el triunfo de Cristo entre las ruinas? (...). Veo que has hecho todo lo posible, diablo, para que fuese sepultada la espada que te ha reducido a la nada".  Santa Elena

 

Entre los judíos estaba prohibido sepultar a los condenados en el cementerio común, y ése fue uno de los motivos por los que llevaron el cuerpo de Jesús a un sepulcro particular, donado por José de Arimatea. También los instrumentos de tortura usados para las ejecuciones se consideraban impuros, y por eso se enterraban o eran arrojados en alguna hendidura del terreno, fuera del alcance de la gente.

 

 

No menos ignominiosa que esos instrumentos debía de resultar la colina del Gólgota para los habitantes de Jerusalén, como revelan las connotaciones siniestras de su nombre latino: locus calvariae, lugar dela calavera. Después de la Resurrección del Señor, sin duda produjo gran sorpresa enla ciudad el hecho de que los cristianos se acercasen con frecuencia a aquel desolador paraje, para arrodillarse en la tierra que había sido bañada por la sangre de Cristo y rezar junto al agujero donde había sido plantada la Cruz; también acudían a besar la roca en que había reposado su cuerpo muerto.

Muy posiblemente esa costumbre tuvo que ser interrumpida en algunas épocas, a causa de las persecuciones y de otros avatares, como la destrucción de Jerusalén en el año 70 de nuestra era. No obstante, aún debía de conservarse en el siglo II, pues el emperador Adriano (117-138) mandó rellenar con tierra la depresión que separaba el Gólgota del Santo Sepulcro y en esa nueva plataforma hizo edificar dos templos: uno dedicado ajuno, sobre el Sepulcro; y otro dedicado a Venus, en la cima del Gólgota. Se sabe que Adriano sintió gran animadversión hacia el cristianismo al final de su vida, y es casi seguro que la construcción de estos templos tenía como fin borrar para siempre las huellas terrenas de la Redención.

Los primeros historiadores eclesiásticos comentaban no sin cierta ironía el paradójico resultado que, con el correr del tiempo, tuvieron estos esfuerzos de los paganos. ¡Pobres hombres! -les apostrofaba Eusebio de Cesarea- ¡Creían que era posible esconder al género humano el esplendor del sol que se había levantado sobre el mundo! Aún no comprendían que es imposible mantener oculto bajo tierra a Quien ha obtenido ya la victoria sobre la muerte. En efecto, en el siglo IV, cuando la Iglesia gozó al fin de libertad, los dos templos paganos permitieron localizar sin margen de error la situación de los Santos Lugares: bastó derruirlos y excavar debajo para encontrar el Santo Sepulcro y la cima del Calvario.

 

La invención de la Santa Cruz

La gran impulsora del redescubrimiento de los Lugares de la Pasión fue la Emperatriz Santa Elena, que en el año 326 viajó a Tierra Santa. La madre de Constantino era ya de avanzada edad -debía de frisar los ochenta años-, pero no quería morir sin antes haber rezado en la tierra donde el Señor había vivido, muerto y resucitado.

 

 

Tenemos pocos datos sobre la juventud de Elena. Probablemente nació en Bitinia y tuvo origen humilde. Según San Ambrosio era stabularia -esto es, camarera o sirvienta en una posada- antes de casarse con Constancio Cloro en el 273, unión de la que nació Constantino al año siguiente. Constancio era un ambicioso oficial del ejército romano, que en el 293 alcanzó la dignidad de César.

Ese mismo año repudió a su esposa, que no tenía sangre noble, y Elena quedó en la sombra hasta que en el 306 su hijo Constantino le dio el título de Emperatriz. En ese momento Elena ya era cristiana, y se sirvió de la privilegiada posición que ocupaba para hacer el bien, ejercitando la caridad entre los necesitados e impulsando la extensión y dignidad del culto. Tanto brillaba por su fe y su piedad, que San Ambrosio no dudaba en tejer su alabanza diciendo: Mujer grande, que ofreció al emperador mucho más que lo que recibió de él.

A su paso por Tierra Santa se debe la construcción de las primitivas basílica la Natividad, en Belén, y de la Ascensión, en el Monte de los Olivos. En cuanto al Gólgota, cuando Elena llegó a Jerusalén acababan de ser demolidos los templos paganos, de modo que la Emperatriz pudo cumplir su sueño de arrodillarse en la tierra sobre la que Nuestro Salvador había sido levantado en la Cruz y de rezar en la roca del Santo Sepulcro. Sin embargo, allí mismo reparó en que no se había hallado todavía la más importante de las reliquias.

San Ambrosio nos la describe con gran viveza, caminando entre las ruinas de los templos romanos acompañada de soldados y obreros. Y preguntándose: He aquí el lugar de la batalla: ¿pero dónde está el trofeo de la victoria? ¿Yo estoy en un trono y la cruz del Señor enterrada en el polvo? ¿Yo estoy rodeada de oro y el triunfo de Cristo entre las ruinas? (...). Veo que has hecho todo lo posible, diablo, para que fuese sepultada la espada que te ha reducido a la nada.

 

 

Las nuevas excavaciones que la Emperatriz mandó hacer tuvieron fruto cuando, al remover un terreno cercano al Gólgota, se encontraron tres cruces, y la tabla sobre la que se había escrito en hebreo, griego y latín: Jesús Nazareno Rey de los Judíos. Así se produjo la invención -el descubrimiento: inventio en latín significa venir hasta algo, encontrar- de la Santa Cruz del Señor, que había permanecido oculta durante tres siglos. La Santa Emperatriz dejó la mayor parte de las reliquias en Jerusalén, pero llevó consigo a Roma tres fragmentos de la Vera Crux, el título de la condena, uno de los clavos y algunas espinas de la corona que sus verdugos impusieron a Jesús. También hizo trasladar una gran cantidad de tierra del Gólgota y las gradas de piedra de la escalera que el Señor recorrió cuatro veces el día de su pasión, para comparecer ante Pilatos en el Pretorio.

 

La Basílica Sessoriana, o Sancta Hierusalem

Existen numerosos documentos de los siglos IV y V que describen cómo a partir de la visita de Santa Elena los cristianos veneraban las reliquias de la Pasión que habían quedado en Jesuralén. Así lo atestiguan Eusebio, Rufino, Teodoreto y San Cirilo de Jerusalén. Egeria, una mujer que peregrinó a los Santos Lugares en el siglo IV, habla de multitudes de fieles que ya por entonces acudían de todo el Oriente cristiano para tomar parte en las solemnidades en honor de la Cruz.

Otro historiador, Sócrates el Escolástico, recogió a mediados del siglo V una piadosa tradición según la cual, durante la travesía marítima que realizó la emperatriz para volver a Roma desde Jerusalén, habría sobrevenido una fuerte tempestad. La nave se debatía entre las olas apunto de naufragar, hasta que Santa Elena -después de atarlo con una cuerda para echarlo por la borda- hizo que tocara las aguas el Santo Clavo que llevaba consigo, y el mar se calmó al instante.

Ese Clavo, los tres fragmentos de la Cruz y el INRI fueron piadosamente custodiados por Santa Elena en su residencia imperial: el palacio Sessoriano. Al cabo de algunos años, posiblemente después de la muerte de su madre, Constantino quiso que se construyera allí una basílica que tomó el nombre del palacio, Basílica Sessoriana, aunque también era llamada Sancta Hierusalem. Como cimiento simbólico de esta construcción se puso la tierra del Gólgota que la Emperatriz había traído desde Palestina, y los preciosos fragmentos de la Santa Cruz se ofrecían a la vista de los fíeles en un relicario de oro adornado con gemas.

De la primitiva basílica constantiniana sólo se conservan algunos restos pertenecientes a los muros exteriores. A esa edificación siguió otra del siglo XII, a su vez sustituida por el templo de estilo barroco tardío, terminado en 1744, que puede contemplarse actualmente. A pesar de estos cambios arquitectónicos y de otras vicisitudes históricas, como las invasiones padecidas por Roma, toda una colección de documentos atestigua que las reliquias que se veneran en esta basílica son las mismas que trajo Santa Elena desde Tierra Santa.

 

Es del todo natural que este lugar se convirtiese enseguida en meta de la piedad del pueblo cristiano. Muy pronto se empezó a celebrar allí la liturgia del Viernes Santo. Hasta el siglo XIV, el Papa en persona, con los pies descalzos, encabezaba la procesión que iba desde la Basílica del Laterano hasta la Basflica de la Santa Cruz, para adorar la vexilla crucis, la bandera de la Cruz, el estandarte de la salvación.

 

 

Muerte de Jesús en la cruz

Jesús murió clavado en una cruz el día14 de Nisán, viernes 7 de abril del año 30. Así se puede deducir del análisis crítico de los relatos evangélicos, contrastados con las alusiones a su muerte trasmitidas en el Talmud (cfr. TB, Sanhedrin VI,1; fol. 43a).

La crucifixión era una pena de muerte que los romanos aplicaban a esclavos y sediciosos. Tenía un carácter infamante, por lo que de suyo no podía aplicarse a un ciudadano romano, sino sólo a los extranjeros. Desde que la autoridad romana se impuso en la tierra de Israel hay numerosos testimonios de que esta pena se aplicaba con relativa frecuencia. El procurador de Siria Quintilio Varo había crucificado en el año 4 a.C. a dos mil judíos como represalia por una sublevación.

Por lo que se refiere al modo en que pudo ser crucificado Jesús son de indudable interés los descubrimientos realizados en la necrópolis de Givat ha-Mivtar en las afueras del Jerusalén. Allí se encontró la sepultura de un hombre que fue crucificado en la primera mitad del siglo I d.C., es decir, contemporáneo de Jesús. La inscripción sepulcral permite conocer su nombre: Juan, hijo de Haggol. Mediría 1,70 de estatura y tendría unos veinticinco años cuando murió.

 

 

No hay duda de que se trata de un crucificado ya que los enterradores no pudieron desprender el clavo que sujetaba sus pies, lo que obligó a sepultarlo con el clavo, que a su vez conservaba parte de la madera. Esto ha permitido saber que la cruz de ese joven era de maderade olivo. Parece que tenía un ligero saliente de madera entre las piernas que podría servir para apoyarse un poco, utilizándolo como asiento, de modo que el reo pudiera recuperar un poco las fuerzas y se prolongara la agonía evitando con ese respiro una muerte inmediata por asfixia que se produciría si todo el peso colgara de los brazos sin nada en que apoyarse.

Las piernas estarían ligeramente abiertas y flexionadas. Los restos encontrados en su sepultura muestran que los huesos de las manos no estaban atravesados ni rotos. Por eso, lo más probable es que los brazos de ese hombre fueran simplemente atados con fuerza al travesaño de la cruz (a diferencia de Jesús, al que sí clavaron). Los pies, en cambio habían sido atravesados por los clavos. Uno de ellos seguía conservando fijado un clavo grande y bastante largo.

Por la posición en que está podría pensarse que el mismo clavo hubiera atravesado los dos pies del siguiente modo: las piernas estarían un poco abiertas y el poste quedaría entre ambas, la parte izquierda del tobillo derecho y la parte derecha del izquierdo estarían apoyados en los lados del poste transversal, el largo clavo atravesaría primero un pie de tobillo a tobillo, después el poste de madera y después el otro pie. El suplicio era tal que Cicerón calificaba a la crucifixión como «el mayor suplicio», «el más cruel y terrible suplicio», «el peor y el último de los suplicios, el que se inflige a los esclavos» (In Verrem II, lib. V, 60-61).

Sin embargo, para acercarse a la realidad de lo que supuso la muerte de Jesús en la cruz no basta con quedarse en los dolorosos detalles trágicos que la historia es capaz de ilustrar, pues la realidad más profunda es la que confiesa «que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras» (1 Co 15,3). En su entrega generosa a la muerte de Cruz manifiesta la magnitud del amor de Dios hacia todo ser humano: «Dios demuestra su amor hacia nosotros porque, siendo todavía pecadores, Cristo murió por nosotros» (Rm 5,8).

Bibliografía: Simon Légasse, El proceso de Jesús. La historia (Desclée de Brouwer, Bilbao 1995) 137-143; Nicu Haas, «Antropological Observations on the Skeletal Remains of Giv’at ha-Mivtar»: Israel Exploration Journal 20 (1970) 38-59; Francisco Varo, Rabí Jesús de Nazaret (B.A.C., Madrid, 2005) 186-191.

 

Paralelismo de la pascua judía con la Última cena, y del sacrificio del Calvario con el sacrificio de la Misa; en "La Pasión" de Mel Gibson

El filme de Mel Gibson abunda en pasajes simbólicos que establecen dos claros paralelismos temáticos en el marco de la pasión de Cristo: el paralelismo de lapascua judía con la Última cena, y el del sacrificio del Calvario con el sacrificio de la Misa

O el flash-back de la consagración, que con un montaje paralelo nos muestra la crucifixión de Jesucristo y la última cena simultaneamente.

Por Alfonso Méndiz

En un post de esta Semana Santa citaba un artículo de Juan Manuel de Prada sobre el filme “La Pasión de Cristo” en el que decía: “La película aborda algunos asuntos medulares de la fe católica, como es el vínculo existente entre el sacrificio de la Cruz y el sacrificio de la misa”.

En efecto, el filme de Mel Gibson abunda en pasajes simbólicos que establecen dos claros paralelismos temáticos en el marco de la pasión de Cristo: el paralelismo de la pascua judía con la Última cena, y el del sacrificio del Calvario con el sacrificio de la Misa.

La Única frase en Hebreo en la película, pronunciada por la Virgen

La primera escena que refleja esa analogía temática acontece casi al principio, cuando un joven escapa de Getsemaní soltando su manto (en alusión al joven que escapó arrojando una sábana: Mc 14, 51-52) y llega a la casa donde están pasando la noche la Virgen y María Magdalena. Les anuncia que se han llevado a Jesús, y la Virgen dice: “be-mah nishtanah ha-layla ha-zot mi khol ha-layelot” (“¿En qué se diferencia esta noche de todas las noches?”). Es la única frase en hebreo (no arameo) que se escucha en la cinta, y se trata de una pregunta ritual que siempre se hace en hebreo, aún hoy, en los primeros momentos de la cena pascual. A continuación responde María Magdalena, también en hebrero: “Porque una vez fuimos esclavos, y ahora ya no lo somos”.Situada la frase en ese momento, como clave de interpretación para todo lo que vendrá, no sólo establece el paralelismo entre la cena pascual judía y la Última cena, sino que es también el inicio del profundo simbolismo que se irá desarrollando entre toda la pasión y la Última cena de Cristo: el lavatorio de los pies, la presentación del pan, la consagración del pan y del vino… Todo ello se entrelaza con pasajes de la crucifixión que refuerzan esa misma analogía. Gibson quiere recordar a la audiencia, por un lado, que en esa cena pascual se unieron el Antiguo y el Nuevo Testamento, y por otro, que en ella se anticipó sacramentalmente lo que en plenitud se realizaría poco después en la Cruz.

El camino al Gólgota

A partir de ahí, el filme desarrolla abundantes paralelismos que anticipan el sacrificio de la Cruz. Así, Jesús ve a un herrero que golpea las argollas de su inminente tortura y recuerda sus golpes en la madera al tallar una mesa en el taller de Nazaret: una y otra escena difieren en luminosidad (luz y alegría en Nazaret, oscuridad y tristeza en el palacio de Caifás), pero tienen para Él una misma significación: con su trabajo y con su pasión redimió igualmente a todos los hombres.

Otros paralelismos son más explícitos, como el lavatorio de las manos de Pilatos al entregar a Jesús, en contraste con el lavatorio de las manos de Jesús al comienzo de la Pascua. Ambos actúan como preámbulo y preparación de un sacrificio pascual: en la pascua judía, el paso de la esclavitud egipcia a la liberación como pueblo escogido; en la pascua del Gólgota, el paso de la esclavitud del pecado a la liberación como hijos de Dios.

La Eucaristía

Finalmente, el más claro paralelismo de la cinta se manifiesta en el flash-back de la consagración. Tras ver en el Calvario cómo los soldados clavan a Jesús en lacruz y empiezan a elevar su cuerpo, un montaje paralelo nos retrotrae al momento de la Última Cena en que Jesús eleva el pan y dice: “Tomad y comed, porque éste es mi cuerpo”. A continuación, volvemos al Gólgota y vemos que de la cruz recién levantada empieza a chorrear la sangre de Cristo, que se derrama sobre el madero. Un nuevo paralelismo nos sitúa en el Cenáculo, cuando el Señor levanta el cáliz y dice aquellas palabras: “Tomad y bebed todos de él, porque éste es el cáliz de mi Sangre… que será derramada por vosotros”.Por si quedara alguna duda, la muerte de Cristo supone una profunda conmoción en la naturaleza dañada por el pecado –tal y como recogen los Evangelios- y el mismo diablo es herido mortalmente con la propia muerte del Redentor: sus gritos lastimeros se oyen desde lo más profundo del abismo.

La Resurrección

La última imagen del filme (un precioso plano-secuencia que recorre la sepultura donde fue enterrado el Señor) termina en un primer plano de Jesús resucitado. Con Él, se disipan las tinieblas que han dominado casi toda la película, y la luz de la Resurrección inunda definitivamente la pantalla. Ha dado comienzo la Nueva Alianza sellada con la sangre de Cristo.

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