Los días de retiro espiritual

“Retiros los hacían ya los primeros cristianos. Después de la Ascensión de Cristo al Cielo encontramos a los Apóstoles y a un grupo numeroso de fieles reunidos dentro del Cenáculo, en compañía de la Virgen Santísima, esperando la efusión del Paráclito que Jesús les había prometido. Allí los halla el Espíritu Santo perseverantes unanimiter in oratione (Hch 1, 14), metidos en la oración.De igual modo se comportaron aquellas almas que en la primitiva cristiandad, sin apartarse de la vida de los otros, se entregaban a Dios en sus casas; y los anacoretas que marchaban a los desiertos, para dedicarse en soledad al trato con Dios... ¡y al trabajo! (...). Todos los cristianos que se han preocupado sinceramente por su alma, han hecho de un modo u otro sus retiros. Porque se trata de una práctica cristiana”.  (San Josemaría Escrivá)

Esta práctica espiritual es algo común en la Iglesia desde los primeros siglos: siempre que una persona buscaba prepararse para una misión, o, simplemente, notaba la urgencia de corresponder con mayor entrega a los toques de la gracia, procuraba intensificar su trato con el Señor.

Ya en el comienzo de su Pontificado, Benedicto XVI  recomendó los días de retiro espiritual, particularmente los que se hacen en completo silencio (Discurso a un grupo de Obispos en visita ad limina, 26-XI-2005). Y en el tradicional Mensaje para la Cuaresma de este año 2011, refiriéndose al Evangelio del segundo domingo, el de la Transfiguración del Señor, insiste: es la invitación a alejarse del ruido de la vida diaria para sumergirse en la presencia de Dios: Él quiere transmitirnos, cada día, una palabra que penetra en las profundidades de nuestro espíritu, donde discierne el bien y el mal (cfr. Hb 4, 12) y fortalece la voluntad de seguir al Señor.

Un poco de historia

Retiro es la traducción del latín recessus, que significa apartarse, retirarse. Cuando este aislamiento tiene un fin religioso, un motivo sobrenatural, hablamos propiamente de retiros espirituales.

La idea de retirarse, para tratar de hablar más íntimamente con Dios y hacer oración, es inherente a la naturaleza humana. Algunas veces, las más, este retiro consistirá en el recogimiento interior necesario para facilitar ese diálogo del alma con Dios.

En la Sagrada Escritura se hallan abundantes testimonios de esos retiros del hombre para ir a un encuentro personal más directo con Dios. Tampoco hay que olvidar el papel que juega el desierto en la vida de Israel, como pueblo escogido de Dios.

Moisés, los Profetas y San Juan Bautista constituyen un precedente en el que se inspiraron los primeros Padres del desierto: San Atanasio, en la Vida de San Antonio, cita a Elías como modelo de los solitarios.

Jesucristo mismo, «lleno del Espíritu, partió del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde estuvo cuarenta días» (Lc 4,1-2). Después de la Ascensión de Cristo encontramos a los Apóstoles y a un grupo numeroso de fieles reunidos dentro del Cenáculo, en compañía de la Virgen Santísima, esperando la efusión del Paráclito que Jesús les había prometido.

Los primeros cristianos

La famosa frase de Cicerón «numquam minus solus quam cum solus sum» (nunca estoy menos solo que cuando estoy solo) adquirió carta de naturaleza en toda la literatura espiritual cristiana desde San Ambrosio: él la transcribió dándole un sentido profundamente cristiano.

Al final del siglo IV, dentro de las instituciones que más han progresado -los eremitas, en Egipto; los cenobitas, ya sean de San Antonio, de San Pacomio o de San Basilio-, a pesar de notorias diferencias, existe un ideal común: el servicio exclusivo de Dios y la separación del mundo; el aislamiento y el silencio; la penitencia corporal y la reglamentación de la oración, junto con la lectura espiritual y la recitación de los salmos.

Culmina esta etapa con la aparición de la figura egregia de San Agustín y, más concretamente, con lasConfesiones, que constituyen de hecho una valiosa guía para introducirnos en el mundo del retiro espiritual.

En los siglos sucesivos, la vida monástica, introducida ya en el Occidente europeo, va a adquirir un desarrollo extraordinario, hasta llegar a la época de San Bernardo. Se generaliza, como práctica entre los monjes, la costumbre de dedicarse durante unos días y por entero a la vida de piedad, después de haber hecho la profesión religiosa; y, en este sentido, puede hablarse con rigor de un retiro espiritual. Pero la expresión retiros o ejercicios espirituales no ha adquirido todavía carta de ciudadanía.

Ejercitar el alma

En el siglo XII, G. de Saint-Thierry, emplea muchas veces la expresión spiritualia exercitia (ejercicios espirituales), contraponiéndola a los exercitia corporalia; para San Bernardo nuestra santificación toda es realmente un ejercicio espiritual.

Los autores cristianos de los primeros siglos comenzaron por usar la palabra exercitium en su sentido genérico, haciendo referencia a la lucha ascética necesaria para contrarrestar la inclinación al pecado y, en algún caso concreto, a la virtud indispensable para hacer frente al martirio.

En la segunda mitad del s. XIII,  San Buenaventura recomienda el mentale exercitium sobre uno mismo, sobre la vanidad del mundo, sobre los novísimos y sobre la gloria; aconseja la meditación de la Pasión de Jesucristo y recomiendael cambio de vida, la huida del pecado, la contrición, la confesión frecuente, la meditación, el examen de conciencia, etc.

Vivir la vida de Cristo

En el siglo XIV aparece una obra de especial interés, las Meditationes vitae Christi, de Caulis. Los exercitia comprenden la meditación y la contemplación, el examen de conciencia y, en general, el tema central de la oración debe ser la vida de Cristo.

El beato Enrique Suso hace un gran esfuerzo para difundir la devotio, recluida en el convento, a todos los cristianos, enseñando los caminos de perfección. En la célebre Vita Iesu Christi, de L. de Sajonia, se recomienda meterse dentro en la contemplación de los pasajes evangélicos, haciéndose presente y así meditar la vida de Jesucristo.

Ya en el siglo XV, J. Gerson nos ofrece un intento de sistematización de los exercitia spiritualia y aconseja a las personas devotas que hagan estas prácticas bajo la guía de un director que conozca la Sagrada Escritura, que sea piadoso y discreto, que no le falte experiencia; recomienda algunos temas para la oración y expone un método, que no se debe imponer nunca.

La espiritualidad de los siglos XIV y XV se hace cada vez más cristocéntrica, con una gran preferencia por la Humanidad de Jesucristo, sobre todo por la Pasión.

En la España del siglo XV, el abad de Montserrat García Ximénez de Cisneros dio, con su Ejercitatorio, un paso decisivo en la sistematización de los ejercicios espirituales; propuso un método claro, preciso, orgánico y completo para hacer ejercicios espirituales de acuerdo con un plan perfectamenteprogramado dedicado a la conciencia, a la  vida contemplativa, a la identificación con la voluntad de Dios y a la necesidad de la perseverancia. Esta obra tuvo mucha influencia en San Ignacio de Loyola, quien fue, en 1522, recién convertido, al monasterio de Montserrat.

San Ignaciodividió los ejercicios espirituales en cuatro semanas, de la misma forma que el Ejercitatorio, si bien los temas de las meditaciones no están distribuidos de la misma forma. Los ejercicios espirituales ignacianos, sin embargo, se distinguen porque tienen un fin específico: la elección de estado, que es la espina dorsal del sistema, el punto hacia el cual todo converge; y no hay ninguna duda de que este método ha supuesto un medio muy eficaz para que muchas personas se decidan a servir a Dios.

Juan Pablo IIrecordó la importancia de los retirosespirituales con estas palabras: "Quisiera reavivar vuestra llama apostólica estimulándoos en tres puntos que me parecen muy importantes. Evangelizad vuestra propia vida; continuad siempre en estado de conversión [...]. Dedicad algún tiempo al retiro y a la revisión de la vida."

Fuente: F. VIVES UNZÚE. (GER)

BIBL.: J. LECLERCQ, A. RAYEZ, P. DEBONGNIE, Exercices spirituels, en DSAM 4,1902-1933; P. POURRAT, La Spiritualité Chrétienne, III, París 1947; GARCÍA XIMÉNEZ DE CISNEROS, Ejercitatorio de la vida espiritual, Madrid 1957; G. M. COLOMBÁS, un reformador benedictino, García Ximénez de Cisneros, Montserrat 1955; S. IGNACIO DE LOYOLA, Exercicios spirituales. Autógrafo español, 10 ed. Madrid 1962; lo, Exercitia spiritualia Sancti Ignatii de Loyola et eorum Directoria (ed. crítica de A. C'ODINA), Madrid 1919; I. IPARRAGuiRRE, Historia de los ejercicios de S. Ignacio, 2 vol. Bilbao 1946-1955.

Gala Placidia, entre emperadores y bárbaros

Gala Placidia fue una de las mujeres más notables de la primera mitad del siglo V, en los tiempos del agonizante Imperio romano de Occidente. En medio de la convulsa situación creada en parte por la irrupción de los pueblos bárbaros en el Imperio, esta mujer fue testigo y protagonista de cruciales acontecimientos históricos.

Era galahija del emperador romano Teodosio el Grande y hermanastra de los también emperadores Honorio y Arcadio. En agosto del año 410 los visigodos con su rey Alarico al frente entraron en Roma arrasando la ciudad, respetando solo a los que se habían refugiado en lugares santos. Gala Placidia, que entonces contaba con 20 años, fue secuestrada por Alarico en espera del pago de un rescate por parte de su hermano el emperador Honorio.

Durante cuatro años los visigodos recorrieron parte del continente europeo en busca de tierras y alimento, sin llegar a ningún acuerdo con el emperador. Tras la muerte del rey godo, Ataúlfo le sucedió en el trono y en el 414 Gala Placidia se casó con él en Narbona.

Este matrimonio escandalizó a Constantinopla y enfureció a su hermano Honorio quien mandó a su general Constancio tras ellos. Se refugiaron en Barcino (Barcelona) donde Ataúlfo instaló su corte provisional. Por tanto podemos afirmar que fueron los primeros reyes visigodos españoles.

Allí nació su hijo Teodosio aunque murió pocos meses después. Ataúlfo fue asesinado por sus detractores y el nuevo rey godo, Sigerico, hizo matar a los otros seis hijos de Ataúlfo, fruto de un matrimonio anterior. Sigerico enemigo de Ataúlfo y cuyo odio hacia los romanos era notorio, se manifestó así: “Ataulfo humilló a mi linaje en las Galias. Llegada es la hora de cobrarme sanguinaria venganza en él y en esa romana que tiene por esposa”.

Y así lo hizo. Humilló a Galia Placidia. Además de privarle de todos los honores, la obligó a caminar doce millas delante de su caballo junto a otros cautivos en Barcino.

 

 

Sin embargo su crueldad había de durar muy poco. Sigerico fue asesinado por miembros de la propia nobleza visigoda tan solo una semana después de acceder al trono, descontentos con el proceder de su rey. Tras varias negociaciones Galia Placidia junto al resto de cautivos fue restituida a su hermano el emperador Honorio.

El tratado firmado establecía la ayuda militar de los visigodos a los romanos a cambio de 600.000 medidas de grano. Honorio casó a su hermana Gala Placidia con su general Constancio en el 417 con quien tuvo un hijo y una hija.

Gala Placidia con sus hijosGala Placidia con sus hijos

 

Constancio sería coemperador del Imperio Romano de Occidente en el 421 junto con Honorio, pero moriría siete meses después. La malas relaciones de Gala Placidia con su hermano la llevaron a Constantinopla con su hijos, bajo la protección del emperador de Oriente Teodosio II. Sin embargo, en el 425 regresaron a Roma tras morir Honorio sin dejar descendencia.

Durante los siguientes doce años actuó como regente de su hijo, el emperador Valentiniano III, hasta la mayoría de edad de este. Cristiana devota, dedicó el resto de su vida a obras religiosas. Fue una mujer con una vida excepcional, hija, hermana, esposa y madre de emperadores romanos y amante esposa de un rey bárbaro.

Murió en el 450 en Rávena de muerte natural. Se cree que está sepultada junto a su hijo Valentiniano y su esposo Constancio en el famoso mausoleo que lleva su nombre. De las tres tumbas, solo el enterramiento de este último se da por cierto.

Interior del mausoleoInterior del mausoleo de Gala Placidia en Rávena

Este edificio es uno de los monumentos más extraordinarios del siglo V. En 1996 fue inscrito en las listas del Patrimonio de la Humanidad. Destacan los ricos mosaicos del interior que cubren tanto las paredes como la cúpula, los cuales podemos apreciar en este vídeo:

 

 

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SAN PACIANO, OBISPO DE BARCELONA

(† 391)  9 de marzo

De San Paciano tenemos noticia contemporánea: las líneas que le dedicó San Jerónimo en el libro De viris illustribus, escrito hacia el año 392.

"Pacíanus, in Pyrinaei iugibus, Barcinonae episcopus, castigatae eloquentiae (lección más segura que castítate et eloquentia que dan algunos manuscritos), et tam vita quani sermone clarus, scripsit varia opuscula, de quibus est Cervus et contra Novatianos. Sub Theodosio príncipe iam ultima senectute mortuus est." "Paciano, obispo de Barcelona, en las faldas del Pirineo, de correcta elocuencia, y tan esclarecido por su vida como por su dicción, compuso varios opúsculos, entre los cuales el Cervus y contra los novacianos. Murió en la extrema ancianidad, bajo el emperador Teodosio."

Por el mismo San Jerónimo sabemos que Paciano, casado en su juventud, tuvo un hijo llamado Dextro que ocupó altos cargos en la administración imperial en tiempo de Teodosio y de Honorio. Debió de ser, por tanto, Paciano, de familia distinguida. Sus obras denotan una alta cultura literaria, sagrada y profana, y confirman plenamente el elogio que tributa San Jerónimo a su elocuencia. No quedan pormenores sobre su actuación pastoral en el gobierno de la diócesis barcelonesa. Podemos con todo asegurar, así por la indicación de San Jerónimo como por los escritos del santo obispo, que su celo por el bien espiritual de sus diocesanos fue muy activo e ilustrado.

Aunque no se puede determinar con precisión el intervalo detiempo en que gobernó la diócesis de Barcelona, parece que debió de regirla por largos años, y se le da como sucesor inmediato de Pretextato, que en 347 asistió como obispo de Barcelona al concilio de Sárdica. Comoquiera que Teodosio comenzó a imperar en 379, la muerte de San Paciano debe colocarse entre esta fecha y 391, ya que en 392 la conocía San Jerónimo.

San Paciano nos es conocido por sus escritos. Se ha perdido uno de los que cita San Jerónimo, el Cervus, de cuyo contenido tenemos no obstante alguna noticia por el mismo Paciano en su "Paraenesis". Nos quedan, además, sus tres Cartas ad Simpronianum Novatianum y un Sermo de baptismo ad catechumenos. Tampoco se ha conservado, si es que llegó a escribirlo, otro tratado o carta contra los novacianos, a que el mismo Santo alude en su tercera carta a Simproniano.

¿Sería el tratado que cita San Jerónimo, o se refiere éste a sus cartas a Simproniano? El conocido investigador Dom Germán Morin, O. S. B., había atribuido a San Paciano otras dos obras: Ad lustinum manichaeum contra duo principia et de vera carne Christi, que en los manuscritos se dice del retórico africano Cayo Mario Victorino, y el anónimo De similitudine carnis peccati contra manichaeos. Este último escrito tiene por autor al presbítero Eutropio, como demostró el padre José Madoz, S. l.; ni son claros los argumentos en favor de la paternidad del primero. Se admiten, pues, como obra de San Paciano, los cinco opúsculos citados.

Estos escritos, aunque breves, dan a San Paciano un lugar apreciable en la patrología del siglo IV, como testigo y doctor de la doctrina católica en puntos importantes; y por otra parte nos ponen de manifiesto el espíritu religioso y lleno de celo por el bien de los fieles a él encomendados de un obispo santo, conforme al dechado que diseñó San Pablo en sus cartas a Timoteo y Tito.

El escrito perdido Cervus (o Cervulus, como él dice) era, según él mismo refiere, una celosa diatriba contra los perversos e impúdicos desórdenes que se cometían, aun por algunos cristianos, en una especie de carnaval de primero de año, mala costumbre conocida ya por otros autores eclesiásticos y disposiciones de los concilios de aquella época. Para entregarse la gente más libremente y sin pudor a la maldad, se disfrazaba en figuras monstruosas de animales, las más ordinarias de ciervos, de cabras y de terneras.

El Sermo de baptismo es una instrucción a los competentes, catecúmenos ya próximos al bautismo. En ella les quiere enseñar San Paciano "cómo nacemos y nos renovamos en el bautismo". Expone primero el estado de muerte y degradación en que yace el hombre antes del bautismo, explicando con toda precisión, según el capítulo V de la carta de San Pablo a los Romanos, la doctrina del pecado original, en forma interesante para la historia del dogma, ya que atestigua la clara conciencia que de esta doctrina tenía la Iglesia en vísperas de la negación pelagiana y antes de la defensa y ulterior explicación que de ella hizo San Agustín.

De esta muerte nos sacó Cristo; tomando la naturaleza humana, redimió al hombre de la esclavitud del pecado y lo presentó puro e inmaculado a los ojos de Dios. Describe el Santo con viveza la lucha que sostuvo Cristo en su vida con el demonio y sus ministros hasta la muerte de cruz, a la que siguió la gloria de la resurrección. Esta victoria de Cristo se hace nuestra; porque, así como naciendo en Adán se hizo el hombre pecador, así renaciendo en Cristo se hace santo. Cristo nos engendra en la Iglesia por el bautismo, para que, como Cristo resucitó, así nosotros vivamos vida nueva, a la que fervientemente les invita el santo obispo.

Las tres cartas a Simproniano son más citadas por su importancia en la teología penitencial. Era Simproniano, a lo que parece, un hombre distinguido (San Paciano le llama "clarissimus"), que se había separado de la unidad católica, adhiriéndose al cisma herético de los novacianos, que ya hacía sigloy medio hería a la Iglesia. En la primera carta que Simproniano escribió al obispo de Barcelona, sin declararse claramente novaciano, se oponía al nombre de católica que se da a la Iglesia verdadera, y al perdón de los pecados por la penitencia. Paciano le contesta defendiendo el nombre de católica por el ejemplo de los santos y doctores anteriores, en particular de San Cipriano, cuyas doctrinas se apropia Paciano, y por la necesidad de distinguir con un nombre la Iglesia "principal", en medio de la confusión sembrada por las herejías.

Aquí tiene Paciano la hermosa sentencia: "Christianus mihi nomen est; catholicus vero cognomen"; "cristiano es mi nombre, católico mi apellido". Católico significa, según el Santo, unidad y obediencia total de todos; la Iglesia es católica porque es una en todos y una sobre todos: "in omnibus una et una super omnes". El perdón de los pecados por la penitencia lo defiende Paciano con ardiente y sentida elocuencia y una abrumadora serie de testimonios de la Sagrada Escritura. "Nunca amenazaría Dios al que no hace penitencia, si no perdonase al penitente. Pero dirás: "Sólo Dios puede hacerlo"; es verdad, pero lo que por sus sacerdotes hace es potestad suya." En la segunda carta responde caritativa pero claramente a las argucias e indicios de poca buena voluntad con que reaccionó Simproniano a la primera del santo obispo.

La tercera, la más larga, un verdadero tratado, es la refutación de los argumentos de los novacianos, expuestos en un escrito que le había remitido Simproniano. La doctrina de este escrito era "que después del bautismo no se puede hacer penitencia; que la Iglesia no puede perdonar el pecado mortal; más aún, que ella misma perece al recibir a los pecadores". Es importante esta precisión con que por San Paciano conocemos el estadio contemporáneo de la doctrina novaciana, que varió mucho en los cuatro o cinco siglos que perduró. Con viveza y elocuente energía rechaza San Paciano los sofismas de los que se llamaban a sí mismos "cátaros", puros, porque no querían admitir a reconciliación a los pecadores penitentes.

La historia de Novaciano, su jefe, le proporciona al obispo armas eficaces de combate. La santidad de la Iglesia, en la que pretendían fundarse, le da ocasión para explayar en cálidas frases su amor a ella, no sólo virgen y Esposa de Cristo, sino su mismo cuerpo, madre fecunda y llena de compasivo amor hacia sus hijos pródigos, que no se mancha por exhortarlos a penitencia y acogerlos plenamente en su seno después de cumplida la satisfacción, que no era ciertamente cosa de placer. Toda esta refutación de los errores novacianos, rica en textos bíblicos, con que deshace las falsas interpretaciones de los herejes, está impregnada de santa indignación por las argucias con que engañan a sus seguidores, pero también de caridad hacia su corresponsal, a quien invita con el espectáculo de la Iglesia católica en su unidad y universalidad, la reina vestida toda de oro con matices de varios colores... la vid rica en ramos que campean en sus largos sarmientos..., la casa grande que muestra su opulencia en preciosos vasos de oro puro y tersa plata, pero no se avergüenza en servirse también de vasos de barro y madera".

La Paraenesis, sive libellus exhortatorius ad paenitentiam nos resarce en parte de la carencia del opúsculo que se proponía escribir San Paciano como complemento de sus cartas a Simproniano. Trata el Santo directamente de la penitencia pública que se practicaba por ciertos pecados más graves; pero sus exhortaciones tienen carácter general y son aptísimas para mover al pecador a salir de su estado por la penitencia. Divide el Santo su exhortación en cuatro partes. En la primera declara cuáles son estos pecados por los que se imponía la penitencia pública: apostasía, homicidio, adulterio y fornicación; sin que pretenda dar una distinción adecuada entre pecado mortal y pecado venial.

En la segunda acosa con celo pastoral a los que por vergüenza no quieren manifestar sus culpas, post impudentiam timidos, post peccata verecundos, qui peccare non erubescitis et erubescitis confiteri, "tímidos después de la imipudencia, vergonzosos después del pecado, que no os avergonzáis de pecar y os avergonzáis de confesar". La tercera se dirige a los que, manifestadas sus culpas, no tienen valor para sujetarse a las obras penosas de la penitencia pública, semejantes a los enfermos que, declarada su enfermedad, no quieren sufrir la cura dolorosa que el médico juzga necesaria.

Por último les exhorta vivamente a la penitencia con la simple representación de los castigos con que la Sagrada Escritura amenaza a los impenitentes, y con la promesa del perdón para los que con la penitencia se humillan ante Dios, recordándoles una vez más las parábolas evangélicas de la dracma y la oveja perdida y el regocijo de los ángeles por el pecador arrepentido.

El culto de San Paciano no figura en los libros litúrgicos mozárabes. Las primeras menciones de San Paciano son de los martirológios del siglo IX; en los santorales y misales de Barcelona se halla la fiesta del Santo el 9 de marzo desde el siglo XII, y actualmente tiene en la diócesis rito doble mayor. Los trabajos emprendidos en el siglo XVI por el obispo de Barcelona don Juan Dimas Loris para hallar los restos del Santo, no condujeron a resultados ciertos.

JOSÉ M. DALMÁU, S. I.

“Los Mitos sobre la Iglesia primitiva”

Las mujeres llevaban a cabo una importante labor apostólica y su fe es destacada por San Pablo e incluso por autores paganos

En ocasiones se oye que las mujeres estaban discriminadas entre los primeros cristianos. Esta acusación no es consistente ya que más bien lo que ocurre es lo contrario, sobre todo teniendo en cuenta el rol que tenía la mujer en aquellos momentos en la sociedad y en imperio romano.

Cabe destacar  las numerosas menciones que San Pablo hace en sus cartas a diversas mujeres (citando incluso sus nombres) para destacar sus esfuerzos en la labor de predicación del Evangelio o agradecerles algún servicio prestado a él o a la comunidad: Claudia, CloeApfiaEvodia, Síntique,Ninfas...

Al ser preguntado por la cuestión del papel de la mujer en el cristianismo primitivo, el profesor Domingo Ramos-Lissón explica lo siguiente:

"Se puede decir que el trabajo apostólico de las mujeres en la Antigüedad cristiana tuvo una importancia extraordinaria. Un índice de la relevancia que tuvieron es la crítica que manifestaron por este motivo algunos paganos ilustres, como Plinio, Celso y Porfirio, que hacen un derroche de ironía contra el cristianismo, al reconocer la rápida profusión de conversiones entre las mujeres.

Desde los orígenes cristianos, la mujer desempeña un papel insustituible en la difusión evangélica. Un ejemplo, podía ser el de Priscila, que evangeliza a Apolo, según nos narra S. Lucas (Hch 18, 26). Clemente de Alejandría describe el papel de estas cristianas, que ayudaban a los primeros Apóstoles y que son las únicas que pueden entrar en los gineceos, servir de intermediarias y llevar a esas estancias la doctrina liberadora del Señor (Stromata, III, 6, 53).

En la literatura apócrifa cristiana encontramos los Hechos de Pablo y Tecla, que son una especie de novela histórica del siglo II, cuyo anónimo autor narra el protagonismo de Tecla y la presenta como la evangelista del Apóstol entre las mujeres. Los ejemplos podrían multiplicarse".

Además, el número de mujeres santas, mártires y vírgenes, de los primeros siglos es impresionante: las santas Felicidad y PerpetuaSanta InésSanta ÁguedaSanta LucíaSanta Cecilia... Todo ello sin olvidar a tantas mujeres desconocidas, como el caso de muchas viudas, que desde los tiempos apostólicos formaban un «orden» y atendían a los ministerios con mujeres.

El propio Benedicto XVI quiso cerrar su ciclo de catequesis sobre los testigos del cristianismo naciente con una audiencia dedicada a "las mujeres al servicio del Evangelio" (14 de febrero de 2007).

 

Leer también:

La mujer en el cristianismo primitivo

LA MUJER JUDÍA EN TIEMPOS DE JESÚS. ¿Cómo vivía la Virgen María?

San Pablo y las mujeres: ¿Un pionero del feminismo? 

¿Qué aportó el cristianismo primitivo a la historia de la humanidad?

Las mujeres que trató Jesús -  Artículo de Juan Manuel de Prada   

 

Fundado en el siglo IV y saqueado por Daesh en 2015

El monasterio de Mar Behnam, en Irak, se ha salvado por poco. Con motivo de la fiesta de los santos Behnam y su hermana Sarah, celebrada el 10 de diciembre en este país, Aleteia se ha interesado por la formidable historia de este lugar de peregrinación común para cristianos, musulmanes y yazidíes, así como por los trabajos de reconstrucción emprendidos por la asociación Fraternité en Irak

“El mausoleo de Mar Behnam data del siglo IV y la mayor parte del edificio fue reconstruida en el siglo XII. Sin embargo, en 2015, Daesh lo dinamitó todo”, cuenta Laure de Beaurepaire a Aleteia. Esta arquitecta de formación se ha unido a la asociación Fraternité en Irak para restaurar el santuario de Mar Behnam.

Pero ¿qué hace que este sitio sea tan especial? “Es un lugar de peregrinación común para musulmanes, cristianos y yazidíes”, comenta la joven arquitecta. Y ¿quiénes fueron Mar (Santos) Behnam y Sarah, a quienes está consagrado el santuario? “Son dos de los santos más venerados en Irak”, detalla Laure de Beaurepaire. “La tradición cuenta que, en el siglo IV, Behnam, hijo de un rey de la región, se convirtió al cristianismo, al igual que su hermana Sarah, quien se había curado milagrosamente de la lepra tras recibir el bautismo”. Sin embargo, enloquecido por la rabia, su padre los mandó asesinar… para luego arrepentirse, bautizarse también y, en honor de sus hijos, construir este extraordinario mausoleo. 

600 metros cúbicos de escombros minuciosamente inspeccionados 

El arzobispo de Mosul, Mons. Moshe, hizo de la reconstrucción del santuario una prioridad. Guillaume de Beaurepaire, también arquitecto, trabaja en el lugar desde hace dos años. No obstante, las obras de restauración en sí no empezaron realmente hasta el verano de 2017. Primero era necesario limpiar los escombros y clasificarlos minuciosamente: cerca de 600 metros cúbicos de grabados fueron inspeccionados para encontrar los elementos pertenecientes al mausoleo.

Una vez realizada esta primera fase, se inicia la segunda: colocar el enlosado en el suelo, el enfoscado de los muros, situar las piedras de revestimiento en los muros de contención… “A principios de enero [de 2019] quedarán algunos trabajos por hacer, pero todo estará listo para festejar el día de los santos Behnam y su hermana Sarah este 10 de diciembre”, celebra Laure de Beaurepaire.

“Cuando arrancó el proyecto, todo el mundo nos decía que no servía de nada, que los cristianos iban a marcharse de Irak. Era un discurso derrotista en extremo”, confiesa la arquitecta. “Pero el hecho de que hayamos reconstruido este mausoleo, combinado con todos los proyectos de recuperación económica en la llanura de Nínive… creo que es un bello mensaje de esperanza”.

 

Fuente: Aleteia

Las mujeres llevaban a cabo una importante labor apostólica y su fe es destacada por San Pablo e incluso por autores paganos

En ocasiones se oye que las mujeres estaban discriminadas entre los primeros cristianos. Esta acusación no es consistente ya que más bien lo que ocurre es lo contrario, sobre todo teniendo en cuenta el rol que tenía la mujer en aquellos momentos en la sociedad y en imperio romano.

Cabe destacar  las numerosas menciones que San Pablo hace en sus cartas a diversas mujeres (citando incluso sus nombres) para destacar sus esfuerzos en la labor de predicación del Evangelio o agradecerles algún servicio prestado a él o a la comunidad: Claudia, CloeApfiaEvodia, Síntique,Ninfas...

Al ser preguntado por la cuestión del papel de la mujer en el cristianismo primitivo, el profesor Domingo Ramos-Lissón explica lo siguiente:

"Se puede decir que el trabajo apostólico de las mujeres en la Antigüedad cristiana tuvo una importancia extraordinaria. Un índice de la relevancia que tuvieron es la crítica que manifestaron por este motivo algunos paganos ilustres, como Plinio, Celso y Porfirio, que hacen un derroche de ironía contra el cristianismo, al reconocer la rápida profusión de conversiones entre las mujeres.

Desde los orígenes cristianos, la mujer desempeña un papel insustituible en la difusión evangélica. Un ejemplo, podía ser el de Priscila, que evangeliza a Apolo, según nos narra S. Lucas (Hch 18, 26). Clemente de Alejandría describe el papel de estas cristianas, que ayudaban a los primeros Apóstoles y que son las únicas que pueden entrar en los gineceos, servir de intermediarias y llevar a esas estancias la doctrina liberadora del Señor (Stromata, III, 6, 53).

En la literatura apócrifa cristiana encontramos los Hechos de Pablo y Tecla, que son una especie de novela histórica del siglo II, cuyo anónimo autor narra el protagonismo de Tecla y la presenta como la evangelista del Apóstol entre las mujeres. Los ejemplos podrían multiplicarse".

Además, el número de mujeres santas, mártires y vírgenes, de los primeros siglos es impresionante: las santas Felicidad y PerpetuaSanta InésSanta ÁguedaSanta LucíaSanta Cecilia... Todo ello sin olvidar a tantas mujeres desconocidas, como el caso de muchas viudas, que desde los tiempos apostólicos formaban un «orden» y atendían a los ministerios con mujeres.

El propio Benedicto XVI quiso cerrar su ciclo de catequesis sobre los testigos del cristianismo naciente con una audiencia dedicada a "las mujeres al servicio del Evangelio" (14 de febrero de 2007).

Jericó

Situado cerca del río Jordán, Jericó es una de las ciudades más antiguas del mundo, cuyas ruinas son de un asentamiento que data de 8000 años antes de Cristo. La orilla oeste del río Jordán es para los cristianos el lugar habitual de peregrinación que conmemora el bautismo de Jesús por Juan el Bautista. Fue aquí, en Jericó, donde Jesucristo devolvió la vista a Bartimeo y convirtió al rico Zaqueo realizando, a favor de estos dos personajes, su ministerio de Buen Pastor.

Historia

Importante ciudad del valle del Jordán (Dt. 34:1, 3), en la ribera occidental del río, a unos 8 Km. de la costa septentrional del mar Muerto, y aproximadamente a 27 Km. de Jerusalén. Jericó se halla en la parte inferior de la cuesta que conduce a la montañosa meseta de Judá. La ciudad era conocida como la ciudad de las palmeras (Dt. 34:3; Jue. 3:13); la primera mención en las Escrituras se da en relación al campamento de los israelitas en Sitim (Nm. 22:1; 26:3).

La situación de Jericó, ciudad muy fortificada, le daba el dominio del bajo Jordán y de los pasos que llevaban a los montes occidentales; la única manera de que los israelitas pudieran avanzar al interior de Canaán era tomando la ciudad. Josué envió a dos espías para que reconocieran la ciudad (Jos. 2:1-24), el pueblo atravesó milagrosamente el Jordán en seco, y plantaron las tiendas delante de la ciudad.

Por orden de Dios, los hombres de guerra fueron dando vueltas a la ciudad, una vez por día, durante seis días consecutivos. En medio de los soldados, los sacerdotes portaban el arca del pacto, precedida por siete sacerdotes tocando las bocinas. El séptimo día dieron siete veces la vuelta a la ciudad; al final de la séptima vuelta, mientras resonaba el toque prolongado de las bocinas, el ejército rompió en un fuerte clamor, las murallas se derrumbaron, y los israelitas penetraron en la ciudad. En cuanto a la fecha, sería alrededor del año 1403 a.C.

 

 

La ciudad había sido proclamada anatema. A excepción de Rahab, que había dado refugio a los espías, y su familia, todos los demás habitantes fueron muertos. El oro, la plata, los objetos preciosos, entraron al tesoro de Jehová. Josué lanzó una maldición contra quien reconstruyera la ciudad (Jos. 5:13-6:26).

Fue asignada a Benjamín; se hallaba en los límites de Benjamín y Efraín (Jos. 16:1, 7; 18:12, 21).
Eglón, rey de Moab, hizo de ella su residencia en la época en que oprimió a los israelitas (Jue. 3:13).
En el reinado de Acab, Hiel de Bet-el fortificó la ciudad; en el curso de esta fortificación perdió, o sacrificó, a sus dos hijos, en cumplimiento de la maldición de Josué (1 R. 16:34).
Durante el ministerio de Eliseo había en Jericó una comunidad de profetas (2 R. 2:5).
Elías, al ir a ser arrebatado al cielo, atravesó Jericó con Eliseo (2 R. 2:4, 15, 18).
En Jericó fueron puestos en libertad los hombres de Judá que habían sido hechos prisioneros por el ejército de Peka, rey de Israel (2 Cr. 28:15).
Los caldeos se apoderaron de Sedequías cerca de Jericó (2 R. 25:5 Jer. 39:5 52:8).
Después del retorno del exilio, algunos de sus habitantes ayudaron a construir los muros de Jerusalén (Neh. 3:2).
Báquides, general sirio, levantó los muros de Jericó en la época de los Macabeos (1 Mac. 9:50).
Al comienzo del reinado de Herodes los romanos saquearon Jericó (Ant. 14:15, 3).
Después Herodes la embelleció construyendo un palacio y, sobre la colina detrás de la ciudad, levantó una ciudadela que llamó Cipro (Ant. 16:5, 2; 17:13, 1; Guerras 121, 4, 9).
Jericó se halla a casi 240 m. por debajo del nivel del mar Mediterráneo, en un clima tropical, donde crecían las balsameras, la alheña, los sicómoros (Cnt. 1:14; Lc. 19:2, 4; Guerras 4:8, 3).
Las rosas de Jericó eran consideradas extraordinariamente bellas (Eclo. 24:14).
La antigua Jericó se elevaba muy cerca de las abundantes aguas llamadas en la actualidad 'Ain es-Sultãn; ésta es indudablemente la fuente que Eliseo sanó (2 R. 2:12-22; Guerras 4:8, 3).
La Jericó moderna, en árabe «Er-Riha», se halla a 1,5 Km. al sureste de la fuente.

 

Arqueología

Ernst Selin y la sociedad Deutsche Orientgesellschaft (1907-1909) iniciaron allí excavaciones sobre el montículo llamado Tell es-Sultan. Fueron continuadas muy extensamente por John Garstang (1930-1936); en 1952 fueron reanudadas por Kathleen Kenyon y por las escuelas de arqueología de Inglaterra y EE. UU. Fue Garstang quien descubrió la evidencia de los muros caídos, y esta evidencia fue fotografiada por él y por posteriores investigadores.

Los muros habían caído de dentro hacia afuera. Sus fundamentos no habían sido minados, sino que debieron ser derrumbados por un potente temblor de tierra. También había evidencia de un violento incendio de la ciudad. La revisión de Miss Kathleen Kenyon de esta identificación en base a la cerámica asociada con la cronología de Egipto no tiene en cuenta la necesaria revisión de la estructura cronológica de la historia de Egipto.

En base a la revisión de Velikovsky y Courville, la destrucción de Jericó concuerda perfectamente con todos los detalles físicos de la destrucción y con los restos arqueológicos, y no se puede objetar a la identificación efectuada por Garstang en 1930-1936, ni a la fecha de 1400 a.C. Los restos correspondientes a la conquista correspondían a una doble muralla de ladrillos, con un muro exterior de 2 m. de espesor, un espacio vacío de alrededor de 4,5 m. y un muro interior de 4 m.

 

Ruinas de Jericó

Estos muros tenían en aquel entonces 9 m. de altura. La ciudad, muy pequeña, estaba entonces tan superpoblada que se habían construido casas en la parte alta de la muralla, por encima del espacio vacío entre las dos murallas (cf. la casa de Rahab, Jos. 2:15). El muro exterior se hundió hacia afuera, y el segundo muro, con sus edificaciones encima, se hundió sobre el espacio vacío. Así, la arqueología nos da, en realidad, una evidencia totalmente armónica con el relato de las Escrituras.

La tradición cristiana

Jericó es la ciudad que Josué, hacia el año 1200 a. C., conquistó de manera pacífica (Jos 2,1-4,24) gracias a las famosas trompetas que, en la simbología bíblica, manifiestan la intervención de Dios: el asedio en Jericó del pueblo de la Alianza mosaica fue un don de Dios.

En esta antiquísima ciudad, la ciudad fortificada más antigua conocida hasta la fecha en Oriente, que se remonta a 8.000 ó 9.000 años, se sitúa el Tel- Es-Sultan, una pequeña colina de 15 metros en la que, en los años 1955-56, miss Kenyon dirigió unas excavaciones arqueológicas.

Jericó es también el lugar evangélico en el que Jesús curó a dos hombres enfermos: Bartimeo, herido en su físico por la ceguera, y Zaqueo, herido en su alma por sus pecados (Lc 18-19). Los pocos sicomoros que aún se encuentran en la actual Jericó recuerdan a los peregrinos el sicomoro sobre cuyas ramas se subió Zaqueo para ver a Jesús.

 

 

La pequeña iglesia católica latina está dedicada a Jesús, el Buen Pastor, porque, tanto para Bartimeo como para Zaqueo, Jesús fue efectivamente un auténtico Buen Pastor. Es la iglesia parroquial de una pequeña comunidad de alrededor de 200 árabes cristianos.

A pocos pasos se encuentra la iglesia ortodoxa, que cuenta con unos 250 fieles. Dos escuelas católicas (una masculina y otra femenina) reúnen a todos los hijos de las familias católicas y ortodoxas, y a un buen número de niños musulmanes (Jericó cuenta con unos 25.000 habitantes árabes musulmanes).

 

 

 

 

El miércoles de ceniza marca el comienzo de la Cuaresma.

La Cuaresma es un tiempo de conversión y el Papa insistió en que esta no sea superficial o transitoria. También recomendó pedir el "don de las lágrimas” recalcando que los hipócritas no lloran.

 

 

La Cuaresma es un tiempo de conversión y el Papa insistió en que esta no sea superficial o transitoria. También recomendó pedir el "don de las lágrimas” recalcando que los hipócritas no lloran.

FRANCISCO

"Nos hará bien preguntarnos, "¿Lloro?, ¿el Papa llora?, ¿los cardenales lloran?, ¿los religiosos?, ¿los sacerdotes?, ¿el llanto está en nuestra oración?”

De acuerdo con la lectura del Evangelio, advirtió de la tentación de presumir después de rezar, ayunar o hacer limosna.

FRANCISCO

"Cuando se hace algo bueno, casi instintivamente nace en nosotros el deseo de ser queridos y admirados por esta buena acción, para sentir una satisfacción. Jesús nos invita a cumplir estas obras sin hacer ninguna ostentación y confiar únicamente en la recompensa del Padre”.

Impusieron al Papa la ceniza antes de que él la impusiera a los obispos y cardenales. Es un gesto que señala que los cristianos son criaturas limitadas, como explicó Francisco.

También subrayó la necesidad de estar dispuestos a dejarse perdonar por Dios para vivir una auténtica Cuaresma.

Junto a algunos miembros de la curia, también estuvieron presentes en la Misa diplomáticos y el presidente de Panamá con su familia.

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Del circo de Nerón a la basílica de San Pedro

Los millones de turistas que acuden a visitar la basílica de San Pedro a menudo ignoran que es posible explorar las excavaciones arqueológicas situadas bajo este inmenso lugar de culto. Desde el martirio de Pedro a la basílica actual, las ‘Scavi’ son un testimonio tanto histórico como religioso.

A su muerte, Pío XI dejó explicado en su testamento su voluntad de ser enterrado lo más cerca posible de la que se supone es la tumba de san Pedro. Pío XII comenzó entonces las excavaciones bajo la basílica de San Pedro, con el fin de respetar las últimas voluntades de su predecesor. Al mismo tiempo hacía gala de confianza en la ciencia y en las generaciones de cristianos que habían venerado la tumba del apóstol.

Después de las excavaciones, seguidas de estudios históricos, arqueológicos e incluso arquitectónicos, Pío XII cerró el jubileo de 1950 exclamando: “La conclusión final de los trabajos y estudios responde con un sí muy claro: la tumba del príncipe de los Apóstoles ha sido hallada”.

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Estatua de San Pedro en el Vaticano

Del circo de Nerón a la basílica de San Pedro

Tras el incendio de Roma en el año 64, el emperador Nerón impuso una ola de persecución de cristianos, durante la cual san Pedro fue crucificado cabeza abajo en el circo ubicado en la actual Colina Vaticana. El cuerpo del santo fue depositado en una tumba en el mismo suelo, bajo un pequeño tejado de teja, en la necrópolis pagana de dicha colina. Rápidamente, mientras la necrópolis se extendía hasta orillas del Tíber, el lugar de sepultura de san Pedro empezó a atraer a los peregrinos.

En el siglo IV, el emperador Constantino permite el desarrollo del culto cristiano y decide construir una basílica cuyo altar se situará en la vertical de la tumba del apóstol. Encima de la tumba original, Constantino mandó edificar un monumento de tres metros de alto, en mármol y pórfido, del cual todavía hoy vemos una columna y una sección de muro. Con la construcción de la basílica actual, majestuosa, el altar papal se conserva bien sobre la tumba de san Pedro.

Las reliquias de san Pedro

En 1941, una caja que contenía huesos y encontrada no lejos de la tumba, en un pequeño nicho (loculus), cerca de un muro rojo del monumento de Constantino, es dejada a un lado. Una década después, durante la segunda campaña de excavaciones, de 1952 a 1958, una arqueóloga italiana, Margherita Guarducci, descubre una inscripción griega que lee “Pedro está aquí” en un fragmento de pared roja.

Entonces la caja se retoma para analizar los restos óseos y se descubre que corresponden a un hombre de complexión robusta, del siglo I, de edad avanzada y con signos de artrosis, enfermedad corriente entre los pescadores. Unos restos de tejido púrpura, cosido con hilos de oro, rodean los restos óseos, un signo indiscutible de veneración. Los supuestos huesos del apóstol habían sido ligeramente desplazados de la tumba al loculus, sin duda por unos cristianos con voluntad de prevenir toda profanación.

El 26 de junio de 1968, durante una audiencia, Pablo VI declaró: “Las reliquias de san Pedro han sido identificadas en una forma que nosotros consideramos convincente”. Entonces los volvieron a depositar en el loculus, exceptuando algunas reliquias destinadas a la capilla privada del papa.

Visita guiada

Hoy en día, se accede a las excavaciones por una entrada situada junto a la sacristía de la basílica. Justo al lado de la entrada, en el suelo, se encuentra un cuadrado que recuerda la ubicación del obelisco erigido en el pasado en el centro del circo de Nerón.

Los visitantes descienden una escalera estrecha para penetrar en la necrópolis pagana y caminan a través de los mausoleos de grandes familias romanas, antes de llegar ante las reliquias del apóstol. Exactamente en la vertical del altar de la basílica, rematado con el baldaquino de Bernini, en el centro exacto de la cúpula de Miguel Ángel, en el hueco de un muro de piedra, se encuentran los humildes restos del primer papa.

Aleteia

 ¿Cómo recorrer bien estos días de Cuaresma? ¿de qué me voy a convertir?

Hemos comenzado la Cuaresma, un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe y redescubramos la alegría de vivir siguiendo los pasos de Jesús. Tenemos por delante un camino marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría de la Pascua.

 
Hemos escuchado en la primera lectura un texto del profeta Joel que nos llama a la conversión: «Ahora –oráculo del Señor– convertíos a mí de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto. Rasgad los corazones y no las vestiduras; convertíos al Señor, Dios vuestro, porque es compasivo y misericordioso, lento a la cólera, rico en piedad; y se arrepiente de las amenazas» (Jl 2,12-13)
 
Son palabras pronunciadas por el profeta cuando Judá se encontraba sumida en una crisis profunda. Su territorio estaba desolado. Había pasado una plaga de saltamontes, que había arrasado todo: se habían comido todo lo que crecía en el campo, hasta los brotes de las viñas. Habían perdido por completo todas las cosechas y los frutos del año. Ante esas desgracias Joel invita al pueblo a reflexionar sobre su modo de vivir en los años anteriores. Cuando todo les iba bien, se habían olvidado de Dios, no rezaban, y se habían olvidado del prójimo. Contaban con que la tierra daba sus frutos por sí misma y les parecía que no le debían nada a nadie. Estaban cómodos haciendo lo que hacían y no se planteaban que fuera necesario vivir la vida de otra forma.
 
La crisis que estaban padeciendo, les sugiere Joel, debía hacerlos caer en la cuenta de por sí mismos, de espaldas a Dios, nada podían hacer. Si tenían paz y comida, no era por sus propios méritos. Todo eso es un don de Dios, que es necesario agradecer. De ahí la llamada urgente a que cambien: convertíos de todo corazón con ayuno, con llanto, con luto, rasgad los corazones: ¡cambiad!
 
Al escuchar esas palabras tan fuertes del profeta, tal vez podemos pensar: Vale, vale, que cambien los habitantes de Judea, pero yo no tengo que cambiar: ¡estoy muy a gusto como estoy! Hace mucho tiempo que no he visto ni un saltamontes, tengo cosas ricas que comer y beber todos los días, tengo varias pelis pendientes de ver, esta semana tengo varios partidos que voy a ganar,… y no tengo prisa porque todavía los finales están muy lejos y ya estudiaré en serio cuando lleguen.
 
No sé a vosotros, pero a mí siempre me da mucha pereza ponerme en serio a cambiar algo en cuaresma. La verdad, de suyo no es un tiempo especialmente simpático como, por ejemplo, la Navidad.
Al escuchar el Salmo responsorial tal vez hemos pensado algo parecido: «Por tu inmensa compasión y misericordia, Señor, apiádate de mí y olvida mis ofensas. Lávame bien de todos mis delitos y purifícame de mis pecados». E incluso al repetir «Misericordia, Señor, hemos pecado», tal vezse nos ocurría por dentro decir: Pero si yo no tengo pecados, … en todo caso «pecadillos». No lehago mal a nadie, no he robado ningún banco, no he matado a nadie, en todo caso, sólo «cosillas» de poca importancia. Y, además, no tengo nada contra Dios, no he querido ofenderlo. ¿Por qué voy a decir que he pecado ni a mendigar su misericordia?
 
Si vemos así las cosas, las palabras de San Pablo en la segunda lectura, nos pueden sonar a repetitivas, pero subiendo el tono, presionando: «Hermanos: Nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo os exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios».
 
¿Tan importante soy y tanta importancia tiene lo que yo haga, que hoy todos vienen contra mí: el profeta Joel, David con su Salmo, y San Pablo presionando?
Pues la verdad es que sí, para el Señor soy importante. Ninguno de nosotros le resulta indiferente a Dios, no somos un número más de los millones de personas que hay en el mundo. Soy yo, eres tú. Alguien en quien está pensando, a quien echa un poco de menos, con quiere hablar.
 
¿No te ha dado alegría alguna vez, al salir cansado de clase, recibir un mensaje en el móvil de alguien que te cae bien y que te pregunta: ¿Tienes algún plan esta tarde? ¡Bien! ¡por fin! ¡alguien que piensa en mí! En general, una de las cosas que dan más gusto es comprobar que hay gente que nos quiere, que piensa en nosotros, y nos llama para que nos veamos y pasemos juntos un rato agradable.
 
Esta semana me encontré leyendo la Biblia unas palabras de amor humano, que son divinas. Son el estribillo de una canción del Cantar de los Cantares que le canta el amado a su amada. Dicen así: «¡Vuélvete, vuélvete, Sulamita! Date la vuelta, date la vuelta que te quiero ver» (Cant 7,1).
En realidad parece que más que cantar invitan a bailar: «¡Vuélvete, vuélvete, Sulamita! Date la vuelta, date la vuelta, que te quiero ver». En hebreo suena bien: šubi, šubi šulamit, šubi, šubi… hasta tiene su ritmo. El verbo šub significa «volver, darse la vuelta», pero es el verbo que en la Biblia Hebrea también significa «convertirse».
 
Esas palabras del Cantar nos ayudan a comprender lo que está pasando hoy. Dios, el amado, nos invita a cada uno a bailar diciéndonos: «conviértete, date la vuelta, que te quiero ver».
La invitación a la conversión no es la riña de alguien exigente que está enfadado con lo que hacemos, sino una llamada amorosa a que demos media vuelta para encontrarnos cara a cara con el Amor. Nadie nos empuja para reñirnos. Alguien que nos quiere se haacordado de nosotros y nos envía un mensaje para que nos veamos y hablemos a fondo, abriendo el corazón.
 
Bien. Pero, en cualquier caso, «no tengo pecados» ¿de qué me voy a convertir?
Hay muchos modos de explicar lo que es el pecado, pero me parece que también la Sagrada Escritura nos ayuda a aclararnos con lo que es.
En hebreo «pecado» se dice jattat. ¿Sabéis cuál es en la Biblia el antónimo, la palabra que expresa el concepto apuesto a jattat? En español tal vez diríamos que lo contrario de pecado es «buena acción», o algún teólogo diría que «gracia». En hebreo, el antónimo de jattat es šalom, paz. Esto quiere decir que para la Biblia ni «pecado» ni «paz» son exactamente lo mismo que para nosotros.
 
En el libro de Job se dice que aquel hombre al que Dios invita a reflexionar y cambia, experimentará šalom (la paz) en su tienda y cuando revisen su morada, no habrá jattat (no faltará nada) (cfr. Jb 5,24). Eran nómadas y para ellos la tienda era su casa. Una casa está en «pecado» cuando falta algo necesario o cuando lo que hay está desordenado. Está en «paz» cuando da gusto verla y estar allí: todo bien instalado, limpio y en su sitio.
Cuando nos miramos por dentro, tal vez nuestra alma y nuestro corazón están como nuestra habitación o como el piso en que vivimos: con la cama si hacer, la mesa sin quitar los restos de la cena, con unos periódicos tirados por encima del sofá, o el fregadero lleno de platos esperando que alguien los lave. ¡Qué a gusto se queda el alma y el corazón cuando limpiamos los cacharros, y ponemos orden! Por eso en la confesión, cuando hacemos zafarrancho de limpieza en el jattat que llevamos por dentro, nos dan la absolución y nos dicen «vete en paz (šalom)», estás en orden.
Hoy, que comenzamos la cuaresma, el Señor nos llama con amor: šubi, šubi šulamit, šubi, šubi… «vuélvete, date la vuelta que te quiero ver». Él nos quiere y nos conoce bien. Sabe que a veces somos un poco descuidados, y quiere ayudarnos a hacer limpieza para que recuperemos la serenidad, la paz y la alegría.
 
Por eso es por lo que San Pablo nos insiste con tanta con fuerza: «en nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios», y ¿para qué retrasarlo? ¿por qué dejarlo para otro día? San Pablo también nos conoce y nos mete prisa: «mirad, ahora es tiempo favorable, ahora es día de salvación». Hoy. 22 de febrero de 2012. Miércoles de ceniza. Aquí mismo tenemos confesores, ahí arriba, que en cinco minutos nos ayudarán a ponernos en forma.
 

Y, una vez, con todo en orden, ¿cómo recorrer bien estos días de Cuaresma?

En el Evangelio de la Misa hemos escuchado que Jesús mismo nos da unas pistas interesantes para concretar unos propósitos que nos ayuden a redescubrir la alegría de amar a Dios y a los demás.
Lo primero que nos sugiere es que nos demos cuenta de que hay mucha gente necesitada a nuestro alrededor, cerca y lejos de nosotros, y no podemos quedar indiferentes ante quienes sufren.
En la primera lectura recordábamos que, ante la crisis de los saltamontes en Judea, Joel decía que es necesario rasgarse el corazón, compartir el sufrimiento con los que padecen.
 
Hoy día estamos viviendo en una profunda crisis económica. Más de cinco millones y medio de personas están en paro en España. Muchos sufren, sufrimos con ellos, la falta de trabajo y todas las necesidades que esto trae consigo. No podemos desentendernos de sus problemas, como si no pasara nada, ni cerrar nuestro corazón. Deben notar que estamos con ellos.
También en otros lugares del mundo la vida diaria es todavía más difícil que aquí, y necesitan ayuda urgente. «Cuando hagas limosna –dice Jesús–, que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha; así tu limosna quedará en secreto, y tu Padre, que ve en lo secreto, te lo pagará» (Mt 6,3-4). Generosidad: este es un primer buen propósito para la Cuaresma.
 
También hay otro tipo de «limosna», que no lo parece, porque es muy discreta, pero es muy necesaria. En su mensaje para la Cuaresma de este año, Benedicto XVI nos hace notar que «hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos».
 
Ese modo eficaz de «limosna» al que se refiere el Papa es la corrección fraterna: ayudarnos unos a otros a descubrir lo que no va bien en nuestras vidas, o lo que puede ir mejor. Algo que tal vez no hacemos mucho hasta ahora, pero que es bien necesario y útil. «Pienso aquí –dice el Papa– en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien».
Aunque debamos superar la impresión de que nos estamos metiendo en la vida de los demás, no podemos olvidar que, sigo citando a Benedicto XVI, «es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cfr. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros».
 
Junto a la limosna, la oración. «Tú –nos dice Jesús–, cuando vayas a rezar, entra en tu aposento, cierra la puerta y reza a tu Padre, que está en lo escondido, y tu Padre, que ve en lo escondido, te lo pagará» (Mt 6,6). La oración no es la mera recitación mecánica de unas palabras que aprendimos de pequeños, es tiempo de diálogo amoroso con quien tanto nos quiere. Son conversaciones íntimas donde el Señor nos anima, nos conforta, nos perdona, nos ayuda a poner orden en nuestra vida, nos sugiere en qué podemos ayudar a los demás, nos llena de ánimos y alegría de vivir.
Y, en tercer lugar, junto a la limosna y la oración, el ayuno. No tristes, sino alegres, como Jesús nos sugiere también en el Evangelio de hoy: «Tú cuando ayunes, perfúmate la cabeza y lávate la cara, para que tu ayuno lo note, no la gente, sino tu Padre, que está en lo escondido; y tu Padre, que ve en lo escondido, te recompensará» (Mt 6,17-18).
Actualmente mucha gente ayuna, se priva de cosas apetecibles, y no por motivos sobrenaturales, sino por guardar la línea o mejorar su forma física. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los cristianos es, en primer lugar, una «terapia» para curar todo lo que nos dificulta ajustar nuestra vida a la voluntad de Dios.
 
En una cultura en la que no nos falta de nada, pasar algún día un poco de hambre es muy bueno, y no sólo para la salud del cuerpo. También de la del alma. Nos ayuda a hacernos cargo de lo mal que lo pasan tantas personas que no tienen que comer.
Es verdad que ayunar es abstenerse de comer, pero la práctica de piedad recomendada en la Sagrada Escritura, comprende también otras formas de privaciones que ayudan a llevar una vida más sobria.
 
Por eso, también es bueno que ayunemos de otras cosas que no son necesarias pero que nos cuesta prescindir de ellas.
Por ejemplo, podríamos hacer un ayuno de Internet limitándonos a usar la red lo necesario para el trabajo, y prescindiendo de navegar sin rumbo. Nos vendría bien para tener la cabeza despejada, leer libros y pensar en cosas interesantes.
También podríamos hacer ayuno de salir de copas en el fin de semana, le vendría bien a nuestro bolsillo, y estaríamos más frescos para hablar tranquilamente con los amigos.
 
O podríamos ayunar de ver películas y series en días entre semana, le vendría muy bien a nuestro estudio.
¿Pasaría algo si ayunásemos todo un día de mp3 y formatos parecidos, y fuésemos por la calle sin auriculares, escuchando el viento y el canto de los pájaros?
Privarse del alimento material que nutre el cuerpo, del alcohol que alegra el corazón, del ruido que llena los oídos y las imágenes que se suceden rápidamente sobre la retina, facilita una disposición interior a mirar a los demás, a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.
Dentro de unos momentos, los sacerdotes y diáconos impondrán la ceniza sobre nuestras cabezas mientras dicen: «Acuérdate que eres polvo y al polvo volverás». No son palabras para asustarnos haciéndonos pensar en la muerte, sino para ponernos en la realidad y ayudarnos a encontrar la felicidad. Solos no somos nada: polvo y ceniza. Pero Dios ha diseñado para cada una y cada uno una historia de amor para hacernos felices. Como decía el poeta Francisco de Quevedo, refiriéndose a aquellos que han vivido cerca de Dios en su vida, que mantendrán su amor constante más allá de la muerte, «polvo serán, mas polvo enamorado».
 
Comenzamos el tiempo de cuaresma. Un tiempo alegre y festivo de dar la vuelta para dirigirnos al Señor y verlo cara a cara. šubi, šubi šulamit, šubi, šubi… «¡Vuélvete, vuélvete –nos dice una vez más–, date la vuelta, date la vuelta, que te quiero ver». No son días tristes. Son días para dejar paso al Amor.
A la Santísima Virgen, Madre del Amor Hermoso, nos acogemos para que al contemplar la realidad de nuestra vida, aunque sean patentes nuestras limitaciones y defectos, veamos la realidad: «polvo seremos, mas polvo enamorado».
 
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