El libro está dividido en tres conferencias o meditaciones. En la primera, la más amplia, se trata de la conciencia moral desde un punto de vista antropológico y fenomenológico. La segunda amplía esa visión hacia la perspectiva religiosa y teológica de la conciencia en relación con el mensaje cristiano. La tercera se ocupa de lo que podríamos llamar la parte que debe poner el sujeto. Todo ello se dirige a iluminar la formación de la conciencia y más en general la educación moral.
1. El bien y la conciencia. Guardini comienza distinguiendo entre obrar por un fin en general y obrar por un deber. El deber no es un fin útil cualquiera sino un fin “intrínsecamente justo”. A esto es a lo que llamamos un “bien”, un bien en sí mismo. Contra todo escepticismo, el bien es algo que existe y adquiere su dignidad por sí mismo y no desde fuera, algo ligado a mi destino supremo e indiscutible. Y a este bien responde la conciencia como el ojo a la luz. La conciencia es así, el órgano natural de captación del bien en distinción con el mal.
La conciencia capta el bien como valor universal que “debe” ser buscado en cada acción, más allá de la merautilidad, de acuerdo con lo que pide la realidad, con las exigencias de las cosas, con lo razonable y justo, con lo que es conforme al ser. De esa forma, la persona, a través de sus propios actos, en cada situación, va madurando en la dirección de la verdad y del amor. La conciencia tiene que ver con lo que la Biblia llama el corazón, es decir el núcleo de la persona, su interioridad, el “fondo del alma”. Gracias a la conciencia, la persona es “como un embajador del bien en el mundo”. Piensa Guardini que en nuestra época la frialdad moral se explica sobre todo porque se ha perdido de vista el valor del bien: su grandeza y densidad, su riqueza y plenitud, y se piensa que no vale la pena el esfuerzo por lograrlo.
Por eso, dice, se impone ahora redescubrir los objetivos de la educación moral: enseñar el valor, la grandeza y plenitud de bien que tiene -valga la redundancia- el actuar bien, educar el deseo ardiente, la alegría y la belleza de ese deber moral, liberándolo de ser visto como mera obligación y carga; enseñar a abrir los ojos ante lo que reclaman los acontecimientos y las cosas; ponderar el poder y la capacidad de comprometerse, reconstituir la comprensión y la unidad de la voluntad y, así, abrir a la luz a y la sabiduría de la moral cristiana, a los hombres y a las mujeres de nuestro tiempo.
A lo largo de este pequeño gran libro, su autor considera la conciencia, lo hemos visto, como el órgano para captar el bien; también como una puerta por la que la eternidad entra en el tiempo, como la cuna de la que surge la historia humana, que es fruto de la libertad; como una ventana abierta a la vez sobre la eternidad y sobre los acontecimientos cotidianos.
La conciencia avisa, diríamos hoy, como una luz o un piloto rojo en el salpicadero del coche sobre los nivelesde gasolina o de aceite, como un termómetro que indica la temperatura corporal. Nos informa sobre el modo en que el bien definitivo y eterno pide ser realizado aquí y ahora, quizá en una pequeña acción.
La conciencia, entiende también Guardini, es como nuestra suprema brújula, que puede estropearse por superficialidad y frivolidad (conciencia laxa), por rigorismo, obsesión y escrúpulo (conciencia escrupulosa) o, finalmente, por alteraciones psicológicas de la percepción de la realidad, y en general por falta de armonía entre la inteligencia y la voluntad, los sentidos y los afectos.
Por eso, deduce el autor, a la formación de la conciencia le corresponde también: educar la mirada para abarcar el contenido de la situación y ver a las personas como son y también la circunstancias; tener en cuenta la experiencia de la realidad; educar el deseo y el valor del bien, la fuerza de la voluntad y la valentía de la decisión. Ha de enseñar a obedecer y crear, mirar, comprender y juzgar, penetrar y decidir.
La formación de la conciencia es la educación para ser capaces de salir del círculo del propio “yo”. En efecto, y el secreto de la conciencia –no puede ser otro- es la apertura al amor.
2. El “acuerdo” (o la conformidad) con Dios. Ahora bien, este salir del propio “yo”, según Guardini solamente puede lograrse del todo por medio de la realidad religiosa. El bien “no es una ley que cuelgue fija de alguna parte. No es una simple idea. No es un concepto instalado en el aire. No, es algo vivo. Digámoslo sin ambages: es la plenitud del valor del mismo Dios vivo. La santidad del Dios vivo: he ahí el bien”.
A partir de ahí reformula su idea sobre la conciencia: “La conciencia es por tanto el órgano para la realidad viviente y para el contacto con Dios; para el querer de Dios”: es decir, el órgano capaz de captar la realidad de Dios y su voluntad, su presencia y su Amor. Un órgano, por tanto, capaz deguiarnos en el actuar en Su presencia, bajo Su mirada, actuar por el honor de Dios, vivir en Dios, como dice la Escritura.
Por eso, observa nuestro autor, la conciencia es también un testigo o testimonio de Dios. Así es, y por eso la conciencia se ha considerado como el santuario donde resuena la voz de Dios. Y al que vive de fe, observa Guardini, Dios le da la gracia de una conciencia clara para que “se haga su voluntad en la tierra como en el cielo”.
Y exclama: “¡Qué significado preciosísimo y profundísimo adquiere aquí la conciencia!”. Y atención a lo que sigue: “Pero todo esto alcanza su plenitud en el misterio de nuestra elevación a (ser) hijos de Dios”. Desde ahí avanza en su comprensión de la moral: “El cumplimiento de la ley moral no es ya solamente el cumplimiento de un deber abstracto, sino la edificación de nuestra salvación”. Se trata, en efecto, de colaborar con la salvación propia y de los demás, sobre la base de la iniciativa salvadora de Dios uno y trino y en el marco de la familia de la Iglesia, de la vocación y misión de los cristianos en el mundo y para el servicio de la humanidad.
3. El ejercicio del recogimiento. En su tercera meditación, el autor considera que la conciencia tiene un carácter de llamada divina a participar de la santidad de Dios, que pide una respuesta por parte del cristiano.
Por eso está lleno de significado el hecho, que Guardini evoca, de que nuestro “nombre” se nos ponga en el Bautismo, aludiendo a la “piedrecita blanca” de la que habla de Biblia: "Al vencedor le daré maná escondido y le daré también una piedrecita blanca, y, grabado en la piedrecita, un nombre nuevo que nadie conoce, sino el que lo recibe" (Ap 2, 17). Ciertamente, esto se ha interpretado en el sentido de que nuestro “nombre” es aquél que solo Dios conoce y que solo Él podría expresar quizá así y de ningún otro modo menos completo: “Fulanito de tal, al que yo llamé para tal misión y que la realizó de tal o de tal manera”.
Pero, reconoce Guardini, comprender todo esto y prestarse a ello no es fácil ni automático. Solo puede desarrollarse y funcionar a nivel humano con los años de la maduración interior y la experiencia exterior, pasando por las sucesivas etapas de la persona, y a nivel de la fe, con la gracia de Dios. En este contexto nuestro autor subraya la importancia del sacramento de la Confirmación, al que considera “el sacramento de la conciencia cristiana”.
En definitiva, la formación de la conciencia solamente se lleva a cabo “dilatando, corrigiendo e iluminándonos a nosotros mismos” por la apertura a la gracia divina. Es lo que llamamos el crecimiento en la "vida interior". Guardini sintetiza este proceso en el término recogimiento, pues, en efecto, la formación de la conciencia, como parte de la educación de la fe, debe enseñar a cultivar la profundidad del espíritu, la contemplación, el examen o la vigilancia interior, la plenitud de la justicia, la pasión por el bien; y, para todo ello, la vida espiritual con su cortejo de virtudes, la oración y la paz interior, la escucha de la Palabra de Dios y la oración.
Al final de su libro sobre la conciencia, "voz viviente de la santidad de Dios en nosotros", Guardini recoge una oración. Su autor es John Henry Newman, Newman, beatificado por Benedicto XVI en 2010, considera que la conciencia cristiana es maestra, luz y voz de Dios, facilitadora y guía de la escucha, sanadora de la mirada, purificadora del corazón:
“Dios mío, tengo necesidad de Ti, necesito que me instruyas cada día, tal como lo exige la jornada. Señor, ¡concédeme una conciencia iluminada, capaz de percibir y comprender Tu inspiración! Mis oídos están cerrados, por eso no escucho Tu voz. Mis ojos están tapados por eso no veo Tus signos. Solamente Tú puedes abrir mis oídos y curar mi vista, puedes purificar mi corazón. Enséñame a estar sentado a Tus pies, y a escuchar Tu palabra”.
Iglesia y Nueva Evangelización
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En 1845, inmediatamente antes de su recepción en la Iglesia Católica, Newman terminó su ensayo sobre el Desarrollo de la Doctrina Cristiana. ¿En qué consiste este desarrollo de la doctrina?
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Durante 20 años más o menos, como estudiante y docente en Oxford, Newman estudió los cambios en las doctrinas y prácticas de los cristianos a lo largo de los siglos. Durante muchos años aceptó la noción protestante de que las doctrinas y prácticas católicas eran una corrupción del cristianismo primitivo. Sin embargo su estudio del cristianismo y las actitudes de la Iglesia Anglicana le llevaron a revisar esta posición. Empezó a comprender que a lo largo del tiempo el cristianismo fuera incorporando algunas doctrinas y las prácticas religiosas correspondientes. Vio que estos cambios tenían una explicación satisfactoria.
Por ejemplo, vio que la creencia en el Purgatorio era un ”desarrollo” de la comprensión cristiana del perdón de Dios alcanzado a través del sacramento de la penitencia. Constituye un remedio para la pena que no se ha completado en la tierra. El Purgatorio limpia el alma de cualquier adhesión al pecado presente todavía en el alma que muere en estado de gracia. Aunque el Purgatorio no es mencionado expresamente en la Biblia, la doctrina acerca de esta purificación resulta admisible a causa de la naturaleza del desarrollo genuino de la enseñanza de la Iglesia.
Según Newman, ¿cambia la enseñanza de la Iglesia?
Sí y no. Para ser más preciso, la enseñanza de la Iglesia experimenta un desarrollo. Esto no es lo mismo que decir que la enseñanza “evoluciona”. La evolución implica el cambio de una cosa a otra distinta —la enseñanza de la Iglesia no evoluciona a otra cosa distinta. Atribuir esto a Newman es un error. Newman explicó que el desarrollo puede ser correcto o incorrecto. Un mal desarrollo de la doctrina es denominado una corrupción de la enseñanza del cristianismo. Un ejemplo de buen desarrollo es el ejercicio de la autoridad adquirida por el sucesor de San Pedro. Lo contrario sería de hecho una corrupción, es decir, una omisión en el oficio de Pedro establecido por Cristo mismo.
Newman creía que la religión es un conjunto establecido de verdades doctrinales y de prácticas que no cambian sustancialmente; las formas y los elementos externos pueden cambiar o desarrollarse, pero sólo de acuerdo con la realidad original. También es posible conseguir una mejor articulación y una compresión más profunda de estas verdades.
¿Qué sentido tiene transmitir dogmas fosilizados en forma de Tradición sin cuestionar su sentido?
Hay que distinguir entre Tradición en las creencias religiosas y tradiciones sociales y políticas. Las primeras tienen su origen directo en Dios, mientras que las segundas son tradiciones de origen humano. La tradición cristiana es la transmisión oral y escrita de lo que Dios reveló a la Iglesia por medio de los Apóstoles y sus discípulos bajo la guía del Espíritu Santo.
Dentro de esta tradición se distingue la Tradición Apostólica que tiene su origen en tiempo de los Apóstoles o de sus discípulos. La tradición eclesiástica es aquella que se desarrolló en los siglos sucesivos bajo la guía del Espíritu Santo prometida por Cristo a los Apóstoles y sus sucesores.
Los católicos creen que Cristo transmitió a los Apóstoles y sus sucesores inmediatos las doctrinas que Él quiso que transmitieran a los obispos que iban a sucederles. La Tradición consiste en la predicación oral, el ejemplo e instituciones tales como los sacramentos administrados por los Apóstoles. El Espíritu Santo inspiró a algunos hombres a escribir parte de esta Tradición, que ha adquirido la forma del Nuevo Testamento. Tanto la Tradición como la Escritura constituyen el depósito de la fe, que contiene las verdades que Dios quiere que los hombres crean y practiquen. Para ser fiel a lo que Dios ha revelado, cualquier desarrollo de la doctrina debe ser fiel a la Tradición y la Escritura.
¿De qué manera fue puesta en duda o rechazada la doctrina de la Iglesia primitiva?
Al inicio del siglo XVI la tradición eclesiástica, y posteriormente la tradición apostólica, fue cuestionada por una variedad de razones. Fue resultado de la reacción frente a abusos cometidos por hombres de la Iglesia, de una confianza excesiva en la razón humana en los inicios del Renacimiento, y de un gradual debilitamiento de la autoridad de Roma. Como consecuencia de la Reforma Protestante, en el siglo XIX existían en Inglaterra dos prácticas ampliamente extendidas: la práctica de la Religión de la Biblia, que excluía todo lo que no aparecía de forma explícita en las Escrituras, y el ejercicio del “juicio privado” en temas religiosos.
Newman se dedicó a la historia de la Iglesia primitiva. El estudio en profundidad de este periodo y de los escritos de los Padres de la Iglesia le dio un conocimiento de primera mano de la Tradición de la Iglesia. Descubrió que los Padres eran testigos de la Tradición de la Iglesia y de la enseñanza de la Escritura. El estudio de los Padres le permitió evitar aquellos errores y señalarlos a los demás en sus sermones y ensayos.
¿Qué desarrollos consideraría Newman auténticos en la doctrina de la Iglesia?
Newman contemplaría probablemente como desarrollos auténticos de la doctrina católica las diversas enseñanzas sociales de la Iglesia, tales como la noción de bien común y la subsidiariedad, así como las enseñanzas del Vaticano II acerca de la colegialidad de los obispos.
Newman mismo contribuyó en algunos desarrollos a la teología católica, tales como una visión más espiritual del Purgatorio, y una comprensión más profunda del lugar del laico en la Iglesia. Hay mucho que decir acerca de estos temas y especialmente en la influencia de Newman en la promoción de la educación del laico católico, muy en consonancia con la enseñanza posterior del Vaticano II. El Concilio subrayó así mismo, como Newman había señalado anteriormente, que todos los cristianos están llamados por Dios a vivir una vida santa.
A la cuestión entonces de “¿FueNewman un liberal o un conservador?” se debe contestar que ni uno ni otro. Fue un hombre anclado en la Tradición de la Iglesia y en la Escritura, que atendía a la autoridad docente de la Iglesia para enseñar, guiar y decidir en cuestiones doctrinales. Newman proporcionó a los cristianos y teólogos futuros unos instrumentos para juzgar acerca de la validez de los desarrollos de la doctrina. Nos muestra que cualquier buen desarrollo está siempre enraizado en la Tradición y es fiel a la Escritura y sujeto a la autoridad de la Iglesia docente.
Juan R. Vélez
MercatorNet
Con el paso de los años la naturaleza humana se resiente y va perdiendo una gran parte de sus capacidades. Se pierde una gran parte de la percepción de la realidad y la persona reacciona con más dificultad y lentitud ante sus retos.
Pero también es verdad que los ancianos y las ancianas están ahí como presencia benéfica y como demanda moral. Son personas. Y son personas queridas. Muchos de ellos son todavía activos y eficaces. Son la memoria del pasado, la sabiduría del presente y la promesa de un futuro que ha de ser pensado y recreado.
Algunos han vivido durante años amarrados a la prisa y se encuentran ahora frenados por la pausa. Muchos se han mostrado avaros de minutos de negocio y se encuentran al final con las horas alargadas de un ocio sin salidas.
Algunos han creído vivir lejos de Dios y descubren ahora, con asombro y alegría, que el Señor nunca los había abandonado.
Pues bien, también las páginas de la Sagrada Escritura se ofrecen como escenario para las vidas de algunos ancianos, prestan eco a sus dolores, lamentos, protestas o esperanzas. Y alguna vez hasta esbozan una leve reflexión más abstracta, pero siempre experiencial, sobre el sentido mismo de la ancianidad.
Apenas aparecida la buena noticia es acogida por dos ancianos venerables. Simeón y Ana son, después de los pastores, los primeros destinatarios del Evangelio y los primeros evangelizadores. Ellos pertenecen a ese grupo de elegidos de Dios que han descubierto la luz y la anuncian a los demás.
Parecen ser evocados para que sean testigos de que la familia de Jesús cumple con exactitud las normas prescritas por la Ley de Moisés (Lv 12, 2-8; Nm 6, 9-10). Pero, de pronto, se convierten en testigos del gran acontecimiento de la salvación. Es más, su misma presencia es ya un testimonio de la salvación y del Salvador:
«Cuando se cumplieron los días de la purificación, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: Todo varón primogénito será consagrado al Señor, y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor» (Lc 2, 22-24).
Simeón y Ana son recordados como ancianos. En ellos se remansa la sabiduría humana de milenios y la esperanza represada durante siglos de anhelos y de exilios.
Ambos pertenecen a ese pueblo humilde que habían anunciado los antiguos profetas. Son como una prolongación del Antiguo Testamento, que se empeña en presenciar la llegada del Mesías.
Los dos están relacionados entre sí por el templo. A él sube Simeón, movido por el Espíritu. Y en él transcurre Ana los largos años de su viudez, orando día y noche y aguardando la salvación.
Hay en ellos muchos puntos de coincidencia que los convierten en figuras modélicas para la experiencia religiosa del cristiano.
De pocas personas se han pronunciado unos elogios tan hermosos como los que a Simeón dedica el relato del evangelio de San Lucas. Tres notas lo hacen memorable: era un hombre justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel y en él estaba el Espíritu Santo (Lc 2, 25). He ahí unas palabras que, inevitablemente, nos asoman al barandal del misterio.
«Había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo. Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del Señor. Movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios."
El texto no dice explícitamente que Simeón fuera un anciano, pero lo sugiere al poner en sus labios las palabras de aceptación de una muerte que habría de coronar sus expectativas.
Seguramente no es una casualidad que a la triple mención de la Ley (Lc 2, 22.23.24) suceda la triple mención del Espíritu Santo (Lc 2, 25.26.27). Simeón es como el gozne sobre el cual giran las dos puertas de un gran díptico. Una mira al pasado y la otra al presente. En él se encuentran la promesa y el cumplimiento. En él se encuentran la alianza antigua y la nueva. Con él parece retornar el Espíritu de Dios que se creía extinguido. Su subida al templo da lugar a la gran epifanía del Mesías.
Pertenece a la tradición de su pueblo el orar bendiciendo a Dios. Isabel había pronunciado una berakab, es decir, una bendición, al recibir la visita de María. También Simeón «bendijo a Dios» con un himno —conocido como el Nunc dimittis— que evoca las antiguas experiencias de su pueblo:
«Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo irse en paz;
porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel» (Lc 2, 29-32).
Este canto, que la Iglesia ha incorporado a la oración litúrgica del anochecer, es de una conmovedora belleza. La paz, la luz y la gloria son las grandes realidades aportadas por Jesús, que ahora se convierten en motivo de gratitud y de alabanza a Dios.
En sus brazos Simeón sostiene a un niño que había nacido para ser luz de las naciones y gloria de Israel. Un nuevo horizonte de universalidad se abre ante sus ojos cansados. Pertenece a una era nueva esa gozosa percepción de que la salvación se ofrece a todos los pueblos. Dios no es patrimonio de una sola nación o cultura. Su salvación está destinada a todas las gentes (Lc 2, 29-32).
«Su padre y su madre estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: "Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción —¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones (Lc 2, 33-35).
María y José estaban admirados. La fe, como la sabiduría, sólo puede brotar en un corazón asombrado. Con Siméon empieza toda una historia de encuentros con el Mesías, que suscitarán indefectiblemente un sentimiento de pasmo y de sorpresa.
Por los labios de Siméon se anuncia la salvación como un drama de aceptación y rechazo: «Éste está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción». Así lo repetía el hombre justo movido por el Espíritu (Lc 2, 34). Y así sucederá bien pronto en la vida de Jesús y, especialmente, en la hora dramática de su pasión y de su muerte.
Su última frase se dirige personalmente a María. Una espada atravesará su corazón, es decir, toda su persona. A la luz de otros textos del mismo Evangelio (Lc 8, 21; 11, 27-28), la espada sugiere las dificultades para comprender que la obediencia a la Palabra de Dios está por encima incluso de los más sagrados vínculos familiares» (Fitzmyer, 262).
Simeón se presenta, pues, como el que acoge al Hijo de Dios. En la fiesta de la Presentación del Señor (2 de febrero), la Liturgia de las Horas nos ofrece un sermón de San Sofronio, en el que aquel patriarca de Jerusalén nos invita a recibir la luz de Cristo como lo hizo Simeón:
«Ha llegado ya aquella luz verdadera que viniendo a este mundo alumbra a todo hombre. Dejemos, hermanos, que esta luz nos penetre y nos transforme.
»Ninguno de nosotros ponga obstáculos a esta luz y se resigne a permanecer en la noche. Al contrario, avancemos todos llenos de resplandor. Todos juntos, iluminados, salgamos a su encuentro y, con el anciano Simeón, acojamos aquella luz clara y eterna.
»Imitemos la alegría de Simeón y, como él, cantemos un himno de acción de gracias al Engendrador y Padre de la luz, que ha arrojado de nosotros las tinieblas y nos ha hecho partícipes de la luz verdadera.»
Pero Simeón no está solo. Junto a él aparece la figura simpática y atrayente de Ana, que es descrita con unos pocos rasgos que no tienen desperdicio:
»Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, dando culto a Dios noche y día en ayunos y oraciones (Lc 2, 36-37).
Así pues, Ana representa a los profetas, mientras que Simeón representaba a la Ley. Aquellos dos pilares de la fe y de la comunidad de Israel se unen ahora para testificar la llegada del Mesías. Ana nos recuerda a otra Ana, la madre del profeta Samuel (1S 1-2) y también a Judit, viuda como ella, que vivió en ayunos y oraciones y fue un medio privilegiado para la «liberación» de su pueblo.
Su nombre es la transcripción del hebreo Hannáh, que significa «Gracia», Favor[ecida] o Favor[ita], y viene a significar el momento que presencia y anuncia.
El Evangelio de Lucas la presenta como perteneciente a la tribu de Aser, instalada en el Norte, incluso fuera del territorio de Palestina. Había estado casada durante siete años. La versión siro-sinaítica reduce aquel período a ¡siete días! Pero de eso hacía ya muchos años. Cuando Jesús aparece en el templo, Ana parece tener ochenta y cuatro años, según interpretan el dato la mayor parte de los estudiosos. De todas formas, su larga viudez es uno de los signos privilegiados en la Biblia. La mujer viuda y anciana era uno de los modelos clásicos de la pobreza humana y de la compasión divina.
Según el Evangelio, Ana había pasado su larga vida escuchando la Palabra de Dios. Y ahora en el templo dedicaba sus días y sus noches al culto a Dios, representado por el ayuno y la oración. La asiduidad del culto a Dios la volvemos a encontrar en boca de Pablo, atribuida a las doce tribus de Israel (Hch 26, 7). Ello nos hace pensar que Ana es presentada aquí como un símbolo de todo su pueblo.
Simeón y Ana. Un mismo Espíritu los mueve. Un mismo escenario los alberga. Y un mismo misterio los reúne. Pero el texto parece subrayar una menuda y dichosa distinción que los asocia en una misión compartida y compartible. Tal vez no sea una casualidad que Simeón se dirija a los padres del Niño mientras que Ana habla a todos los que esperan la liberación de Jerusalén. El primero medita y anuncia, la segunda proclama y predica. Simeón anuncia la proyección universal del mensaje. Ana invita a Israel a descubrirlo:
«Como se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret» (Lc 2, 38-39).
Ana alaba a Dios y habla del Niño a todos los que esperaban la redención de Israel. Es interesante anotar que el verbo que aquí se refiere a la alabanza pública que Ana dedica a Dios no aparece más veces en todo el Nuevo Testamento. El análisis del texto sugiere, además, que la buena anciana no se limitó a hablar aquel día de Jesús, sino que <sus palabras sobre el Niño siguieron difundiéndose más allá de los muros del santuario» (Fitzmyer, 266). Así pues, Ana descubre al Salvador y proclama la hora de la salvación, es decir, de la redención y del »»rescate», que evoca la antigua liberación de su pueblo del poder opresor de los egipcios.
Ana contempla al Salvador y anuncia la llegada de su salvación. En eso consiste su don de profecía.
Entre las personas que vivían a la espera de la novedad de Dios, el evangelista Lucas nos presenta a dos personas ancianas: Simeón y Ana. Además del papel teológico que desempeñan en el texto, Simeón y Ana nos descubren el misterio y ministerio de una ancianidad que, en medio de la algarabía -como la de aquel templo de Jerusalén- abren su espíritu al paso del Espíritu. Son dos «testigos» que nos hablan de las posibilidades de una ancianidad al servicio del Evangelio y la evangelización.
El pequeño Jesús es presentado al templo para cumplir los requisitos ordenados por la Ley. Y ellos son los primeros en reconocerlo y en anunciarlo públicamente. Se podría decir que, tras los pastores y los magos, Simeón y Ana son los primeros discípulos y apóstoles del Mesías.
Simeón es el hombre justo y piadoso, lleno del Espíritu. Por él pasa el eje que separa el mundo de la Ley y el mundo del Espíritu.
Y Ana, con su clarividencia, descubre en Jesús al Mesías de Israel y así lo anuncia a todos los que esperan la liberación. San Lucas ha querido ver en estos dos ancianos los prototipos del profetismo más auténtico.
En la última edición del Martirologio Romano (2001), se ha optado por acercar la memoria de Simeón y Ana a la fiesta de la Presentación, y figura el 3 de febrero.
La corrección fraterna posee una profunda entraña evangélica. Jesús exhorta a practicarla en el contexto de un discurso sobre el servicio a los más pequeños y el perdón sin límites: “Si tu hermano peca contra ti, ve y corrígele a solas tú con él. Si te escucha, habrás ganado a tu hermano”1.
El fundamento natural de la corrección fraterna es la necesidad que tiene toda persona de ser ayudada por los demás para alcanzar su fin, pues nadie se ve bien a sí mismo ni reconoce fácilmente sus faltas. De ahí que esta práctica haya sido recomendada también por los autores clásicos como medio para ayudar a los amigos.
Corregir al otro es expresión de amistad y de franqueza, y rasgo que distingue al adulador del amigo verdadero (9). A su vez, dejarse corregir es señal de madurez y condición de progreso espiritual: “el hombre bueno se alegra de ser corregido; el malvado soporta con impaciencia al consejero” (Admoneri bonus gaudet; pessimus quisque rectorem asperrime patitur)(10).
El cristiano precisa del favor que sus hermanos en la fe le hacen con la corrección fraterna. Junto a otras ayudas imprescindibles –la oración, la mortificación, el buen ejemplo–, esa práctica –ya presente en la Sabiduría del pueblo hebreo– constituye un medio fundamental para alcanzar la santidad, contribuyendo así a la extensión del Reino de Dios en el mundo: “Va por senda de vida el que acepta la corrección; el que no la admite, va por falso camino” (11).
La corrección fraterna cristiana nace de la caridad, virtud teologal por la que amamos a Dios sobre todas las cosas y a nuestro prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios. Al ser la caridad el “vínculo de la perfección”12 y la forma de todas las virtudes, el ejercicio de la corrección fraterna es fuente de santidad personal en quien la hace y en quien la recibe. Al primero le ofrece la oportunidad de vivir el mandamiento del Señor: “Este es el mandamiento mío: que os améis unos a otros como yo os he amado”13; al segundo le proporciona las luces necesarias para renovar el seguimiento de Cristo en aquel aspecto concreto en que ha sido corregido.
“La práctica de la corrección fraterna –que tiene entraña evangélica– es una prueba de sobrenatural cariño y de confianza. Agradécela cuando la recibas, y no dejes de practicarla con quienes convives”14. La corrección fraterna no brota de la irritación ante una ofensa
recibida, ni de la soberbia o de la vanidad heridas ante las faltas ajenas. Sólo el amor puede ser el genuino motivo de la corrección al prójimo. Como enseña San Agustín, “debemos, pues, corregir por amor; no con deseos de hacer daño, sino con la cariñosa intención de lograr su enmienda. Si así lo hacemos, cumpliremos muy bien el precepto: «si tu hermano pecare contra ti, repréndelo estando a solas con él». ¿Por qué lo corriges? ¿Porque te ha molestado ser ofendido por él? No lo quiera Dios. Si lo haces por amor propio, nada haces. Si es el amor lo que te mueve, obras excelentemente” (15).
[...]
Por tradición, San Dionisio de París es el indiscutible santo nacional de Francia. Iconográficamente se le representa sosteniendo su propia cabeza en las manos. A este santo se le invoca para combatir las jaquecas.
San Dionisio de París (+272) nació en Italia; falleció en Lutecia Parisiorum, la actual París, Francia.
Según las relaciones de San Gregorio de Tours, San Dionisio de París fue enviado hacia el año 250 por el papa Fabiano junto con otros seis compañeros a las Galias, con el fin de evangelizar esa parte del Imperio Romano.
En la actual Francia, San Dionisio fundó numerosas iglesias, y fuede cierto el primer obispo de París. En aquella ciudad romana, llamada entonces Lutecia Parisorum, San Dionisio instauró una iglesia cristiana en una isla del río Sena.
Con la persecución contra cristianos promovida por el emperador Aureliano en 272, San Dionisio fue capturado, junto con el diácono San Eleuterio y el presbítero San Rústico.
El gobernador de la ciudad, Fescennino Sisinio, condenó a San Dionisio a morir decapitado (esta pena capital, considerada digna, alude a una ciudadanía romana de San Dionisio). El martirio de los tres santos tuvo lugar según se cree en la colina parisina llamada actualmente Montmartre (Mons Martyrium).
De acuerdo con la tradición medieval, luego de ser decapitado, San Dionisio se irguió, levantó su cabeza cercenada, y con ella bajo el brazo caminó más de cinco kilómetros (a lo largo de lo que se conoció después como la Calzada de los Mártires).
Al término de ese trayecto, San Dionisio habría encontrado a una mujer romana piadosa llamada Casulla, le habría puesto en las manos su cabeza, y habría caído muerto finalmente. En ese lugar se edificó siglos después una basílica en su honor, llamada de Saint-Dénis.
El culto de San Dionisio de París se propagó paulatinamente durante toda la Edad Media, abarcando Francia y llegando hasta España y Alemania. No se le debe confundir con otros santos del mismo nombre, como San Dionisio el Areopagita.
MONS. ALBERTO ORTEGA
Nuncio del Papa en Irak
“Todavía queda mucho por hacer, mucho por reconstruir. Las casas estaban dañadas o quemadas o destruidas. Todavía queda mucho por hacer. Pero ya casi la mitad, en algunos sitios, casi la mitad de los cristianos que habían dejado sus casas, han podido regresar”.
El nuncio dice que estos cristianos le están dando un gran ejemplo como promotores de perdón y reconciliación, que es lo que más necesita el país para retomar la estabilidad. Y recuerda la historia de una familia cristiana que cuando regresó a casa encontró que dentro vivían otras personas.
MONS. ALBERTO ORTEGA
Nuncio del Papa en Irak
“La casa, pues, había sido ocupada por los musulmanes, una familia con muchos hijos, con mucha necesidad. Entonces esta persona dijo: os podéis quedar por ahora, no voy a regresar todavía. Os hace falta la casa y la dejo para que sigáis. Los musulmanes estaban conmovidos, le abrazaron y le dieron las gracias”.
El representante del Papa recuerda que muchos cristianos rezaban por las personas que les habían perseguido, y que ahora muchos musulmanes que vieron lo ocurrido quedaron removidos.
MONS. ALBERTO ORTEGA
Nuncio del Papa en Irak
“Es un ejemplo precioso y los mismos musulmanes preguntan, los hemos echado, los hemos tratado mal y ahora que tenemos necesidad nos ayudan. Es un testimonio precioso de la victoria del amor y del perdón sobre la guerra y la violencia”.
Después de unos días de trabajo en Roma, regresa a Bagdad con un mensaje del Papa: que reza todos los días por los cristianos de Irak, también para que sigan en su tierra, pues un Oriente Medio sin cristianos seria una realidad distinta.
«El Rosario es la oración que acompaña siempremi vida; es también la oración de los simples y de los santos… es la oración de mi corazón». Estas palabras, escritas a mano y fechadas, significativamente, el 13 de mayo de 2014 (Fiesta de la Virgen de Fátima), son la invitación a la lectura que Papa Francisco redactó para el libro «Il Rosario. Preghiera del cuore» (edizioni Shalom, pp. 210, 5 euro), escrito por el sacerdote de rito copto católico Yoannis Lahzi Gaid, que ya desde hace algunos meses trabaja en la secretaría particular del Pontífice.
El libro del padre Yoannis fue publicado en árabe hace algunos años y, a pesar de que los coptos católicos representen una pequeña comunidad, se imprimieron 130 mil ejemplares. Ahora, la editorial Shalom lo publica en italiano, añadiendo las palabras de Francisco y algunos pasajes de los discursos en los que Bergoglio habla sobre María. La peculiadridad del libro del padre Yoannis (en el que se incluyen la estructura de la tradicional oración mariana, todas las fórmulas y las oraciones, los misterios con los textos evangélicos y el comentario) radica en que ofrece la posibilidad para rezar el Rosario teniendo en cuenta tanto la tradición oriental como la tradición occidental. El lector, pues, podrá encontrar en estas páginas los textos y las oraciones de la liturgia oriental.
Las palabras iniciales de la edición italiana no sorprenden a los que se han ido acostumbrando a conocer al Papa mediante sus gestos y palabras. Ya se han convertido en una costumbre las visitas a la Salus Populi Romani, el ícono mariano venerado en la Basílica de Santa María Mayor (Francisco la visita para rezar antes y después de cada viaje internacional); también es conocida su devoción por la Virgen desatanudos, imagen de origen alemán que él mismo importó a Argentina.
En cuanto al Rosario, en marzo de este año, al recordar ante los micrófonos de la Radio Vaticana el primer año de Pontificado, monseñor Alfred Xuereb (que hoy es ex-secretario del Papa) dijo sobre el Pontífice: «¡No pierde ni un minuto! Trabaja infatigablemente. Y, cuando siente la necesidad de tomarse un momento de pausa, no cierra los ojos y deja de hacer cosas: se sienta y reza el Rosario. Creo que reza, por lo menos, tres Rosarios al día. Y me dijo: “Esto me ayuda a relajarme”. Y luego retoma el trabajo».
Las Témporas, y con ellas las Rogativas, son una antiquísima institución litúrgica ligada a las cuatro estaciones del año. Su finalidad consistía en reunir a la comunidad, para que, mediante el ayuno y la oración, se diese gracias a Dios por los frutos de la tierra y se invocase su bendición sobre el trabajo de los hombres. Las Témporas nacieron en Roma y se difundieron con la liturgia romana, al mismo tiempo que sus libros litúrgicos. Al principio tuvieron lugar en las estaciones del otoño, invierno y verano, exactamente, en los meses de septiembre, diciembre y junio. Pero muy pronto debió de añadirse la celebración correspondiente a la primavera, en plena Cuaresma. Por algunos sermones de San León Magno se concoce el significado de estas jornadas penitenciales, que comprendían la eucaristía, además del ayuno, los miércoles y los viernes de la semana en que tenían lugar. El sábado había una vigilia, que terminaba con la eucaristía también, bien entrada la noche, de forma que ésa era la celebración eucarística del domingo.
La proximidad con algunas grandes solemnidades, como Navidad y Pentecostés, y la coincidencia con algún tiempo litúrgico, proporcionaban un colorido especial a la celebración de las respectivas Témporas. Pretender relacionarlas con cultos naturalistas precristianos es pura imaginación, aunque es evidente su relación con la vida agraria y campesina, la vida propia de aquellos tiempos. En el fondo, las Témporas son un acercamiento mutuo de la liturgia y la vida humana, en el afán de encontrar en Dios la fuente de todo don y la santificación de la tarea de los hombres.
Por eso, hoy, considerada la extensión de la Iglesia y su presencia en los pueblos más diversos, se imponía una revisión y una adaptación de esta vieja celebración litúrgica, que ya no tiene por qué ser agraria ni campesina únicamente, sino que puede ser muy bien urbana y cercana a las preocupaciones del hombre del cemento y del reloj de cuarzo. Lo importante es que en un día, o en tres, según la duración elegida, se viva y se celebre la obra de Dios en el hombre y con la ayuda del hombre; con un espíritu de fe y de acción de gracias propios del creyente, que sabe que lo temporal tiene su propia autonomía, pero sin romper con Dios y sin ir en contra de su voluntad salvadora: «Todo es vuestro; pero vosotros sois de Cristo, y Cristo, de Dios» (1 Cor 3,22-23).