Restos de la persecución a los cristianos en Oriente

Dispararon al menos 6 veces para intentar destrozar el cuerpo de Cristo. Es la puerta de un sagrario de una parroquia de la ciudad siria de Kessab. La filial de AlQaeda en Siria, al-Nusra, y otros grupos yihadistas ocuparon esa ciudad durante meses.

Esta cruz, destrozada por el ISIS, pertenece a una parroquia de Batnaya, en Irak.

En otro templo, los terroristas tirotearon esta estatua de la Virgen María.

Tampoco se libró de la profanación perpetrada por los yihadistas este otro Cristo decapitado.

Tenían un objetivo claro: eliminar la presencia cristiana de Irak y de Siria, sus gentes, sus objetos litúrgicos y sus raíces.

Estos restos, que testimonian una auténtica limpieza étnica, han sido expuestos muy cerca del Vaticano. El gobierno húngaro los ha recopilado en esta exposición que, tras visitar Budapest, Nueva York y Washington, ha recalado en Roma.

MÁRK ÉRSZEGI
Embajada de Hungría ante la Santa Sede
“Hay personas, no tan lejos de nosotros, que, en algunas ocasiones, deben de dar su propia vida o sufrir discriminaciones diarias a causa de su fe en Jesucristo. Está bien que estos objetos, estas fotos y sus voces lleguen a nosotros, lleguen a Roma, especialmente ahora que se habla de los jóvenes, para que nos demos cuenta de lo importante que es nuestra fe y de cuánto le debemos”.

Cuando no usaron las balas, emplearon el fuego para acabar con los libros de oraciones y las Biblias. En algunas iglesias, no dejaron ni rastro. Y muchas de las que dejaron en pie las emplearon como campo de tiro.

No solo en Siria e Irak. También hasta Egipto se ha extendido el extremismo como una mancha de aceite. Estos son los rostros y las historias de los 21 cristianos coptos decapitados por el ISIS en una playa libia.

Su delito fue ser cristianos, nazarenos. Por eso, marcaban con esta letra, la “n” en árabe, las casas de los infieles. Nada más autoproclamar su estado del terror, el ISIS envió esta misiva a los cristianos con un ultimátum: convertirse, morir o pagar la jizya, un impuesto para los no musulmanes. Incluso, los yihadistas acuñaron su propia moneda, estos dinares de oro.

El mapa de Oriente Medio está lleno de heridas, sangre derramada de los cristianos que no han querido marcharse de su tierra o renegar de su fe.

O simplemente, como hizo el padre Ragheed Ghani, no cerrar las puertas de su iglesia. Este sacerdote iraquí fue asesinado por unos extremistas en Mosul en el año 2007, después de la misa dominical. En 2014 su tumba, que se encuentra en Karamlesh, fue profanada de esta forma por los milicianos del ISIS.

RomeReports

Informe Fides: 447 misioneros católicos han sido asesinados entre los años 2000 y 2017

En Irán también hay persecución -extrema- a los cristianos, promovida por el gobierno.

La agencia vaticana Fides publicó un extenso informe en el que señala que, entre los años 2000 y 2017, han sido asesinados 447 misioneros católicos en todo el mundo.

En el informe titulado ‘Jóvenes misioneros testigos de Cristo hasta dar la vida’, dado a conocer por la Oficina de Prensa del Vaticano, se detalla que “en el periodo comprendido entre el 2000 y el 2017 fueron asesinados violentamente 447 misioneros y misioneras: 5 Obispos, 313 sacerdotes, 3 diáconos, 10 religiosos, 51 religiosas, 16 seminaristas, 3 miembros de institutos de vida consagrada, 42 laicos, 4 voluntarios”.

 

 

Sin embargo, precisa el informe, “esta cifra es menor de la real porque se refiere solo a los casos confirmados, de los cuales se ha tenido noticia”.

En una entrevista concedida a Fides con motivo de la ‘Jornada de oración y ayuno en memoria de los misioneros mártires’, el Arzobispo Giovanni Pietro Dal Toso, Secretario Adjunto de la Congregación para la Evangelización de los Pueblos y Presidente de las Obras Misionales Pontificias (OMP), señaló que “en la iglesia antigua hubo muchos jóvenes mártires. Pensando en ellos, podemos decir que el testimonio de fe, y también de sangre, no conoce límites”.

“La llamada al don de la vida toca a cada persona bautizada, y los jóvenes pueden dar un ejemplo precioso. Cuando se es joven, se posee un gran impulso y disposición para dar la propia vida”.

El Prelado dijo además que “hay mucha generosidad en los corazones de los jóvenes. No creo que los jóvenes de hoy sean menos generosos que las generaciones del pasado. La juventud, como las otras etapas de la vida, tienen debilidades endémicas, pero los millennials, los jóvenes de hoy, también muestran generosidad: solo hay que pensar en las experiencias de los jóvenes y voluntarios que viajan a los países de misión”.

En Irán también hay persecución a los cristianos, promovida por su Gobierno

En un discurso ante las Naciones Unidas el 20 de septiembre de 2017, el presidente iraní Hassan Rouhani retrató repetidamente a su gobierno como dedicado a la “moderación y respeto por los derechos humanos”. “En Irán nos esforzamos por construir la paz y promover los derechos humanos de los pueblos y las naciones. Nunca toleramos la tiranía y siempre defendemos a los que no tienen voz. Nunca amenazamos a nadie …”, recoge Israel Noticias.

Sin embargo, Rouhani miente, pues la Lista Mundial de Vigilancia de 2018, compilada por Open Doors, una organización de derechos humanos que destaca la persecución mundial de los cristianos, lo deja claro. Irán se encuentra entre las diez peores naciones donde los cristianos experimentan una “persecución extrema”.

Mientras que la mayoría de la persecución de los cristianos en la región del golfo árabe proviene de la sociedad o de grupos islámicos radicales, la principal amenaza para los creyentes en Irán proviene del propio gobierno. El régimen iraní declara que el país es un Estado islámico chiíta y está expandiendo constantemente su influencia. Los intransigentes dentro del régimen se oponen vehementemente al cristianismo y crean graves problemas para los cristianos, particularmente los conversos del Islam. Cristianos y otras minorías son vistos como amenazas para este fin, y son perseguidos como resultado. La sociedad iraní en su conjunto es más tolerante que su liderazgo, gracias en parte a la influencia del islam Sufi moderado y místico.

La mayor parte de la persecución del régimen iraní parece dirigida contra cristianos protestantes y musulmanes convertidos a ramas del cristianismo, como las cepas evangélica, bautista y pentecostal. Debido a que se les niega el derecho a construir iglesias, los cristianos a menudo recurren a reunirse y adorar en secreto. Los informes de que las autoridades iraníes irrumpen en tales reuniones de iglesias en casas, arrestan y arrastran a muchos, si no todos, los cristianos actuales se han vuelto cada vez más comunes.

Los cris­tia­nos de la In­dia re­zan por el fin de las per­se­cu­cio­nes

Algo similar a lo que ocurre en Irán acontece en la India, donde, si los cristianos no se con­vier­ten al hin­duis­mo, “de­ben irse de aquí”, que es una de las ha­bi­tua­les ame­na­zas que re­ci­be la co­mu­ni­dad cris­tia­na. La vio­len­cia en la In­dia con­tra los cris­tia­nos es cada vez más ex­plí­ci­ta y ra­di­cal, informa la agencia Asic.

En los pri­me­ros 5 me­ses de 2018 fue­ron re­gis­tra­dos 101 epi­so­dios de vio­len­cia con­tra la co­mu­ni­dad cris­tia­na, así como ame­na­zas e in­ti­mi­da­cio­nes. Tam­bién, se ma­ni­fes­ta­ron ata­ques y agre­sio­nes con­tra en­cuen­tros pa­cí­fi­cos de cris­tia­nos reuni­dos en ora­ción, que afec­tan es­pe­cial­men­te a mu­je­res y ni­ños.

Per­se­cu­tion Re­lief ha lle­ga­do a con­tar más de 1.200 en los úl­ti­mos dos años; de los cua­les cer­ca de 60 fue­ron re­gis­tra­dos en sólo nue­ve me­ses en Ut­tar Pra­desh, el Es­ta­do go­ber­na­do por un santón hin­dú, fa­mo­so por su hos­ti­li­dad ha­cia los que creen en Cris­to.

Se­gún in­for­mó Asia­News, el pas­tor Shi­bu Tho­mas, fun­da­dor de ‘Per­se­cu­tion Re­lief’, afir­mó que cien­tos de mi­les de per­so­nas han par­ti­ci­pa­do en una semana de oración pi­dien­do la li­be­ra­ción de apro­xi­ma­da­men­te 100 pas­to­res y fie­les que se en­cuen­tran re­clui­dos en cár­ce­les, acu­sa­dos fal­sa­men­te de rea­li­zar con­ver­sio­nes for­za­das.

Esta si­tua­ción en In­dia, es en de­fi­ni­ti­va el re­la­to so­bre el su­fri­mien­to de vein­ti­cin­co mi­llo­nes de cris­tia­nos en un país de mil dos­cien­tos mi­llo­nes de ha­bi­tan­tes, don­de la re­li­gión ins­ti­tu­cio­nal es la hin­dú.

Y en este con­tex­to, re­sue­nan las pa­la­bras del Papa Fran­cis­co de­nun­cian­do el dra­ma de la per­se­cu­ción de los cris­tia­nos, como lo hizo el 26 de di­ciem­bre de 2016, a la hora del rezo del Ánge­lus en la pla­za de San Pe­dro.Establecer como imagen destacada 2

“Los már­ti­res de hoy son más que los de los pri­me­ros si­glos. No lo ol­vi­de­mos. El mar­ti­rio cris­tiano con­ti­núa en la his­to­ria de la Igle­sia has­ta nues­tros días. El mun­do odia a los cris­tia­nos por la mis­ma ra­zón que odia­ban a Je­sús por­que ha lle­va­do la luz de Dios a un mun­do que pre­fie­re las ti­nie­blas para es­con­der sus obras mal­va­das. Por esto, hay opo­si­ción en­tre la men­ta­li­dad del Evan­ge­lio y la mun­da­na”, dijo el San­to Pa­dre des­ta­can­do que tam­bién la Igle­sia para dar su tes­ti­mo­nio de la luz y la ver­dad, “ex­pe­ri­men­ta en va­rios lu­ga­res du­ras per­se­cu­cio­nes, has­ta la su­pre­ma prue­ba del mar­ti­rio”.

 

Etiopía: las increíbles iglesias de la “Jerusalén Negra”

Construidas alrededor del siglo XIII, las iglesias rupestres de la ciudad de Lalibela son espectaculares. Salidas directamente de la roca, siguen fascinando a los peregrinos de hoy, que las consideran como una de las maravillas del mundo

Biet Ghiorgis, Iglesia de San Jorge

Etiopía es uno de los estados cristianizados más antiguos del mundo. El país adoptó la religión cristiana en el siglo IV gracias al rey Ezana de Aksum, convertido, según la leyenda, por san Frumencio de Tiro, primer obispo de Aksum en Etiopía. En el siglo XIII, cuando la expansión musulmana dificultó las peregrinaciones a Tierra Santa para los cristianos en Etiopía, el rey Gebre Mesqel Lalibela decidió construir una “nueva Jerusalén”, popularmente conocida hoy como la “Jerusalén negra”. Para su construcción escogió un lugar en la región montañosa del norte del país.

“En el mundo no hay nada parecido”

Durante siglos, peregrinos y visitantes han venido a admirar este espectacular conjunto situado a una altitud de 2.630 metros. Once iglesias, talladas en un solo bloque de piedra. En 1520, uno de los primeros europeos que visitó Etiopía, el sacerdote portugués Francisco Álvares, las describió. Cuenta que le deslumbraron estos majestuosos bloques en forma de cruz: “En mi opinión, en el mundo no hay nada parecido, iglesias talladas con arte en la roca viva. Tengo que dejar de hablar de estos impresionantes edificios, porque estoy seguro de que muchos no me creerán y pensarán que exageré”.

Un alto lugar espiritual protegido

Este extraordinario conjunto, excavado en la toba volcánica roja a 12 metros de profundidad, presenta dos tipos de iglesias: las monolíticas, talladas por completo en la roca, con las fachadas al aire libre, y las hipogeas, que se adentran en la cara de una pared o acantilado.

Sin embargo, las iglesias, que en la actualidad constituyen una importante atracción turística, siguen desempeñando un papel importante en el cristianismo etíope. Todavía acogen celebraciones religiosas y los peregrinos acuden en masa durante las grandes fiestas. Para el festival anual del Timget, que conmemora el bautismo de Jesús y la Epifanía, los fieles se reúnen alrededor de la iglesia de piedra Bete Giyorgis. Una comunidad religiosa vive allí durante todo el año para acoger a los peregrinos.

 

+ info - San Frumencio de Etiopía

 

¿Cómo reaccionaron los primeros cristianos ante el mundo que les rodeaba?

A veces, aparece la tentación de atribuir la expansión del Evangelio a prodigios y milagros. Sin embargo, la fe fue el prodigio que arrastró a hombres de toda clase, condición y cultura. La fe, y el amor hacia Cristo.

Las preguntas del filósofo Justino

Aún faltan unas horas para que amanezca. Un hombre pasea por la orilla de una playa, contemplando el mar. Es famoso en muchos círculos intelectuales. No tarda en descubrir a otra persona en este lugar ahora desierto: es un anciano. El intelectual se pregunta qué puede hacer aquí a estas horas, pero no dice nada. Sólo lo mira, sorprendido. El anciano percibe su desconcierto y se dirige a él. Le explica que espera a unos familiares, que están navegando. La conversación prosigue. El intelectual opina sobre cualquier tema: cultura, política, religión. Le gusta hablar. El anciano sabe escuchar y he aquí que, cuando interviene, lo hace con sentido cristiano. Tal vez, en otra ocasión, el intelectual hubiera ironizado o dado por terminado el diálogo. Sin embargo, la sencillez del anciano le desarma. El intelectual puede no compartir sus ideas, pero reconoce que tienen mucho en común. Mira con simpatía la fe inocente del anciano. Pasan las horas. Se despiden. Nunca se volverán a ver.

El intelectual no olvidará este encuentro. Meses después, comprenderá que sólo las palabras del anciano parecen dar razón de sus ansias de verdad. Un encuentro fortuito le ha acercado a la fe, abriéndole un horizonte más amplio del que le presentaban todas sus ideas anteriores. Al poco tiempo, Justino, el filósofo, recibirá el bautismo y se convertirá en uno de los más grandes apologetas cristianos

Tal vez un suceso similar se ha producido en amigos nuestros, o en nosotros mismos. La historia de San Justino es actual porque las respuestas a las preguntas que el hombre no puede dejar de hacerse –el sentido de la vida, la posibilidad de la felicidad, el modo de lograrla, la existencia del sufrimiento– sólo se encuentran en Cristo. Sin embargo, no es evidente que en la Cruz esté la felicidad y la plenitud de la vida. Tal vez por eso, en ocasiones desviamos nuestra atención del problema. Buscamos huir del dolor a cualquier precio; pero el dolor es inevitable. Dirigimos la vida hacia el éxito, la seguridad del dinero, el placer; pero son fundamentos que se demuestran falsos, que acaban saturando y fallando. Al final sólo queda la soledad que sintió el hijo pródigo, el desamparo del hombre que ha intentado construir su vida sin Dios

Al leer las Confesiones de San Agustín o las vidas de los primeros conversos, descubrimos que sus inquietudes esenciales son las mismas que las del hombre de hoy. Las mismas ansiedades, las mismas soluciones, los mismos sucedáneos, la misma única respuesta real: Cristo. Hay quien intenta negar esta realidad, presentando a los hombres del siglo I como incapaces de diferenciar realidad y ficción. Se presenta la creencia en Dios como imposible a la luz del progreso actual, incompatible con el sentido moderno de la libertad. Tal modo de considerar a los primeros cristianos –¡y a sus coetáneos!– les hace poca justicia: también en la antigua Roma abundaban modernos que aprovechaban el progreso para su mayor placer y defendían en nombre de la libertad los propios egoísmos.

Los primeros cristianos supieron afrontar las mismas dificultades que nosotros, correspondiendo a la gracia. Incluso puede que sus dificultades fueran objetivamente mayores, pues vivieron en un mundo ajeno a las ideas del cristianismo. Un mundo en el que, junto a un nivel técnico y cultural nunca antes conocido, palabras como “justicia” o “igualdad” estaban reservadas a unos pocos; donde los crímenes contra la vida eran moneda común; donde la diversión incluía contemplar la muerte de otros. A veces se habla del mundo moderno como post-cristiano, con un tono negativo. Tal consideración olvida que incluso quienes buscan negar el mensaje de Cristo, no pueden –ni quieren– prescindir de sus valores humanos. El terreno común es patente a los hombres de buena voluntad, que nunca faltan. De algún modo, la realidad, después de Cristo, es cristiana.

La piedad de los primeros cristianos

¿Cómo reaccionaron los primeros cristianos ante el mundo que les rodeaba? A veces, aparece la tentación de atribuir la expansión del Evangelio a prodigios y milagros. Cabe el error de pensar que, disminuidos éstos, sólo queda resignarse a los errores que nos circundan. Olvidamos entonces que Cristo es el mismo ayer, hoy y siempre, que no se ha acortado su mano. Y olvidamos también que la mayoría de las primeras comunidades cristianas no vio ningún signo extraordinario. La fe fue el prodigio que arrastró a hombres de toda clase, condición y cultura. La fe, y el amor hacia Cristo.

Los primeros cristianos eran conscientes de poseer una nueva vida. El hecho, sencillo y sublime, del Bautismo les había dado una nueva realidad: nada podía ser igual. Eran depositarios y participaban del amor de Jesús por todos los hombres. Dios habitaba en ellos, y por eso los primeros cristianos intentaban buscar la voluntad divina en cada momento; actuar manifestando la misma docilidad del Hijo a los planes del Padre. Así, a través de su vida diaria, de su coherencia heroica –a menudo heroica sólo por su constancia–, Cristo vivificó el ambiente que les rodeaba. Pudieron ser instrumentos de Dios porque quisieron actuar siempre como Jesús mismo. San Justino reconocerá en el anciano de la playa al hombre que le llevó a la fe, a pesar de que su conversión fue posterior. Priscila y Aquila descubrieron las potencialidades de Apolo. Hoy vemos que las consecuencias de tales encuentros son incalculables. No cabe pensar en los apologistas sin Justino; en la expansión del cristianismo sin Apolo. Y todo dependió de un instante: ¿qué hubiera pasado si el anciano no hubiera tomado la iniciativa y preguntado a Justino si se conocían?; ¿si Aquila o Priscila hubieran admirado la oratoria de Apolo y hubieran seguido su camino? No lo sabemos. Lo que sí sabemos es que correspondieron a la moción del Espíritu que les llevó a descubrir esa ocasión, y Dios llenó de frutos su docilidad. En ellos se cumplió lo que San Josemaría quería de sus hijos, y de todos los cristianos: Cada uno de vosotros ha de procurar ser un apóstol de apóstoles.

Si ellos podían responder a las mociones del Espíritu en su alma era, en primer lugar, porque cultivaban una profunda vida de piedad. Sabían reservar varios momentos de su día para tratar más al Señor. No los dejaban al azar. Consideraban que de esos momentos de trato más íntimo dependía encontrar también al Señor durante el resto de la jornada.

Numerosos textos de los primeros siglos permiten acercarse al modo en que los cristianos de entonces vivían su fe. Al levantarse, daban gracias a Dios puestos de rodillas. En tres momentos del día oraban con el Padrenuestro, sin reducirlo a una repetición de palabras: los comentarios de los Padres y de los primeros escritores eclesiásticos muestran cómo lo relacionaban con la actividad ordinaria. Entre otras consideraciones, esta oración les ponía frente a su filiación divina, que no quedaba en una realidad abstracta. Al pedir por sus enemigos, se preguntaban por el modo en que podían manifestarles el amor de Dios. En el momento de pedir el pan encontraban una relación con la Eucaristía, agradeciendo tal don; en la misma petición descubrían la necesidad de estar desprendidos de los bienes terrenos, no queriendo más de lo necesario ni preocupándose en exceso por las carencias. El Padrenuestro se convertía en la síntesis de todo el Evangelio y en la norma de la vida cristiana. Los mismos momentos elegidos para este tipo de oración les recordaban los misterios de la fe y la necesidad de identificarse con Jesús a lo largo del día, hora a hora: «Ciertamente, a la hora de tercia descendió el Espíritu Santo sobre los apóstoles (...). El Señor fue crucificado a la hora de sexta, a la de nona lavó con su sangre nuestros pecados». La catequesis, la formación que recibían, nunca separaba el misterio cristiano de la vida.

Muchos fieles cristianos practicaban el ayuno los miércoles y los viernes, los dies stationis. El trabajo continuaba; pero toda la jornada se teñía de un firme deseo de vigilancia, concretada en la petición por los demás hombres. Como soldados de guardia, quienes seguían esta costumbre se veían a sí mismos velando en la presencia de su Señor. Y esta práctica de piedad tenía consecuencias en el ambiente que les rodeaba: «de la comida que ibas a tomar calcularás la cantidad de gasto que correspondería a aquel día y lo entregarás a una viuda, a un huérfano o a un necesitado». Es conmovedor este vínculo que, a lo largo de siglos de cristianismo, une la verdadera piedad con la caridad.

La Eucaristía ocupaba un lugar privilegiado. La asiduidad a la palabra de Dios, las oraciones y la fracción del pan no se reducía a los domingos. Algunos textos de los primeros escritores cristianos permiten ver a unos hombres que frecuentaban la Sagrada Comunión entre semana, a veces a costa de incomodidades para no romper los ayunos voluntarios. Cualquier pequeño sacrificio era nada con tal de fortalecer la unión con Jesús. Hombres y mujeres sabían que, cuanto más unidos estuvieran a Cristo, más fácilmente podrían descubrir lo que Dios esperaba de ellos, las ocasiones que Él tenía preparadas para hacer llegar la felicidad plena a tantos hombres.

No se consideraban estas practicas de piedad como imposiciones obligatorias de la fe. Eran el modo lógico de corresponder al don recibido. Dios se había dado, ¿cómo los hombres no iban a tratarle, a buscarle? Por eso no se conformaban con mínimos, y se servían de todo lo que honra a Dios para tratarle. De estas normas de piedad –así podríamos llamarlas–, tomaban las fuerzas para mostrar a Cristo en sus obras; para vivir de modo contemplativo, comprendiendo que Él quería servirse de cada una de sus acciones para anunciar el Reino de Dios. No olvidaban que dependían muchas cosas grandes de que se comportaran como Dios quería.

 

Con la fuerza de la caridad

Por eso, la vida de piedad era inseparable de un profundo apostolado. En algunos casos, los amigos de los primeros cristianos percibirían cambios en su modo de vida: la dignidad de la condición cristiana es incompatible con muchas acciones consideradas entonces, como ahora, normales. Los cristianos aprovechaban este contraste para explicar la razón de su esperanza y de su nueva actitud.

Destacaban cómo su postura era más acorde a la dignidad del hombre, y que su fe no les hacía negar lo bueno del mundo: «no me baño durante las saturnales para no perder el día y la noche, pero sí a la hora conveniente que me conserve el calor y la salud (...). No como en la calle, en las fiestas del Liber; pero allí donde ceno, lo que tú ceno». Explicaban que su actitud permitía guardar el propio corazón para Dios y los demás, porque «si huimos de los pensamientos, mucho más rechazaremos las obras». Rompían así el sofisma de una moral puramente exterior, pues lo que procede del corazón es lo que hace impuro al hombre.

 

Alguna vez la conversión al cristianismo no se notaría exteriormente, al menos en un primer momento. Abundaba gente que, antes de su bautismo, era conocida por su rectitud: San Justino, el cónsul Sergio Pablo, Pomponia Grecina, el senador Apolonio, los Flavios y muchos otros pueden servir de ejemplo. Los historiadores romanos recogieron algunos nombres ilustres; pero la mayor parte de los primeros cristianos eran personas corrientes que reconocieron la verdad en el mensaje del Señor, movidos por la gracia. El hecho de encontrar la fe en edad adulta hizo que su profesión y sus relaciones sociales adquirieran aún más valor: formaban el ambiente donde Cristo iba a actuar en y a través de ellos.

En ningún caso decidieron autoexcluirse o aceptar que se les separara de la sociedad en la que habían crecido y a la que amaban. Ciertamente no transigían con lo que ofendía a Dios, pero buscaban excederse en el cumplimiento de sus deberes y sabían que su acción contribuiría a un mundo más justo. Los testimonios son innumerables, pero tal vez la mejor prueba de su actitud sea la incisividad apostólica de los primeros cristianos. Detrás de la historia de cada conversión, encontramos a alguien que mostró con obras que había hecho una elección buena y verdadera. Un hombre, o una mujer, que afrontaba la vida con empuje y alegría.

A la hora de actuar, los cristianos no se planteaban falsas disyuntivas entre lo público y lo privado. Vivían su vida, la misma vida de Cristo. Esto chocaba con la mentalidad de la época, en la que muchos entendían la religión como un instrumento para la cohesión del estado. Tal desconcierto se ve, por ejemplo, en el acta martirial de San Justino. El prefecto Rústico no era capaz de aceptar o comprender las palabras de responsabilidad e iniciativa personal del mártir: «cada uno se reúne donde puede y prefiere. Sin duda imaginas que nos juntamos en un mismo lugar, pero no es así (...). Yo vivo junto a cierto Martín, en el baño de Timiotino (...). Si alguien quería venir a verme, allí le comunicaba las palabras de la verdad». Su acción apostólica era el resultado de la plena libertad e iniciativa de los hijos de Dios. El gran cambio social que propiciaron fue siempre el resultado de numerosísimos cambios personales.

Las incomprensiones eran para los primeros cristianos un acicate para mostrar su fe por las obras. El amor a Dios se mostraba en el martirio. Éste se entendía como testimonio: pero si sufrir martirio físico era el testimonio supremo, la mayoría de los cristianos advertían que debían reflejar un martirio espiritual, mostrando en su vida el mismo amor que movía a los mártires. Durante siglos, “mártir” y “testigo” fueron términos intercambiables, pues correspondían a un único concepto.

Nuestros antepasados en la fe sabían que actuar cristianamente facilitaría la comprensión del Evangelio y que la incoherencia llevaría al escándalo, «porque los gentiles, cuando oyen de nuestra boca las palabras de Dios, se maravillan de su hermosura y grandeza; pero cuando descubren que nuestras obras no son dignas de las palabras que decimos, inmediatamente empiezan a blasfemar, diciendo que es un cuento falaz y un engaño». Benedicto XVI ha recordado la necesidad de mostrar así la caridad de Cristo: «El amor al prójimo enraizado en el amor a Dios es ante todo una tarea para cada fiel».

¡Qué tarea más apasionante hacer presente aquí y ahora el amor que el hombre siempre necesita! Amor que los primeros cristianos manifestaron con su preocupación social, su honradez profesional, su vida limpia y su sentido de la amistad y de la lealtad. En definitiva, con su coherencia. «Nosotros somos siempre y en todo consecuentes y acordes con nosotros mismos, pues obedecemos a la razón y no le hacemos violencia».

A la luz de estas consideraciones, es fácil comprender por qué San Josemaría animó a sus hijas e hijos a imitar a los primeros cristianos. Apasiona vivir como vivieron ellos: la meditación de la doctrina de la fe hasta hacerla propia, el encuentro con Cristo en la Eucaristía, el diálogo personal –la oración sin anonimato– cara a cara con Dios, han de constituir como la substancia última de nuestra conducta [22]. De este modo nuestro trabajo, nuestra vida corriente, manifestarán lo que somos: ciudadanos cristianos que queremos responder alegremente a las estupendas exigencias de nuestra fe en su plenitud.

Experimentaremos el pasmo de los primeros discípulos al contemplar las primicias de los milagros que se obraban por sus manos en nombre de Cristo, pudiendo decir con ellos: “¡Influimos tanto en el ambiente!” .

 

 

“Junto a los jóvenes, llevemos el Evangelio a todos”

Enfocamos la última semana del sínodo sobre los jóvenes celebrando la Jornada Mundial de las Misiones. El mensaje del Papa lleva este lema: “Junto a los jóvenes, llevemos el Evangelio a todos”. La fe cristiana –explica– permanece siempre joven, porque se refuerza continuamente, cuando se abre a la misión.

Es un mensaje sencillo y profundo. La vida es una misión. La fe cristiana compromete –también a los jóvenes– a transmitirla hasta los confines de la tierra. Y esto se lleva a cabo con el testimonio (la vida cristiana, que es fe con obras) del amor.

La vida es misión: “Cada hombre y mujer es una misión, y esta es la razón por la que se encuentra viviendo en la tierra”. Cuando se es joven la vida sorprende y atrae. Vivimos porque Alguien nos ha llamado para una misión: «Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo» (Exhort. ap. Evangelii gaudium, 273)

¿Qué haría Cristo en mi lugar?

Esta es la noticia que nos trae la fe cristiana, y que llena de sentido nuestra existencia. La fe da más motivos, y no menos, para afrontar el mal, como lo ha hecho Jesús. Así han hecho los mártires, así han hecho los santos. ¿Qué haría Cristo en mi lugar? Sin duda, construir puentes y derribar barreras. Es así y la misión de a Iglesia construye puentes no solo entre las culturas y las naciones, sino también entre las generaciones. Puentes que sobrepasan el tiempo, porque “fuerte como la muerte es el amor” (Ct. 8, 6) y más fuerte que la muerte. Quien ama entra en una comunión de Vida que supera los tiempos y reúne a todos en un solo Pueblo, una sola Familia y un solo Hogar –el corazón de Dios–, en el que moran todos los justos que han sido, son y serán; en un solo Cuerpo, el de Cristo, extendido a las dimensiones del cosmos y de la historia; y en un solo Templo, cuyo arquitecto es el Espíritu Santo, Espíritu del amor.

Corazones abiertos

La misión consiste en transmitir la fe hasta los confines de la tierra ¿Cómo se hace esto? Escribe Francisco: “Esta transmisión de la fe, corazón de la misión de la Iglesia, se realiza por el ‘contagio’ del amor, en el que la alegría y el entusiasmo expresan el descubrimiento del sentido y la plenitud de la vida. La propagación de la fe por atracción exige corazones abiertos, dilatados por el amor”.

En efecto, solo el amor no conoce límites. Y el amor es especialmente sensible a las extremas periferias de la fe: los alejados, los indiferentes e incluso opuestos y contrarios. También a cualquier periferia material o espiritual. He aquí una afirmación tan audaz como certera en nuestro tiempo: “Cualquier pobreza material y espiritual, cualquier discriminación de hermanos y hermanas es siempre consecuencia del rechazo a Dios y a su amor”.

Con un lenguaje accesible a los jóvenes les dice el Papa argentino que hoy los confines de la tierra parecen fácilmente “navegables” en el mundo digital. “Sin embargo –observa–, sin el don comprometido de nuestras vidas, podremos tener miles de contactos pero no estaremos nunca inmersos en una verdadera comunión de vida”.

Pero –cabría pensar– ¿no es posible lograr eso, una comunión de vida que rompa puentes y barreras, al margen de Dios, de Cristo y de la Iglesia? Quienes lo han intentado o lo intentan sin conocer el Evangelio no están “al margen” de Dios, ni de Cristo ni de la Iglesia (una cuestión distinta sería el rechazo consciente de la fe).

Le haces falta a mucha gente

Los mártires y los santos –la mayor parte no públicamente conocidos– han procurado responder a la llamada de Jesús (cf. Lc 9, 23-25). Y esto no es una cosa más que hacer en la vida. Por eso apunta Francisco: “Me atrevería a decir que, para un joven que quiere seguir a Cristo, lo esencial es la búsqueda y la adhesión a la propia vocación”. Ciertamente, a la vocación (llamada) se responde en la misión. Y todo cristiano tiene una misión. Descubrir esa misión y seguirla es lo más fascinante y transcendente que puede hacer.

En este sentido, y aludiendo a las experiencias de voluntariado y evangelización, añade el Papa que la formación de cada uno de los jóvenes no es solo una preparación para el propio éxito profesional, “sino el desarrollo y el cuidado de un don del Señor para servir mejor a los demás”.

Concluye invitando a los jóvenes para que descubran, quizá mediante esas experiencias, alimentadas por la oración y complementadas por la ayuda material, una vocación misionera:

“Nunca pienses que no tienes nada que aportar o que no le haces falta a nadie: Le haces falta a mucha gente y esto piénsalo. Cada uno de vosotros piénselo en su corazón: Yo le hago falta a mucha gente” (Encuentro con los jóvenes, Santuario de Maipú, Chile, 17-I-2018).

Ramiro Pellitero.

National Geographic cree que unos restos óseos podrían ser de unos santos mártires del siglo III

Los esqueletos podrían ser de Crisanto y Daría, dos mártires casados de Roma y que fueron enterrados vivos por hacer apostolado.

NATIONAL GEOGRAPHIC,-

Los investigadores que participan en un documental de National Geographic afirman que los dos esqueletos que se investigan en este filme podrían pertenecer a dos santos mártires casados del siglo III en Roma.

 "Toda la evidencia que hemos reunido sobre estas reliquias nos muestran que serían los restos de Crisanto y Daría", señala el líder de la investigación de la Universidad de Génova, Ezio Fulcheri.

Fulcheri explicó además que "esta ha sido una oportunidad que se da muy poco, para estudiar huesos y otras reliquias que se relacionan directamente a una historia cuando ya han pasado casi 2000 años. Lo completo de los esqueletos también es extraño en mártires de ese tiempo, lo que implica que fueron protegidas y veneradas totalmente desde el principio".

Estos restos, compuestos de unos 150 huesos, fueron encontrados en 2008 en la cripta de la Catedral de la ciudad italiana de Reggio Emilia, al norte del país. Las pruebas para averiguar su "edad" arrojan que están entre los años 80 y 340 DC.

El productor general del documental "Explorador: Misterio de los Santos Asesinados", que se estrenó en Estados Unidos el 19 de abril, señaló que "esta es la primera vez que podemos probar la autenticidad de lo que se cree son reliquias de un santo. Para nosotros ha sido un privilegio hacer parte de esto".

Sin embargo, añadió, "también es posible que estos huesos no sean reales" debido a que en la Edad Media se generó un mercado negro de reliquias.

El obispo Auxiliar de Reggio Emilia, monseñor Lorenzo Ghizzoni, quien también aparece en el documental, asume asimismo este riesgo y comenta que en caso de darse el caso de que los restos sean falsos, "será destruidos porque eso sería ciertamente escandaloso para los fieles".

Crisanto y Daría

La tradición cuenta que Crisanto era el hijo único de un senador romano de Alejandría. Creció en Roma y se convirtió al cristianismo. Su padre desaprobó esta conversión y lo obligó a casarse con una sacerdotisa pagana de nombre Daría para tratar de hacerlo desistir en su nuevo camino de fe.

Sin embargo, Daría se convirtió a la fe de su esposo y se dedicaron juntos a convertir a miles al cristianismo.

Las autoridades romanas los arrestaron por proselitismo y los enterraron vivos en Roma cerca del año 283.

Esta imagen es la última de Karol Wojtyla como cardenal

Es parte de la Historia. El cardenal Wojtyla fue el último en llegar al cónclave del que salió como Juan Pablo II.

 

 

El coche en el que viajaba de camino a Roma se estropeó y tuvo que hacer lo imposible por llegar al Vaticano. Prácticamente todos los fotógrafos que esperaban la llegada de los cardenales se habían marchado pero Maurizio Riccardi no. Por eso, captó esta imagen, la última de Karol Wojtyla como cardenal.

Esta y otras muchas fotografías forman parte del trabajo de más de 30 años de este fotógrafo que siguió de cerca a Juan Pablo II, antes incluso de que fuera Papa.

MAURIZIO RICCARDI

Fotógrafo

"Lo conocí antes porque era el cardenal de mi parroquia y después empecé a seguirlo. Hay muchas fotos, desde el "Habemus Papam” a la foto de "El Papa que vuela” a las últimas fotos. Hay muchas especiales pero la que más para mí es la de Juan Pablo II que vuela, "El Papa que vuela””.

"El Papa que vuela” es esta foto, tomada durante una audiencia general en la Navidad de 1978, en el aula Nervi. Saludaba a los peregrinos con los brazos abiertos y mientras se movía, Riccardi captó esta imagen única.

Toda una vida de recuerdos compartidos con un gigante de la fe es imposible de resumir aunque hay imágenes más significativas que otras. Con esta exposición, que estará unos días en Roma, se quiere rendir homenaje a un Papa inolvidable en el décimo aniversario de su fallecimiento.

Son fotos que se centran en sus gestos, muy reconocibles: su mirada directa, cómo señalaba con el dedo cuando quería insistir en una idea, su sonrisa o la ternura que prodigaba con los peregrinos.

También hay una imagen que impactó especialmente al Papa santo, esta con su predecesor, Juan Pablo I.

MAURIZIO RICCARDI

Fotógrafo

"Se quedó encantado con la foto del Papa que vuela y, sobre todo, con la de los dos Papas. Le gusto muchísimo. Pensó que era casi como un signo. Estaba emocionado”.

Son incontables las imágenes de Juan Pablo II que este fotógrafo tiene en su archivo. Todas ellas hablan de una figura que traspasó todas las barreras y marcó la Historia para siempre.

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Dos videos extraordinarios sobre Juan Pablo II

Juan Pablo II es un ejemplo para todos los católicos. Vivió una vida tan intensa que es fácil que se le escapen los motivos por los que ha llegado tan rápido a los altares. Para ayudarle a conocerlos, le damos algunos ejemplos.

Siete puntos que hacen grande a Juan Pablo II

 

 

El rostro sonriente de Juan Pablo II en la fachada de la San Pedro. Se convierte oficialmente en un ejemplo para todos los católicos. Vivió una vida tan intensa que es fácil que se le escapen los motivos por los que ha llegado tan rápido a los altares. Para ayudarle a conocerlos, le damos algunos ejemplos.

Humanidad

Karol Wojtyla hacía con pasión todo lo que llevaba entre manos. Amaba la poesía y el teatro. Incluso fue actor y escribió una obra antes de ser sacerdote.

Además, fueron decisivos sus años en una cantera y en la fábrica química Solvay.

Juan Pablo II
“Esta experiencia de obrero y a la vez seminarista clandestino me ha acompañado toda la vida. En la fábrica, para hacer mi turno de ocho horas, de día o de noche, llevaba conmigo algunos libros. Mis colegas obreros se extrañaron un poco, pero no se escandalizaron”.

Era el Papa de la puerta de al lado. Un Papa que lloraba de risa, que no tenía miedo a abrazar a las personas.

No tenía miedo

Era un hombre de fe profunda, que confiaba absolutamente en Dios. Se preparó para el sacerdocio en el seminario clandestino fundado por el cardenal de Cracovia. Fue ordenado sacerdote a escondidas, pero siempre invitó a no tener miedo a las dificultades.

“Non abbiate paura...”.

No tuvo miedo a los problemas de salud y nunca los escondió. E incluso, bromeaba con ellos.

“Un Papa caduto ma non decaduto...”.

A lo largo de su pontificado, apeló a la conciencia y no al odio para afrontar el materialismo soviético. Apostó por el entendimiento como camino a la democracia.

Salió al encuentro

Es el líder mundial más visto de la Historia. Ha visitado 129 países en 146 viajes fuera de Italia, el equivalente a tres veces la distancia entre la Tierra y la Luna.

Durante estas visitas se reunió con todo tipo de personas.

“Los mineros queremos que se ponga este casco, que sea un trabajador minero más de Catavi. ¡Creemos en Dios, Padre santo!”

Su primer viaje fue a México, un país del que se enamoró perdidamente.

Su último viaje fue en agosto de 2004, al santuario de Lourdes, en Francia, icono de los enfermos. Falleció ocho meses después.

Pidió perdón

En el Jubileo del Año 2000 pidió perdón por las culpas de la Iglesia católica.

En concreto, por las cruzadas y la inquisición, por la división entre las Iglesias, por la persecución de los judíos, por el machismo y el racismo y por las injusticias sociales.

También perdonó personalmente a Alí Agca, el terrorista que intentó asesinarle en San Pedro el 13 de mayo de 1981.

Santos asequibles

Trabajó para proponer santos cercanos a la gente. Por eso, en sus 26 años de pontificado beatificó a 1.340 personas y canonizó a 483 santos, más que la cifra sumada de sus predecesores.

Elevó a los altares a madres de familia como Gianna Beretta Mola, indígenas como Juan Diego o Kateri Tekawitha, al carismático Padre Pío, a la Madre Teresa de Calcuta o al Papa Juan XXIII.

Jóvenes

Su espíritu auténtico desataba un enorme entusiasmo entre los jóvenes.

Les propuso pasar unos días juntos cada dos o tres años. Son las Jornadas Mundiales de la Juventud. La primera fuera de Roma fue en Buenos Aires (Argentina), en 1987.

Eran encuentros que regalaron algunas de las imágenes más bellas de su pontificado.

Diálogo con religiones

Juan Pablo II tendió puentes con todas las personas. También con quienes no pensaban como él.

Fue el primer Papa que visitó una sinagoga, y llamó a los judíos “nuestros hermanos mayores”.

Juan Pablo II
“Siete i nostri fratelli prediletti e in un certo modo si potrebbe dire i nostri fratelli maggiori”.

Además, visitó una mezquita, la de los Omeyas, en Siria, que custodia la tumba de San Juan Bautista.

También mejoró las relaciones con los cristianos ortodoxos, anglicanos y protestantes. Y convocó a los líderes de todas las religiones a rezar juntos por la paz en Asís, la ciudad de San Francisco.

Juan Pablo II pasará la Historia por muchos motivos. Tantos que muchos ya lo llaman Juan Pablo II el Grande.

Rome Reports

Su vida es admirable por resplandecer en ella la fidelidad con que siguió los movimientos de la gracia.

Conoció a San Antonio Abad, vendió toda su herencia y trató de vivir una vida de contemplación

La primera edad de la Iglesia fue la de las persecuciones que se desataron contra ella, suscitadas principalmente por el Imperio romano durante tres siglos. A esa época le sucedió una era de paz iniciada por el emperador Constantino, que en el año 313 declaró lícito el culto cristiano y él mismo se convirtió al cristianismo. Si en la primera etapa floreció principalmente la fe heroica de los mártires, que ornaron a la Iglesia con la púrpura de su sangre; en la segunda se vieron pulular ejemplos de virtudes sólidas y perfectas.

El 21 de octubre la Iglesia celebra la fiesta de San Hilarión, abad, nacido en Tabatha, cerca de la ciudad de Gaza, en Palestina, Su vida es admirable por resplandecer en ella la supremacía del espíritu y la fidelidad con que siguió los movimientos de la gracia. Unas mociones que le llevaron al desierto, viviendo largos años en la contemplación y desasimiento del mundo material y otras veces le hicieron dedicarse a hacer el bien a aquellos que, subyugados por su ejemplo, le piden que les deje imitar su vida bajo su dirección, y a socorrer milagrosamente con actos de caridad espiritual y corporal a las gentes afligidas que acuden a él implorando su socorro.

La fecha de su nacimiento no consta abiertamente, pero podemos deducirla por el aserto de San Jerónimo, quecuenta que a la muerte de San Antonio (en el año 356), tenía Hilarión sesenta y cinco años de edad. Llamó poderosamente la atención allá donde fue por su abstinencia, recogimiento, oración, humildad, caridad y estupendos milagros, y liberación de espíritus impuros.

Algunos han negado su historicidad, creyéndolo un engendro de la imaginación de los primeros siglos cristianos; pero eso es insostenible ante el testimonio concorde de los escritores más autorizados. San Jerónimo, sobre todo, en su Vita Patrum; San Atanasio, San Epifanio, Sozomeno (que dice que él mismo estaba emparentado con Hilarión), Surio, Metafrastes, Lipomano, Hesiquio (discípulo e íntimo de Hilarión), cuyas citas pueden verse en "Acta Sanctorum" compiladas por el padre Víctor van Bruck, S. I., el cual reproduce la "Vita S. Hilarionis", de San Jerónimo, tomada de varios códices de Bruselas. Y últimamente el profesor Juan Pedro Kirsch, catedrático de Arqueología de la Universidad de Friburgo, da cuenta de un ejemplar descubierto por Papadopoulos-Kerameus, de una vida de San Hilarión, escrita en griego.

Aunque era palestino, Hilarión no era judío, pues los israelitas tenían sus confines muy delimitados. Era, pues, la suya una familia pagana, de posición acomodada. Según lo describe San Jerónimo, cuando salió de su casa para ir a cursar los estudios a Alejandría, emporio entonces del saber humano, era un jovencito de quince años, rubio, de complexión delicada, pero dotado de un alma noble, una voluntad férrea y hambriento de la verdad, cualidades todas que se adaptaban a maravilla para recibir la fe cristiana, la cual, de hecho, recibió en Alejandría. No tenemos pormenores de su conversión; podemos suponer que entre sus condiscípulos los había cristianos, que no serían los peores en su conducta ni los menos distinguidos por su aplicación y aprovechamiento en aquella sede fundada por San Marcos, ilustre por el martirio de Santa Catalina y cuna del gran doctor de la Iglesia San Atanasio.

Hilarión oyó hablar de aquel anacoreta que en el desierto de Egipto llevaba una vida de ángel sobre la tierra, que lo había renunciado todo por imitar más de cerca a Cristo, y no por curiosidad, sino con sincero deseo de aprovecharse, se fue en busca del abad Antonio y lo halló en la Arcadia, extenso territorio desierto en el delta del Nilo. Dice San Jerónimo que, cuando San Antonio vio a San Hilarión, le dirigió este saludo: Bene venisti, Lucifer, qui mane oriris ("Bienvenido, Lucifer, que te levantas al amanecer”), que es la frase que en el profeta Isaías se refiere al ángel caído y que San Antonio la aplica en sentido contrario a Hilarión.

"Dos meses—dice el padre Van Bruck—permaneció con el santo anacoreta, para observar sus costumbres, guardar en su corazón sus palabras y conformar después su vida con aquélla." Cuando a los veintiséis años volvió al hogar paterno se encontró con dos acontecimientos: habían muerto sus padres y quedaba constituido dueño de una pingüe herencia, Lo primero, claro está, le causó dolor; pero, en cuanto al propósito que llevaba en su corazón, le libraba de los lazos que pudieran impedírselo. En cuanto a lo segundo, tenía presente el ejemplo de San Antonio, que, joven como él, había seguido el consejo divino: "Ve, vende cuanto tienes y dáselo a los pobres. Luego ven y sígueme", y así lo realizó. Se estableció en el desierto de Majuma, cerca de Gaza, y allí observó un género de vida similar al de San Antonio. Vestía una camisa de pelo de camello; una túnica exterior tejida de lo mismo y una cogulla.

Vivió la virtud de la sobriedad de una manera particularmente heroica. Es por esto que fue apreciado por gente conspicua como San Epifanio, obispo de Salamina (Chipre); Dracontius, obispo de Hermópolis; Philor, obispo cireneo, y Siderio, obispo de Palebiscenum. Además, evangelizó el país de los nabateos, dejando muy bien dispuesto a su jefe Elusates para su ingreso en la Iglesia.

Realizó varios milagros. El deseo de huir del aura popular que lo admiraba, tanto por su vida virtuosa como por sus milagros en curar las dolencias del cuerpo y las posesiones del demonio, le hacía ansiar la soledad. Finalmente, la amenaza de Juliano el Apóstata, que había ya destruido su monasterio de Majuma el año 362, le obligó a embarcarse en el puerto de Alejandría en la primera nave que partiera. Ésta lo hizo con rumbo a Sicilia. Sin embargo, sus milagros le iban delatando, y así hubo de salir de Sicilia, desde donde pasó a la Dalmacia, estableciéndose en Epidaurum, con Hesiquio. Pero alli también hizo milagros y la gente le buscaba no por su fe, sino por sus milagros.

Deseoso de vivir desconocido, partió para Chipre juntamente con Hesiquio, al que envió a Palestina para visitar a los hermanos y ver las cenizas de su antiguo monasterio. Se estableció en un lugar fragoso llamado Bucolia, donde no había cristianos, sino gente feroz, pero los amansó su virtud y la curación de uno de sus jefes. Cinco años permaneció en aquella soledad, al cabo de los cuales, sintiéndose morir a sus ochenta años, dejó escrito brevemente a Hesiquio que le dejaba su Evangelio, su túnica, su cogulla y un pequeño manto. Corrió la voz de que moría el Santo y acudieron a él algunos cristianos de Pafos, que pudieron oírle: "Sal, sal, alma mía ¿Por qué temes? ¿Ya cerca de setenta años que sirves a Cristo y temes?" Y con esto expiró. Llegó la noticia a Hesiquio en Palestina, que partió al punto para Chipre, personándose en el lugar de la sepultura y, simulando querer vivir allí, trasladó ocultamente las reliquias del Santo, que con avidez fueron recibidas en Chipre, en Palestina y en toda el Asia Menor.

La Iglesia católica cuenta con 7 nuevos santos. Con esta fórmula en latín, pronunciada por Francisco, fueron elevados a los altares Pablo VI, monseñor Óscar Romero, las religiosas Nazaria Ignacia y María Catalina Kasper, los sacerdotes Francesco Spinelli y Vincenzo Romano y el jóven laico Nunzio Sulprizio.

“Declaramos y definimos santos y les inscribimos en el libro de los Santos”.

En su homilía el Papa reflexionó sobre la parábola del joven rico que rechazó unirse a Jesús. Francisco explicó que no todo se puede comprar o está sometido a la ley de la oferta y la demanda. Para seguir a Cristo, dijo, es necesario algo más.

FRANCISCO
“Ven, no te quedes parado, porque para ser de Jesús no es suficiente con no hacer nada malo. Sígueme, no vayas detrás de Jesús solo cuando te apetezca, sino búscalo cada día; no te conformes con observar los preceptos, con dar un poco de limosna y decir algunas oraciones”.

Por eso, Francisco recordó que hce falta dejar espacio en el corazón para Dios en lugar de tenerlo lleno con otras cosas.

FRANCISCO
“La riqueza es peligrosa y, – dice Jesús–, dificulta incluso la salvación. No porque Dios sea severo, ¡no! El problema está en nosotros: el tener demasiado, el querer demasiado sofoca nuestro corazón y nos hace incapaces de amar. Nuestro corazón es como un imán: se deja atraer por el amor, pero solo se adhiere por un lado y debe elegir entre amar a Dios o amar las riquezas del mundo; vivir para amar o vivir para sí mismo”.

El Papa invitó a rezar para pedir la gracia de liberarse de las seguridades del mundo y confiar plenamente en Jesús.

FRANCISCO
“Sin un salto hacia adelante en el amor, nuestra vida y nuestra Iglesia se enferman de “autocomplacencia egocéntrica”: se busca la alegría en cualquier placer pasajero, se cierra en la murmuración estéril, se acomoda en la monotonía de una vida cristiana sin ímpetu, en la que un poco de narcisismo cubre la tristeza de sentirse imperfecto”.

Por último, aseguró que aligerar el corazón de bienes hace que sea más libre para amar a Dios y transmitir la alegría. Tal y como hicieron estos nuevos siete santos.

Fuente: Rome reports

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