Pero esta pequeña composición tiene, además, otro valor: es la oración más antigua que se conoce de las dirigidas a la Virgen. Según los estudiosos, data del siglo III, y probablemente de en torno al año 250.
Este hecho quedó de manifiesto a mediados del siglo XX, después de que en 1938 la biblioteca John Rylands de Manchester –dueña de una amplísima colección de códices del Nuevo Testamento– publicara el hallazgo de un papiro de origen egipcio que contenía este texto en griego. Este papiro se encontraba dentro de un lote comprado en Egipto más de 20 años antes por esta institución.
En el texto, de diez líneas, estaba escrito este texto: "Bajo tu misericordia nos refugiamos, oh madre de Dios. No desprecies nuestras oraciones en la desgracia, sino líbranos del peligro; tú la única pura y la (única) bendita". Dado que el papiro estaba roto en algunos trozos, el texto se ha reconstruido utilizando la misma oración en copto, que los cristianos egipcios han mantenido sin cambios desde la época en que se compuso y en que, supuestamente, se puso por escrito.
Como explica el escritor y apologeta italiano Vittorio Messori en su libro Hipótesis sobre María, se trata de un tropárion o breve himno añadido al final de una liturgia ya que, dentro de la misma, nunca se dirige una oración a la Virgen. Este uso del texto corresponde al uso que todavía se le da hoy al 'Bajo tu amparo', que es una de las antífonas marianas que se propone después del rezo de completas en la liturgia de las horas.
Como puede observarse, la traducción literal del griego ("bajo tu misericordia") difiere de la que pasó al latín, "sub tuum praesidium" o "bajo tu amparo". "El término griego traducido como praesidium" –explica Messori– "indica, en realidad, literalmente, la cualidad de quien 'tiene buenas entrañas'". Es el mismo término que el Evangelio utiliza para describir la conmoción “hasta las entrañas” de Jesús, la compasión del buen samaritano y la turbación del padre al ver regresar al hijo pródigo. "Desde el principio el instinto de los creyentes ha reconocido en María a la que está más cerca de la misericordia divina".
Con el descubrimiento del papiro, se produjo una pequeña revolución en la mariología. Hasta entonces, en la Iglesia Católica se consideraba que seguramente fuera una antífona de la época de Carlomagno, pues la referencia más antigua de ella se remontaba al siglo IX. Pero al retratarse su datación al siglo III y convertirse así en la oración mariana más antigua, ese pequeño y mal conservado trozo de material de escritura, con aquellas letras griegas, desmentía todo lo que habían afirmado los teólogos de la Reforma: que el culto a María era un añadido tardío y ajeno al cristianismo original.
Tal vez fuera consciente de estas implicaciones C. H. Roberts, el papirólogo que hizo público el hallazgo en 1938; nada menos que 21 años después de la adquisición del papiro. Protestante convencido, aseguró que el papiro seguramente era tardío. Era incapaz de imaginar otra cosa distinta a que esa oración fuera fruto de un desarrollo mariológico alejado de los inicios de la Iglesia.
"Fueron sus mismos colegas" –relata Messori– "quienes lo desmintieron y hoy hay unanimidad en el reconocimiento de que ese texto no puede remontarse más allá del siglo III". De lo cual se deduce que esa oración, que está escrita como si de una estampa se tratara, debía datar de un tiempo antes y estaría ya extendida y consolidada por aquel entonces.
Hasta que se descubrió el papiro con el 'Sub tuum praesidium', de hecho, se excluía la posibilidad de que hubiera podido existir el culto oficial a María antes del Concilio de Nicea, en el año 325. Más significativo aún resulta que en la oración se utilice la expresión 'madre de Dios', un concepto que muchos excluían que hubiera podido existir de forma oficial antes del Concilio de Éfeso, en el 431.
Con todo –subraya Messori– el descubrimiento de la antigüedad de esta oración no solo permitió demostrar que la devoción a María es mucho más cercana a los orígenes del cristianismo de lo que se creía hasta entonces. En sus escasas 30 palabras, hay además indicios de algunos rasgos de esta devoción que luego se han incorporado en la teología católica pero que han sido criticados en ámbitos protestantes.
Por ejemplo, se habla de 'la única pura y la (única) bendita', sugiriendo que en María hay una pureza que no se encuentra en ningún otro creyente o santo. Es decir, se apunta al "'privilegio mariano' que siempre ha suscitado reacciones fuera del catolicismo (y, desde hace algún tiempo, también dentro) como si fuese una categoría elaborada según visiones teológicas abusivas, tardías, separadas de la sobriedad del cristianismo primitivo". Invocaciones similares, además, se han encontrado en textos muy antiguos de "todas las iglesias orientales, desde las jacobita hasta la etíope".
Otra de las características importantes de esta invocación a María es que no se la considera simplemente una intercesora ante Dios, sino poseedora de al menos un cierto poder de intervención: 'líbranos del peligro', está escrito en el papiro. Como dice el autor, "'semillas' de un desarrollo ulterior, que se proyectaría en los dos milenios" siguientes.
Fuente: Cope
Vino al mundo el 28 de marzo de 1515 en Ávila, España; tenía una personalidad impactante. Mujer de empuje, audaz, soñadora, apóstol incansable, mística y doctora de la Iglesia, primera a la que se le confirió tan alto honor, escritora, poeta…, ha logrado que su vida y obra, que mantiene su frescura original, prosiga en lo alto de este podium de santidad. Se enamoró de Cristo precozmente, y quiso derramar su sangre por Él siendo mártir a la edad de 6 años; huyó para ello con su hermano Rodrigo, pero los encontraron. La vida eremítica formó parte de sus juegos infantiles. Después, pasó un tiempo entre devaneos, atrapada por el contenido de libros de caballería y el cortejo de un familiar. Su madre murió dejándola en la difícil edad de los 13 años. Internada por su padre a los 16 en el colegio de Gracia, regido por las madres agustinas, echaba de menos a su primo, que era el galán que la pretendía.
Aunque se hallaba en contacto con la vida religiosa, el mundo seguía disputándosela a Cristo; ser monja no estaba en sus planes. Hasta que en 1535, después de ver partir a Rodrigo, casarse a una de sus hermanas, e ingresar una amiga en el monasterio de la Encarnación, hablando con ésta descubrió su vocación, y entró en el convento a pesar de la oposición paterna. Una grave enfermedad la devolvió a los brazos de su padre en 1537. Luchó contra la muerte y venció, atribuyéndolo a san José, aunque le quedaron secuelas. En 1539 volvió a la Encarnación. La vida en el convento era, como hoy se diría, demasiado light. Tanta apertura y comodidades, entradas y salidas, no eran precisamente lo más adecuado para una consagrada. Y en la Cuaresma del año 1544, el de la muerte de su padre, ante la imagen de un Cristo llagado, con ardientes lágrimas suplicó su ayuda; le horrorizaba ofenderle.
Era su amor vehemente, sin fisuras, alimentado a través de una oración continua: «La oración no consiste en pensar mucho, sino en amar mucho». Comenzó a experimentar la vida de perfección como ascenso de su alma a Dios, y a la par recibía la gracia de verse envuelta en místicas visiones que incendiaban su corazón, aunque hubo grandes periodos templados por una intensa aridez. Susurros de su pasión impregnaban sus jornadas de oración: «Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero...». Demandaba fervientemente la cruz cotidiana: «Cruz, descanso sabroso de mi vida, Vos seáis la bienvenida […]. En la cruz está la vida, y el consuelo, y ella sola es el camino para el cielo…».
Hacia 1562 vivió la experiencia mística de la transverberación: «Veía un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo, en forma corporal, lo que no suelo ver sino por maravilla [...]. No era grande, sino pequeño, hermoso mucho, el rostro tan encendido que parecía de los ángeles muy subidos que parecen todos se abrasan. Deben ser los que llaman querubines [...]. Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle, me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios».
En otra de las visiones le fue dado a contemplar el infierno. Fue tan terrible que determinó el rigor de su entrega y emprendió la reforma carmelitana así como su primera fundación. Tenía 40 años, y Dios iba marcándole el camino que debía seguir. San Juan de la Cruz se unió a su empeño. La reforma no fue fácil. Las pruebas de toda índole, insidias del diablo, contrariedades, problemas internos, dudas y vacilaciones de su propio confesor, así como el trato hostil dispensado por la Iglesia, entre otros, le infligieron grandes sufrimientos. A pesar de su frágil salud, tenía un potente temperamento y no se dejaba amilanar; menos aún, cuando se trataba de Cristo. Así que, acudió a los altos estamentos, se codeó con reyes y nobleza, fue donde hizo falta, y se entregó en cuerpo y alma a tutelar y enriquecer espiritualmente las fundaciones con las que regó España. Todas nacieron a impulso del mismo Dios que las inspiraba.
Era una excepcional formadora. Tenía alma misionera; lloró amargamente pensando en las necesidades apostólicas que había en tierras americanas, donde hubiera querido ir. Plasmó sus experiencias místicas en obras maestras, imprescindibles para alumbrar el itinerario espiritual como «El camino de la perfección», «Pensamientos sobre el amor de Dios» y «El castillo interior», que no vio publicadas en vida. La Inquisición estuvo tras ella; incluso quemó uno de sus textos por sugerencia de su confesor. Fortaleza y claridad, capacidad organizativa y sabiduría para ejercer el gobierno, confianza y entereza en las contrariedades, humildad, sencillez, sagacidad, sentido del humor, una fe y caridad heroicas son rasgos que también la definen.
Devotísima de San José decía: «solo pido por amor de Dios que lo pruebe quien no creyere y verá por experiencia cuan gran bien es recomendarse a ese glorioso Patriarca y tenerle devoción». Aunó magistralmente contemplación y acción. Recibió dones diversos: éxtasis, milagros, discernimiento… Murió en Alba de Tormes el 4 de octubre de 1582. Pablo V la beatificó el 24 de abril de 1614. Gregorio XV la canonizó el 12 de marzo de 1622. Pablo VI la declaró doctora de la Iglesia el 27 de septiembre de 1970.
Isabel Orellana Zenit.org
Pero, ¿por qué rezar el Rosario a diario? ¿Qué beneficios trae al que cada día se pone a los pies de María con esta oración? Sor Lucía Dos Santos, una de las tres videntes de Fátima dejó por escrito en un libro las respuestas a estas cuestiones.
Esta Sierva de Dios a la que se le apareció la Virgen por primera vez en 1917 explicó en Llamadas del Mensaje de Fátima que la Madre de Dios invitó a rezar el Rosario desde que se apareció a estos pastorcillos en la primera ocasión. “Reza el Rosario todos los días, para obtener la paz para el mundo y el final de la guerra”, alentó la Virgen en su mensaje inicial.
Estos son las 7 razones que sor Lucía da para rezar a diario el Rosario que recoge National Catholic Register y traduce Aciprensa:
Se adapta a las posibilidades de cada uno
Sor Lucía dice que Dios es un Padre que “se adapta a las necesidades y posibilidades de sus hijos”, porque “si Dios, por medio de Nuestra Señora, nos hubiera pedido que fuéramos a la Misa y recibiéramos la Sagrada Comunión todos los días, sin duda habrían muchísimas personas que dijeran, con toda razón, que eso no era posible”.
Sin embargo, la Sierva de Dios precisó que “rezar el Rosario es algo que todos pueden hacer, ricos y pobres, sabios e ignorantes, grandes y pequeños”, en cualquier lugar, en común o en privado y en diferentes momentos.
Nos pone en un contacto familiar con Dios
Sor Lucía indica que esta oración sirve “para ponernos en contacto con Dios, agradecerle por sus beneficios y pedir las gracias que necesitamos”.
“Es la oración que nos pone en contacto familiar con Dios, como el hijo que acude a su padre para agradecerle por los regalos que ha recibido, para hablar con él sobre preocupaciones especiales, para recibir su guía, su ayuda, su apoyo y su bendición”, añadió.
Es la oración más agradable para recitar después de la Misa
Sor Lucía afirma que después de la Santa Misa, rezar el Rosario –teniendo en cuenta su origen, las oraciones que contiene y los misterios que se meditan–, “es la oración más agradable que podemos ofrecer a Dios y la más ventajosa para nuestras propias almas”.
“Si ese no fuera el caso, Nuestra Señora no lo habría pedido con tanta insistencia”, sostuvo.

Las cuentas del Rosario ayudan a cumplir nuestros ofrecimientos diarios
Sor Lucía responde cualquier inquietud sobre el número de oraciones en el Rosario, aclarando que “necesitamos contar, para tener una idea clara y vívida de lo que estamos haciendo, y para saber positivamente si hemos completado o no lo que habíamos planeado ofrecer a Dios cada día, para preservar y mejorar nuestra relación de intimidad con Dios y, por este medio, preservar y mejorar en nosotros mismos nuestra fe, esperanza y caridad”.
Ayuda a recibir mejor la Eucaristía
En su libro, la vidente de Fátima asegura que se puede considerar el rezo del Rosario como “una forma de prepararse para participar mejor en la Eucaristía, o como acción de gracias” después de haber recibido el Cuerpo de Cristo.
Ella agrega que, si bien se pueden usar muchas oraciones excelentes para prepararse para recibir a Jesús en la Eucaristía y preservar nuestra relación íntima con Dios, no cree que haya “una más apropiada para la gente en general que la oración de los cinco o quince misterios del Rosario”.
Preserva las virtudes teologales
“Dios y Nuestra Señora saben mejor que nadie lo que es más apropiado para nosotros y lo que más necesitamos. Además, el Rosario será un medio poderoso para ayudarnos a preservar nuestra fe, nuestra esperanza y nuestra caridad”, sostiene Sor Lucía.
Evita caer en el materialismo
La hermana Lucía va directamente al grano y asegura que “aquellos que dejan de decir el Rosario y no van a la Misa diaria, no tienen nada que los sustente, y terminan por perderse en el materialismo de la vida terrenal”.
Formas “desconcertantes” de ataque del demonio
“La Iglesia ha tenido desde siempre que lidiar con divisiones y pecados, aunque hoy asistimos a formas desconcertantes, porque uno no se las esperaría. Cuando se hacen más evidentes las tentativas diabólicas para desgarrar el vestido de la Esposa de Cristo, hay que recurrir a la oración, que es fuente de comunión y de paz. Y el Rosario es una forma probada de oración, tanto personal como comunitaria”, afirma el sacerdote montfortano Corrado Maggioni. Subsecretario de la Congregación para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos –un nombramiento de Francisco–, es profesor en la Pontificia Facultad Teológica Marianum y en el Pontificio Instituto Litúrgico San Anselmo de Roma. Y ha dedicado a la Virgen numerosas publicaciones.

El religioso explica en Avvenire el sentido de la iniciativa lanzada por Bergoglio. “Que el Papa señale una intención especial de oración, en particular en octubre, mes del Rosario, es una práctica conocida. Este año Francisco recomendó acudir a la ayuda de la Madre de Dios y de San Miguel Arcángel con el fin de no quedar atrapados en los lazos del diablo ‘que busca siempre separarnos de Dios y separarnos entre nosotros’. Las divisiones en la Iglesia siempre hacen el juego al diablo, una palabra griega que significa ‘el que divide’. La misión el diablo, en efecto, es justo provocar confusión, distorsionar la visión de las cosas, desacreditar, insinuar la sombra allí donde resplandece la luz”.
La invitación del Pontífice se inserta en el corazón del mes del Rosario por excelencia, octubre. De hecho, el 7 de octubre se celebra la memoria litúrgica de la Santísima Virgen María del Rosario. “Este vínculo remonta al siglo pasado –aclara el padre Maggioni-. Tras las apariciones de Lourdes (1858), en las que María se apareció con el Rosario en las manos, se abrió camino la costumbre de rezarlo todos los días de octubre con motivo de coincidir en este mes la evocación de la Virgen del Rosario, que se celebra hoy el 7 de octubre.
Esta costumbre, alabada por el Beato Pío IX, quien le asoció indulgencias, se difundió en toda la Iglesia con León XIII, quien lo hizo obligatorio en los días de octubre en todas las iglesias, indicando el rezo del Rosario como la vía segura para implorar de Dios, con la potente intercesión de María, serenidad y paz para la Iglesia y para la sociedad. Ése fue el periodo en el que el rezo del Rosario, a partir del mes de octubre, se difundió habitualmente en las familias más fervientes como cotidiana oración vespertina”.
Y en este escenario de 2018 la oración, en particular el Rosario, es propuesta por el Papa Francisco como fuerza par vencer al “gran acusador”.
“Es verdad”, subraya el mariólogo de la Compañía de María, la congregación más comúnmente conocida como los montfortianos, “la oración es fuerza porque permite recibir la fuerza del Espíritu de Cristo, vencedor del Maligno. Según las palabras de Jesús, el Espíritu Santo es nuestro abogado, el defensor seguro, quien impide al acusador, que es precisamente el diablo, dar vueltas por el mundo cobrándose víctimas”.

Y el padre Maggioni insiste en que se sepa: “Hoy las noticias diabólicas, es decir, que buscan la división, dan la vuelta al mundo en pocos minutos, envenenando los corazones. La oración es el modo del que disponemos para conectarnos con el Espíritu de Dios que trabaja para unir, suscitar concordia, crear armonía. Sin duda es sobre todo la misa dominical la que nos permite nutrirnos del Espíritu de Cristo. A su luz, también el Rosario, con las repeticiones de Padrenuestros, Avemarías y Glorias, meditando los misterios de la vida de Cristo, nos ayuda a custodiar la unión con Él y a huir de las garras del ‘gran acusador’”.
La más antigua oración mariana
Del Papa llega también una sugerencia más. Bergoglio pide que al final del rezo del Rosario, nos volvamos a la Virgen con la invocación Sub tuum praesidium.
“Es la más antigua oración mariana, difundida por Oriente y Occidente, encontrada en 1927 sobre un papiro egipcio de finales del siglo III, que dice: ‘Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios’ –observa el subsecretario de la Congregación para el Culto Divino-. Su valor doctrinal es relevante porque aparece el título Theotokos, es decir, Madre de Dios, antes de su reconocimiento en el Concilio de Éfeso en 431. También es evidente su valor como culto, porque es una súplica dirigida directamente a María. Aunque ignoramos qué prueba la habrá inspirado, está claro que era un recurso común de los fieles a la Madre de Dios, seguros de que ella los ayudaría a causa de su maternidad divina. Buscar la protección de María no contradice el refugiarse en Dios, es más, lo facilita. ¿Dónde encontrar a Dios sino en aquella que nos lo ofreció como salvador y liberador del maligno? María es la casa en la que Dios mismo ha hecho morada. Buscamos refugio en ella para no engañarnos, arriesgándonos a buscar al liberador allí donde no se encuentra. Desde aquí se eleva la conmovedora invocación: ‘No desoigas nuestras súplicas en las necesidades que te presentamos y líbranos de todos los peligros’. Se suplica a la ‘Virgen gloriosa y bendita’ seguros de que, en lo que de ella dependa nuestra liberación del mal, no puede no concederlo y socorrer a quien la invoca. El Papa nos llama pues a pedir a María que ponga la Iglesia bajo su manto ‘para defenderla de los ataques del maligno, el gran acusador, y hacerla, al mismo tiempo, cada vez más consciente de las culpas, de los errores, de los abusos cometidos en el presente y en el pasado y comprometida a luchar sin ninguna vacilación para que el mal no prevalezca’”.
avvenire
San Calixto es uno de los cementerios subterráneos más grandes de la ciudad, con cerca de 500 mil sepulturas. Cada año recibe miles de turistas que, interrogados por la historia de la cristiandad, quieren conocer los vestigios de la Iglesia primitiva.
Con el nuevo descubrimiento y un recién inaugurado museo, los responsables de las Catacumbas esperan recordar aún mejor a los primeros cristianos.

Orfeo es un personaje dela mitología griega. Según los relatos, cuando tocaba su lira, los hombres se reunían para escucharlo y hacer descansar sus almas. De esta manera enamoró a la bella Eurídice y logró dormir al terrible Cerbero cuando bajó a los infiernos a intentar resucitarla.
Luego de un largo proceso de restauración, el Orfeo de San Calixto y las demás imágenes que componen todo el conjunto se pueden admirar en todo su esplendor. Para lograrlo, los técnicos de la Pontificia Comisión de Arqueología Sagrada concentraron sus esfuerzos en estas catacumbas cuyo nombre viene dado por el Papa Calixto, quien se encargó del complejo antes de ser Pontífice.
Delante de la Cripta de los Papas –llamada así porque allí se encuentran las sepulturas de varios Sumos Pontífices del siglo III– existe un pequeño cubículo o estancia que hasta hace poco estaba mal conservada.
Es ahí donde se iniciaron las labores y se descubrió todo el conjunto pictórico de Orfeo. Su figura está rodeada de imágenes como pavos reales, aves que vuelan, monstruos marinos y flores que representan el mundo y todos los elementos que lo componen. La pintura data del 230-240 d.C. y recuerda al Edén, al paraíso, en el que Orfeo es imagen de Cristo.
Gracias a los trabajos, se han descubierto también nuevas tumbas así como 300 monedas, fragmentos de lámparas de cristal y mármoles que cubrían las criptas de la zona.
Con todo este material y otros hallazgos que permanecían guardados, como sarcófagos e inscripciones de los siglos III y IV, la Comisión ha decidido crear el Museo de la Torreta.
Los responsables de las Catacumbas piensan que el hallazgo del Orfeo y la inauguración del museo son buenas opciones para visitar durante el Jubileo Extraordinario de la Misericordia que dará comienzo el próximo 8 de diciembre y que fue convocado por el Papa Francisco.
Perteneciente a una familia patricia, Cecilia se convierte al cristianismo en su juventud. Se casa con Valeriano, a quien también acerca a la fe, y los dos deciden vivir virginalmente.
Poco después, Valeriano, que se ocupaba de recoger y sepultar los restos de los mártires, es descubierto y decapitado. Cecilia también es delatada ante las autoridades.Intentan asfixiarla en las calderas de su casa y, tras salir ilesa, es condenada a muerte por decapitación.

La ley romana contemplaba que el verdugo podía dar tres golpes con la espada. Cecilia los recibe, pero no muere inmediatamente. Tendida en el suelo, antes de exhalar el último suspiro, tuvo fuerzas para extender tres dedos dela mano derecha y uno de la izquierda, testimoniando hasta el final su fe en el Dios Uno y Trino.
Cuando siglos más tarde, en 1599, se inspeccionaron sus reliquias, el cuerpo incorrupto de Santa Cecilia se encontraba aún en esa posición. Maderno la inmortalizó en una escultura que hoy se encuentra en la iglesia de Santa Cecilia en el Trastevere, su antigua casa, donde reposan desde el siglo IX los restos de la santa, y de la que hay una copia en las Catacumbas de San Calixto, en el lugar donde fue inicialmente sepultada.
En el siglo III, el cementerio es donado al Papa Ceferino (199-217), que confía su gestión al diácono Calixto. Nace así el primer cementerio propiedad de la Iglesia de Roma, que un siglo más tarde custodiará ya los restos mortales de dieciséis papas, casi todos mártires. Calixto trabajó al frente de las catacumbas casi veinte años, antes de convertirse en el sucesor del Papa Ceferino como cabeza visible de la Iglesia. Durante ese tiempo, amplió y mejoró la disposición de las áreas principales del cementerio: en especial, la Cripta de los Papas y la Cripta de Santa Cecilia.
Otro mártir que con su testimonio conmovió a la comunidad cristiana es San Tarsicio. En el siglo IV, San Dámaso Papa grabó sobre su sepulcro la fecha exacta en que recibió el martirio: el 15 de agosto del año 257, durante la persecución de Valeriano. Tarsicio era un adolescente que ayudaba como acólito a repartir la Comunión entre los cristianos presos en las cárceles. Aquel 15 de agosto fue descubierto, apresado y amenazado para que entregara las Sagradas Formas. Tarsicio se negó, y prefirió morir lapidado a permitir la profanación del Cuerpo de Cristo.
Sin embargo, en el siglo V, tras el saqueo de Roma llevado a cabo por Alarico, aumenta la inseguridad en el exterior de las murallas de la ciudad y serán cada vez menos frecuentadas.
En el siglo IX, se decide llevar los huesos de los santos a las iglesias que están dentro de la ciudad; y durante la Edad Media las catacumbas van cayendo progresivamente en el olvido:nadie acude a esos lugares y en muchos casos se pierde la memoria de su ubicación.
El interés por las catacumbas renace a partir del siglo XV, habrá que esperar hasta el XIX para que vuelvan a ser valoradas como lugar santo y tesoro de la cristiandad.
Giovanni Battista De Rossi, fundador de la arqueología cristiana moderna y redescubridor de las Catacumbas de San Calixto, cuenta en sus memorias cómo convenció a Pío IX para visitar las excavaciones.
Cuando llegaron a la Cripta de los Papas, De Rossi le explicó las inscripciones y le mostró la lápida que San Dámaso hizo colocar en el siglo IV con los nombres de los sucesores de Pedro martirizados y allí sepultados. Fue entonces cuando Pío IX tomó conciencia de dónde se encontraba. Con los ojos brillantes por la emoción, se arrodilló y estuvo un rato absorto en oración. Era la primera vez, después de casi mil años, que un Papa volvía a poner los pies en este lugar santificado por la sangre de los mártires.
La fuerte persecución iniciada por Nerón a partir del año 64 d. C. llevó al martirio a una ingente cantidad de cristianos. Calificados de ateos (al negarse a dar culto al emperador), peligrosos para la unidad del Imperio y enemigos del género humano, a los cristianos se les atribuían las peores atrocidades: infanticidios, antropofagia y desórdenes morales de todo tipo. Tertuliano, (160-220), lo describía así: No hay calamidad pública ni males que sufra el pueblo de que no tengan la culpa los cristianos. Si el Tíber crece y se sale de madre, si elNilo no crece y no riega los campos, si el cielo no da lluvia, si tiembla la tierra, si hay hambre, si hay peste, un mismo grito enseguida resuena: ¡los cristianos a las fieras!
Hasta el 313, año en que se alcanzó la paz con el Edicto de Milán, la Iglesia vivió perseguida.
Es cierto que las persecuciones no tuvieron siempre la misma intensidad y que, quitando algunos periodos concretos, los cristianos hacían vida normal; pero el riesgo de encontrar el martirio siempre estaba presente: bastaba la acusación de un enemigo para que se diera inicio a un proceso.
Quien se convertía era plenamente consciente de que el cristianismo suponía una opción radical que implicaba la búsqueda de la santidad y la profesión de la fe, llegando, si fuera necesario, a la entrega de la propia vida.

El martirio era considerado entre los fieles un privilegio y una gracia de Dios: una posibilidad de identificarse plenamente con Cristo en el momento de la muerte. Junto a esto, la conciencia de la propia debilidad les llevaba a implorar la ayuda del Señor para saber abrazarlo, si se presentaba la ocasión, y a venerar como modelos a los que habían alcanzado la palma del martirio.
Es fácil imaginar cómo emocionaría a la comunidad cristiana de Roma oír los detalles de la muerte santa de sus hermanos en la fe. Estos relatos eran a un tiempo consuelo y fortaleza para los creyentes, y semilla para nuevas conversiones. Las reliquias de los mártires se recogían y sepultaban con devoción, y a partir de ese momento se acudía a ellos como intercesores.
Desde muy antiguo, la ley romana establecía que las necrópolis, ciudades de los muertos, en griego, debían situarse fuera de las murallas de la ciudad. "Al hombre muerto ni se le sepultará ni se le quemará en la Urbe". Los romanos solían incinerar los cuerpos de los difuntos, pero también existían algunas familias que tenían por costumbre enterrar a los seres queridos en campos de su propiedad, costumbre que se fue imponiendo posteriormente por influencia del cristianismo.Al principio no había separación, y se enterraban juntos a fieles y paganos.
A partir delsiglo II, gracias a las donaciones de algunos cristianos de buena posición social, la Iglesia comenzó a tener sus propias necrópolis, a las que los fieles comenzaron a llamar cementerios (coimeteria, del griego koimáo, dormir): lugares donde los cuerpos reposan en espera de la resurrección.
Así fueron surgiendo las catacumbas cristianas, que no eran, como a veces se piensa, escondrijos o sitios de reunión para las celebraciones litúrgicas, sino lugares de sepultura donde se custodiaban los restos mortales de los hermanos en la fe.
Originariamente, el término catacumba hacía referencia a la zona de la vía Apia que se encuentra entre la tumba de Cecilia Metella y la ciudad de Roma.
Con el tiempo, pasó de ser un toponímico a designar en general el cementerio cristiano bajo tierra.
En los primeros siglos fueron enterrados en ellas muchos mártires y, junto con las tumbas de San Pedro y San Pablo, las catacumbas pasaron a ser lugares de memoria y veneración muy queridos para los cristianos de Roma.
¡Cuántas veces, en los momentos difíciles, se escaparían a implorar la ayuda de Dios por intercesión de aquellos que habían proclamado el Evangelio con su sangre! Movidos por la devoción, era normal que los fieles quisiesen ser sepultados y esperar la resurrección en compañía de los demás miembros de la comunidad cristiana y, si era posible, cerca de algún Apóstol o de algún mártir.

«Pío IX tomó conciencia de dónde se encontraba. Con los ojos brillantes por la emoción, se arrodilló y estuvo un rato absorto en oración. Erala primera vez, después de casi mil años, que un Papa volvía aponer los pies en este lugar santificado por la sangre de losmártires.»
«Quien se convertía era plenamente consciente de que el cristianismo suponía una opción radical que implicaba la búsqueda de la santidad y la profesión de la fe, llegando, si fuera necesario, a la entrega de la propia vida. El martirio era considerado entre los fieles un privilegio y una gracia de Dios.»
(Palabras recogidas en la lápida colocada por San Dámaso en la Cripta de los Papas)
Fue obispo de Antioquía, el sexto después de San Pedro. Es el único de los apologistas que estuvieron revestidos del carácter episcopal, y en una sede tan importante por su antigua tradición.
De Teófilo sólo se conservan los tres libros “A Autólico”, escritos hacia el año 180, que son una apología en defensa de los cristianos, cuya sangre seguía corriendo en sucesivas persecuciones.
Quizá Autólico no sea un personaje real, un pagano que tenía necesidad de ser instruido; encarna más bien a un tipo de pagano que no debía de ser raro a finales del siglo II: un hombre culto, que reconocía en bastantes cristianos a otros hombres cultos como él,pero a quien parecía demasiado simple la doctrina de Cristo.
En plena persecución, Teófilo se atreve a llamar menesterosos y ciegos voluntarios a los escritores ateos, y les dice:
“Comenzad por curar los ojos de vuestra alma cambiando de conducta y entonces veréis más claras las cosas invisibles. Vuestra estupidez, como en otros tiempos la mía, disminuirá entonces y Dios os dará la misma gracia que me concedió a mí: la de revelarse a vosotros”.
(San Teófilo, también en el siglo II, manifiesta con claridad cómo los cristianos –que procuran ser ciudadanos virtuosos- nunca aceptarán el culto al Emperador, pero siempre rezarán por él…)
Yo honraré al emperador, pero no lo adoraré; rezaré, sin embargo, por él. Yo adoro al Dios verdadero y único por quien sé que el soberano fue hecho. Y entonces podrías preguntarme: ¿Y por qué, pues, no adoras al emperador? El emperador, por su naturaleza, debe ser honrado con legítima deferencia, no adorado. El no es Dios, sino un hombre al quien Dios ha puesto no para que sea adorado, sino para que ejerza la justicia en la tierra. El gobierno del Estado le ha sido confiado de algún modo por Dios. Y así como el emperador no puede tolerar que su título sea llevado por cuantos le están subordinados –nadie, en efecto, puede ser llamado emperador-, de la misma manera nadie puede ser adorado excepto Dios. El soberano por lo tanto debe ser honrado con sentimientos de reverencia; hay que prestarle obediencia y rezar por él. Así se cumple la voluntad de Dios. (SAN TEÓFILO DE ANTIOQUÍA, Libros a Autólico 2, 24-27)
Por mi parte, confieso que soy cristiano, y llevo este nombre, grato a Dios, con la esperanza de ser útil para el mismo Dios. (…)
Pues si tú me dices: «Muéstrame a tu Dios», yo te replicaría: «Muéstrame tú a tu hombre, y yo te mostraré a mi Dios». Muéstrame, en efecto, unos ojos de tu alma que vean y unos oídos de tu corazón que oigan. Porque a la manera que quienes ven con los ojos del cuerpo, por ellos perciben las cosas de la vida y de la tierra, y disciernen juntamente sus diferencias, por ejemplo, entre la luz y la obscuridad, entre lo blanco y lo negro, entre la mala o buena figura, entre lo que tiene ritmo y medida y lo que no lo tiene, entre lo desmesurado y lo truncado; y lo mismo se puede decir respecto a los oídos: sonidos agudos, bajos y suaves; tal sucede con los oídos del corazón y los ojos del alma en cuanto a su poder de ver a Dios. (SAN TEOFILO DE ANTIOQUÍA, Primer discurso a Autólico, I, 1, 2)
La luz debe estar bien alta para que ilumine a los demás; no debajo del celemín, es decir, de la gula, ni debajo de lacama, o del ocio, porque nadie que se entregue a la gula y al ocio puede ser luz para los demás. (SAN TEÓFILO DE ANTIOQUÍA, Primer discurso a Autólico, 2, 9)
Cualquiera que se encuentre fiel y prudente, presida la familia del Señor para darle la medida de trigo en todo tiempo, ya por medio de la predicación con la que el alma se alimenta, ya por medio del buen ejemplo, por el que la vida se endereza. (SAN TEOFILO DE ANTIOQUÍA, Primer discurso a Autólico, 6, 18)
Mas tú no crees que los muertos resuciten. Cuando suceda, tendrás que creerlo, quieras o no quieras, y tu fe se contará entonces como infidelidad, si no crees ahora. Mas, ¿por qué no crees? ¿O es que no sabes que la fe va delante de todas las cosas? Pues, ¿qué labrador puede cosechar, si primero no confía la semilla a la tierra? ¿O quién puede atravesar el mar, si primero no se confía a la embarcación y al piloto? ¿Qué enfermo puede curarse, si primero no se confía al médico? ¿Qué arte o ciencia puede nadie aprender, si primero no se entrega y confía al maestro? Si, pues, el labrador cree en la tierra, el navegante en el navío, el enfermo en el médico, ¿tú no quieres confiarte a ti mismo a Dios, de quien tan grandes prendas has recibido? La primera es haberte sacado de la nada al ser. Porque si hubo momento en que ni tu padre ni tu madre existían, mucho menos existías tú. Y te plasmó de una sustancia húmeda y pequeña y de una gota mínima que tampoco existía antes, y finalmente te introdujo en este mundo. (SAN TEÓFILO DE ANTIOQUÍA, Primer libro a Autólico, 5-8)
Conviene mucho que el favorecido tenga agradecimiento y dé las gracias, aunque el bienhechor no tenga necesidad de ello. (SAN TEÓFILO DE ANTIOQUÍA, Libro a Autólico, I, 2, 7)
Del libro:
ORAR CON LOS PRIMEROS CRISTIANOS
Gabriel Larrauri (Ed. Planeta)
Arqueólogos de la Autoridad de Arqueología de Israel (AAI) han hallado una piedra con una inscripción de 2.000 años de antigüedad en la que se lee en hebreo «Jerusalén», lo que la convierte en la más antigua completa encontrada.
La inscripción, hallada en una excavación bajo el Centro de Convenciones de Jerusalén (Binyanei Ha'Uma) cuando se estaba renovando una carretera, se comenzará a exhibir al público mañana en el Museo de Israel, en Jerusalén, y fue presentada hoy a la prensa.
La particularidad del texto, que reza «Hananiah, hijo de Dódalos de Jerusalén», es que es el más antiguo en hebreo que deletrea el nombre de la ciudad santa de forma completa y tal y como se pronuncia hoy.
La piedra estaba en una columna de un edificio romano, donde aparece la inscripción aramea, escrita en letras hebreas características de la época del Segundo Templo (s.I d.C.) y los expertos aseguran que data de la época del reinado de Herodes el Grande.
«Como residente de Jerusalén, me siento emocionado por poder leer esta inscripción, escrita hace dos mil años, especialmente cuando pienso que será accesible a todo niño que puede leer y que usa el mismo alfabeto que hace dos milenios», señaló en un comunicado el profesor Ido Bruno, director del Museo de Israel, en referencia a la recuperación de la lengua hebrea tras el nacimiento del Estado de Israel.
«Las inscripciones de la época del Primer y Segundo Templo mencionando Jerusalén son escasas. Y más inédito es que se deletreen completamente de la forma que lo hacemos hoy, ya que normalmente (el nombre de la ciudad) aparece abreviado», explican el arqueólogo Yuval Baruch, de la AAI, y el profesor de la Universidad de Haifa Ronny Reich.
«Esta es la única inscripción en piedra del periodo del Segundo Templo donde aparece deletreada por completo. Solo se ha encontrado (la palabra así) en otro lugar, en una moneda de la Gran Revuelta contra los romanos (66-77 d.C.)», agregan estos expertos, que precisan que el nombre «Jerusalén» aparece en la Biblia 660 veces, de las que solo cinco están con el texto completo.
Además de la inscripción, el Museo de Israel expondrá también un mosaico griego del s.VI d.C., localizado a las afueras de la Ciudad Vieja de Jerusalén y que conmemora la construcción de un edificio público bizantino por parte del emperador Justiniano, y la cubierta de un sarcófago del x.I d.C., con una inscripción hebrea que lee «Hijo del Gran Sacerdote».
Los primeros días del pasado mes de agosto fueron testigos de la salvaje violencia desatada por las milicias paramilitares Liyu, de religión musulmana, contra los cristianos en la ciudad de Jijiga y la región de la que es capital, Somali, en el sudeste de Etiopía.
En los ataques, perdieron la vida 15 sacerdotes ortodoxos (cuatro de ellos quemados vivos), así como 50 fieles. El trágico balance cuenta además 10 iglesias quemadas o destruidas, así como 20 mil personas desplazadas.
El sacerdote anglo-español Christopher Hartley, misionero en Etiopía, narra ahora en esta estremecedora carta la devastadora persecución que vivió su comunidad.

Era el 4 de agosto de este 2018… y serían más o menos las 9:30 de la mañana… Un día más, un día cualquiera en la vida de la misión. Y sin embargo, sería un día que se recordará para siempre en la misión, como el día de la infamia, en la memoria colectiva de este maltrecho pueblo etíope.
El día había amanecido soleado y abrasador – ¡como siempre! – y ya a esa hora el sol apretaba sobre el caleidoscopio variopinto de las interminables planchas de cinc, de las casuchas apelmazadas y amontonadas sin orden, de las callejuelas de Gode.
Me dirigía al pequeño aeropuerto de nuestra localidad en compañía de un buen amigo sacerdote español, que marchaba de vuelta después de haber compartido con nosotros algunos días la vida de la misión.
Mientras le veía caminar hacia el avión bimotor de Ethiopian Airlines, desde la destartalada terminal de nuestro aeropuerto, – con mucho más de chiringuito que de terminal -, me di la vuelta y de nuevo en mi camioneta, volví a la misión.
Era un día más en la vida de la misión con su entretejido de pequeñas tareas, aparentemente intrascendentes, como puñados de semillitas pequeñas de mostaza que, arrojadas tenazmente hacia el viento, con esperanza terca, nos prometía una fecunda cosecha evangélica para este sufrido pueblo somalí.
No llevaría yo en la misión ni cuarenta y cinco minutos, cuando sonó mi teléfono… al principio no lograba entender lo que la chica me decía entre lloros y gritos desesperados. Por fin, descifré que decía: “¡padre, nos van a matar, están apedreando a los cristianos y quemando las casas de los cristianos! ¡Venga a buscarnos, venga a buscarnos!”.

Y sin pensarlos dos veces, me fui a la ciudad a buscar a las dos mujeres, trabajadoras de nuestra “caritas diocesana”. No sabíamos lo que nos íbamos a encontrar por el camino, el peligro que correríamos, lo que nos podría pasar…
Llegamos a su pequeña oficina, nos esperaban ambas a la puerta con su petate al hombro, se subieron de un brinco, y regresamos a la misión a toda velocidad. Allí, los demás voluntarios, estaban en la capilla rezando el santo rosario, pidiendo por nuestra seguridad y por la paz.
Veíamos aterrorizados las columnas de humo que se levantaban al cielo desde diferentes puntos de la ciudad, especialmente donde se encontraba la parcela de la iglesia ortodoxa.
Mientras, el teléfono no dejaba de sonar, informándonos de que estos mismos acontecimientos se sucedían en todas las otras ciudades de la región somalí de Etiopía, con especial virulencia en Jijiga, capital de nuestra región.
A media tarde me llamó el obispo, para contarme todo cuanto les había pasado a ellos en Jijiga, mientras bendecían una capilla recientemente edificado, con enorme sacrificio, por el párroco.
Cuando ya anochecía, y debido a las múltiples peticiones de ayuda que nos llegaban del director regional del hospital de Gode, decidimos cargar una buena cantidad de medicinas en las camionetas, y nos fuimos al hospital para colaborar con médicos y enfermeras, en las curas y primeros auxilios de los heridos.
Al volver a la misión, nos encontramos que muchos cristianos —católicos y ortodoxos– habían llegado por sus propios medios hasta nuestra casa pidiendo refugio.
Mientras algunos de nosotros convertíamos las aulas de nuestra escuela en dormitorios en un incesante trasiego de pupitres y escritorios que salían y camas, colchones, almohadas, sábanas que llegaban para convertir las clases en improvisados refugios para estas pobres gentes… Otros se afanaban en la cocina, preparando calderos de comida que ofrecer a nuestros inesperados huéspedes…
Entrada ya la noche, nos fuimos todos a la capilla, expuse el Santísimo Sacramento, Cristo vivo en la Eucaristía y oramos con enorme intensidad, sobrecogidos por una confluencia de emociones hondas, difícilmente traducibles a la pobre palabra humana… miedo, tristeza, fraternidad, incertidumbre, experiencia de Evangelio, angustia… Palabras mil veces escuchadas y pocas veces tomadas en serio: “nadie tiene amor más grandeque el que da la vida…”. “No tengáis miedo, yo estoy con vosotros…”. “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen…”. “Este ha sido puesto para que muchos caigan y se levanten…”.
Leímos reposadamente – en inglés, español y amhárico – el capítulo seis de san Juan, lo comentamos entre todos mientras los refugiados compartían entre lágrimas los miedos y las angustias que habían vivido esa mañana…
Mientras cenábamos nos dieron más detalles de como hordas de musulmanes, cegados por el odio y la venganza entraron en las casas de los cristianos, calle por calle, casa por casa, apaleando a hombres y mujeres, moliéndolos a golpes, apedreándoles, propinando machetazos y patadas… los mismo a hombres que mujeres, niños pequeños y ancianos, mientras arrancaban puertas y ventanas, se dedicaban al pillaje, robaban lo que podían y destruían reduciendo a un montón informe de escombros, los pobres enseres de las familias cristianas.
Miles de cristianos corrieron despavoridos. Los que no vinieron a nuestra casa, se escondieron en el perímetro de la iglesia ortodoxa; otro grupo numeroso logró llegar al destacamento militar del ejército federal.
Mientras, bandadas de musulmanes recorrían a modo de patrullas las calles, buscando más cristianos que matar o apalear; más tiendas y negocios de cristianos que destruir, robar y vandalizar…
Esa noche del 4 de agosto de 2018, Gode quedó sumido en el terror.
Jamás, en mis once años de misión por estos secarrales africanos, habían visto mis ojos nada igual… Gode, la región somalí, nunca volvería a ser lo mismo.
Al amanecer del día siguiente recorrí sobrecogido las callejuelas de la ciudad, iba sorteando vehículos calcinados, sillas rotas, televisiones destripadas, ropas hechas jirones, piedras por doquier… parecía que al barrio cristiano lo había sacudido un terremoto y en realidad así había sido, un terremoto humano, el terremoto del odio hacia los cristianos.
Para siempre quedarán en mi memoria los gritos que por teléfono escuchaba de nuestro pobre enfermero católico, que me pedía que fuese a buscarlo. Para siempre recordaré el dilema que me atenazaba el alma, sin saber yo qué hacer… de un lado, le quería ayudar a toda costa, aún a riesgo de mi vida, por otro lado, pensaba en la responsabilidad que tenía frente a tantas personas de las que yo era responsable; pensab
a qué sería de ellas si les faltase la cabeza, el pastor.
Por pura gracia de Dios, nuestro enfermero (omito todos los nombres por motivos de seguridad) consiguió saltar la tapia y ocultarse en la casa de los vecinos mientras una banda de jóvenes musulmanes tiraba abajo la puerta de su habitación a patadas, lo revolvía todo y le robaban todas sus pertenecías de valor. A la mañana siguiente logramos llegar hasta él y le trajimos con nosotros.
Nunca ha vuelto este hombre a ser la misma persona. Como tantos otros cristianos, ha quedado profundamente traumatizado por lo que sus ojos han visto, por la experiencia vivida. Ya no sonríe como antes… sencillamente no es la misma persona.
Me acerqué a la iglesia ortodoxa para interesarme por la situación de los sacerdotes y los cientos de familias que allí se habían refugiado entre el templo y la escuela. Al ir a darle un abrazo al sacerdote, en el instante que le toqué la espalda dio un salto y un grito de dolor. Quedé asombrado y me explicó que los musulmanes que habían asaltado su recinto con la intención de quemar la iglesia hasta sus cimientos, como ya habían hecho en Jijiga, Dehabur, Kebre Deher… le apedrearon y molieron a palos.
Sin pensármelo dos veces, le obligué a subirse a mi camioneta y le llevé al hospital para que le hiciesen un examen general y radiografías. Estaba tan traumatizado y aterrorizado, que no se había atrevido él a ir por su cuenta, por más que le insistieron sus feligreses. Estaba en estado de shock solo de pensar que tenía que salir a la calle y que de nuevo las bandadas de musulmanes le volviesen a atacar.
Regresamos a mi casa él y yo, le dimos de cenar, le facilitamos las medicinas que le habían recetado y una misionera le dio una sesión de fisioterapia; de allí regresamos a su casa… o lo que quedaba de ella…
Eran tantos los refugiados cristianos que se arremolinaban en torno a la iglesia ortodoxa, hambrientos, sedientos, enfermos, asustados, sin nada para pasar la noche más que los jirones de ropa que llevaban puestos que, en nombre de la Iglesia católica, pagamos la comida y el agua de los casi quinientos refugiados. Eran nuestros hermanos… “a Mí me lo hiciste…”
Durante los días en que los refugiados permanecieron con nosotros, tratamos de ayudarles a arreglar sus casas, armados de serruchos, clavos y martillos; compramos los enseres básicos para que pudiesen comenzar de nuevo su vida y les regalamos una compra de comida a cada uno, gracias sobre todo a la generosidad de Cáritas de Toledo.
Aún me resuenan en los oídos los gritos y llantos de los niños más pequeños, que nos contaban, con su lengua de trapo, cómo los musulmanes les habían golpeado, a ellos y a sus madres, cómo las habían empujado al suelo, dado patadas –arrastraron a sus madres por el suelo tirándolas del pelo y arrancaron violentamente su ropa…–.
Incluso supimos de mujeres que habían sido salvajemente violadas.
Las noticias que nos llegaban de Jijiga eran igualmente terribles. Si bien el gobierno había cortado las comunicaciones por internet y suspendido los vuelos a la región, dejándonos aislados, los teléfonos aún funcionaban. Gracias a ello pude estar en comunicación constante con el obispo, que aún seguía atrapado en Jijiga.
En Jijiga, me contaba el obispo que habían matado a varios sacerdotes y diáconos ortodoxos, quemado las iglesias, desacralizado y profanado los lugares de culto. Nos contaban que habían sido tantos los cristianos asesinados, que las excavadoras cargaban los cadáveres en camiones y los tiraban a las afueras de la ciudad para que se los comieran las hienas…
El obispo, que había ido a Jijiga para el día, hubo de quedarse allí cinco días, hasta que por fin las tropas del ejército federal lograron penetrar el cerco de las fuerzas paramilitares somalíes, logrando abrir un corredor humanitario.
Esta crónica mía de lo sucedido es sobria y breve, os lo aseguro.
Me doy cuenta de que una cosa es leer las noticias de las atrocidades que a diario cometen los musulmanes contra los cristianos, porque sencillamente nos odian, y cosa muy diferente es ser parte de la noticia, “estar dentro de la noticia”, verlo con tus ojos, sufrirlo en tu carne y en tu espíritu.
Creo que después de vivir estos sucesos, nunca se vuelve a ser la misma persona…
Y sin embargo, se aprenden muchas lecciones de vida…
He aprendido que Cristo está vivo.
Que es un honor y un privilegio del todo inmerecido sufrir y morir por amor a Jesucristo.
Que la vida se pasa en un vuelo, como esa mañana de ese 4 de agosto, donde a las 10 de la mañana todo es paz y tranquilidad y a las 11, morían tantos cristianos por el simple delito de “ser de Cristo”, de ser la Iglesia.
He aprendido la importancia de estar preparado, de vivir siempre en la gracia del Señor, de tener la lámpara encendida; que a la hora que uno menos lo espera “llega el Esposo”.
He aprendido que la vida pasa en un vuelo: “una mala noche en una mala posada” decía la gran Santa Teresa de Jesús y que de nada sirve decir tantas veces como decimos en la liturgia divina: “¡Maran athá, Maran atha, Maran atha…!” Si en el fondo no esperamos al Señor con el hatillo al hombro y “la cintura ceñida…”.
He aprendido que para nadie es el martirio una posibilidad tan real como para los misioneros. Esos extraños hombres y mujeres, de corazón inquieto y desasosegados, perdidos en las periferias y trincheras del primer anuncio evangélico.
He aprendido la importancia fontal que para un sacerdote misionero tiene el vínculo con su obispo. Al día siguiente del ataque, logré hablar con España con mi obispo, el arzobispo de Toledo, Don Braulio Rodríguez Plaza. Hasta ese momento estaba yo atenazado por la angustia, por la emoción de todo lo vivido, estaba lleno de dudas, sin saber qué hacer… hablé mucho rato con él… no sé bien cómo explicarlo, me dio mucha paz la serenidad de sus palabras y la sabiduría de sus consejos. Sentí que no estaba solo, que estaba entroncado por él con los apóstoles, con la Iglesia… ¡injertado en Cristo! Que yo no estaba ni solo, ni peleando batallas por mi cuenta. Me sentí “reenviado” por Cristo y por la Iglesia. Desde ese momento algo cambió en mi corazón y en mi disposición pastoral y misionera.
He aprendido tanto del heroísmo del obispo de nuestro vicariato, monseñor Angelo Pagano, O.F.M. Cap. Fue él quien nos inspiró a todos durante esos días. No sobre todo con discursos elocuentes o de simple “sabiduría humana”, sino por animarnos con su ejemplo a abrazarnos a la cruz, por su disposición a no abandonar su grey pasara lo que le pasara y aún a riesgo de perder su vida. Es una gracia inmensa para mí colaborar con tan buen pastor y padre.
Rezad por nosotros ¡No nos abandonéis! Orad por nosotros, ayudadnos con los donativos que podáis a que sigamos ayudando donde el Cuerpo de Cristo vuelve a ser crucificado en la carne de los cristianos.
Nada más, mis queridos amigos; a todos os damos las gracias en nombre de tanta gente pobre que no pueden hacerlo por sí mismos. Le pido a la Santísima Virgen María, Madre de la Iglesia, Madre de los misioneros y Madre de los pobres, que a todos nos cubra con su manto bendito.
Ante el Sagrario de la misión oramos cada día por todos vosotros.
Padre Christopher Hartley
Es posible colaborar con la misión que dirige el padre Christopher Hartley a través de la página web oficial: http://www.missionmercy.org/colabora/