Sin embargo, sobre él no se puede decir nada con certeza. Sus leyendas sin valor histórico, relatan que era un general romano en los ejércitos del emperador Trajano, se llamaba Plácido y era muy aficionado a la cacería.

Precisamente se hallaba cierta vez en persecución de alguna valiosa pieza en la soledad de los montes, cuando vio venir hacia él un gran ciervo en cuyos cuernos aparecía la figura de Jesucristo en la cruz (la misma historia se cuenta en la leyenda de san Huberto y en las de otros santos) y una voz que surgía de la aparición, le llamaba por su nombre. Se afirma que aquel prodigio ocurrió en la región italiana de Guadagnolo, entre Tivoli y Palestrina.
La extraordinaria visión tuvo el efecto de convertir instantáneamente a Plácido al cristianismo. El general y toda su familia recibieron el bautismo y él tomó el nombre de Eustaquio, su esposa se llamó Teopistis y sus hijos, Agapito y Teopisto. Poco después de su conversión, Eustaquio perdió todos sus bienes y, tras una serie de infortunios, se vio obligado a separarse de su familia. En un momento crítico para el imperio, fue llamado para que se pusiera al mando de un ejército, volvieron los buenos tiempos y pudo reunirse con su esposa y sus hijos.
Pero entonces, cuando el bienestar de este mundo se hallaba al alcance de sus manos, se negó a ofrecer sacrificios a los dioses durante la ceremonia que se celebró en Roma por su victoria al frente de las armas imperiales. Como consecuencia de aquella negativa, Eustaquio, su mujer y sus hijos, fueron encadenados sobre un enorme toro de bronce bajo el cual se encendió una hoguera a fin de que todos los miembros de la familia perecieran asados.
No obstante la enorme popularidad de la leyenda de san Eustaquio -como lo prueba la gran cantidad de versiones tanto en prosa como en verso-, hasta la existencia histórica del mártir es una cuestión dudosa. El culto no es antiguo ni es posible localizar su origen con precisión. Es posible que llegara del Oriente, pero ya desde la primera mitad del siglo octavo, había sido adoptado en Roma. El nuevo Martirologio, en su determinación de evitar las referencias puramente legendarias, aunque recoge el culto del santo, sólo lo refiere a la titularidad de una iglesia.
Y quien tiene esta responsabilidad es “la Iglesia entendida como la totalidad del Pueblo de Dios que evangeliza”: cada uno de los cristianos personalmente y la Iglesia en su conjunto. Lo desarrolla el Papa Francisco en el capítulo tercero de la Evangelii Gaudium, , antes de hablar de dos importantes cauces para la evangelización: la predicación y la educación en la fe.
La Iglesia –continúa el documento– es un pueblo con muchos rostros,porque acoge a todos los pueblos encarnándose en sus culturas. En esta genuina catolicidad, la Iglesia muestra “la belleza de este rostro pluriforme”, cuya diversidad cultural no amenaza la unidad. El Espíritu Santo, vínculo de amor entre el Padre y el Hijo, es también quien compone la armonía de la unidad en la evangelización, sin imponer ninguna cultura, sino contando precisamente con la diversidad de las culturas (cf. nn. 116-118).
En este pueblo universal extraído de todos los pueblos, el Espíritu Santo garantiza que no haya errores en la fe, y nos hace, a todos los bautizados, discípulos misioneros, llamados, comprometidos, sin necesitar de largas instrucciones para testimoniar la propia experiencia cristiana. Al mismo tiempo, todos procuramos adquirir la mejor formación posible, dejarnos evangelizar. Pero “nuestra imperfección no debe ser una excusa; al contrario, la misión es un estímulo constante para no quedarse en la mediocridad y para seguir creciendo” (cf. Flp 3, 12.-13) (n. 121).
Por el hecho de que cada pueblo es creador de cultura y protagonista de una historia como tal pueblo, no hay solamente responsables individuales de la evangelización, sino que los pueblos son también “sujetos colectivos activos”. En su encuentro con la fe, cada pueblo se evangeliza continuamente a sí mismo, y ello asume distintas manifestaciones bien elocuentes.
Con palabras de la Evangelii nuntiandi, la piedad popular “refleja una sed de Dios que solamente los pobres y sencillos pueden conocer” y que “hace capaz de generosidad y sacrificio hasta el heroísmo cuando se trata de manifestar la fe” (en efecto, y así puede verse el testimonio de tantos mártires antiguos y contemporáneos, tal como se recoge en algunas películas actuales como “Cristiada”, For Greater Glory,Dean Wright, México 2012).
Benedicto XVI calificó a la piedad popular de “precioso tesoro” y manifestación del “alma de los pueblos” latinoamericanos” (Discurso en la inauguración de la V Conferencia del CELAM, Aparecida, 13-V-2007).
Señala Francisco que esta piedad, espiritualidad o mística popular descubre y expresa la fe “más por la vía simbólica que por el uso de la razón instrumental” (n. 124); añade que no solo es una manera legítima de vivir la fe y sentirse parte de la Iglesia, sino también una forma de ser misioneros.
Y explica que si miramos esta “espiritualidad encarnada en la cultura de los sencillos” (Documento de Aparecida, n. 263) con la mirada del Buen Pastor, descubrimos la fe y la esperanza firmes que se encierran tras la peregrinación a un santuario, el rezo del rosario, una vela que se enciende, o una mirada para pedir ayuda a María o a Cristo crucificado.
No se trata simplemente, añade, de manifestaciones de una búsqueda natural de Dios, sino que “son la manifestación de una vida teologal animada por la acción del Espíritu Santo” (cf. Rm 5, 5). Por eso, concluye el Papa, las expresiones de la piedad popular son verdaderamente un lugar teológico para la nueva evangelización (cf. nn. 125 y 126).
Se comienza –explica el Papa– por “un diálogo personal, donde la otra persona se expresa y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón”. Desde ahí se pasa a hablar del amor personal de Dios, que se anuncia “con una actitud humilde y testimonial de quien siempre sabe aprender, con la conciencia de que ese mensaje es tan rico y tan profundo que siempre nos supera” (Ibid).
Esto puede revestir formas diversas: relatos, gestos, invitación a la oración, sin que se precisen determinadas formulaciones. Pero en todo caso, este anuncio “persona a persona” debe completarse, con la debida creatividad, por medio de formas de inculturación de la fe, porque el Evangelio debe encarnarse en una cultura, la fe debe expresarse con categorías propias de las diversas culturas (y las culturas, enraizándose en las personas, a la vez las trascienden y las intercomunican).
Segundo, el anuncio del Evangelio en las culturas implica su anuncio a las culturas profesionales, científicas y académicas (n. 132). El encuentro entre la fe, la razón y las ciencias hace surgir nuevos lenguajes, categorías y elementos para iluminar y renovar el mundo.
Por eso dice el Papa, recogiendo una propuesta del sínodo para la nueva evangelización: “La teología –no sólo la teología pastoral– en diálogo con otras ciencias y experiencias humanas, tiene gran importancia para pensar cómo hacer llegar la propuesta del Evangelio a la diversidad de contextos culturales y de destinatarios”. Para este propósito se requiere que los teólogos “lleven en el corazón la finalidad evangelizadora de la Iglesia y también de la teología, y no se contenten con una teología de escritorio” (n. 133).
El documento que estudiamos pone el broche a la tarea de anunciar el Evangelio en las culturas subrayando la importancia del ámbito universitario y de las escuelas católicas. En el esfuerzo por realizar una tarea educativa que lleve a la madurez de toda la persona del educando y, por ello, anunciar de modo explícito el Evangelio, las escuelas católicas “constituyen un aporte muy valioso a la evangelizacíón de la cultura, aun en los países y ciudades donde una situación adversa nos estimule a usar nuestra creatividad para encontrar los caminos adecuados” (n. 134). El Papa desarrolla más adelante por extenso el tema de la educación en la fe, como veremos en otro momento.
Iglesia y Nueva Evangelización
"Hoy sois vosotros la esperanza de nuestra Iglesia, que tiene dos mil años: siendo jóvenes en la fe, debéis ser como los primeros cristianos e irradiar entusiasmo y valentía, con generosa entrega a Dios y al prójimo; en una palabra, debéis tomar el camino de la santidad.
Sólo de esta manera podréis ser signos de Dios en el mundo y revivir en vuestros países la epopeya misionera de la Iglesia primitiva. Y seréis también fermento de espíritu misionero para las Iglesias más antiguas."
(JUAN PABLO II, Redemptoris Missio, 91)
Cambiaron el rumbo de la historia, lo dieron la vuelta, lo hicieron girar justamente en la dirección contraria en la que iba. Y, como dice San Agustín, los que eran los despreciados, los perdedores, los vencidos, acabaron siendo los vencedores.
Vivir la vida de los primeros cristianos es una protesta –serena protesta-, ante el sin sentido de un cristianismo sin vibración, y sin onda expansiva.
(SAN PEDRO POVEDA, Vivir como los primeros cristianos, Narcea, 2003, pag. 8)
(Siendo ciudadanos normales , se toman en serio su santidad. Lo que marca la diferencia en los cristianos de los primeros siglos es la radicalidad de su decisión de entrega, sin diferenciarse exteriormente de sus coetáneos…)
Pensar en la vida de los primeros cristianos. Ellos vivían a fondo su vocación cristiana; buscaban seriamente la perfección a la que estaban llamados por el hecho, sencillo y sublime del Bautismo. No se distinguían exteriormente de los demás ciudadanos.
(SAN JOSEMARÍA, Conversaciones, 24)
"Se nos dice que la certeza, la confianza y la valentía en el hablar no son cristianas. ¿Es ésta una argumentación honrada? ¿Es un juicio derivado de hechos? ¿Fue confianza o duda, celo o frialdad, decisión o irresolución, lo que distinguió a los mártires en los tiempos primeros de la Iglesia? La religión de Cristo no se propagó mediante argumentos filosóficos, sino por impulso de la fe y el amor.
Mirad a los primeros mártires. Eran muchachos, doncellas, soldados y esclavos corrientes; una multitud de gente joven y tozuda, que habría vivido para hacerse prudente, de no haberse empeñado primero en morir; eran cristianos que rasgaban manifiestos imperiales, desafiaban a sus jueces, no descansaban hasta encontrarse en la jaula de un león, y si eran expulsados de una ciudad comenzaban a predicar en otra.
Esto decía el mundo ciego sobre aquellos que contemplaban al Dios invisible. Era, en efecto, la visión espiritual de Dios lo que originaba su singular comportamiento."
(John Henry Newman, Discursos sobre la fe, Ediciones Rialp, 2000, pag. 188)
"Puesto que la mayoría se comprometen con la virginidad aún jóvenes y con la mente inmadura, lo más apropiado para ellos sería ante todo el buscar un buen guía y maestro para este camino, no fuera que por la ignorancia que tienen se metieran por senderos equivocados que les desvíen del recto camino. “Dos valen más que uno”, dice el Eclesiastés (4,9). El que está sólo es fácil de vencer por el enemigo emboscado junto a las rutas diciembre divinas. "
(SAN GREGORIO DE NISA, Sobre la Virginidad, 23, 3)
Y del mismo modo que hay muchas persecuciones, así también hay muchos martirios. Todos los días eres testigo de Cristo.Eres mártir de Cristo si sufriste la tentación del espíritu de lujuria, pero, temeroso del futuro juicio de Cristo, no pensaste en profanar la pureza del alma y del cuerpo.
Eres mártir de Cristo si fuiste tentado por el espíritu de la avaricia para apoderarte de los bienes de los inferiores o no respetar los derechos de las viudas indefensas, pero juzgaste que era mejor alcanzar la riqueza por la contemplación de los preceptos divinos, que cometer la injusticia…
Eres mártir de Cristo si fuiste tentado por el espíritu de soberbia, pero viendo al débil y desvalido, te compadeciste con piadoso espíritu, y amaste la humildad más que la arrogancia. Y aún más si diste testimonio no sólo de palabra, sino también con obras. (…) Porque es testigo aquél que, haciéndose fiador con sus hechos, confiesa a Cristo Jesús. ¡Cuántos, todos los días, son mártires de Cristo en oculto, y confiesan al Señor Jesús con sus obras!
(SAN AMBROSIO, Exposición sobre el Salmo 118,20-51)
Del libro:
ORAR CON LOS PRIMEROS CRISTIANOS
Gabriel Larrauri (Ed. Planeta)
El pasado mes de mayo, tres iglesias de la segunda ciudad más grande de Indonesia, Surabaya, fueron atacadas por una familia de terroristas suicidas. El atentado acabó con 13 personas e hirió a varias decenas.
Es el escenario que se encontró en Indonesia Benedict Rogers, responsable en Asia de “Christian Solidarity Worldwide”, la organización especializada en libertad religiosa. Dice que le conmovió la reacción de los cristianos ante los atentados. Como por ejemplo, el perdón de una madre a los asesinos de sus hijos.
BENEDICT ROGERS
Christian Solidarity Worldwide
"Ella dijo públicamente: 'Perdono a los terroristas. Nuestra Madre, la Virgen bendita, perdió a su propio hijo, Nuestro Señor Jesucristo, y por eso debo también perdonar a quienes se llevaron a mis hijos”.
Pero la situación no es fácil. A Benedict Rogers le preocupa que el presidente de Indonesia haya propuesto como vicepresidente a Ma'ruf Amin, un clérigo islámico hostil con las minorías religiosas. Lo ve como una amenaza al compromiso del país de proteger a todos los indonesios.
BENEDICT ROGERS
Christian Solidarity Worldwide
“Creo que se deben hacer dos cosas: Una, apoyar a los musulmanes de Indonesia que apoyan el pluralismo y la libertad religiosa”. “Otra, animar a los políticos a que dejen de coquetear con los islamistas y con los extremistas, y que defiendan lo que yo creo que realmente desean: una sociedad plural y moderada”.
Indonesia es una nación de mayoría musulmana. Y según “Christian Solidarity Worldwide”, hasta hace poco ha sido un modelo de libertad de religión. Un modelo que atraviesa un momento delicado.
DE LA LUCHA CONTRA EL ABORTO ENTRE LOS PRIMEROS CRISTIANOS
Esto dicho, no sería justo dejar de reconocer que en esta lucha, la Iglesia católica ha dado la cara de manera tan valerosa como generosa, sin reclamar ningún protagonismo que siempre ha declinado en cuantos otros se han brindado a abanderar la lucha, y desinteresadamente interesada en el solo triunfo de la causa. Una causa en la que la mejor prueba de su fe, son los antiquísimos testimonios que los hombres de Iglesia han dejado desde los primeros tiempos del cristianismo.
Si bien es cierto es que no existe referencia concreta a las prácticas abortivas en los textos del Nuevo Testamento, ello no ha de ser interpretado como indiferencia de los autores canónicos, sino más bien en el sentido de que la apabullante unanimidad existente en la comunidad cristiana al respecto, hizo innecesario ningún pronunciamiento. La Evangelium Vitae de Juan Pablo II lo refiere así:
“Los textos de la Sagrada Escritura, que nunca hablan del aborto voluntario y, por tanto, no contienen condenas directas y específicas al respecto, presentan de tal modo al ser humano en el seno materno, que exigen lógicamente que se extienda también a este caso el mandamiento divino «no matarás»” (EvVit. 61).
El problema para la comunidad cristiana se plantea cuando con su crecimiento temprano y repentino, transciende el ámbito cultural judío y entra en contacto con la cultura greco-romana, donde las cosas discurren de manera bien diferente:
“Desde que entró en contacto con el mundo greco-romano, en el que estaba difundida la práctica del aborto y del infanticidio, la primera comunidad cristiana se opuso radicalmente, con su doctrina y praxis, a las costumbres difundidas en aquella sociedad” (EvVit. 61).
Empiezan entonces los posicionamientos de los primeros autores cristianos, cosa que ocurre sin ambages ni demoras. El primero de dichos posicionamientos lo hallamos en la Didaché, texto que aunque sólo nos es conocido a través de una copia descubierta en 1875 en la Biblioteca del Hospital del Santo Sepulcro de Constantinopla, es tan antiguo que podría ser incluso anterior a los últimos textos del Nuevo Testamento. Pues bien, ya en él se dice:
“No matarás el embrión mediante el aborto, no darás muerte al recién nacido”. (Did. 2, 2).
La Epístola de Bernabé, atribuido al compañero de Pablo, que podría datar de finales del s. I o principios del II, emite un mandamiento similar:
“No matarás a tu hijo en el seno de la madre ni, una vez nacido, le quitarás la vida” (EpBer 19, 5).
La Epístola a Diogneto es un texto de alrededor del año 150 en el que su anónimo autor se dirige a un desconocido Diogneto, a quien le explica cómo son los cristianos, diciéndole de ellos lo siguiente:
“Los cristianos no se distinguen del resto de la humanidad ni en la localidad, ni en el habla, ni en las costumbres. [...] Todo país extranjero les es patria, y toda patria les es extraña. Se casan como todos los demás hombres y engendran hijos; pero no se desembarazan de su descendencia (abortos)” (Epístola a Diogneto 5, 5).
Y el Apologético de Tertuliano, uno de los grandes autores del primer cristianismo que vivió entre los años 155 y 222 aproximadamente, lo expone con meridiana claridad realizando incluso un pronunciamiento bien temprano en la historia, sobre el momento en el que, según él, comienza la vida:
“Los que los arrojan al Tíber; los que los exponen para que el hambre, los fríos y los perros se los coman ó los maten; los que procuran los abortos, no negarán que los matan: sólo dirán que les dan la muerte más benigna que los cristianos. ¿Y no es mayor crueldad entregar un niño á un perro que á un cuchillo? Que hombres mayores, á quien en la condenación dejaron elegir el linaje de la muerte eligieron por más benigna la del hierro. A nosotros no nos es lícito no solamente matar hombres ó niños, pero ni desatar aquellas sangres que en el embrión se condensan. La ley que una vez nos prohíbe el homicidio, nos manda no descomponer en el vientre de la madre las primeras líneas con que la sangre dibuja la organización del hombre, que es anticipado homicidio impedir el nacimiento. No se diferencia matar al que ya nació y desbaratar al que se apareja para nacer, que también es hombre el que lo comienza á ser como fruto de aquella semilla” (Apologeticum, 9).
Articulo de Luis Antequera
A la muerte del papa Fabián, martirizado en el comienzo de la persecución de Decio (20 de enero del 250), la sede romana quedó vacante durante dieciséis meses. En este largo período gobernaron la Iglesia romana los sacerdotes de la ciudad, entre los cuales se significó en todo momento un tal Novaciano, autor de diversas obras y hombre rigorista, y éste, parecía ser el candidato para ocupar la cátedra de San Pedro, cuando, al amainar la persecución, se trató de elegir nuevo Papa.
Sin embargo, la mayoría de los votos designó al sacerdote Cornelio (abril del 251), que fue reconocido como Romano Pontífice, frente a un grupo de presbíteros que apoyaban a Novaciano.
La ambición de éste hizo que pronto surgiera un cisma en Roma. De hecho, Novaciano se hizo consagrar como obispo de Roma y envió cartas a las demás iglesias para que le reconocieran como Papa. Pero prevaleció pronto el buen sentido, y Cornelio vio que su designación era aceptada como válida, no sólo por la mejor parte del clero y del pueblo de Roma, sino también por las grandes lumbreras de la época, Dionisio de Alejandría, Cipriano de Cartago, así como por el resto de la cristiandad.
La actividad de este Pontífice se centró principalmente en la condenación del rigorismo de Novaciano en la cuestión de los lapsi. Ya desde muchos años atrás se venía discutiendo si los cristianos que habían apostatado de la fe (=lapsi) podían ser admitidos en el seno de la Iglesia, previa una sincera conversión.
Esto, en definitiva, no era sino un caso particular de la gran cuestión que había agitado a los pontificados de Ceferino (198-217) y de Calixto (217-222) sobre la admisión en la Iglesia o la exclusión perpetua de la misma de los grandes pecadores. Los obispos de Oriente se inclinaban más bien por el rigorismo; aunque no fue esto general, pues ya hemos dicho que por lo menos San Dionisio de Alejandría se inclinó hacia San Cornelio.
El problema, como se ve, adquirió dimensiones extraordinarias y turbó durante años a algunas cristiandades. Concretamente, San Cipriano hubo de maniobrar entre el rigorismo desesperante y la indulgencia excesiva, inclinándose al fin y abiertamente hacia la doctrina del papa Cornelio, como lo testimonia la correspondencia sostenida con el Pontífice Romano por el gran obispo de Cartago. Esta correspondencia tiene, por otra parte, una importancia nada despreciable para demostrar la primacía de la Iglesia romana.
El hecho es que en pocos meses la verdad se impuso sobre el error. San Cornelio, espíritu recto aunque flexible, supo demostrar que hay momentos en que no es posible ceder. Así le ocurrió aél, cuando supo sellar su fe con el martirio en Centumcellae (actual Civitavecchia) en el año 252.
La muerte de San Cornelio tuvo lugar en el mes de junio; pero la traslación de sus restos a Roma, desde la cercana ciudad, a donde había sido desterrado y donde sufrió el martirio, se verificó probablemente el 14 de septiembre, fecha de la muerte de San Cipriano, cuya memoria va asociada a la de nuestro Santo en una fiesta común. Fue enterrado en una cripta próxima al cementerio de San Calixto. Su epitafio no está escrito en griego, como el de los papas del siglo III; dice simplemente Cornelius martyr, E. P., ¿no es más que suficiente título de gloria este del martirio? Su sucesor fue el papa Lucio.
De la carta de San Cornelio a Fabián de Antioquía se desprenden unos datos interesantes para conocer el estado de la Iglesia de Roma, todavía no desarrollada por completo: los presbíteros eran, en aquella sazón, cuarenta y seis, siete diáconos, siete los subdiáconos, cuarenta y dos los acólitos y cincuenta y dos los exorcistas, lectores y ostiarios. Cifras, en verdad, muy modestas para las que había de alcanzar con el correr del tiempo la Urbe, pero que revelan ya la pujanza del cristianismo en medio de la persecución.
De la vida de San Cornelio podemos sacar una enseñanza, a saber, que hay que estar dispuestos a sellar la fe con el testimonio de la sangre, pero, a la vez, hay que tener comprensión con los débiles, con los que reniegan con su conducta de la fe o con los que no han recibido de Dios todavía esa "luz que ilumina a todo hombre que viene a este mundo" (San Juan).
FAUSTINO MARTÍNEZ GOÑI.
Ahora, la start-up australiana Lithodomos VR ofrecerá a los visitantes la oportunidad de ver con sus propios ojos qué aspecto tenían las antiguas ciudades hace cientos de años, gracias a tours de realidad virtual basados en reconstrucciones arqueológicas realizadas por arqueólogos profesionales.
El Museo de la Torre de David en la Ciudad Vieja de Jerusalén estrenará una visita de realidad virtual por la ciudad para la fiesta del Sucot, una festividad judía que celebra la colecta de la cosecha, que este año tiene lugar del 23 al 30 de septiembre.
Gracias a la colaboración con arqueólogos de la Autoridad de Antigüedades de Israel, Lithodomos VR creó una simulación de partes de Jerusalén tal y como se veían en el siglo I a.C., cuando la ciudad estaba gobernada por el rey Herodes. También es el tiempo en que Jesús estaba vivo, lo que significa que los visitantes tendrán la oportunidad de “ver” la ciudad a través de sus ojos.
“Especialmente con Jerusalén, creo que el mayor desafío fue hacerlo como es debido”, dijo el fundador de Lithodomos VR, Simon Young, al diario Miami Herald. “Hay muchas opiniones diferentes sobre el aspecto que tenía Jerusalén en el mundo antiguo (…). Por supuesto, queremos hacer justicia a Jerusalén y hacerla lo más precisa posible”.
El tour ofrecerá una reconstrucción en realidad virtual de nueve puntos de interés histórico, entre ellos la ciudadela, el Barrio Judío de la Ciudad Vieja y el Segundo Templo Judío. En cada punto, los visitantes simplemente tendrán que usar sus gafas de realidad virtual para ver de repente las antiguas ruinas convertidas en torres completas o mercados bulliciosos. Según un turista australiano que probó el tour antes de su estreno, la experiencia puede hacer que las historias sobre la ciudad sean “más reales”.
La iniciativa forma parte del laboratorio de innovación del Museo de la Torre de David, iniciado en 2017 para ofrecer a los visitantes experiencias de aprendizaje destacadas.
Una multitud de sacerdotes se convirtió en albañiles y carpinteros y tomó a su cargo el derribo y reconstrucción del santuario, tarea que fue llevada a cabo en dieciocho meses. Casi 10.000 trabajadores fueron empleados en los otros edificios. Tras ocho años de trabajo (10 antes de Cristo) el nuevo edificio se abrió al culto.
Pero este monumento, que rivalizaba en sus vastas proporciones y magnificencia con las más bellos construcciones de la antigüedad y que sobrepasaba mucho incluso al de Salomón, sólo se acabó en el 62 o 64 después de Cristo (Cf. Juan, 2, 20), estando en esa época aún empleados 18.000 trabajadores (Ant. Jud., XX, IX, 7). Pues Herodes duplicó la plataforma artificial que tenía el Templo de Zorobabel, ampliando los recintos sagrados hacia el sur y especialmente hacia el norte donde las galerías llegaban hasta la roca de Baris y la Antonia (Ant. Jud., XV, xi, 3; Bell. Jud., I, XXI, 1; V, v, 2).
El Templo con sus patios, galerías y pórticos ocupaba todo el emplazamiento actual del haram esh sherif, que mide 1.070 pies por el norte, 1.540 por el este, 920 por el sur y 1.630 por el oeste. El Templo de Herodes constaba de dos patios, uno interior y otro exterior. El primero incluía todos los edificios del Templo propiamente dicho y se dividía en: (1) El Patio de los Sacerdotes, que contenía la casa de Dios y el altar de los holocaustos; (2) el Patio de Israel; y (3) el Patio de las Mujeres. Todo el espacio entre el patio interior y el muro exterior de la plataforma se llamaba Patio de los Gentiles, porque se permitía entrar en él a los no-judíos.
El Patio de los Sacerdotes formaba un rectángulo de ciento ochenta y siete codos de este a oeste y ciento treinta y siete codos de norte a sur [Middoth, II, 6 (fig. 3)]. Al oeste estaba la casa de Jehová y al este el altar de los holocaustos. Se subía al santuario por una escalera de doce peldaños, que terminaba en un majestuoso pórtico de cien codos de alto y de igual anchura.
Una puerta sin hojas de veinte codos de ancho y cuarenta de alto conducía a un vestíbulo de once codos de ancho. Según la Mishná esta entrada estaba flanqueada por dos pilares de forma cuadrada formado cada uno por diez cubos que medían cuatro codos de lado. Sobre estos dos pilares descansaba una especie de cornisa formada por cinco vigas de roble, separadas una de otra por piedras cuadradas colocadas en línea con los pilares. Era una reproducción de los arcos triunfales entonces tan comunes en Oriente.
Sobre el inmenso enrejado o verja se extendía una viña de oro, cuyos racimos, según Josefo, eran de la altura de un hombre. Añade que se extendía veinticinco codos de norte a sur y que su altura era de setenta codos sobre el suelo. Tácito (Ann., V, v) también habla de esta viña. Por encima de ella Herodes colocó una colosal águila dorada, el águila romana, lo que disgustó mucho a los judíos (Ant. Jud., XVII, VI, 2-4). El hekal y el debir mantenían sus antiguas dimensiones en longitud y anchura, pero su altura fue aumentada a sesenta codos.
Una puerta de diez codos de ancho y veinte de alto daba acceso al Santo. Las hojas de la puerta eran de madera labrada cubierta con láminas de oro, y la puerta fue además embellecida con una magnífica cortina de lino de tinte babilonio. La cámara ricamente decorada contenía el altar de los perfumes ante la entrada al debir, al norte de la mesa de la proposición y al sur del candelabro de los siete brazos. No estaba tan bien iluminada o aireada como la de Salomón. Solos los sacerdotes entraban en este patio para ofrecer incienso cada noche y cada mañana, para arreglar las lámparas, y para cambiar el sábado los panes de la proposición. Fue junto al altar del incienso donde se apareció el ángel a Zacarías (Lucas, 1, 11).
La entrada al debir no tenía puertas sino que, como antiguamente, estaba resguardada por una costosa cortina. Según la Mishná (Yoma, V, 1), ningún tabique separaba el hekal del debir, estando éste separado por dos velos colgados a la distancia de un codo uno de otro; pero Josefo distingue entre las dos cámaras dando las dimensiones de cada una. Además, habla sólo de un velo a la entrada del debir, lo que debe significar una puerta. Aún más, la ausencia de separación habría hecho necesaria una cortina de sesenta codos de larga por veinte de ancha, que nunca habría sellado herméticamente el Santo de los Santos.
La afirmación de los rabinos sobre este punto está sujeta a sospecha. No podían ignorar que según los Evangelios (Mateo, 27, 51; Marcos, 15, 38; Lucas, 23, 45), cuando Cristo murió en la cruz el velo del templo se rasgó de arriba abajo. El debir estaba vacío. Sólo el sumo sacerdote entraba en él una vez al año.
Encima del debir y del hekal había un piso de cuarenta codos de alto, de forma que todo el edificio era de la misma altura que el pórtico. A los lados norte, sur y oeste había un edifico dividido en tres pisos, cada uno de veinte codos de alto. El piso bajo y el primer piso tenían trece habitaciones de seis codos de ancho cada una y el piso superior doce. Una puerta se abría al norte desde el vestíbulo a una escalera de caracol de tres codos de diámetro situada en la esquina que formaba el muro de la casa y el saliente del pórtico. Los dos muros que formaban la caja de la escalera eran de cinco codos de espesor. En la esquina frente al sur había una caja similar que estaba pensada para facilitar la salida del agua. La anchura total de la casa, incluyendo las habitaciones laterales, era de cincuenta y cuatro codos y junto al pórtico de setenta codos, y su longitud total, incluyendo el pórtico, era de ciento seis codos, concediendo seis codos de espesor para los muros. La base era diez codos más ancha que las dimensiones dadas arriba.

Bajando cinco escalones se pasaba del patio de los sacerdotes al patio de Israel, que rodeaba al primero por tres lados. Al norte y al sur era de cuarenta codos de ancho y al este sólo de once codos. Una galería de diez codos de ancho, sustentada por espléndidas columnas de mármol, corría alrededor de este patio, probablemente también por el lado oeste, y proporcionaba refugio del sol y la lluvia. Sólo se admitía aquí a los hombres y sólo al rey se le permitía sentarse.
Al este de este patio frente a la casa de Dios (12) se alzaba una soberbia puerta, la más hermosa de todas, que según Josefo y la Mishná (Middoth, I, 4) era un regalo de Nicanor, un rico judío de Alejandría. Esta era la Thoura oraia, la porta speciosa (Hechos, 3, 2) donde San Pedro curó al hombre lisiado de nacimiento. Era de cincuenta codos de alto y cuarenta de ancho, y sus puertas de bronce corintio, labradas y cubiertas con planchas de oro y plata, eran tan pesadas que se precisaban veinte hombres para moverla. Josefo añade entre los signos premonitorios de la destrucción del Templo que esta puerta se abrió por sí sola a medianoche hacia el año 30 después de Cristo (Bell. Jud., VI, V, 3).
Desde la Puerta de Nicanor una escalera semicircular de quince escalones descendía al patio de las mujeres, rodeada por una galería al norte, este y sur. Aquí se admitía a las mujeres y se les reservaba sitios al norte y al sur, pero los hombres también frecuentaban este patio y habitualmente lo cruzaban cuando iban al Templo. Aquí había bancos, pues estaba permitido sentarse (cf. Marcos, 12, 41).
A los lados probablemente de la Puerta de Nicanor había trece cajas, con una inscripción que indicaba la finalidad especial de cada una: aceite, madera, vestidos sacerdotales, palomas, etc. Aquí vio Cristo a los ricos y a la pobre viuda depositar sus ofrendas (Lucas, 21, 1). En las cuatro esquinas había cuatro cámaras sin techo, de cuarenta codos en cuadro. Según el Talmud la cámara del noroeste era donde los impuros y leprosos, que se habían curado, se bañaban y eran declarados limpios por los sacerdotes.
En la cámara del noreste los sacerdotes clasificaban la madera; en la del sudoeste se conservaba en bodegas el aceite y el vino; en la del sudeste los que habían cumplido el voto de los Nazaritas afeitaban sus cabezas (Cf. Números, 6, 13 y ss; Hechos, 18, 18). En estas cámaras también estaba permitido lavar, cocinar, etc. Según Middoth, II, 5, había también en este patio cuatro habitaciones donde se alojaban ciertas mujeres.
Tres lados del patio interior estaban rodeados por edificios de cuarenta codos de ancho, separados por nueve puertas en forma de torres, cuatro al norte y cuatro al sur, de las cuales sólo dos se abrían al patio de las mujeres, con la puerta oriental. Estas puertas o más bien suntuosos pórticos, eran de 40 codos de alto, ancho y largo.
Una amplia barra dividía la entrada en dos huecos de diez codos de ancho y veinte de alto cada una con hojas de madera recubiertas de planchas de oro y plata. El vestíbulo era de treinta codos por lado y sus seis arcos estaban soportados por dos pilares de doce codos de circunferencia.
A los lados del patio de Israel cinco peldaños conducían al pórtico cuyo vestíbulo estaba provisto de manera similar de diez peldaños o una rampa. Aún había tres puertas dentro del haram esh sherif, la Puerta Dorada, la doble puerta y la triple puerta, construidas según el mismo plan. Entre estas puertas había una serie de cámaras dedicadas a diversos usos.
Al oeste de la segunda puerta del sur estaba el lishkat gazit, sala del Sanedrín (Middoth, II, 5), con una cámara para la instrucción del pueblo, y en el patio de las mujeres estaba el gazophylakion, sala del tesoro (Ant. Jud., XIX, VI, 1). Este vasto edificio descansaba en unos cimientos con un saliente de diez codos formando un deambulatorio, al que se accedía por una escalera de doce o catorce peldaños. Ésta era el het, estaba rodeada por un parapeto de piedra llamado soreg y enfrente de las nueve puertas había pilares con inscripciones en griego y latín notificando a los visitantes que estaba prohibido bajo pena de muerte a los no-judíos acercarse más al Templo. Hace algunos años se encontró en las cercanías del haram esh sherif uno de los pilares con una inscripción griega.

Relata que en el año 62 o 64 después de Cristo los 18.000 trabajadores empleados todavía en el adorno del Templo empezaron a no tener trabajo y pidieron demoler la Puerta de Salomón; pero ésta, aunque antigua, era tan hermosa y el coste de reemplazarla habría sido tan grande que el rey Agripa II decidió conservarla y emplear a los trabajadores en pavimentar las calles de la ciudad (Ant. Jud., XX, IX, 7). Tanto si data de los reyes de Judá o sólo de Zorobabel es suficiente para dar una idea de la magnificencia de los dos primeros templos de Jerusalén. En las esquinas de estas galerías había cámaras (pastophoria) para los guardias.
Por el lado de la ciudad la entrada se hacía a través de varias puertas de incomparable belleza, cuatro al oeste de la explanada, dos al sur, una al este y una al norte. En un terraplén inferior en el centro, Herodes erigió la basílica real, un edificio suntuoso dividido en tres naves por cuatro hileras de cuarenta y una columnas corintias. Cada columna era de más de cinco pies de diámetro. Al norte de la explanada construyó dos vastos patios rodeados de puertas que se extendían hasta la escarpadura de la roca de Baris. Estos patios se comunicaban con la Antonia sólo mediante dos escaleras (cf. Hechos, 21, 35).
ARTÍCULO DE JUAN MANUEL DE PRADA, DESDE ROMA
POR JUAN MANUEL DE PRADA
He visitado las excavaciones arqueológicas que se están realizando en la Domus Aurea, el palacio que el emperador Nerón ordenó erigir sobre la zona de Roma devastada por el incendio que quizá él mismo provocó.
Poseído por un rapto de soberbia, Nerón llegó a creerse el fundador de una nueva era: como tantos otros gobernantes fatuos que en el mundo han sido (y siguen siendo), concibió la idea demencial de que la historia volvía a fundarse con él.
En su quimérico empeño, ordenó a sus arquitectos remozar por completo el aspecto de Roma, pues abominaba de una ciudad que se le antojaba cochambrosa y maloliente.
Quiso que las paredes de su palacio relumbraran como el mismo sol, de tal modo que sus huéspedes, al penetrar en sus estancias, quedasen anonadados, como si se hallasen en presencia de Dios. Para ello, sus arquitectos diseñaron vastos patios de amplios ventanales por los que irrumpía la luz que luego, al reflejarse sobre las paredes recubiertas de oro, producía un efecto cegador. Así, en medio de tanto esplendor, aparecía el inquilino del palacio sentado en su trono, provocando el arrobo de sus huéspedes, a quienes obligaba a arrodillarse ante él.
Nada queda apenas de aquella edificación megalómana. Los emperadores que sucedieron a Nerón se esforzaron por borrar la memoria de aquel déspota desquiciado, reduciendo a escombros sus delirios arquitectónicos. Adriano sepultó bajo tierra la Domus Aurea, no sin antes despojarla de todos aquellos elementos ornamentales -mármoles y mosaicos, sobre todo- que pudieran ser útiles en la construcción de las termas que mandó erigir sobre el palacio inhumado.
La visita subterránea a la Domus Aurea apenas nos brinda una pálida visión de lo que debió de ser aquel recinto fastuoso: las paredes desnudas, desmigajadas por la humedad, nos evocan el sueño presuntuoso -vanitas vanitatis- y demencial de un degenerado que se creyó Dios. Tal vez todavía vague por estos corredores que amenazan derrumbamiento su espíritu, como un demonio presto a lanzar su dentellada.
A unos pocos kilómetros de allí, el viajero puede completar su visita a la Roma subterránea recorriendo las catacumbas de Domitila, designadas así en memoria de Flavia Domitila, una patricia martirizada durante el mandato de Domiciano.
La imaginación romántica quiso convertir estas galerías laberínticas en escondrijos donde las primitivas comunidades cristianas se refugiaban de las persecuciones decretadas por los emperadores romanos; la verdad, mucho más prosaica, es que las catacumbas fueron meros cementerios donde los cristianos enterraban a sus difuntos, casi siempre en modestos lóculos (concavidades excavadas horizontalmente en las paredes de las galerías que luego se sellaban con tejas) o (si la familia del difunto era más adinerada) en arcosolios, tumbas en forma de sarcófago protegidas por un arco enlucido de estuco y ornamentado con pinturas murales.

Algunos de estos arcosolios conservan todavía su decoración originaria, en la que se repiten los símbolos empleados por los primitivos cristianos: así, por ejemplo, las palomas que picotean grano, que no son símbolo (como los guías atiborrados de memeces contemporáneas sostienen) de la paz, sino de las almas que se alimentan de los frutos de la Redención; o que -como aquella que Noé envió de emisaria tras el diluvio- sostienen en el pico una rama, símbolo de la proximidad del Paraíso.
Después de visitar la subterránea Domus Aurea de Nerón, el paseo por las catacumbas adquiere también una resonancia simbólica: es algo así como un descenso ad inferos, como si la fe que entonces empezaba a propagarse hubiese querido triunfar primeroallá donde las culturas antiguas situaban el Averno.
Chesterton nos propone en El hombre eterno que Jesús nació en una cueva para significar que había venido a la tierra para mantener un combate sin tregua contra el inquilino subterráneo; ese combate se prolonga simbólicamente en el subsuelo de Roma, encarnados sus contendientes en la Domus Aurea de Nerón y en las catacumbas paleocristianas. Es un combate encarnizado que se seguirá sosteniendo mientras dure el mundo: la luz nueva invadiendo intrépidamente los dominios del Averno, exponiéndose a recibir sus dentelladas, una y otra vez herida de muerte pero nunca derrotada.
Artículo de Juan Manuel de Prada publicado en el periódico ABC
La Cruz, prosigue explicando A.-M. Pelletier, no es tampoco un reflejo –con expresión de Hanna Arendt— de la “banalidad del mal”, ante la que parece que estamos acostumbrados.
Estas palabras manifiestan bastante bien la situación de nuestra cultura occidental: junto a indudables logros en lo científico y tecnológico, estamos sumergidos en una especie de ceguera moral, producida por un sol de tinieblas (Bernanos) que hace que nos parezcan casi normales las innumerables víctimas de la historia y el abismo sin fondo de la crueldad humana, y que miremos todo eso con indiferencia.
Así lo escribe A.-M. Pelletier y lo propone a nuestra consideración ante la Cruz:
“Banalidad del mal. Son innumerables los hombres, las mujeres, incluso los niños violentados, humillados, torturados, asesinados, por todas partes y en todas las épocas de la historia” (Via crucis, 2017, meditación ante la IV estación).
Y continúa su meditación sobre el significado de la Cruz. La Cruz no es una exaltación malsana del sufrimiento, sino la superación del sufrimiento, por medio de la muerte y resurrección de Jesus, que nos ha liberado del máximo mal: el pecado.
La Cruz, afirma esta teóloga y biblista, madre de familia, es el signo de la victoria del amor, pues solo el Amor es más fuerte que la muerte.
¿Cuál es la verdad de la Cruz?, se pregunta. La Cruz es el testimonio de la victoria de la Vida sobre la muerte. Jesus no vino simplemente a morir sino a vivir y darnos la Vida. La cruz significa la acogida del otro, aunque sea un enemigo. Ese es el mensaje cristiano.
No se trata en absoluto de la insoportable idea de la venganza del Padre que pide la sangre de su Hijo, ante la complicidad de todos en el mal. Se trata del misterio del amor de Dios en Jesús, del misterio pascual (pascua, paso del amor) revelado en las Escrituras y accesible mediante la fe: el amor de Dios que llega hasta lo más bajo de las miserias humanas —el mal, el odio, el sinsentido—, “allí donde Dios no debería estar”, con el fin de curarlas y librarnos de ellas para siempre. La Cruz se entiende desde la resurrección. No es fracaso sino victoria, triunfo del amor.
Anne-Marie Pelletier evoca la figura de Etty Hillesum,mujer fuerte de Israel que se mantuvo en pie en medio de la tempestad de la persecución nazi, y que defendió hasta el fin la bondad de la vida: “Nos susurra al oído este secreto, que ella intuye al final de su camino: en el rostro de Dios hay lágrimas que consolar, cuando llora por la miseria de sus hijos. En el infierno que invade el mundo, ella se atreve a orar a Dios: Voy a tratar de ayudarte, le dice. ¡Qué audacia tan femenina y tan divina!”.
En efecto, como tantas mujeres que no le han fallado a Jesús (en circunstancias heroicas de persecución, tortura y martirio o en el heroísmo de una existencia ordinaria vivida para Dios y los demás, en la familia y en el trabajo), Etty fue un icono de la verdad, una Verónica de nuestro tiempo. Una mujer invadida y conquistada por el Espíritu consolador y sanador de Dios.
En cambio, los respetos humanos y la vergüenza nos retraen tantas veces de ese testimonio coherente, que puede curar la ceguera propia y ajena ante el mal y dejarnos sellar por la victoria amable de la Cruz. Es así como podremos vencer la banalidad del mal y la noche tenebrosa de nuestra cobardía, para actuar con esperanza. Lo desarrolla el Papa en su oración, que concluye con estas palabras:
“O Cristo, te pedimos que nos enseñes a no avergonzarnos nunca de tu Cruz, a no instrumentalizarla sino a honrarla y adorarla, porque con ella Tú nos has manifestado la monstruosidad de nuestros pecados, la grandeza de tu amor, la injusticia de nuestros juicios y el poder de tu misericordia”.
Iglesia y Nueva Evangelización