(Angelus 17 de septiembre de 2006)
“Pero ¿qué sentido tiene exaltar la cruz? ¿Acaso no es escandaloso venerar un patíbulo infamante? Dice el apóstol san Pablo: "Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" (1 Co 1, 23). Pero los cristianos no exaltan una cruz cualquiera, sino la cruz que Jesús santificó con su sacrificio, fruto y testimonio de inmenso amor. Cristo en la cruz derramó toda su sangre para librar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. Por tanto, de signo de maldición la cruz se ha transformado en signo de bendición, de símbolo de muerte en símbolo por excelencia del Amor que vence el odio y la violencia y engendra la vida inmortal.”
Otro sacerdote católico, el padre Christopher Ogaga, ha sido secuestrado en el sur de Nigeria. Los hechos ocurrieron en el estado de Delta el pasado 1 de septiembre, mientras el párroco de la Iglesia Católica Emmanuel viajaba a Warri, para celebrar la misa del domingo. Según publica la agencia Fides, los secuestradores han pedido 15 millones de Naira (unos 34.400 euros aproximadamente).
El padre Ogaga también es párroco de la Iglesia de San Lucas y de la de San Judas. Él es otra de las víctimas de los secuestros de sacerdotes y religiosos que suceden en Nigeria por bandas criminales que actúan incluso en zonas de mayoría cristianas.
Los obispos de Nigeria han denunciado esta ola de secuestros que tiene fines de extorsión. En su escrito se lee: “día tras día los ciudadanos son secuestrados, humillados y traumatizados por bandas fuertemente armadas. Los secuestradores son despiadados, letales y operan sin escrúpulos. En sus esfuerzos por extraer grandes sumas de dinero, someten a sus víctimas a una violencia indescriptible que dura semanas o incluso meses”. La Conferencia Episcopal de Nigeria prohibió el pago de rescates por la liberación de sacerdotes y religiosos.
El diablo «te promete muchas cosas, pero, a la hora de pagar, paga mal, es un mal pagador. Pero tiene esta capacidad de seducir, de encantar…». Es lo que dijo el Papa Francisco durante la homilía de la Misa en la Capilla de la Casa Santa Marta, concelebrada, según indicó la Radio Vaticana, con los 9 cardenales que lo ayudan en la reforma de la Curia y que tendrán reuniones hasta el próximo miércoles.
En la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el Papa advirtió sobre el diablo que nos encanta y después nos arruina. El Génesis, explicó, nos demuestra que la serpiente es la más astuta, «es una encantadora, y también tiene la capacidad de fascinar». La Biblia, prosiguió, también nos dice que «es un mentiroso, es un envidioso, porque por la envidia del diablo, de la serpiente, entró el pecado al mundo». Después de haber recordado que Satanás es un «mal pagador», Francisco citó al apóstol Pablo, que «se enoja con los cristianos de Galacia que le dieron mucho que hacer y les dice: ‘Pero, necios Gálatas, ¿quién los encantó? Ustedes que están llamados a la libertad, ¿quién los encantó?’. A estos los corrompió la serpiente. Y esta no es una cosa nueva, estaba en la consciencia del pueblo de Israel».
El Papa después indicó que el Señor le dijo a Moisés que hiciera «una serpiente de bronce»: quien la mirara se habría salvado. Esta, añadió, es una figura, pero también «una profecía, es una promesa, una promesa que no es fácil comprender», porque Jesús mismo explicó a Nicodemo que «como Moisés erigió la serpiente en el desierto, así tendrá que ser elevado el Hijo del hombre, para que quien crea en Él tenga vida eterna». Esa serpiente de bronce era, pues, «una figura de Jesús elevado en la Cruz».
«Pero, ¿por qué el Señor tomó esta figura tan fea, tan mala? Simplemente porque Él vino para cargar sobre sí todos nuestros pecados y Él se convirtió en el pecador más grande sin haber cometido ninguno. Y Pablo dice: ‘Él se hizo pecado por nosotros’, retomando la figura ‘Él se hizo serpiente’. ¡Es feo! Él se hizo pecado para salvarnos, esto significa el mensaje de la liturgia de la Palabra de hoy, el recorrido de Jesús».
Dios se hizo hombre y cargó sobre sí todo el pecado, «se vació a sí mismo, asumiendo una condición de siervo, convirtiéndose en semejante de los hombres; ‘Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de Cruz’». Esta es la vía del cristiano: abajarse como Jesús en la Cruz. Jesús, repitió el Papa, «se aniquiló a sí mismo, se hizo pecado por nosotros, Él que no conocía el pecado».
«Cuando vemos a Jesús en la Cruz… hay pinturas hermosas, pero la realidad es otra: estaba todo desgarrado, ensangrentado de nuestros pecados. Esta es la vía que Él tomó para vencer a la serpiente en su campo. Ver la Cruz de Jesús, pero no esas cruces artísticas, bien pintadas: hay que ver la realidad, lo que era la Cruz en esos tiempos. Y ver su recorrido y a Dios, que se aniquiló a sí mismo, se bajó para salvarnos. Esta también es la vía del cristiano. Si un cristiano quiere seguir adelante por la vida cristiana, debe abajarse, como se bajó Jesús. Es la vía de la humildad, sí, pero también hay que cargar sobre sí las humillaciones, como las cargó Jesús».
“Christian Solidarity Worldwide” es una organización cristiana de derechos humanos, especializada en libertad religiosa. Nació como respuesta a la persecución contra los cristianos en todo el mundo, pero también ayuda a otras comunidades como los Ahmadiyya, Rohingya y Bahá'í.
Benedict Rogers coordina el equipo que se ocupa de Asia, y por eso conoce bien situaciones como las de Corea del Norte y China.
Asegura que en Corea del Norte los cristianos no tienen ninguna libertad religiosa y corren peligro de muerte si les descubren practicando su fe.
BENEDICT ROGERS
Christian Solidarity Worldwide
“Si eres cristiano en Corea del Norte y te descubren, si se descubre que tienes una Biblia en casa, que te reúnes con otros para rezar, terminarás en un campo de prisioneros probablemente el resto de tu vida, y en algunos casos podrías ser ejecutado".
Explica que este grado de persecución religiosa en Corea del Norte se debe a que su régimen exige lealtad total a la familia Kim, lo que lo hace especialmente intolerante con los cristianos.
BENEDICT ROGERS
Christian Solidarity Worldwide
“En la sociedad norcoreana, la familia Kim es casi, casi, tratada como una divinidad...” “Creo que en cierto modo se asocia a los cristianos con Occidente, con América y, por supuesto, con Corea del Sur”.
“Ve que este sistema de creencias da a las personas fe, esperanza y valor, y eso le preocupa”.
Según Benedict Rogers, también en China los cristianos sufren persecución y asegura que el presidente Xi Jinping ha construido un culto a la personalidad.
BENEDICT ROGERS
Christian Solidarity Worldwide
“En ciertos lugares donde, por ejemplo, los cristianos que tienen una cruz o una pintura de Cristo en la pared, la policía viene y les pide que la quiten y la reemplacen con un cuadro de Xi Jinping”.
En China se siguen cerrando iglesias y eliminando cruces. Por eso, treinta y cuatro iglesias de Pekín han emitido una declaración en la que piden al gobierno que respete la libertad y los derechos religiosos.
El Espíritu Santo, ha señalado el Papa Francisco, es espíritu de unidad y diversidad, de fraternidad y de libertad, de perdón, misericordia y renovación (cf. Homilía en Pentecostés, 4-VI-2017). Con la celebración de su venida se consuma el tiempo de la Pascua cristiana. Es esta una buena ocasión para poner de relieve un aspecto fundamental en la preparación del sínodo sobre los jóvenes (octubre de 2018). Se trata de las bienaventuranzas, camino que Francisco ha querido subrayar en las Jornadas mundiales de la juventud de 2014 al 2016, y que brilla en los santos, sobre todo en María. Las bienaventuranzas son el corazón de la santidad.
Si buscamos el término “bienaventuranza” en el diccionario del español, encontramos tres significados: según la religión cristiana, la vista y posesión de Dios en el cielo; según la predicación de Cristo en los evangelios, cada una de las ochos fórmulas de felicidad espiritual que Él manifestó a sus seguidores como ideal de vida; felicidad humana en relación con la prosperidad.
Los tres significados tienen algo en común: la relación con la felicidad. Ahora bien, la idea que se tiene de la felicidad puede ser muy distinta. Pero todos aspiramos a una vida feliz (o lo más feliz posible), es decir, a una vida sin deficiencias ni límites. Es lo primero que consideramos. Pasamos luego al significado profundo y primero de las bienaventuranzas del evangelio para los cristianos: el rostro de Cristo y a partir de ahí el rostro del cristiano; y en consecuencia, su significado para la antropología y la ética en perspectiva cristiana. Finalmente consideramos el valor y la relevancia de las bienaventuranzas en nuestra situación actual.
El deseo innato de felicidad
1. Bienaventuranza quiere decir felicidad. Dios ha puesto en el corazón de todo hombre un deseo natural de una vida feliz[1]. Según la fe cristiana las bienaventuranzas anuncian una felicidad centrada en Dios y, como consecuencia, en las necesidades materiales y espirituales del prójimo. Esa felicidad será definitiva solamente en el cielo, con la contemplación y posesión de Dios. En la tierra podemos ser felices de modo incoado por medio de la gracia, es decir, de la unidad y amistad de Dios –principalmente por medio de la oración y de los sacramentos-, que implica el rechazo del pecado y promueve la verdadera belleza y la paz.Más que deseos o promesas de felicidad, las bienaventuranzas son una “felicitación” porque a esas personas (los pobres de espíritu, los humildes, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos y limpios de corazón, los que buscan la paz o son perseguidos por causa de la justicia y de Cristo), por su fidelidad a Dios, se les asegura la felicidad definitiva. Por eso las bienaventuranzas son proclamación de una gozosa esperanza[2].
Retrato de Cristo y proyecto del cristiano
2. Para los cristianos las bienaventuranzas son ante todo la “biografía interior” de Jesucristo, un retrato de su figura. En Jesús el rostro del amor divino se nos revela como modelo de santidad y de justicia en la ofrenda de sí mismo. Las bienaventuranzas se sitúan en el centro de la predicación de Jesús (cf. Mt 5, 3-11; Lc 6, 20-23). En ellas Jesús retoma las promesas hechas por Dios al pueblo elegido desde Abraham, y las perfecciona en orden al Reino de los cielos, verdadera y definitiva “tierra prometida”.
En segundo lugar, las bienaventuranzas representan el proyecto del cristiano que Dios tiene para nosotros, aquello para lo que nos ha creado y llamado, la vocación cristiana. Se trata de la llamada a la unión con Cristo en toda su vida y especialmente en lo que llamamos el “Misterio Pascual”, es decir el acontecimiento de su pasión y resurrección en cuanto que tienen un valor siempre actual, por ser actos del hijo de Dios hecho carne. Y nosotros podemos unirnos a ellos y vivir de ellos en el seno de este cuerpo vivo que formamos espiritualmente con Cristo, y que llamamos la Iglesia.
Cada cristiano conserva en la Iglesia su personalidad propia y la madura y desarrolla en apertura al “nosotros” de una vida y un proyecto común: participar de la vida divina y facilitar que otros muchos puedan hacerlo a partir de su encuentro personal con Jesucristo. Como consecuencia, por esa vida divina que asume y perfecciona lo humano, podemos hacer que las realidades del mundo creado (la familia, el trabajo, la amistad, la vida social y cultura, la ciencia y el deporte, la salud y la enfermedad, etc.) se desarrollen en mejores condiciones cada vez, para el bien de todos[3].
Por tanto, las bienaventuranzas no son en primer lugar un programa para la acción: “Jesús concretó luego los deberes de sus discípulos; pero antes de prescribirles lo que deberían hacer, declaró lo que debían ser” (G. Chevrot), en unión con Jesús y en su seguimiento. Esto vale para cada uno y para la Iglesia, familia de Dios, en su conjunto[4].
Las bienaventuranzas iluminan las actitudes y las acciones características de la vida cristiana, que deben dirigirse a Dios como fin último y que llevan a preocuparse y actuar efectivamente por el bien de todas las personas[5]. Las bienaventuranzas son como la "lista de prioridades" de Jesús y por tanto, también del cristiano.
En las bienaventuranzas, Cristo nos invita a “mirar con sus ojos” y a participar de sus sentimientos y actitudes. Nos muestra cómo la felicidad pasa por la entrega sincera a los otros, por la ofrenda de sí en servicio a Dios y a los demás. Nos enseña que todo ello procede del amor, única fuerza que mueve y transforma adecuadamente los corazones, las culturas y el mundo creado. Y que esto no es para gente especial, élites intelectualmente cultivadas o minorías con una educación exquisita, sino para todos, también para los sencillos que no han tenido ocasión o medios para una formación mejor.
La base antropológica de la moral encuentra aquí su desarrollo pleno; pues “la verdadera moral del cristianismo es el amor. “Y éste, obviamente, se opone al egoísmo; es un salir de uno mismo, pero es precisamente de este modo como el hombre se encuentra consigo mismo”[6]. Frente a las propuestas brillantes como la del superhombre de Nietzsche, este camino puede parecer poco razonable o miserable. “Pero es el verdadero camino de alta montaña de la vida; sólo por la vía del amor, cuyas sendas se describen en el Sermón de la Montaña, se descubre la riqueza de la vida, la grandiosidad de la vocación del hombre”[7].
En ese sentido tan especial[8], y como consecuencia de la unión con Cristo que el Espíritu Santo va impulsando en nosotros, las bienaventuranzas se sitúan en el núcleo de la antropología y la ética cristiana. Son como una pedagogía “viva” de la sabiduría divina, que allana los caminos para encontrar el más verdadero sentido de la vida humana en Cristo, pues Él revela el hombre al propio hombre (cf. Gaudium et spes, n. 22).
Al mismo tiempo las bienaventuranzas, lejos de enviarnos utópicamente a un “más allá” o un “después” que nadie en la tierra podría garantizar, nos ayudan a distinguir y “saborear” ya desde ahora las alegrías verdaderas en todos los ámbitos, y a proponer en la sociedad normas que protejan los valores humanos: la dignidad de la vida, la familia y la amistad, la solidaridad con quien sufre, la renuncia a encerrarse en el propio yo para abrirse al otro, el amor por el conocimiento, por el arte, por la belleza de la naturaleza. Nos conducen a ejercitar el buen gusto interior y a producir anticuerpos eficaces contra la banalización moral[9], la mediocridad y la deshumanización que se difunden con frecuencia en el ambiente social. Nos impulsan a no ser conformistas, a no satisfacernos con lo ya logrado (a cultivar por tanto las virtudes, que nos hacen mejores también para el servicio a los demás), a aspirar a valores mejores y más altos para nosotros y los demás; es decir, a los bienes que no podemos conseguir sino pidiéndolos a Dios, mientras procuramos purificar nuestros deseos y nos sentimos compañeros de viaje, también con los que no creen pero siguen buscando[10]. Nos llevan a discernir nuestras acciones, de modo que por el amor, aunque parezcan pequeñas e insignificantes, adquieran una dimensión de eternidad.
Necesidad de conversión
3. Con el complemento de las “invectivas” (los “ayes” o anti-bienaventuranzas) que recoge san Lucas (cf. Lc 6, 24-26), y siguiendo la enseñanza del Antiguo Testamento (cf. Jer 17 y Ps 1), Jesús desenmascara las falsas promesas y ofertas, para evitar que el hombre camine hacia el precipicio verdaderamente mortal.En efecto, y lo ha observado Joseph Ratzinger, el ahora Papa emérito. Tras la experiencias de los regímenes totalitarios y del abuso del poder económico, no podemos menos que constatar y agradecer esta orientación de las bienaventuranzas, aunque encontremos ciertas resistencias en nosotros mismos, contagiados como estamos de la llamada conciencia moderna, con su modo autosuficiente de ver la vida[11].
Por eso, por nuestras resistencias, todos necesitamos de la conversión. Lo dice el Papa Francisco: “No se es bienaventurado si no se es convertido, capaz de apreciar y vivir los dones de Dios” (Angelus 29-I-2017). Las bienaventuranzas, explica, son “el carné de identidad del cristiano”. Y nos ha invitado a retomar esas páginas del Evangelio y releerlas más veces, para vivir hasta el final ese “programa de santidad” que va “contracorriente” respecto a la mentalidad del mundo. Un programa de vida sencillo y a la vez difícil, que se completa con el que Jesús propone en el capítulo 25 del evangelio de san Mateo, que a su vez se traduce en las obras de misericordia (cf. Homilía en Santa Marta, 9-VI-2014).
Las bienaventuranzas, ha señalado el Papa, son portadoras de una novedad revolucionaria. Proclaman vencedores a los que suelen considerarse “perdedores” (cf. Ibid.). Y por eso, conectando con el vocabulario actual, las bienaventuranzas son como “el navegador de la vida cristiana” (Homilía en Santa Marta, 6-VI-2016).
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CARTA EN EL DECIMOSEXTO CENTENARIO DE SU FALLECIMIENTO
CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 8 noviembre 2007 Benedicto XVI ha propuesto el ejemplo de san Juan Crisóstomo (347-407), patriarca de Constantinopla, en el decimosexto centenario de su fallecimiento, para superar la división entre los cristianos de oriente (en su mayoría ortodoxos) y de occidente.La propuesta del Papa es presentada en una extensa carta que se leyó este jueves en la inauguración del Congreso Internacional sobre San Juan Crisóstomo, que se celebra en el Instituto Patrístico «Augustinianum» de Roma (junto al Vaticano) del 8 al 10 de noviembre de 2007 El patriarca Juan pasó a la historia como «Crisóstomo», «boca de oro», por su predicación excelsa. Es considerado padre común tanto por los cristianos de oriente como de occidente. Su fallecimiento tuvo lugar en el destierro, el 14 de septiembre del año 407. «En particular, fue decisiva su contribución para acabar con el cisma que separaba a la sede de Antioquía de Roma y de las demás Iglesias occidentales», explica el Santo Padre. Crisóstomo antes de ser patriarca de Constantinopla fue obispo de esa sede. La obra del santo, explicó el Papa, sirvió para superar pacíficamente el cisma, restableciéndose la plena comunión entre las Iglesias. Citando los escritos de Crisóstomo, Benedicto XVI recuerda: «Los fieles, en Roma, consideran a los que están en la India como miembros de su mismo cuerpo». «La Iglesia --decía el patriarca de Constantinopla-- no existe para que los que han sido reunidos se dividan, sino para que quienes están divididos puedan unirse».
Sacando las lecciones que dejó el patriarca oriental, el Papa explicó que «nuestra fe en Cristo exige que nos comprometamos en una unión efectiva, sacramental, entre los miembros de la Iglesia, acabando con todas las divisiones». La misiva recuerda que Juan Pablo II, en noviembre de 2004, entregó al patriarcado ecuménico de Constantinopla reliquias de los santos Juan Crisóstomo y Gregorio Nacianceno. El Papa Karol Wojtyla quería que ese gesto fuera «una ocasión bendita para purificar nuestras memorias heridas, para fortalecer nuestro camino de reconciliación», entre ortodoxos y católicos. «Estoy contento, por tanto --confiesa el Papa-- por el hecho de que el centenario de la muerte de san Juan me ofrezca la oportunidad de volver a evocar su luminosa figura y de proponerla a la Iglesia universal para la edificación común».
Ver catequesis de Benedicto XVI sobre San Juan Crisóstomo
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Obispo y Doctor de la Iglesia
Vida
Nace en Antioquía entre el 344 y el 354 y muere en Comana, el Ponto, el 13 de septiembre del 407.
Era hijo de una familia cristiana y contaba con ascendencia tanto latina como griega. El padre de Juan murió siendo él un niño. Desde entonces su madre le dio una profunda formación cristiana y estudió filosofía y retórica.
A los 18 años se convirtió en el acompañante del obispo de Antioquía, Melecio. Pero, al recibir el bautismo pasados tres años, decidió retirarse al desierto. Estuvo allí durante seis años hasta que, debido a problemas de salud, volvió de nuevo a la ciudad de Antioquía.
Una vez allí, es ordenado diácono en el 381 y sacerdote en el 386. Durante su labor sacerdotal demuestra una conducta intachable iluminando al pueblo con su sabiduría y doctrina. En el 397 muere el obispo de Constantinopla y es elegido para sucederle, siendo consagrado a principios del 398 por Teófilo, Patriarca de Alejandría.
San Juan empezó enseguida con su trabajo episcopal. En primer término realizó una reforma del clero. Mas tarde se dedicó al asunto económico e hizo desaparecer los dispendios inútiles de su iglesia y recortó los excesivos bienes pertenecientes al obispo. Exhortó también a las viudas y a los ricos para que supieran vivir según su estado.
Se dice que gracias a esta intensa labor “los partidarios de toda clase de espectáculos, abandonados los atrios del diablo, iban a las estancias del Salvador atraídos por la dulzaina del pastor que amaba a las ovejas»(Dial. Hist. 5: PG 47,21).No pretendía dedicarse mas que a su labor episcopal. Sin embargo, por petición del emperador Arcadio soluciona un problema con unos rebeldes. A partir de entonces, y guiados por la envidia, sus contrarios le echan en cara el haber actuado fuera de su jurisdicción. Además, sufriendo estas calumnias, ha de solucionar un problema entre un colaborador suyo y otro obispo.
Desde ese momento todo eran intrigas contra San Juan Crisóstomo. Primero lo intentó el patriarca Teófilo, ya que él no había accedido a la sede episcopal de Constantinopla. El patriarca reunió en un sínodo a todos los obispos que eran contrarios a San Juan, 36 en total. Allí decidieron pedir al emperador la deportación del obispo de Constantinopla y así lo hicieron. El emperador accedió y firmó. Sin embargo, la emperatriz consiguió de su marido el regreso del Crisóstomo. Durante dos meses fue todo bien hasta que, en la fiesta de San Juan Bautista, pronunció una homilía en la que la emperatriz se vio interpelada y humillada. Debido a este suceso, los contrarios a San Juan pidieron a la mujer del emperador la deportación del santo obispo. Nuevamente fue deportado, pero esta vez a Armenia. Sin embargo, los obispos enemigos de San Juan estaban molestos por las peregrinaciones de los antioquenos a Armenia. Ante esta situación pidieron que fuese desterrado a Pitio. Así se hizo, pero durante el camino, estando en Comana, en el Ponto, San Juan murió diciendo: “Gloria a Dios por todo”. En el 438 su cuerpo fue llevado a Constantinopla y enterrado en la iglesia de los Apóstoles.
Escritos
En sus homilías veterotestamentarias comentaampliamente el Génesis, algunos capítulos de los libros de los Reyes, algunos Salmos y a los profetas en general pero especialmente a Isaías. Existen algunos fragmentos sobre Job, Proverbios, Jeremías y Daniel que no se ha autentificado que sean de San Juan.
Ya en sus homilías novotestamentarias comentó los evangelios de San Mateo y San Juan, los Hechos de los Apóstoles y prácticamente la totalidad de las epístolas. Hay que destacar el carácter de defensa contra los arrianos que tienen algunas de sus homilías.
Pero San Juan no se dedicó solo a comentar las Sagradas Escrituras, sino que tiene también muchos sermones de temas variados. Unos son de carácter dogmático-polémico, otros son para las catequesis bautismales, cuenta también con discursos morales, sermones contra el ocio y los juegos. También se encuentran entre sus escritos algunos panegíricos a favor de los santos, homilías para las fiestas litúrgicas y demás discursos de circunstancia.
Además de homilías, S. Juan también escribió una serie de tratados. Dos de ellos son apologéticos y todos los demás son ascético-morales. Los tratados le ocupan casi todo el tiempo de su vida como anacoreta.
Por último, entre sus escritos se cuentan tanbién las cartas, escritas la mayoría durante su segundo destierro y de las cuales se conservan unas 236.
Fuente.: J. IBÁÑEZ IBÁÑEZ, (GER)
A la vez, los cristianos, para calibrar la realidad de su situación ante Dios y en cada momento de la vida, necesitamos del discernimiento, tanto desde el punto de vista personal como familiar, social y eclesial
El último capítulo de la exhortación Gaudete et exsultate plantea estos dos medios imprescindibles para todo cristiano que desea seguir seriamente la llamada a la santidad: el combate espiritual y el discernimiento.
El combate espiritual o la ascesis cristiana
¿Qué sentido tiene ese “combate espiritual”? Dos objetivos apunta el Papa: la lucha contra las tentaciones y mantener viva la disposición por anunciar el Evangelio. “Esta lucha –observa de modo animante– es muy bella, porque nos permite celebrar cada vez que el Señor vence en nuestra vida” (n. 158). La tradición cristiana utiliza para esto el término griego ascesis, del griego askesis: “ejercicio o entrenamiento” para liberar el espíritu y conseguir la virtud.
Desde un punto de vista antropológico escribe Romano Guardini que el ascetismo significa que “el hombre se decida a vivir como hombre”, es decir, a orientar correctamente los distintos aspectos de su vida. Se decide a esforzarse e incluso sacrificarse en algunas cosas, para lograr otras que se propone como más valiosas en cualquier campo: en el ámbito profesional o deportivo, la amistad o el matrimonio. Esto requiere sentido de responsabilidad, dominio de sí mismo, educación de los valores(que no son lo mismo que los gustos), afán de superación. Precisa ejercitarse en la vida justa y en la búsqueda de la verdad. Y así el espíritu humano puede llevarnos a una vida más libre, más plena (cf. La esencia del cristianismo- Una ética para nuestro tiempo, ed. Cristiandad, Madrid 2007, pp. 213 ss.).
Sobre esa base, la ascesis cristiana se sitúa en el marco de una respuesta de amor al Amor con mayúsculas: el cristiano “combate” espiritualmente para dejar que Dios escriba su historia. Es el Señor el que “vence” en nuestra vida. Por eso escribe Francisco: “No tengas miedo de apuntar más alto, de dejarte amar y liberar por Dios. No tengas miedo de dejarte guiar por el Espíritu Santo” (n. 34).
Las tentaciones
La misma tradición cristiana considera que los enemigos principales en el combate espiritual son las tentaciones. Tientan al hombre las seducciones que proceden del mundo, la carne y el demonio. Para afrontar las dos primeras hay que tener en cuenta que no se trata de huir del mundo creado, bueno en sí mismo. Ni tampoco hay que rechazar las realidades materiales o corporales, que son también buenas en sí mismas. Se trata más bien de luchar contra una mentalidad mundana “que nos atonta y nos vuelve mediocres” (n. 159) y contra la propia fragilidad y las malas inclinaciones. Pero además está la tercera, el demonio: avisa el Papa de que no es un mito, sino un ser real y personal. Y prueba de ello es que cuando Jesús nos enseñó a rezar, nos invitó a pedir al Padre “líbranos del mal” en el sentido del Maligno.
El camino hacia la santidad, observa Francisco, es una lucha constante: “Quien no quiera reconocerlo se verá expuesto al fracaso o a la mediocridad. Para el combate tenemos las armas poderosas que el Señor nos da: la fe que se expresa en la oración, la meditación de la Palabra de Dios, la celebración de la Misa, la adoración eucarística, la reconciliación sacramental, las obras de caridad, la vida comunitaria, el empeño misionero” (n. 162).
En ese combate el Papa señala tres horizontes: “el desarrollo de lo bueno, la maduración espiritual y el crecimiento del amor” (Ibid.). El camino se tuerce cuando el que lo ha emprendido se conforma o se duerme en la mediocridad (tibieza). Aunque, por gracia de Dios, no comete pecados graves, se acostumbra a volar bajo, y esto es origen de “corrupción espiritual”. Y de esta escribe Francisco: “La corrupción espiritual es peor que la caída de un pecador, porque se trata de una ceguera cómoda y autosuficiente donde todo termina pareciendo lícito” (n. 165): el engaño, la calumnia, el egoísmo.
Discernimiento
Respecto al discernimiento (del griego diákrisis, distinguir bajo las apariencias), tiene que ver con el marco general de la virtud de la prudencia (o sabiduría práctica) y el más concreto juicio de la conciencia. En la espiritualidad cristiana el término discernimiento se usa para expresar la distinción entre lo bueno y lo malo. Cuando se habla de discernimiento “de espíritus” se trata de saber si algo viene del Espíritu Santo o, por el contrario, del demonio. En el día a día de la vida cristiana, se trata de saber hacia dónde nos conduce la voluntad de Dios. Y para averiguarlo hay que mirar lo que hay dentro de nosotros y también fuera. Y siempre, un cristiano debe mirar a la realidad con ojos de fe.
El discernimiento puede ser personal o comunitario (familiar, social, eclesial). En el primer caso se trata de una persona particular (a la que ayuda un consejero espiritual u otra persona que la conoce bien y es prudente y madura en sus actuaciones y juicios). En el segundo, de un grupo de personas (una familia, un centro educativo, una empresa y, en el marco eclesial, una parroquia, una comunidad religiosa, etc.) que tienen la responsabilidad de decidir acerca de determinadas cuestiones o acciones.
Discernimiento personal y discernimiento eclesial se sostienen mutuamente y necesitan de algunos criterios fundamentales para concluir con acierto, como son: si lo que percibimos está en conformidad con la Palabra de Dios y la enseñanza de la Iglesia, si con ello prestamos un servicio a la Iglesia y a la sociedad. El discernimiento eclesial necesita además una serie de actitudes (humildad, desprendimiento de sí mismo, capacidad para observar y escuchar, etc.) y se sirve sobre todo de la oración, del estudio y del diálogo.
Un camino de santidad y de misión
Acerca del discernimiento, el Papa Francisco destaca cinco puntos que considera de importancia en la actualidad:
1) Una necesidad imperiosa, especialmente para los jóvenes: “Sin la sabiduría del discernimiento podemos convertirnos fácilmente en marionetas a merced de las tendencias del momento” (n 167). Somos libres –les dice– pero hemos de reconocer los caminos de la libertad plena.
2) Siempre a la luz del Señor. Esto nos permite reconocer sus tiempos y su gracia, para no dejar pasar sus inspiraciones y las ocasiones de crecer. El “examen de conciencia” (que puede verse como un discernimiento diario y breve: bastan dos o tres minutos al final de la jornada) sirve para que los horizontes grandes se traduzcan en pasos pequeños y medios concretos.
3) Un don sobrenatural. Sobre la base de la sabiduría humana (la razón y la prudencia) y de las sabias normas de la Iglesia, el discernimiento cristiano es un don del Espíritu Santo para acertar en el obrar, aquí y ahora. Por tanto, ha de ir más allá de la búsqueda del bienestar, de lo útil o de lo que tranquiliza la conciencia (finalidades que no alcanzarían siquiera una sabiduría verdaderamente humana). Lo que está en juego es el sentido de nuestra vida, la de cada uno, ante Dios. Por eso es imprescindible la oración.
4) Requiere una disposición a escuchar: “Habla, Señor”. Escuchar a Dios, al magisterio de la Iglesia, y también a los demás y a la realidad, hace posible superar nuestra visión parcial e insuficiente, nuestros esquemas tal vez cómodos y rígidos ante la novedad que viene con la vida del Resucitado.
5) Ha de seguir la lógica del don y de la cruz. Por eso pide generosidad, no dejarse anestesiar la conciencia y vencer el miedo (porque El que lo pide todo también lo da todo).
En suma, concluye Francisco, “el discernimiento no es un autoanálisis ensimismado, una introspección egoísta, sino una verdadera salida de nosotros mismos hacia el misterio de Dios, que nos ayuda a vivir la misión a la cual nos ha llamado para el bien de los hermanos” (n. 175).
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Del viaje del Papa a Irlanda habrá que prestar atención a tres cosas:
ABUSOS
Tras un devastador informe sobre abusos sexuales en Estados Unidos el Papa escribió una carta dirigida a todos los católicos. En ella pidió oración y penitencia y colaborar para prevenir que vuelvan a suceder en el futuro.
De este modo sitúa este problema como una de las prioridades para cada católico y precisamente Francisco viaja a Irlanda, uno de los países más afectados por los abusos y la mala gestión de la jerarquía. Allí el Papa se reunirá con víctimas y habrá que estar atento por si, desde ese singular escenario, envía algún que otro mensaje a la Iglesia y al mundo.
FAMILIA
El Encuentro Mundial de las Familias ofrecerá una oportunidad única para reflexionar sobre uno de los documentos más importantes del pontificado de Francisco: la Amoris Laetitia. La vigilia del sábado será el momento culminante y el domingo el Papa anunciará la sede del próximo Encuentro Mundial.
SANTIDAD COMÚN
Durante el viaje Francisco hará una peculiar parada para rezar ante las reliquias de un exalcohólico. Se trata de Matt Talbot, un humilde trabajador de un depósito maderero que consiguió superar una arraigadísima adicción a la bebida. Tras su conversión poco antes de los treinta años su actitud ante la vida cambió y se convirtió en uno de los “santos de la puerta de al lado” que Francisco describió en su último documento papal.