La Domus Aurea y las Catacumbas de Santa Domitila

ARTÍCULO DE JUAN MANUEL DE PRADA, DESDE ROMA

Un combate subterráneo

POR JUAN MANUEL DE PRADA

He visitado las excavaciones arqueológicas que se están realizando en la Domus Aurea, el palacio que el emperador Nerón ordenó erigir sobre la zona de Roma devastada por el incendio que quizá él mismo provocó.

Poseído por un rapto de soberbia, Nerón llegó a creerse el fundador de una nueva era: como tantos otros gobernantes fatuos que en el mundo han sido (y siguen siendo), concibió la idea demencial de que la historia volvía a fundarse con él.

En su quimérico empeño, ordenó a sus arquitectos remozar por completo el aspecto de Roma, pues abominaba de una ciudad que se le antojaba cochambrosa y maloliente.

Quiso que las paredes de su palacio relumbraran como el mismo sol, de tal modo que sus huéspedes, al penetrar en sus estancias, quedasen anonadados, como si se hallasen en presencia de Dios. Para ello, sus arquitectos diseñaron vastos patios de amplios ventanales por los que irrumpía la luz que luego, al reflejarse sobre las paredes recubiertas de oro, producía un efecto cegador. Así, en medio de tanto esplendor, aparecía el inquilino del palacio sentado en su trono, provocando el arrobo de sus huéspedes, a quienes obligaba a arrodillarse ante él.

Nada queda apenas de aquella edificación megalómana. Los emperadores que sucedieron a Nerón se esforzaron por borrar la memoria de aquel déspota desquiciado, reduciendo a escombros sus delirios arquitectónicos. Adriano sepultó bajo tierra la Domus Aurea, no sin antes despojarla de todos aquellos elementos ornamentales -mármoles y mosaicos, sobre todo- que pudieran ser útiles en la construcción de las termas que mandó erigir sobre el palacio inhumado.

La visita subterránea a la Domus Aurea apenas nos brinda una pálida visión de lo que debió de ser aquel recinto fastuoso: las paredes desnudas, desmigajadas por la humedad, nos evocan el sueño presuntuoso -vanitas vanitatis- y demencial de un degenerado que se creyó Dios. Tal vez todavía vague por estos corredores que amenazan derrumbamiento su espíritu, como un demonio presto a lanzar su dentellada.

A unos pocos kilómetros de allí, el viajero puede completar su visita a la Roma subterránea recorriendo las catacumbas de Domitila, designadas así en memoria de Flavia Domitila, una patricia martirizada durante el mandato de Domiciano.

La imaginación romántica quiso convertir estas galerías laberínticas en escondrijos donde las primitivas comunidades cristianas se refugiaban de las persecuciones decretadas por los emperadores romanos; la verdad, mucho más prosaica, es que las catacumbas fueron meros cementerios donde los cristianos enterraban a sus difuntos, casi siempre en modestos lóculos (concavidades excavadas horizontalmente en las paredes de las galerías que luego se sellaban con tejas) o (si la familia del difunto era más adinerada) en arcosolios, tumbas en forma de sarcófago protegidas por un arco enlucido de estuco y ornamentado con pinturas murales.

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Algunos de estos arcosolios conservan todavía su decoración originaria, en la que se repiten los símbolos empleados por los primitivos cristianos: así, por ejemplo, las palomas que picotean grano, que no son símbolo (como los guías atiborrados de memeces contemporáneas sostienen) de la paz, sino de las almas que se alimentan de los frutos de la Redención; o que -como aquella que Noé envió de emisaria tras el diluvio- sostienen en el pico una rama, símbolo de la proximidad del Paraíso.

Después de visitar la subterránea Domus Aurea de Nerón, el paseo por las catacumbas adquiere también una resonancia simbólica: es algo así como un descenso ad inferos, como si la fe que entonces empezaba a propagarse hubiese querido triunfar primeroallá donde las culturas antiguas situaban el Averno.

Chesterton nos propone en El hombre eterno que Jesús nació en una cueva para significar que había venido a la tierra para mantener un combate sin tregua contra el inquilino subterráneo; ese combate se prolonga simbólicamente en el subsuelo de Roma, encarnados sus contendientes en la Domus Aurea de Nerón y en las catacumbas paleocristianas. Es un combate encarnizado que se seguirá sosteniendo mientras dure el mundo: la luz nueva invadiendo intrépidamente los dominios del Averno, exponiéndose a recibir sus dentelladas, una y otra vez herida de muerte pero nunca derrotada.

Artículo de Juan Manuel de Prada publicado en el periódico ABC

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La Cruz es el signo de la victoria del amor

Anne-Marie Pelletier —autora de los textos del Via crucis que se han leido en 2017 en presencia del Papa— ha señalado en diversas entrevistas que la Cruz no puede ser un objeto decorativo a la moda. Ni menos puede ser, como por desgracia ha sucedido algunas veces durante la historia, un estandarte levantado para la exclusión o la persecución

La Cruz, prosigue explicando A.-M. Pelletier, no es tampoco un reflejo –con expresión de Hanna Arendt— de la “banalidad del mal”, ante la que parece que estamos acostumbrados.

Estas palabras manifiestan bastante bien la situación de nuestra cultura occidental: junto a indudables logros en lo científico y tecnológico, estamos sumergidos en una especie de ceguera moral, producida por un sol de tinieblas (Bernanos) que hace que nos parezcan casi normales las innumerables víctimas de la historia y el abismo sin fondo de la crueldad humana, y que miremos todo eso con indiferencia.

Banalidad del mal y victoria de la Cruz

Así lo escribe A.-M. Pelletier y lo propone a nuestra consideración ante la Cruz:

“Banalidad del mal. Son innumerables los hombres, las mujeres, incluso los niños violentados, humillados, torturados, asesinados, por todas partes y en todas las épocas de la historia” (Via crucis, 2017, meditación ante la IV estación).

Y continúa su meditación sobre el significado de la Cruz. La Cruz no es una exaltación malsana del sufrimiento, sino la superación del sufrimiento, por medio de la muerte y resurrección de Jesus, que nos ha liberado del máximo mal: el pecado.

La Cruz, afirma esta teóloga y biblista, madre de familia, es el signo de la victoria del amor, pues solo el Amor es más fuerte que la muerte.

¿Cuál es la verdad de la Cruz?, se pregunta. La Cruz es el testimonio de la victoria de la Vida sobre la muerte. Jesus no vino simplemente a morir sino a vivir y darnos la Vida. La cruz significa la acogida del otro, aunque sea un enemigo. Ese es el mensaje cristiano.

Pascua, paso del amor

No se trata en absoluto de la insoportable idea de la venganza del Padre que pide la sangre de su Hijo, ante la complicidad de todos en el mal. Se trata del misterio del amor de Dios en Jesús, del misterio pascual (pascua, paso del amor) revelado en las Escrituras y accesible mediante la fe: el amor de Dios que llega hasta lo más bajo de las miserias humanas —el mal, el odio, el sinsentido—, “allí donde Dios no debería estar”, con el fin de curarlas y librarnos de ellas para siempre. La Cruz se entiende desde la resurrección. No es fracaso sino victoria, triunfo del amor.

Anne-Marie Pelletier evoca la figura de Etty Hillesum,mujer fuerte de Israel que se mantuvo en pie en medio de la tempestad de la persecución nazi, y que defendió hasta el fin la bondad de la vida: “Nos susurra al oído este secreto, que ella intuye al final de su camino: en el rostro de Dios hay lágrimas que consolar, cuando llora por la miseria de sus hijos. En el infierno que invade el mundo, ella se atreve a orar a Dios: Voy a tratar de ayudarte, le dice. ¡Qué audacia tan femenina y tan divina!”.

En efecto, como tantas mujeres que no le han fallado a Jesús (en circunstancias heroicas de persecución, tortura y martirio o en el heroísmo de una existencia ordinaria vivida para Dios y los demás, en la familia y en el trabajo), Etty fue un icono de la verdad, una Verónica de nuestro tiempo. Una mujer invadida y conquistada por el Espíritu consolador y sanador de Dios.

El testimonio coherente de los cristianos

En cambio, los respetos humanos y la vergüenza nos retraen tantas veces de ese testimonio coherente, que puede curar la ceguera propia y ajena ante el mal y dejarnos sellar por la victoria amable de la Cruz. Es así como podremos vencer la banalidad del mal y la noche tenebrosa de nuestra cobardía, para actuar con esperanza. Lo desarrolla el Papa en su oración, que concluye con estas palabras:

“O Cristo, te pedimos que nos enseñes a no avergonzarnos nunca de tu Cruz, a no instrumentalizarla sino a honrarla y adorarla, porque con ella Tú nos has manifestado la monstruosidad de nuestros pecados, la grandeza de tu amor, la injusticia de nuestros juicios y el poder de tu misericordia”.

Iglesia y Nueva Evangelización

 

Benedicto XVI señala que "la humildad de Cristo es expresión del amor divino"

CRISTO VIVO ES PARA EL APÓSTOL LA GRAN PASIÓN QUE SOSTIENE SUS PASOS

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 22 de octubre de 2008

Ante los peregrinos reunidos este miércoles en la Plaza de San Pedro para la Audiencia General, Benedicto XVI volvió a retomar el ciclo de catequesis sobre san Pablo, centrándose en esta ocasión en la centralidad de la divinidad de Cristo, crucificado y resucitado, en sus enseñanzas.

Pablo, explica el Papa, centraba su enseñanza a las comunidades en “el anuncio de Jesucristo como "Señor", vivo ahora y presente en medio de los suyos”, hasta el punto de que “Jesucristo resucitado, "exaltado sobre todo nombre", está en el centro de todas sus reflexiones”.

“De ahí la esencialidad característica de la cristología paulina, que desarrolla las profundidades del misterio con una preocupación constante y precisa: anunciar, ciertamente, a Jesús, su enseñanza, pero anunciar sobre todo la realidad central de su muerte y resurrección”, subraya.

Esta experiencia de Cristo vivo, que Pablo tuvo en el camino de Damasco, es la que intenta transmitir, explica el obispo de Roma: “Cristo es para el Apóstol el criterio de valoración de los acontecimientos y de las cosas, el fin de todo esfuerzo que él hace para anunciar el Evangelio, la gran pasión que sostiene sus pasos por los caminos del mundo”.

Este Cristo es “un Cristo vivo, concreto”, es “esta persona que me ama, con la que puedo hablar, que me escucha y me responde, éste es realmente el principio para entender al mundo y para encontrar el camino en la historia”. La cristología paulina apunta a la divinidad de Cristo, a quien identifica con la Sabiduría del Antiguo Testamento.

Efectivamente, explica el Papa, los Libros sapienciales muestran una Sabiduría que existía antes de la creación del mundo, y que descendió para establecerse entre los hombres, como se recuerda en el prólogo delevangelio de Juan.

“San Pablo, desarrollando su cristología, se refiere precisamente a esta perspectiva sapiencial: reconoce a Jesús la sabiduría eterna existente desde siempre, la sabiduría que desciende y se crea una tienda entre nosotros”, añade.

Sin embargo, este reconocimiento de la divinidad de Cristo no es una “invención paulina”, explica el Papa, pues uno de los textos más significativos, el himno a la humildad de Cristo contenido en la carta a los Filipenses, es, según los exégetas, una composición precedente.

“Este es un dato de gran importancia, porque significa que el judeo-cristianismo, antes de san Pablo, creía en la divinidad de Jesús. En otras palabras, la fe en la divinidad de Jesús no es un invento helenístico, surgido después de la vida terrena de Jesús”, explica el Papa, sino que “el primer judeo-cristianismo creía en la divinidad de Jesús, es más, podemos decir que los mismos Apóstoles, en los grandes momentos de la vida de su Maestro, han entendido que Él era el Hijo de Dios”.

Otro de los aspectos que la cristología de Pablo pone de manifiesto, afirma el Papa, es la realización del plan divino de la salvación, que contrasta “con la pretensión de Adán que quería hacerse Dios, y contrasta también con el gesto de los constructores de la torre de Babel que querían edificar por sí solos el puente hasta el cielo y hacerse ellos mismos divinidad”.

“Esta iniciativa de la soberbia acabó con la autodestrucción: así no se llega al cielo, a la verdadera felicidad, a Dios. El gesto del Hijo de Dios es exactamente lo contrario: no la soberbia, sino la humildad, que es la realización del amor, y el amor es divino”.

Esta humildad de Cristo, “con la que contrasta la soberbia humana”, explica el Papa, “es realmente expresión del amor divino; a ella le sigue esa elevación al cielo a la que Dios nos atrae con su amor”.

Precisamente, Cristo invita a los hombres a “participar en su humildad, es decir, a su amor hacia el prójimo, para ser así partícipes de su glorificación, convirtiéndonos con él en hijos en el Hijo”, concluye el Papa.

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La fiesta de la exaltación de la Santa Cruz explicada por Benedicto XVI

La Iglesia celebra la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz el 14 de septiembre, ya que ese día es el aniversario de la consagración de la Iglesia del Santo Sepulcro de Jerusalén en 335. También se dice que ese día se conmemora la recuperación de la Cruz por Heraclio en el 628 de manos de los persas, que la tenían en su poder desde 614.

 

BENEDICTO XVI

(Angelus 17 de septiembre de 2006)
“Pero ¿qué sentido tiene exaltar la cruz? ¿Acaso no es escandaloso venerar un patíbulo infamante? Dice el apóstol san Pablo: "Nosotros predicamos a Cristo crucificado: escándalo para los judíos, necedad para los gentiles" (1 Co 1, 23). Pero los cristianos no exaltan una cruz cualquiera, sino la cruz que Jesús santificó con su sacrificio, fruto y testimonio de inmenso amor. Cristo en la cruz derramó toda su sangre para librar a la humanidad de la esclavitud del pecado y de la muerte. Por tanto, de signo de maldición la cruz se ha transformado en signo de bendición, de símbolo de muerte en símbolo por excelencia del Amor que vence el odio y la violencia y engendra la vida inmortal.”

http://www.romereports.com

 Para libera al padre Christopher Ogaga, los secuestradores han pedido 15 millones de Naira (unos 34.40O euros aproximadamente)

Otro sacerdote católico, el padre Christopher Ogaga, ha sido secuestrado en el sur de Nigeria. Los hechos ocurrieron en el estado de Delta el pasado 1 de septiembre, mientras el párroco de la Iglesia Católica Emmanuel viajaba a Warri, para celebrar la misa del domingo. Según publica la agencia Fides, los secuestradores han pedido 15 millones de Naira (unos 34.400 euros aproximadamente).

El padre Ogaga también es párroco de la Iglesia de San Lucas y de la de San Judas. Él es otra de las víctimas de los secuestros de sacerdotes y religiosos que suceden en Nigeria por bandas criminales que actúan incluso en zonas de mayoría cristianas.

Los obispos de Nigeria han denunciado esta ola de secuestros que tiene fines de extorsión. En su escrito se lee: “día tras día los ciudadanos son secuestrados, humillados y traumatizados por bandas fuertemente armadas. Los secuestradores son despiadados, letales y operan sin escrúpulos. En sus esfuerzos por extraer grandes sumas de dinero, someten a sus víctimas a una violencia indescriptible que dura semanas o incluso meses”. La Conferencia Episcopal de Nigeria prohibió el pago de rescates por la liberación de sacerdotes y religiosos.

Ayuda a la Iglesia Necesitada

‘Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de Cruz’

El Papa: «El diablo promete mucho, pero paga mal»

Lo dijo Francisco durante la homilía matutina de la Misa en Santa Marta, concelebrada con los cardenales del C9 que lo ayudan en la reforma de la Curia: «Para seguir a Jesús hay que abajarse como hizo Él en la Cruz».

El diablo «te promete muchas cosas, pero, a la hora de pagar, paga mal, es un mal pagador. Pero tiene esta capacidad de seducir, de encantar…». Es lo que dijo el Papa Francisco durante la homilía de la Misa en la Capilla de la Casa Santa Marta, concelebrada, según indicó la Radio Vaticana, con los 9 cardenales que lo ayudan en la reforma de la Curia y que tendrán reuniones hasta el próximo miércoles.

En la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, el Papa advirtió sobre el diablo que nos encanta y después nos arruina. El Génesis, explicó, nos demuestra que la serpiente es la más astuta, «es una encantadora, y también tiene la capacidad de fascinar». La Biblia, prosiguió, también nos dice que «es un mentiroso, es un envidioso, porque por la envidia del diablo, de la serpiente, entró el pecado al mundo». Después de haber recordado que Satanás es un «mal pagador», Francisco citó al apóstol Pablo, que «se enoja con los cristianos de Galacia que le dieron mucho que hacer y les dice: ‘Pero, necios Gálatas, ¿quién los encantó? Ustedes que están llamados a la libertad, ¿quién los encantó?’. A estos los corrompió la serpiente. Y esta no es una cosa nueva, estaba en la consciencia del pueblo de Israel».

El Papa después indicó que el Señor le dijo a Moisés que hiciera «una serpiente de bronce»: quien la mirara se habría salvado. Esta, añadió, es una figura, pero también «una profecía, es una promesa, una promesa que no es fácil comprender», porque Jesús mismo explicó a Nicodemo que «como Moisés erigió la serpiente en el desierto, así tendrá que ser elevado el Hijo del hombre, para que quien crea en Él tenga vida eterna». Esa serpiente de bronce era, pues, «una figura de Jesús elevado en la Cruz».

«Pero, ¿por qué el Señor tomó esta figura tan fea, tan mala? Simplemente porque Él vino para cargar sobre sí todos nuestros pecados y Él se convirtió en el pecador más grande sin haber cometido ninguno. Y Pablo dice: ‘Él se hizo pecado por nosotros’, retomando la figura ‘Él se hizo serpiente’. ¡Es feo! Él se hizo pecado para salvarnos, esto significa el mensaje de la liturgia de la Palabra de hoy, el recorrido de Jesús».

Dios se hizo hombre y cargó sobre sí todo el pecado, «se vació a sí mismo, asumiendo una condición de siervo, convirtiéndose en semejante de los hombres; ‘Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de Cruz’». Esta es la vía del cristiano: abajarse como Jesús en la Cruz. Jesús, repitió el Papa, «se aniquiló a sí mismo, se hizo pecado por nosotros, Él que no conocía el pecado».

«Cuando vemos a Jesús en la Cruz… hay pinturas hermosas, pero la realidad es otra: estaba todo desgarrado, ensangrentado de nuestros pecados. Esta es la vía que Él tomó para vencer a la serpiente en su campo. Ver la Cruz de Jesús, pero no esas cruces artísticas, bien pintadas: hay que ver la realidad, lo que era la Cruz en esos tiempos. Y ver su recorrido y a Dios, que se aniquiló a sí mismo, se bajó para salvarnos. Esta también es la vía del cristiano. Si un cristiano quiere seguir adelante por la vida cristiana, debe abajarse, como se bajó Jesús. Es la vía de la humildad, sí, pero también hay que cargar sobre sí las humillaciones, como las cargó Jesús».

Vatican Insider

 

“Christian Solidarity Worldwide” es una organización cristiana de derechos humanos, especializada en libertad religiosa. Nació como respuesta a la persecución contra los cristianos en todo el mundo, pero también ayuda a otras comunidades como los Ahmadiyya, Rohingya y Bahá'í.

Benedict Rogers coordina el equipo que se ocupa de Asia, y por eso conoce bien situaciones como las de Corea del Norte y China.

Asegura que en Corea del Norte los cristianos no tienen ninguna libertad religiosa y corren peligro de muerte si les descubren practicando su fe.

BENEDICT ROGERS
Christian Solidarity Worldwide
“Si eres cristiano en Corea del Norte y te descubren, si se descubre que tienes una Biblia en casa, que te reúnes con otros para rezar, terminarás en un campo de prisioneros probablemente el resto de tu vida, y en algunos casos podrías ser ejecutado".

Explica que este grado de persecución religiosa en Corea del Norte se debe a que su régimen exige lealtad total a la familia Kim, lo que lo hace especialmente intolerante con los cristianos.

BENEDICT ROGERS
Christian Solidarity Worldwide
“En la sociedad norcoreana, la familia Kim es casi, casi, tratada como una divinidad...” “Creo que en cierto modo se asocia a los cristianos con Occidente, con América y, por supuesto, con Corea del Sur”.
“Ve que este sistema de creencias da a las personas fe, esperanza y valor, y eso le preocupa”.

Según Benedict Rogers, también en China los cristianos sufren persecución y asegura que el presidente Xi Jinping ha construido un culto a la personalidad.

BENEDICT ROGERS
Christian Solidarity Worldwide
“En ciertos lugares donde, por ejemplo, los cristianos que tienen una cruz o una pintura de Cristo en la pared, la policía viene y les pide que la quiten y la reemplacen con un cuadro de Xi Jinping”.

En China se siguen cerrando iglesias y eliminando cruces. Por eso, treinta y cuatro iglesias de Pekín han emitido una declaración en la que piden al gobierno que respete la libertad y los derechos religiosos.

El Espíritu Santo, ha señalado el Papa Francisco, es espíritu de unidad y diversidad, de fraternidad y de libertad, de perdón, misericordia y renovación (cf. Homilía en Pentecostés, 4-VI-2017). Con la celebración de su venida se consuma el tiempo de la Pascua cristiana. Es esta una buena ocasión para poner de relieve un aspecto fundamental en la preparación del sínodo sobre los jóvenes (octubre de 2018). Se trata de las bienaventuranzas, camino que Francisco ha querido subrayar en las Jornadas mundiales de la juventud de 2014 al 2016, y que brilla en los santos, sobre todo en María. Las bienaventuranzas son el corazón de la santidad.

Si buscamos el término “bienaventuranza” en el diccionario del español, encontramos tres significados: según la religión cristiana, la vista y posesión de Dios en el cielo; según la predicación de Cristo en los evangelios, cada una de las ochos fórmulas de felicidad espiritual que Él manifestó a sus seguidores como ideal de vida; felicidad humana en relación con la prosperidad.

Los tres significados tienen algo en común: la relación con la felicidad. Ahora bien, la idea que se tiene de la felicidad puede ser muy distinta. Pero todos aspiramos a una vida feliz (o lo más feliz posible), es decir, a una vida sin deficiencias ni límites. Es lo primero que consideramos. Pasamos luego al significado profundo y primero de las bienaventuranzas del evangelio para los cristianos: el rostro de Cristo y a partir de ahí el rostro del cristiano; y en consecuencia, su significado para la antropología y la ética en perspectiva cristiana. Finalmente consideramos el valor y la relevancia de las bienaventuranzas en nuestra situación actual.

El deseo innato de felicidad

1. Bienaventuranza quiere decir felicidad. Dios ha puesto en el corazón de todo hombre un deseo natural de una vida feliz[1]. Según la fe cristiana las bienaventuranzas anuncian una felicidad centrada en Dios y, como consecuencia, en las necesidades materiales y espirituales del prójimo. Esa felicidad será definitiva solamente en el cielo, con la contemplación y posesión de Dios. En la tierra podemos ser felices de modo incoado por medio de la gracia, es decir, de la unidad y amistad de Dios –principalmente por medio de la oración y de los sacramentos-, que implica el rechazo del pecado y promueve la verdadera belleza y la paz.Más que deseos o promesas de felicidad, las bienaventuranzas son una “felicitación” porque a esas personas (los pobres de espíritu, los humildes, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia, los misericordiosos y limpios de corazón, los que buscan la paz o son perseguidos por causa de la justicia y de Cristo), por su fidelidad a Dios, se les asegura la felicidad definitiva. Por eso las bienaventuranzas son proclamación de una gozosa esperanza[2].

Retrato de Cristo y proyecto del cristiano

2. Para los cristianos las bienaventuranzas son ante todo la “biografía interior” de Jesucristo, un retrato de su figura. En Jesús el rostro del amor divino se nos revela como modelo de santidad y de justicia en la ofrenda de sí mismo. Las bienaventuranzas se sitúan en el centro de la predicación de Jesús (cf. Mt 5, 3-11; Lc 6, 20-23). En ellas Jesús retoma las promesas hechas por Dios al pueblo elegido desde Abraham, y las perfecciona en orden al Reino de los cielos, verdadera y definitiva “tierra prometida”.

En segundo lugar, las bienaventuranzas representan el proyecto del cristiano que Dios tiene para nosotros, aquello para lo que nos ha creado y llamado, la vocación cristiana. Se trata de la llamada a la unión con Cristo en toda su vida y especialmente en lo que llamamos el “Misterio Pascual”, es decir el acontecimiento de su pasión y resurrección en cuanto que tienen un valor siempre actual, por ser actos del hijo de Dios hecho carne. Y nosotros podemos unirnos a ellos y vivir de ellos en el seno de este cuerpo vivo que formamos espiritualmente con Cristo, y que llamamos la Iglesia.

Cada cristiano conserva en la Iglesia su personalidad propia y la madura y desarrolla en apertura al “nosotros” de una vida y un proyecto común: participar de la vida divina y facilitar que otros muchos puedan hacerlo a partir de su encuentro personal con Jesucristo. Como consecuencia, por esa vida divina que asume y perfecciona lo humano, podemos hacer que las realidades del mundo creado (la familia, el trabajo, la amistad, la vida social y cultura, la ciencia y el deporte, la salud y la enfermedad, etc.) se desarrollen en mejores condiciones cada vez, para el bien de todos[3].

Por tanto, las bienaventuranzas no son en primer lugar un programa para la acción: “Jesús concretó luego los deberes de sus discípulos; pero antes de prescribirles lo que deberían hacer, declaró lo que debían ser” (G. Chevrot), en unión con Jesús y en su seguimiento. Esto vale para cada uno y para la Iglesia, familia de Dios, en su conjunto[4].

Las bienaventuranzas iluminan las actitudes y las acciones características de la vida cristiana, que deben dirigirse a Dios como fin último y que llevan a preocuparse y actuar efectivamente por el bien de todas las personas[5].  Las bienaventuranzas son como la "lista de prioridades" de Jesús y por tanto, también del cristiano.

En las bienaventuranzas, Cristo nos invita a “mirar con sus ojos” y a participar de sus sentimientos y actitudes. Nos muestra cómo la felicidad pasa por la entrega sincera a los otros, por la ofrenda de sí en servicio a Dios y a los demás. Nos enseña que todo ello procede del amor, única fuerza que mueve y transforma adecuadamente los corazones, las culturas y el mundo creado. Y que esto no es para gente especial, élites intelectualmente cultivadas o minorías con una educación exquisita, sino para todos, también para los sencillos que no han tenido ocasión o medios para una formación mejor.

La base antropológica de la moral encuentra aquí su desarrollo pleno; pues “la verdadera moral del cristianismo es el amor. “Y éste, obviamente, se opone al egoísmo; es un salir de uno mismo, pero es precisamente de este modo como el hombre se encuentra consigo mismo”[6]. Frente a las propuestas brillantes como la del superhombre de Nietzsche, este camino puede parecer poco razonable o miserable. “Pero es el verdadero camino de alta montaña de la vida; sólo por la vía del amor, cuyas sendas se describen en el Sermón de la Montaña, se descubre la riqueza de la vida, la grandiosidad de la vocación del hombre”[7].

En ese sentido tan especial[8], y como consecuencia de la unión con Cristo que el Espíritu Santo va impulsando en nosotros, las bienaventuranzas se sitúan en el núcleo de la antropología y la ética cristiana. Son como una pedagogía “viva” de la sabiduría divina, que allana los caminos para encontrar el más verdadero sentido de la vida humana en Cristo, pues Él revela el hombre al propio hombre (cf. Gaudium et spes, n. 22).

Al mismo tiempo las bienaventuranzas, lejos de enviarnos utópicamente a un “más allá” o un “después” que nadie en la tierra podría garantizar, nos ayudan a distinguir y “saborear” ya desde ahora las alegrías verdaderas en todos los ámbitos, y a proponer en la sociedad normas que protejan los valores humanos: la dignidad de la vida, la familia y la amistad, la solidaridad con quien sufre, la renuncia a encerrarse en el propio yo para abrirse al otro, el amor por el conocimiento, por el arte, por la belleza de la naturaleza. Nos conducen a ejercitar el buen gusto interior y a producir anticuerpos eficaces contra la banalización moral[9], la mediocridad y la deshumanización que se difunden con frecuencia en el ambiente social. Nos impulsan a no ser conformistas, a no satisfacernos con lo ya logrado (a cultivar por tanto las virtudes, que nos hacen mejores también para el servicio a los demás), a aspirar a valores mejores y más altos para nosotros y los demás; es decir, a los bienes que no podemos conseguir sino pidiéndolos a Dios, mientras procuramos purificar nuestros deseos y nos sentimos compañeros de viaje, también con los que no creen pero siguen buscando[10]. Nos llevan a discernir nuestras acciones, de modo que por el amor, aunque parezcan pequeñas e insignificantes, adquieran una dimensión de eternidad.

Necesidad de conversión

3. Con el complemento de las “invectivas” (los “ayes” o anti-bienaventuranzas) que recoge san Lucas (cf. Lc 6, 24-26), y siguiendo la enseñanza del Antiguo Testamento (cf. Jer 17 y Ps 1), Jesús desenmascara las falsas promesas y ofertas, para evitar que el hombre camine hacia el precipicio verdaderamente mortal.En efecto, y lo ha observado Joseph Ratzinger, el ahora Papa emérito. Tras la experiencias de los regímenes totalitarios y del abuso del poder económico, no podemos menos que constatar y agradecer esta orientación de las bienaventuranzas, aunque encontremos ciertas resistencias en nosotros mismos, contagiados como estamos de la llamada conciencia moderna, con su modo autosuficiente de ver la vida[11].

Por eso, por nuestras resistencias, todos necesitamos de la conversión. Lo dice el Papa Francisco: “No se es bienaventurado si no se es convertido, capaz de apreciar y vivir los dones de Dios” (Angelus 29-I-2017). Las bienaventuranzas, explica, son “el carné de identidad del cristiano”. Y nos ha invitado a retomar esas páginas del Evangelio y releerlas más veces, para vivir hasta el final ese “programa de santidad” que va “contracorriente” respecto a la mentalidad del mundo. Un programa de vida sencillo y a la vez difícil, que se completa con el que Jesús propone en el capítulo 25 del evangelio de san Mateo, que a su vez se traduce en las obras de misericordia (cf. Homilía en Santa Marta, 9-VI-2014).

Las bienaventuranzas, ha señalado el Papa, son portadoras de una novedad revolucionaria. Proclaman vencedores a los que suelen considerarse “perdedores” (cf. Ibid.). Y por eso, conectando con el vocabulario actual, las bienaventuranzas son como “el navegador de la vida cristiana” (Homilía en Santa Marta, 6-VI-2016).

CARTA EN EL DECIMOSEXTO CENTENARIO DE SU FALLECIMIENTO

 

CIUDAD DEL VATICANO, jueves, 8 noviembre 2007

Benedicto XVI ha propuesto el ejemplo de san Juan Crisóstomo (347-407), patriarca de Constantinopla, en el decimosexto centenario de su fallecimiento, para superar la división entre los cristianos de oriente (en su mayoría ortodoxos) y de occidente.

La propuesta del Papa es presentada en una extensa carta que se leyó este jueves en la inauguración del Congreso Internacional sobre San Juan Crisóstomo, que se celebra en el Instituto Patrístico «Augustinianum» de Roma (junto al Vaticano) del 8 al 10 de noviembre de 2007

El patriarca Juan pasó a la historia como «Crisóstomo», «boca de oro», por su predicación excelsa. Es considerado padre común tanto por los cristianos de oriente como de occidente. Su fallecimiento tuvo lugar en el destierro, el 14 de septiembre del año 407.

En su misiva el Papa subraya «el extraordinario esfuerzo que realizó san Juan Crisóstomo para promover la reconciliación y la plena comunión entre los cristianos de Oriente y Occidente».

«En particular, fue decisiva su contribución para acabar con el cisma que separaba a la sede de Antioquía de Roma y de las demás Iglesias occidentales», explica el Santo Padre. Crisóstomo antes de ser patriarca de Constantinopla fue obispo de esa sede.

La obra del santo, explicó el Papa, sirvió para superar pacíficamente el cisma, restableciéndose la plena comunión entre las Iglesias.

Citando los escritos de Crisóstomo, Benedicto XVI recuerda: «Los fieles, en Roma, consideran a los que están en la India como miembros de su mismo cuerpo».

«La Iglesia --decía el patriarca de Constantinopla-- no existe para que los que han sido reunidos se dividan, sino para que quienes están divididos puedan unirse».

Sacando las lecciones que dejó el patriarca oriental, el Papa explicó que «nuestra fe en Cristo exige que nos comprometamos en una unión efectiva, sacramental, entre los miembros de la Iglesia, acabando con todas las divisiones».

La misiva recuerda que Juan Pablo II, en noviembre de 2004, entregó al patriarcado ecuménico de Constantinopla reliquias de los santos Juan Crisóstomo y Gregorio Nacianceno.

El Papa Karol Wojtyla quería que ese gesto fuera «una ocasión bendita para purificar nuestras memorias heridas, para fortalecer nuestro camino de reconciliación», entre ortodoxos y católicos.

«Estoy contento, por tanto --confiesa el Papa-- por el hecho de que el centenario de la muerte de san Juan me ofrezca la oportunidad de volver a evocar su luminosa figura y de proponerla a la Iglesia universal para la edificación común».

Ver catequesis de Benedicto XVI sobre San Juan Crisóstomo

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SAN JUAN CRISÓSTOMO

Obispo y Doctor de la Iglesia

San Juan Crisóstomo es uno de los cuatro grandes Padres de la Iglesia de Oriente. Predicador de gran elocuencia al que se le atribuye, a partir del s. VI, el sobrenombre de “Boca de oro” (Crisóstomo). Declarado Doctor de la Iglesia por S. Pío V en 1568, su fiesta se celebra el 13 de septiembre.

Vida

Nace en Antioquía entre el 344 y el 354 y muere en Comana, el Ponto, el 13 de septiembre del 407.

Era hijo de una familia cristiana y contaba con ascendencia tanto latina como griega. El padre de Juan murió siendo él un niño. Desde entonces su madre le dio una profunda formación cristiana y estudió filosofía y retórica.

A los 18 años se convirtió en el acompañante del obispo de Antioquía, Melecio. Pero, al recibir el bautismo pasados tres años, decidió retirarse al desierto. Estuvo allí durante seis años hasta que, debido a problemas de salud, volvió de nuevo a la ciudad de Antioquía.

Una vez allí, es ordenado diácono en el 381 y sacerdote en el 386. Durante su labor sacerdotal demuestra una conducta intachable iluminando al pueblo con su sabiduría y doctrina. En el 397 muere el obispo de Constantinopla y es elegido para sucederle, siendo  consagrado a principios del 398 por Teófilo, Patriarca de Alejandría.

San Juan empezó enseguida con su trabajo episcopal. En primer término realizó una reforma del clero. Mas tarde se dedicó al asunto económico e hizo desaparecer los dispendios inútiles de su iglesia y recortó los excesivos bienes pertenecientes al obispo. Exhortó también a las viudas y a los ricos para que supieran vivir según su estado.

Se dice que gracias a esta intensa labor “los partidarios de toda clase de espectáculos, abandonados los atrios del diablo, iban a las estancias del Salvador atraídos por la dulzaina del pastor que amaba a las ovejas»(Dial. Hist. 5: PG 47,21).No pretendía dedicarse mas que a su labor episcopal. Sin embargo, por petición del emperador Arcadio soluciona un problema con unos rebeldes. A partir de entonces, y guiados por la envidia, sus contrarios le echan en cara el haber actuado fuera de su jurisdicción. Además, sufriendo estas calumnias, ha de solucionar un problema entre un colaborador suyo y otro obispo.   

Desde ese momento todo eran intrigas contra San Juan Crisóstomo. Primero lo intentó el patriarca Teófilo, ya que él no había accedido a la sede episcopal de Constantinopla. El patriarca reunió en un sínodo a todos los obispos que eran contrarios a San Juan, 36 en total. Allí decidieron pedir al emperador la deportación del obispo de Constantinopla y así lo hicieron. El emperador accedió y firmó. Sin embargo, la emperatriz consiguió de su marido el regreso del Crisóstomo. Durante dos meses fue todo bien hasta que, en la fiesta de San Juan Bautista, pronunció una homilía en la que la emperatriz se vio interpelada y humillada. Debido a este suceso, los contrarios a San Juan pidieron a la mujer del emperador la deportación del santo obispo. Nuevamente fue deportado, pero esta vez a Armenia. Sin embargo, los obispos enemigos de San Juan estaban molestos por las peregrinaciones de los antioquenos a Armenia. Ante esta situación pidieron que fuese desterrado a Pitio. Así se hizo, pero durante el camino, estando en Comana, en el Ponto, San Juan murió diciendo: “Gloria a Dios por todo”. En el 438 su cuerpo fue llevado a Constantinopla y enterrado en la iglesia de los Apóstoles.

Escritos

 

Los escritos de San Juan son sobretodo homilías y algunos tratados. Cabe destacar la abundancia de escritos que produjo el Crisóstomo.

En sus homilías veterotestamentarias comentaampliamente el Génesis, algunos capítulos de los libros de los Reyes, algunos Salmos y a los profetas en general pero especialmente a Isaías. Existen algunos fragmentos sobre Job, Proverbios, Jeremías y Daniel que no se ha autentificado que sean de San Juan.

Ya en sus homilías novotestamentarias comentó los evangelios de San Mateo y San Juan, los Hechos de los Apóstoles y prácticamente la totalidad de las epístolas. Hay que destacar el carácter de defensa contra los arrianos que tienen algunas de sus homilías.

Pero San Juan no se dedicó solo a comentar las Sagradas Escrituras, sino que tiene también muchos sermones de temas variados. Unos son de carácter dogmático-polémico, otros son para las catequesis bautismales, cuenta también con discursos morales, sermones contra el ocio y los juegos. También se encuentran entre sus escritos algunos panegíricos a favor de los santos, homilías para las fiestas litúrgicas y demás discursos de circunstancia.

Además de homilías, S. Juan también escribió una serie de tratados. Dos de ellos son apologéticos y todos los demás son ascético-morales. Los tratados le ocupan casi todo el tiempo de su vida como anacoreta.

Por último, entre sus escritos se cuentan tanbién las cartas, escritas la mayoría durante su segundo destierro y de las cuales se conservan unas 236.

 

Fuente.: J. IBÁÑEZ IBÁÑEZ,  (GER)

 

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