Los científicos han datado el rollo a finales del siglo VI d.C., e identificado los versículos como correspondientes al principio del Levítico, lo cual convierte el pergamino en el más antiguo jamás encontrado en una sinagoga y el más antiguo también desde los manuscritos del Mar Muerto.
La sinagoga, junto con todo el asentamiento de Ein Gedi, fue destruida por el fuego hacia el final de la Era Bizantina. Los moradores no regresaron tras el incendio, con lo cual el rollo de la Torah, junto con una menorah de bronce y una colección de 3500 monedas y otros restos fueron descubiertos por los arqueólogos cuando la sinagoga fue excavada en los años 60.
Los investigadores, encabezados por Sefi Porath, creen que el incendio y la consiguiente destrucción fueron consecuencia de un ataque beduino o de un choque con las autoridades bizantinas.
El trozo original carbonizado presentaba este aspecto. Todos los intentos de leer el texto fueron inútiles durante cuarenta y cinco años, hasta la aplicación de sistemas de imágenes 3D y un software para desenvolverlo virtualmente.
Los fragmentos de pergamino chamuscado se encontraron en lo que los arqueólogos creen que fue probablemente el Arca Santa de la sinagoga. Uno de ellos parecía un cigarro. Los primeros intentos de descifrarlo, incluso por parte de la policía científica, fueron inútiles y quedó almacenado en el Museo de Israel.
Pero los investigadores volvieron sobre él recientemente utilizando nuevos métodos para escanear y descifrar pergaminos antiguos. Se enviaron imágenes 3D escaneadas en alta resolución al profesor Brent Seales, de la Universidad de Kentucky, quien ha desarrollado un software de tratamiento digital de imágenes que permite desenrollar virtualmente el rollo y visualizar el texto.
El texto que apareció y se hizo legible contiene partes sustanciales de los primeros ocho versículos del Levítico, y el texto no presenta diferencias importantes respecto al texto hasta ahora conocido.
Tras descifrar el rollo, los investigadores declararon que habían descubierto la más antigua Torah hallada en una sinagoga excavada, siendo el siguiente más antiguo el códice de Alepo, del siglo X.
Pnina Shor, conservadora y directora de los proyectos de los Rollos del Mar Muerto para la Autoridad de Antigüedades, afirmó que ahora el plan es continuar descifrando el resto de las capas de pergamino y fragmentos similares que se encuentran en un estado parecido.
Las autoridades israelíes no han ahorrado adjetivos para la importancia del hallazgo: "Asombroso", "fascinante e importante", "instructivo", "maravilloso"… ¿Por qué? "Ya no sólo legaremos a las futuras generaciones los rollos del Mar Muerto", dijo Pnina Shor, "sino también una parte de la Biblia proveniente del Arca Santa de una sinagoga de mil quinientos años".
Artículo publicado en Haaretz y traducido por Fundación Tierra Santa.
La domus Prisca, personaje de quien menciona san Pablo en sus cartas
Las primeras comunidades cristianas se reunían para sus ritos religiosos en casas privadas, una sala servía para el culto y la comida en común. Esto era antes del edicto de Milán, en la época de las persecuciones cristianas, por lo tanto se reunían con la máxima precaución para no ser descubiertos. A estos lugares se les llamaba Domus Ecclesia que en latín significa: “casa de la asamblea” o “casa de la iglesia”, las comúnmente llamadas iglesias domésticas.
El uso de estas pequeñas iglesias está documentado en las cartas de San Pablo, como podemos ver en la carta a los Romanos 16.3 saluda a Aquila y Prisca quienes son poseedores de una casa con este fin en el monte Aventino de Roma.
Los lugares de culto cristianos no se distinguían arquitectónicamente de los edificios de viviendas normales, aunque es posible que antes de 312 ya hubieran sido construidos específicamente para el culto algunas habitaciones simples. Generalmente estas domus ecclesiae llevaban el nombre del propietario, como por ejemplo: ecclesiae Caeciliae, ecclesiae Clementis, ecclesia Priscae.
Nuestra idea es mostrarte estas maravillosas domus ecclesiae, que a pesar de los más de 2000 años de cristiandad siguen todavía en pie atesorando valiosamente la historia y tradición de nuestra fe cristiana.
Comenzamos con la domus Prisca, personaje de quien menciona san Pablo en sus cartas.
Es muy difícil de establecer la verdadera identidad de esta mártir romana, a pesar de los numerosos estudios de documentos antiguos, ya que es probable que las diversas noticias sobre ella se refieran a tres personas diferentes.
Una tradición afirma que en realidad es la misma Priscila que se menciona en Hch.14, 1-4: “Pablo salió de Atenas y se fue a la ciudad de Corinto. Allí encontró a un judío llamado Áquila, que era de la región de Ponto. Hacía poco tiempo que Áquila y su esposa Priscila habían salido de Italia, pues Claudio, el emperador de Roma, había ordenado que todos los judíos salieran del país.[a] Pablo fue a visitar a Áquila y a Priscila, y al ver que ellos se dedicaban a fabricar tiendas de campaña, se quedó a trabajar con ellos, pues también él sabía cómo hacerlas.”. Otra tradición afirma que en realidad Prisca es la hija de Áquila y Priscila.
La tradición dice también que en este lugar en el monte Aventino y no sólo la tradición sino también los estudios arqueológicos, en la casa de Áquila y Priscila se tenían reuniones del culto cristiano, y que fue visitada por el mismo San Pedro y San Pablo.
Según la leyenda la iglesia conserva la pira bautismal que se usa hasta hoy, donde San Pedro bautizó a Santa Prisca.
La iglesia fue varias veces restaurada a través de los años hasta adquirir el aspecto actual, aun conserva (a pesar de ser desbastada en el 1084 por los normandos) las 14 columnas de su antigua estructura.
El ábside recuerda con una gran pintura a San Pedro bautizando Santa Prisca.
Antiguamente Santa Prisca era una de las iglesias en el que el papa celebraba la misa de estación del martes de la Semana Santa.
Maria Paola Daud
Aleteia
Febes aparece mencionada una vez, en la Carta de San Pablo a los Romanos
"Os encomiendo además a nuestra hermana Febes, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea; que la ayudéis en cualquier cosa en que necesite de vosotros; porque ella ha ayudado a muchos, y a mí mismo"
Febes sólo aparece mencionada una vez, en la Carta de San Pablo a los Romanos: "Os encomiendo además a nuestra hermana Febes, la cual es diaconisa de la iglesia en Cencrea; que la recibáis en el Señor, como es digno de los santos, y que la ayudéis en cualquier cosa en que necesite de vosotros; porque ella ha ayudadoa muchos, y a mí mismo" (Romanos 16:1,2). De este texto se pueden sacar varias conclusiones, como que Febe sería alguien importante y conocida en la iglesia corintia. El término diaconisa es solo dicho una sola vez en la Sagrada Escritura y es aplicado a Febes. Es posible que hubiese otras diaconisas (tal vez Trifena, Trifosa o Pérsida, mencionadas en este mismo capítulo, en el versículo 12) que hacían su ministerio apostólico en la Iglesia, sirviendo a los pobres y las viudas. Puesto que estas mujeres servían a la Iglesia, deberían tomarse en relación a Febe la recomendación que San Pablo da en 1 Tim. 5, 9-10 para señalar a una mujer como Viuda (recordar, aquí viuda no solo es la que ha perdido el marido, sino una servidora de la Iglesia). Según Pablo “debe tener no menos de sesenta años, haber sido esposa de un solo marido, gozar de una buena reputación por sus obras, si ha criado hijos, si ha practicado la hospitalidad, si ha lavado los pies de los santos, si ha socorrido a los afligidos; si ha practicado toda buena obra”.
De hecho, cabe recordar que la Santa Sede ha convocado recientemente una comisión para investigar precisamente el diaconado femenino en la primitiva cristiandad cuya actividad consistirá única y exclusivamente en aclarar el papel de las diaconisas y no tiene previsto enviar recomendaciones al Papa. La comisión va a empezar pronto su trabajo.
Claves para entender la comisión de estudio sobre el diaconado femenino: https://t.co/UGOUPshwn6 pic.twitter.com/MlnOC2P384— Javier M-Brocal (@javierMbrocal) 2 de agosto de 2016
Cencrea pertenece a Corinto, pero al parecer Febe se habría trasladado a Roma ya fuera permanente u ocasionalmente, no se podría decir con certeza; ni siquiera se puede determinar el motivo de su viaje, pero la tradición indica que ella misma sería portadora de la Epístola a los Romanos, es por ello que Pablo indica quien es y que ha hecho, como para que sea acogida con cariño y respeto, aunque el “saludad” de la Carta indica que ya era conocida, por tanto, son elucubraciones. También se desconoce el año y lugar de su muerte, aunque debió ser después del 57, año en que se escribió la Carta a los Romanos. Los martirologios recogen desde muy antiguo su nombre, el 3 de septiembre.
La mención destacada de Febe entre todos los demás echa por tierra el famoso e injusto machismo de San Pablo, que muchos sueltan sin tener en consideración otras cosas, pero eso merece otros artículos...
31 de Agosto
SAN JOSÉ DE ARIMATEA
Discípulo de Jesús
Arimatea-Ramá, siglo I
El Martyrologium Romanum de 2001 comienza este día con la «Conmemoración de los Santos José de Arimatea y Nicodemo, que tomaron el cuerpo de Jesús descolgado de la cruz, lo envolvieron en una sábana y lo colocaron en el sepulcro». Los artistas han representado a José de Arimatea desclavando y descendiendo a Jesús de la cruz y depositándolo en brazos de María. Los Evangelios nos ofrecen muy pocos datos de él, pero éstos resultan muy significativos.
Debía de proceder de Arimatea, la antigua localidad de Ramá, patria de Samuel, situada en los montes de Efraín.
José era un hombre rico que formaba parte del Sanedrín. Este alto Consejo judío, que solía reunirse en el área del templo de Jerusalén, estaba formado por setenta hombres que en tiempos de Jesús tenían autoridad para legislar en Judea sobre cuestiones religiosas y algunos problemas civiles, aunque bajo la supervisión de los procuradores romanos.
El Sanedrín se componía de tres clases de miembros. El primer sector agrupaba a los sumos sacerdotes y representantes de las cuatro familias sacerdotales. Otro tercio lo formaban los doctores y expertos de la ley, en su mayoría fariseos. Otro grupo estaba formado por miembros de familias representativas por su posición social. A este grupo debía de pertenecer José de Arimatea (Mc 15, 43; Lc 23, 50), al que Mateo denomina como hombre rico (Mt 27, 57).
El Evangelio de Lucas nos ofrece además unos datos nada desdeñables sobre él. Nos lo presenta como hombre bueno y justo que esperaba el reino de Dios. Dice, además, que no había estado de acuerdo con el modo de proceder del Sanedrín durante el proceso a Jesús (Lc 23, 50-51).
No deja de llamar la atención que la silueta espiritual de José de Arimatea sea descrita por Lucas con trazos tan semejantes a los que el mismo evangelista ha empleado para presentarnos al anciano Simeón (Lc 2, 25). Se diría que, tanto al principio como al final de la vida de Jesús, se nos hacen presentes algunos judíos rectos y piadosos, cuya nota espiritual más importante es precisamente la de vivir aguardando el reino de Dios.
Es notable que para el Evangelio de Juan la nota más característica de José de Arimatea es que era discípulo de Jesús, aunque en secreto por miedo a los judíos (Jn 19, 38).
Pues bien, José de Arimatea sale de su clandestinidad precisamente después de la muerte de Jesús, lo cual indica que es uno de los discípulos que han seguido el drama de Jesús hasta la cruz. Es como si su fidelidad al Maestro no le permitiera seguir permaneciendo en la sombra cuando aquel cuerpo destrozado puede ser enterrado en un lugar desconocido. El prudente seguidor de Jesús decide finalmente hacer público su seguimiento y su afecto.
Según los Evangelios, José de Arimatea se atrevió a llegar hasta Pilato para pedirle el cuerpo de Jesús (Mc 15, 43). Llama la atención que este judío piadoso supere ahora los escrúpulos legales que poco antes habían impedido a sus compañeros entrar en casa de un pagano por miedo a contaminarse antes de la celebración de la Pascua (Jn 18, 28). Se diría que el espíritu de Jesús ha comenzado a librar de la esclavitud de la Ley a sus discípulos, incluso a los clandestinos.
El relato de Marcos es muy minucioso a la hora de reflejar algunas cautelas del procurador romano: «Pilato se admiró de que ya hubiera muerto y, llamando al centurión, le preguntó si ya había muerto. Y asegurándoselo el centurión, le concedió el cuerpo a José (Mc 15, 44-45). Fueron momentos de nerviosismo y de prisa. Los cuerpos de los condenados no debían permanecer al aire durante la noche. Por otra parte, las sombras iban cayendo y era preciso realizar con urgencia la tarea del enterramiento de Jesús antes de que comenzase el sábado, que coincidía aquel año con la fiesta de Pascua.
La proximidad de la noche parece sugerirle a Juan el recuerdo de Nicodemo, otro discípulo clandestino de Jesús y miembro también del Consejo que en otro tiempo había acudido a ver a Jesús en el corazón de la noche (Jn 3, 1-22). Los dos miembros del Sanedrín, unidos durante tiempo por una fidelidad mantenida en secreto, se unen ahora para el testimonio de su último servicio al Maestro. Así lo relata el Evangelio de Juan: «Fue, pues, y se llevó su cuerpo. Fue también Nicodemo –el que antes había ido de noche a ver a Jesús– llevando una mezcla de mirra y áloe, como cien libras. Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en vendas con los perfumes, como es costumbre enterrar entre los judíos (Jn 19, 39-40).
Es asombrosa la fidelidad del texto para describirnos los ritos funerarios de los judíos. Ni las prisas de una tarde de viernes, a punto de comenzar el sábado, impiden a José de Arimatea y a Nicodemo prestar a su amigo y maestro los servicios mínimos del ritual funerario de los judíos. Es más, todo hace pensar -como ha sostenido la tradición ya desde el evangelio apócrifo de Pedro– que José de Arimatea decide depositar en un sepulcro de su propiedad el cuerpo de Jesús. Ese mismo texto lo hace a la vez amigo de Pilato y de Jesús y testigo de todo el bien que éste ha hecho.
Los Evangelios canónicos no aluden a tal pretendida propiedad del sepulcro, sino que se limitan a referir los hechos que se desarrollaron aquel viernes, mientras se iba apagando la luz del sol: «Había un jardín en el lugar en que fue crucificado, y en el jardín un sepulcro nuevo, en el que todavía no había sido colocado nadie. Allí pusieron a Jesús, porque era el día de la Preparación de los judíos, pues el sepulcro estaba cerca" (Jn 19, 41-42).
Los dos amigos de Jesús hicieron rodar la piedra que cerraba la antecámara del sepulcro. Allí, en el silencio, quedaba escondido, por el momento, aquel que era la Palabra. La novedad y virginidad del sepulcro evoca en los escritos de los Santos Padres la virginidad del vientre de María. La madre-mujer y la madre-tierra recibieron, conservaron y ofrecieron el fruto más rico de la vida. Jesús quedó sepultado en la tierra como promesa de una fecunda sementera de vida y esperanza.
José de Arimatea es el símbolo de una fidelidad en el seguimiento de Jesús que se hace oportunamente presente en la hora en que muere el amigo y los demás discípulos lo han abandonado.
JOSÉ-ROMÁN FLECHA ANDRÉS
31 de Agosto
SAN NICODEMO
Discípulo de Jesús
Su nombre es de origen griego y puede traducirse como «victoria del pueblo». Es un notable fariseo, miembro del Sanedrín y doctor en Israel. Es, sin duda, uno de aquellos discípulos anónimos que se dejaron impresionar por la fascinación que Jesús debía de suscitar en su entorno.
Hay un par de frases en el Evangelio de Juan que nos llevan a pensar en el proceso espiritual que debió de seguir Nicodemo. Por una parte, sabemos que las gentes se extrañaban de que nadie detuviera a Jesús, por lo que se preguntaban si los magistrados habrían empezado a creer en él (cf. Jn 7, 26). Más adelante, se dice explícitamente que muchos de los magistrados creyeron en él, aunque no lo confesaban por temor a los fariseos (Jn 12, 42).
EL MAESTRO QUE BUSCA
De hecho, el Evangelio nos dice que Nicodemo se acercó hasta Jesús en el silencio de la noche. Su saludo inicial es ya significativo: «Rabbí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede realizar las señales que tú realizas si Dios no está con él» (Jn 3, 2). Jesús no negó la grandeza y autoridad que se le atribuía. Pero su respuesta trasciende inmediatamente el plano desde el que se le hacía aquella interpelación. Con el tono solemne de las grandes declaraciones, Jesús anuncia la necesidad de un nuevo nacimiento para poder tener parte en el Reino de Dios: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de lo alto no puede ver el Reino de Dios» (Jn 3, 3). El texto griego parece decididamente ambiguo. La expresión «nacer de lo alto» podría también entenderse como «nacer de nuevo». Y así parece entenderla Nicodemo. Pero esa condición le parece imposible.
En los relatos de vocación es muy frecuente que la persona llamada por Dios oponga una cierta resistencia ante el misterio de lo inefable. Así hace también Nicodemo al preguntar: «¿Cómo puede uno nacer siendo ya viejo? ¿Puede acaso entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?» (Jn 3, 4). La segunda respuesta de Jesús emplea el mismo tono solemne de la anterior: «En verdad, en verdad te digo: el que no nazca de agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn 3, 5).
Debió de soplar un vientecillo que removió la estera que cerraba la entrada. El detalle no pasó inadvertido a Jesús. La imagen del viento le recordaba la presencia del Espíritu. Las dos realidades se nombraban del mismo modo. Así continuó Jesús: «El viento sopla donde quiere, y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni adónde va. Así es todo el que nace del Espíritu» (Jn 3, 8). Ante la segunda explicación, Nicodemo quedó más perplejo que ante la primera. En ese momento, el texto evangélico contrapone los títulos que se otorgan los personajes. Nicodemo había saludado a Jesús con el título de «maestro». Ahora es Jesús quien le devuelve interrogante el mismo título de honor: «Tú eres maestro en Israel y ¿no sabes estas cosas?» (Jn 3, 10).
Por tercera vez la revelación de Jesús es ritmada por la misma fórmula solemne: «En verdad, en verdad te digo: nosotr ^t,'amos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la tierra, no creéis, ¿cómo vais a creer si os digo cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre» (Jn 3, 11-13). Nos encontramos con la antítesis de los «saberes». Así comenzaba el saludo inicial de Nicodemo: «Sabemos que has venido de Dios como maestro».
Las categorías de la bajada y la subida introducen el recuerdo de la serpiente que Moisés levantó en el desierto. Los que la miraban quedaban libres de las mordeduras de las serpientes (Nm 21, 4-9). Ya el libro de la Sabiduría desmitificaba aquella imagen. No era la fuerza mágica de aquel talismán lo que curaba: era la fe en el Dios que guiaba por el camino (cf. Sb 16, 6-7). Nadie hubiera osado comparar a Jesús con la serpiente de bronce si él mismo no se hubiera apropiado de la imagen: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna (Jn 3, 14-15). También ahora, como en los tiempos exodales del desierto, es la fe la que salva: la fe en Jesús, el maestro enviado por Dios. Por él ha venido la vida. Por él se llega a la vida. Por él, levantado en la cruz y exaltado con gloria.
De todas formas, la vida no se alcanza por las propias fuerzas. Es un don de Dios, que se recibe en gratuidad, porque nace de la gratuidad del amor de Dios: «Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios' (Jn 3, 16-18). Éste es el núcleo de la revelación de Jesús: Dios ama al mundo. El hombre que era reconocido como maestro es mucho más que eso: es el Hijo de Dios. Por la fe en él se llega a la vida. La fe en el Hijo del hombre y la fe en el Hijo unigénito de Dios.
El juicio final, esperado por unos y temido por otros, comienza ya por la aceptación o el rechazo del Hijo de Dios. Él no ha venido para alzarse como salvador político-social, al modo de los antiguos «jueces» de Israel. Jesús no ha venido para juzgar al mundo, sino para ofrecerle la salvación. El juicio sobre el mundo se lleva a cabo en la aceptación o el rechazo de la luz. El Maestro descubierto por Nicodemo no sólo utiliza una luz en la noche, sino que él mismo es la luz. Su aceptación o rechazo se constituyen en la clave de la salvación: ,'El juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios» (Jn 3, 19-21).
EL TESTIGO
Nicodemo aparece otras dos veces en el Evangelio. La primera de ellas es en verdad significativa. Con motivo de la fiesta de los Tabernáculos o de las Tiendas, los sumos sacerdotes y los fariseos ordenan prender a Jesús. Los enviados no se atreven a detenerlo a causa de la majestad de su figura y el encanto de sus palabras.
Las autoridades se inquietan y maldicen a aquellas gentes que no entienden la Ley. Pero he aquí que por un curioso paralelismo, la Ley es invocada para salvar al Salvador. Nicodemo les hace observar que la Ley de Moisés prohíbe condenar a un hombre sin haberle antes oído y sin saber lo que hace (Jn 7, 51).
La frase de Nicodemo parece llena de sentido. No trata solamente de introducir un poco de sensatez en las intenciones apresuradas de sus compañeros, que ya no sería poco. Pero esa frase del fariseo se levanta también a lo largo de los tiempos como una señal para el itinerario de la fe. Es una advertencia perenne para los que condenan a Jesús y su mensaje sin haberlo oído y sin haberlo puesto en práctica.
La observación de Nicodemo le mereció un desprecio y una sospecha por parte de sus colegas: «¿También tú eres de Galilea? Indaga y verás que de Galilea no sale ningún profeta» (Jn 7, 52). No, no era galileo, pero eso no le impedía aceptar la luz, viniera de donde viniera.
EL AMIGO
Nicodemo vuelve a aparecer fugazmente cuando los otros discípulos han desaparecido. Se presenta inmediatamente después de la muerte de Jesús.
José de Arimatea se había atrevido a pedir a Pilato una autorización para retirar de la cruz el cuerpo de Jesús. Nicodemo llegó con su fe convertida en ofrenda funeraria para quien le había abierto el camino de la vida. Aportó para el sepelio del Maestro unas cien libras de mirra y áloe. Tras la evocación de las sustancias vegetales olorosas, se esconde tal vez una alusión al carácter regio de Jesús. En el epitalamio del rey cantado en los salmos, sus vestidos olían a mirra, áloe y casia (cf. Sal 45, 9). Con esos perfumes parecía anunciarse la victoria de Jesús sobre la muerte.
Juntos, José de Arimatea y Nicodemo, envolvieron el cuerpo de Jesús en vendas y sudarios y lo depositaron en un sepulcro nuevo (Jn 19, 39). Como ha escrito X. Léon-Dufour: "El anuncio de que una vez elevado de la tierra, Jesús atraería a todos los hombres hacia sí, se cumple en estos dos justos que no pertenecen al círculo de los que se habían declarado en su favor".
Nicodemo es para los cristianos el modelo del que busca la luz en medio de las tinieblas.
Nicodemo es el símbolo del paso de unos saberes eruditos a ese otro saber, donado por Dios, que acepta por la fe la salvación ofrecida por Jesucristo.
Nicodemo es el creyente que vacila y busca, el que se oculta y sale a la luz, el que defiende la verdad y arropa el misterio desnudo del Salvador.
Nicodemo es el discípulo que se mueve entre el miedo y el riesgo, entre la confianza y la osadía, entre la fe y la devoción al amigo.
Nicodemo es el amigo secreto del Señor.
JOSÉ-R0MÁN FLECHA ANDRÉS
Entre los más conmovidos por los sucesos de aquellos días estaba un fariseo, magistrado del Sanedrín, -llamado Nicodemo-, que acudió a ver a Jesús de noche por temor a sus compañeros que se habían opuesto a ÉL.
"Había entre los fariseos un hombre, llamado Nicodemo, judío influyente. Este vino a él de noche y le dijo: Rabbí, sabemos que has venido de parte de Dios como Maestro, pues nadie hace los prodigios que tú haces si Dios no está con él"(Jn).
El clima de la conversación es afable y respetuoso, pero al mismo tiempo exigente. Sus compañeros fariseos se han declarado pronto contrarios a Jesús, a pesar de hechos patentes como los milagros y la autoridad con que Él hablaba. Se imponía la necesidad de una conversación sincera, sin discusiones apasionadas, con buena voluntad, y llegando al fondo, para aclarar la cuestión.
El dilema era clave, y no admitía dilación ¿era Jesús realmente el Mesías, o no? Admite que es Maestro, pues lo ha oído; también acepta que ha venido de parte de Dios, pues ha visto los milagros; pero, ¿es posible llegar más lejos? Ahí radica su duda y su búsqueda cautelosa.
La introducción está llena de respeto y delicadeza, pero Jesús supera de inmediato las amabilidades corteses, y va a lo hondo; necesita golpear con fortaleza para ver si sus palabras son sinceras, o son suaves por fuera, y falsas por dentro. Jesús contestará a Nicodemo en dos niveles: primero hablando de una vida nueva, luego, cuando ve que no entiende, eleva su mirada haciéndole comprender que su ciencia era muy poca y que necesita humildad para entender las verdades divinas.
Nacer de nuevo
Así fue la respuesta del Señor: "En verdad, en verdad te digo que si uno no nace de nuevo, no puede ver el Reino de Dios".
Jesús centra su respuesta en la salvación que ha venido a traer. La nueva vida es una victoria sobre el pecado y un participar en la misma vida de Dios.
Ante un sabio se puede expresar con profundidad. No se trata sólo de cumplir la ley, sino de vivir una nueva vida, que viene de lo alto y que -a la vez permite cumplir la ley- elevando a la vida divina.
Es lo que luego los cristianos llamaremos la filiación divina, que nos consigue la gracia santificante y realiza una auténtica participación en la vida divina de una manera soberana.
Nicodemo no entiende la respuesta del Señor, pues responde: "¿Cómo puede un hombre nacer siendo viejo? ¿Acaso puede entrar otra vez en el seno de su madre y nacer?". Es patente la dificultad de Nicodemo para entender las palabras espirituales de Jesús; su interpretación es humana. Quizá, pensaba en las objeciones a la reencarnación defendida por los hindúes en el lejano Oriente y por los órficos, los pitagóricos y casi todos los grandes filósofos griegos en Occidente.
La intervención parece la típica de un intelectual acostumbrado a la discusión y defensor de la unidad del ser humano. Lo seguro es que no entiende que se pueda dar un nuevo nacimiento eterno y espiritual. Jesús se lo aclara a través de ejemplos.
"En verdad, en verdad te digo que si uno no nace del agua y del Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios. Lo nacido de la carne, carne es; y lo nacido del Espíritu, espíritu es. No te sorprendas de que te he dicho que es preciso nacer de nuevo. El viento sopla donde quiere y oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va, así es todo nacido del Espíritu"(Jn).
Cristo habla a Nicodemo de algo que él conocía bien: el bautismo de Juan realizado con agua. Este bautismo era un símbolo a través del cual movía a penitencia a los que se acercaban a él; les movía a arrepentirse de sus pecados.
Pero el Maestro añade algo nuevo: la acción de Espíritu. Dios concederá con el nuevo bautismo el perdón pedido, y lo hace al modo divino, ya que no sólo perdona el pecado, sino que, además, eleva al hombre a la vida divina. La respuesta va precisando lo que quiere decir Jesús con la imagen del nuevo nacimiento.
¿Cómo puede ser esto?
Pero Nicodemo continúa sin entender "¿Cómo puede ser esto?". Entonces Jesús emplea unas palabras aparentemente duras. Le dice "¿Tú eres maestro de Israel y lo ignoras?".
Es como decirle: ya ves que no basta toda tu ciencia de maestro de Israel, ni siquiera tu buena voluntad; es necesario superar una barrera nueva. Jesús está llamando ignorante a uno de los sabios del momento.
Estas palabras podían ser recibidas mal por Nicodemo; y hubiera podido contestar con arrogancia que él era sabio oficial, mientras que Jesús era un artesano sin estudios que no ha frecuentado ninguna de las grandes escuelas de Israel: sería la reacción del orgullo.
Pero Nicodemo no incurre en ella, porque busca sinceramente la verdad; le pesa demasiado el fardo de las interpretaciones sin vida, muy eruditas quizás, pero muertas, o poco espirituales; sabe que ese modo de pensar le frena para poder entender. Jesús le aclarará que ahí está la raíz del rechazo de sus amigos fariseos y del conjunto del Sanedrín. Necesitan convertirse con humildad y rechazar el pecado:
"En verdad, en verdad te digo que hablamos de lo que sabemos, y damos testimonio de lo que hemos visto, pero no recibís nuestro testimonio. Si os he hablado de cosas terrenas y no creéis, ¿cómo ibais a creer si os hablara de cosas celestiales? Pues nadie ha subido al Cielo, sino el que bajó del Cielo, el Hijo del Hombre. Como Moiséslevantó la serpiente en el desierto, así es preciso que sea levantado el Hijo del Hombre, para que todo el que crea tenga vida eterna en él" (Jn).
Así, veladamente Cristo le señala el sacrificio que se realizará en la cruz, pero Nicodemo ahora no puede entender estas cosas. Las dificultades con las que se va a enfrentar Jesús son más fuertes que las cuestiones de dinero o de poder; se trata de cuestiones de fe, que tocan las más hondas caras del pecado. De momento, Nicodemo escucha.
Los hombres amaron más las tinieblas que la Luz
Jesús le aclara en qué consiste la conversión y la salvación que ha venido a traer:
"Tanto amó Dios al mundo que le entregó a su Hijo Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna.
Pues Dios no envió a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él.
El que cree en él no es juzgado; pero quien no cree ya está juzgado, porque no cree en el nombre del Hijo Unigénito de Dios.
Este es el juicio: que vino la luz al mundo y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, ya que sus obras eran malas. Pues todo el que obra mal odia la luz y no viene a la luz, para que sus obras no sean reprobadas.
Pero el que obra según la verdad viene a la luz, para que sus obras se pongan de manifiesto, porque han sido hechas según Dios" (Jn).
Ante Nicodemo, Jesús se manifiesta como Maestro que habla con autoridad. Dialoga, pero desde el que sabe que posee toda la verdad y la manifiesta poniéndose al nivel de su interlocutor. Jesús es doctor de una nueva verdad que puede ser aceptada por los hombres de buena voluntad se encuentre en el nivel que se encuentren.
Jesús, con Nicodemo, puede hablar con profundidad y decir que lo que viene a traer es más que una reforma moral, se trata de un descendimiento de la vida de Dios a los hombres. Dios ama tanto a los hombres que quiere liberarlos del pecado e incorporarlos a una unión viva con Él.
Jesús ha desvelado un poco el modo de realizar esa gran obra, al hablar de la serpiente elevada en el desierto, la cruz se apunta pero aún no se palpa ese exceso de amor de Dios por los hombres. Sin embargo, Nicodemo puede captar, mejor que la mayoría de los suyos, la grandeza de lo que está sucediendo ante sus ojos. Creer en ello es un obsequio de su libertad.
ENRIQUE CASES,
“Tres años con Jesús”,
Ediciones internacionales universitarias.
¿SABES QUIÉNES ERAN SAN EMETERIO Y SAN CELEDONIO?
En verso recogió por escrito los relatos de su muerte el poeta hispano Prudencio. Calahorra está unida a estos soldados por el hecho de su martirio y quizás también por ser el lugar de su nacimiento.
Soldados romanos que fueron matirizados a mitad del siglo III
Otros señalan a León como cuna por los libros de rezos leoneses -antifonarios, leccionarios y breviarios del siglo XIII- al interpretar «ex legione» como lugar de su proveniencia, cuando parece ser que la frase latina es mejor referida a la Legión Gemina Pia Felix a la que pertenecieron y que estuvo acampada cerca de la antigua Lancia, hoy León, según se encuentra en el documento histórico denominado "Actas de Tréveris" del siglo VII.
En la parte alta de Calahorra está la iglesia del Salvador -probablemente en testimonio permanente del hecho martirial- por donde antes estuvo un convento franciscano y antes aún la primitiva catedral visigótica que debió construirse, según la costumbre de la época, junto a la residencia real, para defensa ante posibles invasiones y que fue destruida por los musulmanes en la invasión del 923, según consta en el códice primero del archivo catedralicio.
No se conocen las circunstancias del martirio de estos santos; no las refiere Prudencio. ¡Qué pena que el emperador Diocleciano ordenara quemar los códices antiguos y expurgar los escritos de su tiempo! Con ello intentó, por lo que nos refiere Eusebio, que no quedara constancia ni sirviera como propaganda de los mártires y evitar que se extendiera el incendio. Tampoco hay en el relato nombres que faciliten una aproximación. ¿Fue al comienzo del siglo IV en la persecución de Diocleciano? Parece mejor inclinarse por la mitad del siglo III, en la de Valeriano.

Cierto es que Prudencio, nació hacia el 350, deja escrita en su verso la historia antes del 401, cuando se marcha a Italia, hablando de ella como de suceso muy remoto y no debe referirse con esto al tiempo de Daciano (a. 304) porque esta época ya fue conocida por los padres del poeta. Es bueno además no perder de vista que el narrador antiguo no es tan exacto en la datación de los hechos como la actual crítica, siendo frecuente toparse con anacronismos poco respetuosos con la historia.
El caso es que Emeterio y Celedonio -hermanos de sangre según algunos relatores- que fueron honrados con la condecoración romana de origen galo llamada torques por los méritos al valor, al arrojo guerrero y disciplina marcial, ahora se ven en la disyuntiva de elegir entre la apostasía de la fe o el abandono de la profesión militar. Así son de cambiantes los galardones de los hombres. Por su disposición sincera a dar la vida por Jesucristo, primero sufren prisiónlarga hasta el punto de crecerles el cabello. En la soledad y retiro obligados bien pudieron ayudarse entre ellos, glosando la frase del Evangelio, que era el momento de «dar a Dios lo que es de Dios» después de haberle ya dado al César lo que le pertenecía. Su reciedumbre castrense les ha preparado para resistir los razonamientos, promesas fáciles, amenazas y tormentos. En el arenal del río Cidacos se fija el lugar y momento del ajusticiamiento.
Muy pronto el pueblo calagurritano comenzó a dar culto a los mártires. Sus restos se llevaron a la catedral del Salvador; con el tiempo, las iglesias de Vizcaya y Guipúzcoa con otras hispanas y medio día de Francia dispusieron de preciosas reliquias. Junto al arenal que recogió la sangre vertida se levanta la catedral que guarda sus cuerpos. Hoy Emeterio y Celedonio, los santos cantados por su paisano Prudencio, y recordados por sus compatriotas Isidoro y Eulogio son los patronos de Calahorra que los tiene por hermanos o de sangre o -lo que es mayor vínculo- de patria, de ideal, de profesión, de fe, de martirio y de gloria.
Templo de Zorobabel
En 537 Sasabasar, nombrado gobernador de Jerusalén por Ciro, rey de Persia, y Zorobabel, un descendiente del Rey Joaquín, volvieron de la cautividad con un vasto número de judíos, provistos de autoridad para reconstruir el Templo de Jerusalén.
En el séptimo mes después de su vuelta, el altar de los holocaustos de piedra sin labrar se había colocado sobre los fundamentos del anterior. En el segundo mes del segundo año pusieron la primera piedra del nuevo Templo. Pero la obra se vio dificultada e incluso suspendida por la hostilidad y conspiraciones de los Samaritanos, y el Templo no se acabó hasta 516 (Esdras, 3, 6).
El Templo de Zorobabel era de sesenta codos de ancho y lo mismo de alto (Esdras, 6, 3), siendo éstas las dimensiones interiores. Josefo nos dice (Ant. Jud., XV, xi, 1) que ésta era realmente su altura, pues Herodes recordó al pueblo que la altura del segundo Templo era de sesenta codos menos que la del primero, al ser el Templo de Salomón de ciento veinte codos de alto, según 2 Crónicas, 3, 1. Es difícil decir si la anchura de sesenta codos atribuida al Templo por el decreto de Ciro era en números redondos, o si las cifras se refieren al codo más pequeño entonces en uso, pero importa poco, pues si la anchura fuera realmente sesenta codos reales sólo significaría que las cámaras laterales se habrían ampliado cinco codos por cada lado. El Santo y el Santo de los Santos mantuvieron en el Templo de Zorobabel las dimensiones que tenían en el de Salomón, y permanecieron iguales en el tercer Templo.

Sabemos por Esdras (3, 12) y por Ageo (2, 3) que el Templo de Zorobabel era muy inferior al de Salomón. La pobreza del nuevo Templo consistía principalmente en la escasez de su mobiliario. El Arca de la Alianza no había sido recuperada y el
debirestaba vacío, pero como era la morada de Dios en la tierra la entrada se ocultó una vez más con un costoso velo. En el Santo había un nuevo altar del incienso y una mesa para los panes de la proposición, pero sólo había un candelabro de siete brazos. Una vez más se acumularon los tesoros, y todo el mobiliario era de nuevo de oro o recubierto con planchas de oro, incluidas las paredes.
En 168 antes de Cristo los metales preciosos que adornaban el Templo suscitaron la codicia de Antíoco Epífanes, quien “se llevó el altar de oro, el candelabro de la luz, y todos los recipientes, la mesa de la proposición, y los vasos de las libaciones, y los frascos, y los pequeños morteros de oro, y el velo, y las coronas, y el adorno dorado que estaba delante del templo, y los rompió todos en pedazos” (1 Macabeos, 1, 23). Judas Macabeo se apresuró a dotar la casa de Dios con nuevo mobiliario.
La mesa de la proposición escapó a la destrucción del Templo por Tito y con otros utensilios sagrados figuró en la procesión triunfal del conquistador en Roma (Bell. Jud., VII, v, 4-6) El patio interior tenía la misma circunferencia que la del primer Templo (Esdras, 6, 4), y según Hecateo, citado por Josefo, el altar de los holocaustos tenía las mismas dimensiones que el de Salomón. La Mishná (Middoth, III,VI) menciona un recipiente móvil sobre ruedas. Josefo (Ant. Jud., XI, IV, 7) relata que Zorobabel había erigido varios pórticos con vestíbulos dentro de los recintos interiores del templo y en 1 Mac., 4, 38,57, hay mención de las cámaras construidas en el patio interior.
Durante las heroicas guerras de los Macabeos con los sirios el Templo tuvo que sufrir muchas vicisitudes. Los muros con sus grandes torres construidas por Judas Macabeo para la protección del Templo (1 Macabeos, 4, 60) fueron destruidos por Antíoco Eupator (1 Macabeos, 6, 62), pero Jonatán y Simón los reconstruyeron enseguida (Ant. Jud., XIII, 5, 11). En el 63 antes de Cristo Pompeyo, tras tomar la ciudad, puso sitio al Templo, para quebrar la última resistencia de los judíos (Ant. Jud., XIV, IV, 4), y nueve años después el procurador Craso lo despojó de sus riquezas (Ant. Jud., XIV, VII,1). Finalmente Herodes, hecho rey de los judíos por el Senado, se vio obligado a tomar la ciudad por asalto y a asediar la fortaleza del Templo (Ant. Jud., XVI, XVI, 2 y s.).
San Agustín: Extracto de sus confesiones
Las Confesiones son, en el sentido bíblico de la palabra confíteor, no un reconocimiento o una declaratoria, sino la alabanza de un alma que admira la obra de Dios dentro de sí misma.
De todos los trabajos del santo doctor, ninguno ha sido más leído y admirado universalmente, y ninguno ha provocado tantas lágrimas curativas como éste. Muy difícilmente puede encontrarse en la literatura otro libro que pueda equipararse con éste en lo referente al análisis penetrante de las más complejas impresiones del alma, a la sensación comunicativa, a la elevación del sentimiento, o a la profundidad de sus visiones filosóficas.
Las Confesiones
Textos tomados de la versión libre de P. A. URBINA, Ediciones Palabra, Madrid 1974.
La finalidad de Agustín, al escribir sus Confesiones:
Hipona, año 399
He aquí que amaste la verdad, porque el que la realiza viene a la luz. Yo quiero hacer la verdad en mi corazón delante de Dios con esta confesión, y delante de tantos testigos con este escrito mío. A los ojos de Dios está siempre al descubierto el abismo de la conciencia humana, ¿qué podría haber oculto en mí para Dios, aunque yo no quisiera decir la verdad? Lo que haría sería ocultar a Dios de mi vista, pero no me puedo ocultar de la de Dios. Ahora que con mis confesiones queda claro que no tengo nada por lo que estar satisfecho de mí mismo, Dios se me aparece radiante y me atrae, y le amo y le deseo hasta el punto de olvidarme de mí mismo, de rechazarme para elegirle a Él.
Quienquiera que yo sea, soy del todo conocido por Dios. Mi confesión no es sólo con palabras y gritos vacíos, sino que está dicha con palabras y gritos que me salen del alma. Dios sabe que es así. Cuando no obro bien, decir la verdad no es otra cosa que acusarme a mí mismo; y cuando soy virtuoso, decir la verdad no es otra cosa que atribuir a Dios el mérito, porque el Señor es quien bendice al justo, y el que, antes, hace justo al malvado.
Así, pues, mi confesión en la presencia de Dios es callada y no lo es; es callada por ser sin ruido de palabras, pero no lo es en cuanto al afecto de mi corazón. Ni una sola palabra podría decir siquiera si, antes, Dios no me la hubiera escuchado, y no podría escuchar nada de mí si antes no me hubiese hablado Él a mí.
¿Para qué tengo yo que confesarme con los hombres como si ellos fueran a perdonarme mis pecados? Los hombres están siempre dispuestos a curiosear y averiguar vidas ajenas, pero les da pereza conocerse a sí mismos y corregir su propia vida. ¿Por qué quieren oírme decir quién soy yo? ellos, que no quieren que Dios les diga quiénes y cómo son. Por otro lado, ¿cómo saben que les digo la verdad cuando hablo de mí mismo? Nadie sabe lo que pasa en el hombre, si no es el espíritu del hombre que hay en él. Si Dios les hablara de ellos, no podrían decir «El Señor miente». Porque si Dios les hablara de ellos se conocerían a sí mismos; ¿y quién, si se conoce a sí mismo, puede decir «es falso», a no ser que se mienta a sí mismo?
Pero puesto que la caridad todo lo cree -me refiero a los que están unidos por el amor-, también yo me confieso a Dios de este modo, unido a Él por el amor, para que los hombres lo oigan, aunque no pueda probarles que lo que digo es verdad; pero yo sé que me creéis porque ha sido el amor el que os ha hecho interesaron y leer con atención mis confesiones.
Quiero explicar para qué escribo esto ahora. La confesión que hice de mis pecados antes de mi conversión -que Dios ya me perdonó para hacerme dichoso al cambiar mi alma gracias a la fe y sus sacramentos-, cuando se lee o se oye, mueve el corazón para que no se duerma en el desaliento y diga: «¡no puedo!», sino que le despierta al amor y a la felicidad, la misericordia y la gracia de Dios, porque se vuelve fuerte todo el que antes se sentía débil.
Y a los que ya son buenos, les gusta oír contar la historia de males pasados, de aquellos que fueron malos y no lo son ya. No que les satisfagan los males ajenos, sino al contrario, que se hayan liberado de ellos.
Por tanto, ¿con qué intención confieso delante de Dios a los hombres, con este nuevo escrito, lo que ahora soy, ya no lo que fui? Ya he dicho el fruto que han producido las confesiones de lo que fui antes de convertirme; pero hay muchos -unos me conocieron entonces y otros no- que desean saber cómo soy ahora; porque si bien algo han oído de mí, no han escuchado la confesión plena y sincera de mi corazón, único sitio donde se guarda realmente lo que soy. Por eso quieren oírme hablar a mí, mi propia confesión, que les diga lo que ahora soy dentro, porque ahí, dentro de mí, no pueden entrar ellos. Están dispuestos a conocerme, porque el amor, que los hace buenos, les dice que no les miento cuando confieso estas cosas de mí, y este mismo amor es el que hace que me crean.
Pero, ¿para qué quieren que escriba esto? ¿Desean quizá alegrarse conmigo al oír cuánto me he acercado a Dios por su gracia, y rezar por mí al saber todo lo que me he retrasado por el peso de mis propios pecados? Me daré a conocer porque no es pequeño el fruto que puede producir: que sean muchos los que den gracias a Dios por mí, y que recen por mí; deseo que quienes me lean se sientan movidos a amar lo que Dios enseña, y a dolerse de lo que se deben doler. Sé que lo conseguiréis con vuestra buena disposición de hermanos, no haciendo crítica; sé que cuando os parezca algo bien de lo que escribo, os alegraréis por mí, y que cuando algo os parezca mal os entristeceréis por mí, porque tanto si aceptáis algo como si lo rechazáis, sé que me queréis.
A éstos es a quienes quiero darme a conocer. Para que os sintáis a gusto entre mis cosas buenas, y os duelan las malas.
Mis cosas buenas son las obras y gracia de Dios; las malas son mis pecados y el juicio de Dios por ellos. Que os enriquezcáis con mis cosas buenas, y que las canciones y las lágrimas de estos corazones de hermanos suban a la presencia de Dios como el incienso.
(o.c. 195-198)
Las dificultades académicas de San Agustín:
Fines de verano, año 383
Me convencieron de ir a Roma y enseñar allí lo que enseñaba en Cartago. Aunque no debo dejar de confesar el motivo que me movió a hacerlo: mi determinación de ir a Roma no fue por ganar más ni conseguir más prestigio, como me prometían los amigos que me aconsejaban eso —aunque también influyeron estas cosas en mi decisión—, sino que el mayor motivo y casi único fue que yo había oído que los adolescentes de Roma eran más correctos y sosegados en las clases, debido a la rigurosa disciplina a que estaban sometidos, y no les estaba permitido entrar en las aulas que no fueran las suyas sin previo permiso ni armar alboroto. Todo lo contrario ocurría con Cartago, donde es tan grosera y desmedida la conducta de los estudiantes, que entran con toda desvergüenza en las clases, y con su alboroto perturban el orden establecido por los profesores para provecho de los alumnos. Cometen además, con increíble estupidez, multitud de insolencias que deberían castigar las leyes, apoyándose sólo en que es costumbre; eso los califica aún más de groseros insensatos, pues hacen como si fuera lícito lo que no podrá serlo nunca, y creen que quedan impunes de sus fechorías, y no se dan cuenta que la ignorante ceguera con que las hacen es su mayor castigo, mucho mayor mal y peor que el que consiguen ellos hacer.
Yo me veía obligado en Cartago a soportar como profesor esas malas costumbres que, siendo estudiante, no quise nunca hacer. Por eso deseaba ir a Roma, donde los que lo sabían me aseguraban que no se daban allí semejantes cosas.
Pero el verdadero porqué de que yo saliera de Cartago y me fuera a Roma sólo Dios lo sabía; me ponía espinas en Cartago —por así decir— para arrancarme de allí, y me ofrecía esperanzas de una mejor situación en Roma para atraerme allá; aunque yo buscara una falsa felicidad, Él quería la salud para mi alma, sin indicármelo a mí ni a mi madre, que lloró enormemente mi partida y me siguió hasta el mar (...).
Recuperado ya de mi enfermedad, comencé con toda presteza a poner en práctica el motivo por el que estaba en Roma, es decir, enseñar retórica. Empecé por reunir al principio a algunos estudiantes en mi propia casa, y así darme a conocer a ellos y, a través de ellos, a los demás.
Pero en seguida pude comprobar que los estudiantes de Roma hacían también trastadas que no había visto hacer a los de África; aunque es verdad que nunca vi a los de Roma actuar como a esos perdidos adolescentes de Cartago, los destructores. Me decían que a veces, los estudiantes de Roma, de repente, se ponían todos de acuerdo y dejaban a un profesor y se iban a otro para no tener que pagar al anterior.
Esta falta de fidelidad y ese tener en nada la justicia, por no gastar su dinero, me indignaba. Me indignaba contra ellos más por el perjuicio económico que me causaba que porque fueran injustos. Incluso ahora odio a este tipo de gente desleal y rastrera, aunque deseo que se enmienden y prefieran las enseñanzas que aprenden más que el dinero. Entonces no, entonces —lo confieso— deseaba que fueran honrados porque me convenía.
Así que en cuanto la ciudad de Milán pidió al prefecto de Roma que le enviase un maestro de retórica, pudiendo usar para el viaje el correo imperial, yo mismo solicité inmediatamente, por medio de esos borrachos de vaciedades maniqueas (de los que me iba a separar sin que ellos lo supieran, ni yo), que, mediante la presentación de un discurso de prueba, el prefecto me enviase a mí. Entonces el prefecto era Símaco.
(o.c. 75-76.83)
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San Agustín fue un hombre extraordinario
"Su vida es mucho más apasionante que cualquier novela"
Entrevista a José Ramón Ayllón
Es autor de una exitosa versión reducida de las Confesiones de San Agustín. José Ramón Ayllón nos ofrece una versión directa de la vida de San Agustín, sin centrarse tanto en la filosofía o la teología como en la propia vida del Obispo de Hipona en un lenguaje actual y ágil. A continuación ofrecemos unas palabras del autor de esta versión:

¿Quién fue San Agustín?
Un hombre a la altura del momento extraordinario que le tocó vivir. Contempló la caída del más poderoso imperio antiguo. Pasó de sabio pagano a obispo de la nueva religión de un mundo nuevo. En la frontera entre dos civilizaciones, entendió perfectamente ambas culturas, y su síntesis entre platonismo y cristianismo ha configurado Europa hasta nuestros días. Su fuerza creadora le lleva a inaugurar dos géneros: la autobiografía y la teología de la Historia.
¿Qué importancia tiene como filósofo?
Es un Top Ten, sin ninguna duda. Su obra filosófica, por su amplitud y profundidad, supera a todas las anteriores expresiones del pensamiento cristiano, y deja su impronta en los siglos venideros. En La Ciudad de Dios, primer ensayo de filosofía y teología de la Historia, leemos que la religión y la política apuntan al mismo fin: descubrir y amar al Dios que habita en el interior de cada criatura humana; de ahí que la Iglesia fundada por Cristo, deba dar forma al Estado con sus principios, y tenga el derecho de apoyarse en él. Esta concepción recorrerá, desde entonces, toda la historia política de Europa. Por eso, en Le Monde, Roger-Pol Droit tituló un editorial cultural de fin de año con estas palabras: Nombre: Agustín; sobrenombre: Occidente.
¿Qué son las Confesiones?
Hoy estamos acostumbrados al género autobiográfico, pero Agustín es el pionero que lo crea. Y lo hace de forma genial, hasta el punto de lograr una obra considerada, por muchos, el mejor libro de la Historia, después de la Biblia. En esas páginas, nos regala una mezcla insuperable de antropología, ética, psicología y estilo. Si reducimos a esquema su contenido, podemos decir que la autobiografía más reeditada y leída es la introspección de un alma en carne viva, una búsqueda apasionada de la felicidad, un alarde de psicología y estilo literario. Y, sobre todo, una oración a corazón abierto.
¿Por qué esta versión reducida?
Pienso que algunos clásicos solo pueden entrar en las aulas si se facilita su lectura. Ése ha sido mi reto. ¿Con qué criterios? En primer lugar, he suprimido digresiones filosóficas y teológicas, para mostrar al desnudo la vida apasionante del joven Agustín, hasta su conversión. Por otro lado, he intentado hacer justicia a su altísima calidad literaria por medio de un castellano del siglo XXI, alejado de la retórica arcaida de algunas traducciones.
¿Le ha servido su experiencia como novelista?
Por supuesto. Pero el propio Agustín me ha dado todas las facilidades, pues su vida –donde no faltan los ingredientes morbosos- es más apasionante que cualquier novela. Y su forma de contrala me parece insuperable.

Ayllón, José Ramón
Palabra
José R. Ayllón
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