Esta extraordinaria mujer llevó su búsqueda de la verdad hasta las últimas consecuencias creyendo que detrás de ella se hallaba Dios. Nació en Breslau, Polonia (entonces Alemania), el 12 de octubre de 1891, en plena celebración del Yom Kippur hebreo. Su madre, de profunda fe judía, acogió gozosa a la undécima de sus hijos que vino al mundo justamente el día de la Expiación. Este signo premonitorio marcaría la vida de Edith que se vinculó a la Pasión redentora de Cristo. Su camino estuvo plagado de renuncias y sufrimientos de distinta índole, comenzando por la pérdida de su padre cuando apenas tenía 2 años. Era de temperamento nervioso e irascible, pero tras él se escondía una privilegiada inteligencia que le llevaba a reflexionar con inusual madurez a la edad de 7 años. Sin embargo, al llegar a la adolescencia, en una crisis aguda propia de la edad dejó aparcados sus estudios y las prácticas piadosas que su madre le había inculcado. Pasó gran parte de 1906 en Hamburgo junto a su hermana Else y al año siguiente, reconciliada consigo misma y con la vida en general, retornó a las aulas.
Era una alumna destacada. Por puro interés crematístico, dado que en un futuro debía ganarse el sustento, en 1911 tras haber realizado la reválida cursó estudios de historia alemana y psicología en la universidad de Breslau. Pero su verdadera pasión era la filosofía. Por ello, en 1913 ingresó en la universidad de Göttingen. Las tesis de Edmund Husserl, promotor de la corriente fenomenológica, causaban furor. Y Edith, como muchos alumnos, se afilió a ella. Husserl fue su profesor y director de tesis. En esos años trabó contacto con Max Scheler, y el atisbo de luz que ya había percibido en su búsqueda de la verdad junto a Husserl, si bien fue incompleta, al escuchar a Scheler despejó su camino y le mostró la vía del catolicismo. Era un paso crucial, ya que su trayectoria había estado marcada por un férreo ateísmo.
Aprobó el examen de Estado en 1915 con la brillantez acostumbrada, y realizó un curso de enfermería para auxiliar a los heridos de la Guerra Mundial en un hospital militar austriaco. En 1916, después de haber visto de cerca el sufrimiento y la muerte de tantos jóvenes combatientes, preparó y defendió la tesis que mereció la más alta calificación. Algunos de sus amigos y compañeros pudieron influirle en el camino de la fe, pero los elegidos para que diese el salto definitivo fueron el colaborador de Husserl, Adolf Reinach, y su esposa, convertidos al catolicismo. Cuando Adolf murió, Edith se halló frente a la fe y esperanza de su viuda, que acogía confiada el reencuentro con él en la vida eterna. Quedó desarmada: «Este ha sido mi primer encuentro con la cruz y con la fuerza divina que transmite a sus portadores... Fue el momento en que se desmoronó mi irreligiosidad y brilló Cristo».
Edith fue ayudante de Husserl desde 1916 hasta 1918. No volvió a verlo hasta 1930. Preocupada por el papel de la mujer, de la que fue activa defensora en conferencias y escritos, su condición femenina le creó muchos problemas para ejercer la docencia. Además, su origen judío constituyó un veto para obtener la habilitación acreditativa para impartir clases. Regresó a Breslau y se centró en la redacción de artículos. Entre sus diversas lecturas, introdujo la del Nuevo Testamento y los Ejercicios de san Ignacio de Loyola. En el transcurso de una corta estancia en el domicilio de su amiga Hedwig Conrad-Martius en 1921, leyó la vida de la santa de Ávila y le invadió una profunda conmoción: «Cuando cerré el libro, me dije: esta es la verdad». Se bautizó en enero de 1922 y en febrero recibió la confirmación. Pasó por el duro trance de ver con cuánto dolor acogía su madre la noticia. Quiso ingresar en el Carmelo, pero tampoco lo tuvo fácil. Los años siguientes ejerció como profesora, se dedicó a traducir textos, entre otros, de santo Tomás de Aquino, a impartir conferencias, y a escribir obras de gran profundidad filosófica.
En 1933, cuando el holocausto judío había estallado, le abrieron las puertas del Carmelo de Colonia. Volvió a su hogar y se despidió de su madre en medio de indecible sufrimiento. Las lágrimas de ambas rodando por sus mejillas no eran más que la pálida sombra de dos corazones que sin romperse jamás seguían dos caminos de fe divergentes. Cuando Edith abandonó su casa, junto al peso del ofrecimiento que hizo a Cristo, brillaba con inusitada fuerza el candil de la esperanza evangélica: «todo aquél que deje padre, y madre…». Sabía que esos jirones de su vida iban reconvirtiéndose en odres nuevos conforme se alejaba de los suyos para adentrarse en su apasionante destino. Tomó el hábito en 1934, a los 42 años, y el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. En 1936 culminaba su emblemática obra Ser finito y ser eterno. Profesó en abril de 1938 y ese mismo mes fallecía Husserl.
Su admirable vida, fraguada de trabajo, humildad, oración y sacrificios iba desarrollándose en este convento y en el holandés de Echt desde finales de 1938. Hasta que el 2 de agosto de 1942 los nazis la detuvieron a ella y a su hermana Rosa, que había seguido sus pasos y era portera del convento. «Ven, vayamos por nuestro pueblo», le dijo. En «Amor por la cruz» había escrito: «Solo puede aspirar a la expiación quien tiene abiertos los ojos del espíritu al sentido sobrenatural de los acontecimientos del mundo; esto resulta posible solo en los hombres en los que habita el Espíritu de Cristo, que como miembros de la Cabeza encuentran en Él la vida, la fuerza, el sentido y la dirección». De Amersfoort pasaron al campo de extermino de Westerbork. Recluidas en él hasta el 7 de agosto, el 9 las trasladaron a Auschwitz-Birkenau junto a 987 judíos, siendo sacrificadas en la cámara de gas. Frente a la ignominia y la sinrazón de la Shoah, Edith halló al pie de la cruz la luz redentora de Cristo. Juan Pablo II la beatificó el 1 de mayo de 1987, y la canonizó el 11 de octubre de 1998. El 12 de julio de 1999 la declaró copatrona de Europa.
Ante este extraño fenómeno de reproducción religiosa –dado a las incesantes persecuciones y asesinatos que aún así seguía invitando a abrazar a este credo-, se le ocurriría hacer de los cristianos fieles, los mejores amigos de Roma; para que respondieran siempre a favor y al servicio de su Imperio.
Su inteligencia feroz le permitió formular la gran estrategia geopolítica y militar. Constantino I no sólo consolidaría la primera piedra de la hegemonía posterior de la Iglesia -gracias al Edicto de Milán en el año 313-; sino que también impulsaría a la expansión del Imperio romano, gracias a su complicidad con el credo que conquistaba el Mediterráneo oriental.
La genialidad constantina surgiría durante la batalla del Puente Milvio contra Majencio; de la cual saldría victorioso ocupando la capital italiana. Durante dicho conflicto, el cómplice de la futura Iglesia ordenó reemplazar el símbolo del «sol invictus» por la cruz, a todos los soldados. Posteriormente ésta se convertiría en la insignia principal en el lábaro del emperador y del Ejército.
Eusebio de Cesarea, el principal historiador del curso de la Iglesia hasta el año 339, describiría este enfrentamiento bélico. Este biógrafo aseguraba que Constantino I había tenido una visión acompañada de una voz, la cual le susurraba que la cruz lo llevaría a la victoria. Por esta razón, el emblema cristiano pasaría a convertirse en la fuerza del Imperio.
Antes de la figura suprema y autoritaria del emperador, Roma era gestionada por una tetrarquía; en la que todos los asuntos del Imperio eran controlados por cuatro administradores provinciales.
De esta manera, la idea de lo que podía significar una «repartición equitativa» de responsabilidades y privilegios; se vio aniquilada por la ambición desmedida de Constantino I.
La renuncia y la muerte de los patriarcas de Roma: Diocleciano, Maximiano (el padre de Majencio), Galerio y Constancio Cloro (el padre de Constantino); iba llamando a los herederos y a otras personalidades ajenas a la sangre, a imaginarse gloriosos en el trono.
Por esta razón, las conspiraciones y traiciones comenzarían a crear una telaraña de conflictos; en la que se anunciaba una guerra próxima motivada por la rivalidad entre los herederos más jóvenes, Constantino I y Majencio.
Un buen día, en el año 312 sucedería la batalla del Puente de Milvio. Ni corto ni perezoso, Constantino decidió que su competente rival sobraba; así que movilizaría a sus tropas para invadir el norte de Italia. Como Majencio tenía fama de derrotar a sus enemigos sin hacer nada –tenían víveres suficientes para resistir el asedio enemigo-, Constantino había preparado a su Ejército para esperar a que éste se asomara y finalmente saliese humillado. Y sin otro remedio que una oportunidad de librarse de su presencia, por medio de la contienda.
Para la sorpresa de Constantino, Majencio salió antes de lo pensado. De esta manera, se enfrentaría a él en la periferia de la ciudad de Roma. Muy precipitadamente, se desataría una cruenta batalla tras el Tíber pero con un final confuso (unas fuentes aseguran que cayó al río y como no sabía nadar murió ahogado, y otras que ante la derrota se suicidó).
Partiendo del hecho de que el río Tíber le encharcara los pulmones, el amigo de los cristianos resultó vencedor. No obstante, según Eusebio de Cesarea, hubo un hecho místico que influyó en que el infeliz de Majencio no sobreviviera al chapoteadero. El misterio se le atribuía a un sueño revelador que había tenido Constantino I durante la noche anterior a la batalla.
Esta revelación la recopila Javier Martín Serrano en su libro «365 curiosidades asombrosas de la Historia, la Ciencia y las Religiones»: «El origen de la cruz como símbolo de la fe cristiana se remonta a un hecho biográfico del emperador romano Constantino I El grande (280-337). Según cuenta su biógrafo Eusebio Pánfilo, cuando Constantino se dirigía a Majencio, el año 312, donde habría de disputarse una importante batalla (la conocida como del Puente Milvio), apareció ante sí una gran cruz rodeada por la frase «in hoc signo vinces» («con este signo vencerás»). Impresionado, Constantino mandó que a partir de entonces figurase en los estandartes o lábaros de sus tropas una cruz cristiana orlada con tal inscripción. Años después, durante el primer Concilio de Nicea, celebrado en el año 325, el emperador decretó que fuese adoptada la cruz como símbolo oficial de la religión cristiana».
Constantino I Iegalizaría este credo como estrategia en la expansión de su poder. De esta manera, el emperador representa la primera piedra en los cimientos de la hegemonía de la Iglesia. A pesar de casi tres siglos de persecución y ejecución, la pasión de Cristo reunía cada vez a más seguidores; los cuales vivían escondidos de la ley.
Los primeros cristianos se reunían en lugares de culto clandestinos y se identificaban con el símbolo «ichtys», el pez con el acrónimo de IXCTOS que se refiere a Jesús Cristo Hijo de Dios.
En el año 313 los emperadores de Roma en Occidente, Constantino I, y en Oriente, Licinio, firmarían el Edicto de Milán. Gracias a esta noble transición en la libertad del culto cristiano, el Imperio comenzaría a sentir una nueva fuerza; la cual le permitió estirarse sobre el vasto Mediterráneo oriental. Esto le valdría el sobrenombre de«el Grande».
Irak, y en especial, los pueblos cristianos de la Llanura de Nínive, recobran su dinamismo y actividad con el retorno de más de 8.800 familias. Tras la derrota de Daesh en 2016, el regreso de los sacerdotes y religiosos, los cristianos desplazados por la guerra, comenzaron a volver a su tierra. Esta vuelta ha sido, y está siendo posible, gracias al proyecto de reconstrucción de la Llanura de Nínive que apoya Ayuda a la Iglesia Necesitada.
Más de 39.900 cristianos hoy pueden ver y ayudar a reedificar sus casas. Otros ya disfrutan de un nuevo esplendor que ha sido devuelto a sus viviendas. Son 568 las que hasta ahora han sido restauradas completamente.
Lo que comenzó frágil como un olivo joven, la reconstrucción, es ahora un gran proceso que da sus frutos. 4.765 propiedades restauradasen los pueblos de Bartella, Karamles y Qaraqosh. Casas, templos y otros edificios de la Iglesia recuperados en su totalidad porque “no se puede concebir un Oriente Medio sin cristianos”, como dijo el Nuncio de Irak y Jordania, Mons. Alberto Ortega.
Con la invasión de Daesh 1.234 casas fueron destruidas, 3.155 quemadas, 13.555 dañadas y 9.166 sufrieron deterioros parciales. La Llanura de Nínive quedó desolada, sin vida. Estas circunstancias unieron, por primera vez a líderes de la Iglesia Caldea, Católica Siria, Ortodoxa Siria, con el propósito de devolver la presencia cristiana a esta región. Fue así como surgió el Comité de reconstrucción por el que el 44,63% de las familias cristianas han regresado a Irak.
Ayuda a Iglesia Necesitada
Se trata de dos edificios, construidos en la época del emperador Adriano, que forman parte de la fortaleza militar descubierta en la primavera de 2016 en el distrito romano de Celio, explicó el superintendente especial para arqueología en Roma del Ministerio italiano de Bienes Culturales, Francesco Prosperetti.
La zona donde se produjo el descubrimiento está en los alrededores de la actual basílica de San Juan de Letrán. Denominado el gran «Campo de Marte» en la Roma antigua, fue en aquella época un «verdadero barrio militar», construido especialmente en la época de Trajano (principios del siglo II d.C.).
El nuevo hallazgo arqueológico se ubica a una profundidad de 12 metros, un nivel aproximadamente tres metros por debajo que el resto del cuartel, y fue calificado de «extraordinario» por el Ministerio. El primer edificio se configura como un área rectangular y abarca una extensión de 300 metros cuadrados, en la que están dispuestas 14 habitaciones alrededor de un patio central, antiguamente equipado con fuente y piscinas.
«Creemos que se trata de la casa de un comandante, pues su decoración es rica y refinada, lo que no era propio de los soldados», dijo Prosperetti, quien calificó el estado de conservación de las estancias de «muy bueno» y dijo que se han descubierto además «pequeñísimos objetos y amuletos femeninos».
Con frescos naturales en las paredes y pavimento realizado en mármol blanco y pizarra gris, en forma de mosaico, se aprecian transformaciones tanto en las propias estancias como en sus revestimientos, lo que podría ser indicio de «que fue utilizada sucesivamente por varias personas como residencia», expuso el superintendente.
En su última fase, además, se equipó con una escalera hacia la planta superior, probablemente un acceso a las oficinas o a los dormitorios de los soldados, lo que apoya la hipótesis de que se trataba de la residencia de un alto mando, pues un ciudadano privado en la época no podría construir su «domus» en contacto con un edificio militar. En esta línea, otra de las posibilidades barajadas es que fuese el cuartel del servicio secreto del emperador.
Según adelantó Prosperetti, la idea es ahora «consolidar y reconstruir» toda la zona a fin de ponerla a disposición del público en «un pequeño museo» situado en esta misma parada de metro, dijo. Calculó que para su apertura podrán quedar «al menos 5 años», pero juzgó que una vez concluida «será la estación de metro más bonita del mundo».
El Tabor es un monte considerado sagrado desde tiempos inmemoriales. De hecho, era lugar de culto cananeo. Pero fue a través de las más antiguas narraciones de la Biblia que encontró su lugar en la historia del pueblo elegido.
Recordado por el salmista para ilustrar la magnificencia de Dios en la creación, servía de frontera para las tribus israelitas del norte, y era célebre por los episodios victoriosos de Débora y Barak en la lucha contra Sísara, narrados en el libro de los Jueces.
Acontecimientos importantes en la historia de la salvación pero que se diluyen frente a aquel hecho extraordinario narrado en los evangelios.
“Jesús subió a un monte a orar, acompañado de Pedro, Santiago y Juan y se transfiguró ante ellos”.
Aunque el Evangelio no especifica el nombre de la montaña donde sucedió el excepcional episodio de la Transfiguración, una antiquísima tradición que se remonta a Orígenes (en el siglo III), identifica precisamente este monte, el Tabor, como el lugar donde Jesús se transfiguró ante la mirada atónita de los tres discípulos.
Y aquí, donde Pedro, lleno de entusiasmo, dijo al Señor: “Qué bien que estamos aquí. Hagamos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías”, muy pronto los cristianos construyeron tres capillas.
Destruida y reconstruida varias veces a lo largo de los siglos, actualmente se ha incorporado esta Basílica edificada por los franciscanos en 1924 sobre planos del arquitecto Barluzzi. Los dos campanarios junto a la fachada se alzan sobre la zona de las dos capillas bizantinas dedicadas a Moisés y Elías.
El interior de la Basílica, de tres naves, está dividido por pilares macizos y robustos arcos. Una amplia escalinata baja a la cripta que ocupa la zona de la tercera capilla bizantina y de la anterior cripta cruzada. De hecho el altar está realizado con restos cruzados. La escena de la transfiguración se recuerda en un gran mosaico en el ábside central.
La Puerta del Viento, que todavía marca la entrada a la explanada de la cumbre del Tabor, era la única entrada a la fortaleza sarracena construida en el siglo XIII. Después de la derrota del Reino latino, durante un largo periodo los cristianos abandonaron el monte. Es célebre la destrucción ordenada por el sultán Baybars en 1263 que convirtió la cumbre del Tabor en una montaña de escombros abandonados durante casi cuatro siglos. Eran pocos los valientes peregrinos que subían. Los franciscanos de Nazaret y Jerusalén subían de vez en cuando, mediante el pago de un peaje, para llevar a cabo la liturgia.
En el camino que conduce a la plazoleta, la capilla del “Descendetibus”, construida en recuerdo de la orden dada por Jesús a los discípulos (de no hablar con nadie de esta visión), mientras bajaban de la montaña.
Actualmente todavía son visibles, ante el santuario, las ruinas del convento benedictino de época cruzada, descubiertas a finales del siglo XIX.
Los franciscanos que después de sucesivas vicisitudes tomaron posesión de la cima del monte, donado por el emir Fakhr ed Din, en 1631, tienen ahora, además de su convento, un hospedería y un lugar de descanso para peregrinos, gestionado desde 2006 por la Comunidad Mundo X.
El Tabor fue visitado en 1964 por el Papa Pablo VI, que murió en 1978 precisamente el 6 de agosto.
Esta colina, que es el Monte Moria (2 Crónicas 3,1) del Génesis (22,2) estuvo desde entonces destinada a ser el emplazamiento del Templo de Yahveh, para el que David había amasado ya grandes tesoros, pero cuya construcción se reservaba a Salomón. Como hasta entonces los hebreos no habían cultivado las artes, Salomón se dirigió a Hiram, rey de Tiro en Fenicia, para conseguir constructores y obreros hábiles en la piedra, metal y la madera de cedro y ciprés del Líbano. Tras siete años y medio de trabajo, el rey pudo dedicar solemnemente el templo del Dios verdadero.

Se admite generalmente que la “roca sagrada” en el centro de la Mezquita de Omar constituía la base del altar de los holocaustos en el Templo de Jerusalén. En esta colina, según una antigua tradición, Abrahám se dispuso a sacrificar a su hijo Isaac; aquí, junto a la era de Ornán, el ángel exterminador volvió a guardar su espada en su vaina; y en esta era, que según la costumbre estaba situada en el punto más alto, erigió David un altar al Señor.
Si esta roca prominente fue constantemente preservada en las diversas reconstrucciones de la plataforma debe haber sido por sus asociaciones. Además, se corresponde con todos los requisitos del Éxodo (20,24 y s.) para el altar de los holocaustos. Es una roca de piedra caliza, sin labrar e irregular, de cincuenta y ocho pies de largo por cuarenta y cinco de ancho, y que sobresale tres o cuatro pies por encima del suelo. Además, casi en el nivel superior de su superficie hay un agujero por donde se cree que la sangre y el agua de las abluciones fluía en la cavidad inferior para ser llevada por un conducto subterráneo al valle del Cedrón. La Mishna (Yoma, II,I) afirma que bajo el altar de los holocaustos había un canal de esta clase. Admitido este punto, la “roca sagrada” servirá como señal para descubrir el sitio exacto de la casa de Yahveh, porque esta última se abría hacia el este, enfrente del altar de los holocaustos y consiguientemente al oeste del patio de los sacerdotes que contenía el altar.
Las principales fuentes de información relativas al plano, construcción y adorno del Templo son, en primer lugar 1 Rey. 6,7; luego el relato paralelo de 2 Crón. 3 y 4, que tiende a magnificar inconmensurablemente las dimensiones.
El profeta Ezequiel describió el Templo a la luz de una visión celestial, y aunque su descripción es simbólica concuerda en sus rasgos esenciales con la del Libro de los Reyes; según todas las apariencias describen la casa del Señor tal como la vio mientras realizaba sus tareas sacerdotales.
La información suministrada por Josefo y el tratado Middoth de la Mishná inspira menos confianza; parece basada más bien en el Templo de Herodes que en el de Salomón. En realidad sólo poseemos una breve descripción del primer Templo y los términos técnicos utilizados por la Biblia no son siempre fácilmente inteligibles en los tiempos actuales; de ahí que haya una gran diversidad de opiniones entre los autores que han intentado reconstruir el Templo de Salomón en sus detalles arquitectónicos.

La casa de Dios era de forma rectangular, de sesenta codos de largo de este a oeste por veinte codos de ancho y treinta de alto (1 Reyes, 6, 2; 2 Crónicas, 3, 3). Éstas eran las dimensiones interiores que no incluían el espesor de los muros, como lo demuestran numerosos textos.
Este espacio estaba dividido en dos habitaciones de desigual tamaño. La primera, el hekal, o Santo (ver plano, fig. 1) era de cuarenta codos de largo por veinte de ancho. Se entraba por el extremo este por una puerta cuadrada (1 Reyes, 6, 33), de diez codos de anchura (Ezequiel, 41, 2). El marco era de madera de acebuche, con dos puertas de madera de ciprés.

Todo el edificio, incluyendo el Santo de los Santos que constituía la parte principal, era de treinta codos de alto. Ahora bien, como el interior del debir era de sólo veinte codos de alto debe haber habido encima de él un espacio de diez codos. La altura del Santo no se indica en la Biblia, pero hay mención de “cenáculos” o cámaras superiores (2 Crónicas, 3, 9); de ahí se infiere que el Santo debe haber sido de la misma altura que el debir y como él haber tenido encima una cámara de diez codos de alto.
El mismo texto nos informa que estas cámaras superiores estaban ricamente adornadas como las de abajo y hay poca duda de que el Tabernáculo se conservaba en la amplia cámara superior (3 Reyes, 8, 4; Crónicas 5, 5) y en la inferior reliquias y recuerdos de la vida en el desierto.
Enfrente del hekal estaba el vestíbulo o pórtico ulam, en griego pronaos, de la misma longitud que el templo pero de diez codos de profundidad sólo (1 Reyes, 6, 3); era un especie de torre majestuosa, que recordaba los pilones de los templos egipcios y que tenía como ellos un amplio corredor sin puertas. El 2º Libro de las Crónicas (3, 4) afirma que su altura era de ciento veinte codos. Pero un pórtico seis veces más alto que largo estaría tan fuera de proporción que muchos exegetas se inclinan a reducir esta cifra a sesenta codos, la altura del pórtico del Templo de Zorobabel. Según Ezequiel los muros eran de seis codos de espesor.
A lo largo de los otros tres lados del santuario se alzaba un edificio dividido en tres pisos (1 Reyes, 6, 5-6), teniendo cada piso treinta habitaciones [Ez., 12, 6; Ant. Jud., VIII, III, 2]. La casa de Jahveh era tan sagrada que no se permitía que las vigas de cedro que soportaban los techos de las habitaciones laterales se fijaran a las paredes del Templo; de ahí que en los muros del Santo y del Santo de los Santos hubiera tres huecos en los que descansaban los extremos de las vigas. Así, las cámaras inferiores eran de cinco codos de anchura, las del primer piso de seis codos y las del segundo de siete. Cada piso tenía cinco codos de alto.
La entrada era por una puerta que abría al sur (1 Reyes 6, 6-8); Ez. (12, 2) menciona otra al norte, lo que sería muy natural. La subida de un piso a otro se hacía por medio de una escalera de caracol, y es muy probable que se accediera a las cámaras superiores, o cenáculos, por uno de los pisos del pórtico. En estas estrechas celdas de bajo techo se conservaban los archivos, el tesoro público, los accesorios de culto y las vestimentas sagradas (1 Reyes, 8, 4; 2 Crónicas, 5, 5). De esta manera el Santo y el Santo de los Santos estaban completamente rodeados por imponentes estructuras.
El Templo estaba cubierto con una techumbre formada por vigas y tableros de cedro (1 Reyes, 6, 9). Cualquier superficie amplia que descansa sobre una armazón en vez de sobre arcos de albañilería es inestable y no puede evitar las filtraciones por la lluvia; de ahí que sea nuestra opinión que los techos del templo de Salomón serían inclinados, y los tableros cubiertos con amplias losas. Por lo demás, algunos autores consideran que eran planos.
El piso superior del Santo de los Santos, las numerosas habitaciones pequeñas del edificio adyacente, como también el pórtico, estaban provistos de ventanas que tenían fijadas rejas de madera, de las que se hace mención en el texto (1 Reyes, 6, 4). Las paredes del hekal tenían aberturas similares al norte y al sur, al menos en la parte inferior, pero la situación de estas ventanas apenas permitía la entrada de luz en la amplia cámara, que, además, estaba iluminada día y noche por numerosas lámparas. Las ventanas estaban pensadas más bien para permitir la circulación de aire puro y la salida del humo de incienso a las habitaciones laterales. El Santo de los Santos parece no haber tenido ventanas y estaba siempre rodeado de oscuridad (1 Reyes, 8. 12).
En el lugar donde fueron ejecutados, años después se levantó una capilla para albergar sus restos, que fueron trasladados por San Urbicio a la provincia de Huesca, y a Burdeos, Francia, tras la invasión musulmana. En 1568 una parte de los restos regresó a Alcalá, donde se encuentran actualmente, quedando la mayor parte en Huesca. Su fiesta se celebra el 6 de agosto.
Son los patronos de la ciudad complutense, de Tielmes, de Fustiñana (Navarra) y de Navalmanzano (Segovia). En Cambados (Pontevedra), se celebra la Fiesta de San Justo y San Pastor en la capilla del monte de la Pastora, incluyendo la misa en honor a los santos y la procesión. A ellos está consagrada la catedral de Alcalá de Henares.
Los Santos Justo y Pastor murieron mártires en el 304 d.C., durante la gran persecución de Diocleciano, siendo unos niños de menos de diez años.
Diocleciano inició la persecución aconsejado por su yerno Galerio. Este la empezó dentro de su ejército y fue imitado por otros generales. Al comienzo de la persecución corría el año 301. Ya en el 303, Diocleciano promulgó el primer edicto de persecución no violenta, mandando destruir iglesias, libros y humillando a aquellos que no renegasen de su fe. Al año siguiente, en su último edicto, Diocleciano mandó torturar a todo aquel que no apostatase. En España, el gobernador Daciano, conocido como un cruel tirano, se encargó de llevar a cabo los nuevos edictos promulgados.
En este marco histórico fueron martirizados los santos madrileños Justo y Pastor. La veracidad de dicho
martirio la podemos encontrar en la referencia que hace de él el poeta Prudencio en su poema Peristephanon. Además, contamos con los calendarios litúrgicos mozárabes que ya colocaban la fiesta de estos santos. Por añadido, existe el testimonio de San Paulino, que enterró a un hijo suyo de ocho días junto a los sepulcros de los santos hacia el año 392. De estos datos se deduce que el culto a los santos Justo y Pastor debió empezar, en España, hacia finales del s. IV d.C.
En los primeros años del cristianismo hubo muchos mártires. No hay duda de que todos ellos son santos, pero solo algunos son recordados, quizás por su heroicidad o por la eda
d en la que dieran su vida, como es el caso de estos santos niños, Justo y Pastor.
Su acta de martirio no es contemporánea a los hechos, es de tiempos visigodos, pero el ejemplo de estos santos caló hondo entre los cristianos de la época y su historia se transmitió oral y fielmente hasta que se puso por escrito.
Nosotros hoy sólo podemos admitir como histórico de estas actas un pequeño núcleo, lo substancial de ellas: Justo y Pastor, tiernos escolares, enardecidos por el ejemplo de tantos hermanos que confesaron su fe con la muerte, un día, al salir de la escuela, arrojaron sus cartillas y se presentaron ante Daciano a confesarse discípulos de Jesucristo, y el procónsul los mandó degollar.
Todo lo demás es literatura edificante del hagiógrafo, y no puede concederse mayor autoridad a estas actas. Es verdad que tampoco es necesario. De suyo, los breves datos que admitimos como históricos son tan sublimes que bastan para nuestra edificación.
Un himno de la liturgia dice: "Justo apenas contaba siete años; Pastor había cumplido los nueve”. Es muy probable que así fuera.

Álvaro Vidal-Quadras
La fiesta de la dedicación de esta basílica romana es una de las historias más conocidas de los primeros siglos de la Iglesia. En tiempo del papa Liberio, segunda mitad del siglo IV, existía en Roma un matrimonio sin hijos. Los dos esposos (Juan y su esposa, cuyo nombre no nos ha llegado) pertenecían a la más alta nobleza. Eran excelentes cristianos y contaban con una gran fortuna que las numerosas limosnas a los pobres eran incapaces de agotar. Conforme se fueron haciendo mayores, los casados, pensando en el mejor modo de emplear su herencia, pedían insistentemente a la Madre de Dios que les iluminase.
La Virgen, con su corazón maternal, decidió escuchar sus peticiones e indicarles su Voluntad de una forma maravillosa. De un modo especial, y por separado, la Señora les habló en sueños para indicarles su voluntad de que se levantase en su honor un templo en el lugar que apareciese cubierto de nieve en el monte Esquilino. Esto ocurrió la noche del 4 al 5 de agosto, en uno de los días más calurosos del estío romano.
Así las cosas, los dos esposos decidieron ir a contar su visión al papa Liberio. Éste había tenido la misma revelación que ellos esa misma noche. Ante este panorama, el Sumo Pontífice decidió organizar una procesión hacia el lugar que había señalado la Madre de Dios. Cuando llegaron, todos se maravillaron al ver un trozo de campo acotado por la nieve fresca y blanca. La Virgen acababa de manifestar de este modo admirable su deseo de que allí se levantase en su honor un templo. Y allí se erigió y sigue en pie la basílica de Santa María la Mayor.
¿QUÉ VALOR TIENE ESTA LEYENDA?
Parece que no tiene ninguna garantía de veracidad. El cardenal Capalti aseguraba a De Rossi que, cuando los canónigos de esta basílica terminaban en coro las lecciones de la fiesta de Nuestra Señora de las Nieves y se disponían a entrar en la sacristía para dejar sus trajes corales, había uno bastante gracioso que solía decir que en toda la leyenda únicamente encontraba verdaderas estas palabras. "en Roma, a 5 de agosto, cuando los calores son más intensos".
La leyenda, de hecho, no apareció hasta muy tarde. Seguramente en el siglo XI. El caso es que cuajó fácilmente en la devoción popular. De hecho un discípulo del Giotto la inmortalizó en unos lienzos que pintó para la misma basílica. En un cuadro aparece el papa Liberio dormido, con la mitra al lado; encima, ángeles y llamas, y, delante, la Virgen que le dirige la palabra. En otro cuadro se representa Juan Patricio, a quien se le aparece también la Virgen. Otra pintura muestra a María haciendo descender la nieve sobre el monte Esquilino.
El español Murillo inmortalizó también esta leyenda en uno de sus cuadros. En él aparece el noble y piadoso matrimonio contando la visión al Papa, y en el fondo se contempla la procesión y el campo nevado. Otros artistas reprodujeron en sus cuadros este milagro y también fueron varios los poetas lo cantaron en sus versos.
La devoción a la Virgen de las Nieves arraigó fuertemente en el pueblo romano y llegó a extenderse por toda la cristiandad. En su honor se levantan hoy templos por todo el mundo, y son muchas las mujeres cristianas que llevan este bendito nombre de la Santísima Virgen.
Nuestra Señora de las Nieves es lo mismo que Santa María la Mayor, título que lleva una de las cuatro basílicas mayores de Roma. Las otras tres son: San Pedro del Vaticano, San Pablo Extramuros y San Juan de Letrán. La basílica de Santa María la Mayor parece ser que fue la primera iglesia que se levantó en Roma en honor de María y podemos decir, lo mismo que se afirma de San Juan de Letrán en un sentido más general, que es la iglesia madre de todas cuantas en el mundo están dedicadas a la excelsa Madre de Dios. Por esto, y por ser una de las iglesias más suntuosas de Roma, mereció el título de la Mayor. Así se la distinguía de las otras sesenta iglesias que tenía la Ciudad Eterna dedicadas a Nuestra Señora.
Esta basílica ha pasado por bastantes vicisitudes a través de los tiempos. El Esquilino, una de las siete colinas de Roma y ubicación de nuestra Basílica, ha tenido distintos usos a lo largo de la historia. En tiempo de la República era necrópolis; bajo el Imperio de Augusto, paseo público. Allí tenía el opulento Mecenas unos jardines. Allí estaba la torre desde la cual contempló Nerón el incendio de Roma. También había, según indican los testimonios históricos, un templo dedicado a la diosa Juno, al cual acudían las parejas de novios para implorar sus auspicios.
Y fue precisamente allí donde quiso la Reina del Cielo poner su morada. En el corazón de la urbe penetra su planta virginal y los hijos del más glorioso de los antiguos imperios abrirán sus pechos al amor de tan tierna Madre. La primitiva iglesia, sin embargo, no había consagrado la basílica a María. En aquella época, el templo se llamaba la basílica Sociniana. En su recinto lucharon los partidarios del papa Dámaso con los secuaces del antipapa Ursino. Esto sucedió a finales del siglo IV. En este tiempo se llamó tambiénbasílica Liberiana por su fundador, el papa Liberio.
En el siglo V fue reconstruida por Sixto III (432-440). Fue este mismo Papa el que consagró el templo a la Virgen. Desde este momento el nombre de María quedaría unido de forma inseparable a este templo. El concilio de Efeso había tenido lugar el año 431. Los padres del tercer concilio ecuménico acababan de proclamar la maternidad divina de María contra el hereje Nestorio. Era el primer gran triunfo de María en la Iglesia y una crecida ola de amor mariano recorría toda la cristiandad de oriente a occidente. La maternidad divina de María es el más grande de los privilegios de María y la raíz de todas sus grandezas. Es en este contexto donde se entiende la dedicación de esta basílica a la Virgen.
Roma no podía faltar en esta hora de gloria Mariana. Este templo que renovó Sixto III en honor de la Theotocos es, sin lugar a dudas, el eco romano de la definición de los padres de Efeso. La ciudad entera se aprestó a levantar y hermosear esta basílica. Los pintores, por su parte, pusieron sus pinceles bajo la dirección del Sumo Pontífice; mientras, las damas se desprendieron de sus más vistosas joyas. Es entonces cuando la antigua basílica Sociniana se adornó con pinturas y mosaicos que celebran el misterio de la maternidad divina de María. Se levantó un arco de triunfo. Sobre la puerta de entrada, aún se puede leer hoy una inscripción de entonces que empieza con estas palabras: "A ti, oh Virgen María, Sixto te dedicó este nuevo templo...".
Las pinturas son, mayoritariamente, de temática mariana y, generalmente, relacionadas con la maternidad divina de María. Representan escenas como la Anunciación, la Visitación, María con el Niño, la adoración de los Magos, la huida a Egipto y otras escenas de la vida de la Virgen.
Las tres amplias naves de la basílica se enriquecieron con los dones de los fieles y los ábsides se adornaron de lámparas y mosaicos. Algunos de éstos aún hoy son especialmente valiosos.
En el siglo VII una nueva advocación le nació a esta iglesia: Santa María ad praesepe, Santa María del Pesebre. La maternidad de María acabó por llevar la devoción de los fieles al portal de Belén, a Jesús. Como siempre, por María a Jesús.
Al lado de la basílica se construyó entonces una gruta estrecha, obscura y recogida como la de Belén. Allí irán los papas a celebrar la misa del gallo todas las Nochebuenas. Para que la piedad se hiciese más viva, se enseñaban los maderos del pesebre en el cual había nacido el Hijo de Dios y trozos de adobes y piedras que los peregrinos habían traído de Tierra Santa.
Esta gruta llegó a ser uno de los lugares más venerandos de la Ciudad Eterna. Los Romanos Pontífices la empezaron a distinguir con sus privilegios. Gregorio III (731-741) puso allí una imagen, de oro y gemas que representaba a la Madre de Dios abrazando a su Hijo. Adriano I (762-795) cubrió el altar con láminas de oro, y León III (795-816) adornó las paredes con velos blancos y tablas de plata acendrada que pesaban ciento veintiocho libras.
Son muchas las gracias que la Santísima Virgen ha concedido a sus devotos en este santo templo. Aquí organizó San Gregorio Magno en su momento unas solemnes rogativas con motivo de una terrible peste que asolaba la ciudad.
En el año 653 ocurrió en esta iglesia un hecho milagroso. Celebraba misa el papa San Martín cuando, al querer matarle o prenderle por orden del emperador Constante, el enarca de Ravena, llamado Olimpo, quedó repentinamente ciego e imposibilitado.
Sobra este recorrido por la historia de la Iglesia para demostrar el gran aprecio que los Sumos Pontífices han tenido para con este templo a través de la historia.
Hoy mismo sigue siendo Santa María la Mayor una de las cuatro basílicas patriarcales de Roma cuya visita es necesaria para ganar el jubileo del año santo. De esta forma la Virgen de las Nieves sigue recibiendo el tributo de amor de innumerables peregrinos de todo el orbe católico.
Actualmente es una de las iglesias más ricas y bellas de la ciudad de Roma. Conserva muy bien su carácter de basílica antigua. Tiene por base la forma rectangular, dividida por columnas que forman tres naves, techo artesonado, atrio y ábside.
El interior de la basílica es solemne y armonioso. Las tres naves aparecen divididas por columnas jónicas. Contiene notables monumentos y tumbas de los papas. Tiene dos fachadas: la que mira al Esquilino, que es la posterior, y la que mira a la plaza que lleva el nombre de Santa María la Mayor. Esta, que es la principal, data del siglo VIII, y la posterior del XVII. El campanario, románico, es el más alto de Roma. Fue construido el año 1377.
Sobre el altar mayor hay una imagen de María del siglo XIII, atribuida a Lucas el Santo, y en la nave se halla el monumento a la Reina de la Paz, erigido por Benedicto XV al terminar la primera guerra mundial. Su cielo raso está dorado con el primer oro que Colón trajo de América. En la plaza de Santa María la Mayor se yergue una columna estriada de más de catorce metros de altura. En la plaza del Esquilino se alza un obelisco procedente del mausoleo de Augusto.
Santa María de las Nieves. He aquí una de las advocaciones más bellas de la Santísima Virgen. Ella, que es la Madre de Dios, Inmaculada, Asunta al cielo, Virgen de la Salud y del Rocío, es también Nuestra Señora de las Nieves. La nieve es blancura y frescor. Pureza y alma recién estrenada, intacta. Espíritu sin gravedad. ¡Cuán hermosamente tenemos representada aquí la pureza sin mancha de María!
Nieve recién caída en el estío romano. La pureza al lado del calor sofocante de la pasión. Sólo Ella, como aquel trozo milagrosamente marcado por la nieve en la leyenda de Juan Patricio, es preservada del calor fuerte del agosto que es el pecado. Sólo Ella es sin pecado entre todos los hombres. Ella es blancura y candor. Ella refresca nuestros agostos llenos del fuego del pecado y la concupiscencia.
Ni el copo de nieve, ni el ala de cisne, ni la sonrisa de la inocencia, ni la espuma de la ola es más limpia y hermosa que María. Verdaderamente es ésta una fiesta de leyenda y poesía, María es algo de leyenda y poesía. Es la obra de Dios.
(Madre Teresa de Calcuta)
El Maestro le invitó a dejar todo y seguirle. Pero él se negó, y se fue triste. Hubo otros que sí le siguieron, y fueron grandes apóstoles, grandes santos.
Supongo que, pasado el tiempo, a aquel chico le irían llegando noticias del Maestro. Unos dirían que era un impostor, otros que hacía milagros, que era un profeta. Más adelante le llegaría la noticia de que le habían crucificado.
Podemos imaginarnos ahora —siguiendo una glosa de José Miguel Cejas— que el personaje ya es anciano. Está sentado, al atardecer, en el zaguán de su casa. Han terminado ya las faenas del campo, y se oyen, a lo lejos, las risas bulliciosas de las espigadoras que regresan y los gritos de los hombres que transportan las últimas gavillas. Tiene la mirada perdida, como desvanecida en el silencio. También la vida, como el día, se va consumiendo, poco a poco, entre rumores apagados de cansancio. Y el tiempo se va llevando los recuerdos, como el viento se lleva las últimas huellas de las caravanas en el camino reseco que pasa junto a su puerta.
Habla poco. De vez en cuando, le visitan los viejos conocidos y evocan juntos a amigos y parientes, casi todos ya muertos. Comentan algo sobre la próxima cosecha, sobre los viñedos o los olivos. Y mientras, en la casa, todo sigue igual: ruidos de cántaros, griterío de niños, leves pisadas femeninas. Desde hace años este anciano contempla, en un silencio impregnado de tristeza, los juegos de los hijos de sus hijos. Vive de nostalgias y de recuerdos, asombrosamente cercanos a pesar del tiempo. Y hay algunos instantes de su vida que pesan en su alma como si fueran decenas de años. Y otros que no acaban de pasar nunca, como la mirada profunda de aquel Rabí.
Hace muchos años, más de sesenta, él cruzaba Palestina con un viejo criado que murió hace tiempo. Entonces era un chico joven, tenía fuerzas, no como ahora. Era rico y un tanto arrogante. ¿Feliz? Aceptablemente feliz. Y temeroso de Dios. Por eso, fue corriendo al encuentro de aquel hombre extraordinario. Le preguntó: «Maestro bueno... ». Y aquel Rabí, mirándole a los ojos, sonriendo, le invitó a seguirle. Pero él se negó. Y se fue triste.
Pasó el tiempo. En la aldea se comentaban cosas contradictorias. Unos decían que el Rabí era un falsario y un impostor. Otros hablaban de sus milagros. Otros estaban convencidos de que era un profeta.
Paso más tiempo. Se casó, tuvo hijos. Las noticias de Jerusalén llegaban con retraso a su aldea. Una pascua le contaron que lo habían crucificado. Respiró hondo. «Yo tenía razón: no era más que un visionario. Hice bien en no seguirle. ¡Qué locura hubiera sido echar por la borda todos mis bienes!».
Pero, sin saber por qué, la noticia le entristeció, como aquella tarde cuando volvió la espalda a la cálida y respetuosa llamada del Maestro. En su mente seguía fija la idea de que el Señor le llamó, y que si él no quiso seguirle fue por egoísmo, pero aquella llamada, aquella vocación seguía viva en su interior. Descubrió que su antigua ilusión de entrega, sus deseos de Dios, seguían allí, en un repliegue del alma. Porque, durante años, casi sin advertirlo, aquella mirada y aquella sonrisa de Jesús le habían seguido acompañando.
Un día quizá aparecieron los discípulos del Señor por su aldea, y habría sus tensiones, porque la doctrina de Cristo no deja indiferente a nadie. Los ancianos discutían a la entrada del pueblo y bramaban contra ellos en la sinagoga. Lo comentaban también, acaloradas, las mujeres en la fuente. Todos se sentían interpelados por las enseñanzas de aquel Maestro, y quizá el joven rico, que ya no sería tan joven, volvió a pensar en dejarlo todo y unirse a aquellos hombres, secundando ahora la llamada que el Maestro le hizo unos años antes.
Algunos se habían hecho de los suyos. Otros los insultaban y los perseguían. Quizá entonces fue generoso y recuperó el tiempo que había perdido. Pero quizá volvió a vencerle su egoísmo, y prefirió quedarse cómodamente al margen. Era rico y no quería riesgos. Se limitaba a contemplar desde lejos lo que pasaba. Pudo haber sido uno de ellos. Y seguía enriqueciéndose. Su casa se llenaba de pebeteros, de alfombras y de los pequeños lujos de una aldea oriental. Tenía más y más criados, y sus campos se engrandecían.
Y a los pocos años llegó aquella terrible guerra, la invasión romana, y la destrucción del Templo de Jerusalén. Y aquel hombre, con seguridad, lo perdió todo.Le arrebataron otros por la fuerza lo que no quiso él dar al Señor por su propia voluntad. Ahora su cuerpo se iba combando lentamente y se ajaba el rostro de su mujer. Y en su vejez se lamentaría en su pobreza, viendo sus campos y sus ganados en mano ajena, viendo el desprecio de aquellos que antes le adulaban porque era rico, pero que ahora le ignoraban porque ya no lo era. Y él seguía allí, como un perro triste, en el portal de su casa, imaginando lo que pudo ser y no fue. A su alrededor, veía la respuesta a lo que había sido su vida: una vida encerrada en su egoísmo, que ahora los demás le pagaban con la misma moneda. Y lloraba en silencio, pensando que quizá su vida podía haber sido menos cómoda pero sin esa insoportable amargura del egoísmo.
Aquel hombre pudo haber sido un gran apóstol. Recibió, como Juan, la llamada en plena juventud. ¡Cuántas almas pudo haber salvado! Jesús las veía a través de sus ojos. Y veía, detrás de esas almas, tantas y tantas otras. Pero aquel hombre dijo que no. Su egoísmo quebró para siempre los planes de Dios. ¿Por qué? Cuenta el Evangelio que tenía muchas riquezas. Podemos imaginarnos lo que sería. Como mucho, unos campos, unas casas, unos caballos, unos mulos... Y por esas riquezas miserables abandonó a Dios hecho hombre, que le buscaba en lo mejor de su vida. Se entiende que Jesús hiciera aquella dolorosa reflexión, y que comentara entonces que es más fácil que pase un camello por el ojo de una aguja a que entren en el reino de Dios quienes estén apegados a sus riquezas.
Este joven ha permanecido anónimo. Si hubiera respondido positivamente a la invitación de Jesús, se habría convertido en su discípulo y probablemente los evangelistas habrían registrado su nombre. Pero quien pone su seguridad en las riquezas de este mundo no alcanza el sentido pleno de la vida y la verdadera alegría. Por el contrario, quien se fía de la palabra de Dios y renuncia a sí mismo y a sus bienes para buscar el reino de los cielos, aparentemente pierde mucho, pero en realidad lo gana todo. El santo es precisamente aquel hombre, aquella mujer, que, respondiendo con alegría y generosidad a la llamada de Cristo, lo deja todo por seguirlo. Como Pedro y los demás Apóstoles, como otros innumerables santos, debemos recorrer el camino que Dios nos marque, que es exigente pero colma el corazón y nos hará recibir el ciento por uno ya en esta vida terrena, juntamente con pruebas y persecuciones, y después la vida eterna.
Lo hace Dios, y así es la naturaleza del hombre. Nadie considera auténtico un amor que no está dispuesto al sacrificio. «El amor, para que sea auténtico, debe costarnos», decía la Madre Teresa de Calcuta. Y el sacrificio es lo que prueba el amor, y lo que da alegría de verdad. «No quiero —insistía— que me deis de lo que os sobra. Quiero que me deis de lo que necesitáis hasta realmente sentirlo. El otro día recibí quince dólares de un hombre que lleva veinte años paralítico. La parálisis solo le permite usar la mano derecha. La única compañía que tolera es la del tabaco. Me decía: “Solo hace una semana que he dejado de fumar. Le envío el dinero que he ahorrado de no comprar cigarrillos”. Debió de ser un terrible sacrificio para él. Con ese dinero compré pan y se lo di a personas que tenían hambre. De este modo, tanto el donante como quienes lo recibieron experimentaron alegría.»
«Creo que una persona que está apegada a sus riquezas, que vive preocupada por sus riquezas, es en realidad muy pobre. Sin embargo, si esa persona pone su dinero al servicio de los demás, entonces se vuelve rica, muy rica. La bondad ha convertido a más personas que el celo, la ciencia o la elocuencia. La santidad aumenta más rápido cuando hay bondad. El mundo se pierde por falta de dulzura y amabilidad. No olvidemos que nos necesitamos los unos a los otros.»
Fuente: Alfonso Aguiló, interrogantes.net
En la carta a los Colosenses San Pablo dice: "Aristarco, mi compañero de cautividad os saluda"
Nació en Tesalónica. Resulta que san Pablo había llegado a esta ciudad para evangelizarla y alejarla de la idolatría a la que estaba sometida. Aristarco, conmovido por la palabra de Pablo, se convirtió al cristianismo. Y no solamente esto: desde su conversión siguió a san Pablo por todos los caminos y lugares en los que se anunciaba la Palabra de Dios.
Cerca de Efeso, en Izmir, hoy Turquía, le pasó algo milagroso en su vida personal. De todas partes venía gran muchedumbre para adorar a la diosa Diana, hija de Júpiter. El templo era precioso porque había sido construido por Erostrato. Era una de las siete maravillas de entonces. El orfebre Demetrio fabricaba pequeñas estatuas de plata para la venta de los que iban a adorar a su diosa. Y vio que se quedaba sin trabajo y sin ventas debido a que la mayoría de la gente adoraba ya al Dios único y verdadero, el Dios que anunciaba san Pablo.
Entonces, aprovechando que san Pablo estaba fuera de la ciudad, armó tal revuelo en la ciudad que todo el mundo se quedó confuso. Los Efesios, sin embargo, siguieron a Aristarco y a Cayo. Los llevaron al anfiteatro. Estando allá, todo se calmó. Pablo y sus seguidores se encaminaron a Roma para alejarse del peligro inminente que caía sobre sus cabezas. En la carta a los Colosenses dice: "Aristarco, mi compañero de cautividad os saluda".
Fue un fiel amigo incluso cuando Pablo estaba en la cárcel. Murió en el siglo I.