Después de la ceremonia en San Pedro, el Papa y los 14 nuevos cardenales tomaron dos autobuses para visitar al papa emérito Benedicto XVI.

Francisco lo saludó primero, y se sentó a su lado. Luego fue el turno de los cardenales.

PEDRO BARRETO
Arzobispo de Huancayo (Perú)

“De Perú, y muy agradecido por lo que nos dijo en Aparecida en el 2007.”

LUIS LADARIA
Prefecto, Congregación para la Doctrina de la Fe

“Gracias por lo que me envió sobre la Eucaristía. Muchas gracias, muchas gracias”.

António dos Santos Marto
Obispo de Leiria-Fátima (Portugal)

“Saludos desde Fátima. Le recordamos mucho. Muchas gracias por...”.
“Saludos a todos”.

Georg Ganswein, prefecto de la casa pontificia, tuvo que acabar con algún que otro mosquito. Sobre todo mientras Benedicto recordaba al cardenal Becciu su nuevo encargo en la Congregación para las Causas de los Santos.

ANGELO BECCIU
Sustituto de la Secretaría de Estado

“Entonces, los santos...”.
“Los santos, sí”.
“Un hermoso lugar”.
“Cierto”.
“Es el más hermoso”.

Mientras hablaba, los cardenales sostuvieron cuidadosamente sus manos. Algunos lograron arrodillarse como gesto de respeto.

JOSEPH COUTTS
Arzobispo de Karachi (Pakistán)

“Necesitamos sus oraciones. Recuérdenos”.

Al final, cantaron juntos la “Salve Regina”. Y luego se despidieron del Papa emérito, que les saludó con la mano.

ROMA

En el año 64, la cristiandad romana va a pasar literalmente por la prueba del fuego. Una clara noche de julio de dicho año, sentado en el trono imperialNerón, un terrible incendio, propagado con inusitada violencia, destruyó durante seis días los principales barrios de la vieja Roma.

La descripción que del siniestro nos ha dejado Tácito en sus Anales, escritos unos cincuenta años después del suceso, pertenece a las páginas justamente más célebres de la literatura universal; celebridad enormemente acrecida por ser en esa página donde por primera vez una pluma pagana (y nada menos que la del historiador romano más importante) deja constancia del hecho más grande de la historia universal: el cristianismo y la muerte violenta de su fundador, Cristo.

El incendio de Roma y los mártires el Vaticano
(Tácito, Ann., XV, 38-44)

“Siguióse un desastre, no se sabe si por obra del azar o por maquinación del emperador (pues una y otra versión tuvieron autoridad), pero sí más grave y espantoso de cuantos acontecieron a esta ciudad por violencia del fuego.

[…]

Añadióse a todo esto los gritos de las mujeres despavoridas, los ancianos y los niños; unos arrastraban a los enfermos, otros los aguardaban; gentes que se detenían, otras que se apresuraban, todo se tornaba impedimento. Y a menudo sucedía que, volviendo la vista atrás, se hallaban atacados por el fuego de lado o de frente; o que, al escapar a los barrios vecinos, alcanzados también estos por el siniestro, daban con la misma calamidad aun en parajes que creyeran alejados.

[…]

Por otra parte, nadie se atrevía a tajar el incendio, pues había fuertes grupos de hombres que, con repetidas amenazas, prohibían apagarlo, a lo que se añadían que otros, a cara descubierta, lanzaban tizones, y a gritos proclamaban estar autorizados para ello, fuera para llevar a cabo más libremente sus rapiñas, fuera que, efectivamente, se les hubiera dado semejante orden.

Nerón, que a la sazón tenía su residencia en Ancio, no volvió a la ciudad hasta que el fuego se fue acercando a su casa, por la que había unido el Palatino y los jardines de Mecenas.

[…]

Todo ello, si bien encaminado al favor popular, caía en el vacío, pues se había esparcido el rumor de que, en el momento mismo en que se abrasaba la ciudad, había él subido a la escena de su palacio y había recitado la ruina de Troya, buscando semejanza a las calamidades presentes en los desastres antiguos.

Por fin, a los seis días, se logró poner término al incendio al pie mismo del Esquilino, derribando en un vasto espacio los edificios, a fin de oponer a su continua violencia un campo raso y, por así decir, el vacío del cielo.

Aun no se había ido el miedo y vuelto la esperanza al pueblo, cuando de nuevo estalló el incendio, si bien en lugares más deshabitados de la ciudad, por lo que fueron menos las víctimas humanas, derruyéndose, en cambio, más ampliamente templos de dioses y galerías dedicadas a esparcimiento y recreo. Sobre este nuevo incendio corrieron aún peores voces, por haber estallado en los campos aurelianos de Tigelino y creerse que, por lo visto, Nerón buscaba la gloria de fundar una nueva ciudad y llamarla con su nombre.

[…]

Sea de ello lo que fuere, Nerón se aprovechó de la ruina de su ciudad y se construyó un palacio, en que no eran tanto de admirar las piedras preciosas y el oro, cosas gastadas de antiguo y hechas vulgares por el lujo, cuanto de campos y estanques, y, al modo de los desiertos, acá unos bosques, allá espacios descubiertos y panoramas.

[…]

Tales fueron las medidas aconsejadas por la humana prudencia. Seguidamente se celebraron expiaciones a los dioses y se consultaron los libros sibilinos. Siguiendo sus indicaciones, se hicieron públicas rogativas a Vulcano, a Ceres y a Proserpina; se ofreció por las matronas un sacrificio de propiciación a Juno, primero en el Capitolio, luego junto al próximo mar, de donde se sacó agua para rociar el templo e imagen de la diosa.

Sin embargo, ni por industria humana, ni por larguezas del emperador, ni por sacrificios a los dioses, se lograba alejar la mala fama de que el incendio había sido mandado. Así pues, con el fin de extirpar el rumor, Nerón se inventó unos culpables, y ejecutó con refinadísimos tormentos a los que, aborrecidos por sus infamias, llamaba el vulgo cristianos. El autor de este nombre, Cristo, fue mandado ejecutar con el último suplicio por el procurador Poncio Pilatos durante el Imperio de Tiberio y, reprimida, por de pronto, la perniciosa superstición, irrumpió de nuevo no sólo por Judea, origen de este mal, sino por la urbe misma, a donde confluye y se celebra cuanto de atroz y vergonzoso hay por dondequiera.

Así pues, se empezó por detener a los que confesaban su fe; luego, por las indicaciones que éstos dieron, toda una ingente muchedumbre quedó convicta, no tanto del crimen del incendio, cuanto de odio al género humano. Su ejecución fue acompañada de escarnios, y así unos, cubiertos de pieles de animales, eran desgarrados por los dientes de los perros; otros, clavados en cruces, eran quemados al caer el día, a guisa de luminarias nocturnas.

Para este espectáculo, Nerón había cedido sus propios jardines y celebró unos juegos en el circo, mezclado en atuendo de auriga entre la plebe o guiando él mismo su coche. De ahí que, aun castigando a culpables y merecedores de los últimos suplicios, se les tenía lástima, pues se tenía la impresión de que no se los eliminaba por motivo de pública autoridad, sino por satisfacer la crueldad de uno solo.

 

El incendio de Roma, según Suetonio
(Nero, XXXVIII)

“Mas ni a su pueblo ni a las murallas de su patria perdonó Nerón. En efecto, con achaque de serle molesta la deformidad de los viejos edificios y la estrechez y tortuosidad de las calles, prendió fuego a la ciudad tan al descubierto que varios consulares que sorprendieron a camareros suyos con estopa y teas en sus propias fincas, no se atrevieron ni a tocarlos, y algunos graneros, situados en el solar de la Casa de Oro, qué él codiciaba sobre toda ponderación, fueron derribados con máquinas de guerra y abrasados, por estar hechos con piedra de sillería. Durante seis días con sus noches duró en todo su furor el estrago, obligando a la muchedumbre a buscar cobijo en los públicos monumentos y sepulcros.

Entonces, aparte un número inmenso de casas particulares, se quemaron los palacios de los antiguos generales, adornados todavía con los trofeos e los enemigos; los templos de los dioses, que se remontaban a la época de los reyes, y otros consagrados en las guerras gálicas y púnicas, y, en fin, cuanto de precioso y memorable había sobrevivido al tiempo.

Nerón contempló el incendio desde la torre de Mecenas, y arrebatado “por la belleza”, como él decía, “de las llamas”, recitó, vestido de su famoso traje de teatro, la “Toma de Ilión”. Y para que no se le escapara tampoco esta ocasión de coger la mayor presa y botín posible, prometió retirar por su cuenta los escombros y cadáveres, con cuyo pretexto no permitió a nadie acercarse a los restos de sus bienes; y con las tributaciones, no ya sólo voluntarias, sino exigidas, dejó casi exhaustas a las provincias y a los particulares.”

(BAC, D. RUIZ BUENO, ACTAS DE LOS MÁRTIRES, 212-225)

 

29 de junio

SAN PABLO

 (†  67)

 

Hacia el año 18 de nuestra era, un joven de poco mas de quince años, judío de raza, de la tribu de Benjamin, llamado Saúl (o Saulo), dejaba su ciudad natal de Tarso de Cilicia y se hacía a la mar rumbo a Jerusalén. De una manera en parte imaginaria en parte real llevaba consigo cinco acompañantes invisibles cuya síntesis constituía la personalidad del joven viajero.

 El primer compañero de viaje era un ciudadano romano. Saúl era súbdito de aquel gran Imperio; tenía, además, el derecho de ciudadanía por nacimiento y sabía acogerse, si había lugar, a las prerrogativas que este título le confería. Junto al ciudadano romano había en Saúl un griego. Se expresaba en esta lengua, que era la que se hablaba en Tarso, con corrección y con agilidad. Estaba acostumbrado a oír fragmentos de los poetas helénicos, a hablar de las competiciones atléticas en el estadio y a contemplar el esplendor externo y la belleza de formas de aquella cultura deslumbradora. El tercer viandante invisible era un obrero. "El que no enseña a su hijo un oficio le hace ladrón", se decía entre los judíos. Y el padre de Saúl, aunque era, al parecer, un acomodado comerciante de paños, quiso que su hijo aprendiera desde muy joven el oficio de tejedor de lonas para tiendas de campaña. De la imaginaria comitiva formaba parte también un fariseo. Fariseo e hijo de fariseos era Saúl, y, como tal, pegado hasta lo inverosímil a las tradiciones de sus mayores, capaz de recorrer el cielo y la tierra para hacer un prosélito, de dura cerviz en sus empresas para no ceder ante los obstáculos, anhelante por la venida del Mesías liberador del yugo extranjero y guardador de la Ley hasta en sus mínimos detalles externos. El último acompañante de Saulo era un sincero y afanoso buscador de la verdad. Ya junto a los rabinos tarsenses la había buscado en la lectura de la Tora (Ley) primero. y luego en el estudio de la Mishnáh (tradición oral). Pero su alma anhelaba un conocimiento mayor de la suprema verdad, que es Dios, y su palabra revelada.

 Ese era justamente el motivo de su viaje. Al emprenderlo no soñaba en otra cosa que en poder oír las doctas explicaciones del prestigioso Gamaliel, jefe de la escuela de Hillel, miembro destacado del Sanedrín y rabino famoso entre los famosos. Varios años pasó en aquella escuela, rival de la de Schammai, estudiando la Haggada, esto es, el dogma e historia del Antiguo Testamento. Al cabo de aquel tiempo la Escritura no tenía secretos para él. La sabía en gran parte de memoria, no sólo en el original hebreo, sino también según la versión griega de los Setenta. Años más tarde, cuando en sus viajes no le era dado llevar consigo los voluminosos rollos sagrados, podría citar de memoria con facilidad textos y más textos de la Ley.

 No sabemos a punto fijo qué hizo y adónde fue Saulo cuando terminó sus estudios en Jerusalén. Parece indiscutible que no estaba en Palestina durante los años del ministerio público de Cristo, a quien, por consiguiente, no pudo conocer antes de su ascensión. Pero sí sabemos que, cuando tenía unos treinta años de edad, Saulo volvía a estar en la Ciudad Santa, si bien no en calidad de estudiante, sino como fariseo exaltado al rojo vivo.

 Un día, estando en la sinagoga de los de Cilicia, cuando oyó que el diácono Esteban, después de un discurso, a su juicio, indignante, terminaba llamando a los judíos "duros de cerviz e incircuncisos de corazón", y proclamando Mesías a un crucificado, herido por el escándalo de la cruz, cerró sus puños “lleno de rabia" y "rechinó de dientes contra él" con los demás fariseos asistentes. Y cuando, al poco rato, el vehemente diácono moría apedreado, Saulo animaba a los improvisados verdugos y custodiaba sus vestiduras. A partir de aquel momento, "respirando amenazas de muerte" contra todos los cristianos, se dedicaba a buscarlos en sus propias casas para hacerlos encarcelar.

 Con todo, los días de aquel ofuscado fariseo que vivía en el alma de Saulo y la tiranizaba estaban contados. Camino de Damasco, iba a morir ahogado por una impetuosa catarata de gracia divina. Y, al morir el fariseo, nacería para la Iglesia y la historia el gran Apóstol. Los demás estratos del alma paulina quedaron intactos, si bien perfeccionados por la gracia. A lo largo de su densa vida volverán a aparecer uno tras otro, aunque en orden inverso y sustituyendo al fariseo muerto el apóstol vivo.

 Saulo seguía siendo un buscador de la verdad. Pero no ya de aquella verdad pequeña y estrecha compuesta de mil fragmentos diminutos de verdad de que se componía la doctrina de los fariseos, sino de la Verdad infinita, de la Verdad hecha hombre en Aquel que dijo: “Yo soy la verdad".

 En efecto. Terminada su estancia junto a aquel judío llamado Judas que le hospedó en su casa de la calle Recta de Damasco, Saúl, sin pedir consejo a la carne ni a la sangre, se marchó a Arabia. Allí, lejos de la persecución de sus antiguos correligionarios, tendría recogimiento, soledad y paz para ahondar en aquella Verdad que había encontrado, reflexionando, meditando y orando. Allí llegaría a su plenitud la gran metamorfosis espiritual del alma de Saulo: Cristo, el blanco de sus odios más cordiales, acabaría siendo el ideal total de su vida; el fariseo estrecho y rencoroso dejaría paso al apóstol generoso y anhelante. Todo esto fue realizándose lenta y silenciosamente en aquel retiro espiritual de casi tres años de duración que Saulo hizo en Arabia, acaso en las laderas del Sinaí, y en el que abundarían las ilustraciones interiores y las comunicaciones de Dios.

 Pero esa búsqueda afanosa de luz no había terminado. La Verdad tenía sobre la tierra un oráculo; Cristo había dejado en el mundo un Vicario. Y Saulo, haciendo escala en Damasco, de donde tuvo que huir de noche descolgado por la muralla en una espuerta, fue a Jerusalén, en la que a la sazón se encontraba Pedro, el antiguo pescador de Galilea.

 Desde el primer momento quiso unirse a los cristianos, pero éstos huían de él. ¿No sería aquélla una conversión simulada, una hábil estratagema para conocer mejor los secretos de la cristiandad naciente y ahogarla en su cuna? La mayoría así lo sospechaba. Pero Dios puso pronto en contacto con él a Bernabé, hombre que calaba hondo en los espíritus y vio en Saulo un alma privilegiada. Presentó el neoconverso a Cefas y le contó lo sucedido. Este le invitó con amorosa insistencia a que se quedara con él en casa de la hospitalaria María, la madre de Marcos, el futuro evangelista, sobrino de Bernabé. Allí estuvo Saúl quince días bebiendo a boca llena la verdad en aquella nueva fuente que Dios ponía en su camino: la primitiva tradición cristiana llegaba hasta él por la boca más autorizada, la del pastor primero de la cristiandad.

 Y empezó Saulo en Jerusalén a dar testimonio de la verdad. Pero su predicación, en vez de provocar conversiones, levantó tempestades. A los pocos días los judíos resolvieron quitarle de en medio dándole muerte, como un día a Esteban. Amargado con este fracaso fue un día al Templo, donde, estando en oración, tuvo un éxtasis:

 —Date prisa y sal pronto de Jerusalén... —le decía el Señor.

 —Pero si ellos saben que yo era el que perseguía y encarcelaba...

 —Vete pronto, porque yo quiero enviarte a naciones lejanas.

 Ante la inminencia del peligro los cristianos de Jerusalén, para salvarle la vida, “llevaron a Saúl hasta Cesarea y de allí lo enviaron a Tarso", seguramente por vía marítima. Unos cinco años estuvo esta vez en su ciudad natal. ¿Qué hacía allí entretanto? Esperar sin desasosiego la hora de su apostolado y, mientras esperaba, continuar llenándose de la verdad que había encontrado.

 La llamada de Dios no se hizo esperar. Un día se presentó en Tarso Bernabé. Iba a buscar a Saulo para llevárselo consigo a Antioquía. Saulo accedió y por espacio de un año estuvo junto a Bernabé instruyendo a la pujante cristiandad antioqueña, que iba a ser durante algún tiempo el centro de la joven Iglesia. En efecto. La persecución de Herodes Agripa había hecho desaparecer de Jerusalén a los directores de aquélla. Santiago cayó al filo de la espada; Pedro, liberado milagrosamente de la cárcel, salió también de la ciudad deicida y se dirigió a otro lugar, probablemente a Roma. Juan Marcos se marchó a Antioquía.

 Un día estaba reunida la cristiandad de esta ciudad y, "mientras celebraban la liturgia en honor del Señor y guardaban los ayunos, dijo el Espíritu Santo, por boca de uno de los que tenían dones carismáticos: Segregadme a Bernabé y a Saulo para la obra a que los tengo llamados". La hora había sonado definitivamente. El vaso de elección se iba a derramar sobre los gentiles. Por eso los ancianos de aquella comunidad, después de orar y ayunar, les impusieron las manos y les dieron el abrazo de despedida. Y empezaron los viajes apostólicos de Saulo. En el primero, junto con Bernabé, visitó la isla de Chipre y luego, desembarcando en Panfilia, evangelizó algunas ciudades del Asia Menor y regresó a Antioquía, pero con un nombre nuevo: Pablo. Desde que en esta primera correría convirtió en Pafos al procónsul Sergio Paulo no volvió a usar su nombre antiguo. En el segundo y tercer viaje no sólo evangelizó el Asia Menor, sino que llegó a Europa. Su celo impetuoso no le dejaba reposar. En todas partes empezaba predicando a los judíos para hacer oír luego su palabra a los gentiles. Su apostolado le originaba por doquier persecuciones y peligros. El mismo hace un recuento de ellos cuando en el tercer viaje escribe desde Macedonia su segunda carta a los corintios: "Cinco veces —dice— recibí de los judíos cuarenta azotes menos uno. Tres veces fui azotado con varas, una vez fui apedreado, tres veces padecí naufragio, un día y una noche pasé en los abismos del mar; muchas veces en viajes me vi en peligros de ríos, peligros de ladrones, peligros de los de mi linaje, peligros de los gentiles, peligros en la ciudad, peligros en el desierto, peligros en el mar, peligros en los falsos hermanos, trabajos y miserias en prolongadas vigilias, en hambre y sed, en ayunos frecuentes, en frío y desnudez; esto sin hablar de otras cosas, de mis cuidados de cada día, de la preocupación por todas las iglesias. ¿Quién desfallece que yo no desfallezca? ¿Quién se escandaliza que yo no me abrase?"

 Pero en medio de todos estos afanes Pablo "estaba lleno de consuelo y rebosaba gozo en todas sus tribulaciones". Es que llevaba a Cristo en su alma y tenía al mundo bajo sus pies; es que "su vida para él era Cristo y morir para él era un negocio"; es que se sentía "clavado en la cruz con Cristo hasta el punto de que ya no era él propiamente el que vivía, sino que era Cristo el que vivía en él”.

 Durante aquellos ministerios Pablo sabía rebajarse a otros más humildes menesteres. Aquel oficio de tejedor que había aprendido en Tarso le dio en más de una ocasión el medio de ganarse el sustento sin ser gravoso a nadie. Cuando en su segundo viaje llegó a Corinto, al encontrarse allí con el judío Aquila que había salido de Roma a consecuencia del decreto dado por Claudio, se unió a él "porque era del mismo oficio, y se quedó en su casa y trabajaban juntos en la fabricación de lonas”. En el trabajo manual encontraba Pablo no sólo su sustento, sino una fuente de recursos para obras de caridad. Por eso, años más tarde, estando en Efeso, pudo decir en presencia de toda la asamblea, mostrando al mismo tiempo sus manos encallecidas: "No he codiciado plata, oro ni vestido de nadie. Vosotros sabéis que a mis necesidades y a las de los que me acompañaban han suministrado estas manos. En todo os he dado ejemplo, mostrándoos cómo trabajando así socorráis a los necesitados, recordando las palabras del Señor, Jesús, que él mismo dijo: "Mejor es dar que recibir".

 Más duro había sido, ciertamente, el acento con que nuestro apóstol tejedor había dicho en su carta a los fieles de Tesalónica, para reprimir su ociosidad y vagancia: "El que no quiere trabajar, que no coma".

 Nadie crea que, por estar encallecidas las manos de Pablo por el áspero contacto de los pelos de cabra con que fabricaba sus lonas, se había embotado la sutil penetración de su inteligencia, desarrollada en el ambiente de la cultura helenística. En su segundo viaje Pablo fue a la cuna y emporio de aquella refinada civilización, la sabia Atenas. Allí, al oírle algunos filósofos estoicos y epicúreos, le llevaron al Areópago para que les expusiese su doctrina. Ante aquella doctísima asamblea Pablo, con gran serenidad y aplomo, "puesto en pie“, pronunció un discurso modelo de fina habilidad y prueba de su honda cultura helénica.

 "Atenienses —les dijo—, veo que sois sobremanera religiosos, porque, al pasar y contemplar los objetos de vuestro culto, he hallado un altar en el que está escrito: "Al Dios desconocido". Pues ese que sin conocerlo veneráis es el que yo os anuncio. El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que hay en él, ése, siendo señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por mano de hombre... Él hizo de uno todo el linaje humano para poblar toda la haz de la tierra..., para que busquen a Dios y le hallen, que no está lejos de nosotros, porque “en él vivimos, nos movemos y existimos", como alguno de vuestros poetas ha dicho: "porque somos linaje suyo"... Después de esta alusión a un hexámetro del poema Minos, de Epiménides, y de la cita del verso del poema Fenómenos, de Arato, pasó a impugnar la idolatría, y hubiera seguido exponiendo en una segunda parte la revelación de Dios por medio de Jesucristo, cuya misión, dijo, “quedaba acreditada ante todos por su resurrección de entre los muertos”, si la mayoría de sus oyentes no hubiera tomado a risa sus últimas palabras sobre la resurrección. Ante esta actitud Pablo abandonó el Areópago; pero no había sido del todo baldía la siembra: "Dionisio el Areopagita, una mujer de nombre Dámaris y otros más" creyeron en las palabras de Pablo y le siguieron.

 Pablo adoctrinó con insistencia las tierras de Grecia y Macedonia con su palabra ardiente. Además, Corinto, Filipos y Tesalónica fueron destinatarias de cinco hermosas cartas que, como las restantes, sin excluir las dirigidas a los hebreos y a los romanos, estaban redactadas en un griego que, si no es el de Platón, o Jenofonte, o de los aticistas de su tiempo, no es tampoco inferior al que usaban por entonces generalmente las personas cultas.

 Terminada su tercera misión, Pablo ha vuelto a Jerusalén. Estaba un día orando en el Templo cuando sus enemigos, al reconocerle, promovieron un tumulto contra él. Un centurión romano con sus soldados le encadena. El populacho vocifera pidiendo su muerte. El tribuno manda que le introduzcan en el cuartel y le azoten.

 —¿Os es lícito azotar a un ciudadano romano sin juzgarlo? —pregunta Pablo.

 —¿Eres tú romano? —inquiere a su vez, temeroso, el tribuno.

 —Sí —contesta lacónicamente el apóstol.

 —Yo adquirí esta ciudadanía por una gran suma —dice, admirado, el tribuno.

 —Pues yo —prosigue Pablo sin altanería, pero con noble dignidad —la tengo por nacimiento.

 Aquella vez la reclamación produjo su efecto. Pablo no fue azotado. Pero días más tarde, ante una conjuración de cuarenta judíos que habían jurado no comer ni beber hasta que mataran al apóstol, fue trasladado a Cesarea, donde permaneció unos dos años. Un día el procurador Festo, queriendo congraciarse con los judíos, dijo a Pablo:

 —¿Quieres subir a Jerusalén y allí ser juzgado?

 —Estoy ante el tribunal del César; en él debo ser juzgado... A él apelo.

 —¿Has apelado al César? Al César irás —dijo Festo para terminar.

 Y al César fue. Custodiado por un centurión llamado Julio embarcó en Cesarea, y, tras una penosa navegación en la cual volvió a conocer los horrores de las tempestades marítimas, llegó por fin a Roma. Pablo veía cumplido uno de sus más vehementes deseos. En Roma permitieron a Pablo morar en casa propia con un soldado que le custodiaba, entretanto fallaban su causa, facilidad que el apóstol aprovechó para evangelizar y escribir: seis de sus epístolas, la mitad, fueron escritas en Roma.

 Por fin se dictó para él sentencia absolutoria. Pablo quedaba libre para poder realizar otro sueño dorado de su vida: llegar a España, el último confín de Occidente, y predicar también en ella a Cristo crucificado. Ya en la carta que escribió desde Corinto a los romanos les manifestaba este deseo, "Espero veros cuando vaya a España y ser allá encaminado por vosotros". Roma era entonces para el indomable ímpetu de Pablo no una meta, sino un punto de partida. Y así se realizó: el gran apóstol vino a España. Acaso desembarcó en la imperial Tarraco, ciudad en la que una tradición venerable asegura la estancia y predicación del tarsense. A pocos metros del lugar donde se escriben estas líneas, sobre una roca que de generación en generación se señala como lugar de las predicaciones paulinas, una capilla románica dedicada al apóstol es argumento pétreo de este hecho histórico.

 De todas formas, la estancia de Pablo en nuestra tierra no pudo ser muy larga, El año 67 de nuestra era, y después de haber realizado un viaje a Oriente, volvía a estar en Roma cargado de cadenas. ¿Dónde y cuándo había sido apresado? A esta pregunta no se puede contestar sino con hipótesis. Lo cierto es que antes de que acabase el año 67 Pablo había llegado a su ocaso. Aquel sediento buscador de la verdad, aquel apóstol insaciable, aquel tejedor de lonas, aquel griego sutil, aquel ciudadano romano, caía al filo de la espada junto al tercer miliario de la vía Ostiense.

 Sobre su tumba hubieran podido servir de epitafio aquellas palabras que, próximo ya a su fin, había escrito en su última carta a Timoteo:

 "He combatido el buen combate.
He terminado mi carrera.
He guardado mi fe.
He recibido la corona de justicia."

LAUREANO CASTÁN LACOMA

«El poder del infierno», es decir las fuerzas del mal, no prevalecerán

Será uno de los textos más recordados de su pontificado. El Papa escribió personalmente la homilía preparada para la fiesta de los apóstoles Pedro y Pablo de 2012. Y en ella ha subrayado que “la Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de pecadores que se deben reconocer necesitados del amor de Dios” y que “ la apertura a la acción de Dios” transforma la debilidad de los hombres”.

 

TEXTO COMPLETO DE LA HOMILÍA

Señores cardenales,

Venerados hermanos en el episcopado y en el sacerdocio,

Queridos hermanos y hermanas

Estamos reunidos alrededor del altar para celebrar la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, patronos principales de la Iglesia de Roma. Están aquí presentes los arzobispos metropolitanos nombrados durante este último año, que acaban de recibir el palio, y a quienes va mi especial y afectuoso saludo. También está presente, enviada por Su Santidad Bartolomé I, una eminente delegación del Patriarcado Ecuménico de Constantinopla, que acojo con reconocimiento fraterno y cordial. Con espíritu ecuménico me alegra saludar y dar las gracias a "The Choir of Westminster Abbey", que anima la liturgia junto con la Capilla Sixtina. Saludo además a los señores embajadores y a las autoridades civiles: a todos les agradezco su presencia y oración.

Como todos saben, delante de la Basílica de San Pedro, están colocadas dos imponentes estatuas de los apóstoles Pedro y Pablo, fácilmente reconocibles por sus enseñas: las llaves en las manos de Pedro y la espada entre las de Pablo. También sobre el portal mayor de la Basílica de San Pablo Extramuros están representadas juntas escenas de la vida y del martirio de estas dos columnas de la Iglesia. La tradición cristiana siempre ha considerado inseparables a san Pedro y a san Pablo: juntos, en efecto, representan todo el Evangelio de Cristo. En Roma, además, su vinculación como hermanos en la fe ha adquirido un significado particular. En efecto, la comunidad cristiana de esta ciudad los consideró una especie de contrapunto de los míticos Rómulo y Remo, la pareja de hermanos a los que se hace remontar la fundación de Roma. Se puede pensar también en otro paralelismo opuesto, siempre a propósito del tema de la hermandad: es decir, mientras que la primera pareja bíblica de hermanos nos muestra el efecto del pecado, por el cual Caín mata a Abel, Pedro y Pablo, aunque humanamente muy diferentes el uno del otro, y a pesar de que no faltaron conflictos en su relación, han constituido un modo nuevo de ser hermanos, vivido según el Evangelio, un modo auténtico hecho posible por la gracia del Evangelio de Cristo que actuaba en ellos. Sólo el seguimiento de Jesús conduce a la nueva fraternidad: aquí se encuentra el primer mensaje fundamental que la solemnidad de hoy nos ofrece a cada uno de nosotros, y cuya importancia se refleja también en la búsqueda de aquella plena comunión, que anhelan el Patriarca ecuménico y el Obispo de Roma, como también todos los cristianos.

En el pasaje del Evangelio de san Mateo que hemos escuchado hace poco, Pedro hace la propia confesión de fe a Jesús reconociéndolo como Mesías e Hijo de Dios; la hace también en nombre de los otros apóstoles. Como respuesta, el Señor le revela la misión que desea confiarle, la de ser la «piedra», la «roca», el fundamento visible sobre el que está construido todo el edificio espiritual de la Iglesia (cf. Mt 16, 16-19). Pero ¿de qué manera Pedro es la roca? ¿Cómo debe cumplir esta prerrogativa, que naturalmente no ha recibido para sí mismo? El relato del evangelista Mateo nos dice en primer lugar que el reconocimiento de la identidad de Jesús pronunciado por Simón en nombre de los Doce no proviene «de la carne y de la sangre», es decir, de su capacidad humana, sino de una particular revelación de Dios Padre. En cambio, inmediatamente después, cuando Jesús anuncia su pasión, muerte y resurrección, Simón Pedro reacciona precisamente a partir de la «carne y sangre»: Él «se puso a increparlo: … [Señor] eso no puede pasarte» (16, 22). Y Jesús, a su vez, le replicó: «Aléjate de mí, Satanás. Eres para mí piedra de tropiezo…» (v. 23). El discípulo que, por un don de Dios, puede llegar a ser roca firme, se manifiesta en su debilidad humana como lo que es: una piedra en el camino, una piedra con la que se puede tropezar – en griego skandalon. Así se manifiesta la tensión que existe entre el don que proviene del Señor y la capacidad humana; y en esta escena entre Jesús y Simón Pedro vemos de alguna manera anticipado el drama de la historia del mismo papado, que se caracteriza por la coexistencia de estos dos elementos: por una parte, gracias a la luz y la fuerza que viene de lo alto, el papado constituye el fundamento de la Iglesia peregrina en el tiempo; por otra, emergen también, a lo largo de los siglos, la debilidad de los hombres, que sólo la apertura a la acción de Dios puede transformar.

En el Evangelio de hoy emerge con fuerza la clara promesa de Jesús: «el poder del infierno», es decir las fuerzas del mal, no prevalecerán, «non prevalebunt». Viene a la memoria el relato de la vocación del profeta Jeremías, cuando el Señor, al confiarle la misión, le dice: «Yo te convierto hoy en plaza fuerte, en columna de hierro, en muralla de bronce, frente a todo el país: frente a los reyes y príncipes de Judá, frente a los sacerdotes y la gente del campo; lucharán contra ti, pero no te podrán, porque yo estoy contigo para librarte» (Jr 1, 18-19). En verdad, la promesa que Jesús hace a Pedro es ahora mucho más grande que las hechas a los antiguos profetas: Éstos, en efecto, fueron amenazados sólo por enemigos humanos, mientras Pedro ha de ser protegido de las «puertas del infierno», del poder destructor del mal. Jeremías recibe una promesa que tiene que ver con él como persona y con su ministerio profético; Pedro es confortado con respecto al futuro de la Iglesia, de la nueva comunidad fundada por Jesucristo y que se extiende a todas las épocas, más allá de la existencia personal del mismo Pedro.

Pasemos ahora al símbolo de las llaves, que hemos escuchado en el Evangelio. Nos recuerdan el oráculo del profeta Isaías sobre el funcionario Eliaquín, del que se dice: «Colgaré de su hombro la llave del palacio de David: lo que él abra nadie lo cerrará, lo que él cierre nadie lo abrirá» (Is 22,22). La llave representa la autoridad sobre la casa de David. Y en el Evangelio hay otra palabra de Jesús dirigida a los escribas y fariseos, a los cuales el Señor les reprocha de cerrar el reino de los cielos a los hombres (cf. Mt 23,13). Estas palabras también nos ayudan a comprender la promesa hecha a Pedro: a él, en cuanto fiel administrador del mensaje de Cristo, le corresponde abrir la puerta del reino de los cielos, y juzgar si aceptar o excluir (cf. Ap 3,7). Las dos imágenes – la de las llaves y la de atar y desatar – expresan por tanto significados similares y se refuerzan mutuamente. La expresión «atar y desatar» forma parte del lenguaje rabínico y alude por un lado a las decisiones doctrinales, por otro al poder disciplinar, es decir a la facultad de aplicar y de levantar la excomunión. El paralelismo «en la tierra… en los cielos» garantiza que las decisiones de Pedro en el ejercicio de su función eclesial también son válidas ante Dios.

En el capítulo 18 del Evangelio según Mateo, dedicado a la vida de la comunidad eclesial, encontramos otras palabras de Jesús dirigidas a los discípulos: «En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos» (Mt 18,18). Y san Juan, en el relato de las apariciones de Cristo resucitado a los Apóstoles, en la tarde de Pascua, refiere estas palabras del Señor: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Jn 20,22-23). A la luz de estos paralelismos, aparece claramente que la autoridad de atar y desatar consiste en el poder de perdonar los pecados. Y esta gracia, que debilita la fuerza del caos y del mal, está en el corazón del ministerio de la Iglesia. Ella no es una comunidad de perfectos, sino de pecadores que se deben reconocer necesitados del amor de Dios, necesitados de ser purificados por medio de la Cruz de Jesucristo. Las palabras de Jesús sobre la autoridad de Pedro y de los Apóstoles revelan que el poder de Dios es el amor, amor que irradia su luz desde el Calvario. Así, podemos también comprender porqué, en el relato del evangelio, tras la confesión de fe de Pedro, sigue inmediatamente el primer anuncio de la pasión: en efecto, Jesús con su muerte ha vencido el poder del infierno, con su sangre ha derramado sobre el mundo un río inmenso de misericordia, que irriga con su agua sanadora la humanidad entera.

Queridos hermanos, como recordaba al principio, la tradición iconográfica representa a san Pablo con la espada, y sabemos que ésta significa el instrumento con el que fue asesinado. Pero, leyendo los escritos del apóstol de los gentiles, descubrimos que la imagen de la espada se refiere a su misión de evangelizador. Él, por ejemplo, sintiendo cercana la muerte, escribe a Timoteo: «He luchado el noble combate» (2 Tm 4,7). No es ciertamente la batalla de un caudillo, sino la de quien anuncia la Palabra de Dios, fiel a Cristo y a su Iglesia, por quien se ha entregado totalmente. Y por eso el Señor le ha dado la corona de la gloria y lo ha puesto, al igual que a Pedro, como columna del edificio espiritual de la Iglesia.

Queridos Metropolitanos: el palio que os he impuesto, os recordará siempre que habéis sido constituidos en y para el gran misterio de comunión que es la Iglesia, edificio espiritual construido sobre Cristo piedra angular y, en su dimensión terrena e histórica, sobre la roca de Pedro. Animados por esta certeza, sintámonos juntos cooperadores de la verdad, la cual –sabemos– es una y «sinfónica», y reclama de cada uno de nosotros y de nuestra comunidad el empeño constante de conversión al único Señor en la gracia del único Espíritu. Que la Santa Madre de Dios nos guíe y nos acompañe siempre en el camino de la fe y de la caridad. Reina de los Apóstoles, ruega por nosotros. Amén.

 

Jesucristo no le eligió por ser el más inteligente o el más culto de los apóstoles

Si hoy le hiciera un test psicológico nadie le admitiría para dirigir una gran empresa (la inestabilidad pone en peligro los negocios); sus antecedentes no inspiran confianza, y un partido político se guardaría mucho de convertirle en su líder; lo cual demuestra una vez más que nuestros criterios de eficacia tienen poco que ver con los de Dios. Porque aquel pescador tan magníficamente promocionado no defraudó, lo hizo muy bien

De pescador a cabeza de la Iglesia

Pescador y príncipe de los apóstoles, primer papa y piedra sobre la cual se edifica la Iglesia. Éste es Pedro. Esta variedad de funciones lleva a que nos preguntemos cómo era este hombre al que encargaron responsabilidades tan abrumadoras. Los evangelios lo pintan muy bien, muy real, no como ejemplo de perfección, sino como una intensa paradoja humana de atractivas virtudes y de grandes limitaciones que le confieren un perfil singular.

Enseguida se ve que Jesucristo no le eligió por ser el más inteligente o el más culto de los apóstoles; en él se advierte un corazón impetuoso y fuerte, lleno de arrebatos no siempre oportunos, menos inquebrantable de lo que hubiera sido de desear, pero con una mezcla de fe, entusiasmo y bondad que sin duda respondían al deseo del Maestro.

Si hoy se le hiciera un test psicológico nadie le admitiría para dirigir una gran empresa (la inestabilidad pone en peligro los negocios); sus antecedentes no inspiran confianza, y un partido político se guardaría mucho de convertirle en su líder; lo cual demuestra una vez más que nuestros criterios de eficacia tienen poco que ver con los de Dios. Porque aquel pescador tan magníficamente promocionado no defraudó, lo hizo muy bien.

Chesterton nos ofrece como respuesta una de sus paradojas: “Cuando nuestra civilización quiere catalogar una biblioteca o descubrir un sistema solar, o alguna otra fruslería de este género, recurre a sus especialistas.

Pero cuando desea algo verdaderamente serio reúne a doce de las personas corrientes que encuentra a su alrededor. Esto es lo que hizo, si mal no me acuerdo, el fundador del Cristianismo”.

Ninguna vocación puede explicarse por los méritos y cualidades poseídos; la vocación sólo encuentra su explicación en la sabiduría divina. Por otra parte, si observamos fríamente cómo realizó la tarea encomendada, vemos que lo hizo bastante bien.

Es muy posible que muchos intelectuales u hombres de gestión hubiesen fracasado en la empresa; ejemplos los podemos encontrar con frecuencia a lo largo de la historia: hasta el listísimo Platón fue un político fracasado, y muchos más.

Vale la pena intentar vislumbrar cómo la gracia actúa en un hombre normal, para comprobar su transformación en santo. Y con unos frutos verdaderamente extraordinarios.

Breve biografía

Una breve biografía sacada de los datos de los Evangelios y los Hechos de los Apóstoles nos sitúa en los grandes trazos de su vida. Simón Pedro era -como la mayoría de los primeros discípulos del Señor- natural de Betsaida, ciudad de Galilea, en la ribera nordeste del lago de Genesaret.

Lo mismo que su padre Juan y su hermano Andrés, era pescador. Estaba casado, pues el Evangelio nos refiere cómo Jesús curó a su suegra, que vivía en Cafarnaúm.

Antes de conocer a Cristo, había sido -probablemente- discípulo del Bautista, como su hermano Andrés. Fue éste quien le condujo a Jesús. Asiste al primer milagro de Jesús en las bodas de Caná. En Cafarnaúm, mientras ejercitaba su oficio de pescador, escucha las enseñanzas y presencia los milagros del Señor hasta recibir la llamada a seguirle como discípulos dejándolo todo.

Antes del Sermón del Monte es elegido como uno de los Doce. En todas las listas del nuevo Testamento aparece el primero. Junto a Santiago y Juan forma parte del grupo de los más íntimos del Señor, los únicos testigos de la resurrección de la hija de Jairo, de la Transfiguración del Señor, y de su agonía en el Huerto de los Olivos.

En muchas ocasiones Pedro se hace portavoz de los demás apóstoles: pide al Señor que le explique la parábola de la pureza de corazón; pregunta cuál será la recompensa para ellos por haberlo abandonado todo.

Después del discurso eucarístico en la sinagoga de Cafarnaúm, a consecuencia del cual muchos de los discípulos abandonan al Maestro, es también Pedro quien habla en nombre de los demás apóstoles: "Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de vida eterna; nosotros hemos creído y conocido que Tú eres el Santo de Dios" .

Tiene condiciones humanas de líder, que son indicio, aunque no motivo, de su elección como primero entre los Doce.

El primado de Pedro y su misión

Destaca en la vida de Pedro el episodio de Cesarea de Filipo donde Jesús le confiere el primado en la Iglesia. Pedro escucha con asombro los poderes nuevos de atar y desatar en el cielo y en la tierra, y la asistencia perpetua en el gobierno de una Iglesia invencible frente al poder de Satanás.

No desconoce Jesús la debilidad y las negaciones de Pedro: "Simón, Simón, he aquí que Satanás os ha reclamado para cribaros como el trigo. Pero yo he rogado por ti para que tu fe no desfallezca tu fe; y tú cuando te conviertas, confirma en la fe a tus hermanos" , pero eso no es obstáculo para seguir confiando en él.

Tras la Ascensión del Señor, Pedro ocupa, sin discusión alguna, el primer puesto entre los apóstoles: propone y preside la elección de Matías, en sustitución del traidor Judas, estableciendo los requisitos que debe cumplir el candidato ; pronuncia el primer discurso evangelizador al pueblo el día de Pentecostés ; obra en nombre de Jesús los primeros milagros ; toma la palabra en el Sanedrín, justificando la predicación de los apóstoles; condena a Ananías y Safira, así como a Simón el mago. Instruído en una visión del Señor, admite en la Iglesia a la primera familia pagana, la de Cornelio.

El mismo San Pablo, una vez convertido, y a pesar de haber recibido el evangelio por una revelación de Jesucristo, subió alrededor del año 39 a Jerusalén, para ver a Cefas -así le suele llamar habitualmente- y permaneció con él quince días: señal clara de la veneración que San Pablo tenía hacia el elegido por el Señor como cabeza visible de la Iglesia.

También las autoridades judías se daban cuenta de la posición preeminente de San Pedro en la Iglesia primitiva, por lo que Herodes Agripa I -alrededor del año 43- mandó encarcelarlo con el propósito de matarlo.

En tal ocasión "la Iglesia rogaba incesantemente por él a Dios". Liberado milagrosamente de la cárcel, "salió y partió para otro lugar". Se encaminó a Antioquía, pero no es seguro que fuera en ese momento. La tradición afirma que Pedro ocupó por un tiempo la sede antioquena.

Sabemos con certeza que asistió el año 49 al concilio de Jerusalén: allí, una vez más, San Pedro desempeña una misión fundamental para la unidad de la Iglesia.

Existe la tradición comprobada de la estancia de San Pedro en Roma, ejerciendo allí el episcopado, así como de su muerte bajo el emperador Nerón. La fecha más probable de su muerte es el año 67. Según la tradición murió crucificado cabeza abajo.

ENRIQUE CASES
Los 12 apóstoles.

 

 La “Piedra de Pilatos” registró el nombre y posición de Poncio Pilatos en una dedicatoria al Emperador

Por supuesto, todos conocemos a Poncio Pilatos y su sórdido papel en la Pasión de Cristo. Sin embargo, se conoce muy poco del hombre además de su arbitraje en el juicio de Cristo.

 

Sabemos que fue un prefecto romano que gobernó Judea durante el reinado del emperador Tiberio (14-37 d. C.) pero, más allá de su presencia en los Evangelios, unas pocas y breves referencias de historiadores romanos y un puñado de monedas supuestamente acuñadas por el prefecto, hay muy pocas evidencias de que Pilatos hubiera existido en realidad.

Así fue hasta el descubrimiento en 1961 de la “Piedra de Pilatos”, una pieza de caliza tallada con el nombre de Poncio Pilatos inscrito en ella. El arqueólogo italiano Antonio Frova y su equipo encontraron la Piedra de Pilatos en una excavación de un antiguo teatro romano en Cesarea, Israel, edificio construido por decreto del rey Herodes en torno al 10 a. C.

En UCatholic.com se explica que Pilatos tenía su base de operaciones en Cesarea, que reemplazó a Jerusalén como capital administrativa de Judea en el 6 d. C.

Aunque erosionada por el paso del tiempo, pueden distinguirse algunos fragmentos de la inscripción caliza. Por lo que los arqueólogos pueden leer, parece que es una piedra dedicatoria que dice:

Al divino Augusto Tiberio

…Poncio Pilatos

…prefecto de Judea

…le dedica esto

Este descubrimiento corrobora la posición de Pilatos como prefecto de Judea, además del tiempo en que estuvo en su cargo. UCatholic señala que hay varias otras fuentes seculares  que mencionan al prefecto, como los escritos de Flavio Josefo en Antigüedades judías en torno al año 94, de Filón de Alejandría en Embajada a Gayo, y de Publio Cornelio Tácito, uno de los historiadores romanos más conocidos.

Sin embargo, todas estas obras se escribieron muchas décadas después de que Pilatos abandonara su puesto de prefecto de Judea. La “Piedra de Pilatos” continúa siendo la única evidencia directa de Pilatos, quien, bastante literalmente, marcó en piedra su relevancia histórica.

San Máximo de Turín explicado por Benedicto XVI

"LA FE NO ALEJA DE LAS CUESTIONES TEMPORALES" - Dice el Papa al presentar el ejemplo de San Máximo

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 31 octubre 2007

Máximo fue obispo de Turín (Italia) desde 398, cuando la ciudad, amenazada por grupos dispersos de bárbaros que llegaban hasta los Alpes occidentales, estaba protegida por guarniciones militares y era el refugio de las poblaciones que huían de las zonas rurales.

Frente a este estado de cosas las intervenciones de Máximo, autor de unos noventa sermones, dijo el Papa, "atestiguan su empeño para reaccionar al deterioro de la convivencia y a la disgregación".

El obispo apostrofa además a sus fieles cuando utilizan los infortunios de los demás en beneficio propio, predicando "una relación profunda entre los deberes del cristiano y los del ciudadano y, "junto al amor tradicional por la ciudad patria proclama también el deber preciso de hacer frente a las obligaciones fiscales".

El análisis histórico y literario de la figura de Máximo de Turín, explicó Benedicto XVI, "demuestra una toma de conciencia cada vez más creciente de la responsabilidad política de la autoridad eclesial, en un contexto donde ésta sustituía cada vez más a la civil".

"Es evidente que el contexto histórico, cultural y social es profundamente diverso en nuestra época -observó el Papa-. En cualquier caso, (...) son siempre válidos los deberes del creyente con su ciudad y su patria. El lazo de las obligaciones del "ciudadano honrado" con el de "buen cristiano" sigue vigente".

El Santo Padre citó la constitución pastoral del Concilio Vaticano II "Gaudium et spes", cuyo objetivo era "iluminar uno de los aspectos más importantes de la unidad de vida del cristiano: la coherencia entre fe y vida, entre Evangelio y cultura".

El Concilio Vaticano II, concluyó, "exhorta a los fieles a cumplir con fidelidad sus deberes temporales, guiados siempre por el espíritu evangélico.

Se equivocan aquellos que, sabiendo que no tenemos aquí ciudad permanente, pues buscamos la futura, consideran que pueden descuidar las tareas temporales, sin darse cuenta que la propia fe es un motivo que les obliga al más perfecto cumplimiento de todas ellas según la vocación personal de cada uno".

“Las peregrinaciones son imprescindibles para preservar el carácter cristiano de Tierra Santa”

La vida del día a día en Jerusalén no ha cambiado pero las recientes tensiones provocadas por la apertura de la embajada de Estados Unidos en la Ciudad Santa han deteriorado aún más los débiles lazos entre árabes e israelíes.

MONS. PIERBATTISTA PIZZABALLA Administrador Apostólico, Patriarcado Latino “Los puntos de encuentro, los canales de comunicación, entre israelíes y palestinos eran ya muy frágiles pero ahora son totalmente inexistentes. Este es quizá el principal cambio político pero la vida cotidiana en Jerusalén no ha cambiado”. “El proceso de paz, como lo hemos conocido, no existe. No soy político pero diría que esta fase, este modelo de proceso, está terminado”.

Aunque en lo cotidiano no haya cambios, la paz se ha resentido inevitablemente y este último repunte de violencia ha pasado factura, sobre todo, en territorios como Gaza.

En ese contexto, los cristinos aunque pocos, son un factor fundamental. En medio de las malas noticias, la buena es que, pese a todo, el número de peregrinos que visitan Tierra Santa ha crecido enormemente.

MONS. PIERBATTISTA PIZZABALLA Administrador Apostólico, Patriarcado Latino “Una de las novedades más hermosas de estos últimos dos años es que las peregrinaciones han crecido al menos un 50%. Son una forma imprescindible de preservar el carácter cristiano de la Tierra Santa”.

Monseñor Pierbattista Pizzaballa participó en Roma en la presentación de un proyecto que quiere ayudar a que el carácter cristiano esa tierra nunca se pierda.

Se trata de este centro, Saxum, que tiene por objetivo ayudar al peregrino a profundizar en su conocimiento de la Tierra Santa. Lo hace, por ejemplo, a través de cursos de formación para guías turísticos o con un impresionante recorrido multimedia para los peregrinos.

Saxum además está situado en el camino de Emaús por lo que otro de sus atractivos es la posibilidad de caminar por los mismos lugares donde Cristo resucitado se encontró con los dos discípulos.

Una iniciativa que contribuirá a dar oxígeno a la comunidad cristiana, una minoría entre dos bandos que no tienen ninguna intención de dialogar.

MONS. PIERBATTISTA PIZZABALLA Administrador Apostólico, Patriarcado Latino “De alguna forma, los números son preocupantes porque somos pocos. En Israel, de 7 millones de judíos israelíes y 1,5 millones de árabes israelíes hay unos 130.000 cristianos, entre católicos, ortodoxos y los demás. En Palestina, de entre 4 millones y medio de musulmanes, los cristianos son unos 45.000. Los números son indicativos de una realidad más bien preocupante”.

Una presencia pequeña pero muy activa y fundamental gracias a instituciones como escuelas y hospitales o a las peregrinaciones. Elementos que intentan contribuir a crear la paz ayudando, sin distinción de credo, a todos los habitantes de la tierra de Cristo.

Las Murallas Aurelianas, el monumento más grande de la Roma imperial

La Superintendencia Capitolina de Bienes Culturales ha encargado la primera campaña fotográfica integral sobre el recorrido entero de las Murallas Aurelianas, de más de 12 kilómetros de largo

Las Murallas Aurelianas fueron erigidas por Lucio Domicio Aureliano (emperador romano entre el 270 y el 275 d.C.) para defender la ciudad de Roma de las invasiones bárbaras y, a lo largo de los siglos, se integraron en el tejido urbano: solemnes o solitarias, en palacios, cementerios, obras, a lo largo de avenidas u ocultas por la naturaleza. Las Murallas Aurelianas, con sus más de 12 kilómetros de largo en la actualidad, son el monumento más grande de la Roma imperial y el cinturón mural urbano más largo, antiguo y mejor conservado de la historia, según explicó ayer en un comunicado la Superintendencia Capitolina de Bienes Culturales, que ha encargado la primera campaña fotográfica integral sobre el recorrido entero de las murallas, incluso en los puntos no accesibles al público.

 

El elegido para documentar el recorrido de las Murallas Aurelianas ha sido el fotógrafo Andrea Jemolo, nacido en Roma el 10 de marzo de 1957, quien ha obtenido unas imágenes de gran definición. La exposición Walls. Las murallas de Roma. Fotografías de Andrea Jemolo, ideada por Claudio Parisi Presicce y comisionada por Federica Pirani y Orietta Rossini, abre hoy al público en el Museo dell’Ara Pacis de Roma y se podrá visitar hasta el 9 de septiembre de 2018.

La muestra reúne una selección de 77 fotografías en color y en gran formato: cada una representa un pedazo de la historia y de la vida cotidiana. Hoy en día, tal y como expresa Marco Lodoli en el catálogo de la exposición, “las murallas siguen ahí, maravillosas, derrotadas, poéticas en su potente rendición, y el romano no les presta atención, como si esa gran serpiente formara parte de un paisaje eterno e indiferente, una arruga del tiempo, una melancolía habitual (…) Pocas obras en el mundo son tan grandiosas y melancólicas, tan trágicas y bellas, capaces de enseñarnos tantas cosas y quizá una sola cosa, pero decisiva: que de la vida no nos defendemos”.

Junto a un edificio moderno
Las Murallas Aurelianas a la altura del Piazzale Labicano y el edificio del distribuidor hídrico, construido en 1935.

Foto: Andrea Jemoloç

 

Relación e influencia entre San Juan Bautista y Jesús

¿Qué influencia tuvo San Juan Bautista en Jesús?

La figura de San Juan Bautista ocupa un lugar importante en el Nuevo Testamento y concretamente en los evangelios. Ha sido comentada en la tradición cristiana más antigua y ha calado hondamente en la piedad popular, que celebra la fiesta de su nacimiento con especial solemnidad desde muy antiguo.

En los últimos años viene siendo centro de atención entre los estudiosos del Nuevo Testamento y de los orígenes del cristianismo que se plantean qué se puede conocer acerca la relación entre Juan Bautista y Jesús de Nazaret desde el punto de vista de la crítica histórica.

Dos tipos de fuentes hablan de Juan Bautista, unas cristianas y otras profanas. Las cristianas son los cuatro evangelios canónicos y el evangelio gnóstico de Tomás. La fuente profana más relevante es Flavio Josefo, que dedicó un largo apartado de su libro Antiquitates Judaicae (18,116-119) a glosar el martirio del Bautismo a manos de Herodes en la fortaleza de Maqueronte (Perea). Para valorar las eventuales influencias puede ayudar fijarse en lo que se sabe acerca de la vida, la conducta y el mensaje de ambos.

1. Nacimiento y muerte

Juan Bautista coincidió en el tiempo con Jesús, seguramente nació algún tiempo antes y comenzó su vida pública también antes.

Era de origen sacerdotal (Lc 1), aunque nunca ejerció sus funciones y se supone que se mostró opuesto al comportamiento del sacerdocio oficial, por su conducta y su permanencia lejos del Templo. Pasó tiempo en el desierto de Judea (Lc 1,80), pero no parece que tuviera relación con el grupo de Qumrán, puesto que no se muestra tan radical en el cumplimiento de las normas legales (halakhot).

Murió condenado por Herodes Antipas (Flavio Josefo, Ant. 18,118). Jesús, por su parte, pasó su primera infancia en Galilea y fue bautizado por él en el Jordán. Supo de la muerte del Bautista y siempre alabó su figura, su mensaje y su misión profética.

2. Comportamiento

De su vida y conducta Josefo señala que era “buena persona” y que muchos “acudían a él y se enardecían escuchándole”. Los evangelistas son más explícitos y mencionan el lugar donde desarrolló su vida pública, Judea y la orilla del Jordán, su conducta austera en el vestir y en el comer, su liderazgo ante sus discípulos y su función de precursor, al descubrir a Jesús de Nazaret como verdadero Mesías.

Jesús, en cambio, no se distinguió en lo externo de sus conciudadanos: no se limitó a predicar en un lugar determinado, participó en comidas de familia, vistió con naturalidad y, aun condenando la interpretación literalista de la ley que hacían los fariseos, cumplió todas las normas legales y acudió al templo con asiduidad.

3. Mensaje y bautismo

Juan Bautista, según Flavio Josefo, “exhortaba a los judíos a practicar la virtud, la justicia unos con otros y la piedad con Dios, y después a recibir el bautismo”. Los evangelios añaden que su mensaje era de penitencia, escatológico y mesiánico: exhortaba a la conversión y enseñaba que el juicio de Dios es inminente: vendrá uno “más fuerte que yo” que bautizará en espíritu santo y fuego.

Su bautismo era para Flavio Josefo “un baño del cuerpo” y señal de la limpieza del alma por la justicia. Para los evangelistas era “un bautismo de conversión para el perdón de los pecados” (Mc 1,5). Jesús no rechaza el mensaje del Bautista, más bien parte de él (Mc 1,15) para anunciar el reino y la salvación universal, y se identifica con el Mesías que Juan anunciaba, abriendo el horizonte escatológico.

Y, sobre todo, hace de su bautismo fuente de salvación (Mc 16,16) y puerta para participar de los dones otorgados a los discípulos.

En resumen, entre Juan y Jesús hubo muchos puntos de contacto, pero todos los datos conocidos hasta ahora ponen de manifiesto que Jesús de Nazaret superó el esquema veterotestamentario del Bautista (conversión, actitud ética, esperanza mesiánica) y presentó el horizonte infinito de salvación (reino de Dios, redención universal, revelación definitiva).

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¿Jesús era discípulo de San Juan Bautista?

Puesto que la relación entre Juan Bautista y Jesús fue tan directa e intensa, cabría preguntarse si entre ellos hubo una relación de maestro-discípulo. Para una respuesta adecuada a esta cuestión se requieren explicar los tres datos que se han debatido sobre este tema entre los estudiosos, a saber, el discipulado de Juan, el alcance de su bautismo en el Jordán y las alabanzas de Jesús al Bautista.

1. Los discípulos de Juan

Los evangelios señalan con frecuencia que Juan tenía discípulos, entre los cuales algunos se fueron con Jesús (Jn 1,35-37). No eran, por tanto simples seguidores eventuales; le acompañaban, le seguían y seguramente compartían su misma vida (Mc 2,18) y sus mismas ideas (Jn 3,22).

Flavio Josefo distinguía dos clases de partidarios, unos que le escuchaban con atención hablar de virtud, de justicia y de piedad, y se bautizaban; otros que “se reunían en torno a él porque se exaltaban mucho al oírle hablar” (Antiquitates iudaicae 18,116-117). Entre los seguidores de Juan hubo quien llegó a plantear a su maestro si Jesús con su conducta estaba mostrándose como un rival (Jn 3,25-27), por tanto no lo consideraban como uno de los suyos.

2. El bautismo de Jesús

Los especialistas no dudan de la historicidad del hecho, entre otras cosas porque su inclusión en los evangelios planteaba ciertas dificultades: una, la posible interpretación de que el Bautista era superior al bautizado, a Jesús, y otra, que siendo un bautismo de penitencia podría pensarse que Jesús tenía conciencia de ser pecador.

Los sinópticos dejan claro en sus relatos que Juan se reconoce inferior: rehúsa bautizar a Jesús (Mt 3,13-17), la voz del cielo revela la dignidad divina de Jesús (Mc 1,9-11), y el cuarto evangelio que no relata el bautismo señala que el Bautista da testimonio de haber visto posarse la paloma sobre Jesús (Jn 1,29-34) y de su propia inferioridad (Jn 3,28).

Si embargo, no se deduce de ahí inmediatamente que Jesús fuera discípulo de Juan el Bautista. Si los evangelistas si no detallan que Jesús fue discípulo de Juan es porque no lo fue.

3. Las alabanzas de Jesús

Hay dos frases de Jesús que demuestran su estima por el Bautista. Una la recogen Mateo (Mt 11,11) y Lucas (7,28): “no ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista”. Otra está en Marcos (9,13) y aplica al Bautista la profecía de Ml 3,23-24: “Elías vendrá primero y restablecerá todas las cosas (…).

Sin embargo, yo os digo —afirma Jesús— que Elías ya ha venido y han hecho con él lo que querían, según está escrito de él”. No cabe duda de que la persona de Juan, su bautismo (cfr. Mt 21,13-27) y su mensaje estuvieron muy presentes en la vida de Jesús.

Sin embargo siguió un camino totalmente diferente: en su conducta, puesto que recorrió todo el país, la capital Jerusalén y el ámbito del templo; en su mensaje, pues predicó el reino de salvación universal; en sus discípulos, a quienes instruyó en el mandamiento del amor por encima de normas legales y hasta de prácticas ascéticas. Pero lo más llamativo es que Jesús abre el horizonte de salvación a todos los hombres de todas las razas y de todos los tiempos.

En resumen, en el supuesto poco probable y nada comprobado de que Jesús pasara algún tiempo junto a los seguidores del Bautista, no se puede decir que recibiera un influjo decisivo. Jesús más que discípulo fue el Mesías y Salvador anunciado por el último y mayor de los profetas, Juan el Bautista.

Santiago Ausín
Universidad de Navarra

Bibliografía: Joachim Gnilka, Jesús de Nazaret. Mensaje e historia (Herder, Barcelona 1993); A. Puig, Jesús. Una biografía, Destino, Barcelona 2005

 

 

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