El libro de Benedicto XVI «Jesús de Nazaret» en español desde el 28 de agosto

 

  Benedicto XVI  
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Benedicto XVI

El libro Jesús de Nazaret, de Benedicto XVI, ya está a la venta en España desde el 28 de agosto, «una vez aprobada por el Vaticano la traducción al castellano de la obra», según informó la editorial «La Esfera de los Libros», responsable de su publicación en nuestro país.

La editorial espera que el éxito en España del primer libro de Benedicto XVI, sea tan importante como el obtenido en los países donde ya ha sido publicado (Italia, Alemania y Polonia), donde se ha consolidado como un gran éxito de ventas.

Desde su publicación en Italia, la editorial Rizzoli --que por encargo de la Librería Editora Vaticana ha gestionado en todo el mundo los derechos de la obra-- ha vendido medio millón de ejemplares. El libro salió a la venta en las librerías italianas el pasado 16 de abril, coincidiendo con el 80º cumpleaños de Joseph Ratzinger, y ese mismo día se vendieron 50.000 ejemplares.

En el resto del mundo, la obra ha superado el millón de ejemplares vendidos.

Jesús de Nazaret es la primera parte de una obra que constará de dos volúmenes. El Papa ha anunciado que aprovechará sus vacaciones de verano en la Sierra de los Dolomitas para escribir la segunda parte. En este primer volumen se analiza la vida pública de Jesús, desde el Bautismo en el Jordán hasta la Transfiguración.

 

  Benedicto XVI  
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Recogemos a continuación algunos pasajes del prefacio del primer volumen del libro «Jesús de Nazaret» de Benedicto XVI.

 

 

Prefacio

He llegado al libro sobre Jesús, del que presento ahora la primera parte, tras un largo camino interior. En los tiempos de mi juventud --los años treinta y cuarenta-- se publicaron una serie de libros apasionantes sobre Jesús. Recuerdo el nombre de algunos autores: Karl Adam, Romano Guardini, Franz Michel Willam, Giovanni Papini, Jean Daniel-Rops. En todos estos libros la imagen de Jesucristo se delineaba a partir de los evangelios: cómo vivió sobre la Tierra y cómo, a pesar de ser plenamente hombre, llevó al mismo tiempo a los hombres a Dios, con el cual, como Hijo, era una cosa sola. Así, a través del hombre Jesús, se hizo visible Dios y a partir de Dios se pudo ver la imagen del hombre justo.

A partir de los años cincuenta, cambió la situación cambió. El desgarre entre el «Jesús histórico» y el «Cristo de la fe» se hizo cada vez más grande: uno se alejó del otro rápidamente. Pero ¿qué significado puede tener la fe en Jesucristo, en Jesús Hijo del Dios viviente, si después el hombre Jesús era tan distinto de cómo lo presentaban los evangelistas y de cómo lo anuncia la Iglesia a partir de los Evangelios?

Los progresos de la investigación histórico-crítica llevaron a distinciones cada vez más sutiles entre los diversos estratos de la tradición. Detrás de ellos, la figura de Jesús, sobre la que se apoya la fe, se hizo cada vez más incierta, tomó rasgos cada vez menos definidos.

Al mismo tiempo, las reconstrucciones sobre este Jesús, que debía ser buscado tras las tradiciones de los evangelistas y sus fuentes, se hicieron cada vez más contradictorias: desde el revolucionario enemigo de los romanos que se oponía al poder constituido y naturalmente fracasa, al manso moralista que todo lo permite e inexplicablemente acaba por causar su propia ruina.

Quien lea varias de estas reconstrucciones puede constatar enseguida que son más fotografías de los autores y de sus ideales que el verdadero cuestionamiento de una imagen que se ha hecho confusa. Mientras, iba creciendo la desconfianza hacia estas imágenes de Jesús, y la misma figura de Jesús se iba alejando cada vez más de nosotros.

Todos estos intentos han dejado tras de sí, como denominador común, la impresión de que sabemos muy poco sobre Jesús, y que sólo más tarde la fe en su divinidad ha plasmado su imagen. Mientras tanto, esta imagen ha ido penetrando profundamente en la conciencia común de la cristiandad. Semejante situación es dramática para la fe, porque hace incierto su auténtico punto de referencia: la amistad íntima con Jesús, de quien todo depende, se debate y corre el riesgo de caer en el vacío. [...]

He sentido la necesidad de dar a los lectores estas indicaciones de carácter metodológico para que determinen el camino de mi interpretación de la figura de Jesús en el Nuevo Testamento. Por lo que se refiere a mi presentación de Jesús, esto significa ante todo que yo tengo confianza en los Evangelios. Naturalmente doy por descontado cuanto el Concilio y la moderna exégesis dicen sobre los géneros literarios, sobre la intencionalidad de sus afirmaciones, sobre el contexto comunitario de los Evangelios y sus palabras en este contexto vivo. Aceptando todo esto en la medida en que me era posible, he querido intentar presentar al Jesús de los Evangelios como el verdadero Jesús, como el «Jesús histórico» en el verdadero sentido de la expresión.

Estoy convencido, y espero que se pueda dar cuenta también el lector, de que esta figura es mucho más lógica y desde el punto de vista histórico también más comprensible que las reconstrucciones con las que nos las hemos tenido que ver en las últimas décadas.

Yo creo que precisamente este Jesús --el de los Evangelios-- es una figura históricamente sensata y convincente. Sólo si sucedió algo extraordinario, sólo si la figura y las palabras de Jesús superaban radicalmente todas las esperanzas y las expectativas de la época, se explica la Crucifixión y su eficacia.

Aproximadamente veinte años después de la muerte de Jesús nos encontramos ya plenamente desplegado en el gran himno a Cristo que es la Carta a los Filipenses (2, 6-8) una cristología, en la que se dice de Jesús que era igual a Dios pero que se desnudó a sí mismo, se hizo hombre, se humilló hasta la muerte en la cruz y que a él incumbe el homenaje de la creación, la adoración que en el profeta Isaías (45, 23) Dios proclamó que sólo a Él se le debía.

La investigación crítica se hace con buen criterio la pregunta: ¿Qué sucedió en estos veinte años desde la Crucifixión de Jesús? ¿Cómo se llegó a esta Cristología?

La acción de formaciones comunitarias anónimas, de quienes se intenta encontrar exponentes, en realidad no explica nada. ¿Cómo es posible que agrupaciones de desconocidos pudieran ser tan creativos, ser tan convincentes hasta llegar a imponerse de ese modo? ¿No es más lógico, también desde el punto de vista histórico, que la grandeza se encuentre en el origen y que la figura de Jesús rompiera todas las categorías disponibles y así poder ser comprendida sólo a partir del misterio de Dios?

Naturalmente, creer que aún siendo hombre Él «fuera» Dios y hacer conocer esto envolviéndolo en parábolas y aún de un modo cada vez más claro, va más allá de las posibilidades del método histórico. Al contrario, si a partir de esta convicción de fe se leen los textos con el método histórico y la apertura se hace mayor, éstos se abren para mostrar un camino y una figura que son dignos de fe. Se aclara entonces también la lucha a otros niveles presente en los escritos del Nuevo Testamento en torno a la figura de Jesús y a pesar de todas las diversidades, se llega al profundo acuerdo con estos escritos.

Está claro que con esta visión de la figura de Jesús voy más allá que lo que dice, por ejemplo, Schnackenburg en representación de una buena parte de la exégesis contemporánea. Espero, por el contrario, que el lector comprenda que este libro no ha sido escrito contra la exégesis moderna, sino con gran reconocimiento por lo mucho quesigue aportándonos.

Nos ha hecho conocer una gran cantidad de fuentes y de concepciones através de las cuales la figura de Jesús puede hacerse presente con una vivacidad y una profundidad que sólo hace unas pocas décadas no podíamos ni siquiera imaginar. Yo he intentado ir más allá de la mera interpretación histórico-crítica aplicando nuevos criterios metodológicos, que nos permiten una interpretación propiamente teológica de la Biblia y que naturalmente requieren de la fe, sin que por esto quiera yo renunciar en absoluto a la seriedad histórica. Creo que no es necesario decir expresamente que este libro no es en absoluto un acto magisterial, sino la expresión de mi búsqueda personal del «rostro del Señor» (salmo 27,8) Por lo tanto, cada quien tiene libertad para contradecirme. Sólo pido a las lectoras y a los lectores el anticipo de simpatía sin la cual no existe comprensión posible.

Como ya he dicho al comienzo de este prefacio, el camino interior hacia este libro ha sido largo. He podido comenzar a trabajar en él durante las vacaciones de 2003. En agosto de 2004, tomaron forma definitiva los capítulos del 1 al 4. Tras mi elección a la sede episcopal de Roma he utilizado todos los momentos libres que he tenido para sacarlo adelante. Dado que no sé cuánto tiempo y cuántas fuerzas me serán concedidas aún, me he decidido a publicar ahora como primera parte del libro los primeros diez capítulos que van desde el bautismo en el Jordán hasta la confesión de Pedro y la Transfiguración.

 

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CATALINA DE GENOVA Y LA EXPERIENCIA DEL PURGATORIO

 

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"Desde su conversión hasta su muerte no hubo acontecimientos extraordinarios"

CIUDAD DEL VATICANO, 12 ENE 2011 (VIS).-

 Benedicto XVI dedicó la catequesis de la audiencia general de los miércoles, celebrada en el Aula Pablo VI y a la que asistieron 9.000 personas, a santa Catalina de Génova (1447-1510), autora de dos libros: "El tratado sobre el purgatorio" y "El diálogo entre el alma y el cuerpo".
 
  Catalina recibió en su hogar una buena educación cristiana. Se casó a los dieciséis años y su vida matrimonial no fue fácil. Al principio llevaba una existencia mundana que le causó un profundo sentido de vacío y amargura. Tras una particular experiencia espiritual, en la que ve con claridad sus miserias y defectos, al mismo tiempo que la bondad de Dios, nace la decisión de cambiar de vida e iniciar un camino de purificación y comunión mística con Dios. El lugar de su ascenso a las cimas de la mística fue el hospital de Pammatone, el más grande de Génova, del que fue directora.
 
  "Desde su conversión hasta su muerte -observó el Papa- no hubo acontecimientos extraordinarios, pero dos elementos caracterizaron toda su existencia: por una parte la experiencia mística, la profunda unión con Dios, (...) y por otra, (...) el servicio al prójimo, sobre todo a los más necesitados y abandonados".
 
  "Nunca debemos olvidar -subrayó el Santo Padre- que cuanto más amamos a Dios y somos constantes en la oración, mas amaremos realmente a los que tenemos cerca, porque seremos capaces de ver en cada persona el rostro del Señor, que ama sin límites ni distinciones".
 
  Benedicto XVI se refirió después a las obras de la santa, y recordó que "en su experiencia mística, Catalina no tuvo revelaciones específicas sobre el purgatorio o las almas que se están purificando". La santa no presenta el purgatorio "como un elemento del paisaje de las vísceras de la tierra: no es un fuego exterior, sino interior. (...) No se parte del más allá para narrar los tormentos del purgatorio (...) e indicar después el camino para la purificación o la conversión, sino que se parte de la experiencia interior del ser humano en camino hacia la eternidad".
 
  Por eso, para Catalina "el alma es consciente del inmenso amor y de la perfecta justicia de Dios y, en consecuencia, sufre por no haber respondido de forma perfecta a ese amor mientras que el amor mismo de Dios (...) la purifica de las escorias de su pecado".
 
  En la mística genovesa se encuentra una imagen típica de Dioniso el Areopagita, explicó el Papa: la del hilo de oro que une el corazón humano a Dios. "Así el corazón humano -agregó el pontífice- se llena del amor de Dios que pasa a ser la única guía, el único motor de su existencia. Esta situación de elevación hacia Dios y de abandono a su voluntad, expresada en la imagen del hilo, es utilizada por Catalina para expresar la acción de la luz divina sobre las almas del purgatorio, luz que las purifica y las eleva hacia los esplendores de la luz resplandeciente de Dios".
 
  "Los santos, en su experiencia de unión con Dios -recalcó el Santo Padre- alcanzan un saber tan profundo sobre los misterios divinos en el que se compenetran el amor y el conocimiento, hasta el punto que sirven de ayuda a los teólogos en su dedicación al estudio".
 
  "Con su vida -concluyó el Papa-, Catalina nos enseña que cuanto más amamos a Dios y entramos en intimidad con El en la oración, tanto más El se nos revela y enciende nuestro corazón con su amor. Escribiendo sobre el purgatorio, la santa nos recuerda una verdad fundamental de la fe que para nosotros representa una invitación a rezar por los difuntos para que lleguen a la visión beatífica de Dios en la comunión de los santos".
 
  "El servicio humilde, fiel y generoso que la santa prestó toda su vida en el hospital de Pammatone es, además, un ejemplo luminoso de caridad para todos y un estimulo particular para las mujeres que contribuyen con sus valiosas obras, llenas de sensibilidad y atención hacia los más pobres y necesitados, al bien de la Iglesia y de la sociedad".

A Newman le interesaba tratar el tema de la conversión cristiana en su novela "Calixta"

Calixta
Calixta
carro
J. H. Newman
Encuentro Ediciones

Novela centrada en África a mediados del siglo III en la que se relata la vida de los primeros cristianos y sus relaciones con el mundo pagano a través de personajes que representan una familia media (Agelio, Juba, Jucundus), sus amigos (la bella Caixta y Aristón, fabricantes de ídolos). Resalta sobremanera el tema de la conversión tratado por Newman como un proceso lento que exige un compromiso personal.

La conversión aparece como un proceso lento y sinuoso, catártico

  Calixta es una novela histórica ambientada en África, a mitad del siglo III. En esta novela, el recién beatificado John Henry Newman, retrató la vida de las primeras comunidades cristianas y su relación con el mundo pagano mediante una serie de personajes pertenecientes a una familia de clase social media: Agelio, Juba, Jucundus; sus amigos, la bella Calixta y Aristón, fabricantes de ídolos y objetos de culto paganos; y la comunidad cristiana, liderada por san Cipriano, una comunidad amenazada y al mismo tiempo vigorizada por la persecución de Decio.

Pero no es la aventura lo que a Newman le interesa tratar, sino el fenómeno de la conversión, el cual había desarrollado ya en su primera novela Perder y Ganar (Loss and Gain) de forma autobiográfica. La conversión aparece como un proceso lento y sinuoso, catártico, que exige un compromiso irremediablemente personal. Al describir este desarrollo interior, el cardenal inglés prefigura con viveza su concepción de la conciencia humana, aportando para ello una visión novedosa del misterio de la Iglesia, dos de sus más destacadas aportaciones al pensamiento cristiano moderno.

El cardenal Newman destaca como importante figura de las letras inglesas además de ser una de las más grandes personalidades religiosas del siglo XIX, con gran influencia en la actualidad.

Ya en su adolescencia, después de la crisis de fe provocada por la lectura de algunos autores del siglo XVIII, descubrió al Dios revelado en el Nuevo Testamento. Fue ordenado para el ministerio sagrado anglicano, que ejerció primero en un humilde barrio de Oxford, ciudad en la que estudiaba, y también atendió la parroquia de Santa María. La conciencia de su responsabilidad espiritual sobre sus alumnos y feligreses influyó notablemente en su evolución interior, así como el estudio de los Padres de la Iglesia, que despertó en él la inquietud de revitalizar la Iglesia anglicana con el espíritu de los primeros cristianos.

La Iglesia anglicana se benefició de este impulso, que llevó a Newman a entrar en comunión con la Iglesia católica, después de unos años de silencio, estudio, oración y penitencia. Así hizo en 1845, para el escándalo de algunos compatriotas. Tampoco faltaron algunos católicos que criticaron la escasez de frutos de su acción apostólica en Inglaterra, cosa que desmintió el tiempo: el valor de su aportación a la Iglesia católica se reconoce cada vez más: once años después de haber sido nombrado cardenal por León XIII, murió rodeado de un profundo respeto de la sociedad británica, y fue proclamado venerable por sus virtudes heroicas. El reconocimiento definitivo como modelo ejemplar de vida cristiana tuvo lugar en su beatificación, el 19 de septiembre de 2010.      

 

El Papa vuelve a hablar de Agustín, su santo preferido

 

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“No encontró la Verdad, sino que fue encontrado por ella”

CASTEL GANDOLFO, miércoles 25 de agosto de 2010 (ZENIT.org).-

El Papa reconoció ante los peregrinos, muchos de los cuales no pudieron acceder al patio interior por falta de espacio, su predilección por el santo obispo de Hipona, junto con san José y san Benito, de quienes lleva el nombre: “San Agustín, a quien tuve el gran don de conocer, por así decirlo, de cerca a través del estudio y la oración”, afirmó, “se ha convertido en un buen "compañero de viaje" en mi vida y en mi ministerio”.

  San Agustín y Santa Mónica  
 

San Agustín y Santa Mónica

Este santo “fue un hombre que nunca vivió con superficialidad”, una lección de vida “actual también en nuestra época, en la que parece que el relativismo sea, paradójicamente, la "verdad" que debe guiar el pensamiento, las decisiones, los comportamientos”.

“En nuestro tiempo se tiene una especie de miedo al silencio, del recogimiento, de pensar en los propios actos, en el sentido profundo de la propia vida, a menudo se prefiere vivir solo el momento fugaz, esperando que traiga felicidad duradera; se prefiere vivir, porque parece más fácil, con superficialidad, sin pensar; se tiene miedo de buscar la Verdad, o quizás se tiene miedo de que la Verdad nos encuentre, nos aferre y nos cambie la vida, como le sucedió a san Agustín”.

El camino vital de Agustín, recordó el Papa, “no fue fácil: creyó encontrarla Verdad en el prestigio, en la carrera, en la posesión de las cosas, en las voces que le prometían la felicidad inmediata”. Agustín “cometió errores, atravesó tristezas, afrontó fracasos, pero nunca se detuvo, nunca se acontentó con lo que le daba solamente un incidio de luz; supo mirar en lo íntimo de sí mismo y se dio cuenta, como escribe en sus Confesiones, de que esa Verdad, ese Dios que buscaba con sus fuerzas era más íntimo a él que él mismo”.

Benedicto XVI recordó su propio comentario durante la presentación, el año pasado, de un reciente film sobre la vida de san Agustín: éste “comprendió, en su inquieta búsqueda, que no era él quien había encontrado la Verdad, sino que la propia Verdad, que es Dios, le persiguió y le encontró”.

  San Agustín  
 
San Agustín

Siguiendo la estela de san Agustín, el Papa invitó a todos, “también a quien está en un momento de dificultad en su camino de fe, a quien participa poco en la vida de la Iglesia o a quien vive como si Dios no existiese, que no tengan miedo de la Verdad, que no interrumpan nunca el camino hacia ella, que no cesen nunca de buscar la verdad profunda sobre sí mismos y sobre las cosas con los ojos internos del corazón”.

“Dios no dejará de dar Luz para hacer ver y Calor para hacer sentir al corazón que nos ama y que desea ser amado”, añadió.

Por otro lado, de la misma forma que san Agustín le ha acompañado en su vida personal, el Papa propuso a los presentes que encuentren a su “santo compañero” en el viaje de la vida. “Cada uno debería tener algún santo que le fuese familiar, para sentirle cercano con la oración y la intercesión, pero también para imitarlo”, sugirió.

“Quisiera invitaros, por tanto, a conocer más a los santos, empezando por aquel cuyo nombre lleváis, leyendo su vida, sus escritos. Estad seguros de que se convertirán en buenos guías para amar cada vez más al Señor y ayudas válidas para vuestro crecimiento humano y cristiano”.

Al saludar a los peregrinos españoles, volvió a insistir en su invitación a familiarizarse “con la vida y los escritos de los Santos, pues os ayudarán a amar cada vez más al Señor y a crecer como personas y como cristianos”.

"Quien reza nunca reza solo”, asegura Benedicto XVI

 

 

Al meditar sobre el pasaje evangélico del Padrenuestro

CASTEL GANDOLFO, domingo, 25 de julio de 2010 (ZENIT.org).-

"Quien reza nunca reza solo", aseguró este domingo Benedicto XVI, aclarando que la oración de cada creyente se une a la oración de la Iglesia.

  Ángelus en Castel Gandolfo  
 

Ángelus en Castel Gandolfo

El pontífice meditó este domingo junto a los peregrinos congregados en la residencia pontificia de Castel Gandolfo en el pasaje evangélico de la liturgia de este día, solemnidad del apóstol Santiago, en el que el evangelista Lucas presenta cómo Jesús enseñó el Padrenuestro.

"Nos encontramos ante las primeras palabras de la Sagrada Escritura que aprendemos desde niños. Se imprimen en la memoria, plasmando nuestra vida, nos acompañan hasta la última respiración", constató el Papa. "Cada vez que rezamos el Padrenuestro, nuestra voz se entrecruza con la de la Iglesia, pues quien reza nunca reza solo", aseguró el pontífice.

Por eso, dijo citando la Carta sobre algunos aspectos de la meditación cristiana  que publicó en 1989 la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuando el cardenal Joseph Ratzinger era su prefecto: "Todo fiel tendrá que buscar y podrá encontrar en la verdad y riqueza de la oración cristiana, enseñada por la Iglesia, su propio camino, su propia manera de oración... se dejará por tanto conducir... por el Espíritu Santo, que le guía, a través de Cristo al Padre".

El obispo de Roma también citó a santa Teresa de Ávila, cuando invitaba a sus hermanas a suplicar a Dios "que nos libere de todo peligro para siempre y que nos aleje de todo mal. Y por más imperfecto que sea nuestro deseo, esforcémonos por insistir en nuestra petición. ¿Qué nos cuesta pedir mucho, dado que nos dirigimos al Todopoderoso?".

El Santo Padre aclaró que cuando uno reza no está elevando una petición "para satisfacer los propios gustos, sino más bien para mantener la amistad con Dios, quien, como dice el Evangelio, "dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan"". "Lo han experimentado los antiguos "padres del desierto" y los contemplativos de todos los tiempos, convertidos, por la oración, en amigos de Dios".

Al final del Ángelus, dirigiéndose a los fieles polacos, les recordó que en la oración "se manifiesta nuestra fe y nuestra confianza en la Divina Providencia. Acordémonos de la oración, ya sea durante el cansancio de nuestro trabajo cotidiano, ya sea en los momentos de descanso de nuestras vacaciones".

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Jutta Burggraf: “Quien quiera influir en el mundo actual tiene que amarlo”

  Jutta Burggraf  
 

Jutta Burggraf

¿Cómo transmitir el mensaje cristiano en una sociedad postmoderna, caracterizada por una pluralidad de visiones del mundo y una creciente ignorancia religiosa? Para Jutta Burggraf, profesora de Teología Dogmática en la Universidad de Navarra, es preciso hacerse cargo de las necesidades y las esperanzas de los hombres y mujeres contemporáneos.

 

 

 

 

 

Firmado por Juan Meseguer (ACEPRENSA), 7 Junio 2010.-

Como tantos otros pensadores actuales, Burggraf considera que estamos en una época de cambio. La expresión “sociedad postmoderna” indica el final de una etapa –la modernidad– y el comienzo de otra que todavía no conocemos.

En esta situación de cambio, de poco sirve moverse con la mentalidad propia de tiempos pasados.“Hoy en día, una persona percibe los diversos acontecimientos del mundo de otra forma que las generaciones anteriores, y también reacciona afectivamente de otra manera”, dice Burggraf.

Esto exige, a su juicio, descubrir un nuevo modo de hablar y de actuar que haga más hincapié en la autenticidad. Un cristiano se convierte en un testigo creíble cuando vive su fe con alegría y, al mismo tiempo, comparte con los demás las dificultades que encuentra en su camino.

Por otra parte, añade Burggraf, el cambio cultural al que asistimos no puede llevar a los cristianos a lamentarse o a encerrarse en un gueto. “Quien quiere influir en el presente, tiene que amar el mundo en que vive. No debe mirar al pasado con nostalgia y resignación, sino que ha de adoptar una actitud positiva ante el momento histórico concreto”. 

 

Identidad y diálogo

En un congreso celebrado hace poco en Roma se defendía la idea de que afirmar la propia identidad cristiana enriquece el diálogo, en la medida en que contribuye a esclarecer las diversas posiciones. Pero también cabe otra lectura menos optimista: si yo reafirmo demasiado mis convicciones, ¿no existe el riesgo de que me cierre a los demás o, por lo menos, de que les escuche con menos interés?

– Sí, este riesgo existe. Pero entonces no sería una auténtica identidad cristiana. Cuanto más cristianos somos, más nos abrimos a los demás. Esta es la dinámica del cristianismo: salir de uno mismo para entregarse al otro. La identidad cristiana nos lleva a dialogar con todos, estén o no de acuerdo con nuestra manera de pensar o nuestro estilo de vida. En ese diálogo, el cristiano puede enriquecerse con la parte de verdad que viene del otro, y aprender a integrarla armónicamente en su visión del mundo.

Ahora bien: esta actitud de apertura a los demás exige tener muy clara la propia identidad cristiana. Porque si no, puedo quedar expuesta a las modas y terminar buscando no lo verdadero sino lo apetecible; lo que me gusta y me va bien. Por otra parte, sin esa sólida identidad cristiana haríamos un flaco favor a los demás: nos quedaríamos sin respuestas para sus interrogantes, y no podríamos darles algo de la luz del cristianismo.

 

 

El lenguaje no verbal importa

¿Qué características debería tener el diálogo entre dos personas con distintas visiones del mundo, para no caer en la indiferencia olímpica?

 

  Jutta Burggraf  
 
Jutta Burggraf
– Me parece fundamental escuchar al otro con una actitud abierta y, al mismo tiempo, con mucha actividad interior. Escuchar a los demás no es tan sencillo: requiere ponerse en el lugar del otro e intentar ver el mundo con sus ojos. Si ambos actúan así, nunca habrá un vencedor y un vencido, sino dos (con)vencidos por la verdad.

Lógicamente, esto sólo es posible en un clima de amistad y de benevolencia. Cada uno ha de ver lo bueno que hay en el otro, como aconseja el refrán popular: “Si quieres que los otros sean buenos, trátales como si ya lo fueran”. Donde reina el amor, no hace falta cerrarse por miedo a ser herido. Por eso es tan importante mostrar simpatía y cariño al hablar con los demás.

Existe un lenguaje no verbal, que sustituye o acompaña nuestras palabras. Es el clima que creamos a nuestro alrededor, ordinariamente a través de cosas muy pequeñas como, por ejemplo, una sonrisa cordial o una mirada de aprecio.

Pero el cariño ha de ser real. No basta con sonreír y tener una apariencia agradable. Si queremos tocar el corazón de los otros, tenemos que cambiar primero nuestro propio corazón. Uno percibe cuando no es querido, por mucho que le sonrían.

 

El ambiente actual

Los sociólogos Alain Touraine y Zygmunt Bauman, recientemente galardonados con el premio Príncipe de Asturias, llevan tiempo hablando sobre el fin de la modernidad. ¿Qué es lo que ha cambiado en el modo de pensar y de sentir del hombre de hoy?

– La modernidad daba por hecho que la vida es un progreso continuo. Hoy, tras el eclipse de los grandes relatos políticos y sociales del siglo XX, somos más escépticos. Caminamos sin rumbo fijo. A esta falta de orientación se añade muchas veces la soledad. Por eso no es extraño que se quiera alcanzar la felicidad en el placer inmediato, o quizá en el aplauso. Si alguien no es amado, por lo menos quiere ser alabado.

A la vez, podemos descubrir una verdadera “sed de interioridad”, tanto en la literatura como en el arte, la música o el cine. Cada vez más personas buscan una experiencia de silencio y de contemplación.

Otro aspecto característico de la modernidad era la confianza excesiva en la razón. Hoy, en cambio, sabemos que el racionalismo cerrado nos lleva a planteamientos erróneos. El problema es que ahora nos hemos pasado al extremo contrario: la sobrestima de la afectividad, el sentimentalismo. El reto actual es llegar a una visión más armónica del hombre, que integre la razón, la voluntad y los sentimientos.

 

Ir a lo esencial

¿Cómo hablar de Dios a la gente en este contexto menos racionalista y más emotivo que usted ha descrito?

– Creo que la transmisión de la fe en la sociedad actual es posible si los cristianos vivimos como testigos antes que como maestros, o bien como maestros-testigos. Esto requiere utilizar un lenguaje personal, más persuasivo. Se trata de interiorizar esa gran verdad que nos está repitiendo constantemente Benedicto XVI: “Dios es amor”.

Quizá en otras épocas, esta idea pudo sonarnos demasiado romántica. Pero hoy hemos de redescubrirla y entender qué significa, porque todo el mensaje cristiano tiene que ver con el amor. El Papa nos está enseñando a centrarnos en lo esencial: descubrir la belleza y la profundidad de la fe.

No podemos quedarnos atrapados en las controversias que continuamente plantea la opinión pública. Claro que las cuestiones morales son importantes, pero si no se entiende bien el fundamento –Dios es amor– tampoco se comprenderá la respuesta de la Iglesia a ciertos problemas morales.

Antes de enredarnos en cuestiones controvertidas, debemos mostrar a la gente el atractivo de las verdades cristianas (la revelación de Dios, la salvación, la libertad de la fe…) y, sólo después, podremos plantearles un cambio de comportamiento.

 

Una femás acogedora

En sociedades pluralistas como la nuestra, ya no se acepta que alguien pueda estar en posesión de la verdad. ¿Significa esto que la firmeza de convicciones conduce necesariamente a la arrogancia extrema?

 

   
 

La firmeza de convicciones no está reñida con la humildad ni con la apertura de mente, necesarias para un auténtico diálogo con los demás. Aunque podemos afirmar que la Iglesia católica tiene la plenitud de la verdad, yo –como creyente– personalmente no la tengo. O, mejor dicho, la tengo de forma implícita cuando hago un acto de fe y participo de la plenitud de la Iglesia.

Pero, como en mi vida cotidiana no he llegado a esa plenitud, los demás siempre pueden enseñarme algo. Puedo aprender de todos –creyentes o no–, sin perder mi propia identidad. Además, conocer los puntos de vista ajenos puede servirme para revisar algunas ideas propias que quizá se han vuelto demasiado rígidas.

Hay personas que tienen una fuerte identidad cristiana y, sin embargo, no convencen a nadie. Cuando alguien se muestra demasiado seguro, en general suele despertar rechazo. Ya no se acepta que alguien hable “desde arriba” alcomún de los mortales, como si él fuera el único portador de la verdad.

Lo que atrae más en nuestros días no es la seguridad, sino la sinceridad: explicar a los demás las razones que nos llevan a creer y, al mismo tiempo, hablarles también de nuestras dudas e incertidumbres. Se trata de ponerse al lado del otro y buscar la verdad junto con él. Ciertamente, yo puedo darle mucho si tengo fe; pero los otros también pueden enseñarme mucho.

¿Cómo puede alguien comprender y consolar a los demás si nunca ha sido destrozado por la tristeza? Hay personas que, después de sufrir mucho, se han vuelto comprensivas, cordiales y sensibles al dolor ajeno. En una palabra, han aprendido a amar. De esta forma, la fe se hace más acogedora.

¿PUEDE EL CRISTIANISMO INSPIRAR UNA CULTURA GLOBAL?

Interesante vídeo-reportaje sobre los primeros cristianos.

 

 

PAMPLONA, sábado 24 de abril de 2010 (primeroscristianos.com).-

Presentamos un interesante vídeo-reportaje que anima a los cristianos de hoy a seguir el ejemplo de los primeros cristianos.

A la pregunta sobre si puede el cristianismo inspirar una cultura global, la respuesta es clara: EL CRISTIANISMO PUEDE Y DEBE INSPIRAR ESA CULTURA GLOBAL.

De hecho, ya sucedió al principio de nuestra era. Los primeros cristianos lo consiguieron. Ahora este es el "nuevo" reto de los cristianos de hoy.

"Lo que es el alma para el cuerpo, eso son los cristianos para el mundo" (Epístola a Diogneto, siglo II-III) .

 

En la elaboración de este video se han tomado imágenes de la serie "Los Primeros Crsitianos" de Goya Producciones :  http://www.goyaproducciones.com

Primeros Cristianos en otros idiomas
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