SULMONA, lunes 5 de julio de 2010 (ZENIT.org).- Ofrecemos a continuación la transcripción realizada por Radio Vaticano del discurso del Papa Benedicto XVI a los jóvenes en la catedral de Sulmona, durante su visita apostólica a esta ciudad italiana, ayer domingo 4 de julio.
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¡Queridos jóvenes!
¡Ante todo quiero deciros que estoy muy contento de encontraros! Doy las gracias a Dios por esta posibilidad que me ofrece de permanecer un poco con vosotros, como un padre de familia, junto con vuestro obispo y vuestros sacerdotes. ¡Os doy las gracias por el afecto que me manifestáis con tanto calor! Pero os doy las gracias también por lo que me habéis dicho, a través de vuestros dos “portavoces”, Francesca y Cristian. Me habéis hecho preguntas, con mucha franqueza, y, al mismo tiempo, habéis demostrado tener puntos firmes, convicciones. Esto es muy importante. Sois chicos y chicas que reflexionan, que se preguntan, y que tienen también el sentido de la verdad y del bien. Es decir, sabéis usar la mente y el corazón, ¡y esto no es poco! Al contrario, diría que es lo principal en este mundo: aprender a usar bien la inteligencia y la sabiduría que Dios nos ha dado. La gente de esta tierra vuestra, en el pasado, no tenía muchos medios para estudiar, ni tampoco para afirmarse en la sociedad, pero poseía lo que hace verdaderamente rico a un hombre y una mujer: la fe y los valores morales. ¡Esto es lo que construye a las personas y la convivencia civil!
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De vuestras palabras surgen dos aspectos fundamentales: uno positivo y uno negativo. El aspecto positivo viene desde vuestra visión cristiana de la vida, una educación que evidentemente habéis recibido de los padres, de los abuelos, de los demás educadores: sacerdotes, profesores, catequistas. El aspecto negativo está en las sombras que oscurecen vuestro horizonte: son los problemas concretos, que hacen difícil mirar al futuro con serenidad y optimismo; pero son también los valores falsos y los modelos ilusorios, que nos vienen propuestos y que prometen llenar la vida, mientras que en cambio la vacían.
¿Qué hacer, entonces, para que estas sombras no lleguen a ser demasiado pesadas? ¡Ante todo, veo que sois jóvenes con una buena memoria! Sí, me ha impresionado el hecho de que hayáis recordado frases que pronuncié en Sydney, en Australia, durante la Jornada Mundial de la Juventud de 2008. Y también habéis recordado que las JMJ nacieron hace 25 años.
Pero sobre todo habéis demostrado tener una memoria histórica ligada a vuestra tierra: me habéis hablado de un personaje nacido hace ocho siglos, san Pedro Celestino V, ¡y habéis dicho que lo consideráis aún muy actual! Véis, queridos amigos, de esta forma, tenéis, como se suele decir, “un talento de más”. Sí, la memoria histórica es verdaderamente un “talento más” en la vida, porque sin memoria no hay futuro. ¡Una vez se decía que la historia es maestra de vida! La cultura consumista actual tiende en cambio a aplanar al hombre en el presente, a hacerle perder el sentido del pasado, de la historia; pero haciendo así le priva también de la capacidad de comprenderse a sí mismo, de percibir los problemas, y de construir el mañana. Por tanto, queridos y queridas jóvenes, quiero deciros: el cristiano es uno que tiene buena memoria, que ama la historia e intenta conocerla.
Por esto os doy las gracias, porque me habláis de san Pedro del Morrone, Celestino V, y sois capaces de valorar su experiencia hoy, en un mundo tan distinto, pero percisamente por esto necesitado de redescubrir algo que valga siempre, que sea perenne, como por ejemplo la capacidad de escuchar a Dios en el silencio exterior y sobre todo interior. Hace poco me habéis preguntado: ¿cómo se puede reconocer la llamada de Dios? Y bien, el secreto de la vocación está en la capacidad y en la alegría de distinguir, escuchar y seguir su voz. Pero para hacer esto, es necesario acostumbrar nuestro corazón a reconocer al Señor, a sentirle como una Persona que está cerca de mí y me ama.
Como dije esta mañana, es importante aprender a vivir momentos de silencio interior en el día a día para ser capaces de escuchar la voz del Señor. Estad seguros de que si uno aprende a escuchar esta voz y a seguirla con generosidad, no tiene miedo de nada, sabe y siente que Dios está con él, con ella, que es Amigo, Padre y Hermano. Dicho en una palabra: el secreto de la vocación está en la relación con Dios, en la oración que crece precisamente en el silencio interior, en la capacidad de escuchar que Dios está cerca. Y esto es verdad tanto antes de la decisión, en el momento,es decir, de decidir y de partir, como después, si se quiere ser fieles y perseverar en el camino. San Pedro Celestino fue ante todo esto: un hombre de escucha, de silencio interior, un hombre de oración, un hombre de Dios. Queridos jóvenes: encontrad siempre un espacio en vuestras jornadas para Dios, ¡para escucharle y hablarle!
Y aquí, quisiera deciros una segunda cosa: la verdadera oración no es de hecho extraña a la realidad. Si rezar os alienara, os quitase de vuestra vida real, estad en guardia: ¡no sería verdadera oración! Al contrario, el dialogo con Dios es garantía de verdad, de verdad consigo mismo y con los demás, y por tanto de libertad. Estar con Dios, escuchar su Palabra, en el Evangelio, en la liturgia de la Iglesia, defiende de las fascinaciones del orgullo y de la presunción, de las modas y de los conformismos, y da la fuerza de ser verdaderamente libres, incluso de ciertas tentaciones enmascaradas de cosas buenas. Me habéis preguntado: ¿cómo podemos estar en el mundo sin ser del mundo? Os respondo: precisamente gracias a la oración, al contacto personal con Dios. No se trata de multiplicar las palabras – ya lo decía Jesús –, sino de estar en la presencia de Dios, haciendo propias, en la mente y en el corazón, las frases del “Padre Nuestro”, que abraza todos los problemas de nuestra vida, o también adorando la Eucaristía, meditando el Evangelio en nuestra habitación, o participando con recogimiento en la liturgia. Todo esto no separa de la vida, sino que ayuda a ser verdaderamente uno mismo en todo ambiente, fieles a la voz de Dios que habla a la conciencia, libres de los condicionamientos del momento.
Así fue para san Celestino V: él supo siempre actuar según su consciencia en obediencia a Dios, y por ello sin miedo y con gran valor, también en los momentos difíciles, como los relacionados con su breve Pontificado, no temiendo perder su propia dignidad, sino sabiendo que ésta consiste en estar en la verdad. Y el garante de la verdad es Dios. Quien le sigue no tiene miedo ni siquiera de renunciar a sí mismo, a su propia idea, porque “quien tiene a Dios, nada le falta”, como decía santa Teresa de Ávila.
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Acueducto de Sulmona
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¡Queridos amigos! La fe y la oración no resuelven los problemas, pero permiten afrontarlos con una luz y una fuerza nueva, de una forma digna del hombre, y también de forma más serena y eficaz. Si miramos a la historia de la Iglesia veremos que es rica en figuras de santos y beatos que, precisamente partiendo de un diálogo intenso y constante con Dios, iluminados por la fe, supieron encontrar soluciones creativas, siempre nuevas, para responder a las necesidades humanas concretas en todos los siglos: la salud, la instrucción, el trabajo, etc. Su arrojo estaba animado por el Espíritu Santo y por una amor fuerte y generoso por los hermanos, especialmente por los más débiles y desfavorecidos. ¡Queridos jóvenes! ¡Dejáos conquistar totalmente por Cristo! ¡Poneos también vosotros, con decisión, sobre el camino de la santidad, es decir, de estar en contacto, en conformidad con Dios – caminoque está abierto a todos – porque esto os hará ser también más creativos en buscar soluciones a los problemas que encontráis, y en buscarlos juntos! He aquí otro signo distintivo del cristiano: nunca es un individualista.
Quizás me diréis: pero si miramos, por ejemplo, a san Pedro Celestino, en la elección de la vida eremítica ¿no era quizás individualismo, fuga de las responsabilidades? Cierto, esta tentación existe. Pero en las experiencias aprobadas por la Iglesia, la vida solitaria de oración y de penitencia está siempre al servicio de la comunidad, abre a los demás, nunca está en contraposición con las necesidades de la comunidad. Los eremitorios y monasterios son oasis y manantiales de vida espiritual de donde todos pueden beber. El monje no vive para sí mismo, sino para los demás, y es por el bien de la Iglesia y de la sociedad por lo que cultiva la vida contemplativa, para que la Iglesia y la sociedad puedan estar siempre regadas por energías nuevas, por la acción del Señor. ¡Queridos jóvenes! ¡Amad a vuestras comunidades cristianas, no tengáis miedo de comprometeros en vivir juntos la experiencia de fe! ¡Quered mucho a la Iglesia: os ha dado la fe, os ha hecho conocer a Cristo! Y quered mucho a vuestro obispo, a vuestros sacerdotes: con todas nuestras debilidades, los sacerdotes ¡son presencias preciosas en la vida!
El joven rico del Evangelio, después de que Jesús le propuso dejar todo y seguirle – como sabemos – se fue de allí triste, porque estaba demasiado apegado a sus bienes (cfr Mt 19,22). ¡Yo en cambio leo en vosotros la alegría! Y también este es un signo de que sois cristianos: que para vosotros Jesucristo vale mucho, aunque sea comprometido seguirle, vale más que cualquier cosa. Habéis creído que Dios es la perla preciosa que da valor a todo lo demás: en la familia, en el estudio, en el trabajo, en el amor humano... en la vida misma. Habéis comprendido que Dios no os quita nada, sino que os da el ciento por uno y hace eterna vuestra vida, porque Dios es Amor infinito: el único que sacia nuestro corazón. Me gustaría recordar la experiencia de san Agustín, un joven que buscó con gran dificultad, durante mucho tiempo, fuera de Dios, algo que saciase su sed de verdad y de felicidad. Pero al final de este camino de búsqueda ha comprendido que nuestro corazón está sin paz mientras que no encuentre a Dios, mientras no repose en Él (cfr Las Confesiones 1,1).
¡Queridos jóvenes! ¡Conservad vuestro entusiasmo, vuestra alegría, la que nace de haber encontrado al Señor, y sabed comunicarla también a vuestros amigos, a vuestros coetáneos! ¡Ahora debo irme y debo decir que siento mucho dejaros! ¡Con vosotros siento que la Iglesia es joven! Pero me voy contento, como un padre que está sereno porque ha visto que los hijos están creciendo y están creciendo bien. ¡Caminad, queridos chicos y queridas chicas! Caminad en el camino del Evangelio; amad a la Iglesia, nuestra madre; sed sencillos y puros de corazón; sed humildes y generosos. Os confío a todos a vuestros santos patronos, a san Pedro Celestino y sobre todo a la Virgen María, y con gran afecto os bendigo. Amén.
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CIUDAD DEL VATICANO, 12 ENE 2011 (VIS).-
Benedicto XVI dedicó la catequesis de la audiencia general de los miércoles, celebrada en el Aula Pablo VI y a la que asistieron 9.000 personas, a santa Catalina de Génova (1447-1510), autora de dos libros: "El tratado sobre el purgatorio" y "El diálogo entre el alma y el cuerpo".
Catalina recibió en su hogar una buena educación cristiana. Se casó a los dieciséis años y su vida matrimonial no fue fácil. Al principio llevaba una existencia mundana que le causó un profundo sentido de vacío y amargura. Tras una particular experiencia espiritual, en la que ve con claridad sus miserias y defectos, al mismo tiempo que la bondad de Dios, nace la decisión de cambiar de vida e iniciar un camino de purificación y comunión mística con Dios. El lugar de su ascenso a las cimas de la mística fue el hospital de Pammatone, el más grande de Génova, del que fue directora.
"Desde su conversión hasta su muerte -observó el Papa- no hubo acontecimientos extraordinarios, pero dos elementos caracterizaron toda su existencia: por una parte la experiencia mística, la profunda unión con Dios, (...) y por otra, (...) el servicio al prójimo, sobre todo a los más necesitados y abandonados".
"Nunca debemos olvidar -subrayó el Santo Padre- que cuanto más amamos a Dios y somos constantes en la oración, mas amaremos realmente a los que tenemos cerca, porque seremos capaces de ver en cada persona el rostro del Señor, que ama sin límites ni distinciones".
Benedicto XVI se refirió después a las obras de la santa, y recordó que "en su experiencia mística, Catalina no tuvo revelaciones específicas sobre el purgatorio o las almas que se están purificando". La santa no presenta el purgatorio "como un elemento del paisaje de las vísceras de la tierra: no es un fuego exterior, sino interior. (...) No se parte del más allá para narrar los tormentos del purgatorio (...) e indicar después el camino para la purificación o la conversión, sino que se parte de la experiencia interior del ser humano en camino hacia la eternidad".
Por eso, para Catalina "el alma es consciente del inmenso amor y de la perfecta justicia de Dios y, en consecuencia, sufre por no haber respondido de forma perfecta a ese amor mientras que el amor mismo de Dios (...) la purifica de las escorias de su pecado".
En la mística genovesa se encuentra una imagen típica de Dioniso el Areopagita, explicó el Papa: la del hilo de oro que une el corazón humano a Dios. "Así el corazón humano -agregó el pontífice- se llena del amor de Dios que pasa a ser la única guía, el único motor de su existencia. Esta situación de elevación hacia Dios y de abandono a su voluntad, expresada en la imagen del hilo, es utilizada por Catalina para expresar la acción de la luz divina sobre las almas del purgatorio, luz que las purifica y las eleva hacia los esplendores de la luz resplandeciente de Dios".
"Los santos, en su experiencia de unión con Dios -recalcó el Santo Padre- alcanzan un saber tan profundo sobre los misterios divinos en el que se compenetran el amor y el conocimiento, hasta el punto que sirven de ayuda a los teólogos en su dedicación al estudio".
"Con su vida -concluyó el Papa-, Catalina nos enseña que cuanto más amamos a Dios y entramos en intimidad con El en la oración, tanto más El se nos revela y enciende nuestro corazón con su amor. Escribiendo sobre el purgatorio, la santa nos recuerda una verdad fundamental de la fe que para nosotros representa una invitación a rezar por los difuntos para que lleguen a la visión beatífica de Dios en la comunión de los santos".
"El servicio humilde, fiel y generoso que la santa prestó toda su vida en el hospital de Pammatone es, además, un ejemplo luminoso de caridad para todos y un estimulo particular para las mujeres que contribuyen con sus valiosas obras, llenas de sensibilidad y atención hacia los más pobres y necesitados, al bien de la Iglesia y de la sociedad".
| Calixta | ||
| J. H. Newman | ||
| Encuentro Ediciones | ||
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Calixta es una novela histórica ambientada en África, a mitad del siglo III. En esta novela, el recién beatificado John Henry Newman, retrató la vida de las primeras comunidades cristianas y su relación con el mundo pagano mediante una serie de personajes pertenecientes a una familia de clase social media: Agelio, Juba, Jucundus; sus amigos, la bella Calixta y Aristón, fabricantes de ídolos y objetos de culto paganos; y la comunidad cristiana, liderada por san Cipriano, una comunidad amenazada y al mismo tiempo vigorizada por la persecución de Decio.
Pero no es la aventura lo que a Newman le interesa tratar, sino el fenómeno de la conversión, el cual había desarrollado ya en su primera novela Perder y Ganar (Loss and Gain) de forma autobiográfica. La conversión aparece como un proceso lento y sinuoso, catártico, que exige un compromiso irremediablemente personal. Al describir este desarrollo interior, el cardenal inglés prefigura con viveza su concepción de la conciencia humana, aportando para ello una visión novedosa del misterio de la Iglesia, dos de sus más destacadas aportaciones al pensamiento cristiano moderno.
El cardenal Newman destaca como importante figura de las letras inglesas además de ser una de las más grandes personalidades religiosas del siglo XIX, con gran influencia en la actualidad.
Ya en su adolescencia, después de la crisis de fe provocada por la lectura de algunos autores del siglo XVIII, descubrió al Dios revelado en el Nuevo Testamento. Fue ordenado para el ministerio sagrado anglicano, que ejerció primero en un humilde barrio de Oxford, ciudad en la que estudiaba, y también atendió la parroquia de Santa María. La conciencia de su responsabilidad espiritual sobre sus alumnos y feligreses influyó notablemente en su evolución interior, así como el estudio de los Padres de la Iglesia, que despertó en él la inquietud de revitalizar la Iglesia anglicana con el espíritu de los primeros cristianos.
La Iglesia anglicana se benefició de este impulso, que llevó a Newman a entrar en comunión con la Iglesia católica, después de unos años de silencio, estudio, oración y penitencia. Así hizo en 1845, para el escándalo de algunos compatriotas. Tampoco faltaron algunos católicos que criticaron la escasez de frutos de su acción apostólica en Inglaterra, cosa que desmintió el tiempo: el valor de su aportación a la Iglesia católica se reconoce cada vez más: once años después de haber sido nombrado cardenal por León XIII, murió rodeado de un profundo respeto de la sociedad británica, y fue proclamado venerable por sus virtudes heroicas. El reconocimiento definitivo como modelo ejemplar de vida cristiana tuvo lugar en su beatificación, el 19 de septiembre de 2010.
CASTEL GANDOLFO, miércoles 25 de agosto de 2010 (ZENIT.org).-
El Papa reconoció ante los peregrinos, muchos de los cuales no pudieron acceder al patio interior por falta de espacio, su predilección por el santo obispo de Hipona, junto con san José y san Benito, de quienes lleva el nombre: “San Agustín, a quien tuve el gran don de conocer, por así decirlo, de cerca a través del estudio y la oración”, afirmó, “se ha convertido en un buen "compañero de viaje" en mi vida y en mi ministerio”.
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San Agustín y Santa Mónica |
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Este santo “fue un hombre que nunca vivió con superficialidad”, una lección de vida “actual también en nuestra época, en la que parece que el relativismo sea, paradójicamente, la "verdad" que debe guiar el pensamiento, las decisiones, los comportamientos”.
“En nuestro tiempo se tiene una especie de miedo al silencio, del recogimiento, de pensar en los propios actos, en el sentido profundo de la propia vida, a menudo se prefiere vivir solo el momento fugaz, esperando que traiga felicidad duradera; se prefiere vivir, porque parece más fácil, con superficialidad, sin pensar; se tiene miedo de buscar la Verdad, o quizás se tiene miedo de que la Verdad nos encuentre, nos aferre y nos cambie la vida, como le sucedió a san Agustín”.
El camino vital de Agustín, recordó el Papa, “no fue fácil: creyó encontrarla Verdad en el prestigio, en la carrera, en la posesión de las cosas, en las voces que le prometían la felicidad inmediata”. Agustín “cometió errores, atravesó tristezas, afrontó fracasos, pero nunca se detuvo, nunca se acontentó con lo que le daba solamente un incidio de luz; supo mirar en lo íntimo de sí mismo y se dio cuenta, como escribe en sus Confesiones, de que esa Verdad, ese Dios que buscaba con sus fuerzas era más íntimo a él que él mismo”.
Benedicto XVI recordó su propio comentario durante la presentación, el año pasado, de un reciente film sobre la vida de san Agustín: éste “comprendió, en su inquieta búsqueda, que no era él quien había encontrado la Verdad, sino que la propia Verdad, que es Dios, le persiguió y le encontró”.
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San Agustín
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Siguiendo la estela de san Agustín, el Papa invitó a todos, “también a quien está en un momento de dificultad en su camino de fe, a quien participa poco en la vida de la Iglesia o a quien vive como si Dios no existiese, que no tengan miedo de la Verdad, que no interrumpan nunca el camino hacia ella, que no cesen nunca de buscar la verdad profunda sobre sí mismos y sobre las cosas con los ojos internos del corazón”.
“Dios no dejará de dar Luz para hacer ver y Calor para hacer sentir al corazón que nos ama y que desea ser amado”, añadió.
Por otro lado, de la misma forma que san Agustín le ha acompañado en su vida personal, el Papa propuso a los presentes que encuentren a su “santo compañero” en el viaje de la vida. “Cada uno debería tener algún santo que le fuese familiar, para sentirle cercano con la oración y la intercesión, pero también para imitarlo”, sugirió.
“Quisiera invitaros, por tanto, a conocer más a los santos, empezando por aquel cuyo nombre lleváis, leyendo su vida, sus escritos. Estad seguros de que se convertirán en buenos guías para amar cada vez más al Señor y ayudas válidas para vuestro crecimiento humano y cristiano”.
Al saludar a los peregrinos españoles, volvió a insistir en su invitación a familiarizarse “con la vida y los escritos de los Santos, pues os ayudarán a amar cada vez más al Señor y a crecer como personas y como cristianos”.
CASTEL GANDOLFO, domingo, 25 de julio de 2010 (ZENIT.org).-
"Quien reza nunca reza solo", aseguró este domingo Benedicto XVI, aclarando que la oración de cada creyente se une a la oración de la Iglesia.
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Ángelus en Castel Gandolfo |
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El pontífice meditó este domingo junto a los peregrinos congregados en la residencia pontificia de Castel Gandolfo en el pasaje evangélico de la liturgia de este día, solemnidad del apóstol Santiago, en el que el evangelista Lucas presenta cómo Jesús enseñó el Padrenuestro.
"Nos encontramos ante las primeras palabras de la Sagrada Escritura que aprendemos desde niños. Se imprimen en la memoria, plasmando nuestra vida, nos acompañan hasta la última respiración", constató el Papa. "Cada vez que rezamos el Padrenuestro, nuestra voz se entrecruza con la de la Iglesia, pues quien reza nunca reza solo", aseguró el pontífice.
Por eso, dijo citando la Carta sobre algunos aspectos de la meditación cristiana que publicó en 1989 la Congregación para la Doctrina de la Fe, cuando el cardenal Joseph Ratzinger era su prefecto: "Todo fiel tendrá que buscar y podrá encontrar en la verdad y riqueza de la oración cristiana, enseñada por la Iglesia, su propio camino, su propia manera de oración... se dejará por tanto conducir... por el Espíritu Santo, que le guía, a través de Cristo al Padre".
El obispo de Roma también citó a santa Teresa de Ávila, cuando invitaba a sus hermanas a suplicar a Dios "que nos libere de todo peligro para siempre y que nos aleje de todo mal. Y por más imperfecto que sea nuestro deseo, esforcémonos por insistir en nuestra petición. ¿Qué nos cuesta pedir mucho, dado que nos dirigimos al Todopoderoso?".
El Santo Padre aclaró que cuando uno reza no está elevando una petición "para satisfacer los propios gustos, sino más bien para mantener la amistad con Dios, quien, como dice el Evangelio, "dará el Espíritu Santo a aquellos que se lo pidan"". "Lo han experimentado los antiguos "padres del desierto" y los contemplativos de todos los tiempos, convertidos, por la oración, en amigos de Dios".
Al final del Ángelus, dirigiéndose a los fieles polacos, les recordó que en la oración "se manifiesta nuestra fe y nuestra confianza en la Divina Providencia. Acordémonos de la oración, ya sea durante el cansancio de nuestro trabajo cotidiano, ya sea en los momentos de descanso de nuestras vacaciones".