|
|
Intervención de Benedicto XVI en la que habló sobre la unidad de los cristianos Benedicto XVI: El mundo que sufre por la ausencia de Dios necesita cristianos unidos Audiencia general en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 23 enero 2008 (ZENIT.org)
El mundo que sufre por la ausencia de Dios tiene necesidad de la unidad entre los cristianos separados en iglesias y confesiones, explicó Benedicto XVI este miércoles. Lo aclaró durante la audiencia general en plena Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que concluirá el próximo 25 de enero, fiesta de la conversión del apóstol Pablo. «El mundo sufre por la ausencia de Dios, por la inaccesibilidad de Dios, desea conocer el rostro de Dios», reconoció el Papa ante miles de peregrinos congregados en el Aula Pablo VI. «Pero, ¿cómo podrían y pueden los hombres de hoy reconocer este rostro de Dios en rostro de Jesucristo si los cristianos estamos divididos, si uno enseña contra el otro, si uno está contra el otro?», preguntó. «Sólo en la unidad podemos mostrar realmente a este mundo, que lo necesita, el rostro de Dios, el rostro de Cristo», dijo. Cien años de ecumenismo espiritual La intervención del pontífice sirvió para hacer un repaso de cien años de ecumenismo, pues la Semana de oración cumple un siglo de vida. «Mientas damos gracias al Señor por estos cien años de oración y de compromiso común entre tantos discípulos de Cristo», el Papa recordó «con reconocimiento al pionero de esta providencial iniciativa espiritual», el padre Paul Wattson, anglicano estadounidense, que pasó después a la comunión plena con la Iglesia católica y fundó la comunidad de hermanos y hermanas del Atonement. «Cuando después sopló el viento profético del Concilio Vaticano II se experimentó aún más la urgencia de la unidad --evocó--. Después de la asamblea conciliar continuó el camino paciente de la búsqueda de la plena comunión entre todos los cristianos, camino ecuménico que año tras año ha encontrado precisamente en la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos uno de los momentos más apropiados y fecundos». Según constató, «gracias precisamente a este ecumenismo espiritual --santidad de vida, conversión del corazón, oraciones privadas y pública--, la búsqueda común de la unidad ha experimentado en estas décadas un gran desarrollo, que se ha diversificado en múltiples iniciativas». En particular, explicó, se ha pasado «del recíproco conocimiento al contacto fraterno entre miembros de diversas iglesias y comunidades eclesiales, de conversaciones cada vez más amistosas a colaboraciones en diferentes campos, del diálogo teológico a la búsqueda de formas concretas de comunión y de colaboración». El alma del ecumenismo Para el Papa la oración es el alma del ecumenismo, pues «es evidente que no podemos alcanzar esta unidad únicamente con nuestras estrategias, con el diálogo y con todo lo que hacemos, aunque es sumamente necesario». «Lo que podemos hacer es ofrecer nuestra disponibilidad y capacidades para acoger esta unidad cuando el Señor nos la da». «Este es el sentido de la oración: abrir nuestros corazones, crear en nosotros esta disponibilidad que abre el camino a Cristo», indicó. Según el obispo de Roma, «la oración por la unidad ha alentado y acompañado las diferentes etapas del movimiento ecuménico, particularmente a partir del Concilio Vaticano II». Un balance «En este período la Iglesia católica ha entrado en contacto conlas demás iglesias y comunidades eclesiales de oriente y occidente con diferentes formas de diálogo, afrontando con cada una esos problemas teológicos e históricos surgidos en el transcurso de los siglos y que se han convertido en elementos de división». «El Señor ha permitido que estas relaciones amistosas hayan mejorado el recíproco conocimiento, que hayan intensificado la comunión, haciendo al mismo tiempo más clara la percepción de los problemas que todavía quedan abiertos y que fomentan la división». El obispo de Roma concluyó dando gracias a Dios «que ha apoyado e iluminado el camino hasta ahora recorrido», «surgido por el impuso del Espíritu Santo» y «cada día más amplio». Benedicto XVI presidirá el 25 de enero la celebración de las segundas vísperas de la solemnidad de la conversión de san Pablo apóstol, en la Basílica de San Pablo Extramuros en Roma, como conclusión de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos.
|
||||||
|
|
Intervención de Benedicto XVI en la que presentó la figura de San agustín(iii) La lejanía de Dios es lejanía de uno mismo, explica Benedicto XVI Al presentar la relación entre fe y razón en san Agustín de Hipona CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 30 enero 2008 (ZENIT.org)
Cuando el ser humano se aleja de Dios se aleja de sí mismo, considera Benedicto XVI. Lo explicó a los cinco mil peregrinos congregados en el Aula Pablo VI del Vaticano para participar en la audiencia general, en la que por tercera ocasión habló de san Agustín de Hipona, en esta ocasión, en particular sobre el tema fe y razón. Presentó el «itinerario intelectual y espiritual» del filósofo y teólogo --al que consagró su tesis doctoral el joven Joseph Ratzinger-- como «un modelo válido también hoy en la relación entre fe y razón, tema no sólo para hombres creyentes, sino para todo hombre que busca la verdad, tema central para el equilibrio y el destino de todo ser humano». «Estas dos dimensiones, fe y razón, no deben separarse ni contraponerse, sino que deben estar siempre unidas», aclaró. Para ilustrar su propuesta, presentó las famosas dos fórmulas con las que Agustínexpresó esta síntesis coherente entre fe y razón: «"cree para comprender", creer abre el camino para cruzar la puerta de la verdad; pero también y de manera inseparable, "comprende para creer", escruta la verdad para poder encontrar a Dios y creer». «La armonía entre fe y razón significa sobre todo que Dios no está lejos --subrayó el Santo Padre--: no está lejos de nuestra razón, de nuestra vida; está cerca de todo ser humano, cerca de nuestro corazón y de nuestra razón, si realmente nos ponemos en camino.
«La presencia de Dios en el hombre es profunda y al mismo tiempo misteriosa, pero puede reconocerse y descubrirse en la propia intimidad», pues como dice el obispo de Hipona: «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti». «La lejanía de Dios equivale, por tanto, a la lejanía de sí mismos», reconoció Benedicto XVI, algo que san Agustín explicaba con estas palabras de sus «Confesiones»: «Tú estabas, ciertamente, delante de mí, mas yo me había apartado de mí mismo y no me encontraba». «Esto es importante --insistió--: quien está lejos de Dios también está lejos de sí mismo, alienado de sí mismo, y sólo puede encontrarse a sí mismo si se encuentra con Dios. De este modo logra llegar a su verdadero yo, su verdadera identidad». «Agustín encontró a Dios y durante toda su vida hizo su experiencia hasta el punto de que esta realidad --que es ante todo el encuentro con una Persona, Jesús--cambió su vida, como cambia la de cuantos, hombres y mujeres, en todo tiempo, tienen la gracia de encontrarse con él», concluyó el Papa.
|
||||||||||||
|
|
Intervención de Benedicto XVI en la que presentó la figura de San agustín(iV) San Agustín definió la «verdadera laicidad», recuerda el Papa Diferencia entre esfera política yesfera de la fe CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 20 febrero 2008 (ZENIT.org)
La «verdadera laicidad» es un concepto antiguo que ya había sido definido por san Agustín, recuerda Benedicto XVI, al aclarar la diferencia entre la esfera política y la esfera de la fe. Joseph Ratzinger, que dedicó al teólogo y filósofo del norte de África su tesis doctoral, dedicó la cuarta de las audiencias generales a este «padre de la Iglesia que ha dejado el mayor número de obras», algunas de ellas «de importancia capital, y no sólo para la historia del cristianismo sino también para la formación de toda la cultura occidental». Entre otras, el pontífice recordó «De civitate Dei» [La Ciudad de Dios], «obra imponente y decisiva para el desarrollo del pensamiento político occidental y para la teología cristiana de la historia, escrita entre los años 413 y 426 en 22 libros». Ante la caída de Roma, algunos paganos ponían en duda la grandeza del Dios cristiano, que parecía incapaz de defender la ciudad. «A esta objeción, que también tocaba profundamente el corazón de los cristianos, responde san Agustín con esta grandiosa obra», «aclarando qué es lo que debían esperar de Dios y qué es lo que no podían esperar de Él, cuál es la relación entre la esfera política y la esfera de la fe, de la Iglesia». «Todavía hoy este libro es una fuente para definir bien la auténtica laicidad y la competencia de la Iglesia, la gran esperanza que nos da la fe», aclaró. Como el Papa explicó, esta obra de Agustín de Hipona se basa en una interpretación fundamental de historia, «la lucha entre dos amores: el amor propio, "hasta llegar a menospreciar a Dios" y el amor a Dios "hasta llegar al desprecio de sí mismo"»
El Papa repasó otros de los escritos que dejó el santo africano, uno de los autores más prolíficos de la historia (a su muerte se contabilizaron al menos 1.300 escritos, aunque se considera que escribió entre 3.000 y 4.000 homilías). «Gracias a las "Confesiones" podemos seguir, paso a paso, el camino interior de este hombre extraordinario y apasionado de Dios», aclaró el Papa. Las evocaciones de Benedicto XVI sobre san Agustín, en las que no ha dejado de confesar su admiración por este pensador, forman parte de la serie de catequesis que está ofreciendo sobre las grandes figuras de los inicios de la Iglesia.
|
||||||||||||
|
|
Intervención de Benedicto XVI en la que presentó la figura de San león magno El primado del Papa es necesario para la comunión de la Iglesia, explica Benedicto XVI Al presentar en la audiencia general la figura del pontífice León Magno CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 5 marzo 2008 (ZENIT.org)
El primado del Papa es necesario para la comunión de la Iglesia universal, aclara Benedicto XVI. Así lo explicó este miércoles a los más de siete mil peregrinos congregados en el Aula Pablo VI con motivo de la audiencia general, dedicada al Papa san León Magno (fallecido en el año 461), en la que continuó con la serie de catequesis en las que está presentado a los padres de la Iglesia. Como no entraban en el aula todos los peregrinos, el Papa saludó a otros miles de fieles en la Basílica de San Pedro del Vaticano, donde se encuentran precisamente los restos mortales de aquel pontífice. Rememorando la figura del primer Papa que asumió el nombre de León, Benedicto XVI mostró «cómo el ejercicio del primado romano era necesario entonces, como lo es hoy, para servir eficazmente a la comunión, característica de la única Iglesia de Cristo». «Los numerosos obispos, en buena parte orientales, reunidos en el Concilio de Calcedonia, demostraron que eran sumamente conscientes de esto», siguió explicando. Celebrado en el año 451, con 350 obispos participantes, este Concilio se convirtió en la asamblea más importante celebrada hasta entonces en la historia de la Iglesia y culminó el proceso de los tres concilios precedentes con el que se formuló la naturaleza divina y humana de la Persona del Hijo de Dios. El Papa envió una carta al obispo de Constantinopla sobre la naturaleza de Jesús, que al ser leída en la asamblea, fue acogida, según recordó el Papa, «por los obispos presentes con una aclamación elocuente, registrada en las actas del Concilio: "Pedro ha hablado por la boca de León", exclamaron unidos los padres conciliares».
Aquella intervención y otras pronunciadas durante la controversia sobre la naturaleza de Crito de aquellos años, «hace evidente que el Papa experimentaba con particular urgencia las responsabilidades del sucesor de Pedro». Su papel, aclaró, «es único en la Iglesia». «Y el pontífice supo ejercer estas responsabilidades, tanto en Occidente como en Oriente, interviniendo en diferentes circunstancias con prudencia, firmeza y lucidez, a través de sus escritos y de sus legados». León Magno ejercicio este ministerio estando cerca del pueblo y de los fieles «con la acción pastoral y la predicación», recordó el Papa. En particular, explicó, «alentó la caridad en una Roma afectada por las carestías, por la llegada de refugiados, por las injusticias y la pobreza. Afrontó las supersticiones paganas y la acción de los grupos maniqueos». Pero en particular, Benedicto XVI subrayó una de las grandes preocupaciones del Papa León: «Enlazó la liturgia a la vida cotidiana de los cristianos: por ejemplo, uniendo lapráctica del ayuno con la caridad y con la limosna». «León Magno enseñó a sus fieles --y sus palabras siguen siendo válidas para nosotros-- que la liturgia cristiana no es el recuerdo de acontecimientos pasados, sino la actualización de realidades invisibles que actúan en la vida de cada quien». Esta fue la conclusión de la intervención: «Aprendamos, por tanto, con san León Magno a creer en Cristo, verdadero Dios y verdadero Hombre, y a vivir esta fe cada día en la acción por la paz y en el amor al prójimo».
|
||||||||||||
|
|
Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general en la que presentó la figura de dionisio areopagita En la búsqueda de Dios «el amor ve más que la razón», dice el Papa El Papa recuerda a Dionisio Areopagita, pionero de la teología mística CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 14 mayo 2008 (ZENIT.org).-
No se penetra en el corazón de Dios con razonamientos, sino con la experiencia del amor, afirmó este miércoles Benedicto XVI. En la audiencia general, el Papa presentó la figura de un teólogo del siglo VI, conocido como el pseudónimo de Dionisio Areopagita, primer gran teólogo místico, quien tuvo el mérito de purificar el pensamiento griego a la luz del Evangelio, encarnando un auténtico espíritu de diálogo, válido todavía hoy para las relaciones entre el cristianismo y las religiones asiáticas. Ya en la elección del pseudónimo --Dionisio, según los Hechos de los Apóstoles, era el miembro del Areópago de Atenas que se convirtió gracias a la predicación de san Pablo--, aclaró el pontífice, se revela su deseo de promover «el encuentro entre la cultura y la inteligencia griega con el anuncio de Cristo». Dionisio Areopagita se sirvió del «pensamiento neoplatónico», «profundamente anticristiano», para mostrar la verdad de Cristo, transformando así la imagen politeísta del universo «en la armonía del cosmos de Dios, donde todas las fuerzas son alabanza de Dios», «una alabanza cósmica» Vida y obras de Dionisio Areopagita
|
||||||
|
|
Intervención de Benedicto XVI en la que presentó la figura de San gregorio magno (II) "la humildad es la medida de la grandeza "
Asegura el Papa al hablar por segunda vez de san Gregorio Magno CIUDADDEL VATICANO, miércoles, 4 junio 2008 (ACI).-
El Papa Benedicto XVI retomó en la audiencia general de los miércoles la catequesis sobre San Gregorio Magno, a través de quien se confirma que la humildad es la medida de la grandeza. El Pontífice se centró esta vez en la doctrina de este Papa y Doctor de la Iglesia, recordó que en sus numerosas obras, San Gregorio "no se muestra nunca preocupado por trazar una doctrina ‘suya’: prefiere hacerse eco de la enseñanza tradicional de la Iglesia sobre el camino que es necesario recorrer para llegar a Dios". El autor de las "Homilías sobre los Evangelios", cree que el cristiano cuando lee las Escrituras "no debe conseguir solamente conocimientos teóricos, sino más bien el alimento cotidiano para su alma" e "insiste con fuerza en esta función del texto sacro: acercarse a la Escritura simplemente para satisfacer el deseo de conocimiento significa ceder a la tentación del orgullo". "La humildad intelectual es la primera regla para quienes quieren penetrar en las realidades sobrenaturales partiendo de los libros sagrados. Por otra parte, cuando se trata de la Palabra de Dios, comprender no es nada, si la comprensión no lleva a la acción", indicó. En el "Comentario moral a Job", siguiendo la tradición patrística, San Gregorio Magno "examina el texto sacro con un triple enfoque: literal, alegórico y moral. El ideal moral consiste siempre en realizar una armoniosa integración entre palabra y acción, pensamiento y compromiso, oración y dedicación a los propios deberes. Ese gran Papa traza para el creyente un proyecto completo de vida, que constituirá durante la Edad Media una Summa de la moral cristiana". En su texto más conocido, la "Regla Pastoral", San Gregorio "se propone delinear la figura del obispo ideal, maestro y guía de su rebaño. El obispo es ante todo "el predicador" por excelencia y como tal debe ser ante todo un ejemplo para los demás" y recuerda que "para una acción pastoral eficaz es necesario que conozca a los destinatarios y adapte sus intervenciones a la situación de cada uno". Además, "insiste en el deber que tiene el Pastor de reconocer su propia miseria, para que el orgullo no haga vano, ante los ojos del Juez Supremo, el bien cumplido". "Todas estas preciosas indicaciones -explicó el Papa- demuestran el elevado concepto que San Gregorio tiene del cuidado de las almas, que define "el arte de las artes". En el diseño teológico que Gregorio desarrolla en sus obras, pasado, presente y futuro son relativos. Lo que más le importa es el arco completo de la historia de la salvación que sigue su curso entre los oscuros meandros del tiempo. Para él, los guías de las comunidades cristianas deben comprometerse a examinar los eventos a la luz de la Palabra de Dios", indicó. Benedicto XVI recordó que en las relaciones que el Papa Gregorio "cultivó con los patriarcas de Antioquía, Alejandría y Constantinopla reconoció y respetó siempre sus derechos, evitando cualquier interferencia que limitase su autonomía legítima" y "si en su situación histórica se opuso al título de Patriarca Ecuménico para el Patriarca de Constantinopla lo hizo porque se preocupaba de la unidad fraternal de la Iglesia universal y, sobre todo, por su convicción profunda de que la humildad era la virtud fundamental de todo obispo y más aún de un patriarca". "En su corazón -recalcó el Santo Padre-, Gregorio siguió siendo siempre un simple monje y por eso fue contrario a los grandes títulos. Quería ser el "servus servorum Dei" (el siervo de los siervos de Dios). Profundamente conmovido por la humildad de Dios que en Cristo se hizo siervo nuestro, estaba convencido de que un obispo debía imitar esa humildad". Aunque el deseo de San Gregorio hubiera sido el de "vivir como un monje en permanente coloquio con la Palabra de Dios, por amor suyo se hizo servidor de todos en un tiempo lleno de tribulaciones y sufrimientos: siervo de los siervos. Por eso fue "Grande" y nos enseña cuál es la medida de la verdadera grandeza", concluyó. |
||||||||||||
|
|
Intervención de Benedicto XVI en la que presentó la figura de San isidoro de sevilla "Amar al prójimo en la acción como se debe amar a Dios con la contemplación" Asegura el Papa al presentar la figura de san Isidoro de Sevilla CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 18 junio 2008 (ACI).-
El Papa Benedicto XVI dedicó la catequesis de la Audiencia General de los miércoles a San Isidoro de Sevilla, doctor de la Iglesia, y a la luz de sus enseñanzas, señaló que "como se debe amar a Dios con la contemplación, se debe amar al prójimo con la acción". Con su "realismo de pastor verdadero" Isidoro de Sevilla propone una síntesis entre la vida contemplativa y activa inspirada en el ejemplo de Cristo, que "durante el día ofrecía signos y hacía milagros en la ciudad, pero mostró la vida contemplativa cuando se retiraba a la montaña y pernoctaba en oración", indicó el Papa en la Plaza de San Pedro antes unas once mil personas. "Creo que esta síntesis de una vida que busca la contemplación y el diálogo conDios en la oración y la lectura de la Sagrada Escritura y la acción al servicio de la comunidad, del prójimo, es la lección que el gran obispo de Sevilla nos deja a los cristianos de hoy, llamados a dar testimonio de Cristo al inicio de un nuevo milenio", indicó. San Isidoro de Sevllia (560-636), fue definido por el Concilio de Toledo en el año 653 como "Gloria de la Iglesia Católica". Isidoro, amigo del Papa Gregorio Magno, era el hermano menor de San Leandro, Obispo de Sevilla, al que sucedió en esa sede episcopal, explicó el Papa, recordando que en aquella época "los visigodos, bárbaros y arrianos, invadiendo la península ibérica se habían apropiado de los territorios pertenecientes al Imperio romano" que "era necesario conquistar al catolicismo". Bajo la guía de su hermano, el Santo se educó en la disciplina y el estudio. Su casa contaba con una nutrida biblioteca repleta de textos clásicos, paganos y cristianos. Por eso, sus obras "abarcan un conocimiento enciclopédico de la cultura clásica pagana y un profundo conocimiento de la cultura cristiana". "En su vida personal Isidoro experimentó un conflicto interior permanente entre el deseo de soledad, para dedicarse únicamente a la meditación de la Palabra de Dios y las exigencias de la caridad hacia los hermanos, de cuya salvación se sentía encargado como obispo", agregó. En su juventud conoció el exilio, "poseía un gran entusiasmo apostólico y experimentaba la emoción de contribuir a la formación de un pueblo que reencontraba por fin su unidad, tanto en ámbito político como religioso, con la conversión providencial del arrianismo al catolicismo del príncipe heredero, Hermenegildo".
"No hay que minusvalorar -aclaró Benedicto XVI- la enorme dificultad de hacer frente de forma adecuada a problemas muy graves, como las relaciones con los herejes y con los judíos. Toda una serie de problemas que resultan también hoy muy concretos, si pensamos en lo que sucede en algunas regiones donde parecen replantearse situaciones muy parecidas a las de la península ibérica en el siglo VI". En San Isidoro hay que admirar "su preocupación por no dejar de lado nada de lo que la experiencia humana produjo en la historia de su patria y del mundo. No hubiera querido perder nada de lo que el ser humano aprendió en la antigüedad, pagano, hebreo o cristiano que fuera". Por otra parte, el santo "percibe la complejidad en la discusión de los problemas teológicos y propone a menudo, con agudeza, soluciones que recogen y expresan la verdad cristiana completa".
|
||||||||||||
|
|
El Papa explica el misterio de la Navidad: “el Sentido se ha hecho carne” La Navidad, “mucho más que el nacimiento de un gran personaje”
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 17 diciembre 2008 (ZENIT.org)
Benedicto XVI ha aclarado que para los cristianos la Navidad es mucho más que el recuerdo del "nacimiento de un gran personaje". El Papa aprovechó que en este miércoles comenzaba la Novena de Navidad para dedicar la catequesis de la audiencia general, concedida en el Aula Pablo VI, a explicar el sentido de esta fiesta, en la que "incluso los no creyentes perciben como algo extraordinario y trascendente, algo íntimo que habla al corazón". Los valores de la sencillez, de la amistad y de la solidaridad, que tanto se exaltan en estas fiestas, afirmó el Papa, "no bastan para asimilar plenamente el valor de la Navidad". "En Navidad, por tanto, no nos limitamos a conmemorar el nacimiento de un gran personaje; no celebramos simplemente y en abstracto el misterio del nacimiento del hombre o en general el nacimiento de la vida; tampoco celebramos sólo el principio de una nueva estación". "Nosotros sabemos que ésta celebra el acontecimiento central de la historia: la Encarnación del Verbo divino para la redención de la humanidad", añadió. Explicando el significado que en griego tiene la palabra Logos, que es la que san Juan utiliza en el prólogo de su Evangelio para referirse a Cristo, el Papa hizo notar que además de traducirse como "el Verbo", que es la transposición corriente, Logos significa también "el Sentido".
Por tanto, explicó el Papa, el "Sentido eterno" del mundo "se ha hecho tangible a nuestros sentidos y a nuestra inteligencia: ahora podemos tocarlo y contemplarlo", y ese "sentido" "no es simplemente una idea general inscrita en el mundo", sino que es "una Persona que se interesa por cada uno de nosotros". "Sí, existe un sentido, el sentido no es una protesta impotente contra el absurdo. El Sentido es poderoso: es Dios. Un Dios bueno, que no se confunde con cualquier poder excelso y lejano, al que nunca se podría llegar, sino un Dios que se ha hecho cercano a nosotros". Pero ¿por qué Dios se ha hecho un niño indefenso?, se pregunta el Papa. "En la gruta de Belén, Dios se muestra a nosotros humilde "infante" para vencer nuestra soberbia", responde. "Quizás nos habríamos rendido más fácilmente frente al poder, frente a la sabiduría; pero Él no quiere nuestra rendición; apela más bien a nuestro corazón y a nuestra decisión libre de aceptar su amor". "Se ha hecho pequeño para liberarnos de esa pretensión humana de grandeza que surge de la soberbia; se ha encarnado libremente para hacernos a nosotros verdaderamente libres, libres de amarlo", añadió. En la Navidad confluyen por tanto dos caminos, sobre los que el Papa invita a la reflexión en estas fiestas: "por una parte, el dramatismo de la historia en la que los hombres, heridos por el pecado, están permanentemente buscando la felicidad y un sentido satisfactorio de la vida y la muerte". "Por otra, la bondad misericordiosa de Dios, que ha salido al encuentro del hombre para comunicarle directamente la Verdad que salva, y hacerle partícipe de su amistad y de su vida", concluyó.
|
||||||||||||
|
|
Benedicto XVI muestra cómo “progresar” en la vida espiritual Propone la “Escala del paraíso” de Juan Clímaco como ejemplo Su vida monástica es sólo un gran símbolo de la vida del cristiano
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 11 de febrero de 2009 (ZENIT.org)
El crecimiento de la propia vida en la virtud no es algo que pertenecía a los monjes del desierto o a quienes querían llevar una vida de heroísmo, sino que es un camino para todos los bautizados, afirma Benedicto XVI. Ante los cerca de 8.000 peregrinos congregados en el Aula Pablo VI para la Audiencia General, el Papa retomó su enseñanza sobre los Padres de la Iglesia, que había dejado el año pasado para comenzar el ciclo de veinte catequesis sobre san Pablo. En esta ocasión, habló sobre Juan Clímaco, monje ermitaño del siglo VI, autor de la "Escala del paraíso", uno de los escritos espirituales más importantes de la historia cristiana. Juan Clímaco fue un monje que vivió en el Sinaí como ermitaño y como cenobita, en un tiempo en que el Imperio Romano se había desmoronado ante el empuje de las invasiones bárbaras, y la única institución que subsistía era la Iglesia. "La Escala, obra escrita por un monje eremita que vivió hace mil cuatrocientos años, ¿puede decirnos algo a nosotros hoy? El itinerario existencial de un hombre que vivió siempre en la montaña del Sinaí en un tiempo tan lejano, ¿puede ser de actualidad para nosotros?", se preguntó el Papa. Aunque la respuesta pareciera ser negativa en primer término, invitó a los presentes a caer en la cuenta de que "aquella vida monástica es sólo un gran símbolo de la vida bautismal, de la vida del cristiano". El obispo de Roma puso de manifiesto que este método de vidaespiritual propuesto en la Escala culmina "con las virtudes fundamentales, iniciales, más sencillas: la fe, la esperanza y la caridad". "No son virtudes accesibles solo a los héroes morales, sino que son don de Dios a todos los bautizados: en ellas también crece nuestra vida", añadió. La fe, por ejemplo, "implica que yo renuncie a la arrogancia, a mi pensamiento, a la pretensión de juzgar por mi mismo, sin confiarme a otros. Este camino hacia la humildad, hacia la infancia espiritual es necesario superar la actitud de arrogancia".
Por otro lado, "sólo la esperanza nos hace capaces de vivir la caridad. La esperanza en la que trascendemos las cosas de cada día, no esperamos el éxito en nuestros días terrenos, sino que esperamos finalmente la revelación de Dios mismo". "Sólo en esta extensión de nuestra alma, en esta autotrascendencia, nuestra vida se engrandece y podemos soportar los cansancios y desilusiones de cada día, podemos ser buenos con los demás sin esperar recompensa. Sólo si Dios existe, esta gran esperanza a la que tiendo, puedo cada día dar los pequeños pasos de mi vida y así aprender la caridad", explicó. El pontífice explicó a los fieles en qué consiste la "Escala" de Juan Clímaco, que este monje escribió después de 40 años de vida eremítica a los pies del monte Sinaí. En este tratado de vida espiritual, Juan "describe el camino del monje desde la renuncia al mundo hasta la perfección del amor. Es un camino que tiene lugar a través de treinta escalones, cada uno de los cuales está unido con el siguiente". Esta "ascensión" se divide en tres fases: "la primera muestra la ruptura con el mundo con el fin de volver al estado de infancia evangélica", la segunda "el combate espiritual contra las pasiones", y la tercera, "la perfección cristiana". La primera fase, explica Benedicto XVI, supone "la vuelta a la verdadera infancia en sentido espiritual, el llegar a ser como niños. El alejamiento voluntario de las personas y lugares queridos permite al alma entrar en comunión más profunda con Dios. Esta renuncia desemboca en la obediencia, que es el camino a la humildad a través de las humillaciones -que no faltarán nunca- por parte de los hermanos". La segunda, el combate contra las pasiones, no debe verse como algo negativo, pues "es importante tomar conciencia de que las pasiones no son malas en sí mismas; lo son por el uso malo que de ellas hace la libertad del hombre".
"Si son purificadas, las pasiones abren al hombre el camino hacia Dios con energías unificadas por la ascética y la gracia y, "si han recibido del Creador un orden y un principio..., el límite de la virtud no tiene fin", afirma el Papa citando a Juan Clímaco. Respecto a la última fase, el sucesor de Pedro destaca los tres principios, "sencillez, humildad y discernimiento", de los cuales "Juan, en línea con los Padres del desierto, considera más importante este último, es decir, la capacidad de discernir". Se refiere también a la oración, que puede ser corpórea y "oración del corazón", "la invocación del solo nombre de Jesús, una invocación continua como la respiración". El fin de la escala es la "trinidad de las virtudes": la fe, la esperanza y la caridad. Esta caridad, comparada con el amor humano, está íntimamente unida con la esperanza. "La ausencia de la esperanza anonada la caridad: a ella están vinculadas nuestras fatigas, por ella nos sostenemos en nuestros problemas y gracias a ella estamos rodeados por la misericordia de Dios", concluye el Papa.
|
|||||||||||||||||
|
|
Intervención de Benedicto XVI en la que presentó la figura de san BEDA EL VENERABLE contribuyó eficazmente a la construcción de una Europa cristiana Un santo erudito de finales del siglo VII
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 18 de febrero de 2009 (VIS).-
Benedicto XVI dedicó a San Beda el Venerable la catequesis de la audiencia general de los miércoles, celebrada en la Plaza de San Pedro y a la que asistieron más de 15.000 personas. San Beda nació alrededor del 672, en la región inglesa de Northumbria. Cuando tenía siete años sus parientes lo confiaron al abad de un cercano monasterio benedictino para su educación. Se le considera, como explicó el Santo Padre, "uno de los más insignes eruditos de la Alta Edad Media" y " la enseñanza y la fama de sus escritos le hicieron acreedor de muchas amistades con las personalidades principales de su época, que lo alentaron a proseguir en su labor que beneficiaba a tantas personas". "Las Sagradas Escrituras son la fuente constante de la reflexión teológica de Beda", que lee "los hechos del Antiguo y Nuevo Testamento" juntos, como "camino hacia Cristo, aunque se expresen en signos e instituciones diversas". Citando concretamente la construcción del antiguo templo de Jerusalén, "a cuya construcción contribuyeron también paganos poniendo a disposición materiales preciosos y la experiencia técnica de sus maestros de obra, también en la edificación de la Iglesia -dijo el Papa- contribuyen apóstoles y maestros procedentes no solo de las antiguas estirpes judía, griega y latina, sino también de los nuevos pueblos, entre los que Beda se complace de enumerar a los Celtas irlandeses y a los Anglosajones". El Papa recordó algunas de las obras del santo, como la "Chronica Maiora, donde traza una cronología que pasará a ser la base del calendario universal "ab incarnatione Domine", o la "Historia eclesiástica de los pueblos anglos", por la que se le reconoce como el padre de la historiografía inglesa". "Los rasgos característicos de la Iglesia que Beda ama evidenciar son la catolicidad como fidelidad a la tradición y al mismo tiempo apertura a la historia y como búsqueda de la "unidad en la diversidad" y "la apostolicidad y el carácter romano". En este sentido piensa que es de importancia capital convencer a todas las iglesias célticas irlandesas y de los pictos para que celebren la Pascua según el calendario romano". Beda "también fue un insigne maestro de teología litúrgica, (...) educando a los fieles a celebrar con alegría los misterios de la fe y a reproducirlos coherentemente en la vida, a la espera de su plena manifestación al regreso de Cristo". "Gracias a su manera de hacer teología, entrelazando Biblia, liturgia e historia, Beda tiene un mensaje actual para los diversos estados de vida del cristiano. A los intelectuales (...) les recuerda dos tareas esenciales: escrutar las maravillas de la Palabra de Dios para presentarlas de forma atractiva a los fieles; exponer las verdades dogmáticas evitando las complicaciones heréticas y ateniéndose a la "sencillez católica" con la actitud de los pequeños y humildes a los que Dios se complace en revelar los misterios del Reino". dar la prioridad a la predicación, no solo mediante el lenguaje verbal o hagiográfico, sino valorizando las imágenes, las procesiones y las peregrinaciones. (...) A las personas consagradas les recomienda prestar atención al apostolado, (...) colaborando con los obispos en actividades pastorales de diverso tipo en favor de las jóvenes comunidades cristianas y haciéndose disponibles a la misión evangelizadora".
Por su parte, los pastores "deben
El santo erudito afirma que "Cristo quiere una Iglesia industriosa (...) que excave en otros campos (...), es decir, dispuesta a insertar el Evangelio en el tejido social y en las instituciones culturales" y "exhorta a los fieles laicos a ser asiduos en la instrucción religiosa, (...) enseñándoles cómo rezar continuamente, (...) ofreciendo todas las acciones como sacrificio espiritual en unión con Cristo". Beda el Venerable murió en mayo del año 735. "Es un hecho que con sus obras -concluyó el Papa- contribuyó eficazmente a la construcción de una Europa cristiana".
|
||||||||||||