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Tesoros de Roma: El Coliseo
EL COLISEO
Grandiosidad y crueldad El Anfiteatro Flavio, que era su nombre original, refleja a la perfección el genio romano, capaz de acometer empresas de gran envergadura cuidando a la vez hasta los menores detalles prácticos.
Todo en esta construcción estaba pensado para que sus enormes dimensiones y su solidez no fuesen en detrimento ni de la belleza ni de la funcionalidad. El equilibrio arquitectónico se logró gracias a los tres pisos de arcadas, en los que se distribuyeron sabiamente los espacios para dar sensación de ligereza. El sentido práctico estaba presente en multitud de aspectos: en los accesos, con más de ochenta puertas que permitían llenar y vaciar el anfiteatro en pocos minutos; en la distribución de los asientos, calculada para que desde cada uno de los cincuenta mil puestos pudiera verse perfectamente la arena; en el sistema de toldos que protegían a la multitud del sol y de la lluvia, y que eran extendidos por un equipo de cien soldados de la marina; en la compleja red de subterráneos, donde había ascensores de poleas para izar a los combatientes y a las fieras... Se tardó ocho años en levantar este grandioso edificio, empleando en el trabajo a unos doce mil esclavos; en su mayoría eran hebreos, hechos prisioneros por Tito después de la destrucción de Jerusalén, en el año 70. El nuevo Amphitheatrumfue inaugurado en el año 80, con un programa de espectáculos y festejos que duró cien días: fallecieron en la arena centenares de gladiadores, y murieron unos cinco mil animales salvajes. También por entonces se celebraron las primeras naumachiae, combates navales que se realizaban inundando el interior y que, por su novedad, debieron de impresionar vivamente a los romanos. Los sucesivos emperadores compitieron para ofrecer al pueblo espectáculos cada año más aparatosos. Séneca ya se había lamentado en el pasado de la espiral de violencia e inhumanidad a la que conducía este tipo de entretenimientos. El pueblo pedía sensaciones cada vez más fuertes, porque sólo le interesaba la sangre, el puro homicidio y las matanzas, cuanto más crueles y sofisticadas mejor.
En ese contexto, las ejecuciones de los condenados no resultaban demasiado interesantes para el público, ya que los indefensos reos apenas presentaban resistencia a los verdugos o las fieras. Por eso se llevaban a cabo a última hora de la mañana, como intermedio entre las luchas de gladiadores que se habían visto hasta ese momento y las que se tendrían por la tarde. Muchos de esos condenados, que perdían su vida ante espectadores embrutecidos y con frecuencia indiferentes, eran cristianos. Aunque también el Circo Máximo, el Circo de Nerón y otros lugares de la Urbe fueron escenario de la muerte de muchos cristianos, en 1749 el Papa Benedicto XIV consagró el Coliseo como lugar santo en memoria de la Pasión de Cristo y de los sufrimientos de los mártires. Ese mismo año, hizo colocar alrededor de la arena las estaciones del Vía Crucis. Un martirio insigne in Amphitheatrum Un ejemplo conmovedor de cómo afrontaban el martirio los primeros cristianos nos lo ha dejado San Ignacio de Antioquía, muerto en tiempos del emperador Trajano. Convertido del paganismo, Ignacio fue el segundo sucesor de San Pedro en la sede episcopal de Antioquía. El año 107 fue detenido, condenado adbelvas -a las fieras- y enviado a Roma bajo custodia militar para cumplir allí su pena.
Del largo viaje desde Siria a la capital del Imperio conocemos bastantes detalles por el historiador Eusebio de Cesarea y, sobre todo, gracias a las siete cartas que el mismo San Ignacio escribió a las Iglesias de otras tantas ciudades para fortalecerles en la fe y prevenirles ante las herejías gnósticas, que por entonces empezaban a extenderse. Todas las cartas empiezan con el saludo de Ignacio, llamado también Teoforo, portador de Dios. Muy lleno de Dios iba San Ignacio, como refleja el tono de gozo que tienen sus cartas: cordialmente en Jesucristo y en una alegría inmaculada..., son las palabras con que saluda a los efesios; desea a los de Magnesia una sobreabundante alegría en Dios Padre y en Jesucristo; y a los filadelfios les manda un saludo en la sangre de Jesucristo, que es alegría eterna y constante... Las razones de su felicidad eran totalmente sobrenaturales, ya que el futuro mártir conocía lo que le aguardaba; y los esbirros que le conducían no destacaban precisamente por su delicadeza: desde Siria hasta Roma, escribe, voy luchando con las fieras, por tierra y mar, de día y de noche, encadenado a diez leopardos, esto es, a un pelotón de soldados. Éstos, a pesar del bien quereciben, se hacen peores. Con sus malos tratos voy siendo más discípulo [de Cristo]. San Ignacio se gozaba de compartir la Cruz de Jesús, y tenía el deseo ardiente de que su identificación con Nuestro Señor se completase con el martirio. Por eso, ruega a los cristianos que no intercedan por él ante las autoridades y expresa su deseo de que las fieras se lancen a devorarle rápidamente: no me vaya asuceder, dice, como algunos a los que, acobardadas, no tocaron. Eran famosos algunos casos en que los animales hambrientos no habían atacado a los cristianos o incluso se habían echado mansamente a sus pies, ante el asombro de los espectadores. Según antiguas tradiciones, así sucedió a Santa Martina, San Alejandro y San Marino, entre otros santos.
El obispo de Antioquía fue arrojado a los leones in Amphitheatrum. Así vio cumplido su anhelo: Soy trigo de Dios, y es preciso que sea molido por los dientes de las fieras, para convertirme en pan inmaculado de Cristo. Después del horrible espectáculo, los cristianos lograron rescatar algunos huesos del mártir, los custodiaron con veneración y más tarde los enviaron a Antioquía: vosotros habéis gozado de su episcopado -decía San Juan Crisóstomo a los fieles de la ciudad siria- y los romanos han admirado su martirio. El Señor os ha quitado por poco tiempo este precioso tesoro para mostrarlo a los romanos, y os lo ha devuelto con gloria mayor. En el siglo VII, sin embargo, a causa de las invasiones sarracenas, las reliquias fueron trasladadas de nuevo a Roma, y hoy reposan en la iglesia de San Clemente. Allí se puede acudir ahora para, siguiendo un consejo del Crisóstomo, sacar frutos espirituales de estos sagrados restos, ya que son como un tesoro del que se puede tomar parte sin que nunca se agote.
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Tesoros de Roma:
EL PANTEÓN
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BREVE HISTORIA DEL PANTEÓN |
| Panteón | |||
"Elmás bello recuerdo de la antigüedad romana es sin lugar a dudas elPanteón. Este templo ha sufrido tan poco, que aparenta estar igual queen la época de los romanos." Stendhal
Al entrar en la Piazza Della Rotonda, el Panteónse alza de improviso ante los ojos del visitante, como si su mole depiedra gris emergiera incólume de la profundidad de los siglos. Esquizá el edificio mejor conservado de la antigua Roma, y su enorme cúpula constituye un alarde arquitectónico sin parangón.
Pero lo más impresionante viene cuando uno atraviesa el pórtico de vetustascolumnas, penetra entre las abiertas puertas de bronce y llega alinterior del templo. Descubre allí la inesperada maravilla de la luz,que afluye desde la redonda abertura del techo, resbala por las paredescilíndricas e invade todo el espacio con su serenidad dorada, llena demajestad y reposo.
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Vista interior del Panteón
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El Panteón, como su nombre indica, era el templo que los romanos habían dedicado a una pluralidad de dioses. En la forma que ha llegado hasta nuestros días, fue construido bajo Adriano, entre los años 118 y 128 de nuestra era.
Siglos más tarde, cuando el Imperio romano ya había sido en gran parte evangelizado, el emperador Focas lo donó a la Iglesia, y en el año 609 el Papa Bonifacio IV lo transformó en la iglesia de Santa María ad Martyres. A partir de entonces, el templo fue también un gran relicario, porque el Papa quiso que custodiase los restos de millares de cristianos, muchos de ellos mártires, que hasta ese momento se encontraban en las catacumbas.
En esa época ya tardía, casi en los albores de la Edad Media, la dedicación del antiguo Panteón pagano a los mártires ponía de manifiesto en qué alto grado la Iglesia se reconocía deudora de quienes habían sido testigos de Cristo hasta el extremo de entregar su vida por la fe. Niños como Tarsicio, vírgenes como Inés y Cecilia, madres de familia como Perpetua, ancianos como Policarpo… habían sido, en su debilidad, más fuertes que todas las legiones; habían triunfado, como el Maestro, en la locura de la Cruz, y por eso merecían ser cantados y venerados en los siglos sucesivos.
En la historia de la Iglesia son muy numerosos los santos que han pasado al menos una temporada en Roma y se han distinguido por su devoción a los mártires. Un ejemplo es Santa Catalina de Siena, que residió en la Ciudad Eterna al final de su vida y gustaba de ir a rezar ante las memorias de los Apóstoles y de los primeros cristianos que habían dado su vida por la fe.
| Vista lateral del Panteón | |||
Santa Catalina había acudido a Roma a ruegos del Papa Urbano VI, necesitado de su oración y consejo ante la gravísima crisis del Cisma de Occidente. La santa residía en una casa situada muy cerca del Panteón, acompañada por más de veinte caterinati (así llamaban a sus discípulos) quela habían seguido desde Siena.
En la Urbe, Catalina siguió entregándose de lleno al servicio de la Iglesia y del Romano Pontífice: por invitación de Urbano VI,habló durante un consistorio a los cardenales, instándoles a confiar enel Señor y a estar firmes en la defensa de la verdad; escribió cartas alos reyes de los principales países de Europa, para convencerles areconocer al único y verdadero Vicario de Cristo;también se dirigió –con su estilo persuasivo, lleno de fuego- a variaspersonalidades de la cristiandad de aquel tiempo, animándoles a queacudieran a Roma per fare muro, para hacer muro en torno al Papa;y pacificó a los mismos habitantes de Roma cuando, a causa de lasintrigas urdidas por los cismáticos, se produjeron tumultos en laciudad.
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| Santa María Sopra Minerva | |||
Y, por encima de todo, Catalina se dedicó a rezar.Ella misma describió en una carta escrita pocos meses antes de morir,cuando ya estaba gravemente enferma, cómo eran sus jornadas: “Cerca delas nueve, cuando salgo de oír Misa, veréis andar una muerta camino de San Pedro y entrar de nuevo a trabajar (orando) en la nave de la Santa Iglesia.Allí me estoy hasta cerca de la hora de vísperas. No quisiera movermede allí ni de día ni de noche, hasta ver a este pueblo sumiso yafianzado en la obediencia de su Padre, el Papa”.
Santa Catalina hacía suyos los sufrimientos de la Iglesia en aquellas horas difíciles. En Roma, el Señor quiso aceptar el ofrecimiento de su vida por la Iglesia, que la santa le había reiterado en muchas ocasiones.
Así, agotada por el dolor que oprimía su corazón a causa del cisma que desgarraba el Cuerpo Místico de Cristo,y padeciendo además graves dolencias físicas, entregó su alma a Diosrodeada de sus discípulos, a los que no se cansaba de recomendar queviviesen la caridad fraterna y que también ellos estuviesen dispuestosa dar la vida por la Iglesia.
Detrás del Panteón, y muy cerca de la calle donde vivía Santa Catalina, se encuentra la iglesia de Santa María sopra Minerva,donde reposan sus sagrados restos, en una sarcófago situado bajo elaltar mayor. Esta iglesia –la única de estilo gótico en Roma- conservaen su interior gran cantidad de obras de arte de autores muyreconocidos, pero desde finales del siglo XIV ha sido visitada antetodo por fieles deseosos de acudir a la intercesión de la gran santa de Siena.
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Vista interior del Panteón
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A former US diplomat argues that it is time for nations that truly respect human rights, to ditch the UNHRC for a body
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¿Sabes quién era...?
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Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general en la que presentó la figura de Pablo de Tarso (III) “El Espíritu Santo quiere ser «alma de nuestra alma»” Asegura el Papa al meditar sobre las enseñanzas de san Pablo sobre la tercera Persona de la Trinidad CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 15 noviembre 2006 (ZENIT.org).-
El Espíritu Santo quiere ser «alma de nuestra alma», explicóBenedicto XVI este miércoles durante la audiencia general. La tercera Persona de la Trinidad es «la parte más secreta de nuestro ser», «suple nuestras carencias y ofrece al Padre nuestra adoración, junto con nuestras aspiraciones más profundas», aclaró. En la meditación que ofreció a los miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano, el pontífice siguió profundizando por tercera vez en la vida y obra del apóstol Pablo, en particular, en su enseñanza sobre el Espíritu Santo. Saulo de Tarso, recordó, no sólo muestra que el Espíritu Santo imprime el empuje para «testimoniar el Evangelio por los caminos del mundo», como se muestra en los Hechos de los Apóstoles, sino que además ilustra «su presencia en la vida del cristiano». «Es decir --aclaró--, Pablo reflexiona sobre el Espíritu mostrando su influjo no solamente sobre el actuar del cristiano sino sobre sumismo ser». Para el «decimotercer apóstol», recordó, «el Espíritu nos penetra hasta en nuestras profundidades personales más íntimas». Por el Espíritu, recibido en el Bautismo, el cristiano puede exclamar «¡Abbá, Padre!», aclara en la carta a los Romanos (8, 2.15). «En esto consiste nuestra gran dignidad: no somos sólo imagen, sino hijos de Dios», comentó el Papa. De este modo, según dijo en una mañana soleada, «no puede haber auténtica oración sin la presencia del Espíritu en nosotros». «El Espíritu del Padre y del Hijo, se convierte como en el alma de nuestra alma, la parte más secreta de nuestro ser, de la que se eleva incesantemente hacia Dios un movimiento de oración, del que no podemos ni siquiera precisar los términos», indicó.
Esta constatación llevó al Papa a exhortar a los presentes a «ser cada vez más sensibles, más atentos a esta presencia del Espíritu en nosotros, a transformarla en oración, a experimentar esta presencia y a aprender de este modo a rezar, a hablar con el Padre como hijos en el Espíritu Santo». Recordando una famosa frase de san Agustín de Hipona: «Ves la Trinidad si ves el amor», el obispo de Roma aclaró que: «el Espíritu es esa potencia interior que armoniza su corazón [de los creyentes] con el corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos como Él los ha amado». «El Espíritu nos estimula a entablar relaciones de caridad con todos los hombres. De este modo, cuando amamos dejamos espacio al Espíritu, le permitimos expresarse en plenitud». La catequesis concluyó con un llamamiento a comprender que «la acción del Espíritu orienta nuestra vida hacia los grandes valores del amor, de la alegría, de la comunión y de la esperanza». Ha sido la tercera meditación del Papa de una serie en la que presentará figuras de hombres y mujeres de los orígenes de la Iglesia, después de haber meditado en los doce apóstoles. Ver texto completo [Resumen realizado por Zenit] subir anterior / siguiente volver
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Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general en la que presentó la figura de Pablo de Tarso (IV) ”Quien encuentra a la Iglesia, encuentra a Cristo” Asegura el Papa en la audiencia general CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 22 noviembre 2006 (ZENIT.org).
Quien encuentra a la Iglesia, encuentra a Cristo, constató Benedicto XVI en la audiencia general de este miércoles. Por eso, el Papa afirmó: «Un no cristiano que entra en una asamblea nuestra al final debería poder decir: “Verdaderamente Dios está con vosotros”». En esta frase concentró una de las grandes lecciones que dejó el apóstol Pablo con su vida y obras. El obispo de Roma dedicó su cuarta y última meditación sobre Saulo de Tarso a ilustrar su visión sobre «La vida en la Iglesia». Escucharon sus palabras 50.000 peregrinos --el doble de los previstos según «Radio Vaticano»-- que en la plaza de San Pedro desafiaron la violenta lluvia. Al rememorar la historia del «decimotercer» apóstol, el pontífice explicó que «la historia nos demuestra que se llega normalmente a Jesús pasando a través de la Iglesia». Pablo, de hecho, «encontró a la Iglesia antes de encontrar a Jesús». Ahora bien, explicó, «en su caso, este contacto fue contraproducente: no provocó la adhesión, sino más bien una repulsión violenta». El apóstol descubrió la Iglesia «gracias una intervención directa de Cristo, quien al revelarse en el camino de Damasco, se identificó con la Iglesia y le dio a entender que perseguir a la Iglesia era perseguirle a Él, el Señor»: «Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?» (Cf. Hechos 9, 4). «Entonces, Pablo se convirtió, al mismo tiempo, a Cristo y a la Iglesia», indicó, explicando que de este modo se entiende la importancia que el apóstol da en sus escritos a la Iglesia, a la que llamaba «cuerpo de Cristo», definición «que no encontramos en otros autores cristianos del siglo I». «La raíz más profunda de esta sorprendente definición de la Iglesia la encontramos en el Sacramento del cuerpo de Cristo», señaló, aclarando que «en la misma Eucaristía Cristo nos da su Cuerpo y nos hace su Cuerpo». «No sólo se da una pertenencia de la Iglesia a Cristo, sino también una cierta forma de equiparación e identificación de la Iglesia con el mismo Cristo», subrayó.
De aquí, recalcó, «se deriva la grandeza y la nobleza de la Iglesia, es decir, de todos nosotros que formamos parte de ella: del hecho de ser miembros de Cristo, una especie de extensión de su presencia personal en el mundo». «Y de aquí se deriva, naturalmente --añadió--, nuestro deber de vivir realmente en conformidad con Cristo». Por este motivo, siguió explicando, Pablo «llega a presentar a la Iglesia como esposa de Cristo», retomando «una antigua metáfora profética, que hacía del pueblo de Israel la esposa del Dios de la alianza». «Expresa así hasta qué punto son íntimas las relaciones entre Cristo y su Iglesia, ya sea porque es objeto del más tierno amor por parte de su Señor, ya sea porque el amor tiene que ser mutuo y que nosotros, en cuanto miembros de la Iglesia, tenemos que demostrarle una fidelidad apasionada». «Esta es nuestra definición: formamos parte de los que invocan el nombre del Señor Jesucristo», dijo, indicando que al mismo tiempo en esto constituye la gran responsabilidad del cristiano. Ver texto completo [Resumen realizado por Zenit] subir anterior / siguiente volver
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