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BASÍLICA DE SAN PEDRO EL VATICANO
BREVE HISTORIA DE LA BASÍLICA
El martirio de San Pedro
San Pedro fue martirizado durante la persecución contra los cristianos decretada por Nerón tras el incendio de Roma, en el año 64. El Príncipe de los Apóstoles había llegado a la Urbe algunos años antes, siguiendo el mandato del Señor que recoge el Evangelio de Marcos: id al mundo entero ypredicad el Evangelio a toda criatura. El que crea y sea bautizado se salvará; pero el que no crea, se condenará. Él había sido el primero en confesar la divinidad del Señor, había acompañado al Señor durante los tres años de su vida pública y había recibido del Maestro las llaves del Reino de los Cielos: era la cabeza de la Iglesia, y su presencia en la capital del Imperio convertía a esta ciudad en el centro y el corazón de la naciente expansión cristiana. Después de una vida al servicio de la Iglesia, cuando empezó la persecución, Pedro comprendió que había llegado el momento de seguir a Cristo hasta identificarse totalmente con Él. No tardó en ser apresado y ajusticiado en una cruz: cabeza abajo, porque en su humildad juzgó que no era digno de morir del mismo modo que Nuestro Señor.
Es muy probable que el lugar de su martirio fueran los hortinerones, unas tierras que el emperador poseía en los alrededores de la antigua Roma, junto a la colina Vaticana. Allí Calígula había comenzado a edificar un circo privado, cuya construcción prosiguió Claudio y que fue finalmente terminado en tiempos de Nerón. Quizás la ejecución de Pedro ocurrió durante uno de los espectáculos que se celebraban en ese lugar. A veces Nerón abría las puertas de su estadio a los ciudadanos de Roma, y él mismo corría en su carro vestido de auriga ante el pueblo que lo aclamaba. De la dinámica de aquellos festejos durante la persecución a los cristianos nos ha dejado un buen testimonio el historiador pagano Tácito: «Los que morían eran tratados con escarnio. Cubiertos de pieles de animales, eran degollados por perros; o eran suspendidos en cruces; o, incluso, cuando ya se ponía el sol, se los quemaba vivos para iluminar la oscuridad de la noche».
Los cristianos recogieron el cuerpo sin vida de Pedro y lo enterraron junto a la ladera de la colina Vaticana, muy cerca del estadio de Nerón, aunque ya fuera de las propiedades del emperador. La tumba era de humilde tierra, pero desde el primer momento se convirtió en meta de frecuentes visitas de los cristianos romanos. Antiguas tradiciones afirman que el primer Papa se alojaba en el Esquilino, en la casa del Senador Pudente, que fue una de las primeras domus ecclesiae en la Urbe y sobre la que después se edificó la basílica de Santa Pudenciana. También debió de ser frecuente la presencia de Pedro en la casa de Aquila y Priscila -el matrimonio colaborador de San Pablo, del que el Apóstol de las Gentes habla varias veces en sus cartas-, que se encontraba en el Aventino, donde hoy se alza la pequeña iglesia de Santa Prisca. Muchas peticiones alzarían los primeros cristianos ante la tumba de San Pedro. Resultaba natural que esta veneración se tradujese, también materialmente, en un progresivo enriquecimiento de la tumba de Pedro. Es seguro que al menos desde el siglo II, ya se había edificado un modesto monumento funerario sobre la primitiva tumba de tierra. Por otro lado, no olvidaban los cristianos las palabras que el Señor dirigió a Simón, dándole un nuevo nombre mientras le indicaba la nueva misión que debería llevar a cabo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella.
La tumba de San Pedro
Durante muchos siglos, movidos por la fe y por su confianza en esta tradición, los peregrinos que llegaban a Roma de todas partes han venerado la memoria del Príncipe de los Apóstoles en su Basílica, convencidos de que allí se encuentra su tumba. Actualmente, gracias a las excavaciones arqueológicas realizadas a mediados del siglo XX por deseo de Pío XII, es posible rezar ante la misma sepultura de San Pedro. Esas excavaciones no hicieron sino confirmar, punto por punto, los datos que había transmitido la tradición: se descubrió el circo de Nerón, una necrópolis con enterramientos paganos y cristianos en buen estado de conservación, y sobre todo se encontró el humilde monumento de la tumba de Pedro, que correspondía a las antiquísimas descripciones literarias de ese edículo y que, en efecto, se hallaba justo debajo de los sucesivos altares de la Basílica. También se comprobó que, rodeando esa tumba, había otras muchas excavadas apretadamente, para que estuviesen lo más cerca posible a la central; y fue enormemente revelador el estudio de los grafitti -o inscripciones- en las paredes, pues indicaban de modo evidente que aquél era un lugar de culto cristiano y contenían numerosas aclamaciones a Pedro.
Una de esas inscripciones había sido grabada junto a un pequeño lóculo, o apertura en el muro. Ese nicho contenía los restos de un varón anciano, de constitución robusta, y en algún momento habían sido envueltos en una tela color púrpura y oro. La inscripción sobre el lóculo, en griego, decía: PETROS ENI, es decir,“Pedro está aquí”. La Iglesia de Cristo es romana, porque la Providencia divina dispuso que en Roma estuviese la sede de Pedro, fuente de unidad y garantía de la transmisión del depósito de la fe revelada. Para un cristiano, que goza de la luz de la fe, Roma no es sólo una ciudad de gran interés artístico o histórico, sino mucho más: es su Casa, una vuelta a sus orígenes, el escenario de una maravillosa historia -ladel Amor infinito de Dios que quiere llegar a la humanidad entera- que será siempre actual y que nos interpela especialmente al comienzo del tercer milenio, cuando todos los hijos de la Iglesia tenemos por delante el reto de la nueva evangelización.
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Visita virtual a la Basílica de San Pedro (http://www.vatican.va/various/basiliche/san_pietro/vr_tour/index-en.html)
Primera parte del vídeo sobre la Basílica de San Pedro
Segunda parte del vídeo sobre la Basílica de San Pedro
Tercera parte del vídeo sobre la Basílica de San Pedro
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Tesoros de Roma: El Coliseo
EL COLISEO
Grandiosidad y crueldad El Anfiteatro Flavio, que era su nombre original, refleja a la perfección el genio romano, capaz de acometer empresas de gran envergadura cuidando a la vez hasta los menores detalles prácticos.
Todo en esta construcción estaba pensado para que sus enormes dimensiones y su solidez no fuesen en detrimento ni de la belleza ni de la funcionalidad. El equilibrio arquitectónico se logró gracias a los tres pisos de arcadas, en los que se distribuyeron sabiamente los espacios para dar sensación de ligereza. El sentido práctico estaba presente en multitud de aspectos: en los accesos, con más de ochenta puertas que permitían llenar y vaciar el anfiteatro en pocos minutos; en la distribución de los asientos, calculada para que desde cada uno de los cincuenta mil puestos pudiera verse perfectamente la arena; en el sistema de toldos que protegían a la multitud del sol y de la lluvia, y que eran extendidos por un equipo de cien soldados de la marina; en la compleja red de subterráneos, donde había ascensores de poleas para izar a los combatientes y a las fieras... Se tardó ocho años en levantar este grandioso edificio, empleando en el trabajo a unos doce mil esclavos; en su mayoría eran hebreos, hechos prisioneros por Tito después de la destrucción de Jerusalén, en el año 70. El nuevo Amphitheatrumfue inaugurado en el año 80, con un programa de espectáculos y festejos que duró cien días: fallecieron en la arena centenares de gladiadores, y murieron unos cinco mil animales salvajes. También por entonces se celebraron las primeras naumachiae, combates navales que se realizaban inundando el interior y que, por su novedad, debieron de impresionar vivamente a los romanos. Los sucesivos emperadores compitieron para ofrecer al pueblo espectáculos cada año más aparatosos. Séneca ya se había lamentado en el pasado de la espiral de violencia e inhumanidad a la que conducía este tipo de entretenimientos. El pueblo pedía sensaciones cada vez más fuertes, porque sólo le interesaba la sangre, el puro homicidio y las matanzas, cuanto más crueles y sofisticadas mejor.
En ese contexto, las ejecuciones de los condenados no resultaban demasiado interesantes para el público, ya que los indefensos reos apenas presentaban resistencia a los verdugos o las fieras. Por eso se llevaban a cabo a última hora de la mañana, como intermedio entre las luchas de gladiadores que se habían visto hasta ese momento y las que se tendrían por la tarde. Muchos de esos condenados, que perdían su vida ante espectadores embrutecidos y con frecuencia indiferentes, eran cristianos. Aunque también el Circo Máximo, el Circo de Nerón y otros lugares de la Urbe fueron escenario de la muerte de muchos cristianos, en 1749 el Papa Benedicto XIV consagró el Coliseo como lugar santo en memoria de la Pasión de Cristo y de los sufrimientos de los mártires. Ese mismo año, hizo colocar alrededor de la arena las estaciones del Vía Crucis. Un martirio insigne in Amphitheatrum Un ejemplo conmovedor de cómo afrontaban el martirio los primeros cristianos nos lo ha dejado San Ignacio de Antioquía, muerto en tiempos del emperador Trajano. Convertido del paganismo, Ignacio fue el segundo sucesor de San Pedro en la sede episcopal de Antioquía. El año 107 fue detenido, condenado adbelvas -a las fieras- y enviado a Roma bajo custodia militar para cumplir allí su pena.
Del largo viaje desde Siria a la capital del Imperio conocemos bastantes detalles por el historiador Eusebio de Cesarea y, sobre todo, gracias a las siete cartas que el mismo San Ignacio escribió a las Iglesias de otras tantas ciudades para fortalecerles en la fe y prevenirles ante las herejías gnósticas, que por entonces empezaban a extenderse. Todas las cartas empiezan con el saludo de Ignacio, llamado también Teoforo, portador de Dios. Muy lleno de Dios iba San Ignacio, como refleja el tono de gozo que tienen sus cartas: cordialmente en Jesucristo y en una alegría inmaculada..., son las palabras con que saluda a los efesios; desea a los de Magnesia una sobreabundante alegría en Dios Padre y en Jesucristo; y a los filadelfios les manda un saludo en la sangre de Jesucristo, que es alegría eterna y constante... Las razones de su felicidad eran totalmente sobrenaturales, ya que el futuro mártir conocía lo que le aguardaba; y los esbirros que le conducían no destacaban precisamente por su delicadeza: desde Siria hasta Roma, escribe, voy luchando con las fieras, por tierra y mar, de día y de noche, encadenado a diez leopardos, esto es, a un pelotón de soldados. Éstos, a pesar del bien quereciben, se hacen peores. Con sus malos tratos voy siendo más discípulo [de Cristo]. San Ignacio se gozaba de compartir la Cruz de Jesús, y tenía el deseo ardiente de que su identificación con Nuestro Señor se completase con el martirio. Por eso, ruega a los cristianos que no intercedan por él ante las autoridades y expresa su deseo de que las fieras se lancen a devorarle rápidamente: no me vaya asuceder, dice, como algunos a los que, acobardadas, no tocaron. Eran famosos algunos casos en que los animales hambrientos no habían atacado a los cristianos o incluso se habían echado mansamente a sus pies, ante el asombro de los espectadores. Según antiguas tradiciones, así sucedió a Santa Martina, San Alejandro y San Marino, entre otros santos.
El obispo de Antioquía fue arrojado a los leones in Amphitheatrum. Así vio cumplido su anhelo: Soy trigo de Dios, y es preciso que sea molido por los dientes de las fieras, para convertirme en pan inmaculado de Cristo. Después del horrible espectáculo, los cristianos lograron rescatar algunos huesos del mártir, los custodiaron con veneración y más tarde los enviaron a Antioquía: vosotros habéis gozado de su episcopado -decía San Juan Crisóstomo a los fieles de la ciudad siria- y los romanos han admirado su martirio. El Señor os ha quitado por poco tiempo este precioso tesoro para mostrarlo a los romanos, y os lo ha devuelto con gloria mayor. En el siglo VII, sin embargo, a causa de las invasiones sarracenas, las reliquias fueron trasladadas de nuevo a Roma, y hoy reposan en la iglesia de San Clemente. Allí se puede acudir ahora para, siguiendo un consejo del Crisóstomo, sacar frutos espirituales de estos sagrados restos, ya que son como un tesoro del que se puede tomar parte sin que nunca se agote.
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Tesoros de Roma:
EL PANTEÓN
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BREVE HISTORIA DEL PANTEÓN |
| Panteón | |||
"Elmás bello recuerdo de la antigüedad romana es sin lugar a dudas elPanteón. Este templo ha sufrido tan poco, que aparenta estar igual queen la época de los romanos." Stendhal
Al entrar en la Piazza Della Rotonda, el Panteónse alza de improviso ante los ojos del visitante, como si su mole depiedra gris emergiera incólume de la profundidad de los siglos. Esquizá el edificio mejor conservado de la antigua Roma, y su enorme cúpula constituye un alarde arquitectónico sin parangón.
Pero lo más impresionante viene cuando uno atraviesa el pórtico de vetustascolumnas, penetra entre las abiertas puertas de bronce y llega alinterior del templo. Descubre allí la inesperada maravilla de la luz,que afluye desde la redonda abertura del techo, resbala por las paredescilíndricas e invade todo el espacio con su serenidad dorada, llena demajestad y reposo.
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Vista interior del Panteón
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El Panteón, como su nombre indica, era el templo que los romanos habían dedicado a una pluralidad de dioses. En la forma que ha llegado hasta nuestros días, fue construido bajo Adriano, entre los años 118 y 128 de nuestra era.
Siglos más tarde, cuando el Imperio romano ya había sido en gran parte evangelizado, el emperador Focas lo donó a la Iglesia, y en el año 609 el Papa Bonifacio IV lo transformó en la iglesia de Santa María ad Martyres. A partir de entonces, el templo fue también un gran relicario, porque el Papa quiso que custodiase los restos de millares de cristianos, muchos de ellos mártires, que hasta ese momento se encontraban en las catacumbas.
En esa época ya tardía, casi en los albores de la Edad Media, la dedicación del antiguo Panteón pagano a los mártires ponía de manifiesto en qué alto grado la Iglesia se reconocía deudora de quienes habían sido testigos de Cristo hasta el extremo de entregar su vida por la fe. Niños como Tarsicio, vírgenes como Inés y Cecilia, madres de familia como Perpetua, ancianos como Policarpo… habían sido, en su debilidad, más fuertes que todas las legiones; habían triunfado, como el Maestro, en la locura de la Cruz, y por eso merecían ser cantados y venerados en los siglos sucesivos.
En la historia de la Iglesia son muy numerosos los santos que han pasado al menos una temporada en Roma y se han distinguido por su devoción a los mártires. Un ejemplo es Santa Catalina de Siena, que residió en la Ciudad Eterna al final de su vida y gustaba de ir a rezar ante las memorias de los Apóstoles y de los primeros cristianos que habían dado su vida por la fe.
| Vista lateral del Panteón | |||
Santa Catalina había acudido a Roma a ruegos del Papa Urbano VI, necesitado de su oración y consejo ante la gravísima crisis del Cisma de Occidente. La santa residía en una casa situada muy cerca del Panteón, acompañada por más de veinte caterinati (así llamaban a sus discípulos) quela habían seguido desde Siena.
En la Urbe, Catalina siguió entregándose de lleno al servicio de la Iglesia y del Romano Pontífice: por invitación de Urbano VI,habló durante un consistorio a los cardenales, instándoles a confiar enel Señor y a estar firmes en la defensa de la verdad; escribió cartas alos reyes de los principales países de Europa, para convencerles areconocer al único y verdadero Vicario de Cristo;también se dirigió –con su estilo persuasivo, lleno de fuego- a variaspersonalidades de la cristiandad de aquel tiempo, animándoles a queacudieran a Roma per fare muro, para hacer muro en torno al Papa;y pacificó a los mismos habitantes de Roma cuando, a causa de lasintrigas urdidas por los cismáticos, se produjeron tumultos en laciudad.
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| Santa María Sopra Minerva | |||
Y, por encima de todo, Catalina se dedicó a rezar.Ella misma describió en una carta escrita pocos meses antes de morir,cuando ya estaba gravemente enferma, cómo eran sus jornadas: “Cerca delas nueve, cuando salgo de oír Misa, veréis andar una muerta camino de San Pedro y entrar de nuevo a trabajar (orando) en la nave de la Santa Iglesia.Allí me estoy hasta cerca de la hora de vísperas. No quisiera movermede allí ni de día ni de noche, hasta ver a este pueblo sumiso yafianzado en la obediencia de su Padre, el Papa”.
Santa Catalina hacía suyos los sufrimientos de la Iglesia en aquellas horas difíciles. En Roma, el Señor quiso aceptar el ofrecimiento de su vida por la Iglesia, que la santa le había reiterado en muchas ocasiones.
Así, agotada por el dolor que oprimía su corazón a causa del cisma que desgarraba el Cuerpo Místico de Cristo,y padeciendo además graves dolencias físicas, entregó su alma a Diosrodeada de sus discípulos, a los que no se cansaba de recomendar queviviesen la caridad fraterna y que también ellos estuviesen dispuestosa dar la vida por la Iglesia.
Detrás del Panteón, y muy cerca de la calle donde vivía Santa Catalina, se encuentra la iglesia de Santa María sopra Minerva,donde reposan sus sagrados restos, en una sarcófago situado bajo elaltar mayor. Esta iglesia –la única de estilo gótico en Roma- conservaen su interior gran cantidad de obras de arte de autores muyreconocidos, pero desde finales del siglo XIV ha sido visitada antetodo por fieles deseosos de acudir a la intercesión de la gran santa de Siena.
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Vista interior del Panteón
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¿Sabes quién era...?
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Intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general en la que presentó la figura de Pablo de Tarso (III) “El Espíritu Santo quiere ser «alma de nuestra alma»” Asegura el Papa al meditar sobre las enseñanzas de san Pablo sobre la tercera Persona de la Trinidad CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 15 noviembre 2006 (ZENIT.org).-
El Espíritu Santo quiere ser «alma de nuestra alma», explicóBenedicto XVI este miércoles durante la audiencia general. La tercera Persona de la Trinidad es «la parte más secreta de nuestro ser», «suple nuestras carencias y ofrece al Padre nuestra adoración, junto con nuestras aspiraciones más profundas», aclaró. En la meditación que ofreció a los miles de peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano, el pontífice siguió profundizando por tercera vez en la vida y obra del apóstol Pablo, en particular, en su enseñanza sobre el Espíritu Santo. Saulo de Tarso, recordó, no sólo muestra que el Espíritu Santo imprime el empuje para «testimoniar el Evangelio por los caminos del mundo», como se muestra en los Hechos de los Apóstoles, sino que además ilustra «su presencia en la vida del cristiano». «Es decir --aclaró--, Pablo reflexiona sobre el Espíritu mostrando su influjo no solamente sobre el actuar del cristiano sino sobre sumismo ser». Para el «decimotercer apóstol», recordó, «el Espíritu nos penetra hasta en nuestras profundidades personales más íntimas». Por el Espíritu, recibido en el Bautismo, el cristiano puede exclamar «¡Abbá, Padre!», aclara en la carta a los Romanos (8, 2.15). «En esto consiste nuestra gran dignidad: no somos sólo imagen, sino hijos de Dios», comentó el Papa. De este modo, según dijo en una mañana soleada, «no puede haber auténtica oración sin la presencia del Espíritu en nosotros». «El Espíritu del Padre y del Hijo, se convierte como en el alma de nuestra alma, la parte más secreta de nuestro ser, de la que se eleva incesantemente hacia Dios un movimiento de oración, del que no podemos ni siquiera precisar los términos», indicó.
Esta constatación llevó al Papa a exhortar a los presentes a «ser cada vez más sensibles, más atentos a esta presencia del Espíritu en nosotros, a transformarla en oración, a experimentar esta presencia y a aprender de este modo a rezar, a hablar con el Padre como hijos en el Espíritu Santo». Recordando una famosa frase de san Agustín de Hipona: «Ves la Trinidad si ves el amor», el obispo de Roma aclaró que: «el Espíritu es esa potencia interior que armoniza su corazón [de los creyentes] con el corazón de Cristo y los mueve a amar a los hermanos como Él los ha amado». «El Espíritu nos estimula a entablar relaciones de caridad con todos los hombres. De este modo, cuando amamos dejamos espacio al Espíritu, le permitimos expresarse en plenitud». La catequesis concluyó con un llamamiento a comprender que «la acción del Espíritu orienta nuestra vida hacia los grandes valores del amor, de la alegría, de la comunión y de la esperanza». Ha sido la tercera meditación del Papa de una serie en la que presentará figuras de hombres y mujeres de los orígenes de la Iglesia, después de haber meditado en los doce apóstoles. Ver texto completo [Resumen realizado por Zenit] subir anterior / siguiente volver
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