Vídeo excepcional con tomas aéreas de la ciudad de Jerusalén y de otros lugares de Tierra Santa, como Cafarnaún, Masada, el Mar Muerto… Es una producción llamada jerusalemthemovie.com concebida para ser proyectada en cines Imax 3D en 2013. Espectacular…
JERUSALEM es una película creada por Imax. Tiene como productor ejecutivo a Jakers Eberts (Gandhi, Bailando con lobos, El río de la vida y Paseando a Miss Daisy) , producida por Taran Davies, George Duffield y Daniel Ferguson. El equipo también está trabajando estrechamente con los asesores y expertos de cada una de las principales religiones monoteístas, así como los principales arqueólogos e historiadores.
La película intenta acercarse al mundo de Jerusalén desde un punto de vista académico, político y religioso, en definitiva, el objetivo de esta es hacer ver en esta ciudad algo nuevo y excitante.
Para rodar varias partes de esta película han tenido diversos problemas. La Ciudad Vieja de Jerusalén por ejemplo, es una zona de exclusión aérea y, por lo tanto, han tenido que pedir varios permisos a los ministros, a la policía y al ejército. También han tenido que hablar con religiosos y poner al corriente al público de la realización de ese rodaje. Después de grabar muchos minutos (100) en el aire ahora pasan a grabar desde el suelo.
Este formato de cine (Imax 3D) fue creado en 1960 por cineastas canadienses. Una combinación de imágenes con una increíble alta resolución, proyectores con tecnología de última generación, pantallas gigantes, salas de cine de geometría única y sonido de seis canales envolvente hace que la experiencia cinematográfica te lleve a la inmersión en el mundo de Jerusalén de aquella época.
Jerusalén fue lanzado en 2013 para IMAX ® 3D, Omnimax y otros cines de pantalla gigante en 3D.
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Según los números del Vaticano son
1. Brasil (172,2 millones),
2. México (110,9),
3. Filipinas (83,6),
4. EE.UU (72,3),
5. Italia (58,0),
6. Francia (48,3),
7. Colombia (45,3),
8. España (43,3),
9. República Democrática del Congo (43,2) y
10. Argentina (40,8).
El año pasado se recogieron en esa fecha 5.275.601 dólares y 1.833.339 euros, destinados a la Custodia de Tierra Santa, el Patriarcado Latino de Jerusalén, las comunidades católicas de rito oriental (greco melquita, copta, maronita, siria, caldea y armenia) y las congregaciones religiosas con casa allí.
Estos fondos van destinados al fomento de las peregrinaciones, a la formación de candidatos al sacerdocio, al sostenimiento del clero, a la actividad educativa y cultural, a la conservación de los Lugares Santos, a la ayuda a las víctimas de la guerra y al servicio a los necesitados, tanto en Tierra Santa como en los países que remiten a los primeros tiempos del cristianismo: Jerusalén, Palestina, Israel, Jordania, Chipre, Siria, Líbano, Egipto, Etiopía, Eritrea, Turquía, Irán e Irak.
Según el ecónomo de la Custodia de Tierra Santa, fray Ramzi Sidawi, la colecta del Viernes Santo “es esencial para la vida de la Custodia, con ella se cubre aproximadamente el 75% de nuestro presupuesto anual”: “Todo lo que se recolecta de los fieles del mundo entero se presenta a la Congregación para las Iglesias Orientales que gestiona la colecta y distribuye el porcentaje mayor a la Custodia, porque es la que guarda y cuida los santuarios.
La mayor parte va a las obras pastorales y sociales de la Custodia: tenemos varias parroquias, varias escuelas y algunas obras sociales en Belén, Jerusalén, Nazaret. El resto se dona a las otras Iglesias de Tierra Santa, que también tienen necesidades”.
El padre Sidawi explica la doble importancia de esta donación.
En primer lugar, “para custodiar y conservar los santuarios de nuestra redención. Esta era la intención de Francisco de Asís desde el primer momento: vivir y cuidar el conjunto de los Santos Lugares donde Jesús y su madre María vivieron. Ellos se han convertido para nosotros en la actualidad en el quinto Evangelio”.
Y, en segundo lugar, “ayudar a los cristianos de esta tierra a seguir viviendo su fe. Es una ayuda que se fundamenta en el principio de la solidaridad: el cristiano es solidario, no se guarda el bien solo para sí sino que lo comparte con sus hermanos. El cristiano es invitado a dar y la Biblia nos enseña que hay más alegría en dar que en recibir”.
Mantener la presencia de cristianos en Tierra Santa es el principal objetivo de toda ayuda a los lugares donde vivió Jesucristo y se obró nuestra redención.
Os invito a dedicar hoy cinco minutos, diez minutos, sentados, sin radio, sin televisión; sentados y pensando en la propia historia
Entrevista a Gabriel Larrauri, autor del libro "Orar con los Primeros cristianos”
PAMPLONA, domingo 20 de febrero de 2011 (ZENIT.org).- Los primeros cristianos no sólo son todavía hoy ejemplo de vida, sino también maestros de oración, considera Gabriel Larrauri.
Este economista, interesado en temas del cristianismo primitivo, que acaba de publicar en la editorial Planeta Testimonio, “Orar con los Primeros Cristianos”.
Se trata de un libro que reúne una selección de textos de los primeros escritores del cristianismo y de los Padres de la Iglesia.
– ¿En estos momentos en los que oímos hablar de persecución a los cristianos en tantos lugares del planeta, el ejemplo de los primeros cristianos puede ayudarnos en algo?
Gabriel Larrauri: Efectivamente, en el reciente informe sobre libertad religiosa que publica la organización católica Ayuda a la Iglesia Necesitada, el Cristianismo es la religión más perseguida en el mundo, con al menos 200 millones de personas discriminadas. En estos momentos, tener la referencia del modo de comportarse de los primeros cristianos nos ayuda a afrontar esas circunstancias.
La persecución no es algo que sea nuevo en la historia de la Iglesia y probablemente seguirá sucediendo, pero conocer el ejemplo de vida de los que han sabido superar esas situaciones tan adversas, llegando incluso a entregar su vida por mantenerse firmes a su fe, nos puede llenar de fortaleza a la vez que nos mueva a procurar defender la libertad de esas personas, como lo hicieron los primeros apologistas cristianos, que actuaron con fortaleza al denunciar las injusticias que se cometían a su alrededor.
– Hablar de los primeros cristianos en pleno siglo XXI parece, a primera vista, propio de una mentalidad anclada en el pasado. ¿hasta qué punto es correcto este planteamiento?
Gabriel Larrauri: No lo es de ninguna manera. Los primeros cristianos tienen una extraordinaria vigencia cultural, sobre todo a la hora de comprender el mundo en el que vivimos y la interacción entre cristianismo y mundo contemporáneo.
La cultura occidental está configurada desde el cristianismo, y por tanto a partir del esfuerzo de los primeros cristianos: ellos son las “raíces cristianas” de Europa. Es importante resaltar este hecho, pues el cristianismo se extendió a todo el mundo precisamente desde Europa.
Sin embargo,cada vez es mayor el acoso cultural y mediático, la marginación efectiva que sufre el Cristianismo. En este sentido, la manera coherente en que los cristianos queremos vivir nuestra fe se puede calificar de arriesgada, y de ahí precisamente nace la enorme actualidad de los primeros cristianos, que vivieron una situación socio-cultural parecida y afrontaron con toda naturalidad sus riesgos.
– ¿Qué pretende este libro? ¿Qué nos pueden sugerir unos textos de escritores tan alejados de nosotros en el tiempo? ¿Realmente tienen algo que decirnos a los que vivimos en una sociedad totalmente diferente a la que encontraron los primeros cristianos?
Gabriel Larrauri: La selección de textos que se presenta en este libro busca dar a conocer la vida de los primeros cristianos a las mujeres y a los hombres del siglo XXI: hacernos presente el espíritu que ellos vivieron, tal como ellos mismos lo han contado.
Se pretende con este libro que los primeros escritores cristianos hablen directamente al lector, y que este diálogo directo sea enriquecedor para quien lo mantenga con ánimo abierto y oído atento.
Se trata de poner al alcance de los lectores algunos de los tesoros que se encuentran en sus escritos y que no son fácilmente conocidos por quienes no son especialistas.
Estos textos de la antigüedad cristiana tienen un especial atractivo porque nos permiten captar el mensaje cristiano en sus fuentes originarias. Viajamos a los tiempos del nacimiento de la Iglesia. Nos permiten acercarnos a los primeros eslabones de esta fabulosa cadena que a lo largo de la historia ha transformado el mundo.
– ¿Podría decirnos algo sobre los escritores que podemos encontrar en este libro? ¿Qué período de tiempo abarca?
Gabriel Larrauri: En las páginas de este libro se incluyen textos de los Padres Apostólicos y los escritores de finales del siglo I y de la primera mitad del siglo II (San Clemente de Roma, San Ignacio de Antioquía, San Policarpo de Esmirna…), que son verdaderos testigos de los comienzos, ya que conectan directamente con los tiempos de los Apóstoles.
Los Padres y apologistas de los siglos II y III, que fueron auténticos defensores de la fe, ante las duras persecuciones (San Justino, Atenágoras, Teófilo de Antioquía,…) y ante la aparición de las primeras herejías (San Ireneo de Lyon, Orígenes, Clemente de Alejandría, Tertuliano, San Cipriano de Cartago…).
Y termina con los grandes Padres de Oriente y de Occidente del siglo IV y de la primera mitad del V. Concretamente hasta San Agustín de Hipona (354-430).
En las páginas finales se recoge una breve “información biográfica” sobre cada uno de ellos, de modo que se pueda conocerlos mejor y hacerse cargo de las circunstancias que rodearon su vida.
Cabe destacar también el interesante índice temático que ofrece y que le convierte en un excelente libro de consulta.
Más información sobre el libro: “Orar con los Primeros Cristianos”.
Hay 3 tipos de personas que no huyen de una guerra: los que combaten, los que no pueden huir y los que se quedan para ayudar a los demás.
Originario de la región de Nínive-Mosul, hoy Irak. Tenemos pocas noticias sobre su vida; de todos modos, mantuvo relaciones estrechas con los ambientes ascético-monásticos de la Iglesia siríaca. Según algunas fuentes, dirigió incluso un monasterio y, por último, fue consagrado obispo. Escribió veintitrés discursos conocidos con el nombre de «Exposiciones» o «Demostraciones».
Era originario de una comunidad eclesial quese encontraba en la frontera entre el judaísmo y el cristianismo. Por eso, mantenía una relación estrecha con el mundo judío y con sus libros sagrados. Se definía significativamente a sí mismo como «discípulo de la Sagrada Escritura». («Exposición» 22, 26).
CIUDAD DEL VATICANO, 21 NOV 2007 (ZENIT.org).-
La oración, para el cristiano, es llevar a Jesús en el corazón, considera Benedicto XVI.
«Según este antiguo “Sabio”, la oración se realiza cuando Cristo habita en el corazón del cristiano, y loinvita a un compromiso coherente de caridad con el prójimo», explicó el Santo Padre a los más de 15 mil peregrinos congregados en la plaza de San Pedro del Vaticano.

Mosul
Citando al obispo iraquí, el Papa explicó que la oración «es aceptada cuando consuela al prójimo. La oración es escuchada cuando en ella se encuentra también el perdón de las ofensas. La oración es fuerte cuando rebosa de la fuerza de Dios».
«Con estas palabras, Afraates nos invita a una oración que se convierte en vida cristiana, en vida realizada, en vida impregnada de fe, de apertura a Dios y, así, de amor al prójimo», explicó el Santo Padre.
Fiel a la tradición siríaca, el sabio obispo presentó la salvación realizada por Cristo «como una curación y, por consiguiente, a Cristo mismo como médico».
«En cambio, considera el pecado como una herida, que sólo la penitencia puede sanar».
«Un hombre que ha sido herido en batalla --decía Afraates--, no se avergüenza de ponerse en las manos de un médico sabio». Y añadía: «del mismo modo, quien ha sido herido por Satanás no debe avergonzarse de reconocer su culpa y alejarse de ella, pidiendo el remedio de la penitencia».
Para el Papa al igual que para Afraates, Cristo es el «maestro de oración».
Otro aspecto importante en Afraates es el ayuno, que interpretaba en sentido amplio. Hablaba del ayuno del alimento como una práctica necesaria para ser caritativo, del ayuno constituido por la continencia con vistas a la santidad, del ayuno de las palabras vanas o detestables, del ayuno de la cólera, del ayuno de la propiedad de los bienes con vistas al ministerio, y del ayuno del sueño para dedicarse a la oración.
La humildad -observó Afraates- no es un valor negativo: «Si la raíz del hombre está plantada en la tierra, sus frutos suben ante el Señor de la grandeza» («Exposición» 9, 14). Siendo humilde, incluso en la realidad terrena en la que vive, el cristiano puede entrar en relación con el Señor: «El humilde es humilde, pero su corazón se eleva a alturas excelsas. Los ojos de su rostro observan la tierra y los ojos de su mente la altura excelsa» («Exposición» 9, 2).
Arqueólogos las encuentran 1.400 años después, lo que demuestra la gran presencia de los cristianos en Oriente Medio
Durante unas obras de restauración en una autopista cerca de Jerusalén, un grupo de obreros encontró una aldea enterrada durante mucho tiempo y, pronto, los arqueólogos tenían una buena cantidad de reliquias que añadir al ya enorme tesoro de antigüedades que relatan la historia de Cristo y sus seguidores en Oriente Medio.
A principios de marzo, arqueólogos israelíes anunciaban el descubrimiento de la aldea, cuyo nombre se cree que era Einbikumakube. Dentro de las paredes de un edificio había un extraño escondite con unas monedas de época bizantina. Se cree que corresponden a los años en torno a 604-609 debido a las imágenes del emperador que muestra cada una.
“Estas monedas nos ofrecen una excepcional mirada al antiguo mundo cristiano”, decía la arqueóloga Annette Landes-Nagar.
The Washington Post recoge que las monedas probablemente fueron depositadas en las paredes del edificio “en torno al 614, hacia el final del periodo cuando los ejércitos persas invadieron Tierra Santa, destruyendo iglesias y comunidades cristianas, justo antes del auge del islam en la zona”.
“El tesoro se encontró junto a unas piedras enormes que se habían derrumbado a lo largo del edificio. Parece que durante un momento de peligro el propietario depositó las monedas en una bolsa de tela que luego ocultó dentro de un hueco oculto en el muro”, afirmó la arqueóloga. “Probablemente confiaba en poder regresar y recogerlas, pero hoy sabemos que no fue capaz”.
La autora del artículo de The Washington Post señala:
En una época en que la presencia cristiana en todo Oriente Medio está disminuyendo y los creyentes se enfrentan a la persecución, arqueólogos en Israel afirman que más de un tercio de los aproximadamente 40.000 objetos que se encuentran en el país cada año están relacionados de alguna forma con el cristianismo.
Es una evidencia potente que ofrece pruebas de la conexión cristiana con la Tierra Santa y Oriente Medio, junto al judaísmo y el islam.
Con todo lo que se ha descubierto en excavaciones arqueológicas, Gideon Avni, jefe de la división arqueológica de la Autoridad de Antigüedades de Israel, considera que los arqueólogos pueden reconstruir con precisión la vida de Jesús desde la basílica de la Natividad.
Eugenio Alliata, un profesor de arqueología cristiana de la Escuela bíblica franciscana en Jerusalén, afirmó que “lo que se ha descubierto hasta la fecha corrobora los relatos bíblicos de la vida de Jesús y pone su existencia en un contexto real”, según informa The Washington Post.
Una vez leí en Internet una descripción de la caridad que me pareció básicamente equivocada, pero con un punto de realidad. Venía a decir que la caridad es algo que hace que alguien mire a los demás por encima del hombro como diciéndole: yo soy bueno y tú no…
Ciertamente eso no es la caridad, sino una deformación de la caridad que la destruye, lo que podríamos llamar la enfermedad de “la hipocresía de la caridad” o de “el amor fingido”. El punto de realidad, lamentablemente, es la existencia de esa enfermedad. Por eso es bueno reconocerla, preguntarse por sus causas y su tratamiento.
De esto se ha ocupado el Papa Francisco en su audiencia general del 15 de marzo. Se ha referido una vez más a la autenticidad del amor cristiano, de la caridad. Esa es, dice, nuestra vocación más alta, a la que está unida la alegría de la esperanza.
Se apoya Francisco en un pasaje de la Carta a los Romanos (Rm 12, 9-13) donde san Pablo pide que la caridad esté libre de hipocresía y que se compartan las necesidades de los hermanos, procurando practicar la hospitalidad. Y observa inmediatamente el Papa: o sea que existe el riesgo de que nuestro amor sea hipócrita. ¿Cuándo sucede esto y cómo podemos estar seguros de que nuestro amor es sincero y nuestra caridad auténtica?
Como si de un microbiólogo se tratase, explica Francisco que “la hipocresía puede insinuarse por todas partes, hasta en nuestro modo de amar”. Y esto se comprueba cuando caemos en la cuenta de que nuestro amor es “interesado”, movido por intereses personales; ¡y cuántos amores interesados hay! Por ejemplo, “cuando los servicios caritativos en losque parece que nos prodigamos se hacen para mostrarnos a nosotros mismos o para sentirnos pagados: ¡Hay que ver lo bueno que soy!”
También puede suceder que hagamos cosas que tengan “visibilidad” para que se vea nuestra inteligencia o nuestra capacidad. “Detrás de todo eso —observa el Papa— hay una idea falsa, engañosa, es decir que, si amamos, es porque somos buenos; como si la caridad fuese una creación del hombre, un producto de nuestro corazón”.
En efecto, actuar así es hipocresía: un engaño a los demás que arranca de un autoengaño. Tiene su raíz en pensar de manera voluntarista, lo que en último término es una falta de realismo cristiano; es decir, una falta de ver las cosas, las personas y los acontecimientos a la luz de la fe. Y en eso consiste esa enfermedad. Así se explica que a veces nuestra caridad pueda ser fingida, ciertamente, como una telenovela, algo que no es realidad.
Sigue explicando Francisco lo que en realidad es la caridad, con palabras sencillas y a la vez profundas: “La caridad, en cambio, es ante todo una gracia, un regalo; poder amar es un don de Dios, y tenemos que pedirlo. Y Él lo da de buen grado, si nosotros lo pedimos. La caridad es una gracia: no consiste en hacer ver lo que somos, sino lo que el Señor nos da y que nosotros libremente acogemos; y no se puede expresar en el encuentro con los demás si antes no es engendrada por el encuentro con el rostro manso y misericordioso de Jesús”.
Así es, porque los cristianos amamos con el amor de Jesús. Y vamos enfocando el tratamiento que cura el amor fingido. Claramente la unión con Jesús es la primera condición para poder amar a los demás. Esto es indispensable pero no es suficiente. ¿Y por qué? ¿Es que acaso la luz y la fuerza del amor de Cristo no bastan para vencer todas las tinieblas y debilidades propias y ajenas y llevarnos a un amor auténtico? Por supuesto que de por sí la gracia que nos viene por la unión con Jesús es luz y vida de Dios y por tanto es omnipotente. Pero, a la vez, el Señor ha querido “someterse” a nuestra naturaleza —limitada— y colaborar con nuestra libertad; incluso sabiendo que somos pecadores y que nuestro modo de amar está marcado por el pecado.
Esta triste realidad —continúa el Papa— la reconoce san Pablo. Pero al mismo tiempo nos dice que nosotros podemos vivir el gran mandamiento del amor, precisamente siendo instrumentos de la caridad de Dios. ¿Y cómo y cuándo sucede esto?
Así lo apunta Francisco sin renunciar al lenguaje médico: “Esto sucede cuando nos dejamos curar y renovar el corazón por Cristo resucitado. El Señor resucitado que vive entre nosotros, que vive con nosotros es capaz de curar nuestro corazón: lo hace, si se lo pedimos. Es Él quien nos permite, a pesar de nuestra pequeñez y pobreza, experimentar la compasión del Padre y celebrar las maravillas de su amor”.
O sea que, además de estar bien unidos a Jesucristo, hemos de pedirle que nos cure de esa posible enfermedad, de esa “hipocresía del amor”, con una oración parecida a esta: “Señor, cúrame, enséñame a amar como Tú, unido a ti, lejos de todo fingimiento e hipocresía, sin buscar quedar bien ni parecer bueno, aunque esto último —el parecer bueno— quizá no se pueda evitar del todo. Pero a mí no me interesa para nada el parecer, sino el ser lo que tú quieras que sea, con todas mis limitaciones pero sirviéndote a ti y a mis hermanos”.
Y sigue la argumentación del Papa: “Se comprende entonces que todo lo que podemos vivir y hacer por los hermanos no es otra cosa que la respuesta a lo que Dios ha hecho y sigue haciendo por nosotros. Es más, es Dios mismo quien, tomando morada en nuestro corazón y en nuestra vida, sigue haciéndose cercano y sirviendo a todos los que encontramos cada día en nuestro camino, empezando por los últimos y los más necesitados, en los que reconocemos en primer lugar a Él”.
Concluye Francisco que san Pablo no quiere reprocharnos, sino animarnos y reavivar nuestra esperanza. Y apela de nuevo al realismo: “Porque todos tenemos la experiencia de no vivir de lleno o como deberíamos el mandamiento del amor”. Pero, observa que esta experiencia “también es una gracia, porque nos hace comprender que no somos capaces de amar de verdad: necesitamos que el Señor renueve continuamente ese don en nuestro corazón, a través de la experiencia de su infinita misericordia”.
Así es de coherente el actuar de Dios y así es de claro lo que nos pide: estar unidos a Él por la gracia, vivir, por tanto, lejos del pecado. Y nos pide la oración humilde y perseverante del que se sabe poca cosa, en comparación con los horizontes del amor cristiano (¡amar con Jesús y como Él!). Es como si se nos dijera: para que tu amor, vuestro amor, sea auténtico, tienes y tenéis que fiaros más de Dios. Personalmente, pegarte a Él, tomarte la oración y la vida sacramental más en serio. Y luego y continuamente vigilar (examinarse a diario, aunque sea dos minutos al final de la jornada) para ser coherente en el amor.
Si lo hacemos así, daremos un salto enorme de calidad en nuestro amor y en nuestra vida. Y eso nos ayudará a redescubrir lo más grande en lo más pequeño y cotidiano. Porque la vida de las personas está hecha de pequeñas cosas que se hacen grandes por el amor:
“Entonces sí que volveremos a apreciar las cosas pequeñas, las cosas sencillas, ordinarias; volveremos a apreciar todas esas cosas pequeñas de todos los días y seremos capaces de amar a los demás como los ama Dios, queriendo su bien, o sea, que sean santos, amigos de Dios; y estaremos contentos por la posibilidad de hacernos cercanos a quien es pobre y humilde, como Jesús hace con cada uno de nosotros cuando estamos alejados de Él, de inclinarnos a los pies de los hermanos, como Él, Buen Samaritano, hace con cada uno de nosotros, con su compasión y su perdón”.
Iglesia y Nueva Evangelización
El estatus privilegiado se lo fue ganando a lo largo de los siglos y de las muchas funciones -no siempre glamurosas- que desempeñó.
La de escenario de espectáculos de masas fue la primera y, quizá, también la más conocida. Desde su construcción en el siglo I y durante casi cinco siglos, en la arena del Coliseo se desarrollaron luchas de gladiadores, naumaquias y martirios. 55.000 espectadores llegaban a llenar entonces las gradas del mayor anfiteatro del mundo.

2.000 años después, más de seis millones de turistas lo visitan cada año. Una larga historia que da para muchos usos, secretos y curiosidades.
La muestra Colosseo, un'icona, la mayor exposición hasta la fecha celebrada dentro del monumento, cuenta hasta el 7 de enero de 2018 cómo el Coliseo se convirtió en un símbolo de la 'romanidad'.
BBC Mundo habló con Riccardo Santangeli, uno de los curadores de la exhibición, sobre algunos de los aspectos menos conocidos de su historia.
En sus inicios, el Coliseo se conocía como Anfiteatro Flavio, en honor a la dinastía de emperadores que lo mandó construir.
Su edificación fue iniciada por el emperador Vespasiano y se concluyó en el año 80, ya bajo el mandato de Tito.
Se cuenta que para su inauguración, el emperador ordenó la celebración de unos juegos que duraron 100 días en los que -se dice- se mataron más de 5.000 fieras.

El nombre de Coliseo, aunque su origen es incierto, se cree que empezó a utilizarse debido a la cercanía de una gran estatua -un coloso- de Nerón.
Sin embargo, las colosales proporciones del anfiteatro quizá también ayudaron a que ese nombre se popularizara a partir de la Edad Media.
El anfiteatro perdió su uso original allá por el siglo VI, cuando se prohibieron los espectáculos de gladiadores y de caza.
Poco a poco, sus túneles, huecos y galerías fueron ocupados por los habitantes de Roma, que hicieron de él una extensión de la ciudad.
"Las excavaciones nos permiten establecer las fases de estos usos, cómo las grandes estancias y estructuras fueron utilizadas en la Edad Media como casas, almacenes, establos… Dentro del monumento se daba una vida cotidiana donde las personas cocinaban, comían, dormían y cuidaban de sus animales. El Coliseo era como un barrio", cuenta Riccardo Santangeli.

"Esta vida termina más o menos en el siglo XIV como consecuencia del terremoto que sufrió la ciudad de Roma en 1349, que destruye parte de esas estructuras y golpea también el anfiteatro", añade el profesor de la Universidad de Roma Tres.
Pero ese no fue el único uso curioso que tuvo el edificio durante la Edad Media. En aquella época, el gran anfiteatro se encontraba fuera del núcleo de la ciudad, que se ubicaba en el actual centro histórico de Roma.
Sin embargo, su emplazamiento le otorgó una importancia estratégica. Estamos a finales del siglo XI y principios del siglo XII y el Coliseo se encontraba a medio camino entre la ciudad y la residencia papal, que por aquel entonces se hallaba en el Laterano, algo más al oeste.

"Una de las grandes familias romanas, los Frangipane, hacen construir allí una fortaleza porque es una posición estratégica que controla la calle que une el centro de la ciudad con el Laterano, San Giovani Laterano, que era la residencia pontificia", apunta el profesor Santangeli.
Casi mil años después, de esa fortaleza no quedan restos visibles.
Tras el terremoto que sacudió Roma, el gran anfiteatro -en estado de ruina- entra en decadencia y es utilizado como vertedero y cantera de la que se extraen materiales de construcción para otros edificios en Roma.
"Se convierte enun sitio marginal de la ciudad, un lugar de basura. Tiene una vida marginal, ligada a una visión más bien tenebrosa", apunta el curador de la muestra.

"Sin embargo, esto es contemporáneo con el Renacimiento del Quattrocento y del Cinquecento, un momento en el que el Coliseo es redescubierto como patrimonio antiguo y una serie de artistas y dibujantes los reconfiguran como monumento", agrega.
Empieza así una nueva fase para el anfiteatro.
Coincidiendo en parte con la Contrarreforma, en los siglos XVII y XVIII, los Estados Pontificios reivindican el valor religioso del Coliseo, que en sus primeros años había servido de escenario para las torturas de los primeros cristianos.
La ruina donde habían encontrado cobijo los marginados adquiere una nueva vida.
"Comienza una cristianización del Coliseo, que tradicionalmente había sido visto como el lugar donde se mataba a los mártires cristianos. Con esta cristianización se llegan a construir capillas y un viacrucis y el Coliseo se consagra al culto de los mártires", señala Santangeli.
En la actualidad queda poco de aquel uso. El Papa sigue realizando un Viacrucis cada viernes Santo alrededor del anfiteatro, pero la mayor parte de las capillas y elementos religiosos que hubo en su interior fueron demolidos en el siglo XIX.
"Existe una capilla dentro que fue edificada en 1600 y que se conserva en uno de los túneles. Aún hoy, una cofradía celebra misas en ella los domingos", agrega el historiador.

Escenario de espectáculos y torturas, fortaleza, espacio residencial y comercial, cantera, lugar de culto… ¿En qué momento dejó el Coliseo de tener un uso "práctico" para transformarse en un monumento al que simplemente admirar?
De acuerdo con el profesor Santangeli, el redescubrimiento arqueológico comienza durante la ocupación napoleónica y continúa a lo largo del siglo XIX.
"Tras la unificación de Italia, después de 1870, se instaura el reino de Italia y termina el dominio de los papas sobre Roma. En ese momento, la memoria cristiana del Coliseo se abandona y se empieza a convertir en un símbolo de la 'romanidad'. Ese uso es muy visible, por ejemplo, bajo el fascismo, que busca en él un vínculo directo con la Antigüedad", señala el profesor.
La condición de ícono se consolida a lo largo del siglo XX, cuando el Coliseo entra en la cultura popular a través del cine. De "Vacaciones en Roma" (Roman Holiday, 1953) a "La Gran Belleza" (La grande Bellezza, 2013), su presencia se hace casi ineludible en las películas rodadas en la capital italiana.
Pero será el turismo -el de los viajeros adinerados del Grand Tour en el siglo XIX y el de los actuales fotógrafos de selfies- el que hará del viejo anfiteatro el material idóneo para postales e imanes de heladera.