Las representaciones populares de la Navidad han tendido a unir, en la misma noche del Nacimiento, la adoración de los pastores al Niño y la llegada de los Magos al portal. Esto ha surgido, sobre todo, por una necesidad “escénica”: una pintura o una representación de esa escena resulta mucho más rica y polifónica si unifica en una sola imagen a todos los personajes implicados; así aparece como más grandiosa.
Pero los teólogos suponen que ambos hechos estuvieron separados en el tiempo. Desde que avistaron la estrella, prepararon el viaje y llegaron a Jerusalén desde el lejano Oriente, debió pasar casi un año. Eso mismo parece sugerir la decisión de Herodes: “se informó por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella” (Mt 2, 7) y, teniendo eso a la vista, manda degollar no a los recién nacidos, sino a todos los varones menores de dos años: debieron decirle que la estrella apareció un año antes.
En las tres escenas que vimos ayer, la llegada de los pastores se muestra casi simultánea a la llegada de los Magos. Y algo similar sucede en Ben Hur. Aquí la escena arranca desde el portal. Los pastores, que han llegado unos minutos antes, se vuelven al oír unas pisadas y aparecen de espaldas los Magos. Entran en el establo y, con ellos, entra también la cámara. Se detienen un instante, se arrodillan y depositan sus presentes. Aún no hemos visto al Niño.
El director ha buscado el efecto sorpresa, y retrasa lo más posible el mostrarnos la sublime escena. En el mismo plano –no se ha interrumpido desde el principio- la cámara avanza y vemos al fin a Jesús, María y José. Tres grupos están perfectamente distribuidos en el espacio escénico, como en tres anillos concéntricos: los pastores, los Magos y la Sagrada Familia. Una escena sin palabras, que termina con un toque bocólico: un ternero acude dando saltos hasta su madre, subrayando así el símbolo fundamental de la maternidad.
También en La Natividad se hace coincidir la llegada de pastores y Magos. Aquí el juego de luces es intenso. Primero vemos a los Magos acercándose a contraluz. Luego aparece el establo iluminado por un haz luminoso que señala el lugar donde está Jesús (Mt 2, 9). Y, finalmente, se produce el encuentro de todos los personajes en la Luz (aunque el mundo está a oscuras). Por eso Gaspar exclama: “¡El más grande los Reyes… nacido en el lugar más humilde!”. Los Magos se miran, y uno de ellos añade: “Dios… hecho carne”.
En Jesús de Nazaret, a diferencia de los anteriores, la llegada de los Magos se produce meses después. José y María regresan con el Niño de la purificación en el templo y se sorprenden al ver unos pajes bien vestidos en la puerta de su casa. Ni es de noche ni están ahí los pastores: la imagen es completamente inédita. Además, tampoco se cobijan en una gruta: a José le ha dado tiempo a construir una casa de madera.
Y allí se produce el encuentro con los Magos: “No temáis. ¿Dónde está el Niño? Venimos de muy lejos para adorarle”. Se produce entonces un triple juego de miradas: de José y María a los Reyes, de éstos a Jesús, y de éste a la cámara (en esa mirada, el espectador se siente interpelado). Viene entonces la declaración de Baltasar, muy en línea con la escena anterior de La Natividad: “Al venir a aquí, a un establo, creí que nos equivocábamos; pero ahora veo que es muy justo”. Para hacer más explícito el mensaje, Gaspar añade: “No en la gloria, sino en la humildad”.
Los Magos fueron los primeros de la larguísima fila de aquellos que han sabido encontrar a Cristo en su propia vida y que han conseguido llegar a Aquel que es la luz del mundo, porque tuvieron humildad y no confiaron sólo en su propia sabiduría.
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 6 de enero de 2009.-
Así lo afirmó Benedicto XVI en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, durante la celebración de la Misa en la Basílica vaticana.
A Belén, explicó, llegaron “no los poderosos y los reyes de la tierra, sino unos Magos, personajes desconocidos, quizás vistos con sospecha, en todo caso indignos de particular atención”.
La adoración de los Magos
“Estos personajes procedentes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de aquellos que, a través de todas las épocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben caminar por los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar, así, a Aquél que es aparentemente débil y frágil, pero que en cambio es capaz de dar la alegría más grande y más profunda al corazón del hombre”, recordó el Papa.
“En Él, de hecho, se manifiesta la realidad estupenda de que Dios nos conoce y está cerca de nosotros, de que su grandeza y poder no se expresan en la lógica del mundo, sino en la lógica de un niño inerme, cuya fuerza es sólo la del amor que se nos confía”.
LOS DONES DE LOS MAGOS, ACTO DE JUSTICIA
El Papa recordó que los Magos llevaron en regalo a Jesús oro, incienso e mirra. “No son ciertamente dones que respondan a necesidades primarias”, admitió, subrayando que en aquel momento “la Sagrada Familia habría tenido ciertamente mucha más necesidad de algo distinto que el incienso y la mirra, y tampoco el oro podía serle inmediatamente útil”.
Estos dones, sin embargo, “tienen un significado profundo: son un acto de justicia”, afirmó.
Según la mentalidad oriental, “representan el reconocimiento de una persona como Dios y Rey: es decir, son un acto de sumisión”.
“La consecuencia que deriva de ello es inmediata. Los Magos no pueden ya proseguir por su camino”, explicó, “Han sido llevados para siempre al camino del Niño, la que les hará desentenderse de los grandes y los poderosos de este mundo y les llevará a Aquel que nos espera entre los pobres, el camino del amor que por sí solo puede transformar el mundo”.
“No sólo, por tanto, los Magos se han puesto en camino, sino que desde aquel acto ha comenzado algo nuevo, se ha trazado una nueva vía, ha bajado al mundo una nueva luz que no se ha apagado”.
Esa luz, añade el Papa, “no puede ya ser ignorada en el mundo: los hombres se moverán hacia aquel Niño y serán iluminados por la alegría que solo Él sabe dar”.
LA IMPORTANCIA DE LA HUMILDAD
“Muchos han visto la estrella, pero son pocos los que han entendido su mensaje”, constató.
“¿Cuál es la razón por las que unos ven y encuentren, y otros no? ¿Qué es lo que abre los ojos y el corazón? ¿Qué les falta a aquellos que permanecen indiferentes, a aquellos que indican el camino pero no se mueven?”, se pregunta el Papa.
El obstáculo que lo impide, explicó el Papa, es “la demasiada seguridad en sí mismos, la pretensión de conocer perfectamente la realidad, la presunción de haber ya formulado un juicio definitivo sobre las cosas volviendo cerrados e insensibles sus corazones a la novedad de Dios”.
“Lo que falta es la humildad auténtica, que sabe someterse a lo que es más grande, pero también el auténtico valor, que lleva a creer a lo que es verdaderamente grande, aunque se manifieste en un Niño inerme”.
Falta, añadió, “la capacidad evangélica de ser niños en el corazón, de asombrarse, y de salir de sí para encaminarse en el camino que indica la estrella, el camino de Dios”.
“El Señor sin embargo tiene el poder de hacernos capaces de ver y de salvarnos”, concluyó el Papa, pidiendo para los fieles “un corazón sabio e inocente, que nos consienta ver la estrella de su misericordia, nos encamine en su camino, para encontrarle y ser inundados por la gran luz y por la verdadera alegría que él ha traído a este mundo”.
Sin embargo, destacó el Papa, aunque los pocos de Belén que reconocieron al Mesías se han convertido en muchos a lo largo de la historia, “los creyentes en Jesucristo parecen ser siempre pocos”.
¿Qué es la Mirra?
"Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra", explica el evangelio de Mateo. Todo el mundo tiene una idea de lo que son el oro y el incienso pero, ¿qué pasa con la mirra, el tercer regalo que los Reyes Magos llevaron al niño Jesús?
Se trata de una resina aromática que exuda la Commiphora myrrha, un árbol que de forma natural crece al noreste de África, en Arabia y Turquía. De sabor muy amargo, la mirra fue un bien muy preciado en la antigüedad, ya que se empleaba para elaborar perfumes y ungüentos.
Esta sustancia también tiene numerosas propiedades medicinales y se usaba para tratar la ronquera, la disentería y como antiparasitaria. Además, Dioscórides también menciona en su tratado "De Materia Médica" las propiedades abortivas de la mirra. De forma frecuente esta resina era utilizada también como ungüento para embalsamar a los muertos.
Aunque no se sabe con exactitud el significado de este regalo, algunas hipótesis apuntan a que su sabor anunciaba proféticamente momentos muy amargos en la vida del Mesías.
La mirra -sustancia aromática también gomosa resultado de recoger la resina del árbol de la mirra-, tiene dos posibles interpretaciones como regalo a Jesús:
1. Se utilizaba como anestésico -normalmente mezclada con vino- y se puede interpretar como que el Señor venía a "quitar el dolor al mundo".
2. Pero también la mirra se empleaba para embalsamar a los muertos, por lo que podría representar "un anuncio de su pasión y una alegoría de que Jesús como hombre está sujeto a la muerte".
Francisco habla de la procesión que siguieron y asegura que ese camino de encuentro se repite en todas las épocas, también en la actualidad, reconociendo el mensaje que nos hace encontrar a Dios, “Los Magos representan a los hombres y a las mujeres en busca de Dios en las religiones y filosofías del mundo entero, una búsqueda que no acaba nunca”, dijo.
En su homilía de la Santa Misa del día de la Epifanía del Señor, el Papa habló y analizó profundamente la figura de los Magos de Oriente y su camino en busca del Mesías.
Francisco habla de la procesión que siguieron y asegura que ese camino de encuentro se repite en todas las épocas, también en la actualidad, reconociendo el mensaje que nos hace encontrar a Dios, “Los Magos representan a los hombres y a las mujeres en busca de Dios en las religiones y filosofías del mundo entero, una búsqueda que no acaba nunca”, dijo.
El Santo Padre explica como los Magos encontraron muchas dificultades, y tuvieron también tentaciones, como la de ir al palacio del rey pensando que el Niño Dios nacería allí, o como la de rechazar la pequeñez. Pero esto les sirvió para “reconocer que los criterios de Dios son muy distintos a los de los hombres”: “Dios nos habla en la humildad de su amor”.
“Los Magos han entrado en el misterio. Han pasado de los cálculos humanos al misterio, y éste es el camino de su conversión”, y en este contexto nos pregunta Francisco por nuestra conversión, y nos exhorta a pedir al Señor para que nos conceda vivir el mismo camino de conversión que vivieron los Magos, y para que tengamos siempre la inquietud de preguntarnos ¿dónde está la estrella?
Palabras del Papa
Ese Niño, nacido de la Virgen María en Belén, vino no sólo para el pueblo de Israel, representado en los pastores de Belén, sino también para toda la humanidad, representada hoy por los Magos de Oriente. Y precisamente hoy, la Iglesia nos invita a meditar y a rezar sobre los Magos y su camino en busca del Mesías.
Estos Magos que vienen de Oriente son los primeros de esa gran procesión de la que habla el profeta Isaías en la primera lectura (cf. 60,1-6). Una procesión que desde entonces no se ha interrumpido jamás, y que en todas las épocas reconoce el mensaje de la estrella y encuentra el Niño que nos muestra la ternura de Dios. Siempre hay nuevas personas que son iluminadas por la luz de su estrella, que encuentran el camino y llegan hasta él.
Según la tradición, los Magos eran hombres sabios, estudiosos de los astros, escrutadores del cielo, en un contexto cultural y de creencias que atribuía a las estrellas un significado y un influjo sobre las vicisitudes humanas. Los Magos representan a los hombres y a las mujeres en busca de Dios en las religiones y filosofías del mundo entero, una búsqueda que no acaba nunca. Hombres y mujeres en búsqueda.
Los Magos nos indican el camino que debemos recorrer en nuestra vida. Ellos buscaban la Luz verdadera: «Lumen requirunt lumine», dice el himno litúrgico de la Epifanía, refiriéndose precisamente a la experiencia de los Magos; “Lumen requirunt lumine”. Siguiendo una luz ellos buscan la luz. Iban en busca de Dios. Cuando vieron el signo de la estrella, lo interpretarony se pusieron en camino, hicieron un largo viaje.
El Espíritu Santo es el que los llamó e impulsó a ponerse en camino, y en este camino tendrá lugar también su encuentro personal con el Dios verdadero.
En su camino, los Magos encuentran muchas dificultades. Cuando llegan a Jerusalén van al palacio del rey, porque consideran algo natural que el nuevo rey nazca en el palacio real. Allí pierden de vista la estrella. ¡Cuantas veces se pierde la vista de la estrella! y se encuentran una tentación, puesta ahí por el diablo, es el engaño de Herodes. El rey Herodes muestra interés por el niño, pero no para adorarlo, sino para eliminarlo. Herodes es un hombre de poder, que sólo consigue ver en el otro a un rival. Y en el fondo, también considera a Dios como un rival, más aún, como el rival más peligroso. En el palacio los Magos atraviesan un momento de oscuridad, de desolación, que consiguen superar gracias a la moción del Espíritu Santo, que les habla mediante las profecías de la Sagrada Escritura. Éstas indican que el Mesías nacerá en Belén, la ciudad de David.
En este momento, retoman el camino y vuelven a ver la estrella. El evangelista apunta que experimentaron una «inmensa alegría» (Mt 2,10), una verdadera consolación. Llegados a Belén, encontraron «al niño con María, su madre» (Mt 2,11). Después de lo ocurrido en Jerusalén, ésta será para ellos la segunda gran tentación: rechazar esta pequeñez. Y sin embargo: «cayendo de rodillas lo adoraron», ofreciéndole sus dones preciosos y simbólicos. La gracia del Espíritu Santo es la que siempre los ayuda. Esta gracia que, mediante la estrella, los había llamado y guiado por el camino, ahora los introduce en el misterio. Aquella estrella que ha acompañado el camino les hace entrar en el misterio. Guiados por el Espíritu, reconocen que los criterios de Dios son muy distintos a los de los hombres, que Dios no se manifiesta en la potencia de este mundo, sino que nos habla en la humildad de su amor. ¿El amor de Dios es grande? ¡Sí! Pero el amor de Dios es humilde, ¡muy humilde! De ese modo, los Magos son modelos de conversión a la verdadera fe porque han dado más crédito a la bondad de Dios que al aparente esplendor del poder.
Y ahora nos preguntamos: ¿Cuál es el misterio en el que Dios se esconde? ¿Dónde puedo encontrarlo? Vemos a nuestro alrededor guerras, explotación de los niños, torturas, tráfico de armas, trata de personas… Jesús está en todas estas realidades, en todos estos hermanos y hermanas más pequeños que sufren tales situaciones (cf. Mt 25, 40.45). El pesebre nos presenta un camino distinto al que anhela la mentalidad mundana. Es el camino del anonadamiento de Dios, aquella humildad de amor de Dios se baja, se aniquila, de su gloria escondida en el pesebre de Belén, en la cruz del Calvario, en el hermano y en la hermana que sufren.
Los Magos han entrado en el misterio. Han pasado de los cálculos humanos al misterio, y éste es el camino de su conversión. ¿Y la nuestra? Pidamos al Señor que nos conceda vivir el mismo camino de conversión que vivieron los Magos. Que nos defienda y nos libre de las tentaciones que oscurecen la estrella. Que tengamos siempre la inquietud de preguntarnos, ¿dónde está la estrella?, cuando, en medio de los engaños mundanos, la hayamos perdido de vista. Que aprendamos a conocer siempre de nuevo el misterio de Dios, que no nos escandalicemos de la “señal”, de la indicación, aquella señal dicha por los Ángeles: «un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12), y que tengamos la humildad de pedir a la Madre, a nuestra Madre, que nos lo muestre. Que encontremos el valor de liberarnos de nuestras ilusiones, de nuestras presunciones, de nuestras “luces”, y que busquemos este valor en la humildad de la fe y así encontremos la Luz, Lumen, como han hecho los santos Magos. Que podamos entrar en el misterio. Que así sea.
¿Cómo pudo arraigar en la sociedad romana la fe cristiana, que defendía postulados éticos contrarios a los que regían las relaciones entre los hombres?
Una revolución gigantesca
POR JUAN MANUEL DE PRADA
Una visita a Roma, siguiendo las huellas del cristianismo primitivo, me ha impuesto un motivo de reflexión. ¿Cómo pudo arraigar en la sociedad romana una fe como la cristiana, que se sustentaba sobre una visión monoteísta de la divinidad y defendía postulados éticos totalmente extraños, incluso adversos, a los que por entonces regían las relaciones entre los hombres?
Basta leer la brevísima Carta de San Pablo a Filemón, en la que le propone que manumita a su esclavo Onésimo y lo acoja como si de un «hermano querido» se tratase, para que advirtamos que la conversión a la nueva fe proponía una subversión radical de los valores vigentes.
La esclavitud no era tan sólo una situación plenamente reconocida por la ley; era también el cimiento de la organización económica romana. Podemos entender que un esclavo se sintiese seducido por la prédica de un cristiano que le aseguraba que ningún otro hombre podía ejercer dominio sobre él.
Pero, ¿cómo un patricio que funda su fortuna sobre el derecho de propiedad que posee sobre otros hombres se aviene a amarlos «no sólo humanamente sino como hermanos en el Señor», no porque ninguna obligación legal se lo imponga, sino «por propia voluntad», como San Pablo le aconseja a Filemón que haga con Onésimo? Semejante cambio de mentalidad exige una revolución interior gigantesca.
Pongámonos en el pellejo de un patricio romano de los primeros siglos de nuestra era. Sabemos que por aquella época el culto a las divinidades del Olimpo era cada vez más laxo y protocolario. Sabemos también que los sucesivos emperadores que siguieron a Julio César se nombraron a sí mismos dioses, en un acto de arrogancia megalómana que a cualquier patricio romano con inquietudes espirituales le resultaría repugnante.
Probablemente ese patricio romano al que tratamos de evocar hubiese dejado de creer en los dioses paganos, cuyas andanzas se le antojarían una superchería; pero su mentalidad seguía siendo politeísta. La creencia en un Dios único se le antojaría un desatino propio de razas híspidas y fanáticas, oriundas de geografías desérticas, ajenas a la belleza multiforme del mundo.
Pero entonces nuestro patricio romano repara en la novedad del cristianismo. Dios se ha hecho hombre: no para encumbrarse en un trono y para que los demás hombres se prosternen a su paso, como hacían los degenerados emperadores a quienes le repugnaba adorar, ni para disfrutar de tal o cual gozo mundano, como hacían los habitantes del Olimpo; sino para participar de las limitaciones humanas, para probar sus mismas penalidades, para acompañar a los hombres en su andadura terrenal.
Y, al hacerse hombre, Dios hace que la vida humana, cada vida humana, se torne sagrada; a través de su encarnación, el Dios de los cristianos logra que cada ser humano, cada uno de esos «pequeñuelos» a los que se refiere el Evangelio, sea reflejo vivo, portador de divinidad. De repente, ese patricio romano siente que por fin ha hallado una fe que le permite adorar a un Dios único y seguir venerando la belleza multiforme del mundo de un modo, además, mucho más exigente, puesto que ahora esa belleza es sagrada, está poseída por ese Dios que ha querido compartir su misma naturaleza humana.
Para ese imaginario patricio romano que ahora tratamos de evocar en su proceso de conversión desde la mentalidad politeísta tuvo que desempeñar un papel decisivo el culto a los santos. En ellos debió encontrar una simbiosis perfecta entre aquella «virtus» que cultivaron sus ancestros y la nueva fe que hacía de cada hombre un portador de divinidad.
Y, sobre todos ellos, la figura de María. Los dioses del Olimpo elegían a las mujeres más bellas y distinguidas para disfrutar de un placentero revolcón y enseguida abandonar el lecho, con los primeros clarores del alba; el Dios de los cristianos había elegido a la mujer más humilde, una paria de Judea, casada con un carpintero zarrapastroso, para quedarse con ella, para quedarse en ella, para hacerse visible ante los hombres, para hacerse uno de ellos, a través de ella.
En la sociedad romana, la mujer ocupaba un lugar vicario del hombre; al haber confiado en una mujer como depositaria de su divinidad, el Dios cristiano había encumbrado la naturaleza femenina hasta cúspides inimaginables.
De repente, nuestro patricio romano supo que Dios estaba en él, que Dios estaba dentro de cada hombre y de cada mujer. Y se dispuso a abrazar esa revolución gigantesca con un ardor hasta entonces desconocido.
Artículo de Juan Manuel de Prada publicado en la revista XLSemanal
Es difícil explicar la profundidad de los gestos del Papa: su oración silenciosa en Auschwitz; su visita a Lesbos, corazón del drama de los refugiados; su abrazo al Patriarca de Moscú; la visita a recién nacidos enfermos; su oración silenciosa ante la Virgen de Guadalupe; el cierre de la Puerta Santa...
Al volver a verlos es fácil concluir que una imagen dice más que mil palabras.
¿Sabes quién era san Basilio de Cesarea?
San Basilio (330-379)nació en Cesarea de Capadocia y llegó a ser obispo de esa ciudad. Defendió la fe contra los arrianos que negaban la divinidad de Jesucristo y del Espíritu Santo; su preocupación principal fue la unidad de la Iglesia. Escritor egregio en todas las materias, y promotor de la vida monástica. Conocido como "el Magno", es doctor de la Iglesia.
San Basilio alienta a los jóvenes a vivir vida virtuosa y justa, afirma el Papa
CIUDAD DEL VATICANO,-
En la Audiencia General celebrada el miércoles, 1 agosto 2007, en Castel Gandolfo, el Papa Benedicto XVI retomó su reflexión en torno a uno de los Padres de la Iglesia, San Basilio, Obispo en el siglo IV de lo que es ahora Turquía, quien destaca la importancia de tomar de la cultura elementos en donde se atisbe la verdad de las cosas, y la necesidad que tienen los jóvenes de vivir la virtud, centrados en Cristo.
“Basilio se interesónaturalmente también en aquella porción elegida del Pueblo de Dios que son lo jóvenes, el futuro de la sociedad. A ellos les dirigió un discurso sobre el modo de sacar algún provecho de la cultura pagana de ese tiempo. Con mucho equilibrio y apertura, él reconoce que en la literatura clásica, griega y latina, se encuentran ejemplos de virtud”, explicó el Santo Padre.
El Pontífice indicó que para San Basilio, “estos ejemplos de vida recta puede ser útiles para los jóvenes cristianos en búsqueda de la verdad, del recto modo de vivir (cfr Ad Adolescentes 3). Por lo tanto, hace falta tomar los textos de los autores clásicos en cuanto sean convenientes y conformes a la verdad. Así con una lectura crítica y abierta –se trata de hecho de un verdadero y propio ‘discernimiento’– los jóvenes crecen en la libertad”.
“Basilio, sobre todo, recomienda a los jóvenes crecer en la virtud, en el recto modo de vivir: ‘Mientras los otros bienes... pasan de esto a aquello como en el juego de los dados, la virtud es un bien inalienable y permanece durante la vida y después de la muerte’ (Ad Adolescentes 5)”, dijo el Papa.
Benedicto XVI también resaltó que San Basilio “nos revela que el Espíritu anima a la Iglesia, la llena de sus dones, la hace santa. La luz espléndida del misterio divino recae sobre el hombre, imagen de Dios, y ensalza su dignidad. Mirando a Cristo, se comprende plenamente la dignidad del hombre. Basilio exclama ‘¡(hombre) date cuenta de tu grandeza considerando el precio pagado por ti: el precio de tu rescate, y comprende tu dignidad!"
“En particular, el cristiano, viviendo en conformidad con el Evangelio, reconoce que los hombres son todos hermanos entre sí, que la vida es una administración de los bienes recibidos por Dios, por los que cada uno es responsable frente a los otros, y que el rico debe ser como un ‘ejecutor de las órdenes de Dios benefactor’”, prosiguió el Papa.
Benedicto XVI aseguró que San Basilio, en sus homilías, “ha usado también palabras valientes, fuerte, sobre este punto. Quien, de acuerdo al mandamiento de Dios, quiere amar al prójimo como a si mismo, ‘no debe poseer nada de más de lo que el prójimo posee’. En tiempo de carestía y calamidad, con palabras apasionadas el santo obispo exhortaba a los fieles a ‘no mostrarse más crueles que las bestias... apropiándose de lo que es común y poseyendo en solitario lo que es de todos’”.
“El pensamiento profundo de Basilio aparece bien en esta sugestiva frase ‘Todos los necesitados miran nuestras manos, como nosotros mismos miramos las de Dios cuando pasamos necesidad’”, prosiguió el Papa.
Tras explicar que Basilio es además uno de los Padres de la Doctrina Social de la Iglesia, el Santo Padre recordó que este Padre de la Iglesia resalta que “para mantener vivo en nosotros el amor a Dios y los hombres es necesaria la Eucaristía, alimento adecuado para los bautizados, capaz de alimentar las nuevas energías derivadas del Bautismo. Es motivo de inmensa alegría poder participar en la Eucaristía, instituida ‘para custodiar incesantemente el recuerdo de quien ha muerto y resucitado por nosotros’”.
“La Eucaristía, inmenso don de Dios, tutela en cada uno de nosotros el recuerdo del sello bautismal, y permite vivir en plenitud y fidelidad la gracia del Bautismo. Por esto el santo obispo recomienda la comunión frecuente, incluso cotidiana: ‘comunicar también cada día recibiendo el santo cuerpo y sangre de Cristo es cosa buena y útil; porque Él mismo dice claramente que ‘quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna’ (Jn 6,54). ¿Quién entonces dudará de comunicarse continuamente a la vida para vivir en plenitud?’”, prosiguió el Pontífice.
“Me parece que se puede decir que este Padre de un tiempo lejano nos habla ahora de cosas importantes. Especialmente, esta participación atenta, crítica y creativa en la cultura de hoy. Este es un tiempo en el que, en un mundo globalizado, también los pueblos geográficamente distantes son nuestro prójimo realmente. Entonces, en la amistad con Cristo, el Dios hecho humano; en el conocimiento y reconocimiento de Dios Creador, Padre de todos nosotros, se podrá construir un mundo justo y fraterno”, concluyó Benedicto XVI.
La Audiencia culminó con el canto del Pater Noster y la Bendición Apostólica impartida por el Santo Padre y los obispos presentes.
Benedicto XVI presenta la figura de san Gregorio Nacianceno
La oración, «encuentro de la sed de Dios con nuestra sed», explica el Papa
CIUDAD DEL VATICANO, -
«Dios tiene sed de que tengamos sed de Él», aclaró al recoger en la audiencia general del miércoles, 22 agosto 2007, celebrada en el Aula Pablo VI, las enseñazas que dejó san Gregorio Nacianceno (330-390): la oración y la caridad.
Es la segunda catequesis que Benedicto XVI dedica a este doctor de la Iglesia, conocido por cristianos orientales como «el teólogo», por la profundidad de su doctrina y el encanto de su elocuencia.
El 8 de agosto pasado ya había dedicado su meditación a trazar un perfil biográfico de este doctor de la Iglesia (Cf. «Benedicto XVI presenta un retrato de san Gregorio Nacianceno»), quien fue obispo de Constantinopla y Nacianzo, así como uno de los grandes poetas de su época (escribió «¡casi 18.000 versos!», exclamó el mismo Papa.
La oración
«Gregorio nos enseña, ante todo, la importancia y la necesidad de la oración», explicó el Papa tras haber repasado junto a los miles de peregrinos congregados en el Aula Pablo VI del Vaticano algunos de sus cautivadores escritos sobre la Trinidad.
El obispo de Nacianzo decía: «es necesario acordarse de Dios con más frecuencia de lo que respiramos», pues, como dijo el pontífice, «la oración es el encuentro de la sed de Dios con nuestra sed».
«En la oración, tenemos que dirigir nuestro corazón a Dios para entregarnos a Él como ofrenda que debe ser purificada y transformada», siguió explicando.
«En la oración --añadió--, vemos todo a la luz de Cristo, dejamos caer nuestras máscaras y nos sumergimos en la verdad y en la escucha de Dios, alimentando el fuego del amor».
Gregorio, recordó el obispo de Roma, «sintió necesidad de acercarse a Dios para superar el cansancio de su propio yo».
«Experimentó el empuje del alma, la vivacidad de un espíritu sensible y la inestabilidad de la felicidad efímera. Para él, en el drama de una vida sobre la que pesaba la conciencia de su propia debilidad y de su propia miseria, siempre fue más fuerte la experiencia del amor de Dios».
«Tienes una tarea --nos dice san Gregorio también a nosotros--, la tarea de encontrar la verdadera luz, de encontrar la verdadera altura de tu vida. Y tu vida consiste en encontrarte con Dios, que tiene sed de nuestra sed», dijo.
La caridad
La otra lección que Benedicto XVI sacó de Gregorio Nacianceno fue la caridad, el amor a los necesitados.
Refiriéndose a los enfermos y a las personas que atraviesan dificultades, decía el santo obispo: «Esta es la única salvación para nuestra carne y nuestra alma: la caridad hacia ellos».
«Gregorio subraya que el hombre tiene que imitar la bondad y el amor de Dios», explicó el Papa.
«Si estás sano y eres rico, alivia la necesidad de quien está enfermo y es pobre; si no has caído, ayuda a quien ha caído y vive en el sufrimiento; si estás contento, consuela a quien está triste; si eres afortunado, ayuda a quien ha sido mordido por la desventura», escribía san Gregorio.
Y concluía con gran atrevimiento: «conviértete en Dios para el desventurado, imitando la misericordia de Dios».
Con su intervención, Benedicto XVI ha continuado la serie de meditaciones sobre las figuras más destacadas de los orígenes de la Iglesia que viene ofreciendo en sus encuentros semanales con los peregrinos de los miércoles.
Este tiempo de Navidad está enmarcado por el Papa Francisco en la esperanza, antes y después de la Nochebuena.
“La esperanza es la virtud de los pequeños. Los grandes, los satisfechos no conocen la esperanza; no saben lo que es”
Este tiempo de Navidad está enmarcado por el Papa Francisco en la esperanza, antes y después de la Nochebuena.
Ya en la audiencia general del 7 de diciembre señaló que la esperanza cristiana es la única que puede garantizar la sonrisa al mundo, porque Dio se ha hecho un niño que juega y sonríe: “La esperanza es la virtud de los pequeños. Los grandes, los satisfechos no conocen la esperanza; no saben lo que es”.
Una nueva esperanza
En su catequesis del 21 de diciembre de 2016, el Papa identificaba la encarnación del Hijo de Dios con la entrada de la esperanza en el mundo. Tal es el sentido de la Navidad: “Dios cumple la promesa haciéndose hombre; no abandona a su pueblo, se acerca hasta despojarse de su divinidad. De tal modo, Dios demuestra su fidelidad e inaugura un Reino nuevo, que da una nueva esperanza a la humanidad. ¿Y cuál es esa esperanza? La vida eterna”.
Hoy se hace necesario explicar en qué consiste la vida eterna: una vida feliz, plena y definitiva, más allá del pecado y de sus consecuencias: el dolor y la muerte. Una vida que comienza ya ahora, aunque sólo de modo incoado, cuando se vive cabalmente la vida cristiana. La Natividad de Cristo, porque inaugura la redención salvadora, nos trae una esperanza fiable, visible y comprensible. No es una esperanza como las humanas, siempre limitadas y falibles, porque esta esperanza está fundada en Dios. Y eso nos permite vivir de una manera nueva en el presente, con la certeza de caminar con Cristo hacia el Padre que nos espera.
Así lo dice Francisco: “Esta esperanza, que el Niño de Belén nos da, ofrece una meta, un destino bueno para el presente, la salvación a la humanidad, la bienaventuranza a quien se fía de Dios misericordioso”. San Pablo resume todo esto con la expresión: «En la esperanza fuimos salvados» (Rm 8,24), de donde por cierto, sale el título de la segunda encíclica de Benedicto XVI: Spe salvi, salvados porla esperanza.
Caminar con esperanza
Y el Papa nos invita a preguntarnos, cada uno de nosotros: “¿Yo camino con esperanza, o mi vida interior está parada, cerrada? ¿Mi corazón es un cajón cerrado o es un cajón abierto a la esperanza que me hace caminar no solo, sino con Jesús?”
Este es en último término el sentido del “belén” que ponemos los cristianos en nuestros hogares, o en los escaparates y en las calles y plazas de nuestros pueblos: “El belén —observa Francisco—trasmite esperanza; cada uno de los personajes está inmerso en esa atmósfera de esperanza”. Belén es un lugar pequeño, porque Dios gusta de actuar a través de los pequeños y humildes.
Allí está María, Madre de la esperanza: “su corazón de muchacha estaba lleno de esperanza, toda animada por la fe” Y también José, descendiente de Jesé y de David; “también él creyó en las palabras del ángel” que le mandaba poner el nombre a Jesús (que significa salvador), un nombre que trae la esperanza a la humanidad y a cada persona.
Y en el belén están los pastores, que representan a los humildes y pobres que esperaban al Mesías. En cambio, señala Francisco, “quien confía en sus propias seguridades, sobre todo materiales, no espera la salvación de Dios. Metámonos esto en la cabeza: nuestras seguridades no nos salvarán; la única seguridad que nos salva es la de la esperanza en Dios. Nos salva porque es fuerte y nos hace caminar en la vida con alegría, con ganas de hacer el bien, con ganas de ser felices para toda la eternidad. Los pequeños, los pastores, en cambio confían en Dios, esperan en Él y gozan cuando reconocen en aquel Niño la señal indicada por los ángeles (cfr. Lc 2,12)”.
Los ángeles anuncian y cantan esa esperanza, mediante la alabanza y el agradecimiento a Dios, cuya venida al mundo inaugura su Reino de amor, de justicia y de paz.
La Navidad, tiempo de esperanza
Por eso, apunta el Papa, la Navidad es fiesta y tiempo de esperanza. “Será verdaderamente una fiesta si acogemos a Jesús, semilla de esperanza que Dios pone en los surcos de nuestra historia personal y comunitaria. Cada sí a Jesús que viene es un brote de esperanza. Confiamos en ese brote de esperanza, en ese sí: Sí, Jesús, tú puedes salvarme, tú puedes salvarme” Y con ello, y con el Papa, podemos desear una ¡Feliz Navidad de esperanza a todos!
En la felicitación navideña a la Curia, el día 22, el Papa ha descrito la Navidad como la fiesta de la humildad amorosa o amante de Dios, que se ha hecho pequeño para que nos acerquemos a Él con confianza.
“El Niño que nace —apuntaba en la Nochebuena— nos interpela: nos llama a dejar las ilusiones de lo efímero para ir a lo esencial, a renunciar a nuestras insaciables pretensiones, a abandonar la insatisfacción perenne y la tristeza por cualquier cosa que siempre nos faltará. Nos vendrá bien dejar esas cosas para encontrar en la sencillez de Dios-Niño la paz, la alegría, el sentido de la vida”.
A pesar de tantas indiferencias y tinieblas que nosotros ponemos en el mundo, la Navidad tiene un sabor de esperanza, porque la luz de Dios brilla: “Su luz gentil no da miedo; Dios, enamorado de nosotros, nos atrae con su ternura, naciendo pobre y frágil entre nosotros, como uno de nosotros. Nace en Belén, que significa casa de pan. Parece querernos decir así que nace como pan para nosotros; viene a la vida para darnos su vida; viene a nuestro mundo para traernos su amor. No viene a devorar ni a mandar, sino a alimentar y a servir. Así hay un hilo directo que une el pesebre y la cruz, donde Jesús será pan partido: es el hilodirecto del amor que se da y nos salva, que da luz a nuestra vida, paz a nuestros corazones”.
Y por todo ello se nos ha propuesto, para este tiempo de Navidad, una actitud fundamental, el asombro ante la belleza del Dios niño que se nos entrega.
“Acerquémonos a Dios que se hace cercano, detengámonos a mirar el belén, imaginemos el nacimiento de Jesús: la luz y la paz, la suma pobreza y el rechazo. Entramos en la verdadera Navidad con los pastores, llevemos a Jesús lo que somos, nuestras marginaciones, nuestras heridas no curadas. Así, en Jesús, saborearemos el verdadero espíritu de la Navidad: la belleza de ser amados por Dios. Con María y José estamos ante el pesebre, ente Jesús que nace como pan para mi vida. Contemplando su amor humilde e infinito, digámosle gracias: gracias, porque has hecho todo esto por mí”.
La persecución no es un fenómeno esporádico en la historia del cristianismo sino que ha marcado profundamente la vida de los cristianos hasta nuestros días, en muchos países del mundo
90.000 cristianos han muerto en 2016 a causa de su fe, uno cada seis minutos: la mayoría, en África
La Iglesia celebró el 26 de diciembre a san Esteban, el primer mártir. La persecución no es un fenómeno esporádico en la historia del cristianismo sino que ha marcado profundamente la vida de los cristianos hasta nuestros días, en muchos países del mundo. El mismopapa Francisco ha reafirmado en varias ocasiones que la violencia hacia los cristianos es mayor hoy que en los primeros tiempos de la Iglesia.
El profesor Massimo Introvigne, director del Cesnur, Centro de Estudios sobre Nuevas Religiones, dice que sólo en 2016 alrededor de 90.000 cristianos fueron asesinados a causa de su fe, es decir uno cada seis minutos, y también que el número de cristianos que no pueden profesar su fe libremente sondea los 500 a 600 millones:
El Center for Study of Global Christianity publicará el próximo mes su estadística para 2016, que habla de 90 mil cristianos asesinados a causa de su fe, un muerto cada 6 minutos, un poco menos respecto a los 105 mil de hace dos años.
De estos, el 70%, es decir, 63 mil, han sido asesinados en conflictos tribales en África. El centro estadounidense los incluye en la estadística porque considera que en gran parte se trata de cristianos que han rehusado tomar las armas por razones de conciencia.
El otro 30%, es decir, 27 mil, deriva en cambio de atentados terroristas, destrucción de pueblos cristianos, persecuciones gubernamentales, como en el caso de Corea del Norte.
Respecto a un cálculo de los cristianos perseguidos en el mundo, ¿cuántos son aproximadamente?
Juntando las estadísticas de al menos tres centros diversos de investigación de los Estados Unidos y también el mío, el Cesnur, y comparándolos entre sí en 102 países del mundo, los cálculos varían entre los 500 y 600 millones de cristianos que no pueden profesar su fe completamente.
Sin olvidar o disminuir los sufrimientos de los miembros de otras religiones, los cristianos son el grupo religioso más perseguido del mundo. Hay quien puede permanecer perplejo frente a las estadísticas porque si por un lado el Center for Study of Global Christianity nos da la cifra de 90 mil, en otros hablan de algunos miles, y otros de algunos cientos.
Cuando las discrepancias son tan grandes, está claro que están contando cosas distintas. Quien cuenta a las personas que son obligadas trágicamente a elegir: “o reniegas de tu fe o mueres”, cuenta cada año algunos cientos. Quien tiene una noción más amplia: no “candidatos a la beatificación” sino personas que sabían que podían ser asesinadas al realizar ciertos gestos o prácticas de fe, habla de algunos miles. Si en cambio se habla de personas que son asesinadas en sentido amplio porque son cristianas, entonces llegamos a los 90 mil, es decir, un muerto cada seis minutos.
No se puede olvidar la brutal persecución hacia los cristianos, y no sólo, perpetrada por el presunto Estado Islámico en los territorios conquistados. ¿Hay ejemplos de cristianos que han perdido la vida por permanecer fieles al Señor en estos territorios?
Sí, en los territorios del así llamado Estado Islámico existen varios casos, entre ellos algunos que la Iglesia está estudiando en vista a una posible beatificación. Hay cristianos que han elegido conscientemente permanecer en estos territorios y seguir, como podían, dando testimonio de su fe.
Al hablar del Estado Islámico no debemos olvidar que éste asesina también a muchos musulmanes y que en 2016, según nuestros cálculos, el número de cristianos asesinados a causa de su fe y el número de musulmanes asesinados a causa de su fe, a excepción de África, es un número muy similar.
Los musulmanes en general son asesinados por otros musulmanes: los musulmanes shiítas son asesinados por musulmanes sunitas y este es el caso más frecuente. A veces, los musulmanes sunitas son asesinados por musulmanes shiítas, musulmanes que no están de acuerdo con ciertas declinaciones del Islam son asesinados por musulmanes más extremistas, como en el caso del ISIS.
¿Qué impresiona más de este fenómeno de persecución?
Dos puntos. El primero es que un poco en todos los países crece la intolerancia y la intolerancia es la antesala de la discriminación y, a su vez, la antesala de la persecución.
Y luego, la actitud tranquila, noble, muchas veces ejemplar de las minorías cristianas sometidas a cualquier tipo de vejación pero que sólo en casos rarísimos han respondido a la violencia con la violencia, mientras que la mayor parte de los casos han dado testimonio serenamente de su fe, a menudo perdonando a los perseguidores y orando por ellos.