Los biblistas, teólogos e historiadores que han participado en el Congreso Internacional sobre «Los últimos años de la vida de Pablo» han concluido que hay muchas posibilidades de que el apóstol San Pablo viviera sus últimos días exiliado en la antigua ciudad romana de Tarraco, la Tarragona actual.
El congreso, organizado por el Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Fructuoso e impulsado por la Facultad de Teología de Cataluña (FTC) y clausurado hace unas semanas, publicó las conclusiones de sus debates y trabajos, en los que han participado una treintena de profesores de universidades y facultades de Teología de Europa y de EE.UU.
Los expertos que, según los organizadores, representaban una buena parte de los mejores especialistas de todo el mundo, tanto del ámbito anglosajón y germánico como del mundo latino, coincidieron en señalar que San Pablo es el personaje «más influyente y el más conocido» de los primeros tiempos del cristianismo.
Gracias al libro de los Hechos de los Apóstoles, y sobre todo a sus propias cartas, los historiadores religiosos han podido reconstruir parte sus principales actividades como anunciador del Evangelio en diversas regiones del Mediterráneo nororiental. También han constatado a través de estos escritos «su profunda labor de reflexión pastoral y teológica, que lo convierten en el primer gran pensador cristiano», apunta el documento hecho público por la organización.
Aunque las informaciones sobre la última etapa de la vida de San Pablo son muy escasas, los Hechos de los Apóstoles cuentan que Pablo fue detenido en Jerusalén y, tras varias peripecias, llegó como prisionero a Roma, donde vivía en un régimen de libertad condicional a la espera de ser juzgado por el emperador. El relato se detiene aquí y, aparentemente, no hay más datos en todo el Nuevo Testamento sobre el final de la vida del apóstol.
La tradición posterior habla de su martirio en Roma en tiempos del emperador Nerón. «Todo ello hace que resulte atractivo observar esta etapa culminante y tan desconocida de la biografía de Pablo, para intentar averiguar algún dato más», ha explicado el biblista Agustí Borrell, profesor de la Facultad de Teología de Cataluña.
Para reconstruir los últimos años de la vida del apóstol Pablo, los expertos han hecho una aproximación multidisciplinar, han analizado datos bíblicos, evidencias arqueológicas, fuentes literarias de los primeros siglos —textos apócrifos y patrísticos, autores judíos y romanos—, e informaciones sobre derecho romano en el siglo I.
Según Borrell, tras los estudios ha tomado cuerpo la posibilidad de que San Pablo hubiera llegado a Tarragona.«Es evidente que esta era su voluntad: en la Carta a los Romanos, el apóstol explica su firme intención de llevar el Evangelio a Hispania, después de pasar por Roma. Sus planes se vieron trastocados cuando fue detenido en Jerusalén. Esto retrasó, pero no impidió, su llegada a Roma. El interrogante es qué sucedió después», según explica el documento de conclusiones.
Los expertos también han concluido que «una posibilidad que no debe descartarse es que fuera enviado al exilio y que su destino, quizás elegida por él mismo, fuera la ciudad romana de Tarraco».
El testimonio más antiguo que se conserva sobre el final de la vida de Pablo, la Primera carta de Clemente a los Corintios, escrita a finales del siglo I, dice que Pablo fue exiliado, y también que llegó «hasta el límite de Occidente», lo que los historiadores interpretan como «la realización efectiva de su proyectado viaje a Hispania».
Entre los primeros cristianos de Roma había discípulos de San Pablo, como atestigua la larga lista de saludos escrita al final de la Carta a los Romanos. En el Aventino vivían Aquila y Prisca -o Priscila-, un matrimonio de comerciantes que habían conocido al Apóstol en Corinto; otras personas que aparecen citadas eran de origen judío, griego o del Asia Menor: se habían desplazado a vivir en la capital del Imperio después de haber oído predicar el Evangelio a Pablo en sus lugares de procedencia.
El tono afectuoso de esos saludos refleja la fraternidad que existía entre los primeros fieles. Pese a la variedad de proveniencias y condiciones sociales -desde esclavos hasta miembros de la nobleza-, estaban muy unidos. Fueron familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron las primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído.
En este clima de estrecha unidad, es lógico que la llegada de San Pablo a la Urbe causara entre los cristianos de Roma una explosión de alegría. Algunos le debían la fe, como hemos mencionado, y todos habían oído hablar del Apóstol y tendrían grandes deseos de conocerlo. Además, la maravillosa Carta que les había enviado en el año 57 o 58 constituía un notable motivo de gratitud.

Era natural, por tanto, que quisieran abreviar la espera saliendo a su encuentro por la Vía Apia. Unos lo alcanzaron en el Foro de Apio y otros en Tres Tabernas, a 69 y 53 kilómetros de Roma respectivamente. En los Hechos de los Apóstoles se comenta que al verlos, Pablo dio gracias a Dios y cobró ánimos.
Una vez llegado a Roma, a mediados del año 61, le fue permitido a Pablo vivir en una casa particular con un soldado que le custodiara. Los ciudadanos romanos tenían derecho a este tipo de prisión, llamada custodia militaris, a medio camino entre la custodia libera, o libertad vigilada, y la custodia publica, o detención penal.
El prisionero podía escoger una residencia, y el militar que lo vigilaba debía acompañarlo a todas horas y tenerlo atado con una cadena al salir a la calle. Según una antigua tradición, el Apóstol residió en una casa de alquiler junto a la gran curva que describe el Tíber a la altura de la Isla Tiberina. Era una zona densamente habitada, en la que vivían numerosos judíos. Según han mostrado algunas excavaciones arqueológicas, muchos de ellos eran curtidores.
Donde se encontraba esa casa, se alza la iglesia de San Paolo alla Regola, la única dedicada al Apóstol dentro de los antiguos muros de Roma. Según se entra, a la derecha, puede leerse en un arquitrabe: Divi Pauli Apostoli Hospitium et Schola, Alojamiento y Escuela de San Pablo Apóstol.

En este lugar se ha encontrado un edificio de época imperial que, como otros de la zona, tenía adosado un amplio granero. Corresponde a la descripción de la casa de San Pablo que aparece en algunos documentos del siglo II; la presencia del espacioso granero explicaría cómo fue posible que, casi recién llegado a Roma, el Apóstol pudiera convocar en su alojamiento a un gran número de judíos que vivían en la Urbe para anunciarles el Reino de Dios.
El resultado de aquella larga reunión fue que algunos hebreos creyeron, pero San Pablo también encontró mucha resistencia al Evangelio. Por eso, concluyó que a partir de entonces se iba a dedicar a los gentiles, porque ellos sí escucharían el mensaje de salvación.
Durante dos años permaneció San Pablo en aquella casa, extendiendo el fuego de su fe y amor a Cristo en pleno corazón de la Roma imperial. Prisionero -o al menos sin libertad de movimientos-, sin embargo estaba convencido de que todas las cosas son para bien de los que aman a Dios, y por eso podía escribir a los filipenses: Quiero que sepáis, hermanos, que las cosas que me han ocurrido han servido para mayor difusión del Evangelio, de tal modo que, ante el pretorio y ante todos los demás, ha quedado patente que me encuentro encadenado por Cristo, y asila mayor parte de los hermanos en el Señor, alentados por mis cadenas, se han atrevido con más audacia a predicar sin miedo la palabra de Dios.
El libro de los Hechos de los Apóstoles termina relatando que Pablo permaneció dos años completos en el lugar que había alquilado, y recibía a todos los que acudían a él. Predicaba el Reino de Dios y enseñaba lo referente a Nuestro Señor Jesucristo.

Todo parece indicar que al cabo de ese periodo de tiempo -el máximo previsto por la ley romana para la custodia militaris-, San Pablo recobró su libertad y pudo dejar la Urbe para dirigirse a otros lugares. Al escribir a los romanos, años antes, ya había manifestado su intención de viajar a Hispania para predicar el Evangelio, y tal vez la puso por obra en el año 63 .
De lo que escribe en sus últimas cartas -a Timoteo y a Tito- se deduce que, entre el 63 y el 66 (o 67) d.C., San Pablo viajó por distintas ciudades de Grecia y de Asia Menor.
Entretanto, durante el verano del año 64 había comenzado la cruel persecución neroniana contra los cristianos de Roma, que luego se propagó a otras zonas del imperio. Posiblemente Pablo fue apresado en Tróade, ya que salió de esa ciudad sin llevar consigo ni siquiera su manto de viaje. Tras la detención, bajo la custodia de unos cuantos soldados, fue llevado de nuevo hasta Roma.
Este segundo cautiverio resultó mucho más riguroso que el anterior. Se trató de lo que el Derecho romano llamaba custodia publica, detención en la cárcel como un delincuente común. A Pablo -ya anciano y cansado- le pesa, en esta situación dura, verse alejado de sus más estrechos colaboradores.
Sólo Lucas -el médico fiel- permanece a su lado, y el Apóstol escribe a Timoteo para que venga cuanto antes a Roma. Algunos de sus discípulos le habían abandonado a la hora de la dificultad, y sobre todo le duele la deserción de Demas, que le dejó por amor a la vida mundana.
Privado completamente de libertad y con el corazón herido por esas infidelidades, Pablo padecía como sólo pueden hacerlo quienes saben amar sin medida. Al mismo tiempo, su confianza total en el Señor le llenaba de ánimo, y exclamaba: Estoy sufriendo hasta verme en cadenas como un malhechor: ¡pero la palabra de Dios no está encadenada! Por eso, todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación, que está en Cristo Jesús, junto con la gloria eterna.
Los cristianos de Roma procuraron estar cerca del Apóstol, atendiéndole en la medida en que lo permitía la persecución. San Pablo envía saludos de su parte a Timoteo, destacando los nombres de Eúbulo, Pudente, Lino y Claudia.
En esos momentos, cuando escribe a su discípulo predilecto, el Apóstol ha acudido a la primera audiencia en el tribunal y ha logrado un aplazamiento de la causa.
Sabe que cuenta con algunos meses de tiempo, y por eso insta a Timoteo para que se dé prisa en venir, antes del invierno.

Sin embargo, Pablo no tiene dudas sobre cuál será la sentencia final: Estoy apunto de derramar mi sangre en sacrificio, y el momento de mi partida es inminente. He peleado el noble combate, he alcanzado lameta, he guardado la fe. Por lo demás, me está reservada la merecida corona que el Señor, el Justo Juez, me entregará aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que han deseado con amor su venida.
No sabemos si Timoteo llegó a tiempo para dar el último abrazo a quien él y toda su familia debían la fe. Pablo fue condenado a muerte y ejecutado diez días después de la sentencia, como establecía la ley. Por tratarse de un ciudadano romano, se le decapitó sin presencia de público y fuera de los muros de la ciudad.
El lugar del martirio de San Pablo se encuentra en lo que actualmente es el barrio del EUR, al sur de Roma. Los habitantes de la ciudad denominaban ese sitio ad aquas salvias, y allí existía un cementerio cristiano desde el siglo III, y una iglesia desde el IV o el V d.C.
En el siglo VII, el Papa Onorio I hizo construir junto a la iglesia un monasterio en el que vivían monjes provenientes de Cilicia -la tierra de San Pablo-, alabando continuamente al Señor en el lugar donde el Apóstol fue martirizado. En el siglo XI d.C. esa abadía pasó a los benedictinos, y en 1140 a los cistercienses, que la habitaron hasta que, en 1867, Pío IX la concedió a los trapenses.
En el transcurso de los siglos no han faltado visitantes ilustres a la Abadía de las Tres Fuentes: Carlomagno rezó en la antigua iglesia en la Navidad del año 800; San Bernardo, mientras celebraba la Misa un día del año 1138, tuvo la visión de una escala que llevaba hasta el Cielo; y San Felipe Neri acudió en 1550 para rezar y pedir consejo a su confesor -uno de los monjes- sobre si debía o no irse como misionero a las Indias. El monje le dijo: No vayas, Felipe, tus Indias están en Roma, y estas palabras fueron refrendadas por un suceso sobrenatural.
El cuerpo de San Pablo fue enterrado en un cementerio que se encontraba en la vía Ostiense. Los cristianos enseguida adornaron su tumba con un trofeo, un modesto monumento similar al que se puso en la sepultura de San Pedro.

El presbítero Gayo habla, a finales del siglo II d.C., de los trofeos de los Apóstoles que fundaron la Iglesia de Roma, que se encuentran en el Vaticano y en la via Ostiense.
Después del edicto del año 313, el emperador Constantino hizo construir una basílica para custodiar y venerar la tumba del Apóstol de las Gentes.
El templo era de dimensiones no muy grandes, y fue ampliado a finales del siglo III con la Basílica de los Tres Emperadores, llamada así porque la empezó Valentiniano II, prosiguió los trabajos Teodosio y la terminó Arcadio.
El corazón de esta segunda basílica, como sucedía en la primera, era la tumba de San Pablo. En los dos casos, el altar estaba justo encima del sepulcro.
La basílica actual fue edificada en el siglo XIX d.C., después de que un incendio destruyera la anterior en 1823. Durante las obras de reconstrucción, se desenterró la zona de la tumba y dos arquitectos hicieron algunos dibujos de su disposición.
Aparte de lo que mostraban esos bocetos, más bien imprecisos, poco más se sabía de la sepultura, hasta que el pasado mes de diciembre (del año 2006) se ha hecho público el hallazgo de un sarcófago de mármol, situado en la Confessio de la basílica y del que se piensa que es aquel en el que se depositaron los sagrados restos de San Pablo.
Su hechura modesta contrasta con el acabado mucho más artístico de otros sarcófagos que se encontraron a su alrededor a mediados del XIX: la diferencia de calidad puede deberse a que, sabiendo que contenía los restos del Apóstol, los emperadores prefirieron dejarlo como estaba y no sustituirlo por otro más rico.
El 14 de diciembre de 2006, pocos días después de haberse anunciado el hallazgo de este sarcófago, estuvo rezando en la basílica el arzobispo ortodoxo de Atenas y de toda la Grecia.

Ese mismo día había visitado al Papa en el Vaticano. Intercambiaron regalos que manifestaban el anhelo de alcanzar la unidad: una representación de Nuestra Señora como Panaghia -toda santa- y un icono con la imagen clásica del abrazo entre San Pedro y San Pablo.
Ha sido la primera vez en la historia que un Primado de Grecia acude a visitar oficialmente al Papa. Sin duda, esta noticia alentadora nos habrá impulsado a rezar con fuerza por la unidad de los cristianos en este mes de enero, durante el octavario que precede a la fiesta de la Conversión de San Pablo.
Cuando visito alguna ciudad me gusta pasear por sus calles siguiendo los pasos de algún personaje ilustre oriundo del lugar.
Cuando visito alguna ciudad me gusta pasear por sus calles siguiendo los pasos de algún personaje ilustre oriundo del lugar.Esto es lo que me ha ocurrido en Praga con Kafka, o en Oxford (Inglaterra) con el Cardenal Newman, J. R. R. Tolkien, y su gran amigo C.S. Lewis.
En esta ocasión, me preparo para seguir los pasos de San Pablo por la ciudad de Roma y alrededores. Conocer cuáles fueron las calles por las que paseó, las puertas de la muralla que atravesó, las personas que le rodearon, sus amigos, los rincones donde predicó, las calles por las que atravesó hasta legar al lugar del martirio, ….me parece una forma única y maravillosa de callejear- y por qué no, peregrinar- por la ciudad. Espero que lo disfruten conmigo.
Según dicen los historiadores San Pablo fue la figura más fascinante del Cristianismo, y el día en que entro en Roma fue uno de los más decisivos del género humano. Es más, como señaló Benedicto XVI, “el apóstol san Pablo, figura excelsa y casi inimitable, pero en cualquier caso estimulante, se nos presenta como un ejemplo de entrega total al Señor y a su Iglesia, así como de gran apertura a la humanidad y a sus culturas.
Así pues, es justo no sólo que le dediquemos un lugar particular en nuestra veneración, sino también que nos esforcemos por comprender lo que nos puede decir también a nosotros, cristianos de hoy.”
Presentamos a continuación los siguientes capítulos del final de la vida de Saulo de Tarso:
(Remedios Falaguera)
Que la película de Scorsese haya sido interpretada de formas tan rocambolescas desde ámbitos tan antípodas demuestra que tal vez nos estemos adentrando en una época en que vuelve a ser necesario acogerse a la ‘disciplina del arcano’.
Me ha resultado muy revelador, mientras leía recensiones de Silencio, la recién estrenada película de Martin Scorsese, encontrarme con vituperios tanto desde ámbitos descreídos (donde la película se contempla como una tediosa exaltación de la fe) como desde ciertos ámbitos católicos (donde se considera una vergonzosa defensa de la apostasía).
Tales reacciones convergentes nos confirman que el asunto medular de la película tiene una vigencia estremecedora. Pues Silencio trata, en su meollo más íntimo, de la supervivencia de la fe en circunstancias de hostilidad extrema, cuando su proclamación puede acarrear la muerte no sólo a quien la proclama sino a quienes lo siguen.
El protagonista de Silencio, un joven y fervoroso jesuita, decide apostatar públicamente para evitar que otros cristianos sean martirizados; y el resto de su vida se dedica a evangelizar y a impartir los sacramentos clandestinamente a sus guardianes y a la familia que le han impuesto. En realidad, no hace otra cosa sino acogerse a lo que los antiguos llamaban la ‘disciplina del arcano’, que fue muy empleada por los primeros cristianos en épocas de persecución feroz, para evitar un martirio innecesario.
En otro momento posterior, cuando los cristianos ya no eran martirizados, San Agustín recomendaba todavía la disciplina del arcano ante los paganos, que por contagio de sus mitologías o por cerrazón mental entendían los misterios de la religión cristiana de manera demente. Así, por ejemplo, como oían que los cristianos adoraban a un Dios que se había hecho niño y también que en el sacramento de la eucaristía tomaban el cuerpo y la sangre de ese mismo Dios, los paganos llegaban a la conclusión de que los cristianos, en sus misas, descuartizaban y se comían a los niños.
Por lo tanto, se juzgó que lo más prudente era ocultar cuidadosamente estas cuestiones a quienes no las entendían y, llegado el caso, podían denunciarlas ante los tribunales. No en vano Jesús exige a sus seguidores que sean «astutos como serpientes» cuando la ocasión lo exija; y, en otro momento, llega a aconsejar sin ambages: «No deis a los perros lo que es santo; no echéis vuestras perlas delante de los puercos, no sea que las pisoteen con sus patas y después, volviéndose, os despedacen».
Que la película de Scorsese haya sido interpretada de formas tan rocambolescas desde ámbitos tan antípodas demuestra que tal vez nos estemos adentrando en una época en que vuelve a ser necesario acogerse a la ‘disciplina del arcano’. Y no me estoy refiriendo tan sólo a aquellas regiones del atlas donde la persecución de la fe es tan atroz que la más elemental prudencia exige su ocultamiento, sino también (aunque por razones bien distintas) a nuestro mundo tan supuestamente libre, en donde uno puede decir lo que quiera, pero donde casi nadie entiende nada.
Y donde, por lo tanto, todo lo que uno diga corre el riesgo de ser torticera o rocambolescamente interpretado, conforme a parámetros mentales que nada tienen que ver con los parámetros desde los que ha sido formulado; o, todavía peor, conforme a conveniencias coyunturales, conforme a partidismos sectarios, conforme a oportunismos cambiantes. ¿Qué sentido tiene defender determinadas posturas en un mundo donde ya casi nadie te entiende, y los pocos que todavía te entienden se dedican al postureo, cambiando de postura como de camisa, para acompasarse a los tiempos?
Por llevar mucho tiempo defendiendo posturas que el espíritu de mi época repudia, he meditado en muchas ocasiones sobre la conveniencia de acogerme a la disciplina del arcano, haciendo ‘reserva mental’ de determinadas cuestiones que me granjean animadversiones. He de reconocer, sin embargo, que las mayores tentaciones de hacerlo no me las ha provocado el encono de los adversarios, sino lo que alguien denominó, con jocosa amargura, ‘la desidia de los buenos’.
Pues el encono de los adversarios, por implacable que sea, al menos es constante, terco, inamovible; y, por lo tanto, merece el calificativo de leal. Pero en la ‘desidia de los buenos’ hay algo mucho más desleal y desalentador, algo sórdidamente movedizo y culebreante, una fluctuación motivada por razones de pura conveniencia que según la ocasión nos brinda su aplauso o nos lanza su dardo, nos juzga “valerosos” o ‘intransigentes’ dependiendo de intereses políticos o clericaloides, nos encumbra o nos denigra según los gobiernos sean de uno u otro signo, o según cómo bajen las aguas del Tíber.
Esta ‘desidia de los buenos’ hace temblar nuestra fe como un junco mucho más que el encono de los adversarios; y es la incitación más eficaz para acogernos a la disciplina del arcano.
Publicado en XLSemanal.
Muestra con orgullo los bolsos hechos a mano por niñas y mujeres que ha conseguido arrancar de las garras de la guerra en Uganda: unas 2.000.
"En la guerra las mujeres parten con mayor desventaja. Son utilizadas como esclavas sexuales y entrenadas como niñas soldado. Y no solo eso. Los rebeldes les secuestran y les obligan a volver a sus casas para cometer atrocidades. Tienen que asesinar a sus parientes, a sus padres o a sus hermanos o hermanas para que sean temidos y famosos y sus pueblos los rechacen”.
Por eso, su pequeña comunidad que acoge a mujeres que huyen de la guerra se ha convertido en algo más que un lugar donde les enseñan un oficio. Se trata de un hospital donde se curan las heridas más profundas, las que quedan en el alma.
"Una historia realmente dolorosa es la de Sharon. Tuvo que elegir entre su vida o la de su hermana pequeña. FLASH. Fueron secuestradas y tuvieron que recorrer un largo camino. Cuando estaban intentando cruzar la frontera con Sudán preguntó a los rebeldes si podían ayudarla a cargar con su hermana. No podía más. Le dijeron que tenía que elegir entre su vida o la de su hermana. Y tuvo que matar a su hermana”.
Esta es una de las historias de las mujeres que esta religiosa ha conseguido ayudar.
No en vano sor Rosemary ha sido elegida por Time como una de las 100 mujeres más influyentes del mundo en 2014.
Jerusalén está revuelta. El temor de los judíos desencadenado por las predicaciones de Pablo en las sinagogas, y el imparable desarrollo del cristianismo, hace que muchos de ellos sientan amenazada las estructuras y las leyes.
El temor de los judíos desencadenado por las predicaciones de Pablo en las sinagogas, y el imparable desarrollo del cristianismo, hace que muchos de ellos sientan amenazada las estructuras y las leyes. De ahí que San Pablo fuera denunciado por los judíos y apresado en el Templo de Jerusalén acusado de perturbador y agitador social.
“Cuando los judíos venidos de Asia vieron a Pablo en el Templo, amotinaron a la multitud y se apoderaron de él, gritando: "¡Socorro, israelitas! Este es el hombre que predica a todos y en todas partes contra nuestro pueblo, contra la Ley y contra este Templo, y ahora ha llegado aintroducir en él a los paganos, profanando este lugar santo (…) La ciudad entera se alborotó, y de todas partes acudió el pueblo. Se apoderaron de Pablo, lo sacaron fuera del Templo y cerraron inmediatamente las puertas. Ya iban a matarlo, cuando llegó al tribuno de la cohorte la noticia de que toda Jerusalén estaba convulsionada.
En seguida el tribuno, con unos soldados y centuriones, se precipitó sobre los manifestantes. Al ver al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo. El tribuno se acercó, tomó a Pablo y mandó que lo ataran con dos cadenas;(…) Hizo conducir a Pablo a la fortaleza.
Al llegar a la escalinata, los soldados tuvieron que alzarlo debido a la violencia de la multitud, porque el pueblo en masa lo seguía, gritando: "¡Que lo maten!". (Hch 21, 27-36)
Después del arresto “los judíos se confabularon y se comprometieron bajo juramento a no comer ni beber, hasta no haber matado a Pablo.” (Hch 23, 12) “Pónganse de acuerdo con el Sanedrín, y propongan al tribuno que lo haga comparecer delante de ustedes con el pretexto de examinar más exactamente su causa; nosotros, por nuestra parte, estaremos preparados para matarlo en el camino. Pero un sobrino de Pablo, al enterarse de la emboscada, se dirigió a la fortaleza y entró para prevenir a Pablo.” (Hch 23, 15-16)
Se decide trasladarlo a Cesárea donde nadie , ni el Sanedrín (Hch 23,9), ni el procurador romano Félix (Hch 24,22-23), ni su sucesor Porcio Festo (Hch 25,25), ni sus oficiales (Hch 26,31), ni el rey Agripa (Hch 26,32), lo creía culpable de la denuncia presentada contra él.
Pero Pablo, hace valer su condición de ciudadano romano y apela al Emperador: “Si soy culpable y he cometido algún delito que merezca la muerte, no me niego a morir, pero si las acusaciones que hacen los judíos contra mí carecen de fundamento, nadie tiene el derecho de entregarme a ellos. Apelo al Emperador. Festo, después de haber consultado con su Consejo, respondió: "Ya que apelaste al Emperador, comparecerás ante él." (Hch 25, 11-12)
“¿De dónde sacaba San Pablo esta fuerza? Omnia possum in eo qui me confortat!, todo lo puedo, porque sólo Dios me da esta fe, esta esperanza, esta caridad. Me resulta muy difícil creer en la eficacia sobrenatural de un apostolado que no esté apoyado, centrado sólidamente, en una vida de continuo trato con el Señor. En medio del trabajo, sí; en plena casa, o en mitad de la calle, con todos los problemas que cada día surgen, unos más importantes que otros. Allí, no fuera de allí, pero con el corazón en Dios. Y entonces nuestras palabras, nuestras acciones — ¡hasta nuestras miserias!— desprenderán ese bonus odor Christi, el buen olor de Cristo, que los demás hombres necesariamente advertirán: he aquí un cristiano.” (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, nº 271)
El Templo de Jersulaén (vídeo)
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Jerusalén está revuelta. El temor de los judíos desencadenado por las predicaciones de Pablo en las sinagogas, y el imparable desarrollo del cristianismo, hace que muchos de ellos sientan amenazada las estructuras y las leyes. De ahí que San Pablo fuera denunciado por los judíos y apresado en el Templo de Jerusalén acusado de perturbador y agitador social.
“Cuando los judíos venidos de Asia vieron a Pablo en el Templo, amotinarona la multitud y se apoderaron de él, gritando: "¡Socorro, israelitas! Este es el hombre que predica a todos y en todas partes contra nuestro pueblo, contra la Ley y contra este Templo, y ahora ha llegado a introducir en él a los paganos, profanando este lugar santo (…) La ciudad entera se alborotó, y de todas partes acudió el pueblo. Se apoderaron de Pablo, lo sacaron fuera del Templo y cerraron inmediatamente las puertas. Ya iban a matarlo, cuando llegó al tribuno de la cohorte la noticia de que toda Jerusalén estaba convulsionada.
En seguida el tribuno, con unos soldados y centuriones, se precipitó sobre los manifestantes. Al ver al tribuno y a los soldados, dejaron de golpear a Pablo. El tribuno se acercó, tomó a Pablo y mandó que lo ataran con dos cadenas;(…) Hizo conducir a Pablo a la fortaleza.
Al llegar a la escalinata, los soldados tuvieron que alzarlo debido a la violencia de la multitud, porque el pueblo en masa lo seguía, gritando: "¡Que lo maten!". (Hch 21, 27-36)
Después del arresto “los judíos se confabularon y se comprometieron bajo juramento a no comer ni beber, hasta no haber matado a Pablo.” (Hch 23, 12) “Pónganse de acuerdo con el Sanedrín, y propongan al tribuno que lo haga comparecer delante de ustedes con el pretexto de examinar más exactamente su causa; nosotros, por nuestra parte, estaremos preparados para matarlo en el camino. Pero un sobrino de Pablo, al enterarse de la emboscada, se dirigió a la fortaleza y entró para prevenir a Pablo.” (Hch 23, 15-16)
Se decide trasladarlo a Cesárea donde nadie , ni el Sanedrín (Hch 23,9), ni el procurador romano Félix (Hch 24,22-23), ni su sucesor Porcio Festo (Hch 25,25), ni sus oficiales (Hch 26,31), ni el rey Agripa (Hch 26,32), lo creía culpable de la denuncia presentada contra él.
Pero Pablo, hace valer su condición de ciudadano romano y apela al Emperador: “Si soy culpable y he cometido algún delito que merezca la muerte, no me niego a morir, pero si las acusaciones que hacen los judíos contra mí carecen de fundamento, nadie tiene el derecho de entregarme a ellos. Apelo al Emperador. Festo, después de haber consultado con su Consejo, respondió: "Ya que apelaste al Emperador, comparecerás ante él." (Hch 25, 11-12)
“¿De dónde sacaba San Pablo esta fuerza? Omnia possum in eo qui me confortat!, todo lo puedo, porque sólo Dios me da esta fe, esta esperanza, esta caridad. Me resulta muy difícil creer en la eficacia sobrenatural de un apostolado que no esté apoyado, centrado sólidamente, en una vida de continuo trato con el Señor. En medio del trabajo, sí; en plena casa, o en mitad de la calle, con todos los problemas que cada día surgen, unos más importantes que otros. Allí, no fuera de allí, pero con el corazón en Dios. Y entonces nuestras palabras, nuestras acciones — ¡hasta nuestras miserias!— desprenderán ese bonus odor Christi, el buen olor de Cristo, que los demás hombres necesariamente advertirán: he aquí un cristiano.” (San Josemaría Escrivá de Balaguer, Amigos de Dios, nº 271)
“LA FUERZA DE LA FE” |
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Alfonso Aguiló |
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Un poco guerrero, un poco monje, pero armado sobre todo de una «ferviente fe católica»
William Wallace, el patriota escocés que inspiró la película de Mel Gibson, fue, antes que nada, un fiel de la Iglesia de Roma.
Así pues, según el sitio católico, la película de Mel Gibson tiene el mérito de haber dado a conocer al mundo la historia del escocés que dirigió a sus compatriotas durante la rebelión contra la ocupación inglesa; sin embargo, a Gibson le faltó subrayar un hecho fundamental de la personalidad de Braveheart: su fe católica, justamente.
Nació en 1270 y desde pequeño Wallace recibió una formación religiosa. Su carrera habría debido ser la carrera eclesiástica: fue educado por los Agustinos, los Benedictinos y, además de la lengua materna (el gaélico escocés), hablaba correctamente el inglés, el francés, el alemán y el latín.
Después, algunos episodios de violencia le obligaron a abandonar la vida religiosa. Una patrulla inglesa asesinó a sangre fría a su padre y a su hermano mayor, culpables de negarse a jurar fidelidad a Eduardo I de Inglaterra y de apoyar la causa del soberano escocés John Balliol. William mató, a su vez, a algunos soldados ingleses: a partir de ahí guiaría, con la ayuda del obispo de Glasgow, la revuelta contra los invasores.
Lo único que podrá detenerle es la traición de uno de sus amigos nobles. «El 22 de agosto de 1305 –escribe Pontifex– Wallace fue procesado en el Westminster Hall, Londres, y fue condenado a muerte. En el patíbulo se confesó con el arzobispo de Canterbury y pidió, como último deseo, rezar el Salterio. Murió mientras recitaba los Salmos penitenciales [...] Un sacerdote inglés, presente durante la ejecución, afirmaría más tarde haber visto su alma recibida en el Cielo por una legión de ángeles. Hecho o leyenda, esta visión de Braveheart recibido en el cielo por los ángeles será uno de los temas más recurrentes en los sermones durante muchos años». Un tema recurrente. Un poco como el grito salvaje («¡Libertad!») que lanza el católico (también bajo tormento) Mel Gibson en la célebre película.
Mauro Pianta