«ustedes han pedido la fe: la Iglesia da la fe con el Bautismo, ustedes tienen la tarea de hacer que crezca, de custodiarla y de que se convierta en testimoniopara todos los demás».
Francisco bautizó a 28 niños en la Capilla Sixtina
«ustedes han pedido la fe: la Iglesia da la fe con el Bautismo, ustedes tienen la tarea de hacer que crezca, de custodiarla y de que se convierta en testimonio para todos los demás».
«La fe no es solo recitar el Credo, sino vivirla y testimoniarla; fue el llanto la primera prédica de Jesús», afirmó Francisco. A las 9.30 de hoy, 8 de enero de 2017, Fiesta del Bautismo del Señor, el Papa presidió en la Capilla Sixtina la misa durante la que administró el sacramento del Bautismo a 28 bebés: 15 niños y 13 niñas. Después de la lectura del Evangelio, el Papa pronunció su homilía sin leer ningún texto preparado para la ocasión. «Queridos padres, ustedes pidieron para sus niños la fe, la fe que será dada en el Bautismo —afirmó el Pontífice. Esto significa vida de fe, porque la fe debe ser vivida. Caminar por la vía de la fe y dar testimonio de la fe». Y, añadió Jorge Mario Bergoglio, «la fe no es recitar el Credo los domingos cuando vamos a misa, no es solo esto. La fe es creer lo que es la verdad: Dios Padre que nos dio a su Hijo y el Espíritu que nos vivifica: la fe también es encomendarse a Dios, y esto ustedes se lo deben enseñar a ellos con su ejemplo, con su vida. Porque la fe es luz».
En la ceremonia del Bautismo, recordó, «se les dará una vela encendida, como en los primeros días de la Iglesia, y por ello el Bautismo se llamaba “iluminación”, porque la fe ilumina el corazón y hace ver las cosas con otra luz». Por ello, «ustedes han pedido la fe: la Iglesia da la fe con el Bautismo, ustedes tienen la tarea de hacer que crezca, de custodiarla y de que se convierta en testimonio para todos los demás». Por ello, «este es el sentido de esta ceremonia, y solo esto es lo que quería decirles: custodiar la fe, hacerla crecer».
La ceremonia comenzó con la tradicional formula con la que se preguntan los nombres y las intenciones a los padres y padrinos. Por cuarta vez en su Pontificado, el Papa presidió la misa en el día en el que concluye el tiempo de la Navidad, administrando el sacramento del Bautismo a 13 niñas y a 15 niños, principalmente hijos de empleados vaticanos. Pero no serán solo estos los niños que bautizará directamente el Pontífice durante el año: el próximo 14 de enero, Francisco bautizará en la Casa Santa Marta a 8 niños que nacieron en Amatrice y Accumoli (Italia), después del terremoto del pasado 24 de agosto. Francisco también dijo, dirigiéndose a las madres al escuchar el llanto de uno de los pequeños: «Y luego, comenzó el concierto. Porque los niños se encuentran en un lugar que no conocen, se levantaron antes de lo normal, tal vez, y luego empieza uno, da la nota, y luego los otros lo imitan y lloran solo porque lloran los demás. Jesús hizo lo mismo: la primera prédica de Jesús fue un llanto. Y luego, como la ceremonia es un poco larga, a algunos les da hambre, y si es así, ustedes, mamás, amamanten sin miedo, con normalidad, como la Virgen». El Papa quiso de esta manera, y nuevamente, romper el tabú que pretende impedir que las madres amamanten a sus hijos en público.
Herodes no pudo adorar al Niño Jesús, porque «buscaba que lo adorasen» a él.
Durante la Misa de la Epifanía, Francisco habló sobre la actitud de los Magos: pudieron adorar porque tuvieron el valor de caminar y de postrarse frente al pequeño, al pobre, al indefenso...
Herodes no pudo adorar al Niño Jesús, porque «buscaba que lo adorasen» a él. En cambio, los Magos, hombres que sentían la nostalgia de Dios, vieron la estrella «porque se habían puesto en camino. Tenían el corazón abierto al horizonte y lograron ver lo que el cielo les mostraba porque había en ellos una inquietud que los empujaba: estaban abiertos a una novedad». Fue lo que dijo Francisco en la misa de la Epifanía, celebrada en San Pedro, y también describió cuál fue la diferencia en la actitud de los Magos frente a los que estaban cerrados a las novedades de Dios.
«Estos hombres —dijo el Papa— vieron una estrella que los puso en movimiento. El descubrimiento de algo inusual que sucedió en el cielo logró desencadenar un sinfín de acontecimientos. No era una estrella que brilló de manera exclusiva para ellos, ni tampoco tenían un ADN especial para descubrirla. Como bien supo decir un padre de la Iglesia, los magos no se pusieron en camino porque hubieran visto la estrella, sino que vieron la estrella porque se habían puesto en camino». Así, los Magos «expresan el retrato del hombre creyente, del hombre que tiene nostalgia de Dios; del que añora su casa, la patria celeste. Reflejan la imagen de todos los hombres que en su vida no han dejado que se les anestesie el corazón».
La «santa nostalgia de Dios», añadió Bergoglio, «nos permite tener los ojos abiertos frente a todos los intentos reductivos y empobrecedores de la vida. La santa nostalgia de Dios es la memoria creyente que se rebela frente a tantos profetas de desventura. Esa nostalgia es la que mantiene viva la esperanza de la comunidad creyente». Una nostalgia que «nos saca de nuestros encierros deterministas, esos que nos llevan a pensar que nada puede cambiar. La nostalgia de Dios es la actitud que rompe aburridos conformismos e impulsa a comprometernos por ese cambio que anhelamos y necesitamos».
«El creyente “nostalgioso” —explicó el Pontífice— busca a Dios, empujado por su fe, en los lugares más recónditos de la historia, porque sabe en su corazón que allí lo espera su Señor. Va a la periferia, a la frontera, a los sitios no evangelizados para poder encontrarse con su Señor; y lejos de hacerlo con una postura de superioridad lo hace como un mendicante que no puede ignorar los ojos de aquel para el cual la Buena Nueva es todavía un terreno a explorar».
Como actitud opuesta, hizo notar el Papa, en el palacio de Herodes, que estaba muy cerca de Belén, «no se habían percatado de lo que estaba sucediendo». Herodes dormía «bajo la anestesia de una conciencia cauterizada. Y quedó desconcertado. Tuvo miedo. Es el desconcierto que, frente a la novedad que revoluciona la historia, se encierra en sí mismo, en sus logros, en sus saberes, en sus éxitos. El desconcierto de quien está sentado sobre su riqueza sin lograr ver más allá. Un desconcierto que brota del corazón de quién quiere controlar todo y a todos. Es el desconcierto —dijo Bergoglio— del que está inmerso en la cultura del ganar cueste lo que cueste; en esa cultura que sólo tiene espacio para los «vencedores» y al precio que sea. Un desconcierto que nace del miedo y del temor ante lo que nos cuestiona y pone en riesgo nuestras seguridades y verdades, nuestras formas de aferrarnos al mundo y a la vida».
Los Magos, para adorar, fueron al lugar propio de un rey: el palacio de Herodes. «Es signo de poder, de éxito, de vida lograda. Y es de esperar que el rey sea venerado, temido y adulado, sí; pero no necesariamente amado. Esos son los esquemas mundanos, los pequeños ídolos a los que le rendimos culto: el culto al poder, a la apariencia y a la superioridad. Ídolos que solo prometen tristeza y esclavitud».
Pero justamente allí, en ese palacio, observó Francisco, comenzó el camino más difícil: descubrir que lo que buscaban «se encontraba en otro lugar, no sólo geográfico sino existencial. Allí no veían la estrella que los conducía a descubrir un Dios que quiere ser amado, y eso sólo es posible bajo el signo de la libertad y no de la tiranía; descubrir que la mirada de este Rey desconocido (pero deseado) no humilla, no esclaviza, no encierra. Descubrir que la mirada de Dios levanta, perdona, sana. Descubrir que Dios ha querido nacer allí donde no lo esperamos, donde quizá no lo queremos. O donde tantas veces lo negamos. Descubrir que en la mirada de Dios hay espacio para los heridos, los cansados, los maltratados y abandonados: que su fuerza y su poder se llama misericordia».
«Herodes —concluyó— no puede adorar porque no quiso y no pudo cambiar su mirada. No quiso dejar de rendirse culto a sí mismo creyendo que todo comenzaba y terminaba con él. No pudo adorar porque buscaba que lo adorasen. Los sacerdotes tampoco pudieron adorar porque sabían mucho, conocían las profecías, pero no estaban dispuestos ni a caminar ni a cambiar». Los Magos, por el contrario, «sintieron nostalgia, no querían más de lo mismo. Estaban acostumbrados, habituados y cansados de los Herodes de su tiempo. Pero allí, en Belén, había promesa de novedad, había promesa de gratuidad. Allí estaba sucediendo algo nuevo. Los magos pudieron adorar porque se animaron a caminar y postrándose ante el pequeño, postrándose ante el pobre, postrándose ante el indefenso, postrándose ante el extraño y desconocido Niño de Belén descubrieron la Gloria de Dios».
El joven Ismail y su madre Jandark Behnam Mansour Nassi fueron secuestrados por el Daesh en el pueblo cristiano de Bartella
El joven Ismail y su madre Jandark Behnam Mansour Nassi fueron secuestrados por el Daesh en el pueblo cristiano de Bartella
Hace dos meses, Ismail consiguió escapar de la ciudad iraquí de Mosul con su madre Jandark Behnam Mansour Nassi (55), después de haber sobrevivido durante más de dos años bajo el terror del Daesh. Actualmente, Ismail y Jandark viven en Erbil, en la región autónoma kurda de Irak. Nos relatan su historia, echando la vista atrás al tiempo pasado en el «Estado Islámico».
Dos años viviendo bajo la ocupación del Estado Islámico
«Mi madre y yo vivíamos en Bartella, uno de los pueblos cristianos de la llanura de Nínive», dice Ismail. «Una mañana de agosto, al despertarnos nos encontramos con que el EI había tomado la ciudad. Intentamos salir de la ciudad, pero los yihadistas nos secuestraron; nos capturaron y llevaron a Mosul».
«Tenía mucho miedo —dice su madre, Jandark, viuda—. Tenían escritos nuestros nombres y no teníamos ni idea dónde estábamos ni lo que iba a suceder con nosotros. Estábamos completamente apartados del resto del mundo. Poco después nos permitieron volver a Bartella; pero en un punto de control nos dijeron que teníamos que convertirnos al Islam. Al negarnos a hacerlo, nos pegaron. A mi hijo le llevaron a la cárcel; tenía entonces tan solo catorce años».
El joven Ismail y su madre Jandark Behnam Mansour Nassi, han vivido en Mosul, desde que el Daesh les secuestró en el pueblo cristiano de Bartella.
«Me llevaron a la cárcel de Bartella —lo corrobora Ismail—. Un día, un chiita fue asesinado directamente enfrente de mí. Los terroristas me dijeron: “si no quieres convertirte al Islam, te pegaremos un tiro también a ti”. Entonces fue cuando me convertí al Islam; desde entonces ocultamos que éramos cristianos».
Ismail fue liberado de la cárcel y, con su madre, llevado de un lugar a otro: de Bartella a varios barrios de Mosul; y después al pequeño pueblo de Bazwaya, situado a tan solo unos pasos de Mosul.
«Nos dieron un documento del Daesh que decía que éramos musulmanes —continúa Ismail—. De ese modo podría salir a la calle en Mosul; pero en la calle uno no podía estar seguro de sobrevivir. En una ocasión me golpearon porque llevaba los pantalones demasiado largos».
«Una vez, cuando me dirigía a la mezquita con los yihadistas, temprano por la mañana, nos encontramos con el camino bloqueado. De repente pasaron a nuestro lado hombres vestidos con un traje naranja, dirigidos a punta de pistola por un grupo de niños del IE. Los niños los ejecutaron con placer».
«En otra ocasión me topé con una gran multitud en la calle. Estaban alrededor de una mujer, atada de pies y manos. Los terroristas del EI trazaron un círculo alrededor de ella. Si conseguía salir del círculo, la dejarían vivir; pero era imposible porque estaba atada. Mientras que sus familiares lloraban y suplicaban que la perdonaran, los yihadistas arrojaron piedras sobre ella hasta que murió».
«El EI me llevó a un campo correccional; allí tuve que dejarme crecer el cabello y la barba. A mi madre le dieron un largo vestido negro; pero no le estaba permitido salir a la calle. Los guerreros del EI quisieron que me casara; así podría ser uno de ellos. Repuse que era demasiado joven, que solo tenía quince años. Eso no les impresionó porque incluso niños de trece años estaban casados. Los terroristas me pidieron que me uniera a ellos. Estaban convencidos de que su Estado sobreviviría a todo».
«En el EI, obligaron a mi hijo a practicar el Islam, y yo fui torturada por no conocer nada del Islam y del Corán», dice su madre, Jandark. «Sí; estoy avergonzado por haber tenido que profesar el Islam», afirma Ismail.
«Los guerreros del EI me obligaron a rezar —continúa Ismail—. Me dieron una alfombra de oración sobre la que debía dirigirme a Alá. Los hombres están obligadosa rezar en la mezquita los viernes. Quien se atreve a andar por las calles durante la oración del viernes puede ser golpeado. En la mezquita nos decían que los asirios son malos y que los cristianos no tienen la fe verdadera. Mi madre debía rezar en casa, pero no rezó a Alá».
«Entonces, los guerreros del EI descubrieron mi cadena con una cruz, señal de que soy cristiano. Los yihadistas me golpearon y me hicieron estudiar el Corán durante un mes. Me daban golpes cuando no sabía responder a sus preguntas del modo en que esperaban de mí; a mi madre la pinchaban con unas agujas largas porque no había estudiado nada del Corán».
«Un día oímos que Qaraqosh, otro pueblo cristiano de la llanura de Nínive ocupado por el Daesh, había sido liberado y que las tropas de liberación habían expulsado a los yihadistas de Bartella. Poco después comenzaron los ataques aéreos a Mosul, y muchas personas huyeron. También el EI huyó y, con las prisas, dejaron varias armas. Sin embargo se llevaron consigo a varias personas en su camino a través de Mosul; entre ellos estábamos también mi madre y yo. Durante tres días estuvimos bajo el control de un yihadista».
«Cuando los terroristas estuvieron demasiado ocupados con la batalla, nos abandonaron. De nuevo oímos que el ejército estaba avanzando. Tomamos un taxi hacia el frente, hacia la libertad; pero los yihadistas bloquearon el camino. Más tarde volvimos a intentar escapar. Así terminamos en el frente: francotiradores del EI intentaban hacer fuego sobre nosotros. Corrimos a refugiarnos en una casa. Después de varias horas de lucha, mi madre y yo pudimos salir de la casa, portando una bandera blanca. Soldados del ejército de liberación iraquí nos dieron la bienvenida. ¡Éramos libres!».
Ayuda a la Iglesia Necesitada – ACN España ha apoyado a los refugiados cristianos en Erbil y Bagdad con más de 23 millones de euros desde que comenzó la crisis en agosto de 2014. Entre los proyectos más importantes se encuentra el programa de alimentos para familias desplazadas de Mosul y de la llanura de Nínive, del que se benefician hasta 13.000 familias, y el programa de alquiler de viviendas par aproximadamente 1.800 familias cristianas desplazadas en Kurdistán.
Las representaciones populares de la Navidad han tendido a unir, en la misma noche del Nacimiento, la adoración de los pastores al Niño y la llegada de los Magos al portal. Esto ha surgido, sobre todo, por una necesidad “escénica”: una pintura o una representación de esa escena resulta mucho más rica y polifónica si unifica en una sola imagen a todos los personajes implicados; así aparece como más grandiosa.
Pero los teólogos suponen que ambos hechos estuvieron separados en el tiempo. Desde que avistaron la estrella, prepararon el viaje y llegaron a Jerusalén desde el lejano Oriente, debió pasar casi un año. Eso mismo parece sugerir la decisión de Herodes: “se informó por ellos del tiempo en que había aparecido la estrella” (Mt 2, 7) y, teniendo eso a la vista, manda degollar no a los recién nacidos, sino a todos los varones menores de dos años: debieron decirle que la estrella apareció un año antes.
En las tres escenas que vimos ayer, la llegada de los pastores se muestra casi simultánea a la llegada de los Magos. Y algo similar sucede en Ben Hur. Aquí la escena arranca desde el portal. Los pastores, que han llegado unos minutos antes, se vuelven al oír unas pisadas y aparecen de espaldas los Magos. Entran en el establo y, con ellos, entra también la cámara. Se detienen un instante, se arrodillan y depositan sus presentes. Aún no hemos visto al Niño.
El director ha buscado el efecto sorpresa, y retrasa lo más posible el mostrarnos la sublime escena. En el mismo plano –no se ha interrumpido desde el principio- la cámara avanza y vemos al fin a Jesús, María y José. Tres grupos están perfectamente distribuidos en el espacio escénico, como en tres anillos concéntricos: los pastores, los Magos y la Sagrada Familia. Una escena sin palabras, que termina con un toque bocólico: un ternero acude dando saltos hasta su madre, subrayando así el símbolo fundamental de la maternidad.
También en La Natividad se hace coincidir la llegada de pastores y Magos. Aquí el juego de luces es intenso. Primero vemos a los Magos acercándose a contraluz. Luego aparece el establo iluminado por un haz luminoso que señala el lugar donde está Jesús (Mt 2, 9). Y, finalmente, se produce el encuentro de todos los personajes en la Luz (aunque el mundo está a oscuras). Por eso Gaspar exclama: “¡El más grande los Reyes… nacido en el lugar más humilde!”. Los Magos se miran, y uno de ellos añade: “Dios… hecho carne”.
En Jesús de Nazaret, a diferencia de los anteriores, la llegada de los Magos se produce meses después. José y María regresan con el Niño de la purificación en el templo y se sorprenden al ver unos pajes bien vestidos en la puerta de su casa. Ni es de noche ni están ahí los pastores: la imagen es completamente inédita. Además, tampoco se cobijan en una gruta: a José le ha dado tiempo a construir una casa de madera.
Y allí se produce el encuentro con los Magos: “No temáis. ¿Dónde está el Niño? Venimos de muy lejos para adorarle”. Se produce entonces un triple juego de miradas: de José y María a los Reyes, de éstos a Jesús, y de éste a la cámara (en esa mirada, el espectador se siente interpelado). Viene entonces la declaración de Baltasar, muy en línea con la escena anterior de La Natividad: “Al venir a aquí, a un establo, creí que nos equivocábamos; pero ahora veo que es muy justo”. Para hacer más explícito el mensaje, Gaspar añade: “No en la gloria, sino en la humildad”.
Los Magos fueron los primeros de la larguísima fila de aquellos que han sabido encontrar a Cristo en su propia vida y que han conseguido llegar a Aquel que es la luz del mundo, porque tuvieron humildad y no confiaron sólo en su propia sabiduría.
CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 6 de enero de 2009.-
Así lo afirmó Benedicto XVI en la Solemnidad de la Epifanía del Señor, durante la celebración de la Misa en la Basílica vaticana.
A Belén, explicó, llegaron “no los poderosos y los reyes de la tierra, sino unos Magos, personajes desconocidos, quizás vistos con sospecha, en todo caso indignos de particular atención”.
La adoración de los Magos
“Estos personajes procedentes de Oriente no son los últimos, sino los primeros de la gran procesión de aquellos que, a través de todas las épocas de la historia, saben reconocer el mensaje de la estrella, saben caminar por los caminos indicados por la Sagrada Escritura y saben encontrar, así, a Aquél que es aparentemente débil y frágil, pero que en cambio es capaz de dar la alegría más grande y más profunda al corazón del hombre”, recordó el Papa.
“En Él, de hecho, se manifiesta la realidad estupenda de que Dios nos conoce y está cerca de nosotros, de que su grandeza y poder no se expresan en la lógica del mundo, sino en la lógica de un niño inerme, cuya fuerza es sólo la del amor que se nos confía”.
LOS DONES DE LOS MAGOS, ACTO DE JUSTICIA
El Papa recordó que los Magos llevaron en regalo a Jesús oro, incienso e mirra. “No son ciertamente dones que respondan a necesidades primarias”, admitió, subrayando que en aquel momento “la Sagrada Familia habría tenido ciertamente mucha más necesidad de algo distinto que el incienso y la mirra, y tampoco el oro podía serle inmediatamente útil”.
Estos dones, sin embargo, “tienen un significado profundo: son un acto de justicia”, afirmó.
Según la mentalidad oriental, “representan el reconocimiento de una persona como Dios y Rey: es decir, son un acto de sumisión”.
“La consecuencia que deriva de ello es inmediata. Los Magos no pueden ya proseguir por su camino”, explicó, “Han sido llevados para siempre al camino del Niño, la que les hará desentenderse de los grandes y los poderosos de este mundo y les llevará a Aquel que nos espera entre los pobres, el camino del amor que por sí solo puede transformar el mundo”.
“No sólo, por tanto, los Magos se han puesto en camino, sino que desde aquel acto ha comenzado algo nuevo, se ha trazado una nueva vía, ha bajado al mundo una nueva luz que no se ha apagado”.
Esa luz, añade el Papa, “no puede ya ser ignorada en el mundo: los hombres se moverán hacia aquel Niño y serán iluminados por la alegría que solo Él sabe dar”.
LA IMPORTANCIA DE LA HUMILDAD
“Muchos han visto la estrella, pero son pocos los que han entendido su mensaje”, constató.
“¿Cuál es la razón por las que unos ven y encuentren, y otros no? ¿Qué es lo que abre los ojos y el corazón? ¿Qué les falta a aquellos que permanecen indiferentes, a aquellos que indican el camino pero no se mueven?”, se pregunta el Papa.
El obstáculo que lo impide, explicó el Papa, es “la demasiada seguridad en sí mismos, la pretensión de conocer perfectamente la realidad, la presunción de haber ya formulado un juicio definitivo sobre las cosas volviendo cerrados e insensibles sus corazones a la novedad de Dios”.
“Lo que falta es la humildad auténtica, que sabe someterse a lo que es más grande, pero también el auténtico valor, que lleva a creer a lo que es verdaderamente grande, aunque se manifieste en un Niño inerme”.
Falta, añadió, “la capacidad evangélica de ser niños en el corazón, de asombrarse, y de salir de sí para encaminarse en el camino que indica la estrella, el camino de Dios”.
“El Señor sin embargo tiene el poder de hacernos capaces de ver y de salvarnos”, concluyó el Papa, pidiendo para los fieles “un corazón sabio e inocente, que nos consienta ver la estrella de su misericordia, nos encamine en su camino, para encontrarle y ser inundados por la gran luz y por la verdadera alegría que él ha traído a este mundo”.
Sin embargo, destacó el Papa, aunque los pocos de Belén que reconocieron al Mesías se han convertido en muchos a lo largo de la historia, “los creyentes en Jesucristo parecen ser siempre pocos”.
¿Qué es la Mirra?
"Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros, le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra", explica el evangelio de Mateo. Todo el mundo tiene una idea de lo que son el oro y el incienso pero, ¿qué pasa con la mirra, el tercer regalo que los Reyes Magos llevaron al niño Jesús?
Se trata de una resina aromática que exuda la Commiphora myrrha, un árbol que de forma natural crece al noreste de África, en Arabia y Turquía. De sabor muy amargo, la mirra fue un bien muy preciado en la antigüedad, ya que se empleaba para elaborar perfumes y ungüentos.
Esta sustancia también tiene numerosas propiedades medicinales y se usaba para tratar la ronquera, la disentería y como antiparasitaria. Además, Dioscórides también menciona en su tratado "De Materia Médica" las propiedades abortivas de la mirra. De forma frecuente esta resina era utilizada también como ungüento para embalsamar a los muertos.
Aunque no se sabe con exactitud el significado de este regalo, algunas hipótesis apuntan a que su sabor anunciaba proféticamente momentos muy amargos en la vida del Mesías.
La mirra -sustancia aromática también gomosa resultado de recoger la resina del árbol de la mirra-, tiene dos posibles interpretaciones como regalo a Jesús:
1. Se utilizaba como anestésico -normalmente mezclada con vino- y se puede interpretar como que el Señor venía a "quitar el dolor al mundo".
2. Pero también la mirra se empleaba para embalsamar a los muertos, por lo que podría representar "un anuncio de su pasión y una alegoría de que Jesús como hombre está sujeto a la muerte".
Francisco habla de la procesión que siguieron y asegura que ese camino de encuentro se repite en todas las épocas, también en la actualidad, reconociendo el mensaje que nos hace encontrar a Dios, “Los Magos representan a los hombres y a las mujeres en busca de Dios en las religiones y filosofías del mundo entero, una búsqueda que no acaba nunca”, dijo.
En su homilía de la Santa Misa del día de la Epifanía del Señor, el Papa habló y analizó profundamente la figura de los Magos de Oriente y su camino en busca del Mesías.
Francisco habla de la procesión que siguieron y asegura que ese camino de encuentro se repite en todas las épocas, también en la actualidad, reconociendo el mensaje que nos hace encontrar a Dios, “Los Magos representan a los hombres y a las mujeres en busca de Dios en las religiones y filosofías del mundo entero, una búsqueda que no acaba nunca”, dijo.
El Santo Padre explica como los Magos encontraron muchas dificultades, y tuvieron también tentaciones, como la de ir al palacio del rey pensando que el Niño Dios nacería allí, o como la de rechazar la pequeñez. Pero esto les sirvió para “reconocer que los criterios de Dios son muy distintos a los de los hombres”: “Dios nos habla en la humildad de su amor”.
“Los Magos han entrado en el misterio. Han pasado de los cálculos humanos al misterio, y éste es el camino de su conversión”, y en este contexto nos pregunta Francisco por nuestra conversión, y nos exhorta a pedir al Señor para que nos conceda vivir el mismo camino de conversión que vivieron los Magos, y para que tengamos siempre la inquietud de preguntarnos ¿dónde está la estrella?
Palabras del Papa
Ese Niño, nacido de la Virgen María en Belén, vino no sólo para el pueblo de Israel, representado en los pastores de Belén, sino también para toda la humanidad, representada hoy por los Magos de Oriente. Y precisamente hoy, la Iglesia nos invita a meditar y a rezar sobre los Magos y su camino en busca del Mesías.
Estos Magos que vienen de Oriente son los primeros de esa gran procesión de la que habla el profeta Isaías en la primera lectura (cf. 60,1-6). Una procesión que desde entonces no se ha interrumpido jamás, y que en todas las épocas reconoce el mensaje de la estrella y encuentra el Niño que nos muestra la ternura de Dios. Siempre hay nuevas personas que son iluminadas por la luz de su estrella, que encuentran el camino y llegan hasta él.
Según la tradición, los Magos eran hombres sabios, estudiosos de los astros, escrutadores del cielo, en un contexto cultural y de creencias que atribuía a las estrellas un significado y un influjo sobre las vicisitudes humanas. Los Magos representan a los hombres y a las mujeres en busca de Dios en las religiones y filosofías del mundo entero, una búsqueda que no acaba nunca. Hombres y mujeres en búsqueda.
Los Magos nos indican el camino que debemos recorrer en nuestra vida. Ellos buscaban la Luz verdadera: «Lumen requirunt lumine», dice el himno litúrgico de la Epifanía, refiriéndose precisamente a la experiencia de los Magos; “Lumen requirunt lumine”. Siguiendo una luz ellos buscan la luz. Iban en busca de Dios. Cuando vieron el signo de la estrella, lo interpretarony se pusieron en camino, hicieron un largo viaje.
El Espíritu Santo es el que los llamó e impulsó a ponerse en camino, y en este camino tendrá lugar también su encuentro personal con el Dios verdadero.
En su camino, los Magos encuentran muchas dificultades. Cuando llegan a Jerusalén van al palacio del rey, porque consideran algo natural que el nuevo rey nazca en el palacio real. Allí pierden de vista la estrella. ¡Cuantas veces se pierde la vista de la estrella! y se encuentran una tentación, puesta ahí por el diablo, es el engaño de Herodes. El rey Herodes muestra interés por el niño, pero no para adorarlo, sino para eliminarlo. Herodes es un hombre de poder, que sólo consigue ver en el otro a un rival. Y en el fondo, también considera a Dios como un rival, más aún, como el rival más peligroso. En el palacio los Magos atraviesan un momento de oscuridad, de desolación, que consiguen superar gracias a la moción del Espíritu Santo, que les habla mediante las profecías de la Sagrada Escritura. Éstas indican que el Mesías nacerá en Belén, la ciudad de David.
En este momento, retoman el camino y vuelven a ver la estrella. El evangelista apunta que experimentaron una «inmensa alegría» (Mt 2,10), una verdadera consolación. Llegados a Belén, encontraron «al niño con María, su madre» (Mt 2,11). Después de lo ocurrido en Jerusalén, ésta será para ellos la segunda gran tentación: rechazar esta pequeñez. Y sin embargo: «cayendo de rodillas lo adoraron», ofreciéndole sus dones preciosos y simbólicos. La gracia del Espíritu Santo es la que siempre los ayuda. Esta gracia que, mediante la estrella, los había llamado y guiado por el camino, ahora los introduce en el misterio. Aquella estrella que ha acompañado el camino les hace entrar en el misterio. Guiados por el Espíritu, reconocen que los criterios de Dios son muy distintos a los de los hombres, que Dios no se manifiesta en la potencia de este mundo, sino que nos habla en la humildad de su amor. ¿El amor de Dios es grande? ¡Sí! Pero el amor de Dios es humilde, ¡muy humilde! De ese modo, los Magos son modelos de conversión a la verdadera fe porque han dado más crédito a la bondad de Dios que al aparente esplendor del poder.
Y ahora nos preguntamos: ¿Cuál es el misterio en el que Dios se esconde? ¿Dónde puedo encontrarlo? Vemos a nuestro alrededor guerras, explotación de los niños, torturas, tráfico de armas, trata de personas… Jesús está en todas estas realidades, en todos estos hermanos y hermanas más pequeños que sufren tales situaciones (cf. Mt 25, 40.45). El pesebre nos presenta un camino distinto al que anhela la mentalidad mundana. Es el camino del anonadamiento de Dios, aquella humildad de amor de Dios se baja, se aniquila, de su gloria escondida en el pesebre de Belén, en la cruz del Calvario, en el hermano y en la hermana que sufren.
Los Magos han entrado en el misterio. Han pasado de los cálculos humanos al misterio, y éste es el camino de su conversión. ¿Y la nuestra? Pidamos al Señor que nos conceda vivir el mismo camino de conversión que vivieron los Magos. Que nos defienda y nos libre de las tentaciones que oscurecen la estrella. Que tengamos siempre la inquietud de preguntarnos, ¿dónde está la estrella?, cuando, en medio de los engaños mundanos, la hayamos perdido de vista. Que aprendamos a conocer siempre de nuevo el misterio de Dios, que no nos escandalicemos de la “señal”, de la indicación, aquella señal dicha por los Ángeles: «un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lc 2,12), y que tengamos la humildad de pedir a la Madre, a nuestra Madre, que nos lo muestre. Que encontremos el valor de liberarnos de nuestras ilusiones, de nuestras presunciones, de nuestras “luces”, y que busquemos este valor en la humildad de la fe y así encontremos la Luz, Lumen, como han hecho los santos Magos. Que podamos entrar en el misterio. Que así sea.
¿Cómo pudo arraigar en la sociedad romana la fe cristiana, que defendía postulados éticos contrarios a los que regían las relaciones entre los hombres?
Una revolución gigantesca
POR JUAN MANUEL DE PRADA
Una visita a Roma, siguiendo las huellas del cristianismo primitivo, me ha impuesto un motivo de reflexión. ¿Cómo pudo arraigar en la sociedad romana una fe como la cristiana, que se sustentaba sobre una visión monoteísta de la divinidad y defendía postulados éticos totalmente extraños, incluso adversos, a los que por entonces regían las relaciones entre los hombres?
Basta leer la brevísima Carta de San Pablo a Filemón, en la que le propone que manumita a su esclavo Onésimo y lo acoja como si de un «hermano querido» se tratase, para que advirtamos que la conversión a la nueva fe proponía una subversión radical de los valores vigentes.
La esclavitud no era tan sólo una situación plenamente reconocida por la ley; era también el cimiento de la organización económica romana. Podemos entender que un esclavo se sintiese seducido por la prédica de un cristiano que le aseguraba que ningún otro hombre podía ejercer dominio sobre él.
Pero, ¿cómo un patricio que funda su fortuna sobre el derecho de propiedad que posee sobre otros hombres se aviene a amarlos «no sólo humanamente sino como hermanos en el Señor», no porque ninguna obligación legal se lo imponga, sino «por propia voluntad», como San Pablo le aconseja a Filemón que haga con Onésimo? Semejante cambio de mentalidad exige una revolución interior gigantesca.
Pongámonos en el pellejo de un patricio romano de los primeros siglos de nuestra era. Sabemos que por aquella época el culto a las divinidades del Olimpo era cada vez más laxo y protocolario. Sabemos también que los sucesivos emperadores que siguieron a Julio César se nombraron a sí mismos dioses, en un acto de arrogancia megalómana que a cualquier patricio romano con inquietudes espirituales le resultaría repugnante.
Probablemente ese patricio romano al que tratamos de evocar hubiese dejado de creer en los dioses paganos, cuyas andanzas se le antojarían una superchería; pero su mentalidad seguía siendo politeísta. La creencia en un Dios único se le antojaría un desatino propio de razas híspidas y fanáticas, oriundas de geografías desérticas, ajenas a la belleza multiforme del mundo.
Pero entonces nuestro patricio romano repara en la novedad del cristianismo. Dios se ha hecho hombre: no para encumbrarse en un trono y para que los demás hombres se prosternen a su paso, como hacían los degenerados emperadores a quienes le repugnaba adorar, ni para disfrutar de tal o cual gozo mundano, como hacían los habitantes del Olimpo; sino para participar de las limitaciones humanas, para probar sus mismas penalidades, para acompañar a los hombres en su andadura terrenal.
Y, al hacerse hombre, Dios hace que la vida humana, cada vida humana, se torne sagrada; a través de su encarnación, el Dios de los cristianos logra que cada ser humano, cada uno de esos «pequeñuelos» a los que se refiere el Evangelio, sea reflejo vivo, portador de divinidad. De repente, ese patricio romano siente que por fin ha hallado una fe que le permite adorar a un Dios único y seguir venerando la belleza multiforme del mundo de un modo, además, mucho más exigente, puesto que ahora esa belleza es sagrada, está poseída por ese Dios que ha querido compartir su misma naturaleza humana.
Para ese imaginario patricio romano que ahora tratamos de evocar en su proceso de conversión desde la mentalidad politeísta tuvo que desempeñar un papel decisivo el culto a los santos. En ellos debió encontrar una simbiosis perfecta entre aquella «virtus» que cultivaron sus ancestros y la nueva fe que hacía de cada hombre un portador de divinidad.
Y, sobre todos ellos, la figura de María. Los dioses del Olimpo elegían a las mujeres más bellas y distinguidas para disfrutar de un placentero revolcón y enseguida abandonar el lecho, con los primeros clarores del alba; el Dios de los cristianos había elegido a la mujer más humilde, una paria de Judea, casada con un carpintero zarrapastroso, para quedarse con ella, para quedarse en ella, para hacerse visible ante los hombres, para hacerse uno de ellos, a través de ella.
En la sociedad romana, la mujer ocupaba un lugar vicario del hombre; al haber confiado en una mujer como depositaria de su divinidad, el Dios cristiano había encumbrado la naturaleza femenina hasta cúspides inimaginables.
De repente, nuestro patricio romano supo que Dios estaba en él, que Dios estaba dentro de cada hombre y de cada mujer. Y se dispuso a abrazar esa revolución gigantesca con un ardor hasta entonces desconocido.
Artículo de Juan Manuel de Prada publicado en la revista XLSemanal
Es difícil explicar la profundidad de los gestos del Papa: su oración silenciosa en Auschwitz; su visita a Lesbos, corazón del drama de los refugiados; su abrazo al Patriarca de Moscú; la visita a recién nacidos enfermos; su oración silenciosa ante la Virgen de Guadalupe; el cierre de la Puerta Santa...
Al volver a verlos es fácil concluir que una imagen dice más que mil palabras.
¿Sabes quién era san Basilio de Cesarea?
San Basilio (330-379)nació en Cesarea de Capadocia y llegó a ser obispo de esa ciudad. Defendió la fe contra los arrianos que negaban la divinidad de Jesucristo y del Espíritu Santo; su preocupación principal fue la unidad de la Iglesia. Escritor egregio en todas las materias, y promotor de la vida monástica. Conocido como "el Magno", es doctor de la Iglesia.
San Basilio alienta a los jóvenes a vivir vida virtuosa y justa, afirma el Papa
CIUDAD DEL VATICANO,-
En la Audiencia General celebrada el miércoles, 1 agosto 2007, en Castel Gandolfo, el Papa Benedicto XVI retomó su reflexión en torno a uno de los Padres de la Iglesia, San Basilio, Obispo en el siglo IV de lo que es ahora Turquía, quien destaca la importancia de tomar de la cultura elementos en donde se atisbe la verdad de las cosas, y la necesidad que tienen los jóvenes de vivir la virtud, centrados en Cristo.
“Basilio se interesónaturalmente también en aquella porción elegida del Pueblo de Dios que son lo jóvenes, el futuro de la sociedad. A ellos les dirigió un discurso sobre el modo de sacar algún provecho de la cultura pagana de ese tiempo. Con mucho equilibrio y apertura, él reconoce que en la literatura clásica, griega y latina, se encuentran ejemplos de virtud”, explicó el Santo Padre.
El Pontífice indicó que para San Basilio, “estos ejemplos de vida recta puede ser útiles para los jóvenes cristianos en búsqueda de la verdad, del recto modo de vivir (cfr Ad Adolescentes 3). Por lo tanto, hace falta tomar los textos de los autores clásicos en cuanto sean convenientes y conformes a la verdad. Así con una lectura crítica y abierta –se trata de hecho de un verdadero y propio ‘discernimiento’– los jóvenes crecen en la libertad”.
“Basilio, sobre todo, recomienda a los jóvenes crecer en la virtud, en el recto modo de vivir: ‘Mientras los otros bienes... pasan de esto a aquello como en el juego de los dados, la virtud es un bien inalienable y permanece durante la vida y después de la muerte’ (Ad Adolescentes 5)”, dijo el Papa.
Benedicto XVI también resaltó que San Basilio “nos revela que el Espíritu anima a la Iglesia, la llena de sus dones, la hace santa. La luz espléndida del misterio divino recae sobre el hombre, imagen de Dios, y ensalza su dignidad. Mirando a Cristo, se comprende plenamente la dignidad del hombre. Basilio exclama ‘¡(hombre) date cuenta de tu grandeza considerando el precio pagado por ti: el precio de tu rescate, y comprende tu dignidad!"
“En particular, el cristiano, viviendo en conformidad con el Evangelio, reconoce que los hombres son todos hermanos entre sí, que la vida es una administración de los bienes recibidos por Dios, por los que cada uno es responsable frente a los otros, y que el rico debe ser como un ‘ejecutor de las órdenes de Dios benefactor’”, prosiguió el Papa.
Benedicto XVI aseguró que San Basilio, en sus homilías, “ha usado también palabras valientes, fuerte, sobre este punto. Quien, de acuerdo al mandamiento de Dios, quiere amar al prójimo como a si mismo, ‘no debe poseer nada de más de lo que el prójimo posee’. En tiempo de carestía y calamidad, con palabras apasionadas el santo obispo exhortaba a los fieles a ‘no mostrarse más crueles que las bestias... apropiándose de lo que es común y poseyendo en solitario lo que es de todos’”.
“El pensamiento profundo de Basilio aparece bien en esta sugestiva frase ‘Todos los necesitados miran nuestras manos, como nosotros mismos miramos las de Dios cuando pasamos necesidad’”, prosiguió el Papa.
Tras explicar que Basilio es además uno de los Padres de la Doctrina Social de la Iglesia, el Santo Padre recordó que este Padre de la Iglesia resalta que “para mantener vivo en nosotros el amor a Dios y los hombres es necesaria la Eucaristía, alimento adecuado para los bautizados, capaz de alimentar las nuevas energías derivadas del Bautismo. Es motivo de inmensa alegría poder participar en la Eucaristía, instituida ‘para custodiar incesantemente el recuerdo de quien ha muerto y resucitado por nosotros’”.
“La Eucaristía, inmenso don de Dios, tutela en cada uno de nosotros el recuerdo del sello bautismal, y permite vivir en plenitud y fidelidad la gracia del Bautismo. Por esto el santo obispo recomienda la comunión frecuente, incluso cotidiana: ‘comunicar también cada día recibiendo el santo cuerpo y sangre de Cristo es cosa buena y útil; porque Él mismo dice claramente que ‘quien come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna’ (Jn 6,54). ¿Quién entonces dudará de comunicarse continuamente a la vida para vivir en plenitud?’”, prosiguió el Pontífice.
“Me parece que se puede decir que este Padre de un tiempo lejano nos habla ahora de cosas importantes. Especialmente, esta participación atenta, crítica y creativa en la cultura de hoy. Este es un tiempo en el que, en un mundo globalizado, también los pueblos geográficamente distantes son nuestro prójimo realmente. Entonces, en la amistad con Cristo, el Dios hecho humano; en el conocimiento y reconocimiento de Dios Creador, Padre de todos nosotros, se podrá construir un mundo justo y fraterno”, concluyó Benedicto XVI.
La Audiencia culminó con el canto del Pater Noster y la Bendición Apostólica impartida por el Santo Padre y los obispos presentes.