Extractos de la primera entrevista concedida por el papa emérito Benedicto, a Wlodzimierz Redzioch, colaborador de ZENIT.
Ciudad del Vaticano. 7 de marzo, 2014 (Zenit)
Publicamos a continuación extractos del volumen "JUNTO A JUAN PABLO II - Los amigos & los colaboradores cuentan" (ediciones Ares) de Wlodzimierz Redzioch.
El primer encuentro consciente que tuve con el cardenal Wojtyla fue en el cónclave en el que fue elegido Juan Pablo I. Durante el Concilio, habíamos colaborado ambos en la Constitución sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo,sin embargo fue en secciones diferentes, por lo que no nos habíamos visto. En septiembre de 1978, con ocasión de la visita de los obispos polacos en Alemania, yo estaba en Ecuador como representante de Juan Pablo I. La Iglesia de Munich y Frisinga está unida a la Iglesia ecuatoriana por un hermanamiento realizado por el arzobispo Echevarría Ruiz (Guayaquil) y del cardenal Döpfner. Y así, con mi enorme pesar, perdí la ocasión de conocer personalmente al arzobispo de Cracovia. Naturalmente había oído hablar de su obra de filósofo y pastor, y desde hacía tiempo quería conocerle.
Wojtyla, por su parte, había leído mi Introducción al Cristianismo, que había citado también en los ejercicios espirituales predicados por él a Pablo VI y la Curia, en la Cuaresma de 1976. Por eso era como si interiormente ambos esperásemos encontrarnos.
Sentí desde el inicio una gran veneración y una simpatía cordial por el metropolitano de Cracovia. En el pre-cónclave de 1978 el cardenal Wojtyla analizó para nosotros de forma asombrosa la naturaleza del marxismo. Pero sobre todo percibí en seguida con fuerza la fascinación humana que de él emanaba y de como rezaba, advertí cuan profundamente estaba unido a Dios.
Juan Pablo II me llamó en 1979 para nombrarme prefecto de la Congregación para la Educación católica.
Habían pasado apenas dos años de mi consagración episcopal en Munich y veía imposible dejar tan pronto la sede de san Corbiniano. La consagración episcopal representaba de alguna manera una promesa de fidelidad hacia mi diócesis de pertenencia. Por tanto le pedí al Papa que pospusiera ese nombramiento [...] Fue durante el 1980 que me dijo que quería nombrarme, al finales de 1981 como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe, como sucesor del cardenal Šeper.
Visto que continuaba a sentirme en obligación hacia mi diócesis de pertenencia, para la aceptación del cargo me permití poner una condición, que sin embargo creía irrealizable. Dije que sentía el deber de continuar publicando trabajos teológicos. Habría podido responder afirmativamente solamente si ésto hubiera sido compatible con la labor de prefecto. El Papa, que conmigo era siempre muy benévolo y comprensivo, me dijo que se informaría sobre la cuestión para hacerse una idea. Cuando sucesivamente le hice una visita, me explicó que las publicaciones teológicas son compatibles con el oficio de prefecto; también el cardenal Garrone, dijo, había publicado trabajos teológicos cuando era prefecto de la Congregación para la Educación católica. Así acepté el encargo, bien consciente de la importancia de la tarea, pero sabiendo también que la obediencia al Papa exigía entonces de mí un 'sí'.
La colaboración con el Santo Padre estuvo siempre caracterizada por amistad y afecto. Esta se desarrolló sobre todo en dos planos: el oficial y el privado.
El Papa cada viernes, a las seis de la tarde recibe en audiencia al prefecto de la Congregación para la Doctrina de la fe, que deja a su decisión los problemas surgidos. Tienen preferencia naturalmente los problemas doctrinales, a los que se añaden también las cuestiones de carácter disciplinar: la reducción al estado laical de sacerdotes que lo han solicitado, la concesión del privilegio paulino para aquellos matrimonios en los que uno de los cónyugesno es cristiano, y así sucesivamente. A continuación se añadía también el trabajo en curso para elaborar el Catecismo de la Iglesia Católica. En ocasiones, el Santo Padre recibía antes la documentación esencial y por tanto conocía anticipadamente las cuestiones de las que se iba a tratar. De esta forma, sobre problemas teológicos pudimos conversar fructuosamente. El Papa era también muy conocedor de la literatura alemana contemporánea, y era siempre bonito --para ambos-- buscar juntos la decisión justa sobre todas estas cosas [...].
[...] Finalmente, era costumbre del Papa invitar a comer a los obispos en visita ad limina, como también a grupos de obispos y sacerdotes de distinta composición, según la circunstancia. Eran casi siempre 'comidas de trabajo' en los que a menudo se proponía un tema teológico.
[...] El gran número de presentes hacía siempre variada la conversación y de gran alcance. Y quedaba siempre lugar también para el buen humor. El Papa reíacon ganas y así esas comidas de trabajo, aún en la seriedad que se imponía, de hecho eran también ocasiones para estar en agradable compañía.
A) Sobre Teología de la Liberación
El primer gran desafío que afrontamos fue la Teología de la Liberación que se estaba difundiendo en América Latina. Tanto en Europa como en América del Norte era opinión común que se trataba de un apoyo a los pobres y que por tanto de una causa que se debía aprobar sin duda. Pero era un error.
La pobreza y los pobres eran sin duda tema de la Teología de la Liberación y sin embargo en una prospectiva muy específica. Las formas de ayuda inmediata a los pobres y las reformas que mejoraban las condiciones eran condenadas como reformismo que tiene el efecto de consolidar el sistema: amainaba, se afirmaba, la rabia y la indignación que sin embargo eran necesarias para la transformación revolucionaria del sistema. No era cuestión de ayudas y de reformas, se decía, sino de la gran conmoción de la que debía surgir un mundo nuevo. La fe cristiana era usada como motor por este movimiento revolucionario, transformándola así en una fuerza de tipo político. Las tradiciones religiosas de la fe eran puestas al servicio de la acción política. De tal manera la fe era profundamente distanciada de sí misma y se debilitaba así también el verdadero amor por los pobres. [... El Papa continua aquí hablando sobre el tema de Teología de la liberación].
B) Sobre ecumenismo
Uno de los principales problemas de nuestro trabajo, en los años en los que fui prefecto, fue el esfuerzo por llegar a una comprensión correcta del ecumenismo.
También en este caso se trata de una cuestión que tiene un doble perfil: por un lado, se afirmaba con toda urgencia la tarea de trabajar por la unidad y de abrir los caminos que conducen a ella; por otro lado, es necesario rechazar las falsas concepciones de unidad, que quisieran alcanzar la unidad de la fe a través del atajo de aguar la fe. [...].
C) Sobre la tarea de la Teología en la época contemporánea
Por último nos hemos ocupado también de la cuestión relativa a la naturaleza y a la tarea de la Teología en nuestro tiempo. La ciencia y la unión con la Iglesia a muchos hoy les parecen elementos en contradicción entre ellos. Y sin embargo la Teología puede existir únicamente en la Iglesia y con la Iglesia. Sobre esta cuestión hemos publicado una Instrucción.
Creo que son tres las encíclicas de particular importancia. En primer lugar quisiera mencionar la Redemptor Hominis, la primera encíclica del Papa, en la que ha ofrecido su síntesis personal de la fe cristiana [...]
En segundo lugar quisiera mencionar la encíclica Redemptoris Missio [...]
En tercer lugar quisiera citar la encíclica sobre problemas morales Veritatis Splendor.
La Constitución del Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo contemporáneo, frente a la orientación de la época, prevalentemente Iusnaturalis de la Teología moral, quería que la doctrina moral católica sobre la figura de Jesús y su mensaje tuviera un fundamento bíblico. Esto se intentó a través de indicaciones durante un breve periodo, después se fue afirmando la opinión que la Biblia no tenía alguna moral propia para anunciar, pero que dirigía a los modelos morales en ocasiones válidos. La moral es cuestión de razón, se decía, no de fe.
Desapareció así por una parte, la moral entendida en sentido de la ley natural, pero en su lugar no se afirmaba ninguna concepción cristiana. Y como no se podía reconocer ni un fundamento metafísico ni uno cristológico de la moral, se recurrió a soluciones pragmáticas: a una moral fundada sobreel principio del equilibrio de bienes, en la cual no existe ya lo que es realmente mal y lo que es realmente bien, sino solo lo que, del punto de vista de la eficacia, es mejor o peor.
La gran tarea que el Papa tuvo en esta encíclica fue dibujar nuevamente un fundamento metafísico en la antropología, como también una concretización cristiana en la nueva imagen de hombre de la Sagrada Escritura. Estudiar y asimilar esta encíclica permanece un importante y gran deber.
De gran significado es también la encíclica Fides et ratio [...]
[...] Por último es absolutamente necesario mencionar la Evangelium vitae, que desarrolla uno de los temas fundamentales de todo el pontificado de Juan Pablo II: la dignidad intangible de la vida humana, desde el primer instante de la concepción.
La espiritualidad del Papa se caracterizaba sobre todo por la intensidad de su oración y por tanto está profundamente arraigada en la celebración de la Santa Eucaristía y hecha junto a toda la Iglesia con la recitación del Brevario.
En su libro autobiográfico Don y Misterio se puede ver cuanto el sacramento del sacerdocio haya determinado su vida y su pensamiento. Así su devoción no podía nunca ser puramente individual, sino que estaba siempre llena de preocupación por la Iglesia y por los hombres [...] Todos nosotros hemos conocido su gran amor por la Madre de Dios. Donarse por entero a María significó ser, con ella, todo para el Señor [...]

Que Juan Pablo II fuera un santo, en los años de colaboración con él me ha parecido cada vez más claro. Sobre todo hay que tener en cuenta naturalmente su intensa relación con Dios, su estar inmerso en la comunión con el Señor de la que acabo de hablar. De aquí venía su alegría, en medio de las grandes fatigas que debía pasar y la valentía con la cual cumplió su tarea en un tiempo realmente difícil. Juan Pablo II no pedía aplausos, ni miró nunca alredor preocupado por cómo serían acogidas sus decisiones. Él ha actuado a partir de su fe y sus convicciones y estaba preparado también a sufrir los golpes.
La valentía de la verdad es a mis ojos un criterio de primer orden de la santidad. Solo a partir de su relación con Dios es posible entender también su incansable compromiso pastoral. Se dio con una radicalidad que no puede ser explicado de otro modo.
Su compromiso fue incansable, y no solo en los grandes viajes, cuyos programas estaban cargados de encuentros, desde el inicio hasta el final, sino también día tras día, a partir de la misa matutina hasta la noche tarde. Durante su primera visita en Alemania (1980), por primera vez tuve una experiencia muy concreta de este enorme compromiso. Para su estancia en Munich, decidió que debía tomarse una pausa más larga a medio día. Durante ese intervalo me llamó a su habitación. Le encontré recitando el Breviario y le dije: "Santo Padre, debe descansar"; y él: "puedo hacerlo en el cielo".
Solo quien está lleno profundamente de la urgencia de su misión puede actuar así. [...] Pero debo honorar también su extraordinaria bondad y comprensión. A menudo habría tenido motivos suficientes parar culparme o poner fin a mi encargo como prefecto. Y aún así me sostuvo con una fidelidad y una bondad absolutamente incomprensibles.
También aquí quisiera poner un ejemplo. Frente a la tormenta que se había creado entorno a la declaración Dominus Iesus me dijo que durante el ángelus pretendía defender sin equívoco el documento. Me invitó a escribir un texto que fuera, por así decir, hermético y no permitiera ninguna interpretación diversa. Debía emerger de forma del todo inequívoca que él aprobaba el documento incondicionalmente.
Por tanto, preparé un breve discurso; no pretendía, sin embargo, ser demasiado brusco y así intenté expresarme con claridad pero sin dureza. Después de haberlo leído, el Papa me pregunto otra vez: "¿Es realmente suficientemente claro?" Yo respondí que sí. Quien conoce los teólogos no se asombrará del hecho que, sin embargo, después hubo quien mantuvo que el Papa había prudentemente tomado distancia del texto.
Mi recuerdo de Juan Pablo II está lleno de gratitud. No podía y no debía intentar imitarlo, pero he intento llevar adelante su herencia y su tarea lo mejor que he podido. Y por eso estoy seguro que todavía hoy su bondad me acompaña y su bondad me protege.

“Nunca pensamos que llegaría este momento, pero Dios lo hizo posible. Pido a todos que oremos por la liberación segura de las que quedan"
Gloria Dame es una de las 21 niñas que fueron liberadas el pasado jueves 13 de octubre por el grupo terrorista musulmán Boko Haram.Durante la misa y ceremonia de reencuentro con sus familiares en Abuja, la capital de Nigeria contó que estuvieron sin comida durante un mes y diez días y que incluso escaparon de un bombardeo en la zona donde estaba detenida. “Nunca pensamos que llegaría este momento, pero Dios lo hizo posible. Pido a todos que oremos por la liberación segura de las que quedan".
276 estudiantes y entre ellas Dame fueron secuestradas de una escuela de Chibok - un pueblo de mayoría cristiana ubicado en el norte de Nigeria- enabril del año 2014 por terroristas de Boko Haram, aliados del Estado Islámico (ISIS). Un grupo de 57 logró escapar y quedaron poco más de 200.
Según informa Aciprensa el ex presidente de Nigeria, el general Ibrahim Babangida, dijo que el gobierno, las fuerzas deseguridad y otras entidades negociarán para liberar a las niñas restantes y que les darántratamiento psicológico para ayudarlas a superar los traumas de dos años y medio de cautividad.
Desde su liberación el jueves pasado -gracias a las negociaciones entre Boko Haram y el gobierno nigeriano en colaboración con la Cruz Roja y el gobierno de Suiza- las adolescentes han estado custodiadas por los servicios de seguridad del estado de Nigeria y reciben atención médica.
Boko Haram, cuyo nombre que significa “la educación occidental es pecado”, ha realizado desde el año 2009 atentados que han dejado miles de muertos en el país, ha secuestrado a miles de personas y ha forzado a huir a 2,6 millones de personas en el norte de Nigeria.
A inicios de este año el Arzobispo de Abuja (Nigeria), Cardenal John Onaiyekan, dijo que con Boko Haram “estamos hablando del demonio, porque es algo diabólico”.
Después de años de trabajo, este pasado fin de semana se han abierto las puertas del santuario del Memorial de Moisés en el monte Nebo, uno de los más famosos de Jordania a peregrinos y turistas. Situado a pocos km de la ciudad de Madaba, el lugar es propiedad de la Custodia de Tierra Santa desde 1932 y es de gran importancia tanto para los cristianos como para judíos y musulmanes, que consideran al patriarca Moise´s como uno de sus profetas más importantes.
En la cima del Nebo, en una especie de balcón natural que domina el valle del Jordán y permite llegar con la vista hasta Jerusalén, la narración bíblica (especialmente el capítulo 34 del libro del Deuteronomio) sitúa aquí el lugar en el que Dios mostró a Moisés la tierra prometida a los israelitas, una tierra en la que no puso el pie pues aquí murió y fue enterrado.

Aunque el lugar de la sepultura es desconocido, una comunidad de monjes se estableció en el monte Nebo, perpetuando en él la memoria de Moisés, desde el siglo IV al IX. A lo largo del siglo XX, los arqueólogos de la Custodia de Tierra Santa sacaron a la luz el antiguo monasterio, la basílica y los maravillosos mosaicos que había en su interior. Con el fin de cubrir y proteger el sitio arqueológico, y al mismo tiempo exponer los mosaicos realizados por los monjes en distintos períodos históricos, se ha construido el nuevo edificio inaugurado hace un par de días.
Todos los detalles de la ceremonia de inauguración se pueden consultar en el sitio institucional en internet de la Custodia de Tierra Santa. Desde hoy, el santo lugar abrirá regularmente sus puertas a los visitantes.
El programa de celebraciones incluye momentos formativos dedicados a los guías turísticos, especialmente talleres impartidos por fray Eugenio Alliata, responsable científico del proyecto de restauración, el arquitecto Osama Hamdán, director de las obras de reapertura del Memorial, y por Franco Sciorilli, responsable de la restauración de los mosaicos. Los escolares podrán inscribirse para las visitas guiadas del próximo mes de noviembre.
Tras los recientes descubrimientos y con ocasión de la reapertura del Memorial de Moisés, fray Eugenio Alliata ha escrito la historia del monte Nebo y del Memorial, recorriendo los testimonios antiguos e ilustrando los trabajos de los arqueólogos franciscanos (Sylvester J. Saller, Bellarmino Bagatti, Virgilio Corbo, Michele Piccirillo, Eugenio Alliata y Carmelo Pappalardo), hasta el proyecto actual. En espera de que se publique la guía completa, se puede consultar en el sitio en internet del santuario un breve estudio del autor (aquí, en inglés).
El Papa explicó la primera obra de misericordia: dar de beber al sediento y de comer al hambriento. Dijo que la sociedad de nuestros días está anestesiada por un excesivo apegamiento a la cultura del bienestar, que vuelve a las personas "insensibles” a las necesidades ajenas.
Dios, dijo, está en el que sufre, en el que tiene sed y tiene hambre. Un cristiano, señaló, tiene que reconocer a Dios en esa persona.
CATEQUESIS DEL PAPA EN ESPAÑOL:
"Queridos hermanos y hermanas :
Como hemos escuchado en la Carta de Santiago, hay situaciones de necesidad entre nosotros que requieren una respuesta inmediata y urgente, como: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento; ambas son obras de misericordia corporales. Es muy dura la experiencia del hambre y la sed, y desgraciadamente es una realidad actual y cercana a nosotros. Cada día encontramos personas que sufren estos males y necesitan nuestra ayuda.
Jesús nos enseña a responder a estas necesidades con su ejemplo, y nos recuerda que «él es el pan de vida» y «quien tenga sed venga mí». Él mandó a sus discípulos que dieran de comer a la multitud, pero ellos sólo tenían cinco panes y dos peces. Jesús pronunció sobre estos la bendición y los partió, y al distribuirlos, todos quedaron saciados. Su ejemplo nos interpela y nos anima a reconocer que cuando damos nuestro poco al hermano necesitado se hace presente la ternura y la misericordia de Dios.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de
España yLatinoamérica. Los invito a salir al encuentro de las necesidades más básicas de los que encuentren a su camino, dando lo poco que tienen. Dios, a su vez, les corresponderá con su gracia y los colmará de una auténtica alegría. Muchas gracias”.
Austen Ivereigh, biógrafo del Papa Francisco y cofundador de "Catholic voices", ha explicado la exhortación Amoris laetitia por medio de cuatro claves. Las recojo con muchos de sus argumentos, considerándolas como dimensiones, flashes o miradas complementarias, y las desarrollo a mi manera: descentralización, discernimiento, integración y acompañamiento.
La Iglesia se gobierna colegialmente, y esto se traduce en los sínodos. Son organismos de carácter consultivo pero necesario. No tienen por fin definir o cambiar doctrinas, sino cambiar mentalidades y lenguaje para servir al bien de todos. Vienen de los primeros siglos, si bien su funcionamiento actual se debe básicamente al Concilio Vaticano II. En los sínodos de 2014 y 2015 el Papa Francisco quiso que se debatiera (con valentía, humildad y oración) sobre cómo ayudar a las familias. Luego, como es tradición después del Concilio, los trabajos del sínodo suelen desembocar en un documento del tipo de Amoris laetitia, que el Papa hace suyo. Se trata de un proceso largo que implica a toda la Iglesia, y que se ofrece finalmente con la autoridad de su cabeza.
Por otra parte, en la cuestión de la familia entran temas que afectan a la moral. Pues bien, el Concilio Vaticano II pidió que se renovase la Teología moral desde la perspectiva del amor y de la gracia manifestados en Cristo, y no para empezar desde la perspectiva del puro deber y la obligación. De hecho en los últimos siglos la moral se ha enseñado con frecuencia de una forma legalista y voluntarista, lejos de los sólidos principios que estableció sobre todo Santo Tomás de Aquino.
En los debates sinodales se advirtieron tendencias extremas: “Desde un deseo desenfrenado de cambiar todo sin suficiente reflexión o fundamentación, a la actitud de pretender resolver todo aplicando normativas generales o derivando conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas” (Amoris laetitia, n. 2). Sin embargo, como todo cuerpo vivo y como toda persona, la Iglesia vive renovándose dentro de su propia identidad, no por pura conservación ni por puro cambio, sino por una “reforma en la continuidad” (cf. Benedicto XVI, Discurso a la curia romana, 22-XII-2005).
A este propósito dice señala Amoris laetitia en su introducción: “En la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella” (AL, n. 3), según las necesidades de los distintos tiempos y lugares. Se trata de un principio enunciado por san Juan XXIII en el discurso de apertura del Concilio: la distinción entre el “depósito de la fe” (que es sustancialmente inmutable) y los modos diversos de expresarlo.
Acoger todo esto significa a la vez una sana descentralización, tanto a nivel universal como local, sin querer decir que la Iglesia sea una federación, pero volviendo a prácticas de participación que se habían abandonado en los últimos siglos.
Esta palabra expresa el método propio de los sínodos. El discernimiento es lo propio de la virtud de la prudencia, método que los cristianos han tomado para la dirección espiritual y para el gobierno de las comunidades cristianas. Se trata de leer la realidad desde la fe, valorarla con una conciencia bien formada y tomar las decisiones convenientes para mejorar lo que debe hacerse.
La revelación bíblica nos presenta el bello proyecto de Dios para la familia como vocación a la santidad que se enraíza en el matrimonio (confirmado por Jesús, cf. AL, caps 1 y 3), como lo predicó San Josemaría.
La realidad de nuestro contexto sociocultural (cf. AL cap. 2) nos presenta amuchasfamilias en crisis, que requieren apoyo en todas sus etapas (cf. cap. 6). Esa realidad implica darse cuenta del ambiente de relativismo y de “cultura de la sospecha” en la que estamos inmersos, y que va convirtiendo nuestra sociedad en un “hospital de campaña”, en palabras del Papa Francisco.
Para valorar la situación también hemos de comprender la realidad interior de las personas: aunque solo fuera por el contexto sociocultural, su capacidad de conocer está en nuestros días muy oscurecida, y su voluntad –capacidad de querer– también está debilitada, por lo que su libertad está con frecuencia limitada.
El discernimiento nos ayuda a no juzgar apresuradamente a las personas de modo rígido e inflexible, aplicando unas leyes que los dividen en buenos y malos, justos y pecadores, gente que está dentro de lo que pensamos o vivimos nosotros, y gente que está fuera. Nos invita a ser misericordiosos, que no quiere decir permisivos, sino justos con la justicia de Dios, que se identifica con la verdad y con el amor. Nos pide, insiste Francisco, no mirar según la ley de “blanco o negro”, sino valorar los “grises” de la vida, y caminar con las personas para ayudarlas a crecer. Así por ejemplo, los divorciados y vueltos a casar no son sin más una categoría de personas, sino gente real con sus historias que hay que escuchar, si queremos ayudarles.
El discernimiento implica asimismo tener en cuenta la conciencia de las personas y la necesidad de ayudarles a formar su conciencia. Dice el Papa que “estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (AL 37). Esto pide escuchar, integrar y acompañar.
La misericordia lleva a cuidar el lenguaje para no rechazar de entrada a los matrimonios en dificultades, llamándoles “irregulares”, lo que puede denotar ya una actitud de exclusión y resultar hiriente. El Papa dice que la “inclusión” y la integración son características de la “lógica de Dios” (cf. n. 299), para crear su “nueva familia” que es la familia de los hijos de Dios.
La actitud pastoral aparece fuertemente contrapuesta por el Papa respecto a un lenguaje abstracto, idealista o incluso ideológico (esto último significa un sistema cerrado de ideas al servicio de intereses particulares), que estaría entre las causas del por qué no ha penetrado en mucha gente el mensaje cristiano sobre la belleza del amor matrimonial.
El acompañamiento requiere abandonar una actitud meramente defensiva por otra positiva que muestre los caminos de la felicidad verdadera, a la vez que nos haga cercanos y compasivos con los frágiles, como hacía Jesús (cf. AL 38). No basta insistir en las cuestiones doctrinales, bioéticas y morales, sino que hay que motivar a la apertura a la gracia. Francisco observa que “tenemos dificultad para presentar al matrimonio más como un camino dinámico de desarrollo y realización que como un peso a soportar toda la vida”(AL 37)
Acompañamiento significa seguir un camino de “gradualidad” (un plano inclinado, como se hace con los niños, los enfermos, los débiles), estando con las personas en sus realidades y curando sus heridas (cf. para todo ello el cap. 8). De ninguna manera significa diluir o vender baratas las exigencias del Evangelio, lo que sería una falta de fidelidad al Evangelio y de amor a las personas. “Hoy, más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidar los matrimonios y así prevenir las rupturas” (AL 307).
Acompañamiento significa misericordia y compasión: evitar, como enseña Jesús (cf. Mt 7, 1; Lc 6, 37), los juicios duros o apresurados sobre la culpabilidad moral de las personas. Hay que tener en cuenta que, como enseñan los catecismos (por ejemplo, el de San Pío X), para que exista un pecado mortal se requiere, además de la materia grave, la plena advertencia y un suficiente consentimiento; alguno de estos dos últimos elementos pueden faltar en circunstancias que atenúan la responsabilidad moral (ignorancia, violencia, miedo, factores psíquicos y sociales).
Además los juicios apresurados e imprudentes de cristianos que se cruzan con matrimonios en dificultades, con frecuencia funcionan como mecanismos de defensa para proteger la propia comodidad. (cf. AL 308). El Papa observa que algunos prefieren lo que denominan “claridad” a expensas de suprimir la verdad de la misericordia divina. Así es, porque, como enseña el Nuevo Testamento, y han recordado suficientemente Juan Pablo II y Benedicto XVI, la verdad es inseparable del amor.
También por eso el acompañamiento pastoral es inseparable de la cruz. Porque todo esto conjuntamente no es fácil, siguiendo las enseñanzas del Evangelio, el énfasis real del documento está en ayudar a los esposos a vivir sus compromisos de amor fecundo (cf. caps. 4 y 5) y fiel (cf. n. 246), de educación humana y cristiana de los hijos (cf. AL, cap. 7) y el carácter que tiene la familia de ser célula vital para la sociedad.
En el acompañamiento el Papa dice que es central la figura del confesor, que debe tener en cuenta la tradición doctrinal de la Iglesia, los criterios del Obispo y atender a las conciencias y su formación, para determinar los modos y medios, incluidos prudentemente los sacramentos cuando y como convenga, para que cada uno vaya avanzando de modo que pueda ir identificándose con la voluntad de Dios en cada momento.
Todo ello requiere que los matrimonios y las familias cultiven una adecuada vida espiritual, por medio de la oración, de los sacramentos (especialmente el sacramento de la Reconciliación y el de la Eucaristía) y de la caridad (que pide la entrega mutua, el amor exclusivo y libre, el cuidado, el consuelo y el estímulo, la apertura a los otros especialmente a los más necesitados, cf. cap. 9). Así la familia puede convertirse en una "Iglesia doméstica" y en una escuela de solidaridad.
Concluyendo, la Amoris laetitia se inscribe en la misión evangelizadora de la Iglesia respecto a la familia. No cambia la doctrina. Cambia en cierto sentido las actitudes pastorales o formativas, para acompañar mejor a las familias e invitar a acercarse e integrar más en la Iglesia a los matrimonios y familias con dificultades. No se trata en absoluto de ceder a un subjetivismo moral o a una ética de situación (denunciados por la encíclica de Juan Pablo II, Veritatis splendor).
El documento invita a un cambio en el “tono” con que nos dirigimos a esas personas, que debe estar presidido por la atención y la confianza; un cambio de lenguaje (el lenguaje es el “arte de hablar a los otros”), sin juzgarles, clasificarles o herirles; un cambio, por tanto, hacia un horizonte más esperanzador y positivo, que se cierra cuando la perspectiva doctrinal se empequeñece en una línea legalista o esencialista.
Algunos han dicho que se trata simplemente de una diversa sensibilidad de este Papa en este u otros temas. Pero no. No se trata solamente de “diversas sensibilidades” que tendrían los Papas (pensar así tiene el riesgo de quedarse en lo sociológico). Se trata más bien de conocer los contenidos y secundar las prioridades que la Iglesia va señalando para la evangelización.
Iglesia y Nueva Evangelización
Fuente: romereports.com
Francisco recibió en audiencia a 7 mil ancianos, en ocasión de la Fiesta de los Abuelos. «Ustedes son como árboles que siguen dando fruto: a pesar del peso de los años, pueden dar una contribución original a la sociedad»
Papa Francisco expresó la cercanía y el agradecimiento de la Iglesia a la llamada «tercera edad» durante la audiencia que concedió hoy, 15 de octubre, a alrededor de 7000 abuelos y abuelas que participan en la fiesta a ellos dedicada, organizada por la Asociación Nacional de Trabajadores Ancianos (Anla) y por la Federación Senior Italia FederAnziani. E insistió, entre los aplausos de los presentes, en su no fuerte a la cultura del descarte que «margina a los ancianos» porque los considera «improductivos». «Justamente en cuanto personas de la llamada tercera edad, ustedes, mejor, nosotros, porque yo también formo parte, estamos llamados a operar por el desarrollo de la cultura de la vida, ofreciendo testimonio de que cada estación de la existencia es un don de Dios y tiene su belleza e importancia, aunque estén marcadas por fragilidades».
«Ustedes —dijo el Pontífice— son una presencia importante, porque su experiencia constituye un tesoro precioso, indispensable para ver hacia el futuro con esperanza y responsabilidad. Su madurez y sabiduría, acumuladas a lo largo de los años, pueden ayudar a los más jóvenes, sosteniéndolos en el camino del crecimiento y de la apertura al porvenir, en la búsqueda de su camino. Los ancianos, de hecho, atestiguan que, incluso en las pruebas más difíciles, no hay que perder nunca la confianza en Dios y en un futuro mejor».
Bergoglio recurrió a una imagen para explicarse mejor: «Los ancianos —observó— son como árboles que siguen dando frutos: a pesar del peso de los años, pueden dar su contribución original para una sociedad rica de valores y para la afirmación de la cultura de la vida».
El Pontífice también les agradeció por su compromiso. «Pienso —subrayó— en todos los que se ponen a disposición en las parroquias para un servicio verdaderamente precioso: algunos se dedican a decorar la casa del Señor, otros como catequistas, animadores de la liturgia, testimonio de caridad. Y ¿qué decir de su papel en el ámbito familiar? ¡Cuántos abuelos cuidan a los nietos, transmitiéndoles con simplicidad a los más pequeños la experiencia de la vida, los valores espirituales y culturales de una comunidad y de un pueblo! En los países que han sufrido una grave persecución religiosa, han sido los abuelos los que han transmitido la fe a las nuevas generaciones, llevando a los niños a recibir el Bautismo en un contexto de dolorosa clandestinidad».
Francisco resaltó la «misión» de los abuelos. «En un mundo como el de hoy, en el que a menudo prevalecen la fuerza y la apariencia, ustedes tienen la misión de ofrecer testimonio de los valores que cuentan de verdad y que permanecen para siempre, porque están inscritos en el corazón de cada ser humano y están garantizados por la Palabra de Dios. Justamente en cuanto personas de la llamada tercera edad, ustedes, o mejor, nosotros, porque yo también formo parte, estamos llamados a operar por el desarrollo de la cultura de la vida, ofreciendo testimonio de que cada estación de la existencia es un don de Dios y tiene su belleza e importancia, aunque estén marcadas por fragilidades».
Después, el Papa se refirió a los ancianos que conviven con la enfermedad y que necesitan asistencia. «Agradezco —subrayó— hoy al Señor por todas las personas y estructuras que se dedican a un servicio cotidiano a los ancianos, para favorecer adecuados contextos humanos, en los que cada uno pueda vivir dignamente esta importante etapa de la propia vida. Los institutos que alojan a los ancianos están llamados a ser lugares de humanidad y de atención amorosa, en donde las personas más débiles no sean olvidadas o descuidadas, sino visitadas, recordadas y custodiadas como hermanos y hermanas mayores.Se expresa así el reconocimiento hacia los que tanto han dado a la comunidad y que son su raíz».
Y una advertencia contra la cultura del descarte: «Las instituciones y las diferentes realidades sociales —continuó Francisco— pueden hacer mucho más para ayudar a los ancianos a expresar de la mejor manera sus capacidades, para facilitar su activa participación, sobre todo para que su dignidad de personas sea siempre respetada y valorada. Para hacer esto hay que contrarrestar la cultura novia del descarte, que margina a los ancianos, considerándolos improductivos».
El Papa contó una anécdota: «Una de mis abuelas me contaba esta historia: en una familia el abuelo vivía con ellos, era viudo y comenzó a enfermarse y no comía bien en la mesa. Se le caía un poco la comida, y un día el papá decidió que el abuelo ya no comiera con ellos en la mesa y que comiera en la cocina; y así, la familia comía sin el abuelo. Algunos días después, cuando volvió a casa del trabajo, se encontró a uno de los hijos jugando con una madera, clavos y martillo, y le preguntó: “¿Qué estás haciendo?». El niño le respondió: “Estoy haciendo una mesa”. “Pero, ¿para qué?”, le preguntó el papá. “Para que cuanto te vuelvas viejo puedas comer ahí”». Los niños, dijo el Papa, «naturalmente están muy apegados a los abuelos y comprenden que solo los abuelos pueden explicar con sus vidas. No dejen que esta cultura del descarte salga adelante, que sea siempre una cultura incluyente. Los abuelos son necesarios, para dar sabiduría. Me hace muy bien leer cuando José y María llevan al Niño Jesús al Templo y se encuentran con dos abuelos, u estos dos abuelos eran la sabiduría del pueblo y alababan a Dios, para que esta sabiduría podría salir adelante con este niño. Son los abuelos los que reciben a Jesús en el Templo, no el sacerdote. Este llega después. ¡Léanlo, es el Evangelio de Lucas, es muy bello!».
«Los responsables públicos, las realidades culturales, educativas y religiosas, así como todos los hombres de buena voluntad —concluyó el Pontífice— están llamados a comprometerse para construir una sociedad cada vez más incluyente y acogedora. Es importante también favorecer los vínculos entre las generaciones. El futuro de un pueblo exige el encuentro entre jóvenes y ancianos: los jóvenes son la vitalidad de un pueblo en camino, y los ancianos refuerzan esta vitalidad con la memoria y la sabiduría».
«Queridos abuelos y abuelas, gracias por el ejemplo que ofrecen de amor, de dedicación y de sabiduría. ¡Sigan, con valentía, ofreciendo testimonio de estos valores! ¡Que no les falten a la sociedad sus bellas sonrisas ni la bella luminosidad de sus ojos! Yo los acompaño con mi oración, y ustedes no se olviden de rezar por mí».
Antes de la bendición, el Papa pidió a los presentes que rezaran a Santa Ana, la abuela de Jesús.
Durante sus quince años de pontificado, el Papa Montini afrontó sin miedo los desafíos de su tiempo. Lo hizo con 7 gestos y hazañas sorprendentes.
Fuente: romereports.com
Poco queda hoy de la ciudad antigua y milenaria, que se abría al turismo en vísperas del estallido de la guerra civil
Mientras se producen estos gestos grandilocuentes, la triste realidad es que Alepo, una ciudad sitiada desde hace meses, se desangra. Y si no se reconduce la situación, en Navidad la cifra de muertos aumentará en miles de personas, mayoritariamente civiles, y la desaparición de gran parte de la ciudad milenaria será un hecho.
En esta avalancha de noticias diarias sobre Alepo se ha colado, como si se tratara de una broma macabra, un vídeo que circula por las redes sociales en el que el régimen de Al Assad promueve la ciudad como destino turístico. ¿Una cortina de humo para intentar desmentir los gravísimos daños que sufre la ciudad y el drama que viven sus habitantes? La verdad, lamentablemente, es bien distinta.
Poco queda ya de lo que fue Alepo, la segunda urbe más importante de Siria, después de Damasco, aunque la primera por número de habitantes: dos millones y medio antes de la guerra. Considerada la capital económica del país, hace una década era también uno de los destinos turísticos más importantes gracias al rico patrimonio cultural reconocido por la Unesco, como la Ciudad Vieja, uno de los seis lugares de Siria Patrimonio de la Humanidad, que en 2013 fueron incorporados a la lista de Patrimonio en peligro.
El enorme atractivo histórico y cultural de este país fue lo que me llevó a visitarlo en el verano de 2005. Entonces no podía imaginar que sería la primera, y la última vez, que contemplaría maravillas como el oasis de Palmira, con sus templos de Baal y de Bel (demolido parcialmente en agosto de 2015 por Daesh), la fortaleza de Crac de los Caballeros (también dañada), el zoco y la Gran Mezquita de Alepo...; o la última vez que paseara por las calles de Homs (golpeada duramente por el conflicto), Hama y Damasco, menos afectada. Muchos de estos lugares se han convertido en víctimas de una guerra civil que va ya hacia su sexto año.
Cuando me embarqué en esta aventura, un viaje combinado para visitar Jordania y Siria, este último era un país que se abría al turismo (en 2005 recibió 3,6 millones de visitantes), sector que intentaba dinamizar su entonces joven presidente, Bashar al Assad, que había asumido el poder en 2000, tras la muerte de su padre, Háfez al Assad.
No llegué a Alepo hasta el cuarto día de nuestro viaje, tras haberse dividido el grupo en la frontera de Jordania con Siria. De la veintena de personas que partió de Madrid, tan solo nueve nos adentramos en territorio sirio. Muchos viajeros sentían entonces cierto resquemor a la hora de visitar Siria por su afinidad histórica con el régimen soviético y por temor a una cierta inseguridad. Nada más lejos de la realidad. A diferencia de otros países, como Egipto, que protege al turismo metralleta en mano, en Siria no vimos durante todo el viaje arma alguna. Sin embargo, la sensación de protección (o vigilancia) era constante.
Tan solo en Hama, la ciudad de las norias, percibí cierta tensión hacia los foráneos. Todavía tengo grabada la imagen de unos niños jugando. Mientras saltaban desde un puente al río, evocaban, entre risas y gritos, la yihad (la guerra santa). Eso, confieso, me estremeció. Al recorrer las callejuelas, se veían pequeños grupos de hombres apostados en las puertas de sus casas. Su mirada no invitaba a detenerse. Una actitud fruto tal vez de la masacre de la que fue testigo la ciudad en 1982, cuando Rifaat al Assad, el hermano menor del entonces presidente y tío del actual dirigente, sofocó un golpe de estado, promovido, según el presidente, por los Hermanos Musulmanes, causando la muerte de miles de personas (la cifra siempre ha sido controvertida).
Sin embargo, la experiencia no empañó el viaje. La visita a Alepo, el día anterior, había resultado muy distinta. Su tradición comercial histórica la convertía en una ciudad abierta y receptiva. El máximo exponente de esto era el zoco cubierto de Al-Madina, nutrido de decenas de pequeñas tiendas. Construido en el siglo XIV, era el mercado histórico cubierto más grande del mundo, con aproximadamente 13 kilómetros de extensión. Lamentablemente fue destruido por un incendio en septiembre de 2012.
La Ciudadela y la Gran Mezquita, dos de las joyas de Alepo, y de Siria, fueron otras de las paradas. A diferencia de lo que sucede en otros destinos, aquí no tuvimos que compartir el espacio con masas de turistas, loque preservaba su autenticidad. Por la noche, una escapada al barrio cristiano (duramente golpeado por la guerra y diezmada su población), donde la rigidez en la indumentaria se relajaba.
Más allá de los límites de Alepo, visitamos San Simeón, y fuera de programa, Ahmed, el guía palestino que nos ilustraba apasionadamente sobre la historia y tradiciones del país, nos mostró a una familia que vivía en el campo y cultivaba pistachos, un bien muy preciado por esas tierras.
Tras años de una guerra atroz, muchas veces me he preguntado qué habrá sido de Ahmed, o de esta familia que compartió su tiempo con nosotros, de los comerciantes del zoco de Alepo que regateaban con los precios... ¿Habrán escapado entre los miles de refugiados que anhelan alcanzar Europa?, o permanecen allí, esperando que Alepo logre sobrevivir a un conflicto enquistado, tablero de ajedrez de las grandes potencias, que si no se remedia desembocará en un nuevo genocidio.
Enviado a Roma con un piquete de soldados para morir en los juegos gladiatorios, fue escribiendo durante el camino varias cartas (poseemos siete, no todas de autenticidad asegurada) a las diversas comunidades cristianas por las que había pasado, a la comunidad romana adonde se dirigía, o al venerable obispo Policarpo de Esmirna.
Estas cartas están escritas en momentos de gran intensidad interior, reflejando la actitud espiritual de un hombre que ha aceptado ya plenamente la muerte por Cristo y sólo anhela el momento de ir a unirse definitivamente con él.