Después de años de trabajo, este pasado fin de semana se han abierto las puertas del santuario del Memorial de Moisés en el monte Nebo, uno de los más famosos de Jordania a peregrinos y turistas. Situado a pocos km de la ciudad de Madaba, el lugar es propiedad de la Custodia de Tierra Santa desde 1932 y es de gran importancia tanto para los cristianos como para judíos y musulmanes, que consideran al patriarca Moise´s como uno de sus profetas más importantes.
En la cima del Nebo, en una especie de balcón natural que domina el valle del Jordán y permite llegar con la vista hasta Jerusalén, la narración bíblica (especialmente el capítulo 34 del libro del Deuteronomio) sitúa aquí el lugar en el que Dios mostró a Moisés la tierra prometida a los israelitas, una tierra en la que no puso el pie pues aquí murió y fue enterrado.

Aunque el lugar de la sepultura es desconocido, una comunidad de monjes se estableció en el monte Nebo, perpetuando en él la memoria de Moisés, desde el siglo IV al IX. A lo largo del siglo XX, los arqueólogos de la Custodia de Tierra Santa sacaron a la luz el antiguo monasterio, la basílica y los maravillosos mosaicos que había en su interior. Con el fin de cubrir y proteger el sitio arqueológico, y al mismo tiempo exponer los mosaicos realizados por los monjes en distintos períodos históricos, se ha construido el nuevo edificio inaugurado hace un par de días.
Todos los detalles de la ceremonia de inauguración se pueden consultar en el sitio institucional en internet de la Custodia de Tierra Santa. Desde hoy, el santo lugar abrirá regularmente sus puertas a los visitantes.
El programa de celebraciones incluye momentos formativos dedicados a los guías turísticos, especialmente talleres impartidos por fray Eugenio Alliata, responsable científico del proyecto de restauración, el arquitecto Osama Hamdán, director de las obras de reapertura del Memorial, y por Franco Sciorilli, responsable de la restauración de los mosaicos. Los escolares podrán inscribirse para las visitas guiadas del próximo mes de noviembre.
Tras los recientes descubrimientos y con ocasión de la reapertura del Memorial de Moisés, fray Eugenio Alliata ha escrito la historia del monte Nebo y del Memorial, recorriendo los testimonios antiguos e ilustrando los trabajos de los arqueólogos franciscanos (Sylvester J. Saller, Bellarmino Bagatti, Virgilio Corbo, Michele Piccirillo, Eugenio Alliata y Carmelo Pappalardo), hasta el proyecto actual. En espera de que se publique la guía completa, se puede consultar en el sitio en internet del santuario un breve estudio del autor (aquí, en inglés).
El Papa explicó la primera obra de misericordia: dar de beber al sediento y de comer al hambriento. Dijo que la sociedad de nuestros días está anestesiada por un excesivo apegamiento a la cultura del bienestar, que vuelve a las personas "insensibles” a las necesidades ajenas.
Dios, dijo, está en el que sufre, en el que tiene sed y tiene hambre. Un cristiano, señaló, tiene que reconocer a Dios en esa persona.
CATEQUESIS DEL PAPA EN ESPAÑOL:
"Queridos hermanos y hermanas :
Como hemos escuchado en la Carta de Santiago, hay situaciones de necesidad entre nosotros que requieren una respuesta inmediata y urgente, como: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento; ambas son obras de misericordia corporales. Es muy dura la experiencia del hambre y la sed, y desgraciadamente es una realidad actual y cercana a nosotros. Cada día encontramos personas que sufren estos males y necesitan nuestra ayuda.
Jesús nos enseña a responder a estas necesidades con su ejemplo, y nos recuerda que «él es el pan de vida» y «quien tenga sed venga mí». Él mandó a sus discípulos que dieran de comer a la multitud, pero ellos sólo tenían cinco panes y dos peces. Jesús pronunció sobre estos la bendición y los partió, y al distribuirlos, todos quedaron saciados. Su ejemplo nos interpela y nos anima a reconocer que cuando damos nuestro poco al hermano necesitado se hace presente la ternura y la misericordia de Dios.
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los venidos de
España yLatinoamérica. Los invito a salir al encuentro de las necesidades más básicas de los que encuentren a su camino, dando lo poco que tienen. Dios, a su vez, les corresponderá con su gracia y los colmará de una auténtica alegría. Muchas gracias”.
Austen Ivereigh, biógrafo del Papa Francisco y cofundador de "Catholic voices", ha explicado la exhortación Amoris laetitia por medio de cuatro claves. Las recojo con muchos de sus argumentos, considerándolas como dimensiones, flashes o miradas complementarias, y las desarrollo a mi manera: descentralización, discernimiento, integración y acompañamiento.
La Iglesia se gobierna colegialmente, y esto se traduce en los sínodos. Son organismos de carácter consultivo pero necesario. No tienen por fin definir o cambiar doctrinas, sino cambiar mentalidades y lenguaje para servir al bien de todos. Vienen de los primeros siglos, si bien su funcionamiento actual se debe básicamente al Concilio Vaticano II. En los sínodos de 2014 y 2015 el Papa Francisco quiso que se debatiera (con valentía, humildad y oración) sobre cómo ayudar a las familias. Luego, como es tradición después del Concilio, los trabajos del sínodo suelen desembocar en un documento del tipo de Amoris laetitia, que el Papa hace suyo. Se trata de un proceso largo que implica a toda la Iglesia, y que se ofrece finalmente con la autoridad de su cabeza.
Por otra parte, en la cuestión de la familia entran temas que afectan a la moral. Pues bien, el Concilio Vaticano II pidió que se renovase la Teología moral desde la perspectiva del amor y de la gracia manifestados en Cristo, y no para empezar desde la perspectiva del puro deber y la obligación. De hecho en los últimos siglos la moral se ha enseñado con frecuencia de una forma legalista y voluntarista, lejos de los sólidos principios que estableció sobre todo Santo Tomás de Aquino.
En los debates sinodales se advirtieron tendencias extremas: “Desde un deseo desenfrenado de cambiar todo sin suficiente reflexión o fundamentación, a la actitud de pretender resolver todo aplicando normativas generales o derivando conclusiones excesivas de algunas reflexiones teológicas” (Amoris laetitia, n. 2). Sin embargo, como todo cuerpo vivo y como toda persona, la Iglesia vive renovándose dentro de su propia identidad, no por pura conservación ni por puro cambio, sino por una “reforma en la continuidad” (cf. Benedicto XVI, Discurso a la curia romana, 22-XII-2005).
A este propósito dice señala Amoris laetitia en su introducción: “En la Iglesia es necesaria una unidad de doctrina y de praxis, pero ello no impide que subsistan diferentes maneras de interpretar algunos aspectos de la doctrina o algunas consecuencias que se derivan de ella” (AL, n. 3), según las necesidades de los distintos tiempos y lugares. Se trata de un principio enunciado por san Juan XXIII en el discurso de apertura del Concilio: la distinción entre el “depósito de la fe” (que es sustancialmente inmutable) y los modos diversos de expresarlo.
Acoger todo esto significa a la vez una sana descentralización, tanto a nivel universal como local, sin querer decir que la Iglesia sea una federación, pero volviendo a prácticas de participación que se habían abandonado en los últimos siglos.
Esta palabra expresa el método propio de los sínodos. El discernimiento es lo propio de la virtud de la prudencia, método que los cristianos han tomado para la dirección espiritual y para el gobierno de las comunidades cristianas. Se trata de leer la realidad desde la fe, valorarla con una conciencia bien formada y tomar las decisiones convenientes para mejorar lo que debe hacerse.
La revelación bíblica nos presenta el bello proyecto de Dios para la familia como vocación a la santidad que se enraíza en el matrimonio (confirmado por Jesús, cf. AL, caps 1 y 3), como lo predicó San Josemaría.
La realidad de nuestro contexto sociocultural (cf. AL cap. 2) nos presenta amuchasfamilias en crisis, que requieren apoyo en todas sus etapas (cf. cap. 6). Esa realidad implica darse cuenta del ambiente de relativismo y de “cultura de la sospecha” en la que estamos inmersos, y que va convirtiendo nuestra sociedad en un “hospital de campaña”, en palabras del Papa Francisco.
Para valorar la situación también hemos de comprender la realidad interior de las personas: aunque solo fuera por el contexto sociocultural, su capacidad de conocer está en nuestros días muy oscurecida, y su voluntad –capacidad de querer– también está debilitada, por lo que su libertad está con frecuencia limitada.
El discernimiento nos ayuda a no juzgar apresuradamente a las personas de modo rígido e inflexible, aplicando unas leyes que los dividen en buenos y malos, justos y pecadores, gente que está dentro de lo que pensamos o vivimos nosotros, y gente que está fuera. Nos invita a ser misericordiosos, que no quiere decir permisivos, sino justos con la justicia de Dios, que se identifica con la verdad y con el amor. Nos pide, insiste Francisco, no mirar según la ley de “blanco o negro”, sino valorar los “grises” de la vida, y caminar con las personas para ayudarlas a crecer. Así por ejemplo, los divorciados y vueltos a casar no son sin más una categoría de personas, sino gente real con sus historias que hay que escuchar, si queremos ayudarles.
El discernimiento implica asimismo tener en cuenta la conciencia de las personas y la necesidad de ayudarles a formar su conciencia. Dice el Papa que “estamos llamados a formar las conciencias, pero no a pretender sustituirlas” (AL 37). Esto pide escuchar, integrar y acompañar.
La misericordia lleva a cuidar el lenguaje para no rechazar de entrada a los matrimonios en dificultades, llamándoles “irregulares”, lo que puede denotar ya una actitud de exclusión y resultar hiriente. El Papa dice que la “inclusión” y la integración son características de la “lógica de Dios” (cf. n. 299), para crear su “nueva familia” que es la familia de los hijos de Dios.
La actitud pastoral aparece fuertemente contrapuesta por el Papa respecto a un lenguaje abstracto, idealista o incluso ideológico (esto último significa un sistema cerrado de ideas al servicio de intereses particulares), que estaría entre las causas del por qué no ha penetrado en mucha gente el mensaje cristiano sobre la belleza del amor matrimonial.
El acompañamiento requiere abandonar una actitud meramente defensiva por otra positiva que muestre los caminos de la felicidad verdadera, a la vez que nos haga cercanos y compasivos con los frágiles, como hacía Jesús (cf. AL 38). No basta insistir en las cuestiones doctrinales, bioéticas y morales, sino que hay que motivar a la apertura a la gracia. Francisco observa que “tenemos dificultad para presentar al matrimonio más como un camino dinámico de desarrollo y realización que como un peso a soportar toda la vida”(AL 37)
Acompañamiento significa seguir un camino de “gradualidad” (un plano inclinado, como se hace con los niños, los enfermos, los débiles), estando con las personas en sus realidades y curando sus heridas (cf. para todo ello el cap. 8). De ninguna manera significa diluir o vender baratas las exigencias del Evangelio, lo que sería una falta de fidelidad al Evangelio y de amor a las personas. “Hoy, más importante que una pastoral de los fracasos es el esfuerzo pastoral para consolidar los matrimonios y así prevenir las rupturas” (AL 307).
Acompañamiento significa misericordia y compasión: evitar, como enseña Jesús (cf. Mt 7, 1; Lc 6, 37), los juicios duros o apresurados sobre la culpabilidad moral de las personas. Hay que tener en cuenta que, como enseñan los catecismos (por ejemplo, el de San Pío X), para que exista un pecado mortal se requiere, además de la materia grave, la plena advertencia y un suficiente consentimiento; alguno de estos dos últimos elementos pueden faltar en circunstancias que atenúan la responsabilidad moral (ignorancia, violencia, miedo, factores psíquicos y sociales).
Además los juicios apresurados e imprudentes de cristianos que se cruzan con matrimonios en dificultades, con frecuencia funcionan como mecanismos de defensa para proteger la propia comodidad. (cf. AL 308). El Papa observa que algunos prefieren lo que denominan “claridad” a expensas de suprimir la verdad de la misericordia divina. Así es, porque, como enseña el Nuevo Testamento, y han recordado suficientemente Juan Pablo II y Benedicto XVI, la verdad es inseparable del amor.
También por eso el acompañamiento pastoral es inseparable de la cruz. Porque todo esto conjuntamente no es fácil, siguiendo las enseñanzas del Evangelio, el énfasis real del documento está en ayudar a los esposos a vivir sus compromisos de amor fecundo (cf. caps. 4 y 5) y fiel (cf. n. 246), de educación humana y cristiana de los hijos (cf. AL, cap. 7) y el carácter que tiene la familia de ser célula vital para la sociedad.
En el acompañamiento el Papa dice que es central la figura del confesor, que debe tener en cuenta la tradición doctrinal de la Iglesia, los criterios del Obispo y atender a las conciencias y su formación, para determinar los modos y medios, incluidos prudentemente los sacramentos cuando y como convenga, para que cada uno vaya avanzando de modo que pueda ir identificándose con la voluntad de Dios en cada momento.
Todo ello requiere que los matrimonios y las familias cultiven una adecuada vida espiritual, por medio de la oración, de los sacramentos (especialmente el sacramento de la Reconciliación y el de la Eucaristía) y de la caridad (que pide la entrega mutua, el amor exclusivo y libre, el cuidado, el consuelo y el estímulo, la apertura a los otros especialmente a los más necesitados, cf. cap. 9). Así la familia puede convertirse en una "Iglesia doméstica" y en una escuela de solidaridad.
Concluyendo, la Amoris laetitia se inscribe en la misión evangelizadora de la Iglesia respecto a la familia. No cambia la doctrina. Cambia en cierto sentido las actitudes pastorales o formativas, para acompañar mejor a las familias e invitar a acercarse e integrar más en la Iglesia a los matrimonios y familias con dificultades. No se trata en absoluto de ceder a un subjetivismo moral o a una ética de situación (denunciados por la encíclica de Juan Pablo II, Veritatis splendor).
El documento invita a un cambio en el “tono” con que nos dirigimos a esas personas, que debe estar presidido por la atención y la confianza; un cambio de lenguaje (el lenguaje es el “arte de hablar a los otros”), sin juzgarles, clasificarles o herirles; un cambio, por tanto, hacia un horizonte más esperanzador y positivo, que se cierra cuando la perspectiva doctrinal se empequeñece en una línea legalista o esencialista.
Algunos han dicho que se trata simplemente de una diversa sensibilidad de este Papa en este u otros temas. Pero no. No se trata solamente de “diversas sensibilidades” que tendrían los Papas (pensar así tiene el riesgo de quedarse en lo sociológico). Se trata más bien de conocer los contenidos y secundar las prioridades que la Iglesia va señalando para la evangelización.
Iglesia y Nueva Evangelización
Fuente: romereports.com
Francisco recibió en audiencia a 7 mil ancianos, en ocasión de la Fiesta de los Abuelos. «Ustedes son como árboles que siguen dando fruto: a pesar del peso de los años, pueden dar una contribución original a la sociedad»
Papa Francisco expresó la cercanía y el agradecimiento de la Iglesia a la llamada «tercera edad» durante la audiencia que concedió hoy, 15 de octubre, a alrededor de 7000 abuelos y abuelas que participan en la fiesta a ellos dedicada, organizada por la Asociación Nacional de Trabajadores Ancianos (Anla) y por la Federación Senior Italia FederAnziani. E insistió, entre los aplausos de los presentes, en su no fuerte a la cultura del descarte que «margina a los ancianos» porque los considera «improductivos». «Justamente en cuanto personas de la llamada tercera edad, ustedes, mejor, nosotros, porque yo también formo parte, estamos llamados a operar por el desarrollo de la cultura de la vida, ofreciendo testimonio de que cada estación de la existencia es un don de Dios y tiene su belleza e importancia, aunque estén marcadas por fragilidades».
«Ustedes —dijo el Pontífice— son una presencia importante, porque su experiencia constituye un tesoro precioso, indispensable para ver hacia el futuro con esperanza y responsabilidad. Su madurez y sabiduría, acumuladas a lo largo de los años, pueden ayudar a los más jóvenes, sosteniéndolos en el camino del crecimiento y de la apertura al porvenir, en la búsqueda de su camino. Los ancianos, de hecho, atestiguan que, incluso en las pruebas más difíciles, no hay que perder nunca la confianza en Dios y en un futuro mejor».
Bergoglio recurrió a una imagen para explicarse mejor: «Los ancianos —observó— son como árboles que siguen dando frutos: a pesar del peso de los años, pueden dar su contribución original para una sociedad rica de valores y para la afirmación de la cultura de la vida».
El Pontífice también les agradeció por su compromiso. «Pienso —subrayó— en todos los que se ponen a disposición en las parroquias para un servicio verdaderamente precioso: algunos se dedican a decorar la casa del Señor, otros como catequistas, animadores de la liturgia, testimonio de caridad. Y ¿qué decir de su papel en el ámbito familiar? ¡Cuántos abuelos cuidan a los nietos, transmitiéndoles con simplicidad a los más pequeños la experiencia de la vida, los valores espirituales y culturales de una comunidad y de un pueblo! En los países que han sufrido una grave persecución religiosa, han sido los abuelos los que han transmitido la fe a las nuevas generaciones, llevando a los niños a recibir el Bautismo en un contexto de dolorosa clandestinidad».
Francisco resaltó la «misión» de los abuelos. «En un mundo como el de hoy, en el que a menudo prevalecen la fuerza y la apariencia, ustedes tienen la misión de ofrecer testimonio de los valores que cuentan de verdad y que permanecen para siempre, porque están inscritos en el corazón de cada ser humano y están garantizados por la Palabra de Dios. Justamente en cuanto personas de la llamada tercera edad, ustedes, o mejor, nosotros, porque yo también formo parte, estamos llamados a operar por el desarrollo de la cultura de la vida, ofreciendo testimonio de que cada estación de la existencia es un don de Dios y tiene su belleza e importancia, aunque estén marcadas por fragilidades».
Después, el Papa se refirió a los ancianos que conviven con la enfermedad y que necesitan asistencia. «Agradezco —subrayó— hoy al Señor por todas las personas y estructuras que se dedican a un servicio cotidiano a los ancianos, para favorecer adecuados contextos humanos, en los que cada uno pueda vivir dignamente esta importante etapa de la propia vida. Los institutos que alojan a los ancianos están llamados a ser lugares de humanidad y de atención amorosa, en donde las personas más débiles no sean olvidadas o descuidadas, sino visitadas, recordadas y custodiadas como hermanos y hermanas mayores.Se expresa así el reconocimiento hacia los que tanto han dado a la comunidad y que son su raíz».
Y una advertencia contra la cultura del descarte: «Las instituciones y las diferentes realidades sociales —continuó Francisco— pueden hacer mucho más para ayudar a los ancianos a expresar de la mejor manera sus capacidades, para facilitar su activa participación, sobre todo para que su dignidad de personas sea siempre respetada y valorada. Para hacer esto hay que contrarrestar la cultura novia del descarte, que margina a los ancianos, considerándolos improductivos».
El Papa contó una anécdota: «Una de mis abuelas me contaba esta historia: en una familia el abuelo vivía con ellos, era viudo y comenzó a enfermarse y no comía bien en la mesa. Se le caía un poco la comida, y un día el papá decidió que el abuelo ya no comiera con ellos en la mesa y que comiera en la cocina; y así, la familia comía sin el abuelo. Algunos días después, cuando volvió a casa del trabajo, se encontró a uno de los hijos jugando con una madera, clavos y martillo, y le preguntó: “¿Qué estás haciendo?». El niño le respondió: “Estoy haciendo una mesa”. “Pero, ¿para qué?”, le preguntó el papá. “Para que cuanto te vuelvas viejo puedas comer ahí”». Los niños, dijo el Papa, «naturalmente están muy apegados a los abuelos y comprenden que solo los abuelos pueden explicar con sus vidas. No dejen que esta cultura del descarte salga adelante, que sea siempre una cultura incluyente. Los abuelos son necesarios, para dar sabiduría. Me hace muy bien leer cuando José y María llevan al Niño Jesús al Templo y se encuentran con dos abuelos, u estos dos abuelos eran la sabiduría del pueblo y alababan a Dios, para que esta sabiduría podría salir adelante con este niño. Son los abuelos los que reciben a Jesús en el Templo, no el sacerdote. Este llega después. ¡Léanlo, es el Evangelio de Lucas, es muy bello!».
«Los responsables públicos, las realidades culturales, educativas y religiosas, así como todos los hombres de buena voluntad —concluyó el Pontífice— están llamados a comprometerse para construir una sociedad cada vez más incluyente y acogedora. Es importante también favorecer los vínculos entre las generaciones. El futuro de un pueblo exige el encuentro entre jóvenes y ancianos: los jóvenes son la vitalidad de un pueblo en camino, y los ancianos refuerzan esta vitalidad con la memoria y la sabiduría».
«Queridos abuelos y abuelas, gracias por el ejemplo que ofrecen de amor, de dedicación y de sabiduría. ¡Sigan, con valentía, ofreciendo testimonio de estos valores! ¡Que no les falten a la sociedad sus bellas sonrisas ni la bella luminosidad de sus ojos! Yo los acompaño con mi oración, y ustedes no se olviden de rezar por mí».
Antes de la bendición, el Papa pidió a los presentes que rezaran a Santa Ana, la abuela de Jesús.
Durante sus quince años de pontificado, el Papa Montini afrontó sin miedo los desafíos de su tiempo. Lo hizo con 7 gestos y hazañas sorprendentes.
Fuente: romereports.com
Poco queda hoy de la ciudad antigua y milenaria, que se abría al turismo en vísperas del estallido de la guerra civil
Mientras se producen estos gestos grandilocuentes, la triste realidad es que Alepo, una ciudad sitiada desde hace meses, se desangra. Y si no se reconduce la situación, en Navidad la cifra de muertos aumentará en miles de personas, mayoritariamente civiles, y la desaparición de gran parte de la ciudad milenaria será un hecho.
En esta avalancha de noticias diarias sobre Alepo se ha colado, como si se tratara de una broma macabra, un vídeo que circula por las redes sociales en el que el régimen de Al Assad promueve la ciudad como destino turístico. ¿Una cortina de humo para intentar desmentir los gravísimos daños que sufre la ciudad y el drama que viven sus habitantes? La verdad, lamentablemente, es bien distinta.
Poco queda ya de lo que fue Alepo, la segunda urbe más importante de Siria, después de Damasco, aunque la primera por número de habitantes: dos millones y medio antes de la guerra. Considerada la capital económica del país, hace una década era también uno de los destinos turísticos más importantes gracias al rico patrimonio cultural reconocido por la Unesco, como la Ciudad Vieja, uno de los seis lugares de Siria Patrimonio de la Humanidad, que en 2013 fueron incorporados a la lista de Patrimonio en peligro.
El enorme atractivo histórico y cultural de este país fue lo que me llevó a visitarlo en el verano de 2005. Entonces no podía imaginar que sería la primera, y la última vez, que contemplaría maravillas como el oasis de Palmira, con sus templos de Baal y de Bel (demolido parcialmente en agosto de 2015 por Daesh), la fortaleza de Crac de los Caballeros (también dañada), el zoco y la Gran Mezquita de Alepo...; o la última vez que paseara por las calles de Homs (golpeada duramente por el conflicto), Hama y Damasco, menos afectada. Muchos de estos lugares se han convertido en víctimas de una guerra civil que va ya hacia su sexto año.
Cuando me embarqué en esta aventura, un viaje combinado para visitar Jordania y Siria, este último era un país que se abría al turismo (en 2005 recibió 3,6 millones de visitantes), sector que intentaba dinamizar su entonces joven presidente, Bashar al Assad, que había asumido el poder en 2000, tras la muerte de su padre, Háfez al Assad.
No llegué a Alepo hasta el cuarto día de nuestro viaje, tras haberse dividido el grupo en la frontera de Jordania con Siria. De la veintena de personas que partió de Madrid, tan solo nueve nos adentramos en territorio sirio. Muchos viajeros sentían entonces cierto resquemor a la hora de visitar Siria por su afinidad histórica con el régimen soviético y por temor a una cierta inseguridad. Nada más lejos de la realidad. A diferencia de otros países, como Egipto, que protege al turismo metralleta en mano, en Siria no vimos durante todo el viaje arma alguna. Sin embargo, la sensación de protección (o vigilancia) era constante.
Tan solo en Hama, la ciudad de las norias, percibí cierta tensión hacia los foráneos. Todavía tengo grabada la imagen de unos niños jugando. Mientras saltaban desde un puente al río, evocaban, entre risas y gritos, la yihad (la guerra santa). Eso, confieso, me estremeció. Al recorrer las callejuelas, se veían pequeños grupos de hombres apostados en las puertas de sus casas. Su mirada no invitaba a detenerse. Una actitud fruto tal vez de la masacre de la que fue testigo la ciudad en 1982, cuando Rifaat al Assad, el hermano menor del entonces presidente y tío del actual dirigente, sofocó un golpe de estado, promovido, según el presidente, por los Hermanos Musulmanes, causando la muerte de miles de personas (la cifra siempre ha sido controvertida).
Sin embargo, la experiencia no empañó el viaje. La visita a Alepo, el día anterior, había resultado muy distinta. Su tradición comercial histórica la convertía en una ciudad abierta y receptiva. El máximo exponente de esto era el zoco cubierto de Al-Madina, nutrido de decenas de pequeñas tiendas. Construido en el siglo XIV, era el mercado histórico cubierto más grande del mundo, con aproximadamente 13 kilómetros de extensión. Lamentablemente fue destruido por un incendio en septiembre de 2012.
La Ciudadela y la Gran Mezquita, dos de las joyas de Alepo, y de Siria, fueron otras de las paradas. A diferencia de lo que sucede en otros destinos, aquí no tuvimos que compartir el espacio con masas de turistas, loque preservaba su autenticidad. Por la noche, una escapada al barrio cristiano (duramente golpeado por la guerra y diezmada su población), donde la rigidez en la indumentaria se relajaba.
Más allá de los límites de Alepo, visitamos San Simeón, y fuera de programa, Ahmed, el guía palestino que nos ilustraba apasionadamente sobre la historia y tradiciones del país, nos mostró a una familia que vivía en el campo y cultivaba pistachos, un bien muy preciado por esas tierras.
Tras años de una guerra atroz, muchas veces me he preguntado qué habrá sido de Ahmed, o de esta familia que compartió su tiempo con nosotros, de los comerciantes del zoco de Alepo que regateaban con los precios... ¿Habrán escapado entre los miles de refugiados que anhelan alcanzar Europa?, o permanecen allí, esperando que Alepo logre sobrevivir a un conflicto enquistado, tablero de ajedrez de las grandes potencias, que si no se remedia desembocará en un nuevo genocidio.
Enviado a Roma con un piquete de soldados para morir en los juegos gladiatorios, fue escribiendo durante el camino varias cartas (poseemos siete, no todas de autenticidad asegurada) a las diversas comunidades cristianas por las que había pasado, a la comunidad romana adonde se dirigía, o al venerable obispo Policarpo de Esmirna.
Estas cartas están escritas en momentos de gran intensidad interior, reflejando la actitud espiritual de un hombre que ha aceptado ya plenamente la muerte por Cristo y sólo anhela el momento de ir a unirse definitivamente con él.
A las 23:16 horas del domingo 25, del mes de septiembre pasado, ha fallecido S. E. Mons. Antonio Xu Jiwei, Obispo de la diócesis de Linhai (Taichow), en la provincia de Zhejiang (China continental). Tenía 81 años: desde hace algún tiempo padecía de varios problemas de salud; hace unos meses sufrió un derrame cerebral y posteriormente varios episodios reiterados de infección pulmonar.
El Prelado nació el 2 de abril de 1935 en Shanghai. De 1948 a 1958 estudió en los seminarios de Ningbo y de Shanghai. En 1960 fue arrestado y condenado a cinco años de prisión, y posteriormente fue obligado a realizar trabajos forzados. En esos mismos años le fue asignado el puesto de profesor en una escuela secundaria. En 1985 le retiraron la condena anterior y pudo volver al seminario de Shanghai y reanudar sus estudios teológicos, que había comenzado cuando era joven. A la edad de cincuenta años, el 21 de noviembre de 1985, fue ordenado sacerdote. Permaneció en el mismo seminario de Shanghai como formador.
En 1987 regresó a su diócesis de origen de Ningbo. En 1999 asumió el cargo de administrador diocesano y párroco de Shijiang, en la diócesis de Linhai (Taizhou). Ese mismo año, la Santa Sede lo nombró obispo de Linhai (Taizhou), diócesis que había estado vacante desde 1962. Por diferentes razones, su consagración episcopal tuvo lugar once años después, el 10 de julio del 2010, presidida por S. E. Mons. Giuseppe Li Mingshu, obispo de Qingdao, con la participación de otros cuatro obispos legítimos.
Durante los años de su ministerio, Mons. Xu Jiwei demostró ser un pastor prudente y atento, animado por un profundo sentido de comunión y de fidelidad al Sucesor de Pedro y con la Iglesia universal y se preocupó de dar una adecuada formación al clero local. Durante los seis años de su ministerio episcopal fueronordenados casi la mitad de los sacerdotes actuales de su comunidad diocesana y algunos de ellos fueron enviados al extranjero para continuar su formación.
El funeral del obispo Xu, al que han asistido miles de fieles, se ha celebrado el 29 de septiembre.
Es un fresco que representa la adoración de los Reyes Magos. Está
Un año de minuciosa restauración con láser ha desvelado lo que se escondía tras una densa capa de cal negra y suciedad. Son pinturas que hablan de la transición del mundo romano pagano al cristiano.
CARD. GIANFRANCO RAVASI. Presidente, Pontificia Comisión Arqueología Sacra
"Primero nos hablan de la importancia del diálogo entre el mundo clásico romano y el mundo cristiano que estaba naciendo. De hecho, Cristo está representado en las catacumbas con la imagen de Orfeo, que atrae a las almas, un modo de establecer un puente de diálogo entre culturas diferentes, tan importante en nuestro tiempo”.
Prueba de esta transición son frescos como este. Una mujer, Sabina, ofrece vino a sus invitados recostados en un triclinium. No hay ningún tipo de referencia religiosa. No es más que una escena de la vida cotidiana en la antigua Roma.
Unos metros más adelante está Orfeo, símbolo pagano reconvertido al cristianismo y que representa al propio Cristo.
La catacumba es una auténtica pinacoteca paleocristiana. Ha recuperado todo su esplendor, curiosamente, gracias a la contribución de Azerbayán, un país de mayoría musulmana chiíta.
CARD. GIANFRANCO RAVASI. Presidente, Pontificia Comisión Arqueología Sacra
"Es algo significativo en estos momentos en los que se ve al islam y al cristianismo enfrentados a causa del fundamentalismo. Y aquí lo que vemos es un ejemplo estupendo de colaboración”.
San Marcelino y Pedro es una de las catacumbas más antiguas de Roma y también de las más desconocidas. Data del siglo I después de Cristo y se usó hasta el siglo IX. Por eso, abarca una extensión de unas dos hectáreas y varios pisos. Sus pinturas y laberínticos pasillos y galerías son uno de los mejores testimonios de la antigua y rica presencia del cristianismo en la Ciudad Eterna.