En el corazón de la bulliciosa Calcuta, en la India, se levanta este edificio gris, "la Casa Madre”. Aquí la Madre Teresa plantó la semilla de su congregación, las Misioneras de la Caridad, en 1953.
En esta casa vivió la religiosa albanesa, rezó y falleció en 1997. Aquí es donde está su cuerpo enterrado, en un discreto lugar al que acuden cientos de miles de personas de todo el mundo para presentar sus respetos.
La pequeña habitación de Madre Teresa esta a unos pocos pasos. En ella, las misioneras conservan algunas de sus humildes pertenencias. En esta sencilla cama falleció a las nueve y media de la noche del 5 de septiembre de hace 19 años.
Las hermanas que la acompañaron en este momento cuentan que miraba intensamente el crucifijo y la corona de espinas que hay debajo de un cuadro con el rostro de Jesús.
"Para mí fue una inspiración la santidad de Madre Teresa. Cada mañana muy temprano era la primera que llegaba a lacapilla para rezar. Es algo que he visto con mis propios ojos. Ella siempre estaba presente para comenzar la oración”.
"Nimal Hriday” significa "Hogar del corazón puro”. Es una residencia para personas enfermas y desahuciadas. Fue la primera casa que Madre Teresa fundó en 1952. Hoy en día hay las misioneras tienen unos 100 hogares para enfermos terminales.
"Me preguntó: "Sunita, ¿por qué no visitas la casa de los que se están muriendo?”. Y yo le dije: "Madre, no creo que tenga valor suficiente para hacerlo”. Entonces ella me dijo: "No te preocupes, yo te llevaré en persona”. Me acompañó y en el camino me preparó mentalmente. Me dijo: "Si entras con una sonrisa, verás que te sonreirán a ti también”. Y justo eso es lo que sucedió”.
Pese a que era mundialmente famosa y admirada, llevar adelante su misión no siempre fue una tarea fácil.
"Se puso de pie de esa forma tan inimitable y tan suya y dijo: "Señor, yo no he estudiado económicas ni he estudiado finanzas. Todo lo que sé es sobre la Biblia. Y en la Biblia Jesús decía "¿No se preocupa tu Padre por las aves del cielo? Es más, hasta los cabellos de vuestra cabezaestán todos contados”. Estoy segura de que el Padre que está en los cielos se ocupa de mis pobres. Sobre esto hay que apoyarse para seguir adelante. Así todo acaba funcionando. Yo nunca he tenido ninguna dificultad”.
En 1955 instituyó, muy cerca de su propia casa, el "Nirmala Sishu Bhavan”, una casa para niños abandonados en las calles. Allí fue voluntaria sor Joan of Arc que después ingresó en la Orden. Ahora ella se ocupa de esta casa para pequeños con enfermedades terminales.
"Madre Teresa era ya mayor y no estábamos seguras de cuánto tiempo seguiría con nosotras pero nunca escatimó esfuerzos. Era generosa con todas las personas".
Para muchos en India, su "Maa", es decir, su Madre en hindú, siempre fue una santa. El 4 de septiembre lo será oficialmente. Cobran ahora más sentido que nunca sus famosas palabras: "Quiero dar santos a la Iglesia".
La canonización es "una gran alegría para toda la India" ha expresado el Obispo de Baruipur.
El Patriarca Louis Raphael Sako presidió la ceremonia y llamó a los niños a "contribuir a la comunidad" cristiana y no abandonar su territorio.
Cien niños han hecho la Primera Comunión en Alqosh (Irak) una ciudad amenazada por el avance del DAESH y considerada un "pueblo de frontera". El primado Caldeo, Patriarca Louis Raphael Sako presidió la ceremonia e hizo un llamado a los niños a "contribuir a la comunidad" cristiana y no abandonar su territorio, "porque hay una herencia cristiana por preservar". Según declaraciones de Mons. Basil Yaldo, Obispo auxiliar de Baghdad, el prelado Sako también los motivó a ser fuertes y participar en la vida de la Iglesia "como quien participa en la vida de una familia".
Gadium Press cita las palabras de uno de los niños cuando le comentó a Mons. Yaldo que "cuando crezca quiere hacerse sacerdote para servir a los pobre y los necesitados". A la celebración asistieron "todos los sacerdotes de la ciudad, las religiosas y más de 70 personas", relató Mons. Yaldo. "Los fieles estaban emocionados porque por primera vez el Patriarca celebró las Comuniones en la comunidad".
"Después de semanas de violencia, bombardeos y derramamiento de sangre, la situación es ahora más calmada", comentó el Obispo auxiliar. "Sin embargo, el Patriarca Sako pidió orar por la paz en todas las celebraciones que presidió. Necesitamos orar por la paz y por el futuro del país".
No todos los grandes palacios están habitados por reyes: Le Gran Palais de París, El Palacio Real de Madrid o El Palacio Real de Bruselas, son claros ejemplos. Esa es la duda que envuelve ahora al reciente descubrimiento de un grupo de arqueólogos de Texas.
Según cuenta el periódico israelí Haaretz en su página web, «se han hallado los restos de un edificio palaciego en la antigua ciudad real de Gézer, el cual data de la época del rey Salomón, es decir, de hace 3.000 años». No obstante, los investigadores desconocen cuál de los reyes de Israel vivió allí, si es que llegó a vivir alguno.
Salomón, famoso por llevar la riqueza y la estabilidad al reino unido de Israel y de Judá, es conocido como el tercer y último monarca de dicho reino, que posteriormente se separó en dos, Israel y Judá. Hijo del rey David y, por tanto, heredero de sus territorios, consiguió reinar durante aproximadamente cuatro décadas, posiblemente entre los años 965 y 928 a.C.
«Los investigadores desconocen cuál de los reyes de Israel vivió allí»
Steve Ortiz, co-director de la excavación, comentó al medio israelí que «aunque no se sabe si allí vivió algún tipo de gobernante, lo que sí se sabe es que el tamaño del edificio palaciego es considerablemente mayor al de las casas normales de la época. Otra de las características diferenciadoras sería por ejemplo el patio central».
Otro de los co-directores del proyecto, Sam Wolff, ha pedido prudencia en cuanto a la conexión entre estos nuevos hallazgos en Israel y los textos bíblicos, ya que son muchos los que aseguran firmemente que Salomón vivió allí, porque así lo dice la Biblia: «El Faraón capturó Gézer matando a todos los que habitaban la ciudad. Así regaló la ciudad entera a su hija, mujer de Salomón, para que éste la reconstruyese».
Durante el rezo del Ángelus, el Papa Francisco anunció que viajará a las zonas afectadas por el fuerte terremoto que sacudió hace unos días el centro de Italia.
Quiere transmitir a los afectados "el consuelo de la esperanza cristiana” y abrazarlos como lo haría un padre y un hermano.
En recuerdo a las víctimas y supervivientes, pidió a los peregrinos en la plaza que se unieran a él en el rezo del Avemaría.
"Queridos hermanos y hermanas, en cuanto me sea posible espero visitaros para llevaros en persona el consuelo de la fe, el abrazo de padre y hermano y el apoyo de la esperanza cristiana”.
Explicó que, tal y como Jesús enseña, el orgullo, la vanidad o la ostentación son la causa de muchos males. Lo importante no es ocupar siempre el puesto de honor sino tener una actitud humilde.
Humildad, servicio y generosidad fue lo que se está viviendo en los pueblos golpeados por la tragedia del terremoto, por eso, el Papa Francisco agradeció a los cuerpos de rescate su esfuerzo por socorrer a las víctimas.
"Recemos por los difuntos y los supervivientes. La solicitud con la que las autoridades, las fuerzas del orden, protección civil y voluntarios están operando demuestra lo importante que es la solidaridad para superar pruebas así de dolorosas”.
Francisco también pidió a los cristianos que sean generosos sin esperar nada a cambio por esta generosidad. Por eso, invitó a abrir el corazón a las personas que más lo necesitan, como los migrantes, refugiados y personas que viven en la calle.
"Cuando ofrezcas un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los cojos y a los ciegos y serás bienaventurado, porque no tienen con qué pagarte. Son de hecho los pobres y los sencillos, los que no cuentan, los que nunca podrán invitarte a su mesa”.
Por último, pidió la intercesión de la Virgen María para que ayude a los cristianos a crecer en humildad para así poder ser solidarios y acoger a los más desfavorecidos.
Es la actual sucesora de la Madre Teresa de Calcuta al frente de las Misioneras de la Caridad tras sor Nirmala Joshi. Sor Mary Prema es la superiora general de la orden desde el año 2009.
Durante su Audiencia General esta mañana en la Plaza de San Pedro, el Papa Francisco habló de un episodio del Evangelio según San Mateo en el que una mujer enferma con flujos de sangre tocó el manto de Jesús, sabiendo que eso la curaría.
Poseído por un rapto de soberbia, Nerón llegó a creerse el fundador de una nueva era: como tantos otros gobernantes fatuos que en el mundo han sido (y siguen siendo), concibió la idea demencial de que la historia volvía a fundarse con él.
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Reconstrucción de una sala de la Domus Aurea |
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En su quimérico empeño, ordenó a sus arquitectos remozar por completo el aspecto de Roma, pues abominaba de una ciudad que se le antojaba cochambrosa y maloliente.
Quiso que las paredes de su palacio relumbraran como el mismo sol, de tal modo que sus huéspedes, al penetrar en sus estancias, quedasen anonadados, como si se hallasen en presencia de Dios. Para ello, sus arquitectos diseñaron vastos patios de amplios ventanales por los que irrumpía la luz que luego, al reflejarse sobre las paredes recubiertas de oro, producía un efecto cegador. Así, en medio de tanto esplendor, aparecía el inquilino del palacio sentado en su trono, provocando el arrobo de sus huéspedes, a quienes obligaba a arrodillarse ante él.
Nada queda apenas de aquella edificación megalómana. Los emperadores que sucedieron a Nerón se esforzaron por borrar la memoria de aquel déspota desquiciado, reduciendo a escombros sus delirios arquitectónicos. Adriano sepultó bajo tierra la Domus Aurea, no sin antes despojarla de todos aquellos elementos ornamentales -mármoles y mosaicos, sobre todo- que pudieran ser útiles en la construcción de las termas que mandó erigir sobre el palacio inhumado.
La visita subterránea a la Domus Aurea apenas nos brinda una pálida visión de lo que debió de ser aquel recinto fastuoso: las paredes desnudas, desmigajadas por la humedad, nos evocan el sueño presuntuoso -vanitas vanitatis- y demencial de un degenerado que se creyó Dios. Tal vez todavía vague por estos corredores que amenazan derrumbamiento su espíritu, como un demonio presto a lanzar su dentellada.
A unos pocos kilómetros de allí, el viajero puede completar su visita a la Roma subterránea recorriendo las catacumbas de Domitila, designadas así en memoria de Flavia Domitila, una patricia martirizada durante el mandato de Domiciano.
La imaginación romántica quiso convertir estas galerías laberínticas en escondrijos donde las primitivas comunidades cristianas se refugiaban de las persecuciones decretadas por los emperadores romanos; la verdad, mucho más prosaica, es que las catacumbas fueron meros cementerios donde los cristianos enterraban a sus difuntos, casi siempre en modestos lóculos (concavidades excavadas horizontalmente en las paredes de las galerías que luego se sellaban con tejas) o (si la familia del difunto era más adinerada) en arcosolios, tumbas en forma de sarcófago protegidas por un arco enlucido de estuco y ornamentado con pinturas murales.
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Catacumba de Santa Domitila |
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Algunos de estos arcosolios conservan todavía su decoración originaria, en la que se repiten los símbolos empleados por los primitivos cristianos: así, por ejemplo, las palomas que picotean grano, que no son símbolo (como los guías atiborrados de memeces contemporáneas sostienen) de la paz, sino de las almas que se alimentan de los frutos de la Redención; o que -como aquella que Noé envió de emisaria tras el diluvio- sostienen en el pico una rama, símbolo de la proximidad del Paraíso.
Después de visitar la subterránea Domus Aurea de Nerón, el paseo por las catacumbas adquiere también una resonancia simbólica: es algo así como un descenso ad inferos, como si la fe que entonces empezaba a propagarse hubiese querido triunfar primero allá donde las culturas antiguas situaban el Averno.
Chesterton nos propone en El hombre eterno que Jesús nació en una cueva para significar que había venido a la tierra para mantener un combate sin tregua contra el inquilino subterráneo; ese combate se prolonga simbólicamente en el subsuelo de Roma, encarnados sus contendientes en la Domus Aurea de Nerón y en las catacumbas paleocristianas. Es un combate encarnizado que se seguirá sosteniendo mientras dure el mundo: la luz nueva invadiendo intrépidamente los dominios del Averno, exponiéndose a recibir sus dentelladas, una y otra vez herida de muerte pero nunca derrotada.
Artículo de Juan Manuel de Prada publicado en el periódico ABC
Antonio Machado
Agustín de Tagaste era un joven y brillante orador, dotado de una gran inteligencia y un corazón ardiente. Su adolescencia transcurrió entre diversas escuelas de Madaura, Tagaste y Cartago, de manera un tanto turbulenta. Durante años anduvo sin apenas rumbo moral en su vida, muy influida por amistades poco recomendables: «Mientras me olvidaba de Dios —dice de sí mismo—, por todas partes oía: ¡Bien, bien!».
«Yo ardía en deseos de hartarme de las más bajas cosas y llegué a envilecerme hasta con los más diversos y turbios amores; me ensucié y me embrutecí por satisfacer mis deseos. Me sentía inquieto y nervioso, solo ansiaba satisfacerme a mí mismo, hervía en deseos de fornicar. (...) ¡Ojalá hubiera habido alguien que me ayudara a salir de mi miseria...!».
No era feliz: «Sabía que Dios podía curar mi alma, lo sabía; pero ni quería, ni podía; tanto más cuanto que la idea que yo tenía de Dios no era algo real y firme, sino un fantasma, un error. Y si me esforzaba por rezar, inmediatamente resbalaba como quien pisa en falso, y caía de nuevo sobre mí. Yo era para mí mismo como una habitación inhabitable, en donde ni podía estar ni podía salir. ¿Dónde podría huir mi corazón que huyese de mi corazón? ¿Cómo huir de mí mismo?».
Buscaba la verdad en diversas ideologías. Habló con las figuras intelectuales más destacadas para encontrar respuesta a las situaciones culturales y sociales de su época. Pasaba de maestro en maestro y de ideología en ideología. Pero nada le llenaba el corazón. Leía incesantemente. Triunfó dando clases y conferencias, hasta convertirse en un personaje de moda. Era un pensador influyente al que llamaban de todos los sitios.
Estando en Milán, en el año 384, acudía, sin demasiada buena disposición, a escuchar las homilías de Ambrosio, obispo de la ciudad. Ambrosio era un hombre de una gran talla intelectual, y Agustín estaba interesado en su oratoria, no en su doctrina, pero «al atender para aprender de su elocuencia —explicaba—, aprendía al mismo tiempo lo que de verdadero decía». Le parecía que aquel hombre explicaba de un modo distinto los pasajes de la Sagrada Escritura que él ridiculizaba en sus clases y que ahora le empezaron a parecer verdaderos.
El 1 de enero del año 385 se estaba preparando para hablar ante toda la Corte del Emperador Valentiniano, instalada por entonces en aquella ciudad. Agustín estaba consiguiendo sus propósitos de triunfar gracias a su elocuencia, pese a ser aún muy joven. Pero notaba que algo en su vida estaba fallando. «Al volver —escribiría más adelante—, y pasar por una de las calles de Milán, me fijé en un pobre mendigo que, despreocupado de todo, reía feliz. Yo, entonces, interiormente, lloré».
Una cascada de sentimientos se desbordó en el corazón de Agustín. Caminaba, como siempre, rodeado de un grupo de amigos. «Les dije que era nuestra ambición la que nos hacía sufrir y nos torturaba, porque nuestros esfuerzos, como esos deseos de triunfar que me atormentaban, no hacían más que aumentar la pesada carga de nuestra infelicidad».
«No hago más que trabajar y trabajar para lograr mis objetivos, y cuando los consigo, ¿soy más feliz? No. Tengo que seguir bregando contra todo y contra todos para mantenerme en mi puesto. Mientras tanto, ese tipo vive tan contento sin tener nada... Bueno; no sé si estará contento, no sé si será realmente feliz, pero, desde luego, el que no soy feliz soy yo... No es que me guste su vida, ¡es mi vida la que no me gusta! He conseguido un estatus, una posición económica y cultural... ¿y qué?». «No compares —le dijeron sus amigos—. Ese tipo se ríe porque habrá bebido. Y tú tienes todos los motivos para estar feliz, porque estás triunfando...».
Sí, estaba triunfando, pero aquellos éxitos en su cátedra y en sus conferencias, más que alegrarle, le deprimían. «Al menos —se decía— ese mendigo se ha conseguido el vino honradamente pidiendo limosna, y yo... he alcanzado mi estatus a base de traicionarme a mí mismo. Si el mendigo estaba bebido, su borrachera se le pasaría aquella misma noche, pero yo dormiría con la mía, y me despertaría con ella, y me volvería a acostar y a levantar con ella día tras día».
La crisis se había desencadenado. Pero la lucha no había hecho más que empezar, llena de vacilaciones. «La fe católica me da explicaciones a lo que me pregunto...; sin embargo, ¿por qué no me decido a que me aclaren las demás cosas?».
En su vida moral seguía haciendo lo que le apetecía. Deseaba salir de aquella situación, pero, a la vez, se sentía incapaz. «Si uno se deja llevar por esas pasiones, al principio se convierten en una costumbre, y luego en una esclavitud...».
Era un esclavo de esas pasiones, lo reconocía. Por eso, el tiempo pasaba y Agustín se resistía a cambiar. «Deseaba la vida feliz del creyente, pero a la vez me daba miedo el modo de llegar a ella». «Pensaba que iba a ser muy desgraciado si renunciaba a las mujeres...». «¡Qué caminos más tortuosos! Ay de esta alma mía insensata que esperó, lejos de Dios, conseguir algo mejor. Daba vueltas, se ponía de espaldas, de lado, boca abajo..., pero todo lo encontraba duro e incómodo...».
Agustín va poco a poco logrando vencer la sensualidad y la soberbia, pero se encuentra también con otro poderoso enemigo: «Me daba pereza comenzar a caminar por la estrecha senda». «Todavía seguía repitiendo como hacía años: mañana; mañana me aparecerá clara la verdad y, entonces, me abrazaré a ella».
El proceso de su conversión pasó —según contaría él mismo en su libro “Las Confesiones”— por multitud de pequeños detalles. El paso definitivo se produjo un día de agosto del año 386, en que recibió la visita de su amigo Ponticiano. Tuvieron una animada conversación. En un momento dado, Ponticiano le contó la historia de un monje llamado Antonio, y luego, viendo el creciente interés de Agustín, una anécdota suya personal. Le contaba esas cosas con intención de acercarle a Dios, pero probablemente no sospechó el fuerte influjo que produjeron en Agustín. «Lo que me contaba Ponticiano me ponía a Dios de nuevo frente a mí, y me colocaba a mí mismo enérgicamente ante mis ojos para que advirtiese mi propia maldad y la odiase. Yo ya la conocía, pero hasta entonces quería disimularla, y me olvidaba de su fealdad». «Me puso cara a cara conmigo mismo para que viese lo horrible que era yo.»
Mientras su amigo hablaba, Agustín pensaba en su alma, que encontraba tan débil, oprimida por el peso de las malas costumbres que le impedían elevarse a la verdad, pese a que ya la veía claramente. «Habían pasado ya muchos años, unos doce aproximadamente, desde que cumplí los diecinueve, desde aquel año en que por leer a Cicerón me vi movido a buscar la sabiduría.»
«Había pedido a Dios la castidad, aunque de este modo: “Dame, Señor, la castidad y la continencia, pero no ahora”, porque temía que Dios me escuchara demasiado pronto y me curara inmediatamente de mi enfermedad de concupiscencia, que yo prefería satisfacer antes que apagar.» «Se redoblaba mi miedo y mi vergüenza a ceder otra vez y no terminaba de romper lo poco que ya quedaba».
Ponticiano terminó de hablar, explicó el motivo de su visita, y se fue. El combate interior de Agustín se acercaba a su final. Cada vez faltaba menos, pero «podía más en mí lo malo, que ya se había hecho costumbre, que lo bueno, a lo que no estaba acostumbrado.»
Se decía: «¡Venga, ahora, ahora!». Pero cuando estaba a punto... se detenía en el borde. Era como si los viejos placeres le retuviesen, diciéndole bajito: «¿Cómo? ¿Es que nos dejas? ¿Ya no estaremos contigo, nunca, nunca? ¿Desde ahora ya no podrás hacer eso... , ni aquello? ¡Y qué cosas, Dios mío, me sugerían con las palabras eso y aquello!». Los placeres seguían insistiéndole: «¿Qué? ¿Es que piensas que vas a poder vivir sin nosotros, tú? ¿Precisamente tú...?». Miró a su alrededor. Muchos lo habían logrado. «¿Por qué no voy a poder yo —se preguntó— si éste, si aquel, si aquella, han podido?».
Salió con su amigo Alipio al jardín de la casa. «¡Hasta cuándo —se preguntaba—, hasta cuándo, mañana, mañana! ¿Por qué no hoy? ¿Por qué no ahora mismo y pongo fin a todas mis miserias?». Mientras decía esto, oyó que un niño gritaba desde una casa vecina: «¡Toma y lee! ¡Toma y lee!». Pensó que Dios se servía de ese chico para decirle algo. Corrió hacia el libro, y lo abrió al azar por la primera página que encontró. Leyó en silencio: «No andéis más en comilonas y borracheras, ni haciendo cosas impúdicas. Dejad ya las contiendas y peleas. Revestíos de Nuestro Señor Jesucristo, y no busquéis cómo contentar los antojos de la carne y de sus deseos.»
Cerró el libro. Esa era la respuesta. No quiso leer más, ni era necesario. «Como si me hubiera inundado el corazón una fortísima luz, se disipó toda la oscuridad de mis dudas». Cuando se tranquilizó un poco se lo contó a Alipio, que quiso ver lo que había leído. Se lo enseñó y su amigo se fijó en la frase siguiente del texto de la Escritura, en la que no había reparado. Seguía así: «Recibid al débil en la fe».
«Después entramos a ver a mi madre, se lo dijimos todo y se llenó de alegría. Le contamos cómo había sucedido, y saltaba de alegría y cantaba y bendecía a Dios, que le había concedido, en lo que se refiere a mí, lo que constantemente le pedía desde hacía tantos años, en sus oraciones y con sus lágrimas».
A los pocos meses, en la Vigilia Pascual, recibieron el bautismo Agustín, su hijo y su amigo. Años después, escribiría: «Tarde te amé, Belleza, tan antigua y tan nueva, ¡tarde te amé! Estabas dentro de mí, y yo te buscaba por fuera... Me lanzaba como una bestia sobre las cosas hermosas que habías creado. Estabas a mi lado, pero yo estaba muy lejos de Ti. Esas cosas... me tenían esclavizado. Me llamabas, me gritabas, y al fin, venciste mi sordera. Brillaste ante mí y me liberaste de mi ceguera... Aspiré tu perfume y te deseé. Te gusté, te comí, te bebí. Me tocaste y me abrasé en tu paz».
El camino de San Agustín hacia la conversión refleja muy bien la tendencia de todo hombre a retrasar las decisiones que vemos bastante claras con la cabeza pero a las que se opone la resistencia de nuestras pasiones. Su relato autobiográfico es uno de los mejores testimonios que se han escrito sobre los problemas, angustias y búsquedas que supone la lucha contra esa resistencia interior. Una lucha que acabó en victoria, y que ha supuesto para la humanidad un personaje tan insigne como San Agustín, un gran pensador y un gran santo, cuyos escritos filosóficos y teológicos constituyen una referencia ineludible en la historia del pensamiento.
Muchas veces, las llamadas de Dios chocan contra ese muro en nuestro interior, que retrasa nuestras respuestas, desvía nuestra mirada y nos hace repetir, como Agustín: ¡mañana!, ¡mañana! Muchas veces ese “mañana” acaba por ahogar en su mismo nacimiento la llamada del Señor.
Si nos tomamos tiempo para considerar con calma las cosas en la presencia de Dios, para reflexionar y obrar con madurez y libertad, es algo no solo prudente sino lógico y necesario. Pero si nos tomamos ese tiempo para ver si así se diluyen las cosas y se pierde la voz del Señor en el ruido de fondo de nuestra vida, entonces nos estamos autoengañando, como explicaba San Agustín. Quizá entonces, a ese “mañana, mañana...” haya que encararse pensando si no es nuestro hoy precisamente el que nos pide Dios.
Además, todos esos “mañanas” no podemos tenerlos tan seguros. San Luis Gonzaga murió a los veintitrés años, San Estanislao de Kostka a los dieciocho, San Juan Berchmans a los veintidós, Santa Teresa de Lisieux a los veinticuatro, y así muchos más. Dios puede llamar a cualquier edad, pero si nos llama en la juventud, hemos de agradecerlo como una predilección muy especial. Algunos piensan lo contrario, y creen que esmejor dejar pasar esos años, disfrutar de la juventud lejos de responsabilidades y compromisos, pero quienes han descubierto pronto esa llamada saben que no se cambian por nadie.
Además, si se entiende bien lo que supone descubrir la vocación, es decir, conocer el designio de Dios para nuestra vida, lo propio no es la espera, sino la esperanza. Hemos de fomentar la esperanza de ese encuentro con Dios. La espera puede aguardarse durmiendo, la esperanza, caminando. La espera es un sillón; la esperanza, una bandera. La espera, un refugio cómodo; la esperanza cristiana, una virtud aguerrida.
Con el frío, muchas plantas se hielan. Y así pasa con tantas vocaciones que dejan pasar el tiempo sin responder a Dios. Si lo consideramos en el silencio de la oración, quizá encontremos que los verdaderos tiempos de Dios implican un sentido de urgencia. Si pensamos en tantas personas que aún no conocen a Dios, en todas las que le conocen pero no le aman, y en todas las que le odian, y en las que mueren sin haber oído siquiera hablar de Él, quizá entonces entendemos que puede haber algo de esa urgencia divina.
No es cuestión de meter prisa a nadie, sino de asegurar que con el paso de los días y los meses, y quizá los años, no estamos dejando pasar nuestra hora. Hay que pensar las cosas con calma, pero sin eternizarse en la respuesta.
La preparación y la buena predisposición no son inmediatas, sino meditadas y maduradas. Pero la respuesta puede ser inmediata, como lo fue, por ejemplo, la respuesta de la Virgen al anuncio del ángel, en esa entrañable escena de la Anunciación. Nadie calificaría de precipitada a Santa María por contestar con su «Hágase en mí según tu palabra» en unos pocos segundos. Los requerimientos de Dios a veces piden una respuesta rápida.
En el Evangelio se lee también que Nuestro Señor encontró a Simón Pedro y a Andrés echando las redes al mar y les llamó: «Venid conmigo y os haré pescadores de hombres». «Y ellos, enseguida, dejando las redes, lo siguieron». Y lo mismo sucedió poco después con Santiago y Juan, «que estaban en la barca con su padre Zebedeo remendando sus redes; y los llamó. Ellos, al instante, dejaron la barca y a su padre, y le siguieron.» El Señor les pidió dejarlo todo, y ellos respondieron con prontitud, sabiendo jugarse todo a una sola carta, la carta del amor de Dios.
Es verdad que la respuesta a la vocación puede requerir tiempo. No puede ser el fruto irreflexivo de un impulso de un momento. Por eso, el tiempo en el que se plantea la vocación debe ser tiempo de oración intensa, no de dilación cómoda; tiempo de búsqueda y no de olvido; tiempo para responder, no para demorar la respuesta con un mañana engañoso.
Es verdad que siempre cabe “darle otra vuelta más” a nuestras dudas. Una dilación que puede nacer de la recta prudencia, pero también de las excusas eternas, o de lo que San Agustín llamaba “sus viejas amigas”. Pedimos tiempo y calma, ¿para decidir o para olvidar? Así lo relataba San Agustín: «Me encontraba en la situación de uno que está en la cama por la mañana. Le dicen: ”¡Fuera!, levántate, Agustín”. Yo decía, al contrario: “Sí, más tarde, un poco más todavía”. Al fin, el Señor me dio un buen empujón y salí.»
Agustín fue un apasionado buscador de la verdad. Al final descubrió que solo en Dios se pueden saciar los deseos profundos del corazón humano. Su historia es una espléndida referencia para todos aquellos que, sedientos de felicidad, la buscan recorriendo caminos equivocados y se pierden en callejones sin salida.
Fuente: Alfonso Aguiló
interrogantes.net
Jacqueline Isaac es joven, pero sobradamente preparada: abogada, activista de Derechos Humanos y empresaria. Está dedicando su vida a dar a conocer el drama que padecen en Medio Oriente mujeres de minorías religiosas como cristianas y yazidíes.
"Cuando tenía 13 años, nos mudamos desde California a Egipto. Mi vida cambiaba totalmente, o al menos, eso pensaba. Pero Dios tenía un plan. En Egipto conocí a mi gente, mis raíces, cuántas buenas personas hay en Oriente Medio, y cuánto sufren debido a la persecución, sobre todo mujeres y cristianos. Y ellos no entendían sus derechos, no había un modo de conocer esos derechos en Medio Oriente, porque no tenían la oportunidad”.
Jacqueline Isaac es vicepresidenta de "Roads of Success”, una organización humanitaria que acaba de lanzar un programa para ayudar, acompañar a niñas que habían sido secuestradas por el Isis. Por ejemplo, les enseñan inglés a través de Internet.
"Cada gobierno puede hacer ya algo. No hay que esperar hasta que el Consejo de Seguridad de la ONU lo pida. Cuando un gobierno reconoce un genocidio, tiene también la obligación de proteger a las víctimas para detenerlo. Ya lo han reconocido el Reino Unido, Francia y el Parlamento Europeo. ¿Cuál es el siguiente paso?”
Jacqueline ha estado cuatro veces en Irak, donde ha escuchado historias terribles. Aunque nadie le había preparado para escuchar la historia de una niña de 9 años que había escapado de sus captores. Por eso, decidió grabar su historia y llevarla al Consejo de Seguridad de la ONU para impulsar medidas contra el Isis.
"Estaban durmiendo en casa cuando alguien llamó a su puerta. Era un combatiente del Isis. Delante de ella dispararon a muerte a su padre y a sus hermanos. Pero pasó por encima de miles de niñas y escapó, Cuando nos conocimos y grabé su historia, levantó la mano y dijo, 'aunque me cueste la vida o la muerte, el propósito de mi vida es salvar a mis hermanas secuestradas'”.
Por su trabajo, Jacqueline ha conocido a los líderes más importantes del mundo, incluido el Papa Francisco. Su objetivo ahora es seguir trabajando para que la gente conozca las historias de los perseguidos; y también buscar ideas para crear lazos de amistad entre las personas de Oriente Medio, independientemente de su religión.