Un descubrimiento trascendente para las personas de fe cristiana se encuentra en el Centro Yigal Allon del kibutz Ginosar: se trata de la Barca de Jesús, uno de los tesoros arqueológicos más preciados e importantes de la humanidad.
Todo comenzó en el año 1986 cuando por la gran bajada del nivel de Kineret (Mar de Galilea) quedó descubierto en una de sus orillas un misterioso objeto, que fue rescatado del barro por dos pescadores de Ginosar (localidad conocida como Genesaret en tiempos de Jesús). Se supone que es precisamente el barro el que lo conservó al aislarlo del oxígeno. Varios días más tarde se entendió con gran júbilo y asombro que se trataba de una antigua barca hundida hace casi 2000 años.


Según los expertos, era una combinación entre barca de pesca, de transporte y hasta de guerra dado que creen que pudo haber intervenido en una batalla naval contra los romanos, pero para los más de un millón de cristianos que la han visto en estos años y para quienes esperan que así sea, siempre será “La Barca de Jesús”.
Aunque se desconoce quién navegó en esa barca o a qué fines se destinó, constituye un poderoso recordatorio visual de los relatos del Evangelio sobre Jesús y sus discípulos, muchos de los cuales también eran pescadores. Este importante hallazgo pasó por una compleja e interesante restauración, tras haberle hecho las pruebas de Carbono 14 que indicaron que era realmente de la época en que Jesús había vivido en esa zona.
Actualmente la Barca de Galilea o Barca de Jesús se puede visitar en el kibutz Ginosar, donde además se pueden conocer detalles sobre la restauración y el hallazgo, lo cual es un proceso tan interesante y único, como la misma barca. En la exposición se explica a los visitantes que a esta embarcación de unos ocho metros de largo, hecha principalmente de roble y cedro se le pusieron parches de doce tipos de madera diferentes, y que esos mismos árboles siguen creciendo a lo largo del camino que lleva del Kineret al museo.
El escultor y miembro del kibbutz Yuvi Lufan, que junto con su hermano Moshé descubrieron la barca, comentan que ya forman parte de la historia viva de la Barca de Galilea. “Nuestros padres nos enseñaron a amar el Mar de Galilea”, dice Lufan, “y siempre supe que nos haría un regalo, y así fue con esta Barca”.
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Francisco desveló qué reza antes de irse a dormir. Lo contó al recordar una escena del Evangelio en la que un leproso pide humildemente a Jesús que lo cure.
Francisco soñaba con visitar Armenia y Azerbaiyán durante el mismo viaje, pero lo han impedido las tensiones entre estos países. De hecho, se disputan el territorio del Nagorno Karabaj, y en abril tuvieron varios enfrentamientos armados.
El santo padre Francisco ha recordado que este lunes es la Jornada Mundial del Refugiado, promovida por las Naciones Unidas (ONU). Así lo ha señalado ante miles de fieles congregados en la Plaza San Pedro para rezar la oración del ángelus y también ha indicado que el lema de este año es: ‘Con los refugiados. Nosotros estamos de la parte de quien está obligado a huir’.
Con frecuencia pensamos que los ciegos son otros. Eso pensaban los que acompañaban a Bartimeo cuando pasó Jesús y le curó (cf. Lc 18, 35-43). Pero la curación de Bartimeo les curó también a ellos, que no estaban menos ciegos por dentro.
Observa el Papa que Bartimeo era un marginado, estaba en el margen, en el borde del camino. Mucha gente pasa, pero él está solo. Esto sucedía en Jericó, ciudad que representa la puerta de entrada a la tierra prometida. ¡Y Dios había querido que en esa tierra se cuidara especialmetne de los pobres y menesterosos! (cf. Dt 15, 7. 11).
“Es chocante –apunta Francisco– el contraste entre esta recomendación de la Ley de Dios y la situación descrita por el Evangelio: mientras el ciego grita invocando a Jesús, la gente le regaña para que se calle, como si no tuviese derecho a hablar. No tienen compasión de él, es más, les molestan sus gritos”.
Esto, añade, es una tentación que todos tenemos, por ejemplo, con los prófugos y refugiados. No nos damos cuenta que “la indiferencia y la hostilidad vuelven ciegos y sordos, impiden ver a los hermanos y no permiten reconocer en ellos al Señor”. Incluso nos pueden llevar a la agresión y al insulto: “¡Echad de aquí a todos esos!, ¡llevadlos a otra parte! Esa agresión es lo que hacía la gente cuando el ciego gritaba: Vete, largo, no hables, no grites”. Así lo ve el Papa. Y, efectivamente, todo ello nos hace ciegos y sordos, tanto o más que Bartimeo.
Jesús “pasa” y el verbo empleado por el evangelista es el mismo que el que se emplea para decir que el ángel del Señor pasó para liberar a los israelitas de Egipto (cf. Ex 12, 23). Y también al decir la Escritura que Jesús ha pasado en la cruz a la gloria que le corresponde en el Cielo, ofreciéndonos con su muerte, la Vida verdadera, la salvación y la liberación.
Estaba profetizado que el Mesías abriría los ojos a los ciegos (cf. Is 35, 5). Bartimeo es curado porque, sin dejarse atemorizar por los que le critican y movido por su fe, grita mucho más hasta que Jesús le llama para curarle. El ciego ve con los ojos de la fe. Jesús lo saca del margen y lo pone en el centro de la atención. Mientras tanto los otros continúan ciegos.
¿Y nosotros? También hemos sido Bartimeo, o podemos serlo, dice Francisco: “Pensemos nosotros también, cuando hemos estado en situaciones feas, incluso en situaciones de pecado, como fue precisamente Jesús quien nos tomó de la mano y nos sacó del margen de la calle y nos dio la salvación”.
De este modo, observa el Papa, se realiza un doble paso. El ciego es curado por Jesús después de preguntarle de modo impresionante: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Pero además, los que presencian la escena ven la bondad y la misericordia de Jesús; y, en el minuto dos, diríamos nosotros, toman conciencia de que “el buen anuncio –el mensaje cristiano– implica poner en el centro del propio camino al que estaba excluido”.
Con otras palabras: la misericordia de Jesús es luz para el ciego y para todos los demás, que estaban tanto o más ciegos que él, en otro sentido.
A Bartimeo le permite ver toda la realidad, le abre el camino de la salvación. Porque se siente amado por Jesús comienza a seguirlo “glorificando a Dios”.
A los demás, que contemplaban a Jesús y su misericordia, la curación de Bartimeo les permite “reconocer a quien necesita ayuda y consuelo”.
“También en nuestra vida –nos interpela Francisco– Jesús pasa; y cuando pasa Jesús, y yo me doy cuenta, es una invitación a acercarnos a él, a ser más bueno, a ser un cristiano mejor, a seguir a Jesús”.
Y a reaccionar de la misma manera estamos llamados cada uno de nosotros: “De mendigo a discípulo, ese es también nuestro camino: todos somos mendigos, todos. Siempre necesitamos salvación. Y todos nosotros, todos los días, debemos dar ese paso: de mendigos a discípulos”.
El ciego, al que todos querían callar, testimonia en voz alta su encuentro con Jesús. Así termina el “primer milagro” producido por la luz de la misericordia divina. Pero además “todo el pueblo, cuando vio aquello, daba alabanza a Dios “. He ahí –otra vez lo señala Francisco– el segundo milagro: “lo que le ha pasado al ciego logra que también la gente finalmente vea”.
Concluye el Papa introduciéndonos en lo sucedido: “La misma luz ilumina a todos, uniéndolos en la oración de alabanza. Así Jesús derrama su misericordia sobre todos los que encuentra: les llama, les hace venir a Él, les reúne, les cura y les ilumina, creando un nuevo pueblo que celebra las maravillas de su amor misericordioso. Dejémonos llamar nosotros también por Jesús, y dejémonos curar por Jesús, perdonar por Jesús, y vayamos tras Jesús alabando a Dios”
Así es. La misericordia es una luz con doble efecto: hace “ver” el amor al que la recibe, a la vez que le convierteen instrumento para que se ensanche el amor de quien la ejerce, de modo que pueda iluminar y hacer ver a otros.
Y esto sucede ante todo con la misericordia que Dios tiene con nosotros cuando nos perdona los pecados en el sacramento de la Penitencia. Y sucede también con la misericordia que nosotros hemos de tener con los demás. Nosotros somos Bartimeo, y somos también los que le rodeaban, y también debemos convertirnos para seguir a Jesús y para ser como Él.
La misericordia es la manifestación principal del amor. Y el amor es la luz principal que la fe aporta. Por eso, con la misericordia sucede como con la fe: es luz que nos ilumina a la vez que nos hace participar de sí misma para iluminar a otros.
2,5 millones de los 27,8 del país, viven en Orissa, Chhattisgarh y Jharkhand, las regiones con mayor presencia de cristianos.
Con este encuentro en tono distendido se inauguraba el congreso anual de la diócesis de Roma para reflexionar sobre los desafíos pastorales.

Francisco explicó que Jesús dio ejemplos que invitaban a mirar los Mandamientos con una nueva perspectiva.
Y hoy en día continúan siéndolo. Esta tradición cristiana de la caridad irá impregnando poco a poco la sociedad, haciéndola cada vez más justa, y facilitando el reconocimiento y el respeto de la dignidad de la persona humana.
50·8. (Desde sus comienzos la Iglesia se ha preocupado de los más necesitados. Arístides de Atenas, en el año 124 al escribir al emperador Adriano una apología a favor de los cristianos, lo expresa de esta manera…)
Cuando muere un pobre, si se enteran, contribuyen a sus funerales según los recursos que tengan; si vienen a saber que algunos son perseguidos o encarcelados o condenados por el nombre de Cristo, ponen en común sus limosnas y les envían aquello que necesitan, y si pueden, los liberan; si hay un esclavo o un pobre que deba ser socorrido, ayunan dos o tres días, y el alimento que habían preparado para sí se lo envían, estimando que él también tiene que gozar, habiendo sido como ellos llamado a la dicha”. (ARISTIDES DE ATENAS, La Apología, 17)
51·8. (Tertuliano, años 155-225, explica cómo la Iglesia disponía de un fondo de caridad que se proveía de las aportaciones voluntarias de los cristianos. De este modo se socorría a todos los necesitados…)
Aunque tenemos una especie de caja, sus ingresos no provienen de cuotas fijas, como si con ello se pusiera un precio a la religión, sino que cada uno, si quiere o si puede, aporta una pequeña cantidad el día señalado de cada mes, o cuando quiere. En esto no hay compulsión alguna, sino que las aportaciones son voluntarias, y constituyen como un fondo de caridad. En efecto, no se gasta en banquetes, o bebidas, o despilfarros chabacanos, sino en alimentar o enterrar a los pobres, o ayudar a los niños y niñas que han perdido a sus padres y sus fortunas, o a los ancianos confinados en sus casas, a los náufragos, o a los que trabajan en las minas, o están desterrados en las islas o prisiones o en las cárceles. (TERTULIANO, Apologético, 39, 1-18)
52·8. ¿Qué tiene de extraño, pues, que tan gran amor se exprese en un convite?... Digo esto, porque andáis por ahí chismorreando acerca de nuestras modestas cenas, diciendo que no son sólo infames y criminales, sino también opíparas… Pero su mismo nombre muestra lo que son nuestras cenas, pues se llaman ágapes, que significa en griego «amor». Todo lo que en ellas se gasta, es en nombre y en beneficio de la caridad, ya que con tales refrigerios ayudamos a los indigentes de toda suerte, no a los jactanciosos parásitos que se dan entre vosotros… (TERTULIANO, Apologético, 39, 1-18)
53·8. ¿Tienes dinero? Pues no seas tardo en socorrer con él a los que lo necesitan. ¿Puedes defender los derechos de alguien? Pues no digas entonces que no tienes dinero... ¿Puedes ayudar con tu trabajo? Hazlo. ¿Eres médico? Cuida de los enfermos... ¿Puedes ayudar con tu consejo? Mejor todavía, ya que librara a tu hermano no del hambre, sino del peligro de la muerte... Si ves a un amigo dominado por la avaricia, compadécete de él, y si se ahoga apaga su fuego. ¿Que no te hace caso? Haz lo que puedas, no seas perezoso. (SAN JUAN CRISÓSTOMO, Homilía sobre los Hechos de los Apóstoles, 5)
54·8. (Benedicto XVI nos presenta el ejemplo del diácono San Lorenzo, martirizado en el año 258…)
Desde los comienzos, la actividad asistencial a los pobres y necesitados, según los principios de la vida cristiana expuestos en los Hechos de los Apóstoles, era parte esencial en la Iglesia de Roma. Esta función se manifiesta vigorosamente en la figura del diácono Lorenzo († 258). La descripción dramática de su martirio fue conocida ya por san Ambrosio († 397) y, en lo esencial, nos muestra seguramente la auténtica figura de este Santo. A él, como responsable de la asistencia a los pobres de Roma, tras ser apresados sus compañeros y el Papa, se le concedió un cierto tiempo para recoger los tesoros de la Iglesia y entregarlos a las autoridades. Lorenzo distribuyó el dinero disponible a los pobres y luego presentó a éstos a las autoridades como el verdadero tesoro de la Iglesia. Cualquiera que sea la fiabilidad histórica de tales detalles, Lorenzo ha quedado en la memoria de la Iglesia como un gran exponente de la caridad eclesial. (BENEDICTO XVI, Encíclica Deus Caritas est, n. 23)
55·8. Una alusión a la figura del emperador Juliano el Apóstata († 363) puede ilustrar una vez más lo esencial que era para la Iglesia de los primeros siglos la caridad ejercida y organizada. A los seis años, Juliano asistió al asesinato de su padre, de su hermano y de otros parientes a manos de los guardias del palacio imperial; él imputó esta brutalidad —con razón o sin ella— al emperador Constancio, que se tenía por un gran cristiano. Por eso, para él la fe cristiana quedó desacreditada definitivamente. Una vez emperador, decidió restaurar el paganismo, la antigua religión romana, pero también reformarlo, de manera que fuera realmente la fuerza impulsora del imperio. En esta perspectiva, se inspiró ampliamente en el cristianismo. Estableció una jerarquía de metropolitas y sacerdotes. Los sacerdotes debían promover el amor a Dios y al prójimo. Escribía en una de sus cartas que el único aspecto que le impresionaba del cristianismo era la actividad caritativa de la Iglesia. Así pues, un punto determinante para su nuevo paganismo fue dotar a la nueva religión de un sistema paralelo al de la caridad de la Iglesia. Los « Galileos » —así los llamaba— habían logrado con ello su popularidad. Se les debía emular y superar. De este modo, el emperador confirmaba, pues, cómo la caridad era una característica determinante de la comunidad cristiana, de la Iglesia. (BENEDICTO XVI, Encíclica Deus Caritas est, n. 24)
56·8. Contemplemos finalmente a los Santos, a quienes han ejercido de modo ejemplar la caridad. Pienso particularmente en Martín de Tours († 397), que primero fue soldado y después monje y obispo: casi como un icono, muestra el valor insustituible del testimonio individual de la caridad. A las puertas de Amiens compartió su manto con un pobre; durante la noche, Jesús mismo se le apareció en sueños revestido de aquel manto, confirmando la perenne validez de las palabras del Evangelio: « Estuve desnudo y me vestisteis... Cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis » (Mt 25, 36. 40). Pero ¡cuántos testimonios más de caridad pueden citarse en la historia de la Iglesia! (BENEDICTO XVI, Encíclica Deus Caritas est, n. 40)
57·8. Como obispo y pastor de su extendida diócesis, Basilio se preocupó constantemente por las difíciles condiciones materiales en las que vivían los fieles; denunció con firmeza el mal; se comprometió con los pobres y los marginados; intervino ante los gobernantes para aliviar los sufrimientos de la población, sobre todo en momentos de calamidad; veló por la libertad de la Iglesia, enfrentándose a los potentes para defender el derecho de profesar la verdadera fe (Cf. Gregorio Nacianceno, «Oratio 43,48-51 in laudem Basilii»). Dio testimonio de Dios, que es amor y caridad, con la construcción de varios hospicios para necesitados (Cf. Basilio, Carta 94), una especie de ciudad de la misericordia, que tomó su nombre «Basiliade» (Cf. Sozomeno, «Historia Eclesiástica». 6,34). En ella hunden sus raíces los modernos hospitales para la atención de los enfermos. (BENEDICTO XVI presenta a San Basilio el Grande, 4 julio 2007)
58·8. Basilio se entregó totalmente al fiel servicio a la Iglesia en el multiforme servicio del ministerio episcopal. Según el programa que él mismo trazó, se convirtió en «apóstol y ministro de Cristo, dispensador de los misterios de Dios, heraldo del reino, modelo y regla de piedad, ojo del cuerpo de la Iglesia, pastor de las ovejas de Cristo, médico piadoso, padre y nodriza, cooperador de Dios, agricultor de Dios, constructor del templo de Dios» (Cf. «Moralia» 80,11-20). Este es el programa que el santo obispo entrega a los heraldos de la Palabra, tanto ayer como hoy, un programa que él mismo se comprometió generosamente por vivir. (BENEDICTO XVI presenta a San Basilio el Grande, 4 julio 2007)
59·8. Del camino ascético pueden formar también parte las peregrinaciones. En particular, Jerónimo las impulsó a Tierra Santa, donde los peregrinos eran acogidos y hospedados en edificios surgidos junto al monasterio de Belén, gracias a la generosidad de la mujer noble Paula, hija espiritual de Jerónimo (Cf. Epístola 108,14). (BENEDICTO XVI presenta a San Jerónimo, 14 noviembre 2007)
60·8. Gregorio nos recuerda que, como personas humanas, tenemos que ser solidarios los unos con los otros. Escribe: «"Nosotros, siendo muchos, no formamos más que un solo cuerpo en Cristo" (Cf. Romanos 12,5), ricos y pobres, esclavos y libres, sanos y enfermos; y única es la cabeza de la que todo deriva: Jesucristo. Y como sucede con los miembros de un solo cuerpo, cada quien se ocupa de cada uno, y todos de todos».
Luego, refiriéndose a los enfermos y a las personas que atraviesan dificultades, concluye: «Esta es la única salvación para nuestra carne y nuestra alma: la caridad hacia ellos» («Oratio 14,8 de pauperum amore»: PG 35,868ab). (BENEDICTO XVI presenta a San Gregorio Nacianceno, 22 agosto 2007)
61·8. En otra carta, Jerónimo confirma: «Aunque tenga una espléndida doctrina, es vergonzosa la persona que se siente condenada por la propia conciencia» (Epístola 127,4). Hablando de la coherencia, observa: el Evangelio debe traducirse en actitudes de auténtica caridad, pues en todo ser humano está presente la Persona misma de Cristo. Dirigiéndose, por ejemplo, al presbítero Paulino, que después llegó a ser obispo de Nola y santo, Jerónimo le da este consejo: «El verdadero templo de Cristo es el alma del fiel: adorna este santuario, embellécelo, deposita en él tus ofrendas y recibe a Cristo. ¿Qué sentido tiene decorar las paredes con piedras preciosas si Cristo muere de hambre en la persona de un pobre?» (Epístola 58,7). Jerónimo concretiza: es necesario «vestir a Cristo en los pobres, visitarle en los que sufren, darle de comer en los hambrientos, cobijarle en los que no tienen un techo» (Epístola 130, 14). (BENEDICTO XVI presenta a San Jerónimo, 14 noviembre 2007)
Del libro:
ORAR CON LOS PRIMEROS CRISTIANOS
Gabriel Larrauri (Ed. Planeta)