La Organización Internacional para las Migraciones calcula que en lo que va de año han fallecido en el mar casi 1.400 personas
“Desde los inicios de esta terrible guerra, nunca ha estado la situación en Alepo tan mal como ahora”, señaló el martes el religioso desde Alepo.
El P. Ibrahim lleva casi dos años en esta ciudad del norte de Siria, dividida entre el Gobierno sirio y los rebeldes. “Quien puede huir, huye. El domingo, las carreteras de salida estaban llenas de personas que abandonaban la ciudad. Los que se quedan son los más pobres, los que ni siquiera tienen dinero para ponerse a salvo. Nosotros ayudamos donde y como podemos. En parte, la gente vive en casas semidestruidas. Nosotros hacemos lo posible para repararlas y, gracias al apoyo de Ayuda a la Iglesia Necesitada, proveemos a los necesitados de víveres, ropa, medicinas, productos de higiene y demás artículos de primera necesidad. Pero ahora realmente necesitamos toda la ayuda que podamos obtenerdel exterior, pues nos encontramos en una situación de necesidad extrema”.
El P. Ibrahim también observa cómo el sufrimiento psíquico de la población va en aumento: “Las crisis nerviosas son cada vez más frecuentes, y también hay se registran muchas enfermedades psíquicas a causa de la guerra. La miseria es enorme, pero yo doy gracias a Dios por poder, gracias a Su misericordia, ser un Buen Samaritano para todas estas personas necesitadas, e intento consolarlas con la Palabra de Dios y también con obras de misericordia corporales. Siempre resuenan en mis oídos las palabras del Papa Francisco relativas a mostrar a los hombres la ternura de Dios. Nosotros, los sacerdotes y religiosos, nos hemos convertido verdaderamente en padres o, mejor dicho, en madres de estas personas, pues intentamos como una madre vendar con ternura sus heridas”.
El P. Ibrahim compara la situación de los en torno a 50.000 cristianos que permanecen en Alepo con la de San Pablo en los Hechos de los Apóstoles. “San Pablo estaba con Silas por su fe en prisión, pero gracias a sus oraciones recobraron la libertad. Ellos convirtieron la terrible cárcel en un lugar de oración, y esto es lo que también los cristianos de Alepo debemos hacer. Por terrible que sea este lugar, debemos dar un testimonio cristiano y no pensar solo en nosotros mismos”.
Según el P. Ibrahim, la cruz que soportan estos cristianos es terriblemente pesada. “Pero con Dios, una comunidad también logra sobrevivir como nunca lo había presenciado antes. Mi fe y mi vocación sacerdotal han crecido en Alepo. Rezo mucho ante el tabernáculo para que el Señor nos ayude”.
El P. Ibrahim ha manifestado expresamente su gratitud hacia los bienhechores de Ayuda a la Iglesia Necesitada:“Sin vuestra generosidad, apenas estaríamos en condiciones de hacer nada. Tened la seguridad de que cada día las bocas de niños, necesitados y ancianos pronuncian oraciones para rogar a Dios que os bendiga por vuestra ayuda. Os rogamos que también recéis fervorosamente por nosotros, para que permanezcamos fuertes en la fe y en el amor, pues este conflicto supera nuestras fuerzas”.
Ayuda a la Iglesia Necesitada lleva años apoyando a los cristianos de Alepo. A través de nuestros socios de la Iglesia local apoyamos, entre otros, proyectos de distribución de ropa, víveres y medicamentos. Además, concedemos ayudas de alquiler y becas. Pero Ayuda a la Iglesia Necesitada también apoya a los cristianos sirios e iraquíes que se han visto obligados a huir de la guerra y el terror, y que viven desplazados en sus propios países o refugiados en los países vecinos.
"El dolor es dolor, pero vivido con alegría y esperanza te abre la puerta a la alegría de un fruto nuevo."
"Esto es lo que hacen la alegría y la esperanza juntas, en nuestra vida, cuando estamos en la tribulación, en problemas, cuando sufrimos. No es una anestesia. El dolor es dolor, pero vivido con alegría y esperanza te abre la puerta a la alegría de un fruto nuevo. Esta imagen del Señor nos debe ayudar tanto en las dificultades. Dificultades tantas veces feas, dificultades malas que hasta nos hacen dudar de nuestra fe… Pero con la alegría y la esperanza vamos adelante, porque después de la tempestad llega un hombre nuevo, como cuando la mujer da a luz. Y Jesús nos dice que esta alegría, esta esperanza, es duradera, no pasa".
"Una alegría sin esperanza es mera diversión, una alegría pasajera. Una esperanza sin alegría no es esperanza, no va más allá de un sano optimismo. La alegría y la esperanza van juntas, y ambas hacen esa explosión que la Iglesia en su liturgia casi – me permito decir la palabra – grita sin pudor: ‘¡Exulte tu Iglesia', exulte de alegría. Sin formalidades. Porque cuando hay alegría fuerte, no hay formalidades: es alegría".
"La alegría fortalece la esperanza y la esperanza florece en la alegría. Y así vamos adelante. Pero las dos - con esa actitud que la Iglesia les quiere dar a estas dos virtudes cristianas – indican un salir de nosotros mismos. El alegre no se encierra en sí mismo; la esperanza te lleva, es el ancla que está en la playa del cielo y te lleva a salir. Salir de nosotros mismos, con la alegría y la esperanza".
El misterio de la maternidad divina y de la cooperación de María a la obra redentora suscita en los creyentes de todos los tiempos una actitud de alabanza tanto hacia el Salvador como hacia la mujer que lo engendró en el tiempo, cooperando así a la redención.

Otro motivo de amor y gratitud a la santísima Virgen es su maternidad universal. Al elegirla como Madre de la humanidad entera, el Padre celestial quiso revelar la dimensión —por decir así— materna de su divina ternura y de su solicitud por los hombres de todas las épocas.
En el Calvario, Jesús, con las palabras: «Ahí tienes a tu hijo» y «Ahí tienes a tu madre» (Jn 19, 26-27), daba ya anticipadamente a María a todos los que recibirían la buena nueva de la salvación y ponía así las premisas de su afecto filial hacia ella. Siguiendo a san Juan, los cristianos prolongarían con el culto el amor de Cristo a su madre, acogiéndola en su propia vida.
Los dos primeros capítulos del evangelio de san Lucas parecen recoger la atención particular que tenían hacia la Madre de Jesús los judeocristianos, que manifestaban su aprecio por ella y conservaban celosamente sus recuerdos.
En los relatos de la infancia, además podemos captar las expresiones iniciales y las motivaciones del culto mariano sintetizadas en las exclamaciones de santa Isabel: «Bendita tú entre las mujeres (…). ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!» (Lc 1, 42. 45).

Huellas de una veneración ya difundida en la primera comunidad cristiana se hallan presentes en el cántico del Magníficat: «Desde ahora me felicitarán todas las generaciones» (Lc 1, 48). Al poner en labios de María esa expresión los cristianos le reconocían una grandeza única, que sería proclamada hasta el fin del mundo.
Además, los testimonios evangélicos (cf. Lc 1, 34-35; Mt 1, 23 y Jn 1, 13) las primeras fórmulas de fe y un pasaje de san Ignacio de Antioquía(cf. Smirn. 1, 2: SC 10, 155) atestiguan la particular admiración de las primeras comunidades por la virginidad de María, íntimamente vinculada al misterio de la Encarnación.
El evangelio de san Juan, señalando la presencia de María al inicio y al final de la vida pública de su Hijo, da a entender que los primeros cristianos tenían clara conciencia del papel que desempeña María en la obra de la Redención con plena dependencia de amor de Cristo.
El concilio Vaticano II, al subrayar el carácter particular del culto mariano, afirma: «María, exaltada por la gracia de Dios, después de su Hijo, por encima de todos los ángeles y hombres, como la santa Madre de Dios, que participó en los misterios de Cristo, es honrada con razón por la Iglesia con un culto especial» (Lumen gentium, 66).
Luego, aludiendo a la oración mariana del siglo III «Sub tuum praesidium» —«Bajo tu amparo»— añade que esa peculiaridad aparece desde el inicio: «En efecto, desde los tiempos más antiguos, se venera a la santísima Virgen con el título de Madre de Dios, bajo cuya protección se acogen los fieles suplicantes en todos sus peligros y necesidades» (ib.).
Esta afirmación es confirmada por la iconografía y la doctrina de los Padres de la Iglesia, ya desde el siglo II.
En Roma, en las catacumbas de santa Priscila, se puede admirar la primera representación de la Virgen con el Niño, mientras, al mismo tiempo, san Justino y san Ireneo hablan de María como la nueva Eva que con su fe y obediencia repara la incredulidad y la desobediencia de la primera mujer. Según el Obispo de Lyon, no bastaba que Adán fuera rescatado en Cristo, sino que «era justo y necesario que Eva fuera restaurada en María» (Dem., 33). De este modo subraya la importancia de la mujer en la obra de salvación y pone un fundamento a la inseparabilidad del culto mariano del tributado a Jesús, que continuará a lo largo de los siglos cristianos.
El culto mariano se manifestó al principio con la invocación de María como «Theotókos», título que fue confirmado de forma autorizada, después de la crisis nestoriana, por el concilio de Éfeso, que se celebró en el año 431.
La misma reacción popular frente a la posición ambigua y titubeante de Nestorio, que llegó a negar la maternidad divina de María, y la posterior acogida gozosa de las decisiones del concilio de Éfeso testimonian el arraigo del culto a la Virgen entre los cristianos. Sin embargo, «sobre todo desde el concilio de Éfeso, el culto del pueblo de Dios hacia María ha crecido admirablemente en veneración y amor, en oración e imitación» (Lumen gentium, 66). Se expresó especialmente en las fiestas litúrgicas entre las que, desde principios del siglo V, asumió particular relieve «el día de María Theotókos», celebrado el 15 de agosto en Jerusalén y que sucesivamente seconvirtió en la fiesta de la Dormición o la Asunción.

Además, bajo el influjo del «Protoevangelio de Santiago», se instituyeron las fiestas de la Natividad, la Concepción y la Presentación, que contribuyeron notablemente a destacar algunos aspectos importantes del misterio de María.
Podemos decir que el culto mariano se ha desarrollado hasta nuestros días con admirable continuidad, alternando períodos florecientes con períodos críticos, los cuales, sin embargo, han tenido con frecuencia el mérito de promover aún más su renovación.
Después del concilio Vaticano II, el culto mariano parece destinado a desarrollarse en armonía con la profundización del misterio de la Iglesia y en diálogo con las culturas contemporáneas, para arraigarse cada vez más en la fe y en la vida del pueblo de Dios peregrino en la tierra.
Juan Pablo II , 15 octubre 1997
Orígenes de Alejandría, "uno de los más grandes escritores" de toda la historia de la Iglesia.
Orígenes, dijo el Papa, "recoge la herencia de Clemente y la impulsa hacia el futuro de una manera tan innovadora que sella un cambio irreversible en el desarrollo del pensamiento cristiano. Fue un verdadero maestro (...) y un testigo ejemplar de la doctrina que transmitía".
El cambio irreversible de Orígenes a la historia de la teología corresponde en sustancia, afirmó Benedicto XVI, "a la fundación de la teología en la explicación de las Escrituras, (...) a la perfecta simbiosis entre teología y exégesis. Ciertamente, la característica de la doctrina de Orígenes residiría en la invitación incesante a pasar de la lectura al espíritu de las Escrituras para progresar en el conocimiento de Dios".
"Este "alegorismo", como escribió Von Balthasar, coincide precisamente con el desarrollo del dogma cristiano llevado a cabo por los doctores de la Iglesia que, de un modo u otro, han "acogido la lección de Orígenes. Así la tradición y el magisterio, fundamento y garantía de la investigación teológica, llegan a configurarse como "Escritura en acto".
El Papa recordó que los intereses de Orígenes iban "de la exégesis al dogma, a la filosofía, a la apologética, la ascética y la mística" y ofrecían "una visión fundamental y global de la vida cristiana".
Pero el "núcleo central" de su obra es "la triple lectura de la Biblia", leída en primer lugar "con el intento de individuar el texto mejor y de ofrecer la edición más fiable". "Este es siempre el primer paso -subrayó el Santo Padre-, conocer lo que está escrito y saber lo que esta escritura histórica quería inicial e intencionalmente decir".
"En segundo lugar, Orígenes leyó sistemáticamente la Biblia (...) de forma minuciosa, amplia y profunda, con notas de carácter filológico y doctrinal. En fin, (...) se dedicó mucho a la predicación de la Biblia, adaptándose a un público diverso".
También en sus homilías, Orígenes "aprovecha todas las ocasiones para recordar las diversas dimensiones del sentido de las Sagradas Escrituras que ayudan o expresan un camino en el crecimiento de la fe. Existe un sentido literal, pero el sentido literal esconde profundidades que no aparecen a primera vista".
"La segunda dimensión es el sentido moral: qué debemos hacer viviendo la palabra. Y finalmente, el sentido espiritual, es decir, la unidad de las Escrituras que en su conjunto hablan de Cristo. Es el Espíritu Santo quien nos hace comprender el contenido cristológico y por tanto la unidad de las Escrituras en su diversidad".
Benedicto XVI comentó al respecto que en su libro "Jesús de Nazaret" había intentado "mostrar en la situación de hoy esta dimensión múltiple de la palabra de las Sagradas Escrituras, que debe ser respetada en su sentido histórico. Pero este sentido histórico se trasciende hacia Cristo a la luz del Espíritu Santo".
Orígenes, prosiguió el Papa, "consigue promover eficazmente la "lectura cristiana" del Antiguo Testamento, respondiendo brillantemente al desafío de los herejes, como los gnósticos y marcionitas, que oponían entre sí los dos Testamentos, llegando a rechazar el Antiguo".
"Os invito -concluyó el Santo Padre- a acoger en vuestro corazón las enseñanzas de este gran maestro en la fe", que "nos recuerda (...) que en la lectura orante de la Escritura y en el compromiso de vida coherente, la Iglesia siempre se renueva y rejuvenece. Y pidamos al Señor que nos dé también hoy pensadores, teólogos y exégetas que encuentren esta dimensión múltiple, esta actualidad permanente de las Sagradas Escrituras".
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El «camino privilegiado» para conocer a Dios es el amor, considera Benedicto XVI, presentando como medio para alcanzar este objetivo la lectura meditada de la Palabra de Dios o «lectio divina».
Este fue el mensaje que dejó en la plaza de San Pedro del Vaticano con motivo de la audiencia general del miércoles 2 mayo 2007 a los 30 mil peregrinos que soportaron una fuerte e inesperada lluvia.
El Papa continuó la serie de sus intervenciones sobre los grandes exponentes de la Iglesia primitiva, presentando por segunda semana consecutiva a Orígenes de Alejandría, padre de la Iglesia que vivió entre el siglo II y III, fallecido después de haber sido torturado durante la persecución del emperador Decio.
Según Orígenes, afirmó el Papa, «la comprensión de las Escrituras exige, no sólo estudio, sino intimidad con Cristo y oración». «Está convencido de que el camino privilegiado para conocer a Dios es el amor, y que no existe un auténtico “conocimiento de Cristo” sin enamorarse de Él», añadió.
El Santo Padre explicó, al ilustrar el pensamiento de esta figura, considerada como uno de los más grandes teólogos y exegetas de todos los tiempos, que «lo mismo sucede entre los hombres: uno sólo conoce profundamente al otro si hay amor, si se abren los corazones».
Para demostrar esto, aclaró, Orígenes «se basa en un significado que en ocasiones se da al verbo “conocer” en hebreo, es decir, cuando se utiliza para expresar el acto del amor humano: “Conoció el hombre a Eva, su mujer, la cual concibió”», como dice el Génesis.
«De este modo --recalcó el obispo de Roma--, se sugiere que la unión en el amor produce el conocimiento más auténtico. Como el hombre y la mujer son “dos en una sola carne”, así Dios y el creyente se hacen “dos en un mismo espíritu”».
Y para llegar a este conocimiento de Dios a través del amor, el sucesor de Pedro recomendó, como lo hizo Orígenes, la lectura orante de la Palabra de Dios, más conocida como «lectio divina».
El padre de la Iglesia, explicó, tuvo un papel decisivo en la historia de la Iglesia en la difusión de esta práctica, que de él aprendería san Ambrosio de Milán (fallecido en el año 397), quien a su vez la transmitió a san Agustín de Hipona (354-430) y a través de él «a la tradición monástica sucesiva» en Occidente.
«No te contentes con llamar y buscar --decía textualmente Orígenes en una Carta citada por el Papa--: para comprender los asuntos de Dios tienes absoluta necesidad de la oración. Precisamente para exhortarnos a la oración, el Salvador no sólo nos ha dicho: “buscad y hallaréis”, y “llamad y se os abrirá”, sino que ha añadido: “Pedid y recibiréis”».
Durante su meditación, ante la fuerte lluvia, el Papa dejó a un lado los papeles para afirmar: «Tomemos la lluvia como una bendición. Se habla mucho de sequía, por tanto, el Señor nos da un signo de su gracia».
De la vida de Orígenes tenemos gran abundancia de datos, debido especialmente, aunque no en exclusiva, al espacio que en su Historia eclesiástica le dedica Eusebio de Cesarea, quien pudo consultar un centenar de cartas suyas.
Orígenes, egipcio, probablemente alejandrino, era el hijo mayor de una familia ya cristiana y numerosa; nació hacia el año 185. Su padre, que se había cuidado de que recibiera una buena educación tanto en las ciencias sagradas como en las profanas, murió mártir en el año 202; Orígenes, deseoso de imitarle, seguramente habría seguido la misma suerte si su madre no hubiese escondido sus ropas, impidiendo así que saliera de casa. Sus bienes fueron confiscados, y Orígenes comenzó a trabajar como maestro para ayudar a la familia. Ya hemos dicho algo de su carrera docente; basta añadir que reunió a su alrededor a muchos discípulos tanto por el nivel de sus enseñanzas como por el ejemplo de su vida.
Su intensa labor docente no le impidió asistir a las lecciones de Ammonio Saccas, fundador del neoplatonismo y maestro de Plotino, ni el emprender varios viajes: a Roma, el 212, «para ver la antiquísima Iglesia de los romanos»; a la provincia romana de Arabia, cuyo gobernador deseaba escucharle, el 215; a Antioquía, a donde le había llamado la madre del emperador Alejandro Severo.
Hacia el 216, después de que Caracalla saqueara Alejandría, mandando cerrar las escuelas y persiguiendo a los maestros, marchó a Palestina. Allí, a petición de los obispos y a pesar de no ser sacerdote, predicó sermones y explicó las Escrituras; pero el obispo de Alejandría, Demetrio, protestó de que se permitiera predicar a un seglar y exigió que volviera a Alejandría, cosa que hizo prontamente a pesar de la resistencia de los obispos de Palestina.
Unos 15 años más tarde, los obispos de Jerusalén y de Cesarea lo ordenaron sacerdote, aprovechando que pasaba de viaje hacia Grecia para ir a refutar a algunos herejes por encargo de Demetrio; éste protestó, pues Orígenes, que en su juventud, interpretando literalmente un consejo de los evangelios (cfr Mt 19, 12), se había castrado, era por eso mismo inhábil para recibir el sacerdocio; y el 231, en sendas reuniones sinodales de Alejandría, fue excomulgado y depuesto del sacerdocio, excomunión que fue renovada por el obispo siguiente.
A partir de este momento, la vida de Orígenes se desarrolla en Cesarea de Palestina, donde, a petición del obispo, fundó una escuela de teología que dirigiría durante más de 20 años. De esta época sabemos que el 244 estuvo en Arabia, donde rescató de la herejía al obispo Berilo de Bostra; que sufrió gravemente bajo la persecución de Decio; y que murió en Tiro poco después, el año 253, a la edad de 69 años.
Orígenes siguió siendo motivo de polémica después de su muerte. Hubo disputas sobre sus escritos, las «controversias origenistas», más graves hacia los años 300, 400 y 550; estas controversias se cerraron con la condenación de algunas de sus doctrinas en el II concilio de Constantinopla, quinto de los ecuménicos, del 553, y es seguramente esta condenación la responsable de que hasta nosotros haya llegado una parte pequeña de sus obras y aun principalmente a través de traducciones latinas. Su producción literaria había sido considerable; la lista que había recogido Eusebio, y que se ha perdido, contenía unos dos mil títulos, y otros testimonios antiguos hablan de seis mil. Nosotros, a través de San Jerónimo, conocemos unos ochocientos.
La principal actividad literaria de Orígenes estuvo dedicada al estudio de la Biblia. Su obra más ambiciosa en la que nunca dejó de trabajar, estaba dirigida a establecer un texto crítico del Antiguo Testamento, sobre la versión de los Setenta. En seis columnas paralelas (de ahí el nombre de Exaplas) se recogían: el texto hebreo, primero en caracteres hebreos y luego, para precisar su pronunciación, en caracteres griegos; y después los textos griegos de los Setenta y de otras tres traducciones; en la columna de los Setenta se anotaba con diferentes símbolos las omisiones o adiciones respecto a los otros textos. En los libros que carecen de original hebreo, las columnas eran cuatro (Tetraplas) y en los Salmos se añadieron tres versiones más (Enneaplas). No parece que se hicieran nunca copias de esta obra monumental en su totalidad; se conservaba en la biblioteca de Cesarea de Palestina, donde la consultó San Jerónimo. Nos han llegado de ella sólo breves fragmentos, que en realidad casi sólo nos sirven para tener una idea general de la disposición de la obra.
a) Comentarios, que son trabajos de exégesis erudita; en ellos se combinan las notas textuales, filológicas, etimológicas e históricas, con consideraciones de tipo teológico y filosófico; en esos comentarios lo que más interesa al autor es el sentidomístico que su método alegórico le permite encontrar. Son 25 libros sobre el evangelio de San Mateo, de los que quedan 8 en griego y unos pocos más en traducciones; 32 libros sobre el evangelio de San Juan, de los que quedan 8; 15 libros sobre la epístola a los Romanos, de los que conocemos 10 por una traducción latina no muy de fiar. De los muy numerosos sobre el Antiguo Testamento queda sólo una parte del comentario sobre el Cantar de los Cantares. Se han perdido 13 libros sobre el Génesis, 46 sobre los Salmos,30 sobre Isaías, 5 sobre las Lamentaciones, 25 sobre Ezequiel, 25 sobre los profetas menores; y del Nuevo Testamento, 15 sobre San Juan, 5 sobre los Gálatas, 3 sobre los Efesios y otros sobre otras epístolas. De todo este material sólo nos queda una pequeña parte: de un total de 291 comentarios, se ha perdido la redacción original griega de 275, y no es mucho lo que nos ha llegado en latín;
b) las Homilías son sermones sobre algunos pasajes escogidos de la Biblia, destinados a la edificación del pueblo; Orígenes solía predicar dos veces por semana según algunos testimonios, y casi todos los días según otros. De las 574 homilías de las que tenemos noticia, poseemos 20 en su texto griego y 166 en traducciones latinas; de 388 se tiene poco más que el nombre. A pesar de ello, su interés es extraordinario;
c) finalmente, los Escolios, de los que ninguno nos ha llegado íntegro, eran breves explicaciones sobre textos que ofrecían dificultades.
Entre lo que podríamos llamar escritos dogmáticos figura en primer lugar la más importante de las obras de Orígenes, elPeri Arjón, «sobre los principios», que trata de los fundamentos de la doctrina cristiana. Escrita en Alejandría en la tercera década del siglo, es el primer manual de dogmática, único como tal en la historia de la Iglesia antigua. La redacción griega, con la excepción de algún fragmento, se ha perdido; pero tenemos completa una traducción latina libre, hecha siglo y medio más tarde por Rufino de Aquileia, quien suprimió los pasajes que se reputaban discutibles.
La obra está formada por cuatro libros. En el prólogo explica por qué hay que investigar con la razón las verdades de la fe y otras relacionadas con ellas: Cristo y los Apóstoles enseñaron lo más importante, el contenido de esta fe, pero dejaron a los que vendrían después la tarea de encontrar las razones que la apoyan, de averiguar cómo se relacionan unas verdades con otras o cuál puede ser el origen del alma humana o de los ángeles, y otras cosas así; en una palabra, Orígenes está definiendo el objeto de la teología. Luego, en el libro primero trata del mundo espiritual: de la unidad de Dios, de las tres personas divinas, de los ángeles, del alma humana. En el segundo trata del mundo material: el hombre es un espíritu caído, encerrado en la materia; el pecado original, la redención y la vida eterna completan el libro. En el tercero se habla de la lucha del alma con el cuerpo, y en el cuarto se resume lo anterior añadiendo algún tema nuevo.
Otra obra dogmática descubierta en 1941 es la Disputa con Heráclides. No se trata de un diálogo literario sino, hecho insólito en la época, de la versión auténtica de una disputa mantenida por Orígenes en una iglesia de Arabia hacia el 245, a petición de los obispos que estaban preocupados por las opiniones de Heráclides sobre la Trinidad; además de este tema se trata también de la inmortalidad del alma.
Se conservan dos obras de carácter ascético escritas por Orígenes. La más valiosa y mejorconocida es su tratado Sobre la oración compuesto a mediados de la década tercera del siglo. Trata de la oración en general y del padrenuestro en particular; es el primer estudio sistemático sobre el tema, y muestra la hondura de la vida interior de su autor.
La segunda versa Sobre el martirio, y fue escrita en Cesarea en el 235, al comienzo de una nueva persecución. Su esquema es más o menos éste: el tiempo de la tribulación es breve, y el premio será eterno; abandonar a Dios y adorar a los ídolos es un gran pecado; hemos de aceptar cualquier clase de martirio sin desfallecer, como Eleazar y como aquella madre y sus siete hijos de quienes nos habla el Libro Segundo de los Macabeos; no faltará la ayuda de Dios, pero hay que estar preparado. Una exposición que está de acuerdo con la vida de Orígenes, tanto en su juventud como en su vejez.
En cuanto a sus Cartas, hay que decir que de todas las que componían las cuatro colecciones que conoció San Jerónimo, en una de las cuales figuraban más de cien, nos han llegado sólo dos.
Finalmente hemos de mencionar una obra apologética, escrita Contra Celso hacia el 246, a petición de un amigo de Orígenes. El libro de Celso, al que ya nos hemos referido antes, había sido escrito en el año 178 y parece que no había causado una gran impresión entre sus contemporáneos, pero quizá ahora, mucho más tarde, sus razones envenenadas estaban causando daño. Orígenes refuta un argumento tras otro, copiando primeramente las palabras de Celso; si bien esta refutación no es muy brillante y en algunos puntos defrauda, debido quizá al empleo de este método, el vigor de sus convicciones y su serenidad acaban por cautivar.
MOLINÉ
Benedicto XVI presenta la figura de Orígenes
"Si tú dices que estás en comunión con el Señor, ¡camina en la luz! ¡Pero la doble vida no! Esa mentira que estamos tan acostumbrados a ver, y en la que también podemos caer nosotros"
“Todos hemos pecado. Nadie puede decir: ‘Éste es un pecador, ésta es una pecadora. Yo, gracias a Dios, soy justo’. No, sólo uno es Justo, Aquel que ha pagado por nosotros”. Lo dijo esta mañana Papa Francisco en la homilía de la Misa en la capilla de Santa Marta, como indicó la Radio Vaticana.
Comentando el pasaje de la Carta de San Juan en el que el Apóstol pone a los creyentes frente a la seria responsabilidad de no tener una vida doble, el Papa dijo que un cristiano no recorre “caminos oscuros”, porque allí no está “la verdad de Dios”. Pero, aunque cayera, podría contar con el perdón y con la dulzura de Dios, que lo vuelve a llevar al camino de la “luz”, porque no hay error reconocido que no atraiga la ternura y el perdón del Padre. “Este es el camino cristiano”, resumió Francisco.
“Si decimos no haber pecado, hacemos pasar a Dios por mentiroso”, dijo el Papa: “Si dices que estás en comunión con el Señor, entonces camina en la luz. ¡Pero, una doble vida no! ¡Eso no! Esa mentira que estamos tan acostumbrados a ver, e incluso a caer en ella ¿no? Decir una cosa y hacer otra ¿no? Siempre la tentación… Nosotros sabemos de dónde viene la mentira: en la Biblia, Jesús llama al diablo ‘el padre de la mentira’, el mentiroso. Y por ello, con tanta dulzura, con tanta mansedumbre, este abuelo le dice a la Iglesia ‘adolescente’: ‘¡No seas mentirosa!’ Tú estás en comunión con Dios, camina en la luz. Haz obras de luz, no decir una cosa y hacer otra, no tener una doble vida y todo eso”.
Francisco observó que la Carta de Juan comienza con un tono afectuoso, como si fuera un abuelo hablando con sus “jóvenes nietos”. Un tono que refleja la “dulzura” de las palabras en el Evangelio del día, en el que Jesús dice que su “yugo” es ligero y promete alivio a los que “están afligidos y agobiados”. De la misma manera, el llamado de Juan explicó el Papa, es a no pecar, “pero si alguien lo ha hecho, que no se desaliente”.
“Tenemos un Paráclito —continuó Bergoglio—, una palabra, un abogado, un defensor ante el Padre: es Jesucristo, el Justo. Él nos justifica, Él nos da la gracia. A uno le dan ganas de decirle a este abuelo que nos aconseja así: ‘Pero ¿no es tan feo tener pecados?’ ¡Claro, el pecado es feo! Pero si has pecado, ¡mira que te esperan para perdonarte! ¡Siempre! Porque Él – el Señor – es más grande que nuestros pecados”.
Esta, concluyó el Papa, es la “misericordia de Dios, es la grandeza de Dios”. Sabe que “somos nada” y que solo de Él proviene la fuerza, por lo que “siempre nos espera”: “¡Caminemos en la luz —exhortó Francisco—, porque Dios es Luz! No vayamos con un pie en la luz y el otro en las tinieblas. No hay que ser mentirosos. Y, otra cosa: todos hemos pecado. Nadie puede decir: ‘Éste es un pecador, ésta es una pecadora. Yo, gracias a Dios, soy justo’. No, sólo uno es Justo, Aquel que ha pagado por nosotros. Y si alguien peca, Él nos espera, nos perdona, porque es misericordioso y sabe muy bien de qué somos plasmados y recuerda que somos polvo. Que la alegría que nos da esta lectura nos lleve adelante en la sencillez y en la transparencia de la vida cristiana, sobre todo cuando nos dirigimos al Señor, con la verdad”.
Queridos hermanos y hermanas:
En nuestras meditaciones sobre las grandes personalidades de la Iglesia antigua, conocemos hoy a una de las más destacadas. Orígenes de Alejandría es, en realidad, una de las personalidades determinantes para todo el desarrollo del pensamiento cristiano. Recoge la herencia de Clemente de Alejandría, sobre quien meditamos el miércoles pasado, y la proyecta al futuro de manera tan innovadora que lleva a cabo un cambio irreversible en el desarrollo del pensamiento cristiano. Fue un verdadero "maestro"; así lo recordaban con nostalgia y emoción sus discípulos: no sólo era un brillante teólogo, sino también un testigo ejemplar de la doctrina que transmitía. Como escribe Eusebio de Cesarea, su biógrafo entusiasta, "enseñó que la conducta debe corresponder exactamente a la palabra, y sobre todo por esto, con la ayuda de la gracia de Dios, indujo a muchos a imitarlo" (Hist. Eccl. VI, 3, 7).
Durante toda su vida anhelaba el martirio. Cuando tenía diecisiete años, en el décimo año del emperador Septimio Severo, se desató en Alejandría la persecución contra los cristianos. Clemente, su maestro, abandonó la ciudad, y el padre de Orígenes, Leónidas, fue encarcelado. Su hijo anhelaba ardientemente el martirio, pero no pudo realizar este deseo. Entonces escribió a su padre, exhortándolo a no desfallecer en el supremo testimonio de la fe. Y cuando Leónidas fue decapitado, el joven Orígenes sintió que debía acoger el ejemplo de su vida. Cuarenta años más tarde, mientras predicaba en Cesarea, declaró: "De nada me sirve haber tenido un padre mártir si no tengo una buena conducta y no honro la nobleza de mi estirpe, esto es, el martirio de mi padre y el testimonio que lo hizo ilustre en Cristo" (Hom. Ez. 4, 8).
En una homilía sucesiva —cuando, gracias a la extrema tolerancia del emperador Felipe el Árabe, parecía haber pasado la posibilidad de dar un testimonio cruento— Orígenes exclama: "Si Dios me concediera ser lavado en mi sangre, para recibir el segundo bautismo habiendo aceptado la muerte por Cristo, me alejaría seguro de este mundo... Pero son dichosos los que merecen estas cosas" (Hom. Iud. 7, 12). Estas frases revelan la fuerte nostalgia de Orígenes por el bautismo de sangre. Y, al final, este irresistible anhelo se realizó, al menos en parte. En el año 250, durante la persecución de Decio, Orígenes fue arrestado y torturado cruelmente. A causa de los sufrimientos padecidos, murió pocos años después. Tenía menos de setenta años.
Hemos aludido a ese "cambio irreversible" que Orígenes inició en la historia de la teología y del pensamiento cristiano. ¿Pero en qué consiste este "cambio", esta novedad tan llena de consecuencias? Consiste, principalmente, en haber fundamentado la teología en la explicación de las Escrituras. Hacer teología era para él esencialmente explicar, comprender la Escritura; o podríamos decir incluso que su teología es una perfecta simbiosis entre teología y exégesis. En verdad, la característica propia de la doctrina de Orígenes se encuentra precisamente en la incesante invitación a pasar de la letra al espíritu de las Escrituras, para progresar en el conocimiento de Dios. Y, como escribió von Balthasar, este "alegorismo", coincide precisamente "con el desarrollo del dogma cristiano realizado por la enseñanza de los doctores de la Iglesia", los cuales —de una u otra forma— acogieron la "lección" de Orígenes.
Así la tradición y el magisterio, fundamento y garantía de la investigación teológica, llegan a configurarse como "Escritura en acto" (cf. Origene: il mondo, Cristo e la Chiesa, tr. it., Milán 1972, p. 43). Por ello, podemos afirmar que el núcleo central de la inmensa obra literaria de Orígenes consiste en su "triple lectura" de la Biblia. Pero antes de ilustrar esta "lectura" conviene echar una mirada de conjunto a la producción literaria del alejandrino. San Jerónimo, en suEpístola 33, enumera los títulos de 320 libros y de 310 homilías de Orígenes. Por desgracia, la mayor parte de esta obra se ha perdido, pero incluso lo poco que queda de ella lo convierte en el autor más prolífico de los tres primeros siglos cristianos. Su radio de interés va de la exégesis al dogma, la filosofía, la apologética, la ascética y la mística. Es una visión fundamental y global de la vida cristiana.
El núcleo inspirador de esta obra es, como hemos dicho, la "triple lectura" de las Escrituras desarrollada por Orígenes en el arco de su vida. Con esta expresión aludimos a las tres modalidades más importantes —no son sucesivas entre sí; más bien, con frecuencia se superponen— con las que Orígenes se dedicó al estudio de las Escrituras. Ante todo leyó la Biblia con el deseo de buscar el texto más seguro y ofrecer su edición más fidedigna. Por ejemplo, el primer paso consiste en conocer realmente lo que está escrito y conocer lo que esta escritura quería decir inicialmente.
Orígenes realizó un gran estudio con este fin y redactó una edición de la Biblia con seis columnas paralelas, de izquierda a derecha, con el texto hebreo en caracteres hebreos —mantuvo también contactos con los rabinos para comprender bien el texto original hebraico de la Biblia—, después el texto hebraico transliterado en caracteres griegos y a continuación cuatro traducciones diferentes en lengua griega, que le permitían comparar las diversas posibilidades de traducción. De aquí el título de "Hexapla" ("seis columnas") atribuido a esta gran sinopsis. Lo primero, por tanto, es conocer exactamente lo que está escrito, el texto como tal. En segundo lugar Orígenes leyó sistemáticamente la Biblia con sus célebres Comentarios, que reproducen fielmente las explicaciones que el maestro daba en sus clases, tanto en Alejandría como en Cesarea. Orígenes avanza casi versículo a versículo, de forma minuciosa, amplia y profunda, connotas de carácter filológico ydoctrinal. Se esfuerza por conocer bien, con gran exactitud, lo que querían decir los autores sagrados.
Por último, incluso antes de su ordenación presbiteral, Orígenes se dedicó muchísimo a la predicación de la Biblia, adaptándose a un público muy heterogéneo. En cualquier caso, también en sus Homilías se percibe al maestro totalmente dedicado a la interpretación sistemática del pasaje bíblico analizado, fraccionado en los sucesivos versículos. En las Homilías Orígenes aprovecha también todas las ocasiones para recordar las diversas dimensiones del sentido de la sagrada Escritura, que ayudan o expresan un camino en el crecimiento de la fe: la primera es el sentido "literal", el cual encierra profundidades que no se perciben en un primer momento; la segunda dimensión es el sentido "moral": qué debemos hacer para vivir la palabra; y, por último, el sentido "espiritual", o sea, la unidad de la Escritura, que en todo su desarrollo habla de Cristo. Es el Espíritu Santo quien nos hace entender el contenido cristológico y así la unidad de la Escritura en su diversidad.
Sería interesante mostrar esto. En mi libro Jesús de Nazaret he intentado señalar en la situación actual estas múltiples dimensiones de la Palabra, de la sagrada Escritura, que ante todo debe respetarse precisamente en el sentido histórico. Pero este sentido nos trasciende hacia Cristo, a la luz del Espíritu Santo, y nos muestra el camino, cómo vivir. Por ejemplo, eso se puede percibir en la novena Homilía sobre los Números, en la que Orígenes compara la Escritura con las nueces: "La doctrina de la Ley y de los Profetas, en la escuela de Cristo, es así —afirma Orígenes en su homilía—: la letra, que es como la corteza, es amarga; luego, está la cáscara, que es la doctrina moral; en tercer lugar se encuentra el sentido de los misterios, del que se alimentan las almas de los santos en la vida presente y en la futura" (Hom. Num. IX, 7).
Sobre todo por este camino Orígenes llega a promover eficazmente la "lectura cristiana" del Antiguo Testamento, rebatiendo brillantemente las teorías de los herejes —sobre todo gnósticos y marcionitas— que oponían entre sí los dos Testamentos, rechazando el Antiguo. Al respecto, en la misma Homilía sobre los Números, el Alejandrino afirma: "Yo no llamo a la Ley un "Antiguo Testamento", si la comprendo en el Espíritu. La Ley es "Antiguo Testamento" sólo para quienes quieren comprenderla carnalmente", es decir, quedándose en la letra del texto. Pero "para nosotros, que la comprendemos y la aplicamos en el Espíritu y en el sentido del Evangelio, la Ley es siempre nueva, y los dos Testamentos son para nosotros un nuevo Testamento, no a causa de la fecha temporal, sino de la novedad del sentido... En cambio, para el pecador y para quienes no respetan el pacto de la caridad, también los Evangelios envejecen" (Hom. Num. IX, 4).
Os invito —y así concluyo— a acoger en vuestro corazón la enseñanza de este gran maestro en la fe, el cual nos recuerda con entusiasmo que, en la lectura orante de la Escritura y en el compromiso coherente de la vida, la Iglesia siempre se renueva y rejuvenece. La palabra de Dios, que ni envejece ni se agota nunca, es medio privilegiado para ese fin. En efecto, la palabra de Dios, por obra del Espíritu Santo, nos guía continuamente a la verdad completa. Pidamos al Señor que nos dé hoy pensadores, teólogos y exégetas que perciban estas múltiples dimensiones, esta actualidad permanente de la sagrada Escritura, su novedad para hoy. Pidamos al Señor que nos ayude a leer la sagrada Escritura de modo orante, para alimentarnos realmente del verdadero pan de la vida, de su Palabra.
Catequesis del 2 de Mayo del 2007
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Orígenes: el pensamiento
Queridos hermanos y hermanas:
La catequesis del miércoles pasado estuvo dedicada a la gran figura de Orígenes, doctor alejandrino que vivió entre los siglos II y III. En esa catequesis, hablamos de la vida y la producción literaria de este gran maestro alejandrino, encontrando en la "triple lectura" que hacía de la Biblia el núcleo inspirador de toda su obra. No traté —para retomarlos hoy— dos aspectos de la doctrina de Orígenes, que considero entre los más importantes y actuales: me refiero a sus enseñanzas sobre la oración y sobre la Iglesia.
En realidad, Orígenes, autor de un importante tratado "Sobre la oración", siempre actual, mezcla constantemente su producción exegética y teológica con experiencias y sugerencias relativas a la oración. A pesar de toda la riqueza teológica de su pensamiento, nunca lo desarrolla de modo meramente académico; siempre se funda en la experiencia de la oración, del contacto con Dios. En su opinión, para comprender las Escrituras no sólo hace falta el estudio, sino también la intimidad con Cristo y la oración. Está convencido de que el camino privilegiado para conocer a Dios es el amor, y de que no se puede conocer de verdad a Cristo sin enamorarse de él.
En la Carta a Gregorio, Orígenes recomienda: "Dedícate a la lectio de las divinas Escrituras; aplícate a ella con perseverancia. Comprométete en la lectio con la intención de creer y agradar a Dios. Si durante la lectio te encuentras ante una puerta cerrada, llama y te la abrirá el guardián, de quien Jesús dijo: "El guardián se la abrirá". Aplicándote de este modo a la lectio divina, busca con lealtad y confianza inquebrantable en Dios el sentido de las divinas Escrituras, que en ellas se encuentra oculto con gran amplitud. Ahora bien, no te contentes con llamar y buscar: para comprender los asuntos de Dios tienes absoluta necesidad de la oración. Precisamente para exhortarnos a la oración, el Salvador no sólo nos dijo: "buscad y hallaréis", y "llamad y se os abrirá", sino que añadió: "Pedid y recibiréis"" (Carta a Gregorio, 4).
Salta a la vista el "papel primordial" que ha desempeñado Orígenes en la historia de la lectio divina. San Ambrosio, obispo de Milán, que aprendió a leer las Escrituras con las obras de Orígenes, la introdujo después en Occidente para entregarla a san Agustín y a la tradición monástica sucesiva.
Como ya hemos dicho, el nivel más elevado del conocimiento de Dios, según Orígenes, brota del amor. Lo mismo sucede entre los hombres: uno sólo conoce profundamente al otro si hay amor, si se abren los corazones. Para demostrarlo, se basa en un significado que en ocasiones se da al verbo conocer en hebreo, es decir, cuando se utiliza para expresar el acto del amor humano: "Conoció Adán a Eva, su mujer, la cual concibió" (Gn 4, 1). De esta manera se sugiere que la unión en el amor produce el conocimiento más auténtico. Como el hombre y la mujer son "dos en una sola carne", así Dios y el creyente llegan a ser "dos en un mismo espíritu".
De este modo, la oración de Orígenes roza los niveles más elevados de la mística, como lo atestiguan sus Homilías sobre el Cantar de los Cantares. A este propósito, en un pasaje de la primera Homilía, confiesa: "Con frecuencia —Dios es testigo— he sentido que el Esposo se me acercaba al máximo; después se iba de repente, y yo no pude encontrar lo que buscaba. De nuevo siento el deseo de su venida, y a veces élvuelve, y cuando se me ha aparecido, cuando lo tengo entre mis manos, vuelve a huir, y una vez que se ha ido me pongo a buscarlo de nuevo..." (Homilías sobre el Cantar de los Cantares I, 7).
Me viene a la mente lo que mi venerado predecesor escribió, como auténtico testigo, en la Novo millennio ineunte, cuando mostraba a los fieles que la "oración puede avanzar, como verdadero diálogo de amor, hasta hacer que la persona humana sea poseída totalmente por el divino Amado, sensible a la acción del Espíritu y abandonada filialmente en el corazón del Padre" (n. 33). Se trata, seguía diciendo Juan Pablo II, de "un camino sostenido enteramente por la gracia, el cual, sin embargo, requiere un intenso compromiso espiritual y encuentra también dolorosas purificaciones (la "noche oscura"), pero llega, de muchas formas posibles, al inefable gozo vivido por los místicos como "unión esponsal"" (ib.).
Veamos, por último, la enseñanza de Orígenes sobre la Iglesia, y precisamente, dentro de ella, sobre el sacerdocio común de los fieles. Como afirma Orígenes en su novena Homilía sobre el Levítico (IX, 1), "esto nos afecta a todos". En la misma Homilía, refiriéndose a la prohibición hecha a Aarón, tras la muerte de sus dos hijos, de entrar en el Sancta sanctorum "en cualquier tiempo" (Lv 16, 2), exhorta así a los fieles: "Esto demuestra que si uno entra a cualquier hora en el santuario, sin la debida preparación, sin estar revestido de los ornamentos pontificales, sin haber preparado las ofrendas prescritas y sin ser propicio a Dios, morirá... Esto vale para todos, pues establece que aprendamos a acercarnos al altar de Dios. ¿Acaso no sabes que el sacerdocio también ha sido conferido a ti, es decir, a toda la Iglesia de Dios y al pueblo de los creyentes? Escucha cómo habla san Pedro a los fieles: "Linaje elegido", dice, "sacerdocio real, nación santa, pueblo que Dios ha adquirido". Por tanto, tú tienes el sacerdocio, pues eres "linaje sacerdotal", y por ello debes ofrecer a Dios el sacrificio... Pero para que lo puedas ofrecer dignamente, necesitas vestidos puros, distintos de los que usan los demás hombres, y te hace falta el fuego divino" (ib.).
Así, por una parte, "los lomos ceñidos" y los "ornamentos sacerdotales", es decir, la pureza y la honestidad de vida; y, por otra, tener la "lámpara siempre encendida", es decir, la fe y el conocimiento de las Escrituras, son las condiciones indispensables para el ejercicio del sacerdocio universal, que exige pureza y honestidad de vida, fe y conocimiento de las Escrituras.
Con mayor razón aún estas condiciones son indispensables, evidentemente, para el ejercicio del sacerdocio ministerial. Estas condiciones —conducta íntegra de vida, pero sobre todo acogida y estudio de la Palabra— establecen una auténtica "jerarquía de la santidad" en el sacerdocio común de los cristianos. En la cumbre de este camino de perfección Orígenes pone el martirio.
También en la novena Homilía sobre el Levítico alude al "fuego para el holocausto", es decir, a la fe y al conocimiento de las Escrituras, que nunca debe apagarse en el altar de quien ejerce el sacerdocio. Después añade: "Pero, cada uno de nosotros no sólo tiene en sí el fuego, sino también el holocausto, y con su holocausto enciende el altar para que arda siempre. Si renuncio a todo lo que poseo y tomo mi cruz y sigo a Cristo, ofrezco mi holocausto en el altar de Dios; y si entrego mi cuerpo para que arda, con caridad, y alcanzo la gloria del martirio, ofrezco mi holocausto sobre el altar de Dios" (IX, 9).
Este continuo camino de perfección "nos afecta a todos", a condición de que "la mirada de nuestro corazón" se dirija a la contemplación de la Sabiduría y de la Verdad, que esJesucristo. Al predicar sobre el discurso de Jesús en Nazaret, cuando "en la sinagoga todos los ojos estaban fijos en él" (Lc 4, 16-30), Orígenes parece dirigirse precisamente a nosotros: "También hoy, en esta asamblea, si queréis, vuestros ojos pueden fijarse en el Salvador. Cuando dirijas la mirada más profunda del corazón hacia la contemplación de la Sabiduría, de la Verdad y del Hijo único de Dios, entonces tus ojos verán a Dios. ¡Bienaventurada la asamblea de la que la Escritura dice que los ojos de todos estaban fijos en él! ¡Cuánto desearía que esta asamblea diera ese mismo testimonio: que los ojos de todos, de los no bautizados y de los fieles, de las mujeres, de los hombres y de los niños —no los ojos del cuerpo, sino los del alma— estuvieran fijos en Jesús!... Sobre nosotros está impresa la luz de tu rostro, Señor, a quien pertenecen la gloria y el poder por los siglos de los siglos. Amén" (Homilía sobre san Lucas, XXXII, 6).