El lunes 13 de octubre ha tenido lugar la segunda conferencia del Cardenal Peter Erdo en el sínodo de la familia, recogiendo los puntos más sobresalientes de las intervenciones de la primera semana. Se propone –ha dicho– que escuchemos al mismo tiempo los signos de Dios y los de nuestro contexto histórico, para acertar en el modo de anunciar el mensaje cristiano sobre la familia.
La conferencia comienza aludiendo al “deseo de familia” que, a pesar de las dificultades actuales, permanece vivo especialmente entre los jóvenes (cf. Documento de trabajo, n. 45). En el discernimiento espiritual y pastoral el ponente ha distinguido como tres etapas: la “escucha” de los desafíos culturales y pastorales; la “mirada” a las actitudes de Jesús; el “encuentro” con Jesús para discernir el modo mejor de ayudar a las familias. Cabría decir que estas tres palabras pueden verse en correspondencia con las tres etapas del discernimiento eclesial, que en su versión más conocida se han denominado: ver, juzgar y actuar.
En primer lugar, la escucha o la mirada a la realidad –entiéndase, desde la perspectiva de la razón y de la fe– comienza por examinar el contexto y los desafíos de la familia. La situación actual pide ser capaz de asumir “las formas positivas de la libertad individual”, pero sin caer en el individualismo que considera “a cada componente de la familia como una isla, haciendo prevalecer, en ciertos casos, la idea de un sujeto que se construye según sus propios deseos tomados como un absoluto”.
Al mismo tiempo hay que tener en cuenta los desafíos del momento: desafíos socioeconómicos, asociados a la precariedad familiar, y desafíos culturales y religiosos: costumbres como la poligamia, el “matrimonio por etapas”, los matrimonios combinados, o problemas causados por los matrimonios mixtos, o la praxis de convivencias no orientadas al matrimonio, situaciones de violencia y de guerra, con las dificultades que todo ello acarrea especialmente para los más débiles: los niños y las mujeres.
Entre estos desafíos destaca la importancia de la vida afectiva. Junto con el deseo generalizado, ya referido, hoy la persona siente mayor necesidad de cuidarse y conocerse, y de mejorar sus relaciones afectivas. Esto –continúa el relator– tiene como riesgos un egoísmo individualista, una afectividad “narcisista, inestable y mudable” que lleva a la inmadurez personal y de pareja, que deteriora a la familia, junto con la disminución demográfica que hace peligrar la economía y la esperanza.
Esta situación determina los desafíos pastorales. En este tiempo marcado por el individualismo y el hedonismo, es necesario, de un lado, “partir de la convicción de que el hombre viene de Dios y que, por lo tanto, una reflexión capaz de proponer las grandes cuestiones sobre el significado del ser hombres, puede encontrar un terreno fértil en las expectativas más profundas de la humanidad”. Al mismo tiempo, “es necesario aceptar a las personas con su existencia concreta, saber sostener la búsqueda, alentar el deseo de Dios y la voluntad de sentirse plenamente parte de la Iglesia, incluso de quien ha experimentado el fracaso o se encuentra en las situaciones más desesperadas”.
“Esto –observa el cardenal Erdo– exige que la doctrina de la fe, que siempre se debe hacer conocer en sus contenidos fundamentales, vaya propuesta junto a la misericordia”. En esta conclusión de la primera parte encontramos lo que el entonces cardenal Joseph Ratzinger llamó “fórmula fundamental de la existencia cristiana”: “hacer la verdad en la caridad” (Ef 4, 15) (cf. Homilía en la misa pro eligiendo pontifice, 8-IV-2005); y después, ya como Benedicto XVI, calificó como “centro vital de la cultura católica” (Discurso en la Universidad del Sacro Cuore, 25-XI-2005).
En una segunda parte se nos invita a preguntarnos cuál ha sido la actitud de Jesús: “Jesús ha mirado a las mujeres y a los hombres que ha encontrado con amor y ternura, acompañando sus pasos con paciencia y misericordia, al anunciarles las exigencias del Reino de Dios”.
En este punto se enuncia otro importante principio: según la pedagogía divina, el orden de la naturaleza (o de la creación) se abre al orden de la gracia (o de la redención) poco a poco, gradualmente (cf. Familiaris consortio, 34), conjugando la continuidad con la novedad, y contando con la cruz de Cristo.
Desde aquí es preciso preguntarse cómo ayudar a los cónyuges que ven el fracaso de su matrimonio. Y aquí aparece un tercer criterio luminoso: así como el Concilio Vaticano II reconoció que fuera de los límites visibles de la Iglesia se encuentran diversos “elementos de santificación y verdad” (LG, 8), también en las formas imperfectas de matrimonio (concretamente en los matrimonios civiles y las convivencias orientadas a un futuro matrimonio) deberían reconocerse elementos positivos orientados hacia la Iglesia. Y lo mismo podría decirse de ciertos elementos presentes en las otras religiones o culturas.
De este modo la Iglesia, mientras ve resplandecer el testimonio de tantas familias que viven con coherencia la fidelidad matrimonial y sus frutos de auténtica santidad cotidiana, se dispone a ayudar a los que aún no viven plenamente su vocación matrimonial, pero tienen algunos valores positivos sobre los que apoyarse.
La tercera parte desarrolla el modo de la acción pastoral o formativa. “El anuncio del Evangelio de la familia constituye una urgencia para la nueva evangelización”. ¿Cómo hacerlo? Ante todo con el testimonio de las familias que están llamadas a ser sujetos activos de la evangelización; con la primacía de la gracia de Dios, que nos libra de todo pecado, vacío y aislamiento; sin olvidarse de la cruz (es decir del esfuerzo, del sacrificio, de no ser a veces bien comprendidos).
Por nuestra parte, la atención a las familias requiere de cada uno y de todos una “conversión misionera”, no detenerse –dice el cardenal– en un anuncio meramente teórico y desconectado de los problemas reales de las personas. Las crisis de la familia tienen que ver con las crisis de fe y por tanto hay que fortalecer la fe –mediante la formación bíblica y teológica, el diálogo y la auténtica experiencia religiosa–, evocando el ejemplo de los primeros cristianos. También son importantes el lenguaje y la actitud con que nos presentamos, proponiendo valores que respondan a las necesidades de las familias.
Etapas importantes en la atención a las familias son: la preparación al matrimonio (que debe hacerse fomentando la participación en la oración, en los sacramentos y en la vida eclesial, y en la solidaridad, con la ayuda del testimonio de las mismas familias) y los primeros años de la vida matrimonial (asimismo con ayuda de parejas con experiencia que les ayuden a estar abiertos a tener hijos, a crecer en la vida espiritual y a participar en la evangelización).
Respecto a las uniones de hecho, se apunta que tienen diversas raíces, según países: la mentalidad contraria al compromiso definitivo, la precariedad laboral e incluso la miseria material. Pero incluso “en dichas uniones es posible encontrar valores familiares auténticos o, al menos, el deseo de ellos”; de modo que debe partirse siempre de los aspectos positivos, con paciencia y delicadeza.
En cuanto a las “familias heridas” (separados, divorciados no vueltos o vueltos a casar), el sínodo propone que se les debe ayudar a “vivir la fidelidad al Evangelio de la familia haciéndose cargo misericordiosamente de todas las situaciones de fragilidad”. Para ello todos debemos aprender las actitudes correspondientes a la compasión que al mismo tiempo sane, libere y alienta a madurar en la vida cristiana (cf. Evangelii gaudium, 169). Hay que cuidar especialmente las necesidades de los hijos, que no pueden ser meros “objetos” y víctimas de los traumas que les pueden ocasionar las dificultades familiares. Los procesos de nulidad podrían ser agilizados bajo la supervisión del obispo de cada lugar. Sobre la administración de los sacramentos habrá que ver los casos en que sea posible, “según una ley de gradualidad, que tenga presente la distinción entre estado de pecado, estado de gracia y circunstancias atenuantes”, y seguir adelante con la profundización teológica en estas cuestiones en busca de los mejores caminos compatibles con la doctrina de la Iglesia.
En lo que afecta a los homosexuales, se propone que se valoren los dones y cualidades que pueden ofrecer a la comunidad cristiana. Se les debe acoger con espíritu de fraternidad, sin comprometer la doctrina católica sobre la familia y el matrimonio (y, por tanto, sin equiparar las uniones entre personas del mismo sexo con el matrimonio entre un hombre y una mujer). Quizá podría haberse dicho –no cabe decir todo en un documento de trabajo, como base para debates posteriores como el que tuvo lugar al día siguiente– que otro peligro hoy bien real es el de difundir las prácticas homosexuales entre los jóvenes. “Tampoco es aceptable –esto sí lo añade el texto– que se quieran ejercer presiones sobre la actitud de los pastores o que organismos internacionales condicionen ayudas financieras a la introducción de normas inspiradas en la ideología de género”.
Finalmente, “sin negar la problemática moral relacionada con las uniones homosexuales, se toma en consideración que hay casos en que el apoyo mutuo, hasta el sacrificio, constituye un valioso soporte para la vida de las parejas. Además, la Iglesia tiene atención especial hacia los niños que viven con parejas del mismo sexo, reiterando que siempre se deben poner en primer lugar las exigencias y derechos de los niños”.
Verdad con caridad. Gradualidad que imita la pedagogía divina de la salvación. Valor de ciertos elementos positivos como punto de partida para una vida matrimonial y familiar plenamente cristiana. Conversión misionera, ante todo por nuestra parte, con especial atención a la gracia de Dios (oración y sacramentos), al testimonio, al lenguaje y a las actitudes con que nos acercamos a las familias para ayudarlas. Estos son los puntos más significativos que se han querido destacar en la primera semana de trabajo del sínodo.
En plena persecución, Teófilo se atreve a llamar menesterosos y ciegos voluntarios a los escritores ateos, y les dice:
“Comenzad por curar los ojos de vuestra alma cambiando de conducta y entonces veréis más claras las cosas invisibles. Vuestra estupidez, como en otros tiempos la mía, disminuirá entonces y Dios os dará la misma gracia que me concedió a mí: la de revelarse a vosotros”.
Nacido a orillas del Éufrates y educado en el helenismo recibió ya de adulto el Bautismo y luego fue elegido sexto obispo de Antioquía. Vivió en la segunda mitad del s. II.
De los diversos escritos de Teófilo sólo se conservan los 3 libros de su obra apologética Ad Autolycum redactada algo después del a. 180. En ella se propone responder a la objeción de que los cristianos adoran a un Dios invisible. También existen en la naturaleza, arguye Teófilo, diversas fuerzas invisibles que actúan.
Para conocer a Dios es necesaria la pureza del alma, así como se necesita la vista de los ojos para contemplar el sol. Repite que el cristianismo no es nuevo, pues se funda en Moisés, anterior a la Guerra de Troya. Además, ¡qué diferencia tan grande media entre el origen del mundo narrado por el Génesis y el fingido por las fábulas mitológicas!
En el libro II Teófilo conserva 84 versos de los Oráculos Sibilinos , por otra parte desconocidos y que él cita con honor para exhortar a la adoración de un solo Dios.
Teófilo está bajo el influjo del platonismo y del estoicismo. Él es el primero que usa la palabra «Trinidad» (Trias) a propósito de Dios. Esa Tríade consta del Dios (Padre), del Verbo y de la Sabiduría.
Usando conceptos de origen estoico, Teófilo formula un intento de explicación teológica de la Trinidad, compartido luego por otros P. del siglo III, según el cual el Padre concibió el Verbo ínsito (endiathetón) antes de la creación del mundo; pero en el momento de crearlo profirió su Verbo (prophorikós). Este Verbo de Dios es el que hablaba con Adán en el paraíso.
Siguiendo a San Justino y de acuerdo con S. Ireneo, también enseña que la inmortalidad (v.) no es una cualidad natural del alma humana, la cual fue creada indiferente para la inmortalidad o mortalidad, capaz de lo uno y de lo otro, alternativa que decidirán sus obras.
Se han perdido las obras de T. contra Marción, contra Hermógenes, sus Comentarios al Evangelio y a los Proverbios de Salomón, reseñados por Eusebio y S. Jerónimo.
Francisco no es sólo el Papa número 266 de la Iglesia católica. Jorge Mario Bergoglio también es el mayor de cinco hermanos.
"El Papa también tiene una familia. Éramos 5 hermanos y tengo 16 sobrinos. Uno de estos sobrinos tuvo un accidente de tráfico”.
La experiencia personal y el trato a lo largo de los años con cientos de personas, han convertido al Papa en un experto en familia.
Sus consejos, sencillos pero directos, pueden facilitar mucho la vida en común. No cabe duda que sus recomendaciones a los matrimonios han dado la vuelta al mundo.
"A los recién casados les doy siempre este consejo: 'Reñid lo que queráis. Si vuelan los platos, dejadlos. Pero nunca acabéis el día sin hacer las paces. ¡Nunca!'”
"Para hacer las paces no hace falta llamar a Naciones Unidas, que venga a casa a hacer la paz. Basta un gesto pequeño, una caricia: 'Bueno, adiós, hasta mañana'. Y mañana se comienza de nuevo”.
Para aprender sobre perdón, nada mejor que leer la Biblia, algo que el Papa recomienda para mejorar la vida familiar.
"No es para ponerla en un estantería sino para tenerla a mano. Es para leerla a menudo, todos los días, ya sea individualmente o en grupo, marido y mujer, padres e hijos; tal vez por la noche, sobre todo los domingos. ¡Así la familia camina, con la luz y el poder de la Palabra de Dios!”
A las parejas que se casan, les habla de la belleza del matrimonio pero también es sincero con ellos. Para sacarlo adelante, hay que esforzarse.
"Es un viaje lleno de desafíos, difícil a veces, y también con sus conflictos, pero así es la vida”.
Una vida que llenan los hijos. El Papa no se cansa de denunciar la cultura que no favorece a la familia. Por eso, invita a las parejas a que se lancen a la aventura de la paternidad.
"Esta cultura del bienestar de hace diez años nos ha convencido: ‘¡Es mejor no tener hijos! ¡Es mejor! Así puedes ir de vacaciones, a conocer el mundo, puedes tener una casa en el campo... Estás tranquilo’”.
Y cuando los hijos ya están aquí, a veces la vida familiar se complica. Francisco pide recapacitar sobre el ritmo de vida frenético al que están sometidas las familias.
"Cuando confieso a jóvenes matrimonios y me hablan de sus hijos siempre hago una pregunta: '¿Y tú tienes tiempo para jugar con tus hijos?'. Y muchas veces el padre me dice: 'Pero padre, yo cuando voy a trabajar por la mañana ellos duermen y cuando vuelvo por la noche están en la cama durmiendo'. Esto no es vida”.
También tiene consejos para los hijos. La tecnología mal empleada se ha convertido en uno de los elementos que más distancia a las familias.
"Tal vez muchos chicos y jóvenes pierden demasiadas horas en cosas fútiles, como chatear en Internet, o con los teléfonos, las telenovelas, los productos del progreso tecnológico que deberían simplificar y mejorar la calidad de vida. En cambio, a veces distraen la atención de aquello que es realmente importante”.
Para el Papa, un pilar fundamental de la vida familiar son las personas mayores. Ellos son el futuro de los pueblos porque son su memoria. Por eso, Francisco sabe lahuella que dejan los abuelos.
"Una de las cosas más bonitas de la vida de la familia, de nuestra vida, es acariciar a un niño y dejarse acariciar por un abuelo o una abuela”.
Esfuerzo, perdón, oración y dedicación son los ingredientes que ofrece el Papa para una buena receta que fortalezca la vida en familia.
Fuente: Rome Reports
El Papa advirtió de una "modalidad educada” de no afrontar los propios problemas: tranquilizar la conciencia.
Francisco distingue varios niveles de familia en relación con aspectos importantes de la ecología. Sitúa a la familia en el centro del bien común que hay que defender desde dentro y desde fuera. Y propone como modelo a la familia de Nazaret.
1. La familia –escribe en su encíclica Laudato si' sobre la ecología, refiriéndose a la familia formada por padres e hijos– es parte importante del libro de la naturaleza, uno e indivisible (cf- n. 6). En consecuencia a la familia –como al ambiente social y a la cultura– le afecta la degradación de la naturaleza a causa de las heridas producidas por nuestro comportamiento irresponsable.
En nuestra casa común que es la naturaleza, herida y maltratada, vive la familia humana o familia de la humanidad, un nivel más amplio de familia que también experimenta por dentro heridas que la desgarran y desunen. Por eso, “el desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral” (n. 13).
Esta preocupación es prioritaria: “Necesitamos fortalecer la conciencia de que somos una sola familia humana. No hay fronteras ni barreras políticas o sociales que nos permitan aislarnos, y por eso mismo tampoco hay espacio para la globalización de la indiferencia” (n. 52).
La tarea de cuidar la familia humana y la casa común es de todos. Y comporta la valoración y cuidado de todas las criaturas: “Porque todas las criaturas están conectadas, cada una debe ser valorada con afecto y admiración, y todos los seres nos necesitamos unos a otros. Cada territorio tiene una responsabilidad en el cuidado de esta familia” (n. 42).
Un tercer nivel de familia, aún más amplio, es el que abarca no solo a los seres humanos sino a todos los seres creados, que están interconectados (cf. n. 42). De ahí que se invite al afecto, a la valoración y a la protección de todas las especies. Esta familia de todas las criaturas forma una especie de familia universal de Dios Padre (n. 89).
2. Entre estos diversos niveles de la familia –familia como célula básica de la sociedad, la familia humana, la familia universal de todas las criaturas– hay una profunda relación, de modo que cada nivel lleva a cuidar del otro. Así, el campesino debería poseer algo de tierra para alimentar a su propia familia (cf. n. 94).
De este modo una “ecología integral” –concepto importante en la encíclica– pide atender tanto a los contextos ambientales como a los humanos y familiares (cf. n. 141), y también a los institucionales; pues la “ecología social” es necesariamente institucional (cf. n. 142).
Otros interesantes conceptos son los de “ecología humana” y “ecología cotidiana”, que Francisco conecta estrechamente con los pobres. Así es, en efecto, porque los pobres se ven afectados a diario por la calidad de los contextos humanos: comunidad, barrio, vivienda. Concretamente la posesión de una vivienda tiene que ver con la dignidad de la persona y por tanto con el desarrollo de las familias (cf. n. 152).
3. En cualquier caso la familia –grupo social primario– debe centrar la búsqueda del bien común (cf. n. 157) y defenderse de las amenazas, que no vienen solamente de fuera. Grandes amenazas son el individualismo –sobre todo en las relaciones entre el hombre y la mujer (cf. n. 162)– y el consumismo.
Asimismo destaca el papel fundamental de la familia como escuela de espiritualidad –que lleva a abrirse a Dios y a los demás–, de cultura de la vida y de formación integral.
Cuando nos encaminamos hacia dos sínodos sobre la familia, cabe preguntarse por las relaciones entre la familia y la Iglesia.
El “Catecismo del Concilio Vaticano II” –como ha sido denominado el Catecismo de la Iglesia Católica– comienza así: “Dios (…) convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos. En él y por él, llama a los hombres a ser, en el Espíritu Santo, sus hijos de adopción, y por tanto los herederos de su vida bienaventurada”.
La Iglesia, dice el Documento de Aparecida, es una realidad familiar (n. 412), una familia de familias (n. 119), icono vivo de la Trinidad, de Dios mismo en su “familia” eterna. Al mismo tiempo, la familia cristiana –plenitud de toda familia natural– es, debe ser, icono vivo de la Iglesia. Esto es lo que se quiere decir con la expresión “Iglesia doméstica”.
1. La Iglesia es la familia de Dios (Padre). El Concilio Vaticano II ha descrito a la Iglesia como un signo e instrumento (sacramento en sentido amplio) de la unión con Dios y entre los hombres. Esto es lo que llama un “misterio de comunión”. Muchos Padres conciliares pidieron que se explicase más la Iglesia como “familia de Dios”. Juan Pablo II –que quería ser recordado como “el Papa de la familia”– impulsó esta tarea teológica y pastoral.
La Trinidad de Dios es como el “prototipo” de esta familia que es la Iglesia. La tradición cristiana presenta a Dios como padre que nos da a participar la vida divina, desde el bautismo, por nuestra incorporación a Cristo gracias a la acción del Espíritu Santo.
El Concilio Vaticano II presenta a la Iglesia como una familia estructurada: todos los bautizados participan del sacerdocio mediador de Cristo. Algunos –los ministros ordenados– lo representan y actúan en su nombre ante la comunidad eclesial. El Papa y los obispos deben gobernarla con un estilo “familiar”. Los cristianos, teniendo como madre espiritual a María, aspiran a extender este espíritu de familia a toda la humanidad, viendo hermanos en cada uno de los hombres y mujeres que la componen.
Esta visión de la Iglesia como una familia vivificada por el amor del Espíritu Santo en la unidad y la diversidad, toca especialmente de cerca a algunos pueblos donde la familia tiene un papel fundamental, como sucede a los pueblos latinoamericanos (cf. Documento de Puebla, 1979, nn. 239-249).
Estos pueblos pueden enseñar a todos los cristianos del mundo cómo el hogar familiar, junto con las celebraciones litúrgicas y la religiosidad popular, son fuentes desde donde se preservan la cultura, las tradiciones y el lenguaje, y la especial atención por los más débiles.
En esta perspectiva se sitúan los últimos pontificados. Para Benedicto XVI, el marco y el núcleo de la Iglesia como familia de Dios es la caridad. La Iglesia es el “nosotros”, el hogar de la fe, de la esperanza y del amor. La Iglesia es también la semilla para el desarrollo humano integral de los pueblos. Su corazón es la Eucaristía, “sacramento de caridad”, con expresión de Santo Tomás de Aquino. Las “notas” de la Iglesia (unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad) adquieren un brillo especial bajo esta luz de la Iglesia como familia de Dios.
Y la Iglesia, al transmitir la Palabra de Dios, revela a la familia su identidad, su significado profundo y su misión (por eso cada familia debería tener y utilizar en su casa la Biblia).
2. La familia cristiana es “Iglesia doméstica, es decir, como una Iglesia en pequeño, como la Iglesia en el hogar, constituida a partir del sacramento del matrimonio que transmite la gracia sacramental a los esposos para vivir y santificar el matrimonio y la familia naturales. El sacramento del matrimonio hace que los bautizados sean signo vivo de la Alianza amorosa de Dios con la humanidad, y del amor real entre Cristo y la Iglesia.
Ambas, familia e Iglesia, han sido queridas por Dios para promover en el mundo una cultura de la vida y de la hospitalidad, una civilización del amor y de la alegría. Dice San Juan Crisóstomo que la casa familiar reunida en torno a la mesa, prolonga la mesa de la Eucaristía.
Los cristianos todos debemos contribuir a que Iglesia sea Iglesia para las familias, madre que las engendra, educa y edifica. La formación y educación cristiana de las familias es una tarea esencial a la Iglesia. Actualmente van tomando más cuerpo los cursos prematrimoniales, las escuelas cristianas de padres y los cursos de orientación familiar. Esta atención a las familias debe intensificarse en circunstancias de crisis, enfermedades, problemas de trabajo, familias de emigrantes, familias en situaciones difíciles o irregulares. Asimismo la Iglesia como madre debe velar especialmente por aquellos cristianos que carecen de familia.
3. Pero no solo la Iglesia ayuda a la familia, sino que también la familia debe ayudar y servir a la Iglesia. No solo la familia es camino para la Iglesia, sino que también la Iglesia es camino para la familia. Esto acontece ya si la familia es lo que es: una comunidad de vida y amor que encuentra su plenitud asumiendo y promoviendo en su seno la vida cristiana.
La familia es lugar de la primera experiencia de Dios –lugar de iniciación en la oración y en la vida litúrgica–, escuela de virtudes –donde se valora a las personas por lo que son y no por lo que tienen o hacen– y de evangelización, de cuidado especial por los más necesitados y frágiles –como los niños y los ancianos– y semillero de vocaciones.
Todo ello se refleja antes que nada en la relación entre los esposos, donde la oración ha de tener un lugar central, ayudando a superar las dificultades y pruebas. La unión con Dios de cada cónyuge refuerza su trato mutuo, simbolizado por el Papa Francisco con tres palabras: “Permiso, gracias y perdón”.
De esta manera, en la perspectiva de la Iglesia, la familia cristiana redescubre su papel entrañablemente humano de promover la confianza, custodiar y servir a las personas, ser en el mundo un signo del amor de Dios. Para ayudar en esto, es importante que todos fomentemos ese “hacer familia” en nuestras tareas, comenzando dentro de nuestra familia y en el trato con otras familias, tanto en la vida social como en la vida eclesial, tanto en la escuela como en la parroquia, en los grupos, movimientos y otras instituciones de la Iglesia. Así podremos también extender ese “aire” de familia hacia los ambientes más alejados.
A San Josemaría le gustaba referirse a las familias de los primeros cristianos, “aquellas familias que vivieron de Cristo y que dieron a conocer a Cristo. Pequeñas comunidades cristianas, que fueron como centros de irradiación del mensaje evangélico. Hogares iguales a los otros hogares de aquellos tiempos, pero animados de un espíritu nuevo, que contagiaba a quienes los conocían y los trataban. Eso fueron los primeros cristianos, y eso hemos de ser los cristianos de hoy: sembradores de paz y de alegría, de la paz y de la alegría que Jesús nos ha traído (Es Cristo que pasa, n. 30)”.
En la homilía de este jueves, el Santo Padre ha recordado que los malvados no tienen nombre en el Libro de la Memoria de Dios
Dios no abandona nunca a los justos, mientras quienes siembran el mal son como los desconocidos, de ellos el cielo no recuerda su nombre. Así lo recordó este jueves el santo padre Francisco durante la homilía de la misa celebrada en Santa Marta.
Una madre coraje, marido, tres hijos, menos de 40 años y un tumor “de esos feos” que te deja en la cama. ¿Por qué? Un mujer anciana, persona con la oración en el corazón y con un hijo asesinado por la mafia ¿Por qué? De este modo, el Papa ha planteado estos pensamientos de tanta gente que con una fe convencida y arraigada, es probada por los dramas de la vida.
Y preguntó "¿qué ventaja hemos recibido por cumplir los mandamientos de Dios, mientras que los 'soberbios' aun haciendo el mal, se multiplican y, aun provocando a Dios quedan impunes?".
Por eso, recordó que muchas veces vemos ésto en la gente mala, en gente que hace el mal y parece que en la vida le va bien: son felices, tienen lo que quieren, no les falta nada. “¿Por qué a este que es un descarado a quien no le importa ni Dios ni los otros, que es una persona injusta y mala, le va todo bien en la vida, tiene todo lo que quiere y nosotros que queremos hacer el bien tenemos tantos problemas?"
La respuesta la encontramos, indicó el Papa, en el salmo del día, que proclama 'dichoso' al hombre “que no sigue los consejos de los malvados” y que “encuentra su alegría” en “la ley del Señor”.
Y lo explicó así: “Ahora no vemos los frutos de esta gente que sufre, de esta gente que lleva la cruz, como en ese Viernes Santo y ese Sábado Santo no se veían los frutos del Hijo de Dios Crucificado, de sus sufrimientos”. Asimismo, interrogó el Pontífice: "Qué dice el Salmo sobre los malvados, sobre los que pensamos que les va todo bien? ‘No así los impíos, no así; serán paja que arrebata el viento. Porque el Señor protege el camino de los justos, pero el camino de los impíos acaba mal’”.
Un acabar mal, subrayó Francisco, citando la parábola evangélica de Lázaro, símbolo de una miseria sin salida, y del rico que le negaba incluso las migas que caían de la mesa.
Para finalizar su homilía de hoy, el Santo Padre indicó: “Es curioso que de ese hombre no se dice el nombre. Solamente un adjetivo: es un rico. De los malvados, en el Libro de la Memoria de Dios, no hay nombre: es un malvado, es un estafador, es un explotador…”. Y precisó que “no tienen nombre, solo tienen adjetivos. Sin embargo, todos los que procuran ir sobre el camino del Señor, estarán con su Hijo, que tiene el nombre, Jesús Salvador. Pero un nombre difícil de entender, también inexplicable por la prueba de la cruz y por todo lo que Él ha sufrido por nosotros”.
Apoyándose en la carta del apóstol San Pablo a los Efesios, el Papa dijo que el matrimonio "es un sacramento de la Iglesia en el que nace una nueva comunidad familiar”. Subrayó que el amor entre los esposos debe ser como el amor de Cristo por la Iglesia y que se "necesita coraje para amar así”.
Queridos hermanos y hermanas:
La catequesis de hoy está dedicada a la belleza del matrimonio cristiano, que no es simplemente la belleza de la ceremonia que se hace en la iglesia, sino del belleza sacramento que hace a la Iglesia iniciando una nueva comunidad familiar.
El matrimonio es un gran misterio que tiene la dignidad de reflejar el amor de Cristo a su Iglesia.
Todos los cristianos estamos llamados a amar como Cristo nos amó, pero el marido, dice el apóstol Pablo, debe amar a su mujer «como a su propio cuerpo», como Cristo «ama a su Iglesia». Esta radicalidad evangélica restablece la reciprocidad originaria de la creación.
El sacramento del matrimonio es un acto de fe y de amor, en el que los esposos, mediante su libre consentimiento, realizan su vocación de entregarse sin reservas y sin medida.
La Iglesia está totalmente implicada en cada matrimonio cristiano: se edifica con sus logros y sufre sus fracasos. Asumamos seriamente la responsabilidad que se desprende de este vínculo indisoluble.
La decisión de «casarse en el Señor» tiene también una dimensión misionera, pues requiere que los esposos estén dispuestos a ser transmisores de la bendición y de la gracia del Señor para con todos.
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los Oficiales de la Academia Superior de Policía de Colombia, así como a los grupos venidos de España, México, Argentina, Guatemala, Venezuela y otros países latinoamericanos. Queridos hermanos y hermanas, pidamos para que el matrimonio y las familias sean un reflejo de la fuerza y de la ternura de Dios en nuestra sociedad. Muchas gracias.
JAUME VIVES VIVES/- Las Dominicas de Irak perdieron durante la guerra más de 23 conventos que cayeron en manos de Estado Islámico. Durante la huida 14 monjas murieron, la mayoría eran mayores o cayeron enfermas y no aguantaron los reveses del Éxodo.
Ahora están repartidas por todo el territorio que no ha caído en manos del Daesh ayudando a niños huérfanos, personas mayores y a familias desplazadas. Sor Suhama lo tiene muy claro: “Mientras quede una sola familia cristiana en Irak aquí estaremos”.
Las casas en las que viven las familias eran de una constructora que no pudo terminar la obra y se las alquiló a medio construir por un precio relativamente económico, 500$. En cada casa conviven 3-4 familias, con una media de 5 hijos cada una. La convivencia no siempre es fácil.

Lo que se iba a convertir en un pueblo fantasma a medio construir ahora es el refugio de miles de cristianos que huyeron de Mosul, Qaraqosh y Bartella.
Por ahora los 160.000$ mensuales necesarios para mantener el campo están cubiertos hasta diciembre, en parte gracias a Ayuda a la Iglesia Necesitada, pero en diciembre no se sabe qué pasará con toda esta gente. Cabe la posibilidad de que no se pueda seguir pagando esta cuantiosa suma de dinero. A la pregunta de si les preocupa lo que pueda pasar en diciembre Sor Suhama responde: “En absoluto, lo dejamos en manos de Dios, estamos muy tranquilas”.
El campamento está provisto de los servicios mínimos: guardería, escuela, iglesia, dispensario y una pequeña clínica a la que se acercan muchos musulmanes de un campo cercano, de hecho, “el 80% de los pacientes son musulmanes” dice Sor Suhama.
Al comienzo, en Hope city, había 30 familias yazidies, ahora quedan solo 4, las otras se fueron por la falta de agua y los continuos cortes de luz. Los yazidíes viven en perfecta armonía con los cristianos. Nos acercamos a conocer a una familia yazidí de Sinjar, una región duramente afectada por el ataque de Estado Islámico.

La familia, 7 hijos y los padres, se refugia en una pequeña cabaña con cartones en el techo a modo de aislante térmico. La relación con sus vecinos de Sinjar era buena hasta que les dijeron: “vosotros no sois de nuestra religión, os mataremos si no os convertís al Islam” explica la madre. Se vieron forzados a huir a las montañas, donde quedaron rodeados por Estado Islámico.

“17.000 yazidíes murieron asesinados en Sinjar o en la montaña al no soportar las duras condiciones climatológicas y de falta de agua y comida. Otros 30.000 consiguieron huir a las montañas y sobrevivieron, y el resto, 5.020 yazidíes, fueron cogidos como esclavos” dice la madre. La mayoría mujeres y niñas que a día de hoy se están vendiendo en los mercados de Raqqa y Mosul como esclavas sexuales.
Cuando estaban en las montañas pidieron ayuda a sus vecinos para que les trajeran agua y comida pero la ayuda nunca llegó. Cuando le preguntamos a la madre si perdona lo que le hicieron a su familia dice sin dudar: “Si ahora les viera les trituraría y los daría como comida a los perros”.
La comunidad yazidí ha sufrido una persecución muy cruenta en Irak, y no solo desde 2014, hace años que la vienen sufriendo. Dice la madre que “sería mejor que los yazidíes desaparecieran de Irak y crearan comunidades en otros países”. Muchos quieren ir a Alemania, donde vive desde hace años su máxima autoridad.

Algo parecido pasó en Qaraqosh y en Bartella, lamenta Sor Suhama: “Los que nos echaron de nuestras casas no fueron los de Estado Islámico, fueron nuestros vecinos. El Daesh no habría podido entrar si nuestros vecinos no se hubieran puesto de su lado. Nos traicionaron”.
Para muchos, después de lo sucedido, la convivencia es muy difícil: “Estoy convencida de que si el Daesh viniera al campamento, nuestros vecinos musulmanes se pondrían de su lado. La convivencia ya no es posible, ahora solo nos decimos hola y adiós, la confianza se ha roto y restablecerla es muy difícil” nos dice la monja dominica.
Para Sor Suhama lo más bonito de Hope city es que “toda la vida en común se hace alrededor de la Iglesia. Cada día rezamos el rosario, vísperas y a la hora de Misa no cabemos dentro”.
Antes de marchar hablamos con Khalid, el padre de David (10 años). Uno de los 3 niños que murieron el 6 de agosto de 2014 por los bombardeos del Daesh en Qaraqosh.

Al entrar, el padre nos enseña fotos del día del bombardeo. Se ve a su hijo muerto, destrozado por la explosión. Su primo recibió impactos de metralla por todo el cuerpo, todavía lo tiene lleno de cicatrices que alcanzan los 30 centímetros. Les cayó una bomba mientras desayunaban en el patio de su casa a las 9:35 de la mañana del día 6 de agosto de 2014.
“No estamos enfadados con Dios, Dios es amor, misericordia y paz, esto lo ha hecho Estado Islámico. Nunca nos hemos sentido abandonado por Dios” nos dice el padre. Cuando le preguntamos si perdona a los que mataron a su hijo dice: “No podemos perdonar al Daesh, ha matado a mi hijo. Era inocente”.

Al despedirnos de las familias Sor Suhama nos recuerda: “Sin Dios no podríamos hacer nada”.
Más de 50.000 personas participaron en la audiencia.
"La familia suscita la necesidad de lazos de lealtad, honestidad, confianza, cooperación y respeto. Anima a diseñar un mundo habitable y a creer en relaciones de confianza, incluso en condiciones difíciles”.