En su visita a la prisión de Filadelfia, el Papa ha dirigido unas palabras a los presos
Queridos hermanos y hermanas:
Las luces de las sirenas, la seguridad y la escolta de las motocicletas policiales anticiparon la llegada del Papa al parque Benjamin Franklin de Filadelfia donde le esperaban miles de emocionadas familias.
En un discurso claro, directo pero sereno, Francisco también recordó algunos principios de la Carta de las Naciones Unidas que se vienen incumpliendo.
El Secretario General de la ONU abrió en español la quinta intervención de un Papa en las Naciones Unidas ante ministros y embajadores de 193 países.
"Es un honor para nosotros ser sus anfitriones durante esta histórica visita”.
Francisco expuso su extensa visión sobre la protección del medio ambiente y social, dos cuestiones relacionadas entre sí.
"El abuso y la destrucción del ambiente, al mismo tiempo, van acompañados por un imparable proceso de exclusión. Un afán egoísta e ilimitado de poder y de bienestar material lleva tanto a abusar de los recursos materiales disponibles como a excluir a los débiles”.
Señaló que la humanidad debe reconocer que no es dueña absoluta de la naturaleza, que tiene que reconocer sus derechos, respetarla como es y aceptar sus consecuencias entre ellas, citó el rechazo de la ideología de género.
"Por eso, la defensa del ambiente y la lucha contra la exclusión exigen el reconocimiento de una ley moral inscrita en la propia naturaleza humana, que comprende la distinción natural entre hombre y mujer y el absoluto respeto de la vida en todas sus etapas y dimensiones”.
En un discurso claro, directo pero sereno, Francisco también recordó algunos principios de la Carta de las Naciones Unidas que se vienen incumpliendo de forma sistemática, como el negocio de las armas.
"Una ética y un derecho basados en la amenaza de destrucción mutua –y posiblemente de toda la humanidad– son contradictorios y constituyen un fraude a toda la construcción de las Naciones Unidas, que pasarían a ser "Naciones unidas por el miedo y la desconfianza". Hay que empeñarse por un mundo sin armas nucleares, aplicando plenamente el Tratado de no proliferación, en la letra y en el espíritu, hacia una total prohibición de estos instrumentos”.
En ese sentido alabó el reciente acuerdo entre Irán y las seis grandes potencias mundiales. También recordó las consecuencias negativas que tuvieron intervenciones militares y políticas no coordinadas entre los miembros de la comunidad internacional y entre sus consecuencias, mencionó a los cristianos y otras minorías, también musulmanas, perseguidas en Oriente Medio.
Al terminar su discurso el Papa fue obsequiado con la intervención de un coro que interpretó una conocida nana argentina "Duerme negrito".
Francisco en el estadio neoyorquino después del baño de multitudes en el Central park: nuestras ciudades tienen riqueza multicultural y en ellas se corre el riesgo de relegar a los débiles «al borde de nuestras calles, en nuestras veredas, en un anonimato ensordecedor».
«¿Cómo encontrar a Dios que vive con nosotros en medio del smog de nuestras ciudades? ¿Cómo encontrarnos con Jesús vivo y actuante en el hoy de nuestras ciudades pluriculturales?». En el corazón de Nueva York, en el Madison Square Garden, Papa Francisco por primera vez parte del profeta Isaías en los Estados Unidos («El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz»), parte de su experiencia como pastor de Buenos Aires para interrogar a los fieles estadounidenses, subrayando, en español, que las metrópolis recuerdan «la riqueza que esconde nuestro mundo: la diversidad de culturas, tradiciones e historias. La variedad de lenguas, de vestidos, de alimentos. Las grandes ciudades se vuelven polos que parecen presentar la pluralidad de maneras que los seres humanos hemos encontrado de responder al sentido de la vida en las circunstancias donde nos encontrábamos. A su vez, las grandes ciudades esconden el rostro de tantos que parecen no tener ciudadanía o ser ciudadanos de segunda categoría. En las grandes ciudades, bajo el ruido del tránsito, bajo ‘el ritmo del cambio’, quedan silenciados tantos rostros por no tener ‘derecho’ a ciudadanía, no tener derecho a ser parte de la ciudad –los extranjeros, los hijos de estos (y no solo) que no logran la escolarización, los privados de seguro médico, los sin techo, los ancianos solos–, quedando al borde de nuestras calles, en nuestras veredas, en un anonimato ensordecedor».
Jorge Mario Bergoglio llegó al estadio neoyorquino, que tiene una capacidad para 20 mil personas, después de haber atravesado el Central Park, en Manhattan, en donde saludó a decenas de miles de personas a bordo del papamóvil. Un poco antes de lo programado, saludó a los presentes en el Madison Square Garden, dando dos vueltas entre los fieles a bordo de un auto eléctrico. Se detuvo a saludar en especial a algunos niños enfermos.
«Estamos en el Madison Square Garden, lugar emblemático de esta ciudad, sede de importantes encuentros deportivos, artísticos, musicales, que logra congregar a personas provenientes de distintas partes, y no solo de esta ciudad, sino del mundo entero», dijo el Papa, que comenzó la misa con una oración en inglés, pero continuó con la homilía en su lengua materna. «En este lugar -continuó- que representa las distintas facetas de la vida de los ciudadanos que se congregan por intereses comunes, hemos escuchado: ‘El pueblo que caminaba en tinieblas ha visto una gran luz’ (Is 9,1). El pueblo que caminaba, el pueblo en medio de sus actividades, de sus rutinas; el pueblo que caminaba cargando sobre sí sus aciertos y equivocaciones, sus miedos y oportunidades ha visto una gran luz. El pueblo que caminaba con sus alegrías y esperanzas, con sus desilusiones y amarguras ha visto una gran luz». Y ahora, en las grandes ciudades contemporáneas, «con el profeta hoy podemos decir: el pueblo que camina, respira, vive entre el smog, ha visto una gran luz, ha experimentado un aire de vida», explicó Francisco entre los aplausos de los fieles.
«Vivir en una gran ciudad -prosiguió Papa Bergoglio- es algobastante complejo: contexto pluricultural con grandes desafíos no fáciles de resolver. Las grandes ciudades son recuerdo de la riqueza que esconde nuestro mundo: la diversidad de culturas, tradiciones e historias. La variedad de lenguas, de vestidos, de alimentos. Las grandes ciudades se vuelven polos que parecen presentar la pluralidad de maneras que los seres humanos hemos encontrado de responder al sentido de la vida en las circunstancias donde nos encontrábamos. A su vez, las grandes ciudades esconden el rostro de tantos que parecen no tener ciudadanía o ser ciudadanos de segunda categoría. En las grandes ciudades, bajo el ruido del tránsito, bajo ‘el ritmo del cambio’, quedan silenciados tantos rostros por no tener ‘derecho’ a ciudadanía, no tener derecho a ser parte de la ciudad –los extranjeros, los hijos de estos (y no solo) que no logran la escolarización, los privados de seguro médico, los sin techo, los ancianos solos–, quedando al borde de nuestras calles, en nuestras veredas, en un anonimato ensordecedor. Se convierten en parte de un paisaje urbano que lentamente se va naturalizando ante nuestros ojos y especialmente en nuestro corazón. Saber que Jesús sigue caminando en nuestras calles, mezclándose vitalmente con su pueblo, implicándose e implicando a las personas en una única historia de salvación, nos llena de esperanza, una esperanza que nos libera de esa fuerza que nos empuja a aislarnos, a desentendernos de la vida de los demás, de la vida de nuestra ciudad. Una esperanza que nos libra de ‘conexiones’ vacías, de los análisis abstractos o de las rutinas sensacionalistas. Una esperanza que no tiene miedo a involucrarse actuando como fermento en los rincones donde le toque vivir y actuar. Una esperanza que nos invita a ver en medio del smog la presencia de Dios que sigue caminando en nuestra ciudad. Porque Dios está en la ciudad.¿Cómo es esta luz que transita nuestras calles? ¿Cómo encontrar a Dios que vive con nosotros en medio del smog de nuestras ciudades? ¿Cómo encontrarnos con Jesús vivo y actuante en el hoy de nuestras ciudades pluriculturales?».
La respuesta, según Papa Francisco, la ofrece el mismo profeta Isaías, cuando define a Jesús «Consejero maravilloso, Dios fuerte, Padre siempre, Príncipe de la paz». El Papa desmenuzó una a una estas imágenes. Consejero maravilloso: Jesús impulsa a sus discípulos « a sus discípulos ir, salir. Los empuja a ir al encuentro de los otros, donde realmente están y no donde nos gustarían que estuviesen. Vayan, una y otra vez, vayan sin miedo, sin asco, vayan y anuncien esta alegría que es para todo el pueblo». Dios fuerte, que «el Dios-con-nosotros, el Dios que camina a nuestro lado, que se ha mezclado en nuestras cosas, en nuestras casas, en nuestras «ollas», como le gustaba decir a santa Teresa de Jesús». Padre siempre: «Vayan y anuncien, vayan y vivan que Dios está en medio de ustedes como un Padre misericordioso que sale todas las mañanas y todas las tardes para ver si su hijo vuelve a casa, y apenas lo ve venir corre a abrazarlo. Y esto es lindo. Abrazo que busca asumir, purificar y elevar la dignidad de sus hijos» (explicó el Pontífice entre los aplausos de los fieles). Príncipe de la paz, el Dios que «camina a nuestro lado», « nos libera del anonimato, de una vida sin rostros, vacía y nos introduce en la escuela del encuentro. Nos libera de la guerra, de la competencia, de la autorreferencialidad, para abrirnos al camino de la paz. Esa paz que nace del reconocimiento del otro, esa paz que surge en el corazón al mirar especialmente al más necesitado como a un hermano».
Dios, concluyó Francisco: «vive en nuestras ciudades; la Iglesia vive en nuestras ciudades y quiere ser fermento en la masa, quiere mezclarse con todos, acompañando a todos». Y nosotros, dijo entre aplausos, «somos sus testigos».
Homilía de la Misa en el Madison Square Garden de Nueva York Francisco
La caridad del Papa llama a la puerta de Estados Unidos; el encuentro del Pontífice con los «sintecho» de la ciudad de Washington en la Parroquia de San Patricio: el hijo de Dios entró como un «homeless», supo lo que es comenzar la vida sin un techo.
«¿Cómo, el Hijo de Dios no tiene un techo para vivir? ¿Por qué estamos sin hogar, por qué estamos sin un techo? Son preguntas que muchos de ustedes pueden hacerse a diario. Al igual que José se cuestionan: ¿Por qué estamos sin un techo, sin un hogar?». Al igual que José, el Papa dijo que estas «Son preguntas que nos hará bien hacernos a todos: ¿Por qué estos hermanos nuestros están sin hogar, por qué estos hermanos nuestros no tienen un techo?». Estas preguntas «siguen presentes hoy, acompañando a todos los que a lo largo de la historia han vivido y están sin un hogar».
«La primera palabra que quiero decirles es gracias. Gracias por recibirme y por el esfuerzo que han hecho para que este encuentro pueda realizarse». La caridad del Papa irradia en la Parroquia de San Patricio, durante el encuentro con los «sin techo» de la ciudad de Washington, que reciben la ayuda y el apoyo del servicio caritativo de la Iglesia católica en la ciudad. El Pontífice iba en compañía del cardenal arzobispo de la ciudad, Donald Wuerl.
«Ustedes -dijo Papa Francisco - me recuerdan a san José. Sus rostros me hablan del suyo». En la vida de José hubo situaciones difíciles de enfrentar, recordó Papa Francisco: «Una de ellas fue cuando María estaba por dar a luz, por tener a Jesús». La Biblia es muy clara: «No había alojamiento para ellos». El Papa invitó a los presentes a imaginarse «las preguntas de José en ese momento: ¿Cómo el Hijo de Dios no tiene un techo para vivir? ¿Por qué estamos sin hogar, por qué estamos sin un techo? Son preguntas que muchos de ustedes pueden hacerse a diario. Al igual que José se cuestionan: ¿Por qué estamos sin un techo, sin un hogar? Son preguntas que nos hará bien hacernos a todos: ¿Por qué estos hermanos nuestros están sin hogar, por qué estos hermanos nuestros no tienen un techo? Las preguntas de José siguen presentes hoy, acompañando a todos los que a lo largo de la historia han vivido y están sin un hogar».
La respuesta a estas interrogantes, subrayó Francisco, es la fe: «Ante situaciones injustas, dolorosas, la fe nos aporta esa luz que disipa la oscuridad. Al igual que a José, la fe nos abre a la presencia silenciosa de Dios en toda vida, en toda persona, en toda situación. Él está presente en cada uno de ustedes, en cada uno de nosotros».
«No hay ningún tipo de justificación social, moral o del tipo que fuese -exclamó Papa Francisco- para aceptar la falta de alojamiento. Son situaciones injustas, pero sabemos que Dios está sufriéndolas con nosotros, está viviéndolas a nuestro lado. No nos deja solos».
Y uno de los modos más eficaces de ayuda que tenemos, explicó, «lo encontramos en la oración. La oración nos une, nos hermana, nos abre el corazón y nos recuerda una verdad hermosa que a veces olvidamos. En la oración, todos aprendemos a decir Padre, papá, y en ella nos encontramos como hermanos. En la oración, no hay ricos y pobres, hay hijos y hermanos».
«Jesús sigue golpeando nuestras puertas, nuestra vida. No lo hace mágicamente, no lo hace con artilugios, con carteles luminosos o fuegos artificiales. Jesús sigue golpeando nuestra puerta en el rostro del hermano, en el rostro del vecino, en el rostro del que está a nuestro lado».
Hoy, concluyó el Papa, «quiero unirme a ustedes, necesito su apoyo, su cercanía. Quiero invitarlos a rezar juntos, los unos por los otros, los unos con los otros. Así podremos continuar con este sostén que nos ayuda a vivir la alegría de saber que Jesús siempre está en medio nuestro. ¿Se animan? Yo empiezo en castellano y ustedes siguen en inglés». Después, todos juntos rezaron el Padre Nuestro. Antes de despedirse, Papa Francisco añadió: «antes de irme me gustaría darles la bendición de Dios. Que el Señor los bendiga y los proteja, que el Señor los mire con agrado y les muestre su bondad, que el Señor los mire con amor y les conceda su paz. Por favor, no se olviden de rezar por mí».
Tengo que confesar que me impresionó el exquisito recibimiento del Santo Padre por el presidente Barack Obama. Más aún, si consideramos que la religión de Obama es el protestantismo, y no precisamente de la línea de los que podemos considerar muy “complaciente” con los dogmas del catolicismo.
Pero pocos líderes mundiales han sido recibidos a los pies de la escalerilla del avión por el presidente, el vicepresidente de Estados Unidos y sus familias. Y este extraordinario gesto hay que valorarlo cuanto menos como elegante, un “saber estar” ejemplo para muchos líderes políticos del mundo.
No quisiera frivolizar sobre este tema pero si dejar constancia de que la elegancia, el “saber estar”, no fue que el vestido de Michelle Obama y sus niñas fuera el más adecuado para el momento. Más bien, fueron las palabras, miradas, gestos, y por supuesto, la finura en el trato que evidenciaron al "emperador de la paz" en ese pequeño instante.
Y esta cortesía, afabilidad, es una cualidad necesaria para la convivencia humana, puesto que aprender a ser, aprender a conocer, aprender a hacer, y por supuesto, aprender a convivir son las grandes pautas que nos enseña a vivir, a empatizar con los demás, a ser generosos, amables y leales. En definitiva, desarrollamos los valores que todos los seres humanos llevamos en nuestro interior pero que muchas veces necesitamos de una preparación para desarrollarlos.
Como decía Ricardo Yepes en su artículo La elegancia, algo más que buenas maneras,“ser cortés no es sólo tratar correcta y educadamente a las personas, lo cual implica ya reconocerlas dignas de buen trato, sino todavía más: omitir decididamente todo detalle que resulte molesto o vergonzoso, e incluso buscar la compostura, la finura y el donaire en el decir y actuar, de modo que se merezca por ello la estimación, el aprecio, y aún la admiración”.
Y añadía: “Si el hombre habla, no sólo con sus palabras, sino también con su expresión, con su gesto, con su figura, con su vestido y apariencia, decir las cosas bellamente se torna no sólo bueno, sino deseable, pues al ejercerse nos dignifica como personas y eleva al nivel de lo verdaderamente humano la comunidad de vida que tenemos con los demás”.
De estos pequeños detalles dependerá una muy buena sintonía para, como señaló el Papa Francisco en la Casa Blanca: “edificar una sociedad que sea verdaderamente tolerante e inclusiva, para salvaguardar los derechos de los individuos y las comunidades, y para rechazar toda forma de discriminación injusta. Al igual que incontables personas de buena fe, están preocupados que sus esfuerzos por construir una sociedad justa y ordenada sabiamente respeten sus intereses más profundos y su derecho a la libertad religiosa. Esa libertad sigue siendo una de las posesiones más preciosas de América. Y tal como nos han recordado mis hermanos, los Obispos de Estados Unidos, todos son llamados a estar vigilantes, precisamente como buenos ciudadanos, para preservar y defender esa libertad de todo lo que pudiera amenazarla y comprometerla (…) Quisiera que todos los hombres y mujeres de buena fe de esta gran nación apoyaran los esfuerzos de la comunidad internacional de proteger a los vulnerables en nuestro mundo y de estimular los modelos de desarrollo integrales e inclusivos, para que nuestros hermanos y hermanas en todos lados conozcan las bendiciones de paz y prosperidad que Dios quiere para todos sus hijos. ”
Por supuesto, no pretendo con esta reflexión hablar de políticas. No me gustaría que nadie se llevara a engaño. Puede ser que no haya sabido reflejar -como era mi pretensión- el objetivo del mismo que es simplemente mi grata sorpresa hacia las buenas maneras, las formas, la exquisitez, el cariño, … de un saber estar, un saber hacer, que a más de uno de nuestros líderes políticos le pueden servir de ejemplo.
Para algo que hace bien… bien está el reconocérselo. Digo yo….
La primera vez que un Papa visita Capitol Hill: en el mundo golpeado por conflictos y fundamentalismo no hay que simplificar la realidad viendo solo buenos o malos.
ANDREA TORNIELLI
Washington
Frente al mundo golpeado por los conflictos y el fundamentalismo, no hay que cometer el error de simplificar la realidad viendo solo ‘buenos’ y ‘malos’. La política no puede someterse a la economía y a las finanzas. No debemos dejarnos espantar por el número de inmigrantes, sino ver sus rostros. La vida humana debe ser defendida «en cada fase de su desarrollo», hay que abolir la pena de muerte. Mayores esfuerzos para combatir la pobreza en el mundo, sin olvidar a los pobres que viven fuera de nuestras casas. Hay que proseguir por el camino de reconciliación ya emprendido entre Estados Unidos y Cuba, dialogando y construyendo puentes. Para poner fin a los conflictos, hay que detener el comercio de armas. Es necesario ayudar a la familia «amenazada, quizás, como nunca».
Los cuatro modelos
Es una agenda que refleja los valores de los padres fundadores de la nación la que los miembros del Congreso escucharon de boca de Papa Francisco esta mañana en Washington, durante un largo y apasionado discurso. El primer Papa invitado a hablar en Capitol Hill trató de hablar directamente al corazón de Estados Unidos, proponiendo los modelos de cuatro grandes hijos suyos: «Una Nación es considerada grande cuando defiende la libertad», como hizo el presidente Abraham Lincoln, «cuando genera una cultura que permita a sus hombres ‘soñar’ con plenitud de derechos para sus hermanos y hermanas, como intentó hacer Martin Luther King»; cuando «lucha por la justicia y la causa de los oprimidos, como hizo Dorothy Day en su incesante trabajo; siendo fruto de una fe que se hace diálogo y siembra paz, al estilo contemplativo» del padre Thomas Merton.
Según la tradición, Francisco fue acompañado en el hemiciclo por el «speaker» del Congreso, John Andrew Boehner. Altomar la palabra, el Pontífice dijo que él también es «hijo de este gran continente, del que todos nosotros hemos recibido tanto y con el que tenemos una responsabilidad común». Y recordó que «la actividad legislativa siempre está basada en la atención al pueblo», especialmente a los más vulnerables. «Quisiera hoy no sólo dirigirme a ustedes, sino con ustedes y en ustedes a todo el pueblo de los Estados Unidos», insistió, para «dialogar con miles de hombres y mujeres que luchan cada día para trabajar honradamente, para llevar el pan a su casa, para ahorrar y, poco a poco, conseguir una vida mejor para los suyos».
No dividir el mundo entre ‘buenos’ y ‘malos’
El mundo, dijo, es «es cada vez más un lugar de conflictos violentos, de odio nocivo, de sangrienta atrocidad, cometida incluso en el nombre de Dios y de la religión. Ninguna religión «es inmune a diversas formas de aberración individual o de extremismo ideológico. Esto nos urgea estar atentos frente a cualquier tipo de fundamentalismo de índole religiosa o del tipo que fuere». Pero, al mismo tiempo, hay que tener cuidado con otra tentación, advirtió Francisco: «el reduccionismo simplista que divide la realidad en buenos y malos; permítanme usar la expresión: en justos y pecadores». Es esta simplificación la que, en lugar de reconocer la complejidad del mundo, lo divide a toda prisa dos facciones: «El mundo contemporáneo con sus heridas, que sangran en tantos hermanos nuestros, nos convoca a afrontar todas las polarizaciones que pretenden dividirlo en dos bandos. Sabemos que en el afán de querer liberarnos del enemigo exterior podemos caer en la tentación de ir alimentando el enemigo interior. Copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ocupar su lugar. A eso este pueblo dice: ‘No’».
La respuesta correcta para resolver las crisis «económicas y geopolíticas de hoy» es la de «devolver la esperanza, corregir las injusticias, mantener la fe en los compromisos, promoviendo así la recuperación de las personas y de los pueblos». También en Estados Unidos es importante «que la voz de la fe, que es una voz de fraternidad y de amor, que busca sacar lo mejor de cada persona y de cada sociedad, pueda seguir siendo escuchada», porque es un «potente instrumento» en la lucha contra «nuevas formas mundiales de esclavitud, que son fruto de grandes injusticias que pueden ser superadas sólo con nuevas políticas y consensos sociales».
Que la política no esté al servicio de la economía y de las finanzas
Después de haber citado la Declaración de Independencia, Francisco observó: «si es verdad que la política debe servir a la persona humana, se sigue que no puede ser esclava de la economía y de las finanzas. La política responde a la necesidad imperiosa de convivir para construir juntos el bien común posible, el de una comunidad que resigna intereses particulares para poder compartir, con justicia y paz, sus bienes, sus intereses, su vida social».
Los rostros de los migrantes: «Muchos de nosotros éramos extranjeros»
Pensando en Martin Luther King y en su «sueño» de plenos derechos civiles y políticos para los afro-americanos, el Papa añadió: «En los últimos siglos, millones de personas han alcanzado esta tierra persiguiendo el sueño de poder construir su propio futuro en libertad. Nosotros, pertenecientes a este continente, no nos asustamos de los extranjeros, porque muchos de nosotros hace tiempo fuimos extranjeros. Les hablo como hijo de inmigrantes, como muchos de ustedes que son descendientes de inmigrantes». Francisco recordó que «trágicamente, los derechos de cuantos vivieron aquí mucho antes que nosotros no siempre fueron respetados», y reafirmó su «más alta estima y reconocimiento» por los indígenas americanos. «Aquellos primeros contactos fueron bastantes convulsos y sangrientos», pero, cuando el extranjero en medio de nosotros nos llama, no debemos repetir los pecados ni los errores del pasado.
Fue una alusión fuerte a los inmigrantes que tratan de entrar por la frontera con México; también en este continente hay «miles de personas que se ven obligadas a viajar hacia el norte en búsqueda de una vida mejor para sí y para sus seres queridos, en un anhelo de vida con mayores oportunidades. ¿Acaso no es lo que nosotros queremos para nuestros hijos? No debemos dejarnos intimidar por los números, más bien mirar a las personas, sus rostros, escuchar sus historias mientras luchamos por asegurarles nuestra mejor respuesta a su situación. Una respuesta que siempre será humana, justa y fraterna. Cuidémonos de una tentación contemporánea: descartar todo lo que moleste».
Proteger la vida, abolir la pena de muerte
El Papa citó la «regla de oro» evangélica: «Hagan ustedes con los demás como quieran que los demás hagan con ustedes». Una norma que indica una clara dirección. Hay que «tratar a los demás con la misma pasión y compasión con la que querríamos ser tratados. Busquemos para los demás las mismas posibilidades que deseamos para nosotros. Acompañemos el crecimiento de los otros como queremos ser acompañados. En definitiva: queremos seguridad, demos seguridad; queremos vida, demos vida; queremos oportunidades, brindemos oportunidades». Después Francisco habló sobre la «responsabilidad de proteger la vida en cualquier fase de su desarrollo» y sobre el compromiso para abolir la pena de muerte, como piden también los obispos del país.
La lucha contra la pobreza y la defensa del medio ambiente
En relación con la lucha contra la pobreza extrema, el Papa reconoce que se ha hecho mucho, pero dijo que «todavía se debe hacer mucho más», recordando «cuán cercanos a nosotros son hoy los prisioneros de la trampa de la pobreza». Y esta lucha debe ser afrontada con intervenciones principalmente en sus causas. Bergoglio dedicó gran espacio al uso correcto «de los recursos naturales», a la apropiada «aplicación de soluciones tecnológicas» y a la capacidad de orientar bien «el espíritu emprendedor», para construir «una economía que busca ser moderna pero especialmente solidaria y sustentable. Hay que hacer, insistió Bergoglio, un esfuerzo «valiente y responsable» para cambiar de dirección y evitar «las más grandes consecuencias que surgen del degrado ambiental provocado por la actividad humana». El Papa dijo confiar en el papel del Congreso y en el aporte de las instituciones de investigación y académicas de Estados Unidos.
Diálogo y reconciliación
Francisco, con una referencia implícita al «deshielo» con Cuba (también aplicable al tratado sobre la energía nuclear con Irán), reconoció los esfuerzos que se han realizado en los últimos meses y que ayudan a superar las históricas diferencias ligadas a dolorosos episodios del pasado». Cuando «países que han estado en conflicto retoman el camino del diálogo, que podría haber estado interrumpido por motivos legítimos, se abren nuevos horizontes para todos. Esto ha requerido y requiere coraje, audacia, lo cual no significa falta de responsabilidad». Un buen líder político, subrayó, es el que, «teniendo en mente los intereses de todos, toma el momento con un espíritu abierto y pragmático. Un buen político opta siempre por generar procesos más que por ocupar espacios».
Basta de guerras y comercio de armas
Estar al servicio del diálogo y de la paz «significa estar verdaderamente determinado a atenuar y, en último término, a acabar con los muchos conflictos armados que afligen nuestro mundo. Y sobre esto hemos de ponernos un interrogante: ¿por qué las armas letales son vendidas a aquellos que pretenden infligir un sufrimiento indecible sobre los individuos y la sociedad? Tristemente, la respuesta,que todos conocemos, es simplemente por dinero; un dinero impregnado de sangre, y muchas veces de sangre inocente. Frente al silencio vergonzoso y cómplice, es nuestro deber afrontar el problema y acabar con el tráfico de armas».
Apoyar a la familia amenazada
Y al final, la familia. «¡Cuán fundamental ha sido la familia en la construcción de este País! Y cuán digna sigue siendo de nuestro apoyo y aliento -exclamo el Papa. No puedo esconder mi preocupación por la familia, que está amenazada, quizás como nunca, desde el interior y desde el exterior. Las relaciones fundamentales son puestas en duda, como el mismo fundamento del matrimonio y de la familia. No puedo más que confirmar no sólo la importancia, sino por sobre todo, la riqueza y la belleza de vivir en familia».
Discursoal Congreso de Estados Unidos Papa Francisco
El día era perfecto. Sol radiante y temperatura agradable. Barack Obama y su esposa Michelle recibieron al Papa Francisco en una colorida y musical ceremonia de bienvenida. En su discurso, el presidente de los Estados Unidos elogió al Papa por su ejemploy a la Iglesia católica por la contribución que hace a la sociedad americana.
BARACK OBAMA
Presidente de los Estados Unidos
"Creo que la gran expectación que ha suscitado su visita, Santo Padre, se debe atribuir no sólo a su papel como Papa, sino a sus cualidades únicas como persona. En su humildad, su simpatía, la calidez de sus palabras y la generosidad de su espíritu vemos el vivo ejemplo de las enseñanzas de Jesús. La autoridad moral de un líder no sólo depende de sus palabras, sino también de sus obras”.
El Papa,por su parte, elogió el papel de los inmigrantes en Estados Unidos por ser un colectivo clave en la construcción del país. Dijo que en su visita al Congreso pensaba en subrayar esta característica tan originaria del pueblo de norteamérica.
También habló del cambio climático y del restablecimiento de las relaciones diplomáticas con la vecina Cuba.
FRANCISCO
"Señor Presidente, me complace que usted haya propuesto una iniciativa para reducir la contaminación atmosférica. Reconociendo la urgencia, también a mí me parece evidente que el cambio climático es un problema que no se puede dejar a la próxima generación. Los esfuerzos realizados recientemente para reparar relaciones rotas y abrir nuevas puertas a la cooperación dentro de nuestra familia humana constituyen pasos positivos en el camino de la reconciliación, la justicia y la libertad”.
También destacó la importancia de impulsar y proteger al matrimonio y la familia y promover una sociedad más justa, el firme deseo, señaló el Papa, de los católicos de América.
FRANCISCO
"Como a muchas otras personas de buena voluntad, les preocupa también que los esfuerzos por construir una sociedad justa y sabiamente ordenada respeten sus más profundas inquietudes y su derecho a la libertad religiosa. Libertad, que sigue siendo una de las riquezas más preciadas de este país”.
El acto terminó con las actuaciones de este coro de música religiosa y con el saludo a la multitud desde el balcón de la Casa Blanca. Después, ambos líderes se reunieron en privado en el despacho Oval.
El Papa pronuncia su homilía en español y elogia las virtudes del fraile mallorquín que durante su labor evangelizadora busco defender la dignidad de la comunidad nativa.
El jesuita que quería ser misionero pero no le dejaron por la falta de medio pulmón, ha canonizado en Washington al franciscano mallorquín Junípero Serra (1713-1784), evangelizador y civilizador de California, un héroe americano, cuya estatua figura desde 1931 en la Rotonda del Capitolio.
En su homilía, pronunciada en español, el Papa Francisco le presentó como «uno de esos testigos de Jesús, que supo testimoniar en estas tierras la alegría del Evangelio». Fue un hombre que «supo dejar su tierra y sus costumbres. Se animó a abrir caminos, supo salir al encuentro de tantos, aprendiendo a respetar sus costumbres y peculiaridades».
Los caminos de Junípero, las misiones que fundó, se han convertido en algunas de las ciudades más emblemáticas de California como San Juan de Capistrano, San Francisco o Los Ángeles.
Serra contagiaba la chispa de «la vida de Dios en los rostros de los que iba encontrando, haciéndolos sus hermanos». Respondiendo a las protestas oportunistas de algunos líderes indígenas de California, el Papa ha reafirmado que «Junípero busco defender la dignidad de la comunidad nativa, protegiéndola de cuantos la habían abusado. Abusos que hoy nos siguen provocando desagrado, especialmente por el dolor que causan en la vida de tantos».
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Fachada de la misión Dolores, en San Francisco, una de las nueve que fundó fray Junípero Serra en la Alta CaliforniaToda conquista es una invasión militar, y en América no faltaron abusos, mitigados muchas veces precisamente por los misioneros, como no faltó una gigantesca tarea civilizadora y evangelizadora, financiada por la Corona española.
En la realidad, los colonos españoles y franceses trataban muy bien a los nativos comparados con lo que hacían en otros lugares los ingleses y después los Estados Unidos: expulsar continuamente a los indios y convertir un genocidio en una épica de «la conquista del Oeste».
El golpe de gracia a las misiones californianas emprendidas por los jesuitas hasta su expulsión y continuadas después por los franciscanos fue la «fiebre del oro» de 1849: el avance de los «Forty niners», convertida también en otra épica por la misma cultura anglosajona que creó tópicos difamatorios sobre la colonización española.
Pero el punto central de la homilía no era Junípero Serra sino la persona que impulsaba sus caminatas de miles de kilómetros y que se reflejaba cada vez más en su vida.
Francisco ha ido al punto de origen, hace dos mil años, recordando que «Jesús no da una lista de quienes son dignos o no de recibir su mensaje, su presencia». Jesús envió sus apóstoles «a todos» incluso a quien lleva «una vida que se presenta derrotada, sucia, destruida».
Les envió «a anunciar el Evangelio sin miedo, sin prejuicios, sin superioridad, sin purismos a todo aquel que haya perdido la alegría de vivir».
Según Francisco, «el Pueblo santo de Dios no le teme al error; le temeal encierro, a la cristalización en elites, al aferrarse a las propias seguridades». Por eso Junípero caminaba con valor por los confines del Nuevo Mundo.