Advierte contra el peligro de la indiferencia que acecha a quienes viven materialmente bien y propone una solución: educar el corazón en misericordia. "Un corazón pobre que conoce sus propias miserias y se gasta por el otro”.
Queridos hermanos y hermanas:
La Cuaresma es un tiempo de renovación para la Iglesia, para las comunidades y para cada creyente. Pero sobre todo es un «tiempo de gracia» (2 Co 6,2). Dios no nos pide nada que no nos haya dado antes: «Nosotros amemos a Dios porque él nos amó primero» (1 Jn 4,19). Él no es indiferente a nosotros. Está interesado en cada uno de nosotros, nos conoce por nuestro nombre, nos cuida y nos busca cuando lo dejamos. Cada uno de nosotros le interesa; su amor le impide ser indiferente a lo que nos sucede. Pero ocurre que cuando estamos bien y nos sentimos a gusto, nos olvidamos de los demás (algo que Dios Padre no hace jamás), no nos interesan sus problemas, ni sus sufrimientos, ni las injusticias que padecen… Entonces nuestro corazón cae en la indiferencia: yo estoy relativamente bien y a gusto, y me olvido de quienes no están bien. Esta actitud egoísta, de indiferencia, ha alcanzado hoy una dimensión mundial, hasta tal punto que podemos hablar de una globalización de la indiferencia. Se trata de un malestar que tenemos que afrontar como cristianos.
Cuando el pueblo de Dios se convierte a su amor, encuentra las respuestas a las preguntas que la historia le plantea continuamente. Uno de los desafíos más urgentes sobre los que quiero detenerme en este Mensaje es el de la globalización de la indiferencia.
La indiferencia hacia el prójimo y hacia Dios es una tentación real también para los cristianos. Por eso, necesitamos oír en cada Cuaresma el grito de los profetas que levantan su voz y nos despiertan.
Dios no es indiferente al mundo, sino que lo ama hasta el punto de dar a su Hijo por la salvación de cada hombre. En la encarnación, en la vida terrena, en la muerte y resurrección del Hijo de Dios, se abre definitivamente la puerta entre Dios y el hombre, entre el cielo y la tierra. Y la Iglesia es como la mano que tiene abierta esta puerta mediante la proclamación de la Palabra, la celebración de los sacramentos, el testimonio de la fe que actúa por la caridad (cf. Ga 5,6). Sin embargo, el mundo tiende a cerrarse en sí mismo y a cerrar la puerta a través de la cual Dios entra en el mundo y el mundo en Él. Así, la mano, que es la Iglesia, nunca debe sorprenderse si es rechazada, aplastada o herida.
El pueblo de Dios, por tanto, tiene necesidad de renovación, para no ser indiferente y para no cerrarse en sí mismo. Querría proponerles tres pasajes para meditar acerca de esta renovación.
La caridad de Dios que rompe esa cerrazón mortal en sí mismos de la indiferencia, nos la ofrece la Iglesia con sus enseñanzas y, sobre todo, con su testimonio. Sin embargo, sólo se puede testimoniar lo que antes se ha experimentado. El cristiano es aquel que permite que Dios lo revista de su bondad y misericordia, que lo revista de Cristo, para llegar a ser como Él, siervo de Dios y de los hombres. Nos lo recuerda la liturgia del Jueves Santo con el rito del lavatorio de los pies. Pedro no quería que Jesús le lavase los pies, pero después entendió que Jesús no quería ser sólo un ejemplo de cómo debemos lavarnos los pies unos a otros. Este servicio sólo lo puede hacer quien antes se ha dejado lavar los pies por Cristo. Sólo éstos tienen "parte" con Él (Jn 13,8) y así pueden servir al hombre.
La Cuaresma es un tiempo propicio para dejarnos servir por Cristo y así llegar a ser como Él. Esto sucede cuando escuchamos la Palabra de Dios y cuando recibimos los sacramentos, en particular la Eucaristía. En ella nos convertimos en lo que recibimos: el cuerpo de Cristo. En él no hay lugar para la indiferencia, que tan a menudo parece tener tanto poder en nuestros corazones. Quien es de Cristo pertenece a un solo cuerpo y en Él no se es indiferente hacia los demás. «Si un miembro sufre, todos sufren con él; y si un miembro es honrado, todos se alegran con él» (1 Co 12,26).
La Iglesia es communio sanctorum porque en ella participan los santos, pero a su vez porque es comunión de cosas santas: el amor de Dios que se nos reveló en Cristo y todos sus dones. Entre éstos está también la respuesta de cuantos se dejan tocar por ese amor. En esta comunión de los santos y en esta participación en las cosas santas, nadie posee sólo para sí mismo, sino que lo que tiene es para todos. Y puesto que estamos unidos en Dios, podemos hacer algo también por quienes están lejos, por aquellos a quienes nunca podríamos llegar sólo con nuestras fuerzas, porque con ellos y por ellos rezamos a Dios para que todos nos abramos a su obra de salvación.
Lo que hemos dicho para la Iglesia universal es necesario traducirlo en la vida de las parroquias y comunidades. En estas realidades eclesiales ¿se tiene la experiencia de que formamos parte de un solo cuerpo? ¿Un cuerpo que recibe y comparte lo que Dios quiere donar? ¿Un cuerpo que conoce a sus miembros más débiles, pobres y pequeños, y se hace cargo de ellos? ¿O nos refugiamos en un amor universal que se compromete con los que están lejos en el mundo, pero olvida al Lázaro sentado delante de su propia puerta cerrada? (cf. Lc 16,19-31).
Para recibir y hacer fructificar plenamente lo que Dios nos da es preciso superar los confines de la Iglesia visible en dos direcciones.
En primer lugar, uniéndonos a la Iglesia del cielo en la oración. Cuando la Iglesia terrenal ora, se instaura una comunión de servicio y de bien mutuos que llega ante Dios. Junto con los santos, que encontraron su plenitud en Dios, formamos parte de la comunión en la cual el amor vence la indiferencia. La Iglesia del cielo no es triunfante porque ha dado la espalda a los sufrimientos del mundo y goza en solitario. Los santos ya contemplan y gozan, gracias a que, con la muerte y la resurrección de Jesús, vencieron definitivamente la indiferencia, la dureza de corazón y el odio. Hasta que esta victoria del amor no inunde todo el mundo, los santos caminan con nosotros, todavía peregrinos. Santa Teresa de Lisieux, doctora de la Iglesia, escribía convencida de que la alegría en el cielo por la victoria del amor crucificado no es plena mientras haya un solo hombre en la tierra que sufra y gima: «Cuento mucho con no permanecer inactiva en el cielo, mi deseo es seguir trabajando para la Iglesia y para las almas» (Carta 254,14 julio 1897).
También nosotros participamos de los méritos y de la alegría de los santos, así como ellos participan de nuestra lucha y nuestro deseo de paz y reconciliación. Su alegría por la victoria de Cristo resucitado es para nosotros motivo de fuerza para superar tantas formas de indiferencia y de dureza de corazón.
Por otra parte, toda comunidad cristiana está llamada a cruzar el umbral que la pone en relación con la sociedad que la rodea, con los pobres y los alejados. La Iglesia por naturaleza es misionera, no debe quedarse replegada en sí misma, sino que es enviada a todos los hombres.
Esta misión es el testimonio paciente de Aquel que quiere llevar toda la realidad y cada hombre al Padre. La misión es lo que el amor no puede callar. La Iglesia sigue a Jesucristo por el camino que la lleva a cada hombre, hasta los confines de la tierra (cf. Hch 1,8). Así podemos ver en nuestro prójimo al hermano y a la hermana por quienes Cristo murió y resucitó. Lo que hemos recibido, lo hemos recibido también para ellos. E, igualmente, lo que estos hermanos poseen es un don para la Iglesia y para toda la humanidad.
Queridos hermanos y hermanas, cuánto deseo que los lugares en los que se manifiesta la Iglesia, en particular nuestras parroquias y nuestras comunidades, lleguen a ser islas de misericordia en medio del mar de la indiferencia.
También como individuos tenemos la tentación de la indiferencia. Estamos saturados de noticias e imágenes tremendas que nos narran el sufrimiento humano y, al mismo tiempo, sentimos toda nuestra incapacidad para intervenir. ¿Qué podemos hacer para no dejarnos absorber por esta espiral de horror y de impotencia?
En primer lugar, podemos orar en la comunión de la Iglesia terrenal y celestial. No olvidemos la fuerza de la oración de tantas personas. La iniciativa 24 horas para el Señor, que deseo que se celebre en toda la Iglesia —también a nivel diocesano—, en los días 13 y 14 de marzo, es expresión de esta necesidad de la oración.
En segundo lugar, podemos ayudar con gestos de caridad, llegando tanto a las personas cercanas como a las lejanas, gracias a los numerosos organismos de caridad de la Iglesia. La Cuaresma es un tiempo propicio para mostrar interés por el otro, con un signo concreto, aunque sea pequeño, de nuestra participación en la misma humanidad.
Y, en tercer lugar, el sufrimiento del otro constituye un llamado a la conversión, porque la necesidad del hermano me recuerda la fragilidad de mi vida, mi dependencia de Dios y de los hermanos. Si pedimos humildemente la gracia de Dios y aceptamos los límites de nuestras posibilidades, confiaremos en las infinitas posibilidades que nos reserva el amor de Dios. Y podremos resistir a la tentación diabólica que nos hace creer que nosotros solos podemos salvar al mundo y a nosotros mismos.
Para superar la indiferencia y nuestras pretensiones de omnipotencia, quiero pedir a todos que este tiempo de Cuaresma se viva como un camino de formación del corazón, como dijo Benedicto XVI (Ct. enc. Deus caritas est, 31). Tener un corazón misericordioso no significa tener un corazón débil. Quien desea ser misericordioso necesita un corazón fuerte, firme, cerrado al tentador, pero abierto a Dios. Un corazón que se deje impregnar por el Espíritu y guiar por los caminos del amor que nos llevan a los hermanos y hermanas. En definitiva, un corazón pobre, que conoce sus propias pobrezas y lo da todo por el otro.
Por esto, queridos hermanos y hermanas, deseo orar con ustedes a Cristo en esta Cuaresma: "Fac cor nostrum secundum Cor tuum": "Haz nuestro corazón semejante al tuyo" (Súplica de las Letanías al Sagrado Corazón de Jesús). De ese modo tendremos un corazón fuerte y misericordioso, vigilante y generoso, que no se deje encerrar en sí mismo y no caiga en el vértigo de la globalización de la indiferencia.
Con este deseo, aseguro mi oración para que todo creyente y toda comunidad eclesial recorra provechosamente el itinerario cuaresmal, y les pido que recen por mí. Que el Señor los bendiga y la Virgen los guarde.
Vaticano, 4 de octubre de 2014
Fiesta de san Francisco de Asís
http://www.romereports.com/homepage
Fue durante el encuentro con una delegación de la Iglesia Reformada de Escocia presidida por su líder el reverendo John Chalmers. El Papa dijo sentirse profundamente triste por la noticia.
El Pontífice llama al Papa Copto, Tawadros II, para expresarle sus condolencias. Mañana, día del funeral de las víctimas, se unirá espiritualmente a las oraciones y al dolor de la Iglesia Copta
DOMENICO AGASSO JR
ROMA
Asesinados solo porque eran cristianos. Papa Francisco no tiene ninguna duda sobre la suerte que corrieron los veinte coptos egipcios ajusticiados por el llamado Estado Islámico (EI). El Pontífice quiso expresar su «sentimiento hoy por la ejecución»: fueron asesinados «por el solo hecho de ser cristianos». «En la tierra de Jesús -denunció el Papa-, la sangre de nuestros hermanos cristianos es un testimonio que grita, sean católicos, ortodoxos, coptos, luteranos, no interesa, la sangre es la misma». Papa Bergoglio lo afirmó esta mañana antes de concluir la audiencia con el moderador de la Iglesia de Escocia (reformada) John Chalmers.
«Recordando a estos hermanos que murieron solo por confesar a Cristo», constatamos que «no se está deteniendo el ecumenismo de la sangre. Los mártires son de todos los cristianos», añadió en su discurso a John P. Chalmers, a quien Francisco llamó «hermano», que habló sobre «lo que sucede en la tierra de Jesús», en la que «la sangre de nuestros hermanos cristianos es testimonio de fe».
«La fe y el testimonio cristiano -dijo después Papa Bergoglio al final de la audiencia- se encuentran frente a tales desafíos que solamente uniendo nuestros esfuerzos podremos ofrecer un servicio eficaz a la familia humana y permitir que la luz de Cristo alcance cada rincón oscuro de nuestro corazón y de nuestro mundo. Que pueda el camino de reconciliación y de paz entre nuestras comunidades -exhortó- acercarnos cada vez más los unos a los otros, para que, movidos por el Espíritu Santo, podamos llevar a todos la vida y llevarla en abundancia». «Recemos los unos por los otros y continuemos -concluyó el Papa - caminando juntos en la vía de la sabiduría, de la benevolencia, de la fortaleza y de la paz».
Hoy por la tarde, según informó el director de la Sala de prensa de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi, Papa Francisco llamó por teléfono al Patriarca de la Iglesia Copta Ortodoxa, Tawadros II, «para manifestar su profunda participación en el dolor de la Iglesia copta por el reciente y bárbaro asesinato de cristianos coptos por parte de los fundamentalistas islamistas». El Papa aseguró sus oraciones e indicó que «mañana, día de la celebración de los funerales de las víctimas, se unirá espiritualmente a las oraciones y al dolor de la Iglesia Copta, en la celebración de la Eucaristía matutina», explicó Lombardi.
http://www.romereports.com/homepage
Como es habitual ante una plaza de San Pedro llena de fieles y peregrinos, el Obispo de Roma nos recordó en esta oportunidad que Jesús toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros tomamos de Él su humanidad sana y sanadora. “Esto ocurre cada vez que recibimos con fe un Sacramento: el Señor Jesús nos ‘toca’ y nos dona su gracia”, “nos cura de la lepra del pecado”.
El Papa notó que una vez más el Evangelio nos muestra qué cosa hace Dios frente a nuestro mal: no viene a “dar una lección” sobre el dolor; tampoco viene a eliminar del mundo el sufrimiento y la muerte; viene más bien a cargar sobre sí el peso de nuestra condición humana, a llevarla hasta el fondo, para librarnos de manera radical y definitiva. “Así Cristo combate los males y los sufrimientos del mundo: haciéndose cargo de ellos y venciéndolos con la fuerza de la misericordia de Dios”, puntualizó.
“El Evangelio de la curación del leproso nos dice que, si queremos ser verdaderos discípulos de Jesús, estamos llamados a convertirnos, unidos a Él, en instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación. Si el mal es contagioso, también lo es el bien. Por lo tanto, es necesario que abunde en nosotros, cada vez más, el bien. Dejémonos contagiar por el bien y contagiemos el bien.”
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos dias!
en estos domingos el evangelista Marcos nos está contando la acción de Jesús contra todo tipo de mal, a favor de los sufrientes en el cuerpo y en el espíritu: endemoniados, enfermos, pecadores… Él se presenta como aquel que combate y vence el mal en cualquiera lo encuentre. En el Evangelio de hoy (cfr Mc 1,40-45) ésta su lucha enfrenta un caso emblemático, porque el enfermo es un leproso. La lepra es una enfermedad contagiosa y despiadada, que desfigura a la persona, y que era símbolo de impureza: el leproso tenía que estar fuera de los centros habitados y advertir de su presencia a los pasantes. Estaba marginado de las comunidades civil y religiosa. Era como un muerto ambulante.
El episodio de la curación del leproso se desarrolla en tres breves pasajes: la invocación del enfermo, la respuesta de Jesús, las consecuencias de la curación prodigiosa. El leproso suplica a Jesús «de rodillas» y le dice: «si quieres, puedes purificarme» (v. 40). Ante esta oración humilde y confiada, Jesús reacciona con una actitud profunda de su alma: la compasión, y compasión es una palabra muy profunda: compasión significa “padecer-con-el otro”. El corazón de Cristo manifiesta la compasión paterna de Dios por aquel hombre, acercándose a él y tocándolo. Este detalle es muy importante. Jesús «extendió la mano y lo tocó … y en seguida la lepra desapareció y quedó purificado» (v. 41).
La misericordia de Dios supera toda barrera y la mano de Jesús toca al leproso. Él no se coloca a una distancia de seguridad y no actúa por poder, sino que se expone directamente alcontagio de nuestro mal; y así precisamente nuestro mal se convierte en el punto del contacto: Él, Jesús, toma de nosotros nuestra humanidad enferma y nosotros tomamos de Él su humanidad sana y sanadora. Esto ocurre cada vez que recibimos con fe un Sacramento: el Señor Jesús nos “toca” y nos dona su gracia. En este caso pensamos especialmente en el Sacramento de la Reconciliación, que nos cura de la lepra del pecado.
Una vez más el Evangelio nos muestra qué cosa hace Dios frente a nuestro mal: Dios no viene a “dar una lección” sobre el dolor; tampoco viene a eliminar del mundo el sufrimiento y la muerte; viene más bien a cargar sobre sí el peso de nuestra condición humana, a llevarlo hasta el fondo, para librarnos de manera radical y definitiva. Así Cristo combate los males y los sufrimientos del mundo: haciéndose cargo de ellos y venciéndolos con la fuerza de la misericordia de Dios.
Hoy, a nosotros, el Evangelio de la curación del leproso nos dice que, si queremos ser verdaderos discípulos de Jesús, estamos llamados a convertirnos, unidos a Él, en instrumentos de su amor misericordioso, superando todo tipo de marginación. Para ser “imitadores de Cristo” (cfr 1 Cor 11,1) frente a un pobre o a un enfermo, no debemos tener miedo de mirarlo a los ojos y de acercarnos con ternura y compasión, y de tocarlo y de abrazarlo. A menudo he pedido a las personas que ayudan a los demás, hacerlo mirándolas a los ojos, no tener miedo de tocarlos; que el gesto de ayuda sea también un gesto de comunicación: también nosotros tenemos necesidad de ser acogidos por ellos. Un gesto de ternura, un gesto de compasión … Yo les pregunto: ustedes, cuando ayudan a los demás, ¿los miran a los ojos? ¿Los acogen sin miedo de tocarlos? ¿Los acogen con ternura? Piensen en esto: ¿cómo ayudan, a la distancia o con ternura, con cercanía? Si el mal es contagioso, también lo es el bien. Por lo tanto, es necesario que abunde en nosotros, cada vez más, el bien. Dejémonos contagiar por el bien y ¡contagiemos el bien!
(Traducción del italiano: Raúl Cabrera, Radio Vaticano).
Después de rezar el ángelus, el Papa Francisco dirigió ante todo su deseo de serenidad y paz a todos los hombres y mujeres de Extremo Oriente y de diversas partes del mundo que se preparan a celebrar el año nuevo lunar.
Como explicó el mismo Pontífice, estas festividades les ofrecen la feliz ocasión de redescubrir y de vivir de modo intenso la fraternidad, que es vínculo precioso de la vida familiar y cimiento de la vida social. Y manifestó su deseo de que este regreso anual a las raíces de la persona y de la familia ayude a esos pueblos a construir una sociedad en la que se entrelazan relaciones interpersonales orientadas al respeto, a la justicia y a la caridad.
Además, el Papa Bergoglio saludó a los fieles romanos y peregrinos, especialmente a quienes viajaron a Roma para asistir al Consistorio y para acompañar a los nuevos Cardenales y agradeció la presencia de las delegaciones oficiales de diversos países que han querido estar presentes en este evento.
De los demás grupos presentes en la Plaza de San Pedro que también recibieron el saludo del Santo Padre destacamos los peregrinos procedentes de San Sebastián, Campo de Criptana, Orense, Pontevedra e Ferrol; los estudiantes de Campo Valongo y Oporto, en Portugal, y los procedentes de París, así como los miembros del Foro de las Instituciones Cristianas de Eslovaquia; los fieles holandeses de Buren; los militares estadounidenses procedentes de Alemania y las comunidades de venezolanos residentes en Italia.
Por último, al saludar a los jóvenes de diversas localidades italianas, muchos de ellos grupos escolares y de catequesis el Pontífice los animó a ser testigos gozosos y valerosos de Jesús en la vida de cada día.
Y tras desear a todos feliz domingo, el Santo Padre, como es costumbre, pidió a todos que por favor no se olviden de rezar por él, a lo que añadió su clásico “¡buen almuerzo y hasta la vista”!
Intensa y profunda homilía del Papa Francisco en la misa con los nuevos cardenales en la Basílica de San Pedro del Vaticano, recordando que la lógica de Dios indica la integración de los enfermos.
ANDRÉS BELTRAMO ÁLVAREZ
CITTÀ DEL VATICANO
Jesús no tuvo miedo “de los obtusos”, de quienes “se escandalizan de cualquier apertura”. Él fue al encuentro de los marginados, los heridos y los condenados. Así indicó el camino de la Iglesia: Misericordia e integración. Salvar a los lejanos, curar las heridas de los enfermos, reintegrar a todos en la familia de Dios. Sin importar las resistencias y la hostilidad. He ahí el desafío de los cristianos hoy. “En el evangelio de los marginados nos jugamos nuestra credibilidad”.
Un discursos intenso y profundo. En la homilía de la misa que celebró con los nuevos cardenales, la mañana de este domingo en la Basílica de San Pedro, el Papa Francisco compartió quizás la reflexión más importante de su pontificado. Partió del pasaje bíblico de la curación del leproso para explicar la verdadera prioridad de la Iglesia: Como Jesús, involucrarse en el dolor y la necesidad de la gente enferma. Tocar con mano sus llagas, sin dejarse limitar por los prejuicios o la mentalidad dominante, “sin preocuparse para nada del contagio”.
“Jesús responde a la súplica del leproso sin dilación y sin los consabidos aplazamientos para estudiar la situación y todas sus eventuales consecuencias. Para Jesús lo que cuenta, sobre todo, es alcanzar y salvar a los lejanos, curar las heridas de los enfermos, reintegrar a todos en la familia de Dios. Y eso escandaliza a algunos”, señaló.
“Jesús no tiene miedo de este tipo de escándalo. Él no piensa en las personas obtusas que se escandalizan incluso de una curación, quese escandalizan de cualquier apertura, a cualquier paso que no entre en sus esquemas mentales o espirituales, a cualquier caricia o ternura que no corresponda a su forma de pensar y a su pureza ritualista. Él ha querido integrar a los marginados, salvar a los que están fuera del campamento”, agregó.
Según el Papa, se trata de dos lógicas “de pensamiento y de fe”. Una, el miedo a perder a los salvados; la otra, el dese de salvar a los perdidos. Y constató que también en la actualidad existe, para la Iglesia, la encrucijada de estas dos lógicas: Aquella de “los doctores de la ley”, que lleva a alejarse del peligro apartándose de la persona contagiada; o la “lógica de Dios” que, con su misericordia, abraza y acoge reintegrando y transfigurando el mal en bien, la condena en salvación y la exclusión en anuncio.
Sostuvo que esas dos lógicas recorren toda la historia de la Iglesia, que se debate entre marginar y reintegrar. Como san Pablo, que llevó el mensaje de Cristo hasta los extremos confines de la tierra, escandalizando, y encontró “una fuerte resistencia y una gran hostilidad”, sobre todo “de parte de aquellos que exigían una incondicional observancia de la ley mosaica, incluso a los paganos convertidos”.
Pero advirtió que el camino de la Iglesia es siempre el camino de Jesús, el de la misericordia y de la integración. Insistió que eso no quiere decir menospreciar los peligros o “hacer entrar los lobos en el rebaño”, sino acoger al hijo pródigo arrepentido, sanar con determinación y valor las heridas del pecado, actuar decididamente y no quedarse mirando de forma pasiva el sufrimiento del mundo.
“El camino de la Iglesia es el de no condenar a nadie para siempre y difundir la misericordia de Dios a todas las personas que la piden con corazón sincero; el camino de la Iglesia es precisamente el de salir del propio recinto para ir a buscar a los lejanos en las ‘periferias’ de la existencia; es el de adoptar integralmente la lógica de Dios; el de seguir al maestro que dice: No necesitan médico los sanos, sino los enfermos. No he venido a llamar a los justos, sino a los pecadores a que se conviertan”, ponderó.
La homilía fue particularmente larga, a diferencia de la costumbre del Papa. Un discurso articulado, bien fundamentado, con numerosas citas bíblicas. Francisco dejó por un momento el lenguaje sencillo y habló desde la fuerza de las escrituras.
Para él Jesús revolucionó y sacudió la mentalidad de su época, que estaba cerrada por el miedo y recluida en los prejuicios. Al curar al leproso rompió con la costumbre arraigada de considerarlo un condenado y obligarlo a vivir fuera de las ciudades, en campamentos a los cuales nadie se podía acercar.
Abundó que “curando al leproso, Jesús no hace ningún daño al que está sano, es más, lo libra del miedo; no lo expone a un peligro sino que le da un hermano; no desprecia la ley sino que valora al hombre, para el cual Dios ha inspirado la ley. En efecto, Jesús libra a los sanos de la tentación del ‘hermano mayor’ y del peso de la envidia y de la murmuración de los trabajadores que han soportado el peso de la jornada y el calor”.
Y aclaró que la caridad no puede ser neutra, indiferente, tibia o imparcial; ella contagia, apasiona, arriesga y compromete. Porque la caridad verdadera siempre es inmerecida, incondicional y gratuita. La caridad es creativa en la búsqueda del lenguaje adecuado para comunicar con aquellos que son considerados incurables y, por lo tanto, intocables. El contacto es el auténtico lenguaje que transmite, fue el lenguaje afectivo, el que proporcionó la curación al leproso.
A los cardenales les recordó que la lógica de Jesús es el camino de la Iglesia, que implica no sólo acoger e integrar, con valor evangélico, a aquellos que “llaman a la puerta”, sino también ir a buscar, sin prejuicios y sin miedos, a los lejanos, manifestándoles gratuitamente aquello que también nosotroshemos recibido gratuitamente.
Invocó a la Virgen María para que enseñe a todos los cristianos a no tener miedo de acoger con ternura a los marginados, a no tener miedo de la ternura y de la compasión, les conceda paciencia para acompañarlos en su camino, sin buscar los resultados del éxito mundano.
“Os exhorto a servir a la Iglesia, en modo tal que los cristianos – edificados por nuestro testimonio – no tengan la tentación de estar con Jesús sin querer estar con los marginados, aislándose en una casta que nada tiene de auténticamente eclesial”, llamó.
Aseguró: “No descubrimos al Señor, si no acogemos auténticamente al marginado. Recordemos siempre la imagen de san Francisco que no ha tenido miedo de abrazar al leproso y de acoger aquellos que sufren cualquier tipo de marginación. En realidad, sobre el evangelio de los marginados, se juega, se descubre y se revela nuestra credibilidad”.
http://vaticaninsider.lastampa.it
Benedicto XVI «tiene algunos problemas en las piernas», pero «su cabeza funciona perfectamente», dijo Mons. Gänswein. En las últimas semanas «ha vuelto a tocar el piano con frecuencia». «Sobre todo Mozart, pero también otras piezas que le vienen a la cabeza, que toca de memoria», precisó.
El secretario del papa emérito describe un ritmo de vida «muy metódico»: levantarse a las 7.45, «un poco más tarde que antes», misa, breviario, desayuno, oración, lectura, correspondencia, y «a veces, visitas». El resto del día, lo reparte entre paseos, oración, lectura y las noticias de Italia.
Joseph Ratzinger ha elegido «un estilo de vida monacal. Sólo sale cuando el papa Francisco se lo pide. No acepta otras invitaciones», afirmó Mons. Gänswein.
El papa emérito y su sucesor «son diferentes, a veces muy diferentes». «Pero tienen en común «la sustancia, el «depositum fidei» (el contenido de la fe), que deben anunciar, defender y promover», indico el arzobispo.
Además, volvió a despejar interrogantes sobre la renuncia del papa alemán: «Benedicto XVI está convencido de que la decisión que tomó y comunicó fue correcta. No tiene ninguna duda de ello».
Y en italiano añadió que "no tener hijos es una elección egoista”. Estas palabras del Papa cobran un valor añadido si damos un paso atrás y nos situamos en el vuelo de regreso del viaje a Filipinas y Sri Lanka, el pasado 19 de enero.
No son pocos los que todavía piensan que el Papa situó entonces en tres el número ideal de hijos por familia. Así fue presentado, al menos, por bastantes medios informativos un comentario de Francisco durante el encuentro que sostuvo con los periodistas en el avión. Leyendo la transcripción, sin embargo, resulta claro que el Papa cita el tres como número necesario para el recambio de población: "creo que el número de tres hijos por familia, que usted menciona, según dicen los técnicos, es importante para mantener la población. Tres por pareja. Cuando se baja de esta media, se va al otro extremo, como sucede en Italia, donde he oído –no sé si será verdad– que en 2024 no habrá dinero para pagar las pensiones”.
En esa conversación, recordando la encíclica “Humanae vitae”, de Pablo VI, el Papa usó también una expresión de color (“conejo”), que se reprodujo y presentó casi como si Francisco se burlara de las familias numerosas. Sus palabras, sin embargo, fueron: "algunos creenque, para ser buenos católicos, tenemos que ser –perdonen la expresión– como conejos. No. Paternidad responsable". El hecho es que al informar de esos dos comentarios, algunos medios propagaron esa interpretación e incluso -forzando un poco más la cosa- hablaron de un “giro” del Papa sobre la cuestión de los hijos y los nacimientos.
Al propio Papa sorprendió la interpretación que se había hecho de sus palabras, según relató al día siguiente el sustituto de la Secretaría de Estado, mons. Angelo Becciu, y le dolió especialmente la desorientación que se podía haber producido entre las mismas familias. Desde entonces, se diría que no desaprovecha la ocasión para alentar a las familias numerosas y ponerlas como ejemplo de generosidad. La audiencia general de hoy, dedicada a los hijos, ha sido otra ocasión.
http://www.laiglesiaenlaprensa.com
En su defensa de los más débiles, como los concebidos y no nacidos o los que padecen injustas desigualdades sociales, y en su participación ciudadana con todas las personas de buena voluntad, los cristianos deben mostrar una actitud no de pura polémica, sino de clarividencia, que procede de la propia coherencia en el compromiso con Dios y con los demás. Esto no es posible hoy sin una vida espiritual intensa, que nada tiene que ver con intimismos o espiritualismos. Así lo enseña con claridad el Papa Francisco.
Una evangelización con espíritu significa que el evangelizador debe tener su corazón ardiendo en el fuego del Espíritu Santo, “ya que Él es el alma de la Iglesia evangelizadora” (n. 261). A partir de ahí el Papa explica cuáles pueden y deben ser las “motivaciones para un renovado impulso misionero”.
Evangelizar con Espíritu quiere decir “evangelizadores que oran y trabajan”. En esta perspectiva “no sirven ni las propuestas místicas sin un fuerte compromiso social y misionero, ni los discursos y praxis sociales o pastorales sin una espiritualidad que transforme el corazón” (n. 262).
En efecto, la unidad de vida del cristiano, en expresión de San Josemaría Escrivá, pide una intensa y sólida oración que se traduzca en ayudar a los demás en susnecesidades materiales y espirituales; como también toda praxis cristiana en favor de la justicia y de la caridad, del apostolado y de la promoción humana, pide una vida espiritual. Y para ello, tiempos concretos dedicados a la adoración de la Eucaristía, a la oración, a los sacramentos –la confesión de los pecados– y a la formación bíblica y litúrgica. La evangelización requiere que, primero y a la par, se transforme el corazón del creyente que ha de convertirse en evangelizador. Son luces claras para la educación en la fe.
Respecto a la necesaria relación entre la espiritualidad y la preocupación por los demás, ya advertía Juan Pablo II: “Se deberechazar la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad y con la lógica de la Encarnación” (Carta Novo millennio ineunte, 6-I-2001), n. 52. Si la vida espiritual no lleva a entregar la vida en la misión (cada uno según sus propias condiciones de vida), se trataría de una falsa espiritualidad. Los educadores cristianos deben tomar nota para enfocar adecuadamente su tarea.
Francisco evoca el ejemplo de los primeros cristianos y de los santos, a lo largo de la historia. No cabe aducir que ahora es más difícil, pues cada época tiene sus propias dificultades. Propone cuatro motivaciones para evangelizar hoy.
En primer término el encuentro personal con Jesucristo es lo que sobre todo enciende en el deseo de comunicarlo. Si no es así, escribe el Papa Francisco, entonces “nos hace falta clamar cada día, pedir su gracia para que nos abra el corazón frío y sacuda nuestra vida tibia y superficial” (n. 264). Y por eso nos aconseja meditar el Evangelio y contemplarlo con amor, leerlo con el corazón. Con ese “espíritu contemplativo” nos reforzaremos en la convicción de que “no hay nada mejor para transmitir a los demás” (Ibid.); pues, subraya, el Evangelio verdaderamente “responde a las necesidades más profundas de las personas” (n. 265) y de los pueblos.
“Toda la vida de Jesús –observa el Papa–, su forma de tratar a los pobres, sus gestos, su coherencia, su generosidad cotidiana y sencilla, y finalmente su entrega total, todo es precioso y le habla a la propia vida” (Ibid.).
Señala el Papa que la convicción de que con Cristo nos viene lo que realmente necesitamos, solamente “se sostiene con la propia experiencia, constantemente renovada, de gustar su amistad y su mensaje” (n. 266). Aquí cabe subrayar de nuevo el esfuerzo personal que hemos de poner cada uno para dedicar el tiempo necesario a la oración, a los sacramentos –la confesión de los pecados, la participación en la Eucaristía– y a la formación cristiana; en esto juegan un papel importante los retiros espirituales, las convivencias o jornadas de estudio. Nada de esto debería resultar extraño entre los cristianos y sus familias, escuelas, parroquias, etc.
Así comprobamos, continúa el Papa, que no es lo mismo conocer a Jesucristo, contemplarlo, adorarlo, descansar en él, tratar de construir el mundo con su Evangelio, que no hacerlo. Si no se descubre a Cristo presente en el corazón mismo de la tarea evangelizadora, decae la fuerza y la pasión. “Y –señala– una persona que no está convencida, entusiasmada, segura, enamorada, no convence a nadie” (Ibid.). En definitiva, la gloria de Dios Padre, en unión con su Hijo Jesucristo, es la primera y fundamental motivación para la evangelización. Y hablando de educación, cabría notar que todo ello debe acontecer primero en el educador mismo.
Segundo, lo que el Papa llama “el gusto espiritual de ser pueblo”. Con esta expresión se refiere al gozo que tendríamos que experimentar al participar de la miradade Jesús y su deseo de estar cerca de la gente, de salvar a su pueblo. Cautivados por su comportamiento con unos y otros, hasta la cruz –que culmina el estilo que marcó toda su existencia– “deseamos integrarnos a fondo en la sociedad, compartimos la vida con todos, escuchamos sus inquietudes, colaboramos material y espiritualmente con ellos en sus necesidades, nos alegramos con los que están alegres, lloramos con los que lloran y nos comprometemos en la construcción de un mundo nuevo, codo a codo con los demás. Pero no por obligación, no como un peso que nos desgasta, sino como una opción personal que nos llena de alegría y nos otorga identidad” (n. 269).
Al igual que en otras ocasiones, Francisco nos invita a acercarnos a las llagas del Señor en los que sufren: “que toquemos la miseria humana, que toquemos la carne sufriente de los demás”. Esto requiere rechazar el distanciarse de los demás, el refugiarse en cobertizos personales o comunitarios, que nos impiden complicarnos maravillosamente la vida por los demás. Y todo esto, advierte, “no es la opinión de un Papa ni una opción pastoral entre otras posibles; son indicaciones de la Palabra de Dios tan claras, directas y contundentes que no necesitan interpretaciones que le quiten fuerza interpelante” (n. 271). De aquí que cada familia, cada parroquia, cada escuela y cada grupo eclesial debería examinar periódicamente cómo impulsar las obras de misericordia.
Solo podemos descubrir a Dios si abrimos los ojos a los demás. Por eso se nos invita incluso a salir de lo que pueden ser unos esquemas espirituales limitados: “Uno no vive mejor si escapa de los demás, si se esconde, si se niega a compartir, si se resiste a dar, si se encierra en la comodidad. Eso no es más que un lento suicidio” (n. 272). Cada cristiano debe sentir como grabada a fuego esta misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar a otros: “Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo” (n. 273), escribe el Papa como apelando a que el cristiano sea otro Cristo. ¿Educamos así desde la primera comunión, reforzando su propio contenido, que con frecuencia queda oscurecido por los gastos del banquete, regalos, vestidos, etc.?
En tercer lugar, la acción misteriosa del Resucitado y de su Espíritu es lo que permite salir del pesimismo, del fatalismo y de la desconfianza; no encerrarse en la comodidad y la flojera, la tristeza insatisfecha y el vacío egoísta. No caben actitudes tibias, porque la fuerza de la resurrección del Señor ha penetrado el mundo y hace renacer cada día la belleza en él.
Lo que vence las dificultades es la fe hecha vida, a base de oración y de trabajo por Dios y por los demás: “creerle a Él, creer que es verdad que nos ama, que vive, que es capaz de intervenir misteriosamente, que no nos abandona, que saca bien del mal con su poder y con su infinita creatividad” (n. 278).
La vida junto a Dios –señala el Papa– da frutos, pero no hay que pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Hay que trabajar por Dios, sabiendo descansar en Él, dejando que Él haga fecundos nuestros esfuerzos, confiando en el Espíritu Santo que nos ilumina y nos guía, nos orienta y nos impulsa hacia donde quiere.
Finalmente, y porque vivimos una misma vida con Cristo, a la que están llamadas todas las personas, “la fuerza misteriosa de la intercesión” es también una motivación poderosa para la evangelización. Pedir por los demás y dar gracias por ellos es siempre eficaz. Esto puede verse, por ejemplo, en la película “Cartas al padre Jacob” (K. Härö, 1999), donde, con gran belleza y sobriedad, se presenta la figura de un pastor luterano que se entrega en su tarea de rezar por quienes le escriben.
En definitiva, las enseñanzas del Papa Francisco sobre las motivaciones para la evangelización deben estar muy presentes en los ámbitos familiares y educativos, de una forma realista, y comenzando siempre por los educadores (padres y madres, maestros, catequistas, etc.). Una garantía para esto es fijarnos en cómo todo ello lo prefigura y lo protege María, estrella de la nueva evangelización. Con ella se redescubre “lo revolucionario de la ternura y del cariño”.
Dijo que cada uno es único e irrepetible y que la experiencia de ser hijo ayuda a conocer a Dios.
Subrayó que una sociedad en donde no hay hijos es una sociedad deprimida porque no piensa en el futuro.
Queridos hermanos y hermanas:
Siguiendo la serie de catequesis sobre la familia, hoy quisiera hablarles de los hijos como don de Dios para los padres y la sociedad. Un hijo es amado por ser hijo: no porque sea bello, sano, bueno; no porque piense igual que yo, o encarne mis deseos. Todos hemos sido hijos. Ser hijos nos permite descubrir la dimensión gratuita del amor, de ser amados antes de haber hecho nada para merecerlo, antes de saber hablar o pensar, e incluso antes de venir al mundo.
Es una experiencia fundamental para conocer el amor de Dios, fuente última de este auténtico milagro. Además, este amor nos da fuerza para afrontar la vida sin miedo, construir un mundo nuevo, ser mejores cada día sin arrogancia, ni presunción.
El cuarto mandamiento que nos pide "honrar al padre y a la madre” está a la base de cualquier otro tipo de respeto entre los hombres. Una sociedad que descarta a sus mayores es una sociedad sin dignidad, pierde sus raíces y se marchita; y una sociedad que no se rodea de hijos, que los considera un problema, un peso, no tiene futuro. La concepción de los hijos debe ser responsable, pero el simple hecho de tener muchos hijos no puede ser visto como una decisión irresponsable. La vida rejuvenece y cobra nuevas fuerzas multiplicándose. Los hijos crecen compartiendo alegrías y sacrificios. En el sucederse de las generaciones se realiza el designio amoroso de Dios sobre la humanidad.
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los fieles de Mallorca, acompañados de su Obispo, Mons. Javier Salinas Viñals, así como a los grupos provenientes de España, Colombia, Argentina, México y otros países latinoamericanos. Que la Inmaculada Virgen María, Nuestra Señora de Lourdes, conceda a todos sus hijos consuelo y fortaleza para crecer en el amor y caminar juntos hasta la meta del cielo. Muchas gracias.
http://www.romereports.com/homepage
Dijo que un cristiano no puede quedarse sentado.
"Los cristianos sentados, los cristianos quietos no conocerán el rostro de Dios: no lo conocen. Muchos dicen: ‘Dios es así, así…’, pero no lo conocen. Para caminar es necesaria esa inquietud que el mismo Dios ha puesto en nuestro corazón y que te lleva a buscarlo”.
En la misa estuvo presente el Consejo de cardenales que se reúne estos días en el Vaticano para abordar la simplificación de la Curia.
(Fuente: Radio Vaticana)
"Quien no se pone en camino, jamás conocerá la imagen de Dios, jamás encontrará el rostro de Dios. Los cristianos sentados, los cristianos quietos no conocerán el rostro de Dios: no lo conocen. Dicen: ‘Dios es así, así…’, pero no lo conocen. Los quietos. Para caminar es necesaria esa inquietud que el mismo Dios ha puesto en nuestro corazón y que te lleva adelante a buscarlo”.
"En el Evangelio, Jesús encuentraa gente que tiene miedo de ponerse en camino y que se adapta con una caricatura de Dios. Es un falso documento de identidad. Estos no-inquietos han hecho callar la inquietud del corazón, pintan a Dios con mandamientos y se olvidan de Dios: ‘Ustedes, descuidando el mandamiento de Dios, observan la tradición de los hombres’, y así se alejan de Dios, no caminan hacia Dios y cuando les falta la seguridad, inventan o hacen otro mandamiento”.
"Hoy la liturgia nos hace reflexionar sobre estos dos textos: dos documentos de identidad. El que todos nosotros tenemos, porque el Señor nos ha hecho así, y el que nos dice: ‘Ponte en camino y tú tendrás conocimiento de tu identidad, porque tú eres imagen de Dios, eres hecho a imagen de Dios. Ponte en camino y busca a Dios’. Y el otro: ‘No, tranquilo: cumple todos estos mandamientos y esto es Dios. Éste es el rostro de Dios’. Que el Señor nos dé a todos la gracia del coraje de ponernos siempre en camino, para buscar el rostro del Señor, aquel rostro que un día veremos pero que aquí, en la Tierra, debemos buscar”.
http://www.romereports.com/homepage
La Sábana Santa, también conocida como la Síndone, es el trozo de tela que envolvió el cuerpo de Jesucristo tras su crucifixión. El tejido tiene impreso el rostro y el cuerpo maltratados de un hombre que coincide con la descripción del Señor.
En declaraciones a Radio Vaticano, el experto afirmó que como fiel de la Iglesia Católica “estoy extremadamente interesado, porque si como creo, la Sábana es verdadera, todos los signos presentes en la imagen concuerdan con la Pasión y la muerte de Jesucristo. Por tanto, esto nos debería hacer reflexionar sobre la veracidad de este tejido, la cual suele ser puesta en duda por muchas personas”.
Por otro lado, como científico y experto en física, aseguró que le desborda la curiosidad por explicar su naturaleza de la Sábana Santa. “Es todo realmente fascinante, porque cuando no se consigue resolver un problema, nos gusta llegar hasta el final hasta encontrar las razones del por qué de este fenómeno”, expresó.
El experto señaló que están buscando nuevos métodos para dar una explicación a la creación de la imagen, y aunque se ha llegado a la conclusión de qué la habría formado un “flash” fuera de lo común, todavía la ciencia no ha podido explicar el origen de esta intensa luz.
“Mis estudios como físico me han permitido hacer diversas hipótesis sobre la posibilidad de que la imagen se debiera a una explosión de energía. Y esta hipótesis fue verificada en un laboratorio con el uso de fuentes láser muy particulares”.
“Después de un largo trabajo, hemos demostrado que en realidad, en determinadas condiciones estas fuentes pueden producir las imágenes símiles al sudario. Está claro que estas fuentes se simulaba una explosión de luz. Por tanto, que un rayo de luz haya creado esta sábana ha sido corroborado por medidas científicas de cierto peso”, dijo.
Según la historia de la Iglesia, los primeros cristianos llevaron consigo la Sábana para preservarla de la persecución. Desde Jerusalén y a lo largo de los siglos, atravesaron Edesa, Constantinopla, Atenas, Lirey, Chambery y finalmente, llegaron a Turín, donde hoy día, ha sido objeto de numerosas investigaciones, y donde han encontrado que este recorrido descrito por la historia de la Iglesia, coincide con la procedencia de los 57 tipos de polen que aparecen incrustados en el tejido.
Las investigaciones demuestran que este recorrido descrito por la historia coincide con la procedencia de los 57 tipos de polen que incrustados en el tejido.
Durante su permanencia en Francia, en el año 1632, la Sábana fue recuperada de a un incendio en Francia. Esto no permite a los científicos de hoy día datar con seguridad su origen, ya que los cambios químicos que se producen en una reacción química como la combustión, falsean los resultados de la prueba de datación con Radio C-14.
Estudios en tejidos del siglo primero expuestos a las mismas condiciones físicas y químicas que sufrió la sábana, demostraron que tras la prueba de C-14, variaban su datación en diversos siglos, además con resultados muy cercanos a los probados en la Sábana Santa, cuya datación la situarían en el siglo decimocuarto después de Cristo.
En referencia al Sudario de Turín, el Papa Francisco afirmó que “el hombre de la Sábana nos invita a contemplar a Jesús de Nazaret… y no empuja a subir al Monte del Calvario… a sumergirnos en el silencio elocuente del amor”.