Al finalizar la Santa Misa celebrada en la Basílica Vaticana, el 21 de abril de 2013, el santo padre Francisco se asomó a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para recitar el Regina Cæli con los fieles y peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro. A veces Jesús nos llama, nos invita a seguirlo, pero a lo mejor resulta que no nos damos cuenta de que es Él, así como le sucedió al joven Samuel".
CIUDAD DEL VATICANO, 21 de abril de 2013
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!
El Cuarto Domingo de Pascua se caracteriza por el evangelio del Buen Pastor --en el capítulo décimo de san Juan--, que se lee todos los años.
El pasaje de hoy narra estas palabras de Jesús: "Mis ovejas escuchan mi voz; yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano. El Padre, que me las ha dado, es más grande que todos, y nadie puede arrebatar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno". (10, 27-30). En estos cuatro versículos está todo el mensaje de Jesús, y es el núcleo central de su Evangelio: nos llama a participar de su relación con el Padre, y esta es la vida eterna.
Jesús quiere establecer una relación con sus amigos que sea el reflejo de la que Él mismo tiene con el Padre: una relación de recíproca pertenencia y de confianza mutua, en íntima comunión. Para expresar esta profunda armonía, esta relación de amistad, Jesús utiliza la imagen del pastor con sus ovejas: él las llama, y estas reconocen su voz, responden a su llamada y le siguen. ¡Es hermosa esta parábola!
El misterio de la voz es fascinante: pensemos que desde el vientre de nuestra madre aprendemos a reconocer su voz, y la del papá; por el tono de una voz percibimos el amor o el desprecio, el afecto o la fraldad. ¡La voz de Jesús es única! Si aprendemos a distinguir, Él nos guía en el camino de la vida, una vía que va más allá del abismo de la muerte.
Pero Jesús, en un momento dado, dice, refiriéndose a sus ovejas: "El Padre, que me las ha dado..." (Jn. 10, 29). Esto es muy importante, es un profundo misterio, que no es fácil de entender: sime siento atraído por Jesús, si su voz enciende mi corazón, es gracias a Dios Padre, que ha puesto en mí el deseo de amor, de verdad, de vida, y de belleza... ¡y Jesús es todo esto en plenitud!
Esto nos ayuda a comprender el misterio de la vocación, sobre todo de la llamada a una consagración especial. A veces Jesús nos llama, nos invita a seguirlo, pero a lo mejor resulta que no nos damos cuenta de que es Él, así como le sucedió al joven Samuel.
Hay muchos jóvenes hoy aquí en la plaza. Son ustedes muchos, ¿verdad? Se ve, ¡eso sí! Son tantos los jóvenes hoy en la plaza... Déjenme preguntarles esto: ¿Han escuchado a veces la voz del Señor, que a través de un deseo, una inquietud, los invitaba a seguirlos más de cerca? ¿Lo han escuchado? ¡No escucho…! ¡Bien!
¿Han tenido algún deseo de ser apóstoles de Jesús? La juventud hay que “meterla en juego” en pos de nobles ideales. ¿Piensan en esto? ¿Están de acuerdo? Pregúntale a Jesús lo que quiere de ti ¡y sé valiente! ¡Pregúntale!
Detrás y delante de toda vocación al sacerdocio o a la vida consagrada, siempre está la fuerte e intensa oración de alguien: de una abuela, un abuelo, de una madre, un padre, de una comunidad...
Por eso Jesús dijo: "Rueguen, pues, al Dueño de la mies -es decir, Dios Padre--, que envíe obreros a su mies" (Mt. 9,38). Las vocaciones nacen en la oración y de la oración; y solo en la oración pueden perseverar y dar fruto.
Me gustaría insistir hoy, que es el "Día Mundial de Oración por las Vocaciones". A que oremos especialmente por los nuevos sacerdotes de la diócesis de Roma, que he tenido la alegría de ordenar esta mañana. Eran diez jóvenes que dijeron sí a Jesús y han sido ordenados sacerdotes esta mañana.
E invoquemos la intercesión de María, que es la Mujer del "sí". Ella ha aprendido a reconocer la voz de Jesús, desde que lo llevaba en el vientre. Que María, nuestra Madre, ¡nos ayude a conocer cada vez mejor la voz de Jesús y a seguirla, para caminar en el camino de la vida!
Muchas gracias por el saludo... Pero también saluden a Jesús.
Griten: ¡Jesús, Jesús…!, ¡Fuerte!
El recuerdo que escribió el arzobispo de Buenos Aires después de la muerte de Juan Pablo II.
Si no recuerdo mal, era 1985. Una noche fui a rezar el Santo Rosario que dirigía el Santo Padre. Estaba delante de todos, de rodillas. El grupo era grande, veía al Santo Padre por la espalda y, poco a poco, me sumergí en la oración. No estaba solo: Oraba entre el pueblo de Dios al que yo pertenecía, y todos los que estaban allí, dirigidos por nuestro Pastor.
En el medio de la oración, me distraje, mirando la figura del Papa: su piedad, su devoción, ¡eran todo un testimonio! Y el tiempo se desvaneció, y empecé a imaginar el joven sacerdote, seminarista, el poeta, el trabajador, el niño de Wadowice… en la misma posición en que estaba en ese momento, orando Ave María tras Ave María. Su testimonio me impactó. Sentí que este hombre, elegido para dirigir la Iglesia, había recorrido un camino de regreso hasta su Madre del Cielo, un proceso iniciado desde su infancia.
Y allí me di cuenta de la densidad que tenían las palabras de la Madre de Guadalupe a San Juan Diego: “No temas, ¿no soy acaso tu madre?” Comprendí así la presencia de María en la vida del Papa, que no dejó de testimoniar nunca. Desde entonces recito todos los días los quince misterios del Rosario.
*Este recuerdo fue escrito por el entonces cardenal arzobispo de Buenos Aires para el número de la revista italiana “30Giorni” dedicado a la muerte de Papa Wojtyla (n. 4, abril de 2005, p. 43).
http://vaticaninsider.lastampa.it
Rodolfo Proietti fue el médico de Juan Pablo II. Fue el encargado de dirigir la operación que le salvó la vida después del atentado en 1981 y sus dos últimas estancias en el hospital Gemelli en el año 2005.
"¿Por qué se salvó del atentado? ¿Por nosotros los médicos o por otros medios? Esto no lo sabré nunca. Lo que sí destaco es que Juan Pablo II recuperó casi perfectamente su forma física. Recuerdo que siempre nos decía a los médicos: me fío de vuestra competencia y de la Divina providencia, o sea, que se fiaba, pero con reservas”.
Dice que lo más difícil era tratar a Juan Pablo II como a cualquier otro paciente. Si ser el médico de un Papa conlleva presión, más todavía en el caso de Juan Pablo II.
"Porque él quería saber exactamente todo. El por qué, el cómo, por qué de esa manera y quería tener la última palabra. Era así. Y al final era él quien decidía si sí o no”.
Rodolfo Proietti explica que una de las decisiones más difíciles de tomar fue la de practicarle la traqueotomía.
"El otorrino le dijo: 'Mire, Santidad. Que es una pequeña intervención'. Y él le respondió: 'Lo es para usted que la hace pero no para mí que la sufro'. Y nos preguntó si podría volver a hablar... Puede que no le hayamos dicho exactamente la verdad. FLASH Con la traqueotomía se puede hablar pero allí el problema era distinto. Fue una intervención paliativa porque al final no tenía fuerzas para hablar”.
Rodolfo Proietti dice que para todo su equipo médico, Juan Pablo II fue todo un ejemplo de fuerza de voluntad y determinación. Para él su voz era un instrumento de trabajo fundamental porque le permitía comunicar su misión y salir al encuentro de los demás. Un objetivo que cumplió hasta el último momento, hasta quedarse sin ella.
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Juan Pablo II tenía una gran capacidad comunicativa. Sus gestos, su sonrisa, su voz y lo que decía le permitían sintonizar inmediatamente con personas de cualquier parte del mundo.
"Participó en el teatro rapsódico, que era una forma de resistencia ante la ocupación nazi de Polonia, y esto seguramente le ha sido útil para esta relación no solamente con los medios de comunicación sino con el mundo”.
No sólo fue capaz de transmitir el mensaje del Evangelio cuando ya no podía usar su propia voz, sino que también se convirtió en el altavoz de muchos que no podían expresarse por sí mismos.
"Ha sido un Papa que ha dado voz a la Iglesia del silencio, sobre todo en la primera parte de su pontificado. No hay que olvidarse de que cuando es elegido todavía hay una Europa dividida en dos bloques y él ha contribuido de manera notable a la caída del Muro de Berlín”.
Juan Pablo II introdujo muchos elementos nuevos en su pontificado. Sin ir más lejos, su propia elección supuso una gran novedad dado que fue el primer Papa no italiano en cinco siglos. Algo similar sucede con Francisco, primer Papa de América Latina. En él, se pueden percibir rasgos de los dos futuros santos.
"Los parecidos con Juan XXIII son en esta cercanía a la gente, en este departir con todos, con los niños, con los enfermos y con Juan Pablo II esta voluntad de hablar a todas las personas, sin límites”.
El día 27 de abril la Iglesia volverá a estar en el centro de todas las miradas por un evento sin precedentes: la canonización de dos Papas. Cuatro pontifices podrían darse cita simultáneamente en el Vaticano, aunque cada uno de manera distinta: Juan Pablo II, Juan XXIII, Benedicto XVI y Francisco.
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En la Octava de Pascua, conocido como el “Lunes del Ángel”, el Papa Francisco rezó a mediodía la oración mariana del Regina Coeli, que sustituye en este tiempo pascual la antífona del Ángelus.
En esta ocasión el Santo Padre volvió a formular a cada uno su deseo de transcurrir en la alegría y en la serenidad el período que prolonga la alegría de la Resurrección de Cristo.
De hecho explicó que durante toda la semana podemos seguir intercambiándonos la felicitación pascual, como si fuera un único día; porque “es el gran día que hizo el Señor”.
Y añadió que el sentimiento dominante que transluce de los relatos evangélicos de la Resurrección es la alegría llena de estupor; a la vez que en la Liturgia revivimos el estado de ánimo de los discípulos por la noticia que las mujeres habían dado: ¡Jesús ha resucitado!
Por esta razón el Obispo de Roma invitó a que dejemos que esta experiencia, impresa en el Evangelio, se imprima también en nuestros corazones y se vea en nuestra vida irradiando el estupor gozoso del Domingo de Pascua en nuestros pensamientos, miradas, actitudes, gestos y palabras, sin que sea un maquillaje; porque es algo que viene desde dentro, de un corazón inmerso en la fuente de esta alegría, como el de María Magdalena, que lloró por la pérdida de su Señor y no creía a sus ojos, viéndolo resucitado.
Francisco añadió que quien experimenta esto se convierte en testigo de la Resurrección, porque en cierto sentido también hemos resucitado nosotros, lo que nos hace capaces de llevar un “rayo” de la luz del Resucitado en las diversas situaciones humanas, tanto en las felices, haciéndolas más bellas y preservándolas del egoísmo; como en las dolorosas, llevando serenidad y esperanza.
Y concluyó con la recomendación de que nos hará bien, esta semana, pensar en la alegría de María, la Madre de Jesús, que experimentó primero un dolor íntimo que le traspasó el alma; y después una alegría tan íntima y profunda, que la ha convertido en fuente de paz, consuelo, esperanza y misericordia.
Palabras de Francisco en el Lunes de Pascua
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! ¡Felices Pascuas! “Cristòs anèsti! – Alethòs anèsti!”, “¡Cristo ha resucitado! – ¡Verdaderamente ha resucitado!” ¡Está entre nosotros aquí!, en la plaza.
En esta semana podemos seguir intercambiándonos la felicitación pascual, como si fuera un único día. Es el gran día que hizo el Señor.
El sentimiento dominante que transluce de los relatos evangélicos de la Resurrección es la alegría llena de estupor; pero un estupor grande, pero la alegría que viene desde adentro; y en la Liturgia nosotros revivimos el estado de ánimo de los discípulos por la noticia que las mujeres habían dado: ¡Jesús ha resucitado! Nosotros lo hemos visto.
Dejemos que esta experiencia, impresa en el Evangelio, se imprima también en nuestros corazones y se vea en nuestra vida. Dejemos que el estuporgozoso del Domingo de Pascua se irradie en los pensamientos, en las miradas, en las actitudes, en los gestos y en las palabras… ojalá seamos así luminosos. ¡Pero esto no es un maquillaje! Viene desde dentro, de un corazón inmerso en la fuente de esta alegría, como el de María Magdalena, que lloró por la pérdida de su Señor y no creía a sus ojos viéndolo resucitado.
Quien hace esta experiencia se convierte en testigo de la Resurrección, porque en cierto sentido ha resucitado él mismo, ha resucitado ella misma. Entonces es capaz de llevar un “rayo” de la luz del Resucitado en las diversas situaciones: en las felices, haciéndolas más bellas y preservándolas del egoísmo; y en las dolorosas, llevando serenidad y esperanza.
En esta semana, nos hará bien tomar el libro del Evangelio y leer aquellos capítulos que hablan de la resurrección de Jesús; nos hará tanto bien tomar el libro y buscar los capítulos y leer aquello.
También nos hará bien, esta semana, pensar en la alegría de María, la Madre de Jesús. Así como su dolor fue tan íntimo, tanto que le traspasó su alma, del mismo modo su alegría fue íntima y profunda, y de ella los discípulos podían tomar. Habiendo pasado, a través de la experiencia de la muerte y de la resurrección de su Hijo, viste, en la fe, como la expresión suprema del amor de Dios, y el corazón de María se ha convertido en una fuente de paz, de consuelo, de esperanza y de misericordia.
Todas las prerrogativas de nuestra Madre derivan de aquí, de su participación en la Pascua de Jesús. Desde la mañana del viernes hasta la mañana del domingo, Ella no perdió la esperanza: la hemos contemplado como Madre de los dolores, pero, al mismo tiempo, como Madre llena de esperanza. Ella, la Madre de todos los discípulos, la Madre de la Iglesia y Madre de esperanza.
A Ella, testigo silencioso de la muerte y de la resurrección de Jesús, le pedimos que nos introduzca en la alegría pascual. Lo haremos con el rezo del Regina Coeli, que en el tiempo pascual sustituye la oración del Ángelus.
Después de rezar a la Madre de Dios, el Papa Francisco saludó a los presentes diciendo:
Dirijo un saludo cordial a todos ustedes, querido peregrinos venidos de Italia y de diversos países para participar en este encuentro de oración.
Acuérdense esta semana de tomar el Evangelio y buscar los capítulos en donde se habla de la resurrección de Jesús y de leer cada día un fragmento de aquellos capítulos. Nos hará bien en esta semana de la resurrección de Jesús.
A cada uno formulo el deseo de transcurrir en la alegría y en la serenidad este Lunes del Ángel, en el que se prolonga la alegría de la Resurrección de Cristo.
¡Feliz y santa Pascua a todos, buen almuerzo y hasta pronto!
Radio Vaticana
La Radio Vaticana recuerda el discurso que pronunció el entonces arzobispo de Buenos Aires para la beatificación de Juan Pablo II
El 27 de abril será canonizado Karol Wojtyla. Juan Pablo II siempre tuvo relaciones con Jorge Mario Bergoglio, a quien nombró en 1992 obispo y a quien creó cardenal en 2001. La Radio Vaticana recuerda, retomando fragmentos de dos homilías del entonces arzobispo de Buenos Aires sobre Juan Pablo II, que fue un Papa que no tuvo miedo, «porque vivió su vida contemplando al Señor Resucitado».
«El beato Juan Pablo nos dijo, repetidas veces ya desde el comienzo: “No tengan miedo” porque vivía contemplando a su Señor resucitado, él sabía que su Redentor vivía, él sabía que esas llagas abrevaban su corazón de pastor, que en esas llagas encontraba refugio y coraje, y nos lo quiso transmitir de entrada: “No tengan miedo”… Hace unos días, en una bellísima expresión, el arzobispo de Cracovia, Cardenal Dziwisz, refiriéndose a esta frase dijo: “aquel no tengan miedo (que pronunció el Papa) derribó dictaduras”», indicó hace dos años el entonces cardenal arzobispo de Buenos Aires, durante la homilía que pronunció con motivo de la misa de acción de gracias por la beatificación de Juan Pablo II en la Catedral Metropolitana. En esa misma ocasión, Bergoglio retomó la exhortación de Juan Pablo II dirigida a los fieles con la que les invitaba a abrir de par en par las puertas de su corazón a Cristo: «“¡No tengan miedo!”»

Seis años antes, el 4 de abril de 2005, al celebrar una misa en memoria de Su Santidad Juan Pablo II, Bergoglio también había indicado que «Juan Pablo simplemente fue coherente, nunca engañó, nunca mintió, nunca chicaneó. Juan Pablo se comunicó con su pueblo, con la coherencia de un hombre de Dios, con la coherencia de aquél que todas las mañanas pasaba largas horas en adoración, y porque adoraba se dejaba armonizar por la fuerza de Dios.
La coherencia no se compra, la coherencia no se estudia en ninguna carrera. La coherencia se va labrando en el corazón con la adoración, con la unción al servicio de los demás y con la rectitud de conducta».
Y el arzobispo terminó la homilía con estas hermosas palabras sobre su ahora predecesor: «Es un testigo. Termino repitiendo sus palabras: "Lo que necesita este siglo no son maestros son testigos".
Y en la encarnación del Verbo, Cristo es el testigo fiel. Hoy vemos en Juan Pablo una imitación de este testigo fiel. Y agradecemos que haya terminado su vida así, coherentemente, que haya terminado su vida siendo simplemente eso: un testigo fiel».
Prosiguiendo sus catequesis sobre el Credo, en el Año de la Fe, el Obispo de Roma, invitó a «dar testimonio del gozo de ser hijos de Dios, de la libertad que da el vivir en Cristo, que es la verdadera libertad». En su audiencia general de hoy, el Papa Francisco habló también en español y centro su catequesis enel tema : «El tercer día resucitó: sentido y alcance salvífico de la Resurrección. También esta mañana, acudieron a la Plaza de San Pedro numerosos peregrinos de tantos países del mundo.
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Queridos hermanos y hermanas:
Deseo reflexionar sobre el valor salvífico de la Resurrección de Jesús, en la que se funda nuestra fe y por la que hemos sido liberados del pecado y hechos hijos de Dios, generados a una vida nueva. Éste es el don más grande que recibimos del Misterio Pascual de Cristo. Dios nos trata como hijos, nos comprende, nos perdona, nos abraza y nos ama aun cuando nos equivocamos. Esta relación filial con el Señor debe crecer, ser alimentada cada día con la escucha de su Palabra, la oración, la participación en los Sacramentos y la práctica de la caridad. Comportémonos como hijos de Dios, sin desanimarnos por nuestras caídas, sintiéndonos amados por Él, sabiendo que Él es nuestra fuerza.
Ser cristianos no se reduce sólo a cumplir los mandamientos, es ser de Cristo, pensar, actuar, amar como Él, dejando que tome posesión de nuestra existencia para que la cambie, la trasforme, la libere de las tinieblas del mal y del pecado. A quien nos pida razón de nuestra esperanza, mostrémosle a Cristo Resucitado y hagámoslo con el anuncio de la Palabra, pero sobre todo con nuestra vida de resucitados.
Dios siempre es fiel
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, provenientes de España, Argentina, México y los demás países hispanoamericanos. En particular, al grupo de las diócesis de Galicia, con sus Obispos, así como a los sacerdotes del curso de actualización del Pontificio Colegio Español, y al grupo del Club Atlético San Lorenzo de Almagro, de Buenos Aires. Invito a todos a dar testimonio del gozo de ser hijos de Dios, de la libertad que da el vivir en Cristo, que es la verdadera libertad. Muchas gracias.
(Radio Vaticana) (Video: Romereports.com)
Francisco recuerda la narración fundamental de los primeros testigos que corrieron al sepulcro: «A los Apóstoles y a los discípulos les cuesta más creer, a las mujeres no»
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En su segunda audiencia general, en la Plaza San Pedro, el Papa Bergoglio habló de la Resurrección y de las narraciones evangélicas que describen las circunstancias del evento central de la fe cristiana. «Desde los primeros pasos de la Iglesia es clara y firme la fe en el Misterio de la Muerte y Resurrección de Jesús. Hoy, sin embargo, quisiera centrarme en la segunda, en los testimonios que toman la forma de un relato, que encontramos en los Evangelios. Sobre todo observamos que los primeros testigos de este evento fueron mujeres», explicó. Al amanecer, recordó el Papa, las mujeres fueron al sepulcro y lo encontraron vacío; después un ángel les habría anunciado la Resurrección.
«Las mujeres son llevadas por el amor y saben acoger este anuncio con fe: creen, y de inmediato lo transmiten, no lo tiene para sí mismas. Lo transmiten [...] En las profesiones de fe del Nuevo Testamento, como testigos de la Resurrección vienen recordados sólo los hombres, los Apóstoles, pero no las mujeres. Esto se debe a que, de acuerdo con la Ley judaica de aquel tiempo, las mujeres y losniños no podían dar un testimonio fiable, creíble. En los Evangelios, sin embargo, las mujeres tienen un papel primordial, fundamental. Aquí podemos ver un elemento a favor de la historicidad de la Resurrección: si se tratara de un hecho inventado, en el contexto de aquel tiempo no hubiera estado relacionado al testimonio de las mujeres. Los evangelistas, en cambio, simplemente se limitan a narrar lo que sucedió: las mujeres son los primeros testigos».
Y Bergoglio subrayó que «los primeros testimonios del nacimiento de Jesús son los pastores, gente sencilla y humilde. Y las primeras en ser testimonios de la Resurrección son las mujeres. Y ello es bello, es un poco la misión de las mujeres, de las mamás, de las abuelitas. Dar testimonio a sus hijos y nietos de que Jesús está vivo, vive ha resucitado. Mamás y mujeres ¡adelante con este testimonio! [...] esto nos hace reflexionar también sobre cómo las mujeres, en la Iglesia y en el camino de la fe, hayan tenido y sigan teniendo aún hoy un papel especial en el abrir las puertas al Señor, en seguirlo y en comunicar su Rostro, porque la mirada de fe necesita siempre la mirada sencilla y profunda del amor. A los Apóstoles y a los discípulos les cuesta más creer, a las mujeres no».
El Papa, al final de su discurso, citó una conclusión a la que han llegado muchos biblistas: «Todos los exégetasdeberían convenir», escribió Léon-Dufur, «en que la narración de la visita de las mujeres a la tumba no es, por lo menos en su origen, una narración apologética. De lo contrario, ¿por qué haber elegido como testimonio a las mujeres, las cuales, según las costumbres judías, no eran calificadas para ofrecer un testimonio jurídicamente cálido?».
«¿Es creíble que los discípulos hayan estado dispuestos a sufrir y a morir por una mentira que se ha convertido en leyenda?», se preguntó Peter Walker; «si pretendían crear una leyenda convincente, entonces tendríamos buenas razones para preguntarnos por qué habrían inverntado toda la historia de un Jesús resucitado que habría sido visto sobre todo por las mujeres, cuando sabían que muchos de sus escuchas judíos habrían rechazado instintivamente el testimonio de una mujer».
Efectivamente, no es un misterio que el judaísmo era entonces una religión bastante “machista”. El historiador judío Flavio Josefo, que nació después de la muerte de Cristo, en sus “Antigüedadades judaicas” (IV, 219) escribió que «El testimonio de las mujeres no debe tener ningún valor debido a la ligereza y atrevimiento de ese sexo». Es decir, las mujeres eran las que en la sociedad judía del primer siglo no podían ofrecer testimonios y en las narraciones de los cuatro Evangelios se convierten en testigos privilegiados. La palabra femenina, que ningún tribunal judío habría tomado en cuenta, se convierte en el apoyo de la fe de los primeros cristianos.
(Texto: Vatican Insider; Video: Romereports.com)
El papa Francisco presidió el Vía Crucis que se realizó en el Coliseo romano, sitio que había sido elegido en 1964 por Pablo VI para celebrar el rito como símbolo de la persecución a los primeros cristianos.
Cada Estación estuvo acompañada por las meditaciones que este año Francisco encargó escribir al arzobispo italiano de Campobasso, Giancarlo Maria Bregantini.
En las meditaciones, Bregantini afrontó asuntos de actualidad como "las injusticias que ha causado la crisis económica, con sus graves consecuencias sociales: precariedad, desempleo y despidos", como se puede leer en el texto ya publicado por el Vaticano.
Hubo un recuerdo a "todas las madres que sufren por sus hijos lejanos, por los jóvenes condenados a muerte, asesinados o enviados a la guerra, especialmente por los niños soldados".
Pero también, recordando el sufrimiento de María, se mencionó a las "madres que velan en la noche, con las luces encendidas, temblando por los jóvenes abrumados por la inseguridad o en las garras de la droga y el alcohol, especialmente las noches delsábado".
Meditaciones en las que también se "lloró" por "esos hombres que descargan sobre las mujeres la violencia que llevan dentro" y por todas las mujeres esclavizadas.
Tras el Via Crucis, el Papa pronunció algunas palabras.