El 30 de septiembre Francisco anunció la fecha de la canonización del Papa polaco, el próximo 27 de abril
1 de mayo, 2011
“Concedemos que el Venerable Siervo de Dios Juan Pablo II, Papa, a partir de este momento pueda ser llamado beato. Y que es posible celebrar su fiesta en los lugares y según las normas establecidas por la ley, cada año el 22 de octubre”.
El 30 de septiembre Francisco anunció la fecha de la canonización del Papa polaco, el próximo 27 de abril. El milagro que ha permitido canonizarlo ocurrió en Costa Rica el mismo día de su beatificación. Por eso este 22 de octubre será la tercera y última vez que se celebre la fiesta del Beato Juan Pablo II.
El año que viene por estas fechas será ya San Juan Pablo II.
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Ayer domingo, a las 12, el Santo Padre se asomó a la ventana del estudio del Palacio Apostólico Vaticano para recitar el Ángelus con los fieles y los peregrinos reunidos en la plaza de San Pedro.
Estas son las palabras del Papa antes de la oración mariana:
Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!,
En el Evangelio de hoy Jesús cuenta una parábola sobre la necesidad de rezar siempre, sin cansarse. La protagonista es una viuda que, a fuerza de suplicar a un juez deshonesto, consigue que él la haga justicia. Y Jesús concluye: si la viuda consiguió convencer a aquel juez, ¿queréis que Dios no nos escuche, si lo rezamos con insistencia? La expresión de Jesús es muy fuerte: "Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a él día y noche, aunque los haga esperar? (Lc 18, 7)
"Gritar día y noche" ¡hacia Dios! Nos toca esta imagen de la oración. Pero preguntémonos: ¿por qué Dios quiere esto? ¿Él no conoce ya nuestras necesidades? ¿Qué sentido tiene "insistir" con Dios?
Esta es una buena pregunta, que nos hace profundizar en un aspecto muy importante de la fe: Dios nos invita a rezar con insistencia no porque no sabe qué necesitamos, o porque no nos escucha. Al contrario, Él escucha siempre y conoce todo de nosotros, con amor. En nuestro camino cotidiano, especialmente en las dificultades, en la lucha contra el mal fuera y dentro de nosotros, el Señor no está lejos, está a nuestro lado; nosotros luchamos con Él al lado, y nuestra arma es precisamente la oración, que nos hace sentir su presencia junto a nosotros, su misericordia y también su ayuda. Pero la lucha contra el mal es dura y larga, requiere paciencia y resistencia - como Moisés, que debía tener los brazos alzados para hacer vencer a su pueblo (cfr Ex 17, 8-13) Y así: hay una lucha que llevar adelante cada día; pero Dios es nuestro aliado, la fe en Él es nuestra fuerza y la oración es la expresión de esta fe. Por eso Jesús nos asegura la victoria, pero nos pregunta: "Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra?" (Lc 18, 8) Si se apaga la fe, se apaga la oración y nosotros caminamos en la oscuridad, nos perdemos en el camino de la vida.
Aprendamos por tanto de la viuda del Evangelio a rezar siempre, sin cansarnos. Era buena esta viuda, sabía luchar por sus hijos, y pienso en tantas mujeres que luchan por su familia, que rezan, que no se cansan nunca. Un recuerdo hoy todos nosotros a estas mujeres que con su actitud nos dan un verdadero testimonio de bien, de valentía, de poder de la oración. Un recuerdo a ellas. Luchar, rezar siempre ¡Pero no para convencer al Señor a fuerza de palabras! ¡Él sabe mejor que nosotros qué necesitamos! Más bien la oración perseverante es expresión de la fe en un Dios que nos llama a combatir con Él, cada día, en cada momento, para vencer al mal con el bien.
Después de la oración del Ángelus, el santo padre ha dirigido a los presentes estas palabras:
¡Queridos hermanos y hermanas!
Hoy celebramos la Jornada Mundial Misionera. ¿Cuál es la misión de la Iglesia?. Difundir en el mundo la llama de la fe, que Jesús ha encendido en el mundo: la fe en Dios que es Padre, Amor, Misericordia. El método de la misión cristiana no es el proselitismo, sino el de la llama compartida que calienta el alma. Doy gracias a todos los que con la oración y la ayuda concreta apoyan la obra misionera, en particular la preocupación del obispo de Roma para la difusión del Evangelio. En esta Jornada estamos cerca a todos los misioneros y las misioneras, que trabajan mucho sin hacer ruido y dan la vida.
Cuando ya quedan pocas semanas para que concluya el Año de la Fe, presentamos algunas consideraciones de Javier Echevarría -Prelado del Opus Dei- acerca de la conveniencia de tener muy presente el ejemplo de los primeros cristianos, para aprender a comprometernos con nuestra fe.
Nos conviene volver a considerar la conducta de los Apóstoles y de nuestros primeros hermanos en la fe. Eran pocos, carecían de medios humanos, no contaban entre sus filas —así sucedió, al menos, durante mucho tiempo— con grandes pensadores o gentes de relieve público. Se desenvolvían en un ambiente social de indiferentismo, de carencia de valores, semejante, en muchos aspectos, al que nos toca ahora afrontar.
Sin embargo, no se amedrentaron. «Tuvieron una conversación maravillosa con todas las personas a las que encontraron, a las que buscaron, en sus viajes y peregrinaciones. No habría Iglesia, si los Apóstoles no hubieran mantenido ese diálogo sobrenatural con todas aquellas almas» (1). Mujeres y hombres, sus contemporáneos, experimentaron una profunda transformación al ser tocados por la gracia divina.
No se adhirieron simplemente a una nueva religión, más perfecta que las que ya conocían, sino que, por la fe, descubrieron a Jesucristo y se enamoraron de Él, del Dios-Hombre que se había entregado en sacrificio por ellos y había resucitado para abrirles las puertas del Cielo. Este hecho inaudito penetró con enorme fuerza en las almas de aquellos primeros, confiriéndoles una fortaleza a prueba de cualquier quebranto. «Ninguno ha creído a Sócrates hasta morir por su doctrina —anotaba sencillamente san Justino a mediados del siglo II—; pero, por Cristo, hasta los artesanos y los ignorantes han despreciado, no sólo la opinión del mundo, sino también el temor de la muerte» (2).
En un mundo que anhelaba ardientemente la salvación, sin saber dónde encontrarla, la doctrina cristiana se abrió paso como una luz encendida en medio de la obscuridad. Aquellos primeros supieron, con su comportamiento, hacer brillar ante sus conciudadanos esa claridad salvadora y se convirtieron en mensajeros de Cristo —sencillamente, con naturalidad, sin alardes llamativos— con la coherencia entre su fe y sus obras. «Nosotros no decimos cosas grandes, pero las hacemos» (3), escribió uno de ellos. Y cambiaron el mundo pagano.
En la Carta apostólica que dirigió a toda la Iglesia, en preparación del gran jubileo del año 2000, el beato Juan Pablo II explicaba que «en Cristo la religión ya no es un "buscar a Dios a tientas" (cfr. Hch 17, 27), sino una respuesta de fe a Dios que se revela: respuesta en la que el hombre habla a Dios como a su Creador y Padre; respuesta hecha posible por aquel Hombre único que es al mismo tiempo el Verbo consustancial al Padre, en quien Dios habla a cada hombre y cada hombre es capacitado para responder a Dios» (4).
Javier Echevarría (29.09.2012)
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El Papa Francisco centró laAudiencia General del miércoles en explicar qué significa ser apóstoles, ya que la Iglesia católica es también “apostólica”.
Ciudad del Vaticano, 16 octubre 2013
Después de haber tratado de la unidad, santidad y catolicidad de la Iglesia, tal como las define el Credo, el Papa ha abordado hoy su apostolicidad. Durante la catequesis de la audiencia general en la Plaza de San Pedro ha afirmado que “profesar que la Iglesia es apostólica significa subrayar el vínculo constitutivo que tiene con los apóstoles, con aquel pequeño grupo de doce hombres que Jesús llamó un día por su nombre, para que permaneciesen con él y para enviarlos a predicar. "Apóstol" es una palabra griega que significa "mandado, "enviado”.
“Los apóstoles fueron escogidos, llamados y enviados por Jesús para continuar su obra, es decir rezar, que es la primera tarea de un apóstol y segunda anunciar el Evangelio”, ha subrayado el pontífice, recordando que en los primeros años de la Iglesia, para que los apóstoles pudieran tener también tiempo para rezar, se instituyeron los diáconos que les ayudaban en la misión evangelizadora. “Y cuando pensamos en los sucesores de los apóstoles -ha añadido- los obispos, incluido el Papa, porque él también es obispo, tenemos que preguntarnos si este sucesor de los apóstoles, en primer lugar reza y después anuncia el Evangelio. Esto es ser apóstol y por eso la Iglesia es apostólica”.
La Iglesia es apostólica “porque está edificada sobre la predicación y la oración de los Apóstoles, en la autoridad que les dio Cristo mismo” ha dicho el Papa citando a San Pablo que, en la carta a los cristianos de Efeso, los compara con “piedras vivas que forman un edificio que es la Iglesia, y este edificio está fundado sobre los Apóstoles, como columnas y la piedra que sostiene todo es Jesús mismo. Sin Jesús no puede haber Iglesia, es la base, el fundamento. Los apóstoles vivieron con Jesús, escucharon sus palabras, compartieron su vida y sobre todo, fueron testigos de su muerte y resurrección. Nuestra fe, la Iglesia que Cristo quiso, no está fundada en una idea, en una filosofía, sino en Cristo mismo.. Y la Iglesia es como una planta que ha crecido a lo largo de los siglos... y ha dado frutos, pero sus raíces están firmemente plantadas en Él y la experiencia fundamental de Cristo que han tenido los Apóstoles, elegidos y enviados por Jesús,llega hasta nosotros”.
Pero, se ha preguntado Francisco: “¿Cómo puede llegar a nosotros lo que vivieron los Apóstoles con Jesús y lo que escucharon de El?”. Y ha dado la respuesta del Catecismo que afirma que la Iglesia es apostólica porque “guarda y transmite con la ayuda del Espíritu Santo que habita en ella, la enseñanza, el buen depósito, las sanas palabras oídas a los apóstoles”., es decir “conserva a través de los siglos, el precioso tesoro de la Sagrada Escritura, de la doctrina, de los sacramentos, del ministerio de los pastores, que nos permiten ser fieles a Cristo y participar de su misma vida. Es como un río que fluye en la historia...pero el agua que corre es siempre la que brota del manantial, de Cristo. El es el Resucitado, el Viviente y sus palabras no pasan, porque El no pasa. Está aquí, entre nosotros”.
Dirigiéndose a los miles de personas reunidas en la Plaza de San Pedro, el Santo Padre ha dicho: “¿Hemos pensado alguna vez en cómo la Iglesia a lo largo de estos siglos - a pesar de las dificultades, los problemas, las debilidades, nuestros pecados- nos transmite el mensaje auténtico de Cristo? ¿Nos da la confianza de que lo que creemos es realmente lo que Cristo nos dijo?”.
Por último, la Iglesia es apostólica porque “está enviada a llevar el Evangelio a todo el mundo. Continúa en el camino de la historia la misma misión que Jesús confió a los apóstoles: " Id, pues, y haced discípulos a todas las naciones... Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo ". Insisto en este aspecto del carácter misionero, porque Cristo invita a todos a "salir” al encuentro de los demás, ¡nos envía, nos piden que salgamos a llevar la alegría del Evangelio!”
“La Iglesia -ha concluido- hunde sus raíces en las enseñanzas de los Apóstoles, verdaderos testigos de Cristo, pero mira al futuro, tiene la firme conciencia de ser enviada por Cristo, de ser misionera, llevando el nombre de Jesús con la oración, el anuncio, el testimonio. Una Iglesia que se encierra en sí misma, en el pasado, una Iglesia que mira sólo las pequeñas reglas rutinarias traiciona su identidad”.
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Rome Reports
Lo afirmó el Papa en la misa en Casa Santa Marta Santa Marta.
11 de octubre, Ciudad del Vaticano (Vatican Insider)
Papa Francisco volvió a hablar sobre el demonio e invitó a tomar seriamente las Escrituras que hablan sobre él. Bergoglio lo hizo durante la misa matutina en la Capilla de la Casa Santa Marta, al comentar el pasaje del Evangelio de Lucas en donde se lee que Jesús aleja al demonio ante la incomprensión de sus seguidores.
«Hay algunos sacerdotes –dijo el Papa– que cuando leen este pasaje del Evangelio, este y otros, dicen: “Pero, Jesús curó a una persona de una enfermedad mental”. No leen esto aquí, ¿no? Es cierto que en aquella época se podía confundir una epilepsia con la posesión del demonio –continuó Francisco, según lo que indicó la Radio Vaticana–, pero también es cierto que existía el demonio. Y nosotros no tenemos derecho de hacer tan sencilla la cosa, como para decir: “Todos estos no eran endemoniados, eran enfermos psíquicos”. ¡No! La presencia del demonio está en la primera página de la Biblia y la Biblia termina también con la presencia del demonio, con la victoria de Dios sobre el demonio».
Sorprende la invitación que hizo Bergoglio a no menospreciar ni confundir la acción del diablo con las enfermedades mentales. Francisco pidió a los cristianos que no sean «ingenuos» ante los intentos para encontrar explicaciones que disminuyan «la fuerza del Señor». Una tentación bastante común que lleva a menospreciar la figura de Jesús como si fuera un «curador» al que no hay que tomar tan seriamente. Una conducta, denunció el Papa, que ha «llegado a nuestros días».
El Papa indicó tres vías para «resistir» al maligno. «No confundir la verdad. Jesús lucha en contra del diablo: primer criterio. Segundo criterio: quien no está con Jesús está en contra de Jesús. No hay actitudes a medias. Tercer criterio: la vigilancia sobre nuestro corazón, porque el demonio es astuto», aunque cuando llegue el último día será derrotado para siempre.
Bergoglio invitó a los cristianos a la «vigilancia, porque su estrategia es esa: “Tú te hiciste cristiano, sigues en tu fe, yo te dejo, te dejo tranquilo. Pero luego, cuando te has acostumbrado y no estás tan atento y te sientes seguro, yo vuelo”. ¡El Evangelio de hoy comienza con el demonio derrotado y acaba con el demonio que vuelve! San Pedro lo decía: “Es como un león feroz, que da vueltas alrededor de nosotros”. Es así».
«“¡Pero, Padre, usted es un poco anticuado! Nos espanta con estas cosas” –añadió Bergoglio, refiriéndose a las posibles objeciones. ¡No, yo no! ¡Es el Evangelio! Estas no son mentiras: ¡es la Palabra del Señor! Pidamos al Señor la gracia para tomar en serio estas cosas. Él vino para luchar por nuestra salvación. ¡Él derrotó al demonio! Por favor, no hagamos negocios con el demonio. Él trata de volver a casa, de poseernos... No hay que relativizar, hay que vigilar. Y siempre con Jesús».
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Video: Romereports.com
El Santo Padre ha recibido esta mañana en audiencia, en el palacio apostólico vaticano, a los participantes de la plenaria del Pontificio Consejo para la Promoción para la Nueva Evangelización.
Ciudad del Vaticano, 14 octubre 2013 (VIS)
"En nuestro tiempo -ha dicho el Papa- se verifica a menudo una actitud de indiferencia hacia la fe que ya no se considera importante en la vida humana... es importante que nosotros, cristianos, mostremos un modo concreto de vivir la fe, a través del amor, la armonía, la alegría, el sufrimiento, porque esto plantea interrogantes, como al inicio del camino de la Iglesia: ¿por qué viven de esa manera?, ¿qué les motiva?. Son preguntas que conducen al corazón de la evangelización que es el testimonio de la fe y de la caridad".
Francisco ha destacado que hay muchas personas que se han alejado de la Iglesia y ante esta situación "necesitamos cristianos que hagan visible a los hombres de hoy la misericordia de Dios, su ternura por todas las criaturas".
Además, el Pontífice ha animado al encuentro, a salir en busca de aquellos que "han perdido la fe y el sentido profundo de la vida. La Iglesia -ha acentuado- es enviada para despertar esta esperanza, especialmente donde se vea ahogada por difíciles condiciones existenciales, a veces inhumanas, donde la esperanza no respira, se asfixia.
Necesitamos el oxígeno del Evangelio, el soplo del Espíritu de Cristo Resucitado, para que vuelva a encender -la esperanza- en los corazones. La Iglesia es la casa donde las puertas están siempre abiertas, no sólo para acoger a todos y respirar el amor y la esperanza, sino también para salir y llevar este amor y esta esperanza".
Pero todo esto, ha explicado, en la Iglesia no se deja al azar ni a la improvisación, sino que exige un esfuerzo común. De ahí la importancia de la pastoral de las diócesis y las parroquias, de la catequesis como momento de evangelización.
Volviendo a recordar que se han encontrado niños que no sabían hacerse la señal de la cruz, ha insistido en cómo la labor que desarrollan los catequistas representa un servicio precioso para la nueva evangelización y ha mencionado que es importante que "los padres sean los primeros catequistas, los primeros educadores de la fe en la propia familia con el testimonio y la palabra".
El Año de la Fe en Roma vive con intensidad las jornadas marianas del sábado y de hoy. Este domingo por la mañana ante más de cien mil fieles y peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro alrededor de la estatua de Nuestra Señora de Fátima, el Papa Francisco presidió la Santa Misa.
Fijando la mirada en María, “criatura humilde y débil como nosotros, elegida para ser Madre de Dios, Madre de su Creador”, el Obispo de Roma centró su homilía en tres puntos: Dios nos sorprende, Dios nos pide fidelidad, Dios es nuestra fuerza.
El Papa pidió la intercesión de María para que “nos ayude a dejarnos sorprender por Dios sin oponer resistencia, a ser hijos fieles cada día, a alabarlo y darle gracias porque Él es nuestra fuerza”.
Al final Francisco realizó el acto de consagración a Nuestra Señora y concluyó con el rezo del Ángelus. A continuación ofrecemos la oración pronunciada por el Papa Francisco en la consagración, y después la homilía completa de la Misa de hoy.
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Bienaventurada María, Virgen de Fátima,
con renovada gratitud por tu presencia materna
unimos nuestra voz a la de todas las generaciones
que te llaman bienaventurada.
Celebramos en ti las grandes obras de Dios,
que nunca se cansa de inclinarse
con misericordia sobre la humanidad afligida por el mal
y herida por el pecado, para sanarla y salvarla.
Acoge con benevolencia de madre
el acto por el nos ponemos hoy bajo tu protección
con confianza, ante esta tú imagen
tan querida por todos nosotros.
Estamos seguros que cada uno de nosotros es precioso a tus ojos
y que nada te es ajeno de todo lo que habita en nuestros corazones.
Nos dejamos alcanzar por tu dulcísima mirada
y recibimos la caricia consoladora de tu sonrisa.
Proteje nuestra vida entre tus brazos:
bendice y refuerza cada deseo de bien; reaviva y alimenta la fe;
sostén e ilumina la esperanza; suscita y anima la caridad;
guíanos a todos nosotros en el camino de la santidad.
Enséñanos tu mismo amor de predilección hacia los pequeños y los pobres,
hacia los excluidos y los que sufren, por los pecadores
y por los que tienen el corazón perdido:
reúne a todos bajo tu protección y a todos entrégales
a tu Hijo dilecto, el Señor Nuestro, Jesús.
Amén.
Hoy nos encontramos ante una de esas maravillas del Señor: ¡María! Una criatura humilde y débil como nosotros, elegida para ser Madre de Dios, Madre de su Creador.
Precisamente mirando a María a la luz de las lecturas que hemos escuchado, me gustaría reflexionar con ustedes sobre tres puntos: primero, Dios nos sorprende, segundo, Dios nos pide fidelidad, tercero, Dios es nuestra fuerza.
1. El primero: Dios nos sorprende. La historia de Naamán, jefe del ejército del rey de Aram, es llamativa: para curarse de la lepra se presenta ante el profeta de Dios, Eliseo, que no realiza ritos mágicos, ni le pide cosas extraordinarias, sino únicamente fiarse de Dios y lavarse en el agua del río; y no en uno de los grandes ríos de Damasco, sino en el pequeño Jordán. Es un requerimiento que deja a Naamán perplejo, también sorprendido: ¿qué Dios es este que pide una cosa tan simple? Decide marcharse, pero después da el paso, se baña en el Jordán e inmediatamente queda curado. Dios nos sorprende; precisamente en la pobreza, en la debilidad, en la humildad es donde se manifiesta y nos da su amor que nos salva, nos cura y nos fortalece. Sólo pide que sigamos su palabra y nos fiemos de Él.
Ésta es también la experiencia de la Virgen María: ante el anuncio del Ángel, no oculta su asombro. Es el asombro de ver que Dios, para hacerse hombre, la ha elegido precisamente a Ella, una sencilla muchacha de Nazaret, que no vive en los palacios del poder y de la riqueza, que no ha hecho cosas extraordinarias, pero que está abierta a Dios, se fía de Él, aunque no lo comprenda del todo: “He aquí la esclava el Señor, hágase en mí según tu palabra” (Lc1,38). Es su respuesta. Dios nos sorprende siempre, rompe nuestros esquemas, pone en crisis nuestros proyectos, y nos dice: Fíate de mí, no tengas miedo, déjatesorprender, sal de ti mismo y sígueme.
Preguntémonos hoy todos nosotros si tenemos miedo de lo que el Señor pudiera pedirnos o de lo que nos está pidiendo. ¿Me dejo sorprender por Dios, como hizo María, o me cierro en mis seguridades, seguridades materiales, seguridades intelectuales, seguridades ideológicas, seguirdades de mis proyectos? ¿Dejo entrar a Dios verdaderamente en mi vida? ¿Cómo le respondo?
2. En la lectura de San Pablo que hemos escuchado, el Apóstol se dirige a su discípulo Timoteo diciéndole: Acuérdate de Jesucristo, si perseveramos con Él, reinaremos con Él. Éste es el segundo punto: acordarse siempre de Cristo, la memoria de Jesucristo, y esto es perseverar en la fe: Dios nos sorprende con su amor, pero nos pide que le sigamos fielmente. Pensemos cuántas veces nos hemos entusiasmado con una cosa, con un proyecto, con una tarea, pero después, ante las primeras dificultades, hemos tirado la toalla. Y esto, desgraciadamente, sucede también con nuestras opciones fundamentales, como el matrimonio. La dificultad de ser constantes, de ser fieles a las decisiones tomadas, a los compromisos asumidos. A menudo es fácil decir “sí”, pero después no se consigue repetir este “sí” cada día. No se consigue a ser fieles.
María ha dicho su “sí” a Dios, un “sí” que ha cambiado su humilde existencia de Nazaret, pero no ha sido el único, más bien ha sido el primero de otros muchos “sí” pronunciados en su corazón tanto en los momentos gozosos como en los dolorosos; todos estos “sí” culminaron en el pronunciado bajo la Cruz. Hoy, aquí hay muchas madres; piensen hasta qué punto ha llegado la fidelidad de María a Dios: hasta ver a su Hijo único en la Cruz. La mujer fiel, de pie, destruida dentro, pero fiel y fuerte.
Y yo me pregunto: ¿Soy un cristiano a ratos o soy siempre cristiano? La cultura de lo provisional, de lo relativo entra también en la vida de fe. Dios nos pide que le seamos fieles cada día, en las cosas ordinarias, y añade que, a pesar de que a veces no somos fieles, Él siempre es fiel y con su misericordia no se cansa de tendernos la mano para levantarnos, para animarnos a retomar el camino, a volver a Él y confesarle nuestra debilidad para que Él nos dé su fuerza. Es éste el camino definitivo, siempre con el Señor, también en nuestras debilidades, también en nuestros pecados. Jamás caminar sobre el camino de lo provisional. Esto sí mata. La fe es fidelidad definitiva, como aquella de María.
3. El último punto: Dios es nuestra fuerza. Pienso en los diez leprosos del Evangelio curados por Jesús: salen a su encuentro, se detienen a lo lejos y le dicen a gritos: “Jesús, maestro, ten compasión de nosotros” (Lc 17,13). Están enfermos, necesitados de amor y de fuerza, y buscan a alguien que los cure. Y Jesús responde liberándolos a todos de su enfermedad. Llama la atención, sin embargo, que solamente uno regrese alabando a Dios a grandes gritos y dando gracias. Jesús mismo lo indica: diez han dado gritos para alcanzarla curación y uno solo ha vuelto a dar gracias a Dios a gritos y reconocer que en Él está nuestra fuerza. Saber agradecer, dar gloria a Dios por lo que hace por nosotros.
Miremos a María: después de la Anunciación, lo primero que hace es un gesto de caridad hacia su anciana pariente Isabel; y las primeras palabras que pronuncia son: “Proclama mi alma la grandeza del Señor”, o sea, un cántico de alabanza y de acción de gracias a Dios no sólo por lo que ha hecho en Ella, sino por lo que ha hecho en toda la historia de salvación. Todo es don suyo. Si nosotros podemos entender que todo es don de Dios, ¡cuánta felicidad hay en nuestro corazón! Todo es don suyo ¡Él es nuestra fuerza! ¡Decir gracias es tan fácil, y sin embargo tan difícil! ¿Cuántas veces nos decimos gracias en la familia? Es una delas palabras claves de la convivencia. "Permiso", "disculpa", "gracias": si en una familia se dicen estas tres palabras, la familia va adelante. "Permiso", "perdóname", "gracias". ¿Cuántas veces decimos "gracias" en familia? ¿Cuántas veces damos las gracias a quien nos ayuda, se acerca a nosotros, nos acompaña en la vida? ¡Muchas veces damos todo por descontado! Y así hacemos también con Dios. Es fácil dirigirse al Señor para pedirle algo, pero ir a agradecerle: "Uy, no me dan ganas".
Continuemos la Eucaristía invocando la intercesión de María para que nos ayude a dejarnos sorprender por Dios sin oponer resistencia, a ser hijos fieles cada día, a alabarlo y darle gracias porque Él es nuestra fuerza. Amén.
Video: Romereports.com Textos completos: Radio Vaticana
Lo afirmó hoy el Papa en la misa de esta mañana en Santa Marta. En el centro de la homilía, el Evangelio propuesto por la liturgia de hoy, en el que Jesús subraya la necesidad de rezar con confiada insistencia.
La parábola del amigo inoportuno, que obtiene lo que desea gracias a su insistencia, dio pie al Papa Francisco para reflexionar sobre la calidad de nuestra oración.
“¿Cómo rezamos, nosotros? ¿Rezamos así, por costumbre, piadosamente pero tranquilos, o nos implicamos nosotros con valor, ante el Señor, para pedir la gracia, para pedir aquello por lo que rezamos? El valor en la oración: una oración que no sea valiente no es una verdadera oración. El valor de tener confianza en que el Señor nos escuche, el valor de llamar a la puerta… el Señor lo dice: ‘Porque el que pide recibe, el que busca encuentra, y al que llama se le abre’. Pero hace falta pedir, buscar y llamar”.
“Nosotros, ¿nos implicamos en la oración?” – pregunta de nuevo el Papa – “¿Sabemos llamar al corazón de Dios?”. En el Evangelio, Jesús dice: “Si vosotros que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, cuánto más vuestro Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que se lo piden!”. Esto – afirma el Papa – “es algo grande”:
“Cuando rezamos con valentía, el Señor nos da la gracia, pero también se da él mismo en la gracia: el Espíritu Santo, es decir, ¡Él mismo! Pero el Señor nunca da o envía una gracia por correo: ¡nunca! ¡La trae Él! ¡Él es la gracia! Lo que nosotros pedimos es un poco como [se ríe] … es el papel que envuelve la gracia. Pero la verdadera gracia es Él, que viene a traérmela. Es Él. Nuestra oración, si es valiente, recibe lo que pedimos, pero también lo que es más importante: el Señor”.
En los Evangelios – observó el Papa – “algunos reciben la gracia y se van”: de los diez leprosos curados por Jesús, sólo uno vuelve a darle las gracias. También el ciego de Jericó encuentra al Señor en la curación y alaba a Dios. Pero es necesario rezar con el ‘valor de la fe’ – insiste – que nos empuja a pedir también lo que la oración no se atreve a esperar: es decir, a Dios mismo.
“Nosotros pedimos una gracia, pero no nos atrevemos a decir: ‘Pero ven Tu a traérmela’ . Sabemos que una gracia siempre es Él quien la trae: esÉl el que viene y nos la da. No hagamos el ridículo de tomar la gracia y no reconocer a Aquel que nos la trae, a Aquel que nos la da: el Señor. Que el Señor nos de la gracia de dársenos a sí mismo, siempre, en cada gracia. Y que nosotros le reconozcamos, y que le alabemos como esos enfermos curados del Evangelio. Porque hemos encontrado, en esa gracia, al Señor”.
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Video: Romereports.com
El Papa explicó en la audiencia general que la Iglesia se llama 'católica' porque es universal. Dijo que abraza a todos, sin excluir a nadie, y que en ella se encuentra todo lo necesario para crecer como cristianos
8 de octubre, 2013. (Romereports.com)
Queridos hermanos y hermanas:
Reflexionamos hoy sobre la catolicidad de la Iglesia. ¿Qué significa que la Iglesia es católica? En primer lugar, que en ella Cristo nos da la plenitud de los medios de salvación. Así como en la familia cada uno recibe lo que necesita para crecer y madurar, en la Iglesia se nos da todo lo necesario para creer y vivir como cristianos. Preguntémonos: ¿Cómo vivo yo en la Iglesia? ¿Participo en la vida de la comunidad y acojo los medios que se me dan para crecer como cristiano, o me encierro en mí mismo?
En segundo lugar, la Iglesia es católica porque es universal, esparcida por todo el mundo y ofrece a todos la salvación que Cristo ha traído. Todos en la Iglesia nos debemos sentir llamados a anunciar y dar testimonio de la fe. ¿Qué hago para comunicar a otros la alegría de haber encontrado al Señor y pertenecer a la Iglesia? Por último, la Iglesia es católica porque es la casa de la armonía. Es como una gran orquesta que sabe integrar la diversidad de cada elemento en la armonía de una sinfonía. ¿Sabemos vivir la armonía en nuestras comunidades, aceptando al otro con sus diferencias, o tendemos a la uniformidad?
Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española, en particular a las Religiosas capitulares de Jesús María, así como a los grupos venidos de España, Argentina, México, Panamá, Costa Rica, Uruguay, Ecuador, Perú, Chile, y otros países latinoamericanos. Que todos nos dejemos guiar por el Espíritu Santo para que vivamos con verdadero espíritu católico nuestra pertenencia gozosa a la Iglesia. Muchas gracias.
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“¿Quién es el catequista? Es el que custodia y alimenta la memoria de Dios; la custodia en sí mismo y sabe despertarla en los demás”
La palabra catequesis viene del griego katechein, resonar, hacer eco. En su homilía durante la Jornada de los Catequistas (29-IX-2013), el Papa Francisco ha definido bellamente al catequista, al educador cristiano, como aquel que custodia, alimenta y despierta la memoria de Dios en sí mismo y en los demás.
Tomando pie de los textos litúrgicos del día, ha comenzado hablando del riesgo en que se encuentran aquellos que “beben, cantan, se divierten y no se preocupan por los problemas de los demás” (cf. libro del profeta Amós, 6, 1.4). Con otras palabras, es “el riesgo de apoltronarse, de la comodidad, de la mundanidad en la vida y en el corazón, de concentrarnos en nuestro bienestar”.
Un caso así es el del rico del Evangelio, que vestía lujosamente y banqueteaba en abundancia, mientras que el pobre que estaba a su puerta no era asunto suyo (cf. Lc 16, 19 ss). “Si las cosas, el dinero, lo mundano se convierten en el centro de la vida, nos aferran, se apoderan de nosotros, perdemos nuestra propia identidad como hombres”. El relato del Evangelio no le da, a quien así se comporta, ni siquiera un nombre.
En un segundo paso, el Papa se pregunta cómo es posible esto, que nos encerremos en las cosas hasta el punto de que nos quiten nuestro rostro humano. Y responde de esta manera: “Esto sucede cuando perdemos la memoria de Dios. (…) Si falta la memoria de Dios, todo queda comprimido en el yo, en mi bienestar. La vida, el mundo, los demás, pierden consistencia, ya no cuentan nada, todo se reduce a una sola dimensión: el tener. Si perdemos la memoria de Dios, también nosotros perdemos la consistencia, también nosotros nos vaciamos, perdemos nuestro rostro como el rico del Evangelio”.
En otros términos, “quien corre en pos de la nada, él mismo se convierte en nada, dice otro gran profeta, Jeremías (cf. Jr 2,5). Estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, no a imagen y semejanza de las cosas, no de los ídolos”. Y efectivamente. No es que en sí mismas las cosas de la vida no sean nada; sino que cuando se pone en ellas la confianza que debería depositarse solo en Dios, pierden su significación, su densidad y su horizonte humano y hasta nos acaban vaciando de humanidad a nosotros mismos.
A partir de ahí se dirige a los catequistas, de quienes da una bella definición: “¿Quién es el catequista? Es el que custodia y alimenta la memoria de Dios; la custodia en sí mismo y sabe despertarla en los demás”. De hecho –dirá más adelante el Papa– el Catecismo es eso: memoria de Dios y de su actuar cercano a nosotros en Cristo, y ahora presente en su Palabra, en los sacramentos en su Iglesia, en su amor. La Virgen María cuando fue a visitar a su prima Isabel hizo memoria del obrar de Dios, de la fidelidad de Dios en la historia de su pueblo y en su misma vida personal, como proclamó en el Magnificat (cf. Lc 1, 46 ss).
Esto tiene que ver con la fe, puesto que esa fidelidad de Dios suscita en nosotros la confianza en Él: “La fe contiene precisamente la memoria de la historia de Dios con nosotros, la memoria del encuentro con Dios, que es el primero en moverse, que crea y salva, que nos transforma; la fe es memoria de su Palabra que inflama el corazón, de sus obras de salvación con las que nos da la vida, nos purifica, nos cura, nos alimenta”. Y el catequista pone esa memoria al servicio del anuncio de la fe: “no para exhibirse, no para hablar de sí mismo, sino para hablar de Dios, de su amor y su fidelidad”, para transmitir todo lo que viene de Dios, sin quitar ni añadir, y sobre todo anunciar a Jesucristo (cf. 2 Tm 2,8-9).
Ahora bien, continúa el Papa, este dejarse guiar por la memoria de Dios para despertarla en el corazón de los demás, requiere esfuerzo y compromete la vida. Consciente de ello pregunta a los catequistas, lo que puede valer en un sentido más amplio para todo educador en la fe: “¿Somos memoria de Dios? ¿Somos verdaderamente como centinelas que despiertan en los demás la memoria de Dios, que inflama el corazón?”
Esto podrá hacerlo el catequista, “si tiene una relación constante y vital con Él y con el prójimo; si es hombre de fe, que se fía verdaderamente de Dios y pone en Él su seguridad; si es hombre de caridad, de amor, que ve a todos como hermanos; si es hombre de ‘hypomoné’, de paciencia y perseverancia, que sabe hacer frente a las dificultades, las pruebas y los fracasos, con serenidad y esperanza en el Señor; si es hombre amable, capaz de comprensión y misericordia”.
Toda una lección, nada abstracta, sobre lo que es un catequista como educador en la fe. Y que se resume en esas dos condiciones: custodiar y alimentar la memoria de Dios en la propia vida y saberla despertar en el corazón de los demás, del modo que hoy es más necesario: con la comprensión y la misericordia.