Lumen fidei - La luz de la fe - es la primera encíclica firmada por el Papa Francisco. Dividida en cuatro capítulos, una introducción y una conclusión, la Carta - explica el Papa - se suma a las encíclicas del Papa Benedicto XVI sobre la caridad y la esperanza y asume el "valioso trabajo" realizado por el Papa emérito, que ya había "prácticamente completado" la encíclica sobre la fe. A este "primera redacción" el Santo Padre Francisco agrega ahora "algunas aportaciones".
La introducción (No. 1-7) de la Encíclica ilustra los motivos en que se basa el documento: En primer lugar, recuperar el carácter de luz propio de la fe, capaz de iluminar toda la existencia del hombre, de ayudarlo a distinguir el bien del mal, sobre todo en una época como la moderna, en la que el creer se opone al buscar y la fe es vista como una ilusión, un salto al vacío que impide la libertad del hombre. En segundo lugar, la LF - justo en el Año de la Fe, 50 años después del Concilio Vaticano II, un "Concilio sobre la Fe" - quiere reavivar la percepción de la amplitud de los horizontes que la fe abre para confesarla en la unidad y la integridad. La fe, de hecho, no es un presupuesto que hay que dar por descontado, sino un don de Dios que debe ser alimentado y fortalecido. "Quien cree ve", escribe el Papa, porque la luz de la fe viene de Dios y es capaz de iluminar toda la existencia del hombre: procede del pasado, de la memoria de la vida de Jesús, pero también viene del futuro porque nos abre vastos horizontes.
El primer capítulo (8-22): Hemos creído en el amor (1 Jn 4, 16). En referencia a la figura bíblica de Abraham, la fe en este capítulo se explica como "escucha" de la Palabra de Dios, "llamada" a salir del aislamiento de su propio yo , para abrirse a una nueva vida y "promesa" del futuro, que hace posible la continuidad de nuestro camino en el tiempo, uniéndose así fuertemente a la esperanza. La fe también se caracteriza por la "paternidad", porque el Dios que nos llama no es un Dios extraño, sino que es Dios Padre, la fuente de bondad que es el origen de todo y sostiene todo. En la historia de Israel, lo contrario de la fe es la idolatría, que dispersa al hombre en la multiplicidad de sus deseos y lo "desintegra en los múltiples instantes de su historia", negándole la espera del tiempo de la promesa. Por el contrario, la fe es confiarse al amor misericordioso de Dios, que siempre acoge y perdona, que endereza "lo torcido de nuestra historia", es disponibilidad a dejarse transformar una y otra vez por la llamada de Dios "es un don gratuito de Dios que exige la humildad y el valor de fiarse y confiarse, para poder ver el camino luminoso del encuentro entre Dios y los hombres, la historia de la salvación." (n. 14) Y aquí está la "paradoja" de la fe: el volverse constantemente al Señor hace que el hombre sea estable, y lo aleja de los ídolos.
La Encíclica se detiene, después, en la figura de Jesús, el mediador que nos abre a una verdad más grande que nosotros, una manifestación del amor de Dios que es el fundamento de lafe "precisamente en la contemplación de la muerte de Jesús la fe se refuerza", porque Él revela su inquebrantable amor por el hombre. También en cuanto resucitado Cristo es "testigo fiable", "digno de fe”, a través del cual Dios actúa realmente en la historia y determina el destino final. Pero hay "otro aspecto decisivo" de la fe en Jesús: "La participación en su modo de ver". La fe, en efecto, no sólo mira a Jesús, sino que también ve desde el punto de vista de Jesús, con sus ojos. Usando una analogía, el Papa explica que, como en la vida diaria, confiamos en "la gente que sabe las cosas mejor que nosotros" - el arquitecto, el farmacéutico, el abogado - también en la fe necesitamos a alguien que sea fiable y experto en "las cosas de Dios" y Jesús es "aquel que nos explica a Dios." Por esta razón, creemos a Jesús cuando aceptamos su Palabra, y creemos en Jesús cuando lo acogemos en nuestras vidas y nos confiamos a él. Su encarnación, de hecho, hace que la fe no nos separe de la realidad, sino que nos permite captar su significado más profundo. Gracias a la fe, el hombre se salva, porque se abre a un Amor que lo precede y lo transforma desde su interior. Y esta es la acción propia del Espíritu Santo: "El cristiano puede tener los ojos de Jesús, sus sentimientos, su condición filial, porque se le hace partícipe de su Amor, que es el Espíritu" (n. 21). Fuera de la presencia del Espíritu, es imposible confesar al Señor. Por lo tanto, "la existencia creyente se convierte en existencia eclesial", porque la fe se confiesa dentro del cuerpo de la Iglesia, como "comunión real de los creyentes." Los cristianos son "uno" sin perder su individualidad y en el servicio a los demás cada uno gana su propio ser. Por eso, "la fe no es algo privado, una concepción individualista, una opinión subjetiva", sino que nace de la escucha y está destinada a pronunciarse y a convertirse en anuncio.
El segundo capítulo (23-36): Si no creéis, no comprenderéis (Is 07, 09). El Papa demuestra la estrecha relación entre fe y verdad, la verdad fiable de Dios, su presencia fiel en la historia. "La fe, sin verdad, no salva - escribe el Papa – Se queda en una bella fábula, la proyección de nuestros deseos de felicidad." Y hoy, debido a la "crisis de verdad en que nos encontramos", es más necesario que nunca subrayar esta conexión, porque la cultura contemporánea tiende a aceptar solo la verdad tecnológica, lo que el hombre puede construir y medir con la ciencia y lo que es "verdad porque funciona", o las verdades del individuo, válidas solo para uno mismo y no al servicio del bien común. Hoy se mira con recelo la "verdad grande, la verdad que explica la vida personal y social en su conjunto", porque se la asocia erróneamente a las verdades exigidas por los regímenes totalitarios del siglo XX. Esto, sin embargo, implica el "gran olvido en nuestro mundo contemporáneo", que - en beneficio del relativismo y temiendo el fanatismo - olvida la pregunta sobre la verdad, sobre el origen de todo, la pregunta sobre Dios. La LF subraya el vínculo entre fe y amor, entendido no como "un sentimiento que va y viene", sino como el gran amor de Dios que nos transforma interiormente y nos da nuevos ojos para ver la realidad. Si, pues, la fe está ligada a la verdad y al amor, entonces "amor y verdad no se pueden separar", porque sólo el verdadero amor resiste la prueba del tiempo y se convierte en fuente de conocimiento. Y puesto que el conocimiento de la fe nace del amor fiel de Dios, "verdad y fidelidad van juntos". La verdad que nos abre la fe es una verdad centrada en el encuentro con el Cristo encarnado, que, viniendo entre nosotros, nos ha tocado y nos ha dado su gracia, transformando nuestros corazones.

Aquí el Papa abre una amplia reflexión sobre el "diálogo entre fe y razón", sobre la verdad en el mundo de hoy, donde a menudo viene reducida a la "autenticidad subjetiva", porque la verdad común da miedo, se identifica con la imposición intransigente de los totalitarismo. En cambio, si la verdad es la del amor de Dios, entonces no se impone con la violencia, no aplasta al individuo. Por esta razón, la fe no es intransigente, el creyente no es arrogante. Por el contrario, la verdad vuelve humildes y conduce a la convivencia y el respeto del otro. De ello se desprende que la fe lleva al diálogo en todos los ámbitos: en el campo de la ciencia, ya que despierta el sentido crítico y amplía los horizontes de la razón, invitándonos a mirar con asombro la Creación; en el encuentro interreligioso, en el que el cristianismo ofrece su contribución; en el diálogo con los no creyentes que no dejan de buscar, que "intentan vivir como si Dios existiese", porque "Dios es luminoso, y se deja encontrar por aquellos que lo buscan con sincero corazón". "Quién se pone en camino para practicar el bien - afirma el Papa - se acerca a Dios". Por último, la LF habla de la teología y afirma que es imposible sin la fe, porque Dios no es un mero "objeto", sino que es Sujeto que se hace conocer. La teología es participación del conocimiento que Dios tiene de sí mismo; se desprende que debeponerse al servicio de la fe de los cristianos y que el Magisterio de la Iglesia no es un límite a la libertad teológica, sino un elemento constitutivo porque garantiza el contacto con la fuente original, con la Palabra de Cristo.
El tercer capítulo (37-49): Transmito lo que he recibido (1 Co 15, 03). Todo el capítulo se centra en la importancia de la evangelización: quien se ha abierto al amor de Dios, no puede retener este regalo para sí mismo, escribe el Papa: La luz de Jesús resplandece sobre el rostro de los cristianos y así se difunde, se transmite bajo la forma del contacto, como una llama que se enciende de la otra, y pasa de generación en generación, a través de la cadena ininterrumpida de testigos de la fe. Esto comporta el vínculo entre fe y memoria, porque el amor de Dios mantiene unidos todos los tiempos y nos hace contemporáneos a Jesús. Por otra parte, se hace "imposible creer cada uno por su cuenta", porque la fe no es "una opción individual", sino que abre el yo al "nosotros" y se da siempre "dentro de la comunión de la Iglesia". Por esta razón, "quien cree nunca está solo": porque descubre que los espacios de su "yo" se amplían y generan nuevas relaciones que enriquecen la vida.
Hay, sin embargo, un "medio particular" por el que la fe se puede transmitir: son los Sacramentos, en los que se comunica "una memoria encarnada." El Papa cita en primer lugar el Bautismo – tanto de niños como de adultos, en la forma del catecumenado - que nos recuerda que la fe no es obra del individuo aislado, un acto que se puede cumplir solos, sino que debe ser recibida, en comunión eclesial. "Nadie se bautiza a sí mismo", dice la LF. Además, como el niño que tiene que ser bautizado no puede profesar la fe él solo, sino que debe ser apoyado por los padres y por los padrinos, se sigue "la importancia de la sinergia entre la Iglesia y la familia en la transmisión de la fe." En segundo lugar, la Encíclica cita la Eucaristía, "precioso alimento para la fe", "acto de memoria, actualización del misterio" y que "conduce del mundo visible al invisible," enseñándonos a ver la profundidad de lo real. El Papa recuerda después la confesión de la fe, el Credo, en el que el creyente no sólo confiesa la fe, sino que se ve implicado en la verdad que confiesa; la oración, el Padre Nuestro, con el que el cristiano comienza a ver con los ojos de Cristo; el Decálogo, entendido no como "un conjunto de preceptos negativos", sino como "un conjunto de indicaciones concretas" para entrar en diálogo con Dios, "dejándose abrazar por su misericordia", "camino de la gratitud" hacia la plenitud de la comunión con Dios . Por último, el Papa subraya que la fe es una porque uno es "el Dios conocido y confesado", porque se dirige al único Señor, que nos da la "unidad de visión" y"es compartida por toda la Iglesia, que forma un solo cuerpo y un solo Espíritu". Dado, pues, que la fe es una sola, entonces tiene que ser confesada en toda su pureza e integridad, "la unidad de la fe es la unidad de la Iglesia"; quitar algo a la fe es quitar algo a la verdad de la comunión. Además, ya que la unidad de la fe es la de un organismo vivo, puede asimilar en sí todo lo que encuentra, demostrando ser universal, católica, capaz de iluminar y llevar a su mejor expresión todo el cosmos y toda la historia. Esta unidad está garantizada por la sucesión apostólica.
El capítulo cuarto (n. 50-60): Dios prepara una ciudad para ellos (Hb 11, 16) Este capítulo explica la relación entre la fe y el bien común, lo que conduce a la formación de un lugar donde el hombre puede vivir junto con los demás. La fe, que nace del amor de Dios, hace fuertes los lazos entre los hombres y se pone al servicio concreto de la justicia, el derecho y la paz. Es por esto que no nos aleja del mundo y no es ajena al compromiso concreto del hombre contemporáneo. Por el contrario, sin el amor fiable de Dios, la unidad entre todos los hombres estaría basada únicamente en la utilidad, el interés o el miedo. La fe, en cambio, capta el fundamento último de las relaciones humanas, su destino definitivo en Dios, y las pone al servicio del bien común. La fe "es un bien para todos, un bien común", no sirve únicamente para construir el más allá, sino que ayuda a edificar nuestras sociedades, para que avancen hacia el futuro con esperanza.
La encíclica se centra, después, en los ámbitos iluminados por la fe: en primer lugar, la familia fundada en el matrimonio, entendido como unión estable de un hombre y una mujer. Nace del reconocimiento y de la aceptación de la bondad de la diferenciación sexual y, fundada sobre el amor en Cristo, promete "un amor para siempre" y reconoce el amor creador que lleva a generar hijos. Después los jóvenes: aquí el Papa cita las Jornadas Mundiales de la Juventud, en las que los jóvenes muestran "la alegría de la fe" y el compromiso de vivirla de un modo firme y generoso. "Los jóvenes aspiran a una vida grande - escribe el Papa -. El encuentro con Cristo da una esperanza sólida que no defrauda. La fe no es un refugio para personas pusilánimes, sino que ensancha la vida". Y en todas las relaciones sociales: haciéndonos hijos de Dios, de hecho, la fe da un nuevo significado a la fraternidad universal entre los hombres, que no es mera igualdad, sino la experiencia de la paternidad de Dios, comprensión de la dignidad única de la persona singular. Otra área es la de la naturaleza: la fe nos ayuda a respetarla, a "buscar modelos de desarrollo que no se basen únicamente en la utilidad y el provecho, sino que consideren la creación como un don"; nos enseña a encontrar las formas justas de gobierno, en las que la autoridad viene de Dios y está al servicio del bien común; nos ofrece la posibilidad del perdón que lleva a superar los conflictos. "Cuando la fe se apaga, se corre el riesgo de que los fundamentos de la vida se debiliten con ella", escribe el Papa, y si hiciéramos desaparecer la fe en Dios de nuestras ciudades, se debilitaría la confianza entre nosotros y quedaríamos unidos sólo por el miedo. Por esta razón no debemos avergonzarnos de confesar públicamente a Dios, porque la fe ilumina la vida social. Otro ámbito iluminado por la fe es el del sufrimiento y la muerte: el cristiano sabe que el sufrimiento no puede ser eliminado, pero que le puede dar sentido, puede convertirlo en acto de amor, de entrega confiada en las manos de Dios, que no nos abandona, y ser así "etapa de crecimiento en la fe y el amor". Al hombre que sufre, Dios no le da un racionamiento que explique todo, sino que le responde con una presencia que acompaña, que abre un un resquicio de luz en la oscuridad. En este sentido, la fe está unida a la esperanza. Y aquí el Papa hace un llamamiento: "No nos dejemos robar la esperanza, no permitamos que la banalicen con soluciones y propuestas inmediatas que obstruyen el camino."
Conclusión (N º 58-60): Bienaventurada la que ha creído (Lc 1, 45) Al final de la LF, el Papa nos invita a mirar a María, "icono perfecto" de la fe, porque, como Madre de Jesús, ha concebido "fe y alegría." A Ella se alza la oración del Papa para que ayude la fe del hombre, nos recuerde que aquellos que creen nunca están solos, y que nos enseñe a mirar con los ojos de Jesús.
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Santa Teresita del Niño Jesús nos enseña que a veces, en algunas tentaciones, la única solución es escapar y no tener verguenza de escapar; reconocer que somos débiles y que tenemos que escapar. Y nuestro pueblo en su sencilla sabiduría lo dice un poco irónicamente: ‘Soldado que huye sirve para otra guerra’. Escapar para seguir adelante por el camino de Jesús".
El cristiano está llamado a ser valiente en su propia debilidad. Así lo dijo el papa Francisco este martes en la misa diaria celebrada en la Casa Santa Marta. Añadió que, a veces hay que reconocer que somos débiles y por eso tenemos que huir sin nostalgia del pecado, sin mirar atrás.
Según informa Radio Vaticana, a la misa, que fue concelebrada por el cardenal Manuel Monteiro de Castro, penitenciario mayor del Tribunal de la Penitenciaría Apostólica y por el arzobispo Beniamino Stella, presidente de la Pontificia Academia Eclesiástica, asistió un grupo de presbíteros y empleados del Tribunal y un grupo de alumnos de la Academia.
En su homilía, el santo padre tomó el ejemplo de las lecturas de hoy para detenerse en cuatro "posibles actitudes en situaciones de conflicto, en situaciones difíciles". La primera actitud es la de la "lentitud" de Lot. Él, explicó, se decidió a abandonar la ciudad antes de que fuera destruida, pero lo hace lentamente. El ángel le dice que corra, pero no está en él la capacidad de separarse del mal y del pecado". Nosotros, continuó, “queremos salir, estamos decididos pero hay algo que nos tira hacia atrás", y así es Lot, que empieza a negociar incluso con el ángel:
"Es tan difícil de cortar con una situación de pecado. ¡Es difícil! Incluso en una tentación, ¡es difícil! Pero la voz de Dios nos dice esta palabra: '¡Escapa! No se puede luchar allí, porque el fuego, el azufre te matarán. ¡Escapa!'. Santa Teresita del Niño Jesús nos enseña que a veces, en algunas tentaciones, la única solución es escapar y no tener verguenza de escapar; reconocer que somos débiles y que tenemos que escapar. Y nuestro pueblo en su sencilla sabiduría lo dice un poco irónicamente: ‘Soldado que huye sirve para otra guerra’. Escapar para seguir adelante por el camino de Jesús".
El ángel, agregó, luego dice "no mires atrás", para escapar y mirar hacia adelante. Aquí, dijo, hay un consejo para vencer la nostalgia del pecado. Pensemos en el Pueblo de Dios en el desierto, subrayó: "Lo tenía todo, las promesas, todo". Sin embargo, "estaba la nostalgia de las cebollas de Egipto" y esta "nostalgia les hizo olvidar que aquellas cebollas las comían en la mesa de la esclavitud". Era “la nostalgia de volver, volver". Y el consejo del ángel, añadió el papa, "es sabio: ¡No mires hacia atrás! Ve adelante". No hay que hacer como la mujer de Lot, hay que "cortar cada nostalgia, porque también existe la tentación de la curiosidad":
"Ante el pecado, huir sin nostalgia. ¡La curiosidad no ayuda, sino que daña! ‘Pero, en este mundo tan pecaminoso, ¿cómo se puede hacer? Pero, ¿cómo será este pecado? Me gustaría saber...’. ¡No, no lo hagas! ¡La curiosidad te hará daño! ¡Huye y no mires atrás! Somos débiles, todos, y tenemos que defendernos.
La tercera situación se da sobre el barco: es el miedo. Cuando hay una gran agitación en el mar, el barco se cubría por las olas. ‘¡Sálvanos, Señor, que estamos perdidos!’, dicen. ¡El miedo! Incluso aquella es una tentación del diablo: tener miedo de avanzar en el camino del Señor".
Hay una tentación que dice que es "mejor quedarse aquí", donde estoy seguro. "Pero esto --advirtió-- es el Egipto de la esclavitud!". Tengo “miedo de seguir adelante, tengo miedo de hacia donde me llevará el Señor". El temor, sin embargo, "no es un buen consejero". Jesús, añadió, "muchas veces, ha dicho: '¡No tengan miedo!'. El miedo no nos ayuda". La cuarta actitud, dijo, "es la gracia del Espíritu Santo." Cuando Jesús trae la calma al agitado mar, los discípulos en la barca se llenaron de temor. "Siempre, ante el pecado, delante de la nostalgia, ante el temor", debemos volver al Señor.
"Mirar al Señor, contemplar al Señor. Esto nos da estupor, tan hermoso, por un nuevo encuentro con el Señor. ‘Señor, tengo esta tentación: quiero quedarme en esta situación de pecado; Señor, tengo la curiosidad de saber cómo son estas cosas; Señor, tengo miedo’. Y ellos vieron al Señor: ‘¡Sálvanos, Señor, estamos perdidos!' Y llegó la sorpresa del nuevo encuentro con Jesús. No somos ingenuos ni cristianos tibios, somos valientes, valerosos. Somos débiles, pero hay que ser valientes en nuestra debilidad. Y nuestro valor muchas veces debe expresarse en una fuga y no mirar hacia atrás, para no caer en la mala nostalgia. ¡No tener miedo y mirar siempre al Señor!"
Nosotros somos hijos de Dios gracias a Jesús, nadie nos puede robar este carnet de identidad: es lo que ha afirmado el Papa Francisco esta mañana durante la Misa de la Casa Santa Marta.
El centro de la homilía del Papa: el Evangelio de la curación de un paralítico. Jesús al principio le dice: “Ánimo hijo, tus pecados te son perdonados. Quizás –afirma el Papa- esta persona se quedó un poco ‘desconcertada’ porque lo que quería era curarse físicamente”. Después, ante las críticas de los escribas que lo acusaban de blasfemar –“porque solo Dios puede perdonar los pecados”, Jesús lo cura también en el cuerpo. En realidad –explica el Pontífice- las curaciones, la enseñanza, las palabras fuertes contra la hipocresía, eran “solo un signo, un signo de algo más que Jesús estaba haciendo”, es decir el perdón de los pecados: en Jesús el mundo se reconcilia con Dios, este es “el milagro más profundo”.
“Esta es la reconciliación es la recreación del mundo: esta es la misión más profunda de Jesús. La redención de todos nosotros pecadores y Jesús esto no lo hace con palabras, no con gestos, no caminando en el camino, ¡no! ¡Lo hace con su carne” es Él, Dios que se convierte en uno de nosotros, hombre, para curarnos por dentro, a nosotros pecadores”.
Jesús nos libera del pecado haciéndose Él mismo “pecado”, tomando sobre sí “todo el pecado” y “esta –dijo el Papa- es la nueva creación”. Jesús baja de la gloria y se abaja, hasta la muerte, a la muerte de Cruz” hasta gritar: “Padre, ¡Por qué me has abandonado!” Esta “es su gloria y esta es nuestra salvación”.
“Este es el milagro más grande y con esto ¿qué hace Jesús? Nos hace hijos, con la libertad de los hijos. Por lo que ha hecho Jesús nosotros podemos decir esto: ‘¡Padre!’. Y decir ‘Padre’ con una actitud muy buena y muy bella: ¡con libertad! Este es el milagro de Jesús. Nosotros, esclavos del pecado, nos ha liberado, nos ha curado desde el fondo de nuestra existencia. Nos hará bien pensar en esto y en lo bello que es ser hijos, es muy bella esta libertad de los hijos, porque el hijo está en casa y Jesús nos ha abierto las puertas de casa… ¡Nosotros estamos en casa!”
Entonces –concluyó el Papa- se entiende cuando Jesús dice: “¡Ánimo, hijo, tus pecados te son perdonados!”.
Esta es la raíz de nuestra valentía. Soy libre, soy hijo… ¡me ama el Padre y yo amo al Padre! Pidamos al Señor la gracia de entender bien esta obra suya, esto que Dios ha hecho en Él: Dios ha reconciliado consigo el mundo en Cristo, confiándonos la palabra de la reconciliación y la gracia de llevar delante con fuerza, con la libertad de los hijos, esta palabra de reconciliación. ¡Nosotros estamos salvados en Jesucristo! Y ninguno puede robarnos este carnet. Me llamo así: ¡Hijo de Dios! ¡Qué bello carnet de identidad! Estado civil: ¡libre! Que así sea”.
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© Radio Vaticano Video: Romereports.com
El papa Francisco dijo hoy que actualmente hay más "mártires" que en los primeros siglos de la Iglesia, "pues hombres y mujeres son apresados y asesinados por el sólo hecho de ser cristianos".
El pontífice se dirigió en italiano desde la ventana del apartamento papal en el palacio Apostólico del Vaticano a los miles de fieles y peregrinos que aguardaban en una mañana soleada el tradicional rezo del Ángelus dominical.
Francisco habló del martirio, de morir por Jesús y "del martirio cotidiano, que no comporta la muerte, pero es un 'perder la vida por Cristo', cumpliendo el propio deber con amor, con la lógica de Jesús, la lógica del don y del sacrificio".
Y después -comentó- hay tantas personas, cristianos y no cristianos que "pierden la vida" por la verdad.
Una de esas personas -explicó- fue San Juan el Bautista, que mañana es "su fiesta grande, la solemnidad de su nacimiento", añadió.
"Juan fue elegido por Dios para preparar el camino ante Jesús, y fue indicado al pueblo de Israel como el Mesías (...) y Juan se consagró a sí mismo a Dios y a su enviado, Jesús", añadió.
Pero al final -dijo Francisco- murió por la verdad al denunciar el adulterio del rey Herodes y de Erodias, la mujer de su hermano.
Al finalizar improvisó y exhortó a los presentes: "¡No tengáis miedo de ir contracorriente, sed valientes, adelante, id contracorriente y estad orgullosos de hacerlo!".
Después les pidió que rezaran por él y les deseó: "¡Buen Almuerzo!", como ya es habitual.
EFE
Entrevista a Mario Iceta, obispo de Bilbao, para www.primeroscristianos.com sobre la renuncia del Papa, el pontificado de Benedicto XVI, la sede vacante y la nueva evangelización.
Por una parte pienso que a todos nos ha sorprendido. La renuncia de Benedicto XVI nos ha llenado de estupor, en un principio como de cierta pena, cierta nostalgia. Pero no nos sorprende desde el punto de vista de cómo él a ejercido el papado. Benedicto XVI ha sido un hombre libre que vive ante Dios, al servicio de la Iglesia, ha concebido el servicio petrino ciertamente como es, como un servicio de entrega total. Hoy en día, considerando la complejidad de la sociedad, también los retos de la Iglesia, él estima oportuno que tiene que haber un pontífice en plenas condiciones, no solo espirituales, psicológicas, que Benedicto XVI las tiene, porque se ve que está en plena lucidez, y leerle es una maravilla. Yo siempre recuerdo las homilías de esta Navidad, la del día de Navidad fue espectacular, la de el día de Epifanía fue una maravilla, o sea que se ve que él está en plena lucidez pero sí se da cuenta de su falta de vigor, como él dice. Los achaques están presentes, la edad no perdona, se le ve con problemas de movilidad, problemas de vista,… achaques como digo de la edad, y el piensa que para los retos que hoy día tiene la Iglesia, es necesario un papa vigoroso y en plenitud de facultades, y el por tanto, como ha venido a servir, no se apega a ese servicio, piensa que otro tiene que llevar adelante esta tarea, el va a seguir como bien dice, orando por la Iglesia, orando por nosotros. Nos da un ejemplo de autenticidad, un ejemplo de veracidad, un ejemplo de amor a la Iglesia que ni siquiera se ata a este servicio si cree que otro lo puede llevar mejor, un ejemplo de coraje, creo que es un ejemplo para todos.
Ha sido un pontificado ciertamente luminoso. Sus encíclicas, que son una maravilla. Ha intentado tender lazos con el ecumenismo, con el diálogo interreligioso, el mundo de los anglicanos, de los luteranos, con los decretos de la justificación que se ha llevado adelante. También a querido rescatar a los lefevrianos. Es una persona de una gran capacidad de comunicación, de afabilidad. Las cuestiones difíciles las torna fáciles, y además con un lenguaje atractivo. Y también ha sido un pontificado transido de cruz, con todas las cuestiones de los escándalos, las cuestiones de la pederastia, y las cuestiones de la falta de confianza de algunos de sus colaboradores. Él ha llevado esta cruz. Pero la ha llevado siempre con gran luminosidad, y con gran capacidad de dar una visión sobrenatural a las cosas, y de purificar la Iglesia y de trabajar para el bien de la Iglesia. Yo creo que estos ocho años de pontificado han sido años muy intensos, pero muy luminosos y muy fructíferos para la Iglesia. Estos días estamos en sede vacante.
Tenemos que vivirla, creo, en el corazón de la Iglesia, palpitando con la Iglesia. La Iglesia se postra ahora en oración ante el Señor para que envíe su Espíritu Santo con fuerza sobre nosotros, para que lo envíe sobre el cónclave, sobre el colegio de los cardenales para que sean iluminados por la gracias y para que puedan elegir a aquel que Dios señala con él dedo. Al fin y al cabo la elección es de Dios y quienes tienen que elegir tienen que estar muy atentos a lo que el Espíritu Santo señala. El Señor nunca abandona su Iglesia y siempre suscita los pastores que necesita, porque ama la Iglesia, ama a su pueblo. Estoy convencido de que el Señor elegirá al Papa que ene estos momentos conviene, al Papa que mejor pueda responder a los retos de la Iglesia y del mundo en este momento. Tenemos que vivir con gran fe, con gran esperanza, con momentos largos de oración suplicando el don del Espíritu Santo, y con una gran confianza. Las personas pasan, los obispos pasan, los pastores de la Iglesia pasan, pero siempre permanece el Pastor Supremo de la Iglesia que es Cristo, y que se hace visible en la historia nuestra, en la historia de la Iglesia, y que también elige a aquellos colaboradores, a aquellos sucesores que puedan, en su nombre, pastorear al pueblo de Dios.
Los primeros cristianos tenían muy vivo ese encuentro con el Señor. Vivían en una sociedad pagana, el culto era el culto al César, con una moral propia de lo que era el imperio romano, y el encuentro con el Señor cambiaba radicalmente sus vidas. Se daban cuenta de estar viviendo una realidad nueva, una realidad transida por la gracia. Quizá esa vivencia de esa novedad, de ese renacer por dentro, es lo que nos falta a nosotros. De los primeros cristianos podemos aprender esa viveza de la fe, esa radicalidad de la fe, ese agradecimiento a un don tan grande como es tener fe, que no es indiferente tenerla o no tenerla. Darnos cuenta, como decía este Papa, que Jesucristo no nos quita nada, sino que nos lo da todo. Pienso que en este Año de la Fe, de esa experiencia de los primeros cristianos podemos aprender esto, que vivir en cristiano es algo muy grande, que es un don inmenso que se nos da, del que tenemos que vivir siempre agradecidos, que eso implica una transformación de la vida, un nuevo estilo de vida, ser discípulos de Jesús, y en la medida en que somos discípulos del Señor con esa viveza, con ese convencimiento, seremos capaces de transmitirlo a los demás como testigos y como misioneros.
Alvaro Vidal-Quadras
Carlos López
Alfonso Herrero
El próximo viernes 5 de julio, a las 11,00 de la mañana, en el Aula Juan Pablo II de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, tendrá lugar la presentación de la primera Encíclica del Papa Francisco, “Lumen fidei”.
Intervendrán en esta rueda de prensa el Cardenal Marc Ouellet, Prefecto de la Congregación para los obispos con Mons. Gerhard Ludwig Müller, Prefecto de la Congregación para la doctrina de la fe y Mons. Rino Fisichella, Presidente del Consejo pontificio para la promoción de la Nueva Evangelización.
La Encíclica estará disponible a partir de ese día en italiano, francés, inglés, alemán, español y portugués.
(María Fernanda Bernasconi – RV).
El Señor nos pide ser pacientes y sin mancha, caminando siempre en su presencia. Es cuanto ha afirmado este viernes en la mañana el papa Francisco durante la misa celebrada en la Casa Santa Marta.
El Señor entra de a pocos en la vida de Abraham, tiene 99 años cuando le promete un hijo. En cambio, entra inmediatamente en la vida del leproso: Jesús escucha su oración, lo toca y aquí está el milagro. Para su reflexión, Francisco ha partido de la primera lectura de hoy y del evangelio para indicar cómo el Señor decide involucrarse "en nuestras vidas, en la vida de su pueblo". Abraham y el leproso. "Cuando venga el Señor no siempre lo hace de la misma manera. No existe un protocolo de la actuación de Dios en nuestra vida "," no existe ". Unavez, añadió, "lo hace de una manera, otra vez lo hace de otra”, pero siempre lo hace. "Siempre se da este encuentro entre nosotros yel Señor":
"El Señor siempre escoge el modo de entrar en nuestra vida. Muchas veces lo hace tan lentamente, que estamos en peligro de perder un poco de paciencia, ‘Pero, Señor, ¿cuándo?’ Y oramos, oramos... Y no llega su intervención en nuestras vidas. Otras veces, cuando pensamos en lo que el Señor nos ha prometido, es tan grande que somos un poco incrédulos, un poco escépticos y como Abraham, un poco a escondidas, sonreímos... Dice esta primera lectura que Abraham escondió su cara y sonrió... Un poco de escepticismo: ‘Pero cómo yo, con cerca de cien años, tendré un hijo y mi mujer a los 90 años tendrá un hijo?’.
El mismo escepticismo, recordó, lo tendrá Sarah, en la encina de Mambré, cuando los tres ángeles le dirán lo mismo a Abraham. "¿Cuántas veces nosotros, cuando el Señor no acude –reflexionó, no hace el milagro, y no nos da lo que queremos que Él haga, nos volvemos o impacientes o escépticos":
"Pero no lo hace, a los escépticos no puede hacerlo. El Señor se toma su tiempo. Pero incluso Él, en esta relación con nosotros, tiene mucha paciencia. No solo nosotros debemos tener paciencia: ¡Él la tiene! ¡Él nos espera! ¡Él nos espera hasta el final de la vida! Pensemos en el buen ladrón, hasta el final, al final reconoció a Dios. El Señor camina con nosotros, pero muchas veces no se deja ver, como en el caso de los discípulos de Emaús. El Señor está involucrado en nuestras vidas, ¡esto es seguro!, pero muchas veces no lo vemos. Esto nos exige paciencia. Pero el Señor que camina con nosotros, Él también tiene mucha paciencia con nosotros".
El papa profundizó así, sobre "el misterio de la paciencia de Dios, que al caminar, camina a nuestro ritmo". A veces en la vida, constató, "las cosas se vuelven muy oscuras, hay tanta oscuridad allí, que queremos, si estamos en problemas, bajar de la cruz". Esto, dijo, "es el momento preciso: la noche es más oscura, cuando se aproxima la madrugada. Y siempre cuando nos bajamos de la cruz, lo hacemos cinco minutos antes de que llegue la liberación, en el momento más grande de la impaciencia".
"Jesús en la Cruz, sintió que lo desafiaban: ‘¡Baja, baja! ¡Ven!’. Paciencia hasta el final, porque Él tiene paciencia con nosotros. Él entra siempre, está involucrado con nosotros, pero lo hace a su manera y cuando Él piensa que es mejor. Solo nos dice lo que le dijo a Abraham: ‘Camina en mi presencia y sé perfecto', sé irreprensible, es la palabra correcta. Camina en mi presencia y trata de estar por encima de cualquier reproche. Este es el camino con el Señor y Él interviene, pero tenemos que esperar, esperar el momento, caminando siempre en su presencia y tratando de ser irreprensibles. Le pedimos esta gracia al Señor: caminar siempre en su presencia, tratando de ser irreprensibles”.
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"Hay que aprender que lo religioso es la manifestación más sublime de lo humano, pero sólo cuando es puro". "Cuando los actos litúrgicos se van deslizando hacia eventos sociales pierden la fuerza". Estas son solo dos citas extraidas del libro 'Sobre el cielo y la tierra' del Papa Francisco.
En Los Nuevos Areópagos seguimos disfrutando con los textos y las palabras del Papa Francisco. Ahora hemos concluido la lectura de las opiniones que expuso sobre la fe, la familia, la Iglesia y muchas cosas más en su conversación con el rabino judío Abraham Skorka (Entre el cielo y la tierra, Debate, Barcelona 2013, 220 páginas). El libro fue publicado ya en Argentina en 2010. Nos gustaría sobre todo que lo leáis. Para ir abriendo el apetito, compartimos 20 citas que no se pueden considerar un resumen, pero captan el estilo y el interés del libro. Entre paréntesis están los números de página.
Tenemos culturas idólatras en nuestra sociedad: el consumismo, el relativismo y el hedonismo son una muestra de ello (36)
Moisés es el personaje más humilde que hubo sobre la tierra. Delante de Dios no queda otra que la humildad y el que quiere ser dirigente del pueblo de Dios tiene que dar espacio a Dios (43)
Lo peor que nos puede pasar en la vida sacerdotal es ser mundanos, obispos o curas light (54)
No creo en las posiciones que plantean sostener cierto espíritu corporativo para evitar dañar la imagen de la institución (58)
Cuando los actos litúrgicos se van deslizando hacia eventos sociales pierden la fuerza (62-63)
Hay que aprender que lo religioso es la manifestación más sublime de lo humano, pero sólo cuando es puro (67)
El hombre recibe algo y tiene que dejar algo mejor (84)
El cristianismo tuvo épocas de fuertes movimientos quietistas, que iban en contra del mandato de Dios, que dice que hay que transformar la tierra, trabajar (89)
Creo que ahora hay una eutanasia encubierta (…) El anciano no es cuidado como se debe, sino que es material de descarte (91-92)
Separo el tema del aborto de cualquier concepción religiosa. Es un problema científico (105)
Nuestra opinión sobre el casamiento entre personas del mismo sexo no tiene base religiosa, sino antropológica (112)
Ahora a nadie se le ocurriría meter un montón de gente en un barco y mandarla al otro lado del océano. Es verdad que hoy hay otros tipos de esclavitud, como es el caso de las dominicanas que traen para someterlas a la prostitución (119)
Me parece discriminatorio que no se hable de la religión, que no se enseñe el punto de vista religioso de la vida y de los acontecimientos históricos como se hace con otras disciplinas (123-124)
Si uno piensa que el poder es imponer lo mío, meter a todos en mi línea y hacerlos andar por ese camino, creo que está equivocado (139)
A los curas, el día que les impongo las manos y los ordeno, les digo que no estudiaron para recibirse de curas, que no es una carrera, que ellos no eligieron sino que a ellos los eligieron (141)
El gran peligro –la gran tentación- en la asistencia a los pobres reside en caer en el paternalismo protector, que en última instancia no los deja crecer. La obligación del cristiano es integrar al más desposeído en la misma comunidad, como se pueda, pero integrarlo (160)
No entenderíamos la revelación, la Biblia, si no tomáramos en serio la conflictividad. La cuestión es cómo se resuelve el conflicto según la palabra de Dios (200)
Incluso con un agnóstico, desde su duda, podemos mirar juntos hacia arriba y buscar la trascendencia (204)
Los verdaderos renovadores son los santos. Ellos son los verdaderos reformadores, los que cambian, transforman, llevan adelante y resucitan el camino espiritual (214)
La búsqueda religiosa no se apagó, sigue fuerte, por ahí un tanto desorientada, fuera de las estructuras institucionales. A mi juicio, el desafío más grande lo tienen los líderes religiosos en saber cómo conducir esa fuerza (216)
Francisco Javier Pérez Latre
MATEMÁTICA Y FILÓSOFA
ASESINADA EN MARZO DEL 415
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| DATOS QUE PARECEN MÁS SEGUROS | |
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| Retrato idealizado de Hipatia | |||
De hecho, entre sus discípulos había cristianos y personas que simpatizan con el cristianismo (dos de ellos llegaron a ser consagrados obispos, como Sinesio de Cirene). Hipatia protegía a sus alumnos cristianos y había amistad entre éstos y sus compañeros paganos.
Hipatia se puso del lado de Orestes y recordó a Cirilo el ejemplo de su antecesor, Teófilo, que, a pesar de ambición y su campaña contra el paganismo, no era dictador y buscaba y conseguía el apoyo de las autoridades imperiales: había colaboración armoniosa entre autoridades civiles y eclesiásticas.
De hecho, ella siempre se había relacionado libremente con las autoridades municipales y nunca nadie la había molestado; podía manifestar su independencia política en lugares públicos sin problema, y la gente sabía que los gobernantes buscaban sus consejos.
Ahora, en cambio, empieza a haber rumores de que ella es la causa de que obispo y prefecto no se reconcilien, que se acentúan cuando Orestes se muestra intransigente a una reconciliación con Cirilo. Además, empiezan a circular otros rumores calumniosos sobre Hipatia y su relación con supuestas ceremonias mágicas, hechizos satánicos, etc.
DATOS PROBABLES
Igualmente, pocos años después del asesinato de Hipatia, en el 422, el prefecto imperial fue muerto en un tumulto. De hecho, el propio obispo Cirilo reprochó al pueblo su carácter levantisco y pendenciero, en su homilía pascual del año 419.
DATOS HIPOTÉTICOS
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BIBLIOGRAFÍA:
- Dzielska, María, Hipatia de Alejandría, Ediciones Siruela, Madrid, 2004 (2ª edición: 2006).
- Sinesio de Cirene, Cartas, Introducción, traducción y notas de F. A. García Romero, Editorial Gredos, 1995.
- Sócrates Escolástico (Sócrates de Constantinopla), Historia ecclesiastica, libro VII, capítulos 13 a 15.
- Juan Malalas, Chronographia, capítulo 14
Crítica cinematográfica de la película Ágora
¿Sabes quién era san Cirilo de Alejandría?
La imagen del templo, como ilustración del misterio de la Iglesia ha sido el tema elegido por el Papa Francisco para la catequesis de la audiencia general de los miércoles.
La palabra templo nos hace pensar, ha dicho el Santo Padre, en un edificio, en una construcción; a muchos en el gran templo de Salomón en Jerusalén que era el lugar de encuentro con Dios en la oración y que custodiaba el Arca de la Alianza en cuyo interior estaban las Tablas de la Ley, el maná del desierto y la vara de Arón. “Una llamada al hecho de que Dios había estado siempre dentro de la historia de su pueblo, había acompañado su camino y guiado sus pasos...También nosotros cuando vamos al templo debemos recordar nuestra historia, cómo Jesús me ha encontrado, cómo ha caminado conmigo, como me ama y me bendice”.
“La imagen del antiguo templo, por la fuerza del Espíritu Santo, se realiza ahora en la Iglesia como “casa de Dios”, lugar de su presencia”, ha explicado el Pontífice, subrayando que si el templo de Salomón estaba construido por las manos del hombre para dar una morada a Dios y ser un signo visible de su presencia entre el pueblo, con la Encarnación “es Dios mismo el que construye “su casa” para venir a habitar entre nosotros. Cristo es el Templo viviente del Padre y Cristo mismo edifica su “casa espiritual”, la Iglesia, hecha no de piedras materiales sino de “piedras vivas” que somos nosotros ¡Que hermoso! Nosotros somos las piedras vivas del edificio de Dios, unidas profundamente a Cristo que es la piedra que sustenta todo y también a nosotros. Esto significa que el templo somos nosotros, que nosotros somos la Iglesia viva... y cuando estamos juntos entre nosotros está también el Espíritu Santo que nos ayuda a crecer como Iglesia. No estamos aislados, somos Pueblo de Dios: esta es la Iglesia”.
“El Espíritu Santo con sus dones diseña la variedad que es la riqueza en la Iglesia. La Iglesia no es un entretejerse de cosas e intereses, sino el templo del Espíritu Santo, el templo en que Dios obra, del que cada uno de nosotros con el don del Bautismo es piedra viva. Ninguno es inútil en la Iglesia, todos somos necesarios para construir este templo, ninguno es secundario, ni más importante; todos somos iguales a los ojos de Dios. Alguno podría decir, escuche Señor Papa, Usted no es como nosotros. ¡No es verdad, soy como uno de vosotros, todos somos iguales!, somos hermanos, ninguno es anónimo: la Iglesia la construimos y la formamos todos. Pero este hecho nos invita también a reflexionar sobre el dato de que si falta el ladrillo de nuestra vida cristiana, falta algo de la belleza de la Iglesia”.
“¿Cómo vivimos nuestro ser Iglesia? ¿Somos piedras vivas o, por el contrario, somos, por así decir, piedras cansadas, aburridas, indiferentes? ¿Habéis visto que cosa más fea es un cristiano cansado, aburrido o indiferente? El cristiano tiene que estar vivo y alegre de ser cristiano; deber vivir esta belleza de formar parte del Pueblo de Dios que es la Iglesia... .¿Nos abrimos a la acción del Espíritu Santo para ser parte activa de nuestra comunidad o nos cerramos en nosotros mismos diciendo: “tengo tantas cosas que hacer, y no es mi obligación?”, se ha preguntado Francisco, que ha concluido la catequesis pidiendo al Señor que nos de “su gracia y su fuerza para que podamos estar profundamente unidos a Cristo, piedra angular... de nuestra vida y de toda la vida de la Iglesia ... y para que, animados por el Espíritu Santo, seamos siempre piedras vivas de su Iglesia”.
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Texto: VIS Video: Romereports.com