En su línea de poner el dedo en la llaga, el Papa Francisco denunció este domingo la persecución que sufren numerosos cristianos en nuestros días. Ante una plaza de San Pedro soleada y abarrotada de fieles que desbordaban incluso por la Vía della Conciliazione, el Papa invitó a «rezar de modo particular por los cristianos que sufren persecución», y lo repitió dos veces.
Durante el rezo del Regina Coeli, la oración que sustituye al Ángelus durante el tiempo de Pascua, el Papa comentó el episodio del arresto de los Apóstoles en Jerusalén cuando anunciaban la Resurrección de Jesús desobedeciendo la prohibición impuesta por las autoridades del Templo, que los hicieron azotar.
Francisco subrayó que los Apóstoles salieron «alegres de haber sido dignos de sufrir ultrajes por el nombre de Jesús», y explicó que esa fuerza les venía de que «su fe se basaba en una experiencia muy fuerte y personal de Jesús resucitado, por eso no tenían miedo a nada ni a nadie».
Comoconsejo práctico, el Papa invitó a «anunciar con franqueza y valentía la Resurrección del Señor», al tiempo que saludaba a los chicos y chicas que se están preparando para la Confirmación, un sacramento que Francisco impartirá personalmente el próximo 28 de abril en la plaza de San Pedro.
Como siempre, el Papa se despidió al estilo familiar romano: «Buen domingo y buen almuerzo».
Traducción y audio palabras del Papa antes del Regina Coeli (Audio) ![]()
Queridos hermanos y hermanas
Quisiera detenerme brevemente en la página de los Hechos de los Apóstoles que se lee en la Liturgia de este Tercer Domingo de Pascua. Este texto narra que la primera predicación de los Apóstoles en Jerusalén llenó la ciudad de la noticia que Jesús era verdaderamente resucitado, según las Escrituras, y era el Mesías anunciado por los Profetas. Los sumos sacerdotes y los jefes de la ciudad buscaron frenar el nacimiento de la comunidad de los creyentes en Cristo e hicieron encarcelar a los Apóstoles, ordenándoles de no enseñar más en su nombre. Pero Pedro y los otros once respondieron: «Hay que obedecer a Dios antes que a los hombres. El Dios de nuestros padres ha resucitado a Jesús… lo exaltó con su poder haciéndolo Jefe y Salvador… Nosotros somos testigos de estas cosas, nosotros y el Espíritu Santo que Dios ha enviado a los que obedecen» (Hech 5,29-32). Entonces hicieron azotar a los Apóstoles y les ordenaron nuevamente de no hablar más en nombre de Jesús. Y ellos se fueron «dichosos de haber sido considerados dignos de padecer por el nombre de Jesús (v. 41).
¿Dónde encontraban los primeros discípulos la fuerza para dar este testimonio? No sólo: ¿de dónde les venía la alegría y el coraje del anuncio, a pesar de los obstáculos y las violencias? No olvidemos que los Apóstoles eran personas simples, no eran escribas, doctores de la ley, ni pertenecían a la clase sacerdotal. ¿Cómo han podido, con sus límites y obstaculizados por las autoridades, llenar Jerusalén con sus enseñanzas? (Cfr. Hech 5, 28) Es claro que solamente la presencia del Señor Resucitado y la acción del Espíritu Santo con ellos pueden explicar este hecho. Su fe se basaba en una experiencia tan fuerte y personal de Jesús muerto y resucitado, que no tenían miedo de nada y de ninguno, es más, veían las persecuciones como un motivo de honor, que les permitía seguir las huellas de Jesús y de parecerse a Él, testimoniándolo con la vida.
Esta historia de la primera comunidad cristiana nos dice una cosa muy importante, que es válida para la Iglesia de todos los tiempos, también para nosotros: cuando una persona conoce verdaderamente Jesucristo y cree en Él, experimenta su presencia en la vida y la fuerza de la Resurrección, y no puede no comunicar esta experiencia. Y si encuentra incomprensiones o adversidades, se comporta como Jesús en su Pasión: responde con el amor y la fuerza de la vida.
Rezando juntos el Regina Coeli, pidamos la ayuda de María Santísima para que la Iglesia en todo el mundo anuncie con sinceridad y coraje la Resurrección del Señor y dé testimonio válido con signos de amor fraterno. Recemos en modo particular para que los cristianos que sufren persecución sientan la presencia viva y confortante del Señor Resucitado.
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El Obispo de Roma se refirió a los primeros cristianos y destacó que vivían unidos, en armonía y amor mutuo, dimensiones -dijo- que hay que volver a descubrir hoy.
El cristiano "no puede juzgar a nadie, ya que el único que puede hacerlo es Dios, no debe criticar, hablar mal, de los otros y tiene que ser dócil y caritativo", afirmó el Papa Francisco durante la Misa que ofició ante la presencia de personal sanitario y funcionarios del Vaticano.
"Que el Espíritu Santo lleve la paz a las comunidades cristianas y enseñe a sus miembros a ser dóciles, renunciando a criticar a los otros", dijo el Papa Bergoglio durante la homilía de la Misa que celebró, como todos los días, en la capilla de la residencia de Santa Marta, donde se aloja, informó el Vaticano.
El Obispo de Roma se refirió a los primeros cristianos y destacó que vivían unidos, en armonía y amor mutuo, dimensiones -dijo- que hay que volver a descubrir hoy.
El pontífice manifestó que hay que descubrir de nuevo la docilidad, una virtud -afirmó- que está un poco olvidada.
"La mansedumbre tiene muchos enemigos, el primero de ellos es hablar mal. Criticar a los otros, atacarles, son tentaciones del diablo que no quiere que el Espíritu Santo venga a nosotros y logre la paz, la docilidad en las comunidades cristianas", señaló.
El jesuita Francisco agregó que la crítica "no es la vida nueva" del cristiano, que tiene que ser caritativo, y recordó cual tiene que ser el comportamiento justo de un cristiano.
"No juzgar a nadie, ya que el único juez es el Señor. Estar callados y si hay que decir algo se le dice al interesado, a quien pueda remedia la situación, pero no a todo el barrio. Si con la gracia del Espíritu Santo logramos no criticar más, será un gran paso, que nos hará bien a todos", subrayó.
Desde que fue elegido papa, el argentino Jorge Mario Bergoglio oficia todos días misa en la capilla de la residencia de Santa Marta, a la que asisten miembros de la Curia Romana, empleados de los jardines y del servicio de limpieza, funcionarios del Governatorato (ente que gobierna el Estado de la Ciudad del Vaticano), invitados, etc.
Hoy asistieron personal del Fondo de Asistencia Sanitaria, los servicios sanitarios del Vaticano, y personal del Governatorato.
En un país conocido por sus películas de Bollywood, directores de cine de la India han roto esquemas con la producción de una película sobre la vida de Jesús.

3 de abril de 2013. (ROMEREPORTS.com)
En la India hay unos 19 millones de católicos. Un número muy alto, pero son sólo un 4% de la población. Los productores esperan que sea el comienzo de más películas como estas y un impulso para la Nueva Evangelización, especialmente en lugares donde los cristianos son minoría.
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El Papa anterior, Benedicto XVI, señalaba con frecuencia el peligro de ser individualistas. Los cristianos debemos vencerlo haciendo operativo el “nosotros” que formamos en la familia de Dios que es la Iglesia; pues ese “nosotros” está para abrirnos a todas las personas del mundo, llevándolas a Cristo. En estas primeras semanas de su pontificado, el Papa Francisco viene insistiendo en ese argumento.
Ya comoarzobispo de Buenos Aires lo hacía con frecuencia, y fue también el tema de su intervención entre los cardenales antes del cónclave. Propone con fuerza que los cristianos hemos de salir de nosotros mismos, evitar esa tendencia a encerrarnos inpidualmente o en grupo, tan común en nuestro mundo y recurrente en todo aquello en que intervenimos los humanos.
En su primera audiencia general se ha preguntado: “¿Qué significa seguir a Jesús en su camino del Calvario hacia la Cruz y la Resurrección?”. Y ha recordado que Jesús recorrió las calles de Tierra santa y escogió a sus apóstoles para participar en su misión; habló a todos sin distinción, trayéndoles la misericordia y el perdón de Dios; les curó y consoló, comprendió y cuidó como un buen padre y una buena madre con sus hijos; compartió las realidades cotidianas con la gente común, se conmovió, lloró y sufrió con sus amigos y por ellos y por todos.
Y así manifestó el modo de hacer de Dios: “Dios no esperó a que fuéramos a Él, sino que es Él que se mueve hacia nosotros, sin cálculos, sin medidas. Dios es así: Él da siempre el primer paso, Él se mueve hacia nosotros”. Jesús estuvo con nosotros, sin tener dónde reclinar su cabeza (cf. Mt 8, 20). “Jesús no tiene hogar, porque su casa es la gente, somos nosotros, su misión es abrir a todos las puertas de Dios, ser la presencia amorosa de Dios”.
Especialmente en los días de su pasión, continúa el Papa, Jesús se entregó por nosotros, con un amor que lleva al sacrificio pero no de manera pasiva o fatalista. “Jesús se entregó voluntariamente a la muerte para corresponder al amor de Dios Padre, en perfecta unión con su voluntad, para demostrar su amor por nosotros, por cada uno de nosotros”. (cf. Ga 2, 20). De modo que “cada uno de nosotros puede decir: me amó y se entregó a sí mismo por mí. Cada uno puede decir este ‘por mí’”.
Pues bien –deduce–, así podemos ver que “éste es también mi camino, el tuyo, nuestro camino¨. No se sigue a Jesús –en la Semana santa y siempre– sólo “con la conmoción del corazón”. Es necesario “aprender a salir de nosotros mismos –como dije el domingo pasado– para salir al encuentro de los demás, para ir hasta las periferias de la existencia, ser nosotros los primeros en movernos hacia nuestros hermanos y hermanas, especialmente los que están más alejados, los olvidados, los que están más necesitados de comprensión, de consuelo y de ayuda. ¡Hay tanta necesidad de llevar la presencia viva de Jesús misericordioso y lleno de amor!”.

Por eso, insiste Francisco, entrar en la lógica del Evangelio, para seguir, acompañar a Cristo y permanecer con Él, requiere "salir". ¿Salir de dónde? “Salir de sí mismos, de un modo de vivir la fe cansado y rutinario, de la tentación de ensimismarse en los propios esquemas que terminan por cerrar el horizonte de la acción creadora de Dios. Dios salió de sí mismo para venir en medio de nosotros, colocó su tienda entre nosotros para traer su misericordia que salva y da esperanza. También nosotros, si queremos seguirlo y permanecer con Él, no debemos contentarnos con permanecer en el recinto de las noventa y nueve ovejas, debemos "salir", buscar con Él a la oveja perdida, a la más lejana”.
Y como en un diálogo afectuoso, nos hace presentes nuestras propias excusas: “Alguien podría decirme: ‘Pero Padre, no tengo tiempo’, ‘tengo muchas cosas que hacer’, ‘es difícil’, ‘¿qué puedo hacer yo con mi poca fuerza, también con mi pecado, con tantas cosas?’”. Nos pasa, dice el Papa, algo así como a san Pedro: cuando llega el momento de las dificultades, de lo que no entiende, protesta, y Jesús le reprende (cf. Mc. 8, 33). Y es que nos cuesta entender la misericordia de Dios, que espera todos los días al hijo pródigo; que, como el buen samaritano, socorre sin pedir nada a cambio; que como buen pastor da su vida para defender y salvar a las ovejas.
De modo sencillo, sin miedo a insistir, el Papa nos ha invitado a abrir las puertas a Dios y a los demás: “Abrir las puertas de nuestros corazones, de nuestra vida, de nuestras parroquias –¡qué pena tantas parroquias cerradas! – de los movimientos, de las asociaciones, y ‘salir’ al encuentro de los demás, acercarnos nosotros para llevar la luz y la alegría de nuestra fe. ¡Salir siempre! Y hacer esto con amor y con la ternura de Dios, con respeto y paciencia, sabiendo que ponemos nuestras manos, nuestros pies, nuestro corazón, pero que es Dios quien los guía y hace fecundas todas nuestras acciones”.
También en su primera misa crismal como obispo de Roma ha propuesto lo mismo a los sacerdotes. Ellos son ungidos para ungir a todos los cristianos. Ha evocado la imagen del óleo que se derramaba en el Antiguo Testamento sobre los sacerdotes. Descendía hasta la orla de los vestidos sagrados, representando así que su unción (que comportaba la fuerza del Espíritu de Dios) llegaba hasta los confines del universo.
La unción sacerdotal lleva consigo el “perfume” de Cristo y la fuerza curativa del Espíritu Santo (cf. Lc 8, 42), la confianza en Dios y la alegría. Y debe llegar –como gusta decir al Papa Francisco– hasta las “periferias”: los pobres, los cautivos, los enfermos, los tristes y solos; las cosas cotidianas, las penas y alegrías, angustias y esperanzas.
Los sacerdotes deben salir de sí mismos para dar a los fieles el Evangelio y el poder redentor de la gracia, ser “pastores en medio de su rebaño” y pescadores de hombres, mediadores y no meros funcionarios, “poner en juego la piel y el corazón”.
Concluye el Papa Francisco refiriéndose en este contexto a la llamada crisis de identidad sacerdotal, que se suma a la crisis de civilización (sugiriendo quizá que en esas crisis juega un papel no pequeño el encerramiento en uno mismo y la falta de fe). Los sacerdotes las podrán vencer echando las redes (predicando, sentándose en el confesonario, gastándose por las personas que tienen confiadas y saliendo en busca de otras muchas), haciendo fecundo su ministerio en nombre de Jesús.
Lo dice a los sacerdotes. Cabe recordar que todos los cristianos están ungidos, desde el Bautismo, para participar de esa misión de Jesús, en persas formas, de acuerdo con los dones, carismas y ministerios de cada uno. La mayoría de ellos, los fieles laicos, ejercen el apostolado cristiano a través de sus relaciones de amistad, de familia y de trabajo en medio de la calle. Y todos, efectivamente, hemos de aprender a salir de nosotros mismos.
http://iglesiaynuevaevangelizacion.blogspot.com.es/
En su primera audiencia general, el Papa Francisco dijo que es necesario “aprender a salir de nosotros mismos para salir al encuentro de los demás, para ir hasta las periferias de la existencia.

Ya como arzobispo de Buenos Aires lo hacía con frecuencia, y fue también el tema de su intervención entre los cardenales antes del cónclave. Propone con fuerza que los cristianos hemos de salir de nosotros mismos, evitar esa tendencia a encerrarnos individualmente o en grupo, tan común en nuestro mundo y recurrente en todo aquello en que intervenimos los humanos.
Dios no esperó..., salió a nuestro encuentro
En su primera audiencia general se ha preguntado: “¿Qué significa seguir a Jesús en su camino del Calvario hacia la Cruz y la Resurrección?”. Y ha recordado que Jesús recorrió las calles de Tierra santa y escogió a sus apóstoles para participar en su misión; habló a todos sin distinción, trayéndoles la misericordia y el perdón de Dios; les curó y consoló, comprendió y cuidó como un buen padre y una buena madre con sus hijos; compartió las realidades cotidianas con la gente común, se conmovió, lloró y sufrió con sus amigos y por ellos y por todos.
Y así manifestó el modo de hacer de Dios: “Dios no esperó a que fuéramos a Él, sino que es Él que se mueve hacia nosotros, sin cálculos, sin medidas. Dios es así: Él da siempre el primer paso, Él se mueve hacia nosotros”. Jesús estuvo con nosotros, sin tener dónde reclinar su cabeza (cf. Mt 8, 20). “Jesús no tiene hogar, porque su casa es la gente, somos nosotros, su misión es abrir a todos las puertas de Dios, ser la presencia amorosa de Dios”.
Especialmente en los días de su pasión, continúa el Papa, Jesús se entregó por nosotros, con un amor que lleva al sacrificio pero no de manera pasiva o fatalista. “Jesús se entregó voluntariamente a la muerte para corresponder al amor de Dios Padre, en perfecta unión con su voluntad, para demostrar su amor por nosotros, por cada uno de nosotros”. (cf. Ga 2, 20). De modo que “cada uno de nosotros puede decir: me amó y se entregó a sí mismo por mí. Cada uno puede decir este ‘por mí’”.
Pues bien –deduce–, así podemos ver que “éste es también mi camino, el tuyo, nuestro camino¨. No se sigue a Jesús –en la Semana santa y siempre– sólo “con la conmoción del corazón”. Es necesario “aprender a salir de nosotros mismos –como dije el domingo pasado– para salir al encuentro de los demás, para ir hasta las periferias de la existencia, ser nosotros los primeros en movernos hacia nuestros hermanos y hermanas, especialmente los que están más alejados, los olvidados, los que están más necesitados de comprensión, de consuelo y de ayuda. ¡Hay tanta necesidad de llevar la presencia viva de Jesús misericordioso y lleno de amor!”.
Salir del cansancio, de la rutina, del ensimismarse
Por eso, insiste Francisco, entrar en la lógica del Evangelio, para seguir, acompañar a Cristo y permanecer con Él, requiere "salir". ¿Salir de dónde? “Salir de sí mismos, de un modo de vivir la fe cansado y rutinario, de la tentación de ensimismarse en los propios esquemas que terminan por cerrar el horizonte de la acción creadora de Dios. Dios salió de sí mismo para venir en medio de nosotros, colocó su tienda entre nosotros para traer su misericordia que salva y da esperanza. También nosotros, si queremos seguirlo y permanecer con Él, no debemos contentarnos con permanecer en el recinto de las noventa y nueve ovejas, debemos "salir", buscar con Él a la oveja perdida, a la más lejana”.
Y como en un diálogo afectuoso, nos hace presentes nuestras propias excusas: “Alguien podría decirme: ‘Pero Padre, no tengo tiempo’, ‘tengo muchas cosas que hacer’, ‘es difícil’, ‘¿qué puedo hacer yo con mi poca fuerza, también con mi pecado, con tantas cosas?’”. Nos pasa, dice el Papa, algo así como a san Pedro: cuando llega el momento de las dificultades, de lo que no entiende, protesta, y Jesús le reprende (cf. Mc. 8, 33). Y es que nos cuesta entender la misericordia de Dios, que espera todos los días al hijo pródigo; que, como el buen samaritano, socorre sin pedir nada a cambio; que como buen pastor da su vida para defender y salvar a las ovejas.
De modo sencillo, sin miedo a insistir, el Papa nos ha invitado a abrir las puertas a Dios y a los demás: “Abrir las puertas de nuestros corazones, de nuestra vida, de nuestras parroquias –¡qué pena tantas parroquiascerradas! – de los movimientos, de las asociaciones, y ‘salir’ al encuentro de los demás, acercarnos nosotros para llevar la luz y la alegría de nuestra fe. ¡Salir siempre! Y hacer esto con amor y con la ternura de Dios, con respeto y paciencia, sabiendo que ponemos nuestras manos, nuestros pies, nuestro corazón, pero que es Dios quien los guía y hace fecundas todas nuestras acciones”.
Los sacerdotes: ungidos para ungir
También en su primera misa crismal como obispo de Roma ha propuesto lo mismo a los sacerdotes. Ellos son ungidos para ungir a todos los cristianos. Ha evocado la imagen del óleo que se derramaba en el Antiguo Testamento sobre los sacerdotes. Descendía hasta la orla de los vestidos sagrados, representando así que su unción (que comportaba la fuerza del Espíritu de Dios) llegaba hasta los confines del universo.
La unción sacerdotal lleva consigo el “perfume” de Cristo y la fuerza curativa del Espíritu Santo (cf. Lc 8, 42), la confianza en Dios y la alegría. Y debe llegar –como gusta decir al Papa Francisco– hasta las “periferias”: los pobres, los cautivos, los enfermos, los tristes y solos; las cosas cotidianas, las penas y alegrías, angustias y esperanzas.
Los sacerdotes deben salir de sí mismos para dar a los fieles el Evangelio y el poder redentor de la gracia, ser “pastores en medio de su rebaño” y pescadores de hombres, mediadores y no meros funcionarios, “poner en juego la piel y el corazón”.
Concluye el Papa Francisco refiriéndose en este contexto a la llamada crisis de identidad sacerdotal, que se suma a la crisis de civilización (sugiriendo quizá que en esas crisis juega un papel no pequeño el encerramiento en uno mismo y la falta de fe). Los sacerdotes las podrán vencer echando las redes (predicando, sentándose en el confesonario, gastándose por las personas que tienen confiadas y saliendo en busca de otras muchas), haciendo fecundo su ministerio en nombre de Jesús.
Lo dice a los sacerdotes. Cabe recordar que todos los cristianos están ungidos, desde el Bautismo, paraparticipar de esa misión de Jesús, en diversas formas, de acuerdo con los dones, carismas y ministerios de cada uno. La mayoría de ellos, los fieles laicos, ejercen el apostolado cristiano a través de sus relaciones de amistad, de familia y de trabajo en medio de la calle. Y todos, efectivamente, hemos de aprender a salir de nosotros mismos.
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La multitud del Papa
La paz «es el fruto de la victoria del amor de Dios sobre el mal, es el fruto del perdón. Y es precisamente así: la verdadera paz, esa paz profunda, viene de hacer la experiencia de la misericordia de Dios».
«¡Tengamos también nosotros el coraje de testimoniar la fe en Cristo resucitado!, ¡No tengamos miedo de ser cristianos y de vivir como cristianos!». Lo dijo el Papa Francisco en el Regina Coeli.
«La Iglesia es enviada por Cristo resucitado a transmitir a los hombres la remisión de los pecados, y así hacer crecer el Reino del amor, sembrar la paz en los corazones, para que se afirme también en las relaciones, en las sociedades, en las instituciones», añadió el Papa.
La paz «es el fruto de la victoria del amor de Dios sobre el mal, es el fruto del perdón. Y es precisamente así: la verdadera paz, esa paz profunda, viene de hacer la experiencia de la misericordia de Dios». Lo dijo el Papa Francisco durante el Regina Coeli y añadió conmovido, desde la ventana de su estudio, «Hoy es el Domingo de la Divina Misericordia, por voluntad del Beato Juan Pablo II, que cerró sus ojos a este mundo precisamente en la vigilia de esta celebración».
Para concluir, el Papa Francisco exclamó: «¡Queridos hermanos sean mensajeros y testigos de la misericordia de Dios!». Esta fue la exhortación que dirigió Francisco, después del rezo a la Reina del cielo, de este domingo. Cuando saludó cordialmente a los peregrinos que habían participado en la Santa Misa presidida por el Cardenal Vicario de Roma, en la iglesia romana del Santo Espíritu, centro de devoción de la Divina Misericordia.
La primera gran encíclica de Francisco es un sermón dominical de algunos minutos. El nuevo Papa lo pronuncia improvisando, desde el ambón de la pequeña iglesia parroquial de Santa Ana, dentro de las murallas del vaticano:
«El mensaje de Jesús es la misericordia. Para mi, lo digo humildemente, es el mensaje más fuerte del Señor».
Vivimos en una sociedad que nos acostumbra cada vez menos a conocer nuestras responsabilidades y a hacernos cargo de ellas: los errores, de hecho, los cometen siempre los otros. Los inmorales son siempre los otros, la culpa es siempre de algún otro, nunca nuestra. Pero vivimos a veces también la experiencia de un cierto clericalismo de regreso concentrado solo en «regularizar» las vidas de las personas, a través de la imposición de requisitos previos y prohibiciones que sofocan la libertad y hacen más pesado el ya fatigoso vivir cotidiano. Listo para condenar, en vez acoger. Capaz de juzgar, pero no de inclinarse ante las miserias de la humanidad. El mensaje de la misericordia, corazón de esta primera encíclica no escrita del nuevo Papa, abate al mismo tiempo ambos clichés.
El Papa Francisco ha comentado el fragmento evangélico de la adúltera, la mujer que los escribas y los fariseos querían lapidar como prescrito por la ley mosaica. Jesús le salva la vida, pidiendo a quien estuviera libre de pecado que tirara la primera piedra: se marcharon todos. «Tampoco yo te condeno; vete y de ahora en adelante no peques más».
El Pontífice, refiriéndose a los escibas y a los fariseos que habían llevado a la mujer que tenía que ser lapidada ante el Nazareno, dijo: «A nosotros a veces, nos gusta apalear a los demás, condenarlos».
El primer y único paso necesario para hacer experiencia de la misericordia, ha explicado Francisco, es reconocerse necesitados de misericordia. «Jesús ha venido por nosotros, cuando nosotros recomemos que somos pecadores», ha dicho. Es suficiente no imitar a ese fariseo que ante el altar daba gracias a Dios por no ser «como todos los demás hombres». ¡Si somos como ese fariseo, si nos creemos justos, «no conocemos el corazón del Señor, y no tendremos nunca la alegría de sentir esta misericordia!». Quien está acostumbrado a juzgar a los demás, a sentirse tranquilo, a considerarse justo y bueno, no advierte la necesidad de ser abrazado y perdonado. Y en cambio hay quien lo advierte pero piensa que es irredimible, por el excesivo mal cometido.
El Papa al respecto, ha contado un dialogo que tuvo lugar en el confesionario cuando un hombre, escuchando esta palabra sobre la misericordia, respondió a Bergoglio: «¡Oh, Padre, si usted conociera mi vida, no me hablaría de este modo! ¡Las he hecho buenas yo!». Y él respondió: «¡Mejor! Vete donde Jesús: a él le gusta que le cuentes estas cosas! Él olvida, Él tiene una capacidad especial para olvidar. Olvida, te besa, te abraza y te dice solamente: "Tampoco yo te condeno; vete y de ahora en adelante no peques más". Sólo te da ese consejo. Tras un mes, estamos en las mismas condiciones... Volvemos al Señor. El Señor nunca se cansa de perdonar: ¡nunca! Somos nosotros los que nos cansamos de pedirle perdón. Y pidamos la gracia de no cansarnos de pedir perdón, porque Él no se cansa nunca de perdonar».
Dios no se cansa nunca de acoger y perdonar, si únicamente reconocemos que estamos necesitados de su perdón. Esta es la primera gran encíclica no escrita del nuevo Papa. Se dirá: pero esto es desde siempre el corazón del mensaje cristiano. Y sin embargo desde hace cuatro días las palabras simples y profundas de Francisco son una bocanada de oxígeno. Para muchos. Precisamente porque presentan el rostro de una Iglesia que no recrimina a los hombres sus fragilidades y sus heridas, sino que las cura con la medicina de la misericordia.

«Tengamos también nosotros el coraje de testimoniar la fe en Cristo resucitado!». Lo dijo el Papa Francisco en el Regina Coeli.
«La Iglesia es enviada por Cristo resucitado a transmitir a los hombres la remisión de los pecados» añadió el Papa.

«Tengamos también nosotros el coraje de testimoniar la fe en Cristo resucitado!, ¡No tengamos miedo de ser cristianos y de vivir como cristianos!». Lo dijo el Papa Francisco en el Regina Coeli.
«La Iglesia es enviada por Cristo resucitado a transmitir a los hombres la remisión de los pecados, y así hacer crecer el Reino del amor, sembrar la paz en los corazones, para que se afirme también en las relaciones, en las sociedades, en las instituciones», añadió el Papa.
La paz «es el fruto de la victoria del amor de Dios sobre el mal, es el fruto del perdón. Y es precisamente así: la verdadera paz, esa paz profunda, viene de hacer la experiencia de la misericordia de Dios». Lo dijo el Papa Francisco durante el Regina Coeli y añadió conmovido, desde la ventana de su estudio, «Hoy es el Domingo de la Divina Misericordia, por voluntad del Beato Juan Pablo II, que cerró sus ojos a este mundo precisamente en la vigilia de esta celebración».
Para concluir, el Papa Francisco exclamó: «¡Queridos hermanos sean mensajeros y testigos de la misericordia de Dios!». Esta fue la exhortación que dirigió Francisco, después del rezo a la Reina del cielo, de este domingo. Cuando saludó cordialmente a los peregrinos que habían participado en la Santa Misa presidida por el Cardenal Vicario de Roma, en la iglesia romana del Santo Espíritu, centro de devoción de la Divina Misericordia.
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«Nos sentimos privilegiados de ser los primeros en trabajar en este sitio importante», dijo Campbell.
«Este lugar, ahora árido y desolado, fue donde nacieron las ciudades y la civilización hace unos 5.000 años, y fue el hogar de los sumerios y los babilonios después».

Un equipo de arqueólogos británicos que trabaja en Tell Khaiber, en el sur de Irak, han descubierto un enorme complejo cerca de lo que algunos creen que es el lugar de nacimiento del patriarca Abraham, cerca de la ciudad que la Biblia identifica como Ur de los caldeos.
Se trata de un hallazgo de grandes magnitudes, ya que el área examinada ocupa tanto como un campo de fútbol, además de resultar “emocionante” para los investigadores que durante muchos años no han podido realizar su trabajo en este área por los conflictos bélicos.
Stuart Campbell, profesor de Arqueología del Oriente Próximo en la Universidad de Manchester y jefe de su Departamento de Arqueología, dijo a AP que el hallazgo es inusual. «Nos sentimos privilegiados de ser los primeros en trabajar en este sitio importante», dijo Campbell. «Este lugar, ahora árido y desolado, fue donde nacieron las ciudades y la civilización hace unos 5.000 años, y fue el hogar de los sumerios y los babilonios después».

El descubrimiento del sitio se hizo por primera vez a través de imágenes de satélite, según explican en la web Phys.org. A continuación se realizaron excavaciones que confirmaron que la localización. Las primeras dataciones dan una fecha aproximada del 2000 antes de Cristo.
Según National Geographic la ciudad de Ur se fundó «en algún momento en el quinto milenio antes de Cristo» y fue descubierto en la década de 1920 y 1930, después de una expedición. Nacor, el padre de Abraham, vivía en esa ciudad, según describe la Biblia en Génesis.
El hecho de que el equipo de Campbell fuese capaz de trabajar en el lugar es una buena noticia para los investigadores. Durante décadas, los sitios de gran riqueza cultural de Irak, como Ur, quedaron enterrados debido a los disturbios. Algunos sitios fueron saqueados y dañados por la guerra.
Campbell piensa que el emplazamiento podría ser un lugar de comercio y administración que formaría parte de una red gestionada desde Ur de diferentes lugares con este propósito.
La disposición de las habitaciones alrededor de un gran patio se encuentran también en Ur, a 20 km del lugar.
Uno de los hallazgos más sorprendentes en el lugar hasta la fecha es una placa de arcilla de 9 cm que muestra a una persona – probablemente una especie de sacerdote - acercándose a un lugar sagrado.
Fuentes: AP, Huffington Post
“No soy creyente, pero el nuevo Papa me está emocionando”, escribe Jacques Le Goff, conocido medievalista y biógrafo de San Francisco de Asís. "¿Cómo se explica que el Papa fascine al mundo?”, se pregunta el Wall Street Journal.
Y me encuentro en el correo el texto que envía Alejandro Navas, que menciona prácticamente lo mismo, a efectos prácticos, pero si duda referido de otro modo y en otro contexto. Sigue el texto, sin más preámbulos:
“No soy creyente, pero el nuevo Papa me está emocionando”, escribe Jacques Le Goff, conocido medievalista y biógrafo de San Francisco de Asís. La renuncia de Benedicto XVI y la elección de Francisco han suscitado el interés de la opinión pública mundial. “¿Cómo se explica que el Papa fascine al mundo?”, se pregunta el Wall Street Journal. Francisco, con sus gestos y con sus palabras, se ha ganado los corazones de todos, católicos y no creyentes, intelectuales y personas sin especial formación.
Este idilio con la opinión pública se probará cuando el Papa empiece a gobernar –nombramientos, decisiones— y cuando las verdades de siempre que salgan de su boca choquen frontalmente con el discurso políticamente correcto.
Entonces recordará las palabras de Léon Bloy: “¿Por qué la Iglesia es tan odiada? Porque es la conciencia del género humano”. Pero entretanto la religión recupera actualidad. “Dios está de vuelta”, declaraba recientemente John Micklethwait, director deThe Economist.
Encuentro certero el diagnóstico del sociólogo Guillaume Paoli: “El premoderno sabe que cree; el moderno cree que sabe; el postmoderno cree que no cree”. Parecía que el proceso de secularización, compañero del desarrollo de la ciencia moderna, iba a borrar todo vestigio religioso de la faz de la tierra. Y con la idea de Dios iban a desparecer las de ‘verdad’ y ‘bien’, para dar paso a una mezcla de relativismo y escepticismo, al “todo vale”.
No ha sido así. Incluso en el descreído Occidente la religión mantiene una considerable presencia social, aunque haya cedido abundante terreno. El moderno, ebrio de saber y de poder, pensó que podría echar a Dios de su pedestal para ocupar ese puesto. En palabras de Nietzsche: “No hay Dios porque, de haberlo, yo no soportaría no serlo”.
La expulsión de Dios no nos ha traído el paraíso terrenal, más bien al contrario. La política y la economía dejadas a su libre curso, sin criterios morales, se han vuelto contra el propio hombre: afán de poder, corrupción, codicia sin límites. La Realpolitik y la maximización del beneficio se dan la mano para explotar a la gente de a pie.
“La peor crisis no es económica, sino ética”, afirmaban hace unos días Pepu Hernández, Valero Rivera y Vicente del Bosque, entrenadores de selecciones campeonas mundiales y modelos de buen hacer, también en sentido moral (siempre es comprometido canonizar a la gente en vida, pero me arriesgo: necesitamos referentes). La ética vive, sin duda, una coyuntura alcista. Las cátedras se multiplican en las universidades, al igual que los comités deontológicos en los diferentes ámbitos profesionales.
Destacados pensadores agnósticos reclaman un poco de trascendencia como remedio contra el cinismo que nos domina. Edgar Morin postula “una fe en la posibilidad de mejorar la convivencia humana, una fe en los valores de la fraternidad”. Marcello Pera, filósofo y expresidente del Senado italiano, sugiere “una religión cristiana no confesional”.
Los intentos actuales de elaborar una religión civil remiten, en última instancia, a Voltaire: “Si Dios no existiera, habría que inventarlo. ¿Qué genio puede con sus creaciones suplir en un instante esa gran idea protectora del orden social y de todas las virtudes sociales?”
No creo que una religión meramente civil, tal como la conciben Morin o Pera, vaya a sacarnos del atolladero moral. ¿Qué sentido tiene hablar de fraternidad universal si no tenemos un padre común?
La Iglesia es mucho más que una cualificada agencia de servicios sociales o de beneficencia, aun siendo muy estimable lo que aporta en este campo (¿Quién hace más que Cáritas por las víctimas de la crisis económica?). Una fe cristiana reducida a simple moralismo probablemente acabaría ahuyentando a los fieles y perdería todo el interés.
Si es verdad que Dios existe y se ha revelado en Jesucristo, lo decisivo no es la contribución que la fe en El puede significar para el orden social, sino lo que el hombre puede y debe hacer por su Creador –entre otras cosas, por supuesto, contribuir a una ordenación justa de la sociedad: el amor a Dios se prolonga necesariamente en el amor al prójimo--.
Como ha recordado el Papa Francisco en sus primeras palabras, la Iglesia no es una simple ONG. Su misión no consiste en asegurar el buen funcionamiento de la sociedad ni en salvar el mundo, sino en llevar a las personas a la unión con Dios, que culminará en el cielo. La vida de fe entraña una imprescindible dimensión social, pero desde la óptica cristiana la persona humana no se agota en su existencia social, sino que la trasciende.
Cada creyente, ya sea pastor o fiel, tiene que acertar en la síntesis de los tres elementos básicos de la existencia cristiana: liturgia (vida sacramental y de oración), kerigma (anuncio del Evangelio, con el ejemplo y con la palabra) y diaconía (servicio a los más necesitados). Cualquier reduccionismo falsearía la fe y prestaría un flaco servicio al mundo, pues le ofrecería una mercancía adulterada.
Quien tenga un mínimo de inconformismo y desee el bien del mundo y de la sociedad actual, tendrá que considerar estas cosas que dice Alejandro Navas, cuando hable el Papa Francisco y "las verdades de siempre que salgan de su boca choquen frontalmente con el discurso políticamente correcto".