La tarde de este 19 de marzo, poco después de las 17 hora de Roma, Papa Francisco llamó por teléfono al Papa emérito Benedicto XVI ofreciéndole sus más sinceras felicitaciones con motivo de la fiesta de San José, y para manifestarle nuevamente su personal gratitud y la de la Iglesia por su servicio. El coloquio fue amplio y cordial. El Papa emérito siguió con intensa participación los eventos de estos días y en particular la celebración que en la mañana tuvo lugar en la Plaza de

 La tarde de este 19 de marzo, poco después de las 17 hora de Roma, Papa Francisco llamó por teléfono al Papa emérito Benedicto XVI ofreciéndole sus más sinceras felicitaciones con motivo de la fiesta de San José, y para manifestarle nuevamente su personal gratitud y la de la Iglesia por su servicio. El coloquio fue amplio y cordial. El Papa emérito siguió con intensa participación los eventos de estos días y en particular la celebración que en la mañana tuvo lugar en la Plaza deSan Pedro con la Santa Misa por el Inicio del Ministerio petrino de Francisco. Benedicto XVI aseguró además la continua cercanía al Papa Francisco mediante la oración. 

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Aún hay personas que se preguntan si existió realmente Jesús. Por sorprendente que parezca se ponen más objeciones a la existencia de ese hombre que se decía Dios que a otros personajes de la antigüedad. El tema es aún más grave porque existe más información sobre Jesús de Nazaret que sobre otras personas cuya existencia nadie cuestiona. Lógicamente el tema no es sólo de crítica histórica sino que, siempre, subyace una posición ideológica previa que es la que acaba imponiéndose.

Francisco Varo
BAC, 2005

Aún hay personas que se preguntan si existió realmente Jesús. Por sorprendente que parezca se ponen más objeciones a la existencia de ese hombre que se decía Dios que a otros personajes de la antigüedad. El tema es aún más grave porque existe más información sobre Jesús de Nazaret que sobre otras personas cuya existencia nadie cuestiona. Lógicamente el tema no es sólo de crítica histórica sino que, siempre, subyace una posición ideológica previa que es la que acaba imponiéndose.

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Miércoles 25 de Enero (ZENIT).-

Benedicto XVI ha dedicado hoy la catequesis de la audiencia general a la oración sacerdotal de Cristo durante la Última Cena, presentada en el capítulo 17 del Evangelio de San Juan. El Papa afirmó que, para comprender esta oración "en su extrema riqueza", es preciso situarla en el contexto de la fiesta hebraica de la expiación, el Yom kippúr, en la que el Sumo Sacerdote realiza la expiación primero por él mismo, luego por la clase sacerdotal y finalmente por toda la comunidad. Del mismo modo, "Jesús, aquella noche, se dirige al Padre en el momento en que se está ofreciendo. Él, sacerdote y víctima, ruega por sí mismo, por los apóstoles y por cuantos creerán el Él, por la Iglesia de todos los tiempos".

La oración que Jesús reza por Sí mismoInvoquémoslo para obtener la gracia de la unidad es la petición de su propia glorificación. "En realidad -dijo el Papa-, es más que una petición, la declaración de la plena disponibilidad para entrar, libre y generosamente, en el plan de Dios Padre que se cumple (...) en la muerte y en la resurrección. (...) Jesús inicia la oración sacerdotal diciendo: 'Padre, ha llegado la hora. Glorifica a tu Hijo para que tu Hijo te glorifique'. La glorificación que Jesús pide para sí, como Sumo Sacerdote, es el ingreso en la plena obediencia al Padre, una obediencia que lo conduce a su plena condición filial: 'Ahora, Padre, glorifícame Tú a tu lado con la gloria que tuve junto a Ti antes de que el mundo existiera'".

El segundo momento de esta oración lo constituye la intercesión de Jesús por sus discípulos, con la petición de su consagración. Jesús dice: "Ellos no son del mundo, lo mismo que yo no soy del mundo. Conságralos en la verdad". Benedicto XVI explicó que "consagrar quiere decir transferir una realidad, una persona o cosa, a Dios. Aquí están presentes dos aspectos complementarios: por una parte, la idea de 'segregar' (...) del ambiente de la vida personal del hombre para donarse totalmente a Dios; por otra, la idea de 'enviar', de misión. Precisamente porque ha sido donada a Dios, (...) la persona consagrada existe 'para' los demás. (...) Es consagrado quien, como Jesús, es segregado del mundo y puesto aparte para Dios con vistas a una tarea, y, por ello, está totalmente a disposición de todos. Para los discípulos, significará continuar la misión de Jesús".

En el tercer momento de su oración sacerdotal, "Jesús se dirige al Padre para interceder a favor de todos los que serán llevados a la fe mediante la misión inaugurada por los apóstoles (...): 'No ruego solo por éstos, sino por los que van a creer en mí por su palabra'. (...) Jesús reza por la Iglesia de todos los tiempos, reza también por nosotros. (...) La petición central de la oración de Jesús dedicada a sus discípulos de todos los tiempos es la de la futura unidad de cuantos creerán en Él. Tal unidad no procede del mundo.Proviene exclusivamente de la unidad divina y llega hasta nosotros desde el Padre mediante el Hijo y en el Espíritu Santo".

Mediante esta oración sacerdotal, Jesús instituye la Iglesia, que "no es otra cosa sino la comunidad de los discípulos que, mediante la fe en Jesucristo como enviado del Padre, recibe su unidad, y está dedicada a la misión de Jesús de salvar al mundo conduciéndolo al conocimiento de Dios".   

Benedicto XVI invitó a los fieles a leer la oración sacerdotal de Jesús y a meditar sobre ella, así como a rezar pidiendo a Dios "que nos ayude a entrar, de modo pleno, en el proyecto que tiene para cada uno de nosotros; pidámosle ser 'consagrados' a Él, pertenecerle cada vez más, para poder amar cada vez más a los demás; pidámosle ser siempre capaces de abrir nuestra oración a las dimensiones del mundo, sin encerrarnos en la petición de ayuda para nuestros propios problemas, sino recordando a nuestro prójimo ante el Señor, captando la belleza de interceder por los demás; pidámosle el don de la unidad visible de todos los creyentes en Cristo (...) para que estemos siempre preparados a responder a cualquiera que nos pregunte por la razón de la esperanza que está en nosotros".

Para concluir la audiencia, Benedicto XVI saludó en diversos idiomas a los peregrinos presentes en el Aula Pablo VI, y les recordó que hoy, fiesta de la conversión de San Pablo, termina la Semana de Oración por la unidad de los cristianos. Hablando en polaco, dijo: "La conversión, cerca de Damasco, del Apóstol de los gentiles, es la prueba de que, en definitiva, es Dios mismo quien decide sobre la suerte de su Iglesia. Invoquémoslo para obtener la gracia de la unidad, la cual exige también nuestra conversión personal, permaneciendo fieles a la verdad y al amor de Dios".

 

1 de febrero de 2012 

El Santo Padre ha recibido esta mañana en audiencia a miles de peregrinos llegados de todo el mundo que se reunieron en el Aula Pablo VI. La catequesis de hoy estuvo centrada en la oración de Jesús en el Huerto de los Olivos, dentro del ciclo que el Papa está dedicando a la oración de Jesús.

El evangelista Marcos narra que, después de la Última Cena, Jesús se dirige al monte de los Olivos y se prepara para la oración personal. "Pero esta vez -dijo el Papa- sucede algo nuevo: parece que no quiere estar solo. A menudo Jesús se alejaba de las multitudes, e incluso de los discípulos, para orar. En Getsemaní, en cambio, invita a Pedro, Santiago y Juan a estar cerca de Él. Son los mismos discípulos que llamó para que estuvieran con Él en el monte de la Transfiguración".

"Esta cercanía de los tres durante la oración en Getsemaní es significativa -continuó el Pontífice-. Se trata de una petición de solidaridad en el momento en el que siente aproximarse la muerte; pero es, sobre todo, una cercanía en la oración para expresar, de algún modo, la sintonía con Él enel momento en el que se prepara para cumplir hasta el final la voluntad del Padre, así como una invitación a cada discípulo a seguirlo en el camino de la Cruz".

Las palabras que Cristo dirige a los tres discípulos ("Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad") revelan que en aquel momento siente "miedo y angustia, experimenta la última profunda soledad precisamente mientras se está cumpliendo el plan de Dios. En este miedo y angustia de Jesús se resume todo el horror del hombre ante su propia muerte, ante la certeza de su inexorabilidad y la percepción del peso del mal que toca nuestras vidas".

Después de invitar a los discípulos a velar, Jesús se aleja un poco. Citando a San Marcos, el Papa recordó que "Jesús cae postrado en tierra: es una posición de oración que expresa la obediencia a la voluntad del Padre, el abandonarse con plena confianza el Él". Luego Jesús pide al Padre que, si es posible, pase lejos de Él esa hora. "No se trata solo del miedo y la angustia del hombre ante la muerte, sino que está presente también la turbación del Hijo de Dios que ve la terrible masa del mal que deberá tomar sobre Sí para superarlo, para privarlo de poder".

En este punto, Benedicto XVI exhortó a los fieles a rezar llevando ante Dios "nuestros esfuerzos, los sufrimientos de ciertas situaciones, el compromiso cotidiano de seguirlo, de ser cristianos, y también el peso del mal que vemos en nosotros y alrededor nuestro, para que Él nos dé esperanza, nos haga sentir su cercanía, nos dé un poco de luz en el camino de la vida".

Retornando a la oración de Jesús, el Papa señaló tres "pasajes reveladores" en las palabras que dirige al Padre: "¡Abbá, Padre! Todo te es posible, aparta de mí este cáliz; pero que no sea lo que yo quiero, sino lo que quieres Tú". En primer lugar, la palabra aramea "Abbá" es la utilizada por los niños para dirigirse a sus padres, por lo que expresa "la relación de Jesús con Dios Padre, una relación de afecto, confianza, abandono". En segundo lugar aparece laconciencia de la omnipotencia del Padre, que "introduce una petición en la que vemos de nuevo el drama de la voluntad humana de Jesús ante la muerte y el mal. (...) Pero la tercera expresión (...) es la decisiva, aquélla en la que la voluntad humana adhiere plenamente a la voluntad divina. (...) Jesús nos dice que sólo conformando la propia voluntad con la voluntad divina, el ser humano alcanza su verdadera altura, se hace 'divino'. (...) Y es eso lo que hace en Getsemaní: transfiriendo la voluntad humanaen la voluntad divina nace el verdadero hombre y somos redimidos".

Cuando rezamos el Padre Nuestro, "pedimos al Señor: 'Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo'. Reconocemos que existe una voluntad de Dios sobre nuestra vida, y que ha de ser cada día más la referencia de nuestro querer y de nuestro ser; reconocemos también que (...) la tierra sólo se hace cielo, lugar de la presencia del amor, la bondad, la verdad, la belleza divina, si en ella se hace la voluntad de Dios".   Así, en nuestra oración "debemos aprender a confiar más en la divina Providencia, pedir a Dios la fuerza para salir de nosotros mismos y renovar nuestro 'sí', para decirle: 'hágase tu voluntad', para conformar nuestra voluntad con la suya. Es una oración que debemos repetir a diario, porque no siempre es fácil confiarse a la voluntad de Dios".

La narración evangélica muestra que los discípulos no fueron capaces de velar con Cristo. Por eso, para concluir Benedicto XVI dijo: "Pidamos al Señor que seamos capaces de velar con Él en oración, de seguir la voluntad de Dios cada día, incluso si habla de Cruz, de vivir una intimidad cada vez mayor con el Señor, para traer a esta tierra un poco del cielo de Dios".

Tras la catequesis, el Papa saludó -en diversos idiomas- a los peregrinos presentes, especialmente a un grupo de capellanes del Ejército Británico; a los fieles procedentes de Hong Kong e Hispanoamérica; a los obispos amigos de la Comunidad de San Egidio venidos de Europa, Asia y Africa; y a los jóvenes y los enfermos.

 

8 de Febrero, 2012. (Romereports.com)

 

Durante la audiencia general, Benedicto XVI habló a los 4.000 asistentes sobre el sufrimiento de Jesús en la Cruz. Durante los saludos del Papa después de la catequesis, expresó su cercanía con las personas que sufrieron la gran tormenta de nieve que azotó Europa la semana pasada, en la quehubo centenares de muertos y dejó sin energía a algunas poblaciones.

El Santo Padre dirigió sus palabras a los hispanohablantes: "Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los sacerdotes del Colegio Sacerdotal Argentino en Roma, a los participantes en el curso promovido por el Centro Internacional de Animación Misionera, a los grupos venidos de España, México, Nicaragua y otros países latinoamericanos.Que la oración de Jesús sobre la cruz nos enseñe a dirigirnos a Dios con la certeza de que él está siempre presente y nos escucha, y a rezar de modo especial por aquellos hermanos nuestros que sufren o pasan necesidad, para que también ellos sientan el amor de Dios que nunca los abandona".

 

Benedicto XVI explicó las enseñanzas de la oración de Jesús en la cruz

Palabras del papa en la audiencia general

 

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles 15 febrero 2012 (ZENIT.org).-

 

La audiencia general de Benedicto XVI, este miércoles, tuvo lugar a las 10,30 de la mañana en el Aula Pablo VI, donde el santo padre se encontró con grupos de fieles y peregrinos procedentes de Italia y del mundo. En su discurso, el papa, continuando el ciclo de catequesis sobre la oración, centró sumeditación en la oración de Jesús en la inminencia de la muerte.

Benedicto XVI ha seguido, en la audiencia de este miércoles, comentandola oración de Jesús en la cruz. Se centró en tres palabras de Jesús en la cruz.

La primera, «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen», dijo el papa, “es de intercesión, pide perdón por sus verdugos. Con esto, Jesús cumple en primera persona lo que había enseñado en el Sermón de la Montaña cuando dijo: “Pero yo les digo a los que me escuchan: Amad a vuestros enemigos, haced el bien a los que os odien”, y también había prometido a los que supieran perdonar: “su recompensa será grande, y serán hijos del Altísimo”. Ahora, desde la cruz, no solo perdona a sus verdugos, sino que se dirige directamente al Padre intercediendo en su favor”.

La segunda palabra de Jesús, dijo el papa, “es una palabra de esperanza, es la respuesta a la oración de uno de los dos hombres crucificados con Él”. “La respuesta del Señor a esta oración –añadió- va mucho más allá de la petición”. “ Así, a través de esta respuesta da la firme esperanza de que la bondad de Dios puede tocarnos incluso en el último momento de la vida, y que la oración sincera, incluso después de una vida equivocada, encuentra los brazos abiertos del Padre bueno que espera el regreso del hijo”.

La úlitma palabra de Jesús, «Padre, en tus manos pongo mi espíritu», dijo el papa, “es un fuerte grito de extrema y total confianza en Dios. Esta oración expresa el pleno conocimiento de no ser abandonado”.

“La oración de Jesús antes de su muerte es trágica, como lo es para cada hombre, pero al mismo tiempo, está impregnada por aquella profunda calma que viene de la confianza en el Padre y del deseo de entregarse totalmente a Él”, subrayó Benedicto XVI.

Y concluyó afirmando que “las palabras de Jesús en la cruz en los últimos momentos de su vida terrena ofrecen indicaciones exigentes a nuestra oración, pero abren también a una confianza serena y a una esperanza firme”.

Al finalizar su discurso,Benedicto XVI se dirigió a los distintos grupos lingüísticos en su lengua, haciendo un resumen de sus palabras.

A los peregrinos de lengua española les dijo: “Deseo hablar hoy sobre la oración de Jesús en la cruz, desde las tres palabras que nos ha transmitido el Evangelio de Lucas. En la primera palabra, Jesús dirige al Padre una intercesión por sus verdugos y da la razón de esta súplica: «no saben lo que hacen». La ignorancia atenúa la culpa, y deja así abierta la vía hacia la conversión. La segunda palabra es la respuesta que da a la oración de uno de los dos hombres crucificado con Él. Después de una vida equivocada, Jesús en comunión con el Padre, abre al hombre las puertas del paraíso. La última palabra es de confianza. Si bien, el momento de morir es dramático, la oración de Jesús está invadida de una profunda calma que nace de la confianza en el Padre y de la voluntad de entregarse totalmente a Él.

Queridos hermanos y hermanas, esta oración de Jesús nos llama a imitarle y cumplir con el difícil gesto de orar también por aquellos que nos hacen el mal, sabiendo perdonar siempre, viviendo la misericordia y el amor”.

Al final, saludó especialmente a los grupos llegados desde distintas partes del mundo. A los de idioma castellano, les dijo: “Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los miembros del Club Atlético de Madrid, así como a los demás grupos provenientes de España, Costa Rica, Chile, Argentina, México y otros países latinoamericanos. Jesús que en el momento de la muerte se confó totalmente en la manos de Dios Padre, nos comunique la certeza de que, a pesar de las duras las pruebas, los problemas, el sufrimiento, estamos acompañados de su gran amor”.

 

7 de marzo de 2012

Benedicto XVI concluyó las catequesis dedicadas a la oración de Jesús abordando el tema de la dinámica de la palabra y del silencio que la caracterizan a lo largo de su existencia terrenal, sobre todo en la Cruz, y que conciernen también dos aspectos de nuestra vida de plegaria.

Ante las 10.000 personas que llenaban la Plaza de San Pedro en la audiencia general de este miércoles, el Papa explicó que el primero de estos aspectos “atañe a la disposición para acoger la Palabra de Dios. Es necesario el silencio interior y exterior -dijo- para que dicha Palabra pueda ser escuchada. Es un aspecto especialmente difícil para nosotros que vivimos en una época que no favorece el recogimiento; a veces da la impresión de que tenemos miedo de separarnos, aunque sea por un instante, del torrente de palabras y de imágenes que llenan nuestros días”.

Sin embargo, “los Evangelios nos presentan con frecuencia al Señor que se retira solo, lejos de los discípulos y de la multitud, a un lugar apartado para orar”, y “la gran tradición patrística enseña que los misterios de Cristo están ligados al silencio y sólo en el silencio la Palabra puede acampar entre nosotros”.

“Este principio -agregó el pontífice- (…) es válido para la oración personal, pero también para nuestras liturgias: para facilitar una escucha auténtica, deben ser ricas de momentos de silencio y acogida no verbal (…) El silencio tiene la capacidad de abrir en la profundidad de nuestro ser un espacio interior, para que Dios habite, para que permanezca su Palabra, para que nuestro amor por Él penetre la mente, el corazón y aliente toda la existencia”.

Pero también hay un segundo aspecto importante en la relación del silencio con la plegaria. “A menudo -observó el Papa- en nuestra oración nos encontramos ante el silencio de Dios y podemos sentirnos como abandonados, como si no nos escuchase ni nos respondiese. Pero este silencio, como le sucedió a Jesús, no es señal de ausencia. El cristiano sabe que el Señor está presente y escucha, aún en la oscuridad del dolor, del rechazo y de la soledad. Jesús asegura a sus discípulos y a cada uno de nosotros que Dios conoce nuestras necesidades en cualquier momento de nuestra vida”.

“A nosotros, con frecuencia preocupados por la eficacia operativa y por los resultados (...) que conseguimos, la oración de Jesús nos indica que nos hace falta detenernos, vivir momentos de intimidad con Dios, 'separándonos' del fragor de cada día para escuchar, para ir a la 'raíz' que sostiene y alimenta la vida. Uno de los momentos más hermosos de su plegaria es cuando, a la hora de hacer frente a las enfermedades, a las dificultades y límites de sus interlocutores, reza a su Padre enseñando a quienes lo rodean dónde hay que buscar la fuente de la que brotan la esperanza y la salvación”.

Cristo toca el punto más profundo de su oración al Padre en el momento de la Pasión y la muerte, concluyó Benedicto XVI, citando el Catecismo de la Iglesia Católica: “En su grito al Padre desde la cruz, confluyen 'todos los infortunios de la humanidad de todos los tiempos, esclava del pecado y de la muerte, todas las súplicas y las intercesiones de la historia de la salvación (…) He aquí que el Padre las acoge y por encima de toda esperanza las escucha al resucitar a su Hijo. Así se realiza y se consuma el drama de la oración en la Economía de la creación y de la salvación”.

 

La oración de la Madre de Jesús, comentada por Benedicto XVI

"María nos enseña la necesidad de la oración"

 

Ciudad del Vaticano, 14 marzo 2012 (VIS).-

El Santo Padre ha iniciado hoy, en la audiencia general, una nueva serie de catequesis sobre la oración en el libro de los Hechos de los Apóstoles y en las Cartas de san Pablo. La figura orante de María, según aparece en el libro de los Hechos -cuando espera junto a los apóstoles la venida del Espíritu Santo-, ha centrado la reflexión del Pontífice.

 

Benedicto XVI ha explicado a los más de diez mil peregrinos reunidos en la Plaza de San Pedro que “con María inicia la vida terrena de Jesús, y con ella comienzan también los primeros pasos de la Iglesia. (…) Ella siguió con discreción todo el camino de su Hijo durante la vida pública hasta los pies de la cruz, y ahora acompaña, con una oración silenciosa, el camino de la Iglesia”.

Las etapas del itinerario de María desde la casa de Nazareth hasta el cenáculo de Jerusalén “están marcadas por la capacidad de mantener un perseverante clima de recogimiento para meditar todos los acontecimientos en el silencio de su corazón, ante Dios. La presencia de la Madre de Dios con los once, después de la Ascensión, (…) asume un valioso significado, porque con ellos la Virgen comparte lo más precioso: la memoria viva de Jesús en la oración”.

Después de la Ascensión de Jesús al cielo, los apóstoles se reúnen con María para esperar junto a ella el don del Espíritu Santo, sin el cual no se puede testimoniar a Cristo. “Ella, que ya lo ha recibido para generar al Verbo encarnado, comparte con toda la Iglesia la espera del mismo don. (…) Si no hay Iglesia sin Pentecostés, tampoco hay Pentecostés sin la Madre de Jesús, porque ella ha vivido de modo único lo que la Iglesia experimenta cada día bajo la acción del Espíritu Santo”.

El Papa recordó que el Concilio Vaticano II ha subrayado esta relación especial entre la Virgen y la Iglesia en la Constitución dogmática “Lumen gentium”: “Vemos los apóstoles antes del día de Pentecostés 'perseverantes con un solo corazón en la oración, con las mujeres y María la madre de Jesús' (Hechos 1,14) (…) El lugar privilegiado de María es la Iglesia, en la que es reconocida como (…) figura y excelentísimo modelo de fe y caridad”.

Por eso, “venerar a la Madre de Jesús en la Iglesia significa aprender de ella a ser comunidad que reza; ésta es una de las notas esenciales de la primera descripción de la comunidad cristiana delineada en los Hechos de los Apóstoles”.

Sin embargo, a menudo nuestra oración “está dictada por situaciones de dificultad, por problemas personales que llevan a dirigirse al Señor en busca de luz, confortación y ayuda. María invita a abrir las dimensiones de la oración, a dirigirse a Dios no solamente en momentos de necesidad y no sólo pidiendo por uno mismo, sino de modo unánime, asiduo, fiel, “con un corazón solo y una sola alma'”.

Benedicto XVI señaló también que “la Madre de Jesús ha sido colocada por el Señor en los momentos decisivos de la historia de la salvación, y ha sabido responder siempre con plena disponibilidad, fruto de una relación profunda con Dios madurada en la oración asidua e intensa. (…) Entre la Ascensión y Pentecostés, ella se encuentra 'con' y 'en' la Iglesia, en oración. Madre de Dios y Madre de la Iglesia, María ejerce su maternidad hasta el final de la historia”.

Como conclusión, el Papa afirmó que “María nos enseña la necesidad de la oración y nos indica que sólo con un lazo constante, íntimo, lleno de amor, con su Hijo podemos salir de 'nuestra casa' con valor para (…) anunciar en todas partes al Señor Jesús, salvador del mundo”.

Primeros Cristianos en otros idiomas
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