Los grandes propulsores de la expansión del Cristianismo fueron los Apóstoles, obedientes al mandato de Cristo de anunciar el Evangelio a todas las naciones. Su obra no agota, con todo, el cuadro de la expansión cristiana en el mundo antiguo. Es indudable que las más de las veces serían hombres humildes y desconocidos —funcionarios, comerciantes, marinos, soldados, esclavos— los portadores de las primicias del Evangelio.

Al sonar la hora de la libertad de la Iglesia, en el siglo IV, el Cristianismo había arraigado con fuerza en diversas regiones del Oriente Próximo, como Siria, Asia Menor y Armenia; y en Occidente, en Roma y su comarca y en el África latina. La presencia del Evangelio fue también considerable en el valle del Nilo y varias regiones de Italia, España y las Galias.

Fuente: José Orlandis (Historia de la Iglesia, 2001)

 

 

 

Catequesis de Benedicto XVI sobre los primeros cristianos

gente
“Hoy comenzamos a acercarnos a las figuras de otros personajes importantes de la Iglesia primitiva. También ellos gastaron su vida por el Señor, por el Evangelio y por la Iglesia. Se trata de hombres y mujeres que, como escribe Lucas en los Hechos de los Apóstoles, «han entregado su vida a la causa de nuestro Señor Jesucristo» (15, 26)”.
Audiencia del 25 de octubre 2006
Con estas palabras Benedicto XVI anunciaba su propósito de comentar la vida de algunos primeros cristianos. Tras haber presentado en los precedentes encuentros semanales con los peregrinos las figuras de los doce apóstoles, el pontífice pasó a presentar figuras de hombres y mujeres de los orígenes de la Iglesia.

 

San Ignacio de Antioquía
Carta de San Ignacio de Antioquía a los efesios
San Ignacio de Antioquía

Ignacio, obispo de Antioquía de Siria, fue condenado a las fieras en su ancianidad, en la época de Trajano (hacia el año 110). Enviado a Roma con un piquete de soldados para morir en los juegos gladiatorios, fue escribiendo durante el camino varias cartas (poseemos siete, no todas de autenticidad asegurada) a las diversas comunidades cristianas por las que había pasado, a la comunidad romana adonde se dirigía, o al venerable obispo Policarpo de Esmirna. Estas cartas están escritas en momentos de gran intensidad interior, reflejando la actitud espiritual de un hombre que ha aceptado ya plenamente la muerte por Cristo y sólo anhela el momento de ir a unirse definitivamente con él.

subir

San Clemente Romano
Epístola de San Clemente Romano a los Corintios
San Clemente Romano, aprox. 96 d.C.

Según la tradición, san Clemente fue el tercer sucesor de san Pedro en Roma, después de Lino y Cleto. Ocupó la sede romana en los últimos años del siglo primero. De él se conserva una carta a la Iglesia de Corinto, en la que exhorta a aquella comunidad, amenazada de graves disensiones internas, a mantenerse en la unidad y la caridad.

La primera carta a los Corintios es de gran interés como documento que nos permite conocer directamente la Iglesia romana primitiva. Vemos cómo la Iglesia aparece como modelada todavía en buena parte sobre la sinagoga de la diáspora y sobre las instituciones del Antiguo Testamento, que constituye todavía la base ideológica de aquellos cristianos recién convertidos del judaísmo. En cambio, los escritos del Nuevo Testamento no parecen haber adquirido aún el carácter de autoridad primaria y definitiva. Se afirma ya por primera vez el principio de la sucesión apostólica como garantía de fidelidad a la doctrina de Cristo.

subir

San Policarpo de Esmirna
SELECCIÓN DE TEXTOS DE LAS OBRAS DE SAN JUSTINO
San Justino

De sus variados escritos, sólo conservamos dos Apologías, escritas en defensa de los cristianos, dirigidas al emperador Antonino Pío; y una obra titulada Diálogo con el judío Trifón, donde defiende la fe cristiana de los ataques del judaísmo. En esta obra relata autobiográficamente su conversión. En las Apologías, admira en su exposición el profundo conocimiento de la religión y mitología paganas—que se propone refutar—y de las doctrinas filosóficas más en boga; cómo intenta utilizar cuanto de aprovechable encuentra en el bagaje cultural del paganismo; su valentía para anunciar a Cristo—sabiendo que se jugaba la vida—y su capacidad de ofrecer los argumentos racionales más adecuados a la mentalidad de sus oyentes.

subir

San Policarpo de Esmirna
Carta de San Policarpo de Esmirna a los Filipenses
San Policarpo de Esmirna

Según San Ireneo, San Policarpo había sido discípulo de San Juan, y hecho obispo de Esmirna por los Apóstoles. El año 156 Policarpo murió mártir; conocemos los detalles de su martirio por una carta contemporánea que lo relata y que forma por tanto parte del grupo que en sentido amplio llamamos actas de los mártires.

De las varias cartas que San Policarpo escribió a Iglesias vecinas y a otros obispos, de las que tenía conocimiento Ireneo, nos ha llegado sólo una Epístola a los Filipenses, con la que acompañaba una copia de las de San Ignacio; en realidad, es probable que se trate de dos cartas escritas con unos años de diferencia y que al ser copiadas juntas han llegado a unirse, pues la nota acompañando al envío no parece estar muy de acuerdo con la extensión y el tipo de temas que se tratan después y que recuerdan la de Clemente de Roma a los corintios. En ella insiste en que Cristo fue realmente hombre y realmente murió; que hay que obedecer a la jerarquía de la Iglesia, que hay que practicar la limosna, y que hay que orar por las autoridades civiles.

 

subir

Carta a Diogneto
Carta a Diogneto
Anónimo, 158 d.C.

Se trata de un breve tratado apologético dirigido a un tal Diogneto que, al parecer, había preguntado acerca de algunas cosas que le llamaban la atención sobre las creencias y modo de vida de los cristianos: "Cuál es ese Dios en el que tanto confían; cuál es esa religión que les lleva a todos ellos a desdeñar al mundo y a despreciar la muerte, sin que admitan, por una parte, los dioses de los griegos, ni guarden, por otra, las supersticiones de los judíos; cuál es ese amor que se tienen unos a otros, y por qué esta nueva raza o modo de vida apareció ahora y no antes» (Cap. 1).

El desconocido autor de este tratado, compuesto seguramente a finales del siglo II, va respondiendo a estas cuestiones en un tono más de exhortación espiritual y de instrucción que de polémica o argumentación. Literariamente es, sin duda, la obra más bella y mejor compuesta de la literatura apologética: sus formulaciones acerca de la postura de los cristianos en el mundo o del sentido de la salvación ofrecida por Cristo son de una justeza y una penetración admirables.

subir

Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea
San Ireneo de Lyón

La obra más importante de Ireneo es la que escribió Contra las herejías, Adversus haereses, nombre con el que se la conoce. Redactada en griego, nos ha llegado sólo en una traducción latina que por lo general parece muy fidedigna y hasta servil. En los cinco libros de que se compone, expone primero las doctrinas gnósticas, con referencia a sus distintas sectas y escuelas, de modo que hasta hace poco era, y quizá aún lo es, una de nuestras mejores fuentes de información sobre el gnosticismo y sus diversas formas; luego pasa a refutar las versiones heréticas más importantes, las de Valentín y Marción, para lo que utiliza argumentos de razón, y aduce la doctrina de la Iglesia y las palabras del Señor; termina defendiendo la resurrección de la carne, escándalo máximo para los gnósticos, aunque nos deja ver por otra parte que él creía también en el milenio.

subir

Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea
Clemente de Alejandría

La amplia cultura pagana de Clemente no fue borrada por su encuentro con el cristianismo. Los filósofos gentiles, Platón en especial, se hallaban según él en el camino recto para encontrar a Dios; aunque la plenitud del conocimiento y por tanto de la salvación la ha traído el Logos, Jesucristo, que llama a todos para que le sigan. Éste es el tema del primero de sus escritos, el Protréptico o «exhortación», una invitación a la conversión.

A los que se deciden a seguir a Cristo, Clemente dedica la segunda de sus obras, el Pedagogo, el «preceptor». Trata de la obra educadora y de situaciones de la vida ordinaria en Alejandría. Esta misma idea aparecerá en su tratado Quis dives salvetur, «quién es el rico que se salvará», una homilía que comenta la escena evangélica del joven rico.

En cambio escribió unos Stromata, o «tapices», donde va tratando temas variados con los que Clemente quiere crear inquietudes religiosas en el gentil.

subir

Orígenes
Selección de textos de Orígenes
Orígenes, 185-253

Orígenes, egipcio, probablemente alejandrino, era el hijo mayor de una familia ya cristiana y numerosa; nació hacia el año 185. Su padre, que se había cuidado de que recibiera una buena educación tanto en las ciencias sagradas como en las profanas, murió mártir en el año 202; Orígenes, deseoso de imitarle, seguramente habría seguido la misma suerte si su madre no hubiese escondido sus ropas, impidiendo así que saliera de casa. Sus bienes fueron confiscados, y Orígenes comenzó a trabajar como maestro para ayudar a la familia. Ya hemos dicho algo de su carrera docente; basta añadir que reunió a su alrededor a muchos discípulos tanto por el nivel de sus enseñanzas como por el ejemplo de su vida.

más

subir

Tertuliano
Selección de textos de Tertuliano
Tertuliano, 155-230

Los escritos de Tertuliano reflejan todo el apasionamiento de su alma. La doctrina cristiana se expresa en ellos con una fuerza extraordinaria, pero también de una forma extremosa, desmesurada y, a veces, llena de contradicciones. Los escritos montanistas del último período de su vida manifiestan una actitud rigorista y espiritualista que contradice las posturas más moderadas de sus primeros años. Aun así, los escritos de Tertuliano ejercieron un influjo incalculable en la formación del pensamiento teológico.

más

subir

San Cipriano
Selección de textos de San Cipriano
San Cipriano de Cartago, 205-258

De él se conservan una docena de opúsculos sobre varios temas del momento y, particularmente, una preciosa colección de 81 cartas, en las que da muestra de su extraordinaria clarividencia y energía en los asuntos referentes a la fe y a la vida de la Iglesia. Más que un hombre de ideas fue sobre todo un hombre de gobierno y de acción. Su doctrina coincide sustancialmente con la de Tertuliano, del que era lector asiduo y a quien consideraba como «maestro».

más

subir

San Cipriano
Selección de textos de San Atanasio de Alejandría
San Atanasio de Alejandría, 300-373

La producción literaria de San Atanasio es amplísima. La mayor parte está relacionada con la defensa de la divinidad del Verbo, proclamada en Nicea; es el caso de los escritos apologéticos y dogmáticos contra los paganos y contra los arrianos, asÍ como el libro La Encarnación del Verbo. También elaboró escritos exegéticos y ascéticos (es famosa su Vida de San Antonio, el primer eremita), varias cartas dogmáticas enviadas a diversos Obispos, y las Cartas Festales, dirigidas a sus fieles con ocasión de la fiesta dela Pascua. Una de ellas, la correspondiente al año 367, es particularmente interesante porque contiene la primera lista completa de los 27 libros del Nuevo Testamento consideradoscomo canónicos (es decir, inspirados por el Espíritu Santo).

más

subir

San Cipriano
Selección de textos de San Cirilo de Jerusalén
San Cirilo de Jerusalén, 315-386

Sus "Catequesis" son una exposición sencilla y popular de la fe cristiana. Su mejor elogio es el odio de los arrianos. Los arrianos le odiaban porque veían en élun enemigo temible. Por odio tuvo que salir tres veces desterrado de la ciudad santa y por mantener sus creencias se vio obligado a recorrer las ciudades del Asia Menor, cual peregrino errante que sufre por amor a Cristo. Pero al fin sus penas recogieron el triunfo. Pocos años antes de su muerte pudo asistir al concilio ecuménico de Constantinopla, que definía como verídicas las enseñanzas de San Cirilo y de otros muchos obispos que, como él, habían sostenido una violenta lucha contra el arrianismo. El sueño de San Cirilo de ver apaciguados los espíritus entraba en su fase inicial y así entregaba su alma a Cristo, por quien tanto había sufrido.

más

subir

San Cipriano
Obras de San Basilio
San Basilio el Grande, 330-379

Los escritos de Basilio son, o de índole dogmático-polémica (Adversus Eúñómium. De Spiritu Santo, Adversus Maniqueos), o son homilías entre las que comprendemos también sus trabajos exegéticos (In Hexaémeron, in Psalmos, etc.), de las demás homilías las primeras 24 están reconocidas como pertenecientes al Santo, mientras las otras están sujetas a duda. De la regla de San Basilio ya hemos hablado. De las 365 cartas que se conservan y que constituyen una preciosa fuente para la Historia Eclesiástica de la época, las tres que se denominan canónicas, escritas a Anfiloquio, Obispo de Iconio, tuvieron en la Iglesia griega autoridad de ley general.

subir

Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea
Historia eclesiástica de Eusebio de Cesarea
Eusebio de Cesarea, 324 d.C.

La Historia eclesiástica cubre desde los principios hasta el año 324. Es sobre todo una colección muy valiosa de hechos y documentos de la vida de la Iglesia, recogidos también con un notable sentido crítico. Su intención es apologética, pues se propone presentar las listas de obispos de las sedes principales, los testigos de la tradición y los herejes, los castigos de Dios a los judíos, las persecuciones de los cristianos y los martirios, seguidos de la victoria final de la Iglesia. Tuvo un gran éxito y fue muy copiada y conocida, tanto en Oriente como en Occidente. Es una de las fuentes mejores que tenemos para conocer la antigüedad cristiana.

subir

San Agustín
Extracto de las Confesiones de San Agustín
San Agustín, 400 d.C.

Las Confesiones son, en el sentido bíblico de la palabra confíteor, no un reconocimiento o una declaratoria, sino la alabanza de un alma que admira la obra de Dios dentro de sí misma. De todos los trabajos del santo doctor, ninguno ha sido más leído y admirado universalmente, y ninguno ha provocado tantas lágrimas curativas como éste. Muy difícilmente puede encontrarse en la literatura otro libro que pueda equipararse con éste en lo referente al análisis penetrante de las más complejas impresiones del alma, a la sensación comunicativa, a la elevación del sentimiento, o a la profundidad de sus visiones filosóficas.

subir

  foto  
  Interior de las catacumbas

“Las catacumbas, a la vez que presentan el rostro elocuente de la vida cristiana de los primeros siglos, constituyen una perenne escuela de fe, esperanza y caridad. Al recorrer las galerías, se respira una atmósfera sugestiva y conmovedora. La mirada se detiene en la innumerable serie de sepulturas y en la sencillez que las caracteriza. Sobre las tumbas se lee el nombre de bautismo de los difuntos. Cuando se leen esos nombres, se tiene la impresión de oír otras tantas voces que responden a una llamada escatológica, y vienen a la memoria las palabras de Lactancia: “Entre nosotros no hay siervos ni señores; el único motivo por el que nos llamamos hermanos es que nos consideramos todos iguales”.JUAN PABLO II, “Las catacumbas cristianas constituyen una perenne escuela de fe, esperanza y caridad”)

 

 

   
   

"Las catacumbas hablan de la solidaridad que unía a los hermanos en la fe: las ofrendas de cada uno permitían la sepultura de todos los difuntos, incluso de los más indigentes, que no podían afrontar el gasto de la compra o la preparación de la tumba. Esta caridad colectiva representó una de las características fundamentales de las comunidades cristianas de los primeros siglos y una defensa contra la tentación de volver a las antiguas formas religiosas”.(JUAN PABLO II, “Las catacumbas cristianas constituyen una perenne escuela de fe, esperanza y caridad”)

 

 

 

  foto
San Ignacio de Antioquía
 

La más venerable literatura cristiana está integrada por un grupo de escritores en lengua griega, de los siglos I y II, a los que se conoce con el nombre de «Padres Apostólicos». Este título expresa sus características peculiares: la antigüedad —algunas obras son, probablemente, anteriores al Evangelio de San Juan— y la estrecha vinculación de estos escritores a los Apóstoles, de los cuales pueden considerarse discípulos. Los escritos de los «Padres Apostólicos» son de índole pastoral y están dirigidos a un público cristiano. Los textos más notables de este primer núcleo de la literatura cristiana fueron la Didaché —el más viejo tratado de disciplina eclesiástica—, la carta ya mencionada de San Clemente a los Corintios, las siete escritas por San Ignacio de Antioquía a otras tantas iglesias, durante su viaje hacia Roma, donde había de sufrir martirio, y otra epístola, todavía, de San Policarpo de Esmirna. El «Pastor» de Hermas, importante para la historia de la penitencia, pertenece también a este grupo de obras.

Fuente: José Orlandis (Historia de la Iglesia, 2001)

 

Es después del mediodía. El sol brilla en el cielo. Un siervo de los tres atraviesa la plaza, por la escalerilla de la pequeña casa entra, sale, regresa al albergue.
Salen los tres personajes seguidos cada uno de su propio siervo. Atraviesan la plaza. Los pocos peatones se voltean a mirar a esos pomposos hombres que lenta y solemnemente caminan. Desde que salió el siervo y vienen los tres personajes ha pasado ya un buen cuarto de hora, tiempo suficiente para que los que viven en la casita se hayan preparado a recibir a los huéspedes.
Vienen ahora más ricamente vestidos que en la noche. La seda resplandece, las piedras preciosas brillan, un gran penacho de joyas, esparcidas sobre el turbante del que lo trae, centellea.
Un siervo trae un cofre todo embutido con sus remaches en oro bruñido. Otro una copa que es una preciosidad. Su cubierta es mucho mejor, labrada toda en oro. El tercero una especie de ánfora larga, también de oro, con una especie de tapa en forma de pirámide, y sobre su punta hay un brillante. Deben pesar, por­que los siervos los traen fatigosamente, sobre todo el que trae el cofre.
Suben por la escalera. Entran. Entran en una habitación que va de la calle hasta la parte posterior de la casa. Se va al huertecillo por una ventana abierta al sol. Hay puertas en las paredes, y por ellas se asoman los propietarios: un hombre, una mujer, y tres o cuatro niños.
Sentada con el Niño en sus rodillas. José a su lado, de pie. Se levanta, se inclina cuando ve que entran los tres Magos. Ella trae un vestido blanco que la cubre desde el cuello hasta los pies. Trenzas rubias adornan su cabecita. Su rostro está inten­samente rojo debido a la emoción. En sus ojos hay una dulzura inmensa. De su boca sale el saludo: "Dios sea con vosotros". Los tres se detienen por un instante como sorprendidos, luego se adelantan, y se postran a sus pies. Le dicen que se siente.
Aunque Ella les invita a que se sienten, no aceptan. Permanecen de rodillas, apoyados sobre sus calcañales. Detrás, a la en­trada, están arrodillados los siervos. Delante de si han colocado los regalos y se quedan en espera.
Los tres Sabios contemplan al Niño, que creo que tiene ahora unos nueve meses o un año. Está muy despabilado. Es robusto. Está sentado sobre las rodillas de su Madre y sonríe y trata de decir algo con su vocecita. Al igual que la mamá, está vestido completamente de blanco. En sus piececitos trae sandalias. Su vestido es muy sencillo: una tuniquita de la que salen los piece­citos intranquilos, unas manitas gorditas que quisieran tocar todo; sobre todo su rostro en que resplandecen dos ojos de color azul oscuro. Su boquita se abre y deja ver sus primeros dientecitos. Los risos parecen rociados con polvo de oro por lo brillantes y húmedos que se ven.
El más viejo de los tres habla en nombre de todos. Dice a Ma­ría que vieron en una noche del pasado diciembre, que se prendía una nueva estrella en el cielo, de un resplandor inusitado. Los mapas del firmamento que tenían, no registraban esa estrella, ni de ella hablaban. Su nombre era desconocido. Nacida por vo­luntad de Dios, había crecido para anunciar a los hombres una verdad fausta, un secreto de Dios. Pero los hombres no le habían hecho caso, porque tenían el alma sumida en el fango. No habían levantado su mirada a Dios, y no supieron leer las palabras que El trazó, siempre sea alabado con astros de fuego en la bóveda de los cielos.
Ellos la vieron y pusieron empeño en comprender su voz. Quitá­ndose el poco sueño que concedían a sus cansados cuerpos, ol­vidando la comida, se habían sumergido en el estudio del zo­díaco. Las conjunciones de los astros, el tiempo, la estación, el cálculo de las horas pasadas y de las combinaciones astronómicas les habían revelado el nombre y secreto de la estrella. Su Nombre: « Mesías ». Su secreto: « Es el Mesías venido al mundo ». Y vinieron a adorarlo. Ninguno de los tres se conocía. Cami­naron por montes y desiertos, atravesaron valles y ríos; hasta que llegaron a Palestina porque la estrella se movía en esta dirección. Cada uno, de puntos diversos de la tierra, se había dirigido a igual lugar. Se habían encontrado de la parte del Mar Muerto. La voluntad de Dios los había reunido allí, y juntos habían con­tinuado el camino, entendiéndose, pese a que cada uno hablaba su lengua, y comprendiendo y pudiendo hablar la lengua del país, por un milagro del Eterno.
Juntos fueron a Jerusalén, porque el Mesías debe ser el Rey de Jerusalén, el Rey de los judíos. Pero la estrella se había ocultado en el cielo de dicha ciudad, y ellos habían experimentado que su corazón se despedazaba de dolor y se habían examinado para saber si habían en algo ofendido a Dios. Pero su conciencia no les reprochó nada. Se dirigieron a Herodes para preguntarle en qué palacio había nacido el Rey de los judíos al cual habían venido a adorar. El rey, convocados los príncipes de los sacerdotes y los escribas, les preguntó que dónde nacería el Mesías y que ellos respondieron: «En Belén de Judá. »
Ellos vinieron hacia Belén. La estrella volvió a aparecerse a sus ojos, al salir de la Ciudad santa, y la noche anterior había aumentado su resplandor. El cielo era todo un incendio. Luego se detuvo la estrella, y juntando las luces de todas las demás estrellas en sus rayos, se detuvo sobre esta casa. Ellos comprendieron que estaba allí el Recién nacido. Y ahora lo adoraban, ofreciéndole sus pobres dones y más que otra cosa su corazón, que jamás dejará de seguir bendiciendo a Dios por la gracia que les concedió y por amar a su Hijo, cuya Humanidad veían. Después regresarían a decírselo a Herodes porque él también de­seaba venir a adorarlo.
« Aquí tienes el oro, como conviene a un rey; el incienso como es propio de Dios, y para ti, Madre, la mirra, porque tu Hijo es Hombre además de Dios, y beberá de la vida humana su amar­gura, y la ley inevitable de la muerte. Nuestro amor no quisiera decir estas palabras, sino pensar que fuese eterno en su carne, como eterno es su Espíritu, pero, ¡Oh mujer!, si nuestras cartas, o mejor dicho, nuestras almas, no se equivocan, El, tu Hijo, es; el Salvador, el Mesías de Dios, y por esto deberá salvar la tierra, tomar en Sí sus males, uno de los cuales es el castigo de la muerte. Esta mirra es para esa hora, para que los cuerpos que son santos no conozcan la putrefacción y conserven su integridad hasta que resuciten. Que El se acuerde de estos dones nuestros, y salve a sus siervos dándoles Su Reino. Por tanto, para ser nosotros santificados, Vos, la Madre de este Pequeñuelo nos lo conceda a nuestro amor, para que besemos sus pies y con ellos descienda sobre nosotros la bendición celestial. »
María, que no siente ya temor ante las palabras del Sabio que ha hablado, y que oculta la tristeza de las fúnebres invocaciones bajo una sonrisa, les presenta a su Niño. Lo pone en los brazos del más viejo, que lo besa y lo acaricia, y luego lo pasa a los otros dos.
Jesús sonríe y juguetea con las cadenillas y las cintas. Con cu­riosidad mira, mira el cofre abierto que resplandece con color amarillento, sonríe al ver que el sol forma una especie de arco iris, al dar sobre la tapa donde está la mirra.

Es después del mediodía. El sol brilla en el cielo. Un siervo de los tres atraviesa la plaza, por la escalerilla de la pequeña casa entra, sale, regresa al albergue.
Salen los tres personajes seguidos cada uno de su propio siervo. Atraviesan la plaza. Los pocos peatones se voltean a mirar a esos pomposos hombres que lenta y solemnemente caminan. Desde que salió el siervo y vienen los tres personajes ha pasado ya un buen cuarto de hora, tiempo suficiente para que los que viven en la casita se hayan preparado a recibir a los huéspedes.
Vienen ahora más ricamente vestidos que en la noche. La seda resplandece, las piedras preciosas brillan, un gran penacho de joyas, esparcidas sobre el turbante del que lo trae, centellea.
Un siervo trae un cofre todo embutido con sus remaches en oro bruñido. Otro una copa que es una preciosidad. Su cubierta es mucho mejor, labrada toda en oro. El tercero una especie de ánfora larga, también de oro, con una especie de tapa en forma de pirámide, y sobre su punta hay un brillante. Deben pesar, por­que los siervos los traen fatigosamente, sobre todo el que trae el cofre.
Suben por la escalera. Entran. Entran en una habitación que va de la calle hasta la parte posterior de la casa. Se va al huertecillo por una ventana abierta al sol. Hay puertas en las paredes, y por ellas se asoman los propietarios: un hombre, una mujer, y tres o cuatro niños.
Sentada con el Niño en sus rodillas. José a su lado, de pie. Se levanta, se inclina cuando ve que entran los tres Magos. Ella trae un vestido blanco que la cubre desde el cuello hasta los pies. Trenzas rubias adornan su cabecita. Su rostro está inten­samente rojo debido a la emoción. En sus ojos hay una dulzura inmensa. De su boca sale el saludo: "Dios sea con vosotros". Los tres se detienen por un instante como sorprendidos, luego se adelantan, y se postran a sus pies. Le dicen que se siente.
Aunque Ella les invita a que se sienten, no aceptan. Permanecen de rodillas, apoyados sobre sus calcañales. Detrás, a la en­trada, están arrodillados los siervos. Delante de si han colocado los regalos y se quedan en espera.
Los tres Sabios contemplan al Niño, que creo que tiene ahora unos nueve meses o un año. Está muy despabilado. Es robusto. Está sentado sobre las rodillas de su Madre y sonríe y trata de decir algo con su vocecita. Al igual que la mamá, está vestido completamente de blanco. En sus piececitos trae sandalias. Su vestido es muy sencillo: una tuniquita de la que salen los piece­citos intranquilos, unas manitas gorditas que quisieran tocar todo; sobre todo su rostro en que resplandecen dos ojos de color azul oscuro. Su boquita se abre y deja ver sus primeros dientecitos. Los risos parecen rociados con polvo de oro por lo brillantes y húmedos que se ven.
El más viejo de los tres habla en nombre de todos. Dice a Ma­ría que vieron en una noche del pasado diciembre, que se prendía una nueva estrella en el cielo, de un resplandor inusitado. Los mapas del firmamento que tenían, no registraban esa estrella, ni de ella hablaban. Su nombre era desconocido. Nacida por vo­luntad de Dios, había crecido para anunciar a los hombres una verdad fausta, un secreto de Dios. Pero los hombres no le habían hecho caso, porque tenían el alma sumida en el fango. No habían levantado su mirada a Dios, y no supieron leer las palabras que El trazó, siempre sea alabado con astros de fuego en la bóveda de los cielos.
Ellos la vieron y pusieron empeño en comprender su voz. Quitá­ndose el poco sueño que concedían a sus cansados cuerpos, ol­vidando la comida, se habían sumergido en el estudio del zo­díaco. Las conjunciones de los astros, el tiempo, la estación, el cálculo de las horas pasadas y de las combinaciones astronómicas les habían revelado el nombre y secreto de la estrella. Su Nombre: « Mesías ». Su secreto: « Es el Mesías venido al mundo ». Y vinieron a adorarlo. Ninguno de los tres se conocía. Cami­naron por montes y desiertos, atravesaron valles y ríos; hasta que llegaron a Palestina porque la estrella se movía en esta dirección. Cada uno, de puntos diversos de la tierra, se había dirigido a igual lugar. Se habían encontrado de la parte del Mar Muerto. La voluntad de Dios los había reunido allí, y juntos habían con­tinuado el camino, entendiéndose, pese a que cada uno hablaba su lengua, y comprendiendo y pudiendo hablar la lengua del país, por un milagro del Eterno.
Juntos fueron a Jerusalén, porque el Mesías debe ser el Rey de Jerusalén, el Rey de los judíos. Pero la estrella se había ocultado en el cielo de dicha ciudad, y ellos habían experimentado que su corazón se despedazaba de dolor y se habían examinado para saber si habían en algo ofendido a Dios. Pero su conciencia no les reprochó nada. Se dirigieron a Herodes para preguntarle en qué palacio había nacido el Rey de los judíos al cual habían venido a adorar. El rey, convocados los príncipes de los sacerdotes y los escribas, les preguntó que dónde nacería el Mesías y que ellos respondieron: «En Belén de Judá. »
Ellos vinieron hacia Belén. La estrella volvió a aparecerse a sus ojos, al salir de la Ciudad santa, y la noche anterior había aumentado su resplandor. El cielo era todo un incendio. Luego se detuvo la estrella, y juntando las luces de todas las demás estrellas en sus rayos, se detuvo sobre esta casa. Ellos comprendieron que estaba allí el Recién nacido. Y ahora lo adoraban, ofreciéndole sus pobres dones y más que otra cosa su corazón, que jamás dejará de seguir bendiciendo a Dios por la gracia que les concedió y por amar a su Hijo, cuya Humanidad veían. Después regresarían a decírselo a Herodes porque él también de­seaba venir a adorarlo.
« Aquí tienes el oro, como conviene a un rey; el incienso como es propio de Dios, y para ti, Madre, la mirra, porque tu Hijo es Hombre además de Dios, y beberá de la vida humana su amar­gura, y la ley inevitable de la muerte. Nuestro amor no quisiera decir estas palabras, sino pensar que fuese eterno en su carne, como eterno es su Espíritu, pero, ¡Oh mujer!, si nuestras cartas, o mejor dicho, nuestras almas, no se equivocan, El, tu Hijo, es; el Salvador, el Mesías de Dios, y por esto deberá salvar la tierra, tomar en Sí sus males, uno de los cuales es el castigo de la muerte. Esta mirra es para esa hora, para que los cuerpos que son santos no conozcan la putrefacción y conserven su integridad hasta que resuciten. Que El se acuerde de estos dones nuestros, y salve a sus siervos dándoles Su Reino. Por tanto, para ser nosotros santificados, Vos, la Madre de este Pequeñuelo nos lo conceda a nuestro amor, para que besemos sus pies y con ellos descienda sobre nosotros la bendición celestial. »
María, que no siente ya temor ante las palabras del Sabio que ha hablado, y que oculta la tristeza de las fúnebres invocaciones bajo una sonrisa, les presenta a su Niño. Lo pone en los brazos del más viejo, que lo besa y lo acaricia, y luego lo pasa a los otros dos.
Jesús sonríe y juguetea con las cadenillas y las cintas. Con cu­riosidad mira, mira el cofre abierto que resplandece con color amarillento, sonríe al ver que el sol forma una especie de arco iris, al dar sobre la tapa donde está la mirra.
Después los tres entregan a María el Niño y se levantan. Tam­bién María se pone de píe. Se hacen mutua inclinación. Después que el más joven dio órdenes a su siervo y salió. Los tres hablan todavía un poco. No se deciden a separarse de aquella casa. Lágrimas de emoción hay en sus ojos. Se dirigen en fin a la salida. Los acompañan María y José.
Visiones de María Valtorta
Después los tres entregan a María el Niño y se levantan. Tam­bién María se pone de píe. Se hacen mutua inclinación. Después que el más joven dio órdenes a su siervo y salió. Los tres hablan todavía un poco. No se deciden a separarse de aquella casa. Lágrimas de emoción hay en sus ojos. Se dirigen en fin a la salida. Los acompañan María y José.
Visiones de María Valtorta

Italia - Roma (Miércoles, 15-05-2019, Gaudium Press) El último domingo 12 de mayo, solemnidad de los santos Nereo y Aquileo, fue inaugurado el nuevo sistema de iluminación de las Catacumbas de Santa Domitila junto con la restauración de la inscripción en honra de los dos mártires en Roma. Se inauguró también un mural conmemorativo que contiene un fragmento de la homilía que el Papa Gregorio Magno pronunció al final del siglo VI.

Catacumbas1.jpg

La ceremonia comenzó con la celebración Eucarística presidida por Mons. Gianfranco Ravasi, Presidente del Consejo Pontificio para la Cultura. En seguida se abrió el espacio para la visita del público, y por último, se inició la exposición de la 'Vocalia Consort', que demostró la excelente acústica del ambiente.

Catacumbas2.jpg

La reestructuración de este testimonio del cristianismo primitivo fue posible gracias a la Pontificia Comisión de Arqueología Sagrada, que contó con el apoyo de la Organización 'Amigos del Santo Padre'.

De acuerdo con el Secretario de la Pontificia Comisión, Mons. Pasquale Iacobone, el vínculo entre arqueología y Fe es fundamental, pues "nos ayuda a comprender la historia de la primera comunidad cristiana y a remontarnos a los orígenes de la experiencia cristiana aquí en Roma".

Catacumbas3.jpg

Los santos Nereu y Aquileu se convirtieron para el catolicismo abjurando de la carrera militar para seguir a Cristo, siendo martirizados en la época de Diocleciano. Poco se sabe de ellos, la primera noticia viene de una composición poética del Papa Dámaso, que quiso imprimir en el mármol y que cuenta la historia de estos hombres enterrados en el cementerio en el cual se levantan las catacumbas que llevan su nombre. (EPC)

 

 

Un magnífico conjunto de monumentos sepulcrales del cristianismo primitivo: la antigua necrópolis húngara de Pécs

Portada - Mausoleo cristiano primitivo en la necrópolis de Pécs. Fuente: (Mehlich, J/CC BY 3.0)

Los romanos dejaron una marca indeleble en las sociedades que conquistaron. En muchas de sus antiguas provincias hay espléndidos restos de la civilización y la cultura romanas, lo que incluye monumentos del cristianismo primitivo. Uno de los más notables de Europa es la antigua necrópolis cristiana de Pécs, Hungría. Aquí los visitantes pueden de hecho vislumbrar el pasado y sorprenderse ante la brillantez arquitectónica y artística de una antigua comunidad del cristianismo primitivo.

Un deleite para la vista: la antigua necrópolis cristiana de Pécs

La necrópolis es un complejo integrado por antiguos enterramientos y lugares de culto del cristianismo primitivo. Tiene una gran variedad de estructuras de enterramiento; entre ellas hay tumbas de ladrillo, estructuras funerarias de piedra, sarcófagos y criptas. También hay varias capillas y un mausoleo. El cementerio es un complejo extenso y se calcula que alberga unos 500 enterramientos. Esta necrópolis está compuesta de dos niveles, ambos bajo tierra.
El primer nivel del complejo, reforzado por contrafuertes, es un mausoleo que era utilizado como capilla conmemorativa. En el pasado el edificio estaba cubierto por arcadas, y hay un magnífico ejemplo de un sarcófago de mármol del siglo III en su pared sur. En la iglesia, unas escaleras bajan hasta la zona de enterramiento y la necrópolis propiamente dicha. Existen otras capillas en el lugar que también albergan tumbas y criptas por debajo de ellas.
Máscara teatral esculpida en piedra en un sarcófago de la necrópolis de Pécs (Casaba P/CC BY 4.0)
Máscara teatral esculpida en piedra en un sarcófago de la necrópolis de Pécs (Casaba P/ CC BY 4.0 )
Hay muchos interesantes monumentos funerarios en la necrópolis. Entre ellos está la conocida como Tumba de la Jarra, llamada así por las imágenes de una jarra y una copa grabadas en uno de sus lados, en una clara referencia al sacramento de la Comunión. Hay otros ataúdes y sarcófagos de piedra decorados con numerosas imágenes, patrones geométricos e incluso figuras de ángeles en la zona de enterramientos.  Una de las más magníficas estructuras del complejo es la gran tumba, casi una sala, conocida como Tumba de Pedro y Pablo. Es importante recordar que algunas de las tumbas no eran simplemente lugares de entierro, sino también capillas conmemorativas donde los familiares de los difuntos se reunían para rezar por el alma de sus seres queridos.
Restos de una pintura mural en la antigua necrópolis cristiana de Pécs (Mehlich, J/CC BY 3.0)
Restos de una pintura mural en la antigua necrópolis cristiana de Pécs (Mehlich, J/ CC BY 3.0 )
La necrópolis alberga numerosos bellos ejemplos de arte cristiano-romano primitivo. Todavía pueden verse los restos de pinturas murales y frescos en los muros de tumbas y capillas, ilustrando escenas bíblicas diversas como Adán y Eva y Daniel en el foso de los leones, así como iconografía cristiana. Se observan patrones geométricos incluso en los murales. Muchas de las pinturas se encuentran muy deterioradas, pero aún siguen siendo verdaderamente impresionantes. Los estilos artísticos que podemos contemplar en la necrópolis de Pécs son similares a los estilos artísticos romanos más habituales de la época.

Pécs era una colonia romana en el siglo II d. C.

Pécs era conocida originalmente como Sopianae y fue fundada como colonia por los romanos en el siglo II d. C. Pronto se convirtió en un floreciente centro provincial. Desde el siglo IV, la creciente comunidad cristiana de Pécs comenzó a construir iglesias y capillas, y al ser lugares sagrados los miembros de la élite querían ser enterrados en ellos. Este hecho llevó a la práctica de enterrar a los difuntos en estas cámaras subterráneas, lo que con el paso del tiempo condujo al desarrollo de la necrópolis. La escala del cementerio indica que la comunidad cristiana floreció aquí durante muchos siglos. Parece que, incluso después de la caída del Imperio romano de Occidente y la llegada de los bárbaros germánicos, los cristianos continuaron haciendo uso de la necrópolis y utilizando estilos artísticos romanos para decorar sus tumbas. Sopianae se convirtió así en un importante centro eclesiástico, primero bajo el dominio de los francos y posteriormente dentro del reino de Hungría .
Sarcófago y pinturas murales en la necrópolis cristiana de Pécs (Pecold/Fotolia)
Sarcófago y pinturas murales en la necrópolis cristiana de Pécs ( Pecold/Fotolia)
La necrópolis ha sido excavada desde el siglo XVIII. A diferencia de muchos otros yacimientos arqueológicos, quienes la excavaron fueron muy cuidadosos y conservaron gran parte de lo que encontraron. Esto permitió a las generaciones posteriores restaurar las capillas y las tumbas, así como devolver los objetos hallados a sus ubicaciones originales. En la era moderna el lugar ha sido excavado por completo, y se ha logrado conservar sus monumentos. La necrópolis ha sido objeto de varios proyectos de restauración desde la década de 1960. El cementerio cristiano y sus estructuras son ahora un importante monumento histórico designado además como yacimiento arqueológico, mientras que la necrópolis ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Ubicación de la antigua necrópolis cristiana de Pécs

Pécs es una gran ciudad ubicada en el sudoeste de Hungría.  Los dos niveles de la necrópolis se encuentran bajo una plaza pública en el corazón de la ciudad, y a un breve camino de la catedral católica de la ciudad. Hay que pagar entrada para poder ver las capillas y sus pinturas. En los alrededores hay una amplia oferta de alojamiento.

Los científicos han datado el rollo a finales del siglo VI d.C., e identificado los versículos como correspondientes al principio del Levítico, lo cual convierte el pergamino en el más antiguo jamás encontrado en una sinagoga y el más antiguo también desde los manuscritos del Mar Muerto.

La sinagoga, junto con todo el asentamiento de Ein Gedi, fue destruida por el fuego hacia el final de la Era Bizantina. Los moradores no regresaron tras el incendio, con lo cual el rollo de la Torah, junto con una menorah de bronce y una colección de 3500 monedas y otros restos fueron descubiertos por los arqueólogos cuando la sinagoga fue excavada en los años 60.

Los investigadores, encabezados por Sefi Porath, creen que el incendio y la consiguiente destrucción fueron consecuencia de un ataque beduino o de un choque con las autoridades bizantinas.

El trozo original carbonizado presentaba este aspecto. Todos los intentos de leer el texto fueron inútiles durante cuarenta y cinco años, hasta la aplicación de sistemas de imágenes 3D y un software para desenvolverlo virtualmente.

Los fragmentos de pergamino chamuscado se encontraron en lo que los arqueólogos creen que fue probablemente el Arca Santa de la sinagoga. Uno de ellos parecía un cigarro. Los primeros intentos de descifrarlo, incluso por parte de la policía científica, fueron inútiles y quedó almacenado en el Museo de Israel.

Pero los investigadores volvieron sobre él recientemente utilizando nuevos métodos para escanear y descifrar pergaminos antiguos. Se enviaron imágenes 3D escaneadas en alta resolución al profesor Brent Seales, de la Universidad de Kentucky, quien ha desarrollado un software de tratamiento digital de imágenes que permite desenrollar virtualmente el rollo y visualizar el texto.

El texto que apareció y se hizo legible contiene partes sustanciales de los primeros ocho versículos del Levítico, y el texto no presenta diferencias importantes respecto al texto hasta ahora conocido.

Tras descifrar el rollo, los investigadores declararon que habían descubierto la más antigua Torah hallada en una sinagoga excavada, siendo el siguiente más antiguo el códice de Alepo, del siglo X.

Pnina Shor, conservadora y directora de los proyectos de los Rollos del Mar Muerto para la Autoridad de Antigüedades, afirmó que ahora el plan es continuar descifrando el resto de las capas de pergamino y fragmentos similares que se encuentran en un estado parecido.

Las autoridades israelíes no han ahorrado adjetivos para la importancia del hallazgo: "Asombroso", "fascinante e importante", "instructivo", "maravilloso"… ¿Por qué? "Ya no sólo legaremos a las futuras generaciones los rollos del Mar Muerto", dijo Pnina Shor, "sino también una parte de la Biblia proveniente del Arca Santa de una sinagoga de mil quinientos años".

Artículo publicado en Haaretz y traducido por Fundación Tierra Santa.

  1. I. Los jóvenes en el mundo de hoy.
  2. II. Fe, discernimiento, vocación.
  3. III. La acción pastoral.

Introducción

«Os he dicho esto para que mi gozo esté en vosotros y vuestro gozo sea perfecto» (Jn 15,11): este es el proyecto de Dios para los hombres y mujeres de todos los tiempos y, por tanto, también para todos los jóvenes y las jóvenes del tercer milenio, sin excepción.

Anunciar la alegría del Evangelio es la misión que el Señor ha confiado a su Iglesia. El Sínodo sobre la nueva evangelización y la Exhortación Apostólica Evangelii gaudium han afrontado cómo llevar a cabo esta misión en el mundo de hoy; en cambio, los dos Sínodos sobre la familia y la Exhortación Apostólica Post-sinodal Amoris laetitia se han dedicado al acompañamiento de las familias hacia esta alegría.

Como continuación de este camino, a través de un nuevo camino sinodal sobre el tema: «Los jóvenes, la fe y el discernimiento vocacional», la Iglesia ha decidido interrogarse sobre cómo acompañar a los jóvenes para que reconozcan y acojan la llamada al amor y a la vida en plenitud, y también pedir a los mismos jóvenes que la ayuden a identificar las modalidades más eficaces de hoy para anunciar la Buena Noticia. A través de los jóvenes, la Iglesia podrá percibir la voz del Señor que resuena también hoy. Como en otro tiempo Samuel (cfr. 1Sam 3,1-21) y Jeremías (cfr. Jer 1,4-10), hay jóvenes que saben distinguir los signos de nuestro tiempo que el Espíritu señala. Escuchando sus aspiraciones podemos entrever el mundo del mañana que se aproxima y las vías que la Iglesia está llamada a recorrer.

La vocación al amor asume para cada uno una forma concreta en la vida cotidiana a través de una serie de opciones que articulan estado de vida (matrimonio, ministerio ordenado, vida consagrada, etc.), profesión, modalidad de compromiso social y político, estilo de vida, gestión del tiempo y del dinero, etc. Asumidas o padecidas, conscientes o inconscientes, se trata de elecciones de las que nadie puede eximirse. El propósito del discernimiento vocacional es descubrir cómo transformarlas, a la luz de la fe, en pasos hacia la plenitud de la alegría a la que todos estamos llamados.

La Iglesia es consciente de poseer «lo que hace la fuerza y el encanto de la juventud: la facultad de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo para nuevas conquistas» (Mensaje del Concilio Vaticano II a los jóvenes, 8 de diciembre de 1965); las riquezas de su tradición espiritual ofrecen muchos instrumentos con los que acompañar la maduración de la conciencia y de una auténtica libertad.

Desde esta perspectiva, con el presente Documento Preparatorio, se da inicio a la fase de consulta de todo el Pueblo de Dios. El Documento – dirigido a los Sínodos de los Obispos y a los Consejos de los Jerarcas de las Iglesias Orientales Católicas, a las Conferencias Episcopales, a los Dicasterios de la Curia Romana y a la Unión de Superiores Generales – termina con un cuestionario. Además está prevista una consulta de todos los jóvenes a través de un sitio web, con un cuestionario sobre sus expectativas y su vida. Las respuestas a los dos cuestionarios constituirán la base para la redacción del Documento de trabajo o Instrumentum laboris, que será el punto de referencia para la discusión de los Padres sinodales.

Este Documento Preparatorio propone una reflexión articulada en tres pasos. Se comienza delineando brevemente algunas dinámicas sociales y culturales del mundo en el que los jóvenes crecen y toman sus decisiones, para proponer una lectura de fe. Posteriormente se abordan los pasos fundamentales del proceso de discernimiento, que es el instrumento principal que la Iglesia desea ofrecer a los jóvenes para que descubran, a la luz de la fe, la propia vocación. Por último, se ponen de relieve los componentes fundamentales de una pastoral juvenil vocacional. Por lo tanto, no se trata de un documento completo, sino de una especie de mapa que pretende fomentar una investigación cuyos frutos sólo estarán disponibles al término del camino sinodal.

Tras las huellas del discípulo amado

Ofrecemos como inspiración para el camino que inicia un icono evangélico: Juan, el apóstol. En la lectura del Cuarto Evangelio él no sólo es la figura ejemplar del joven que elige seguir a Jesús sino también «el discípulo a quien Jesús amaba» (Jn 13,23; 19,26; 21,7).

«Fijándose en Jesús que pasaba, [Juan el Bautista] dijo: “He ahí el Cordero de Dios”. Los dos discípulos le oyeron hablar así y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, al ver que le seguían, les dice: “¿Qué buscáis?”. Ellos le respondieron: “Rabbí – que quiere decir ‘Maestro’ –, ¿dónde vives?”. Les respondió: “Venid y lo veréis”. Fueron, pues, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día. Era más o menos la hora décima» (Jn 1,36-39).

En búsqueda de un sentido que dar a la propia vida, dos discípulos del Bautista son interpelados por Jesús con la pregunta penetrante: «¿Qué buscáis?». A su contestación «Rabbí – que quiere decir ‘Maestro’ –, ¿dónde vives?», le sigue la respuesta-invitación del Señor: «Venid y lo veréis» (vv. 38-39). Jesús los llama al mismo tiempo a un camino interior y a una disponibilidad de ponerse concretamente en movimiento, sin saber bien a dónde esto los llevará. Será un encuentro memorable, hasta el punto de recordar incluso la hora (v. 39).

Gracias a la valentía de ir y ver, los discípulos experimentarán la amistad fiel de Cristo y podrán vivir diariamente con Él, dejarse interrogar e inspirar por sus palabras, dejarse impresionar y conmover por sus gestos.

Juan, en particular, será llamado a ser testigo de la Pasión y Resurrección de su Maestro. En la última cena (cfr. Jn13,21-29), su intimidad con Él lo llevará a reclinar la cabeza sobre el pecho de Jesús y a confiar en Su palabra. Mientras conduce a Simón Pedro a la casa del sumo sacerdote, se enfrentará a la noche de la prueba y de la soledad (cfr. Jn 18,13-27). Junto a la cruz acogerá el profundo dolor de la Madre, a quien es confiado, asumiendo la responsabilidad de cuidar de ella (cfr. Jn 19,25-27). En la mañana de Pascua compartirá con Pedro la carrera agitada y llena de esperanza hacia el sepulcro vacío (cfr. Jn 20,1-10). Por último, durante la extraordinaria pesca en el lago de Tiberíades (cfr. Jn 21,1-14), reconocerá al Resucitado y dará testimonio de Él a la comunidad.

La figura de Juan nos puede ayudar a comprender la experiencia vocacional como un proceso progresivo de discernimiento interior y de maduración de la fe, que conduce a descubrir la alegría del amor y la vida en plenitud en la entrega y en la participación en el anuncio de la Buena Noticia.

 

LOS JÓVENES EN EL MUNDO DE HOY

Este capítulo no ofrece un análisis completo de la sociedad y del mundo, sino que tiene presente algunos resultados de la investigación en el ámbito social útiles para abordar el tema del discernimiento vocacional, a fin de «dejarnos interpelar por ella en profundidad y dar una base concreta al itinerario ético y espiritual» (Laudato Si', 15).

La descripción, elaborada a nivel mundial, exigirá ser adaptada a la realidad de las circunstancias específicas de cada región: a pesar de la presencia de tendencias globales, las diferencias entre las diversas áreas del planeta siguen siendo relevantes. En muchos aspectos es correcto afirmar que existe una pluralidad de mundos juveniles, no sólo uno. Entre las muchas diferencias, algunas resultan particularmente evidentes. La primera es el efecto de las dinámicas geográficas y separa a los países con alta natalidad, donde los jóvenes representan una proporción significativa y creciente de la población, de aquellos cuyo peso demográfico se va reduciendo. Una segunda diferencia deriva de la historia, que hace diferentes a los países y a los continentes de antigua tradición cristiana cuya cultura es portadora de una memoria que no se debe disgregar, de los países y continentes cuya cultura en cambio está marcada por otras tradiciones religiosas y en los que el cristianismo tiene una presencia minoritaria y a menudo reciente. Por último, no podemos olvidar la diferencia entre el género masculino y el femenino: por una parte ésta determina una sensibilidad diferente, por otra es origen de formas de dominio, exclusión y discriminación de las que todas las sociedades necesitan liberarse.

En las páginas que siguen el término “jóvenes” se refiere a las personas de edad comprendida aproximadamente entre 16 y 29 años, siendo conscientes de que también este elemento exige ser adaptado a las circunstancias locales. En cualquier caso, es bueno recordar que la juventud más que identificar a una categoría de personas, es una fase de la vida que cada generación reinterpreta de un modo único e irrepetible.

1. Un mundo que cambia rápidamente

La rapidez de los procesos de cambio y de transformación es la nota principal que caracteriza a las sociedades y a las culturas contemporáneas (cfr. Laudato Si', 18). La combinación entre complejidad elevada y cambio rápido provoca que nos encontremos en un contexto de fluidez e incertidumbre nunca antes experimentado: es un hecho que debe asumirse sin juzgar a priori si se trata de un problema o de una oportunidad. Esta situación exige adoptar una mirada integral y adquirir la capacidad de programar a largo plazo, prestando atención a la sostenibilidad y a las consecuencias de las opciones de hoy en tiempos y lugares remotos.

El crecimiento de la incertidumbre incide en las condiciones de vulnerabilidad, es decir, la combinación de malestar social y dificultad económica, y en las experiencias de inseguridad de grandes sectores de la población. En lo que se refiere al mundo del trabajo, podemos pensar en los fenómenos de la desocupación, del aumento de la flexibilidad y de la explotación sobre todo infantil, o en el conjunto de causas políticas, económicas, sociales e incluso ambientales que explican el aumento exponencial del número de refugiados y migrantes. Frente a pocos privilegiados que pueden disfrutar de las oportunidades ofrecidas por los procesos de globalización económica, muchos viven en situaciones de vulnerabilidad y de inseguridad, lo cual tiene un impacto sobre sus itinerarios de vida y sobre sus elecciones.

A nivel mundial el mundo contemporáneo se caracteriza por una cultura “cientificista”, a menudo dominada por la técnica y por las infinitas posibilidades que ésta promete abrir, en cuyo interior no obstante «se multiplican las formas de tristeza y soledad en las que caen las personas, entre ellas muchos jóvenes» (Misericordia et misera, 3). Como enseña la encíclica Laudato Si', la íntima relación entre paradigma tecnocrático y búsqueda frenética del beneficio a corto plazo están en el origen de esa cultura del descarte que excluye a millones de personas, entre ellas muchos jóvenes, y que conduce a la explotación indiscriminada de los recursos naturales y a la degradación del ambiente, amenazando el futuro de las próximas generaciones (cfr. 20-22).

Asimismo, no hay que olvidar que muchas sociedades son cada vez más multiculturales y multirreligiosas. En particular, la coexistencia de varias tradiciones religiosas representa un desafío y una oportunidad: puede crecer la desorientación y la tentación del relativismo, pero conjuntamente aumentan las posibilidades de debate fecundo y enriquecimiento recíproco. A los ojos de la fe esto se ve como un signo de nuestro tiempo que requiere un crecimiento en la cultura de la escucha, del respeto y del diálogo.

2. Las nuevas generaciones

Quien es joven hoy vive la propia condición en un mundo diferente al de la generación de sus padres y de sus educadores. No sólo el sistema de obligaciones y oportunidades cambia con las transformaciones económicas y sociales, sino que mudan también, subyacentemente, deseos, necesidades, sensibilidades y el modo de relacionarse con los demás. Por otra parte, si desde un cierto punto de vista es verdad que con la globalización los jóvenes tienden a ser cada vez más homogéneos en todas las partes del mundo, se mantienen sin embargo, en los contextos locales, peculiaridades culturales e institucionales que tienen repercusiones en el proceso de socialización y de construcción de la identidad.

El desafío de la multiculturalidad atraviesa particularmente el mundo juvenil, por ejemplo, con las peculiaridades de las “segundas generaciones” (es decir, de aquellos jóvenes que crecen en una sociedad y en una cultura diferentes de las de sus padres, como resultado de los fenómenos migratorios) o de los hijos de parejas de algún modo “mixtas” (desde el punto de vista étnico, cultural y/o religioso).

En muchas partes del mundo los jóvenes experimentan condiciones de particular dureza, en las que se hace difícil abrir el espacio para auténticas opciones de vida, en ausencia de márgenes, aunque sean mínimos, de ejercicio de la libertad. Pensemos en los jóvenes en situación de pobreza y exclusión; en los que crecen sin padres o familia, o no tienen la posibilidad de ir a la escuela; en los niños y chicos de la calle de tantas periferias; en los jóvenes desempleados, abandonados y migrantes; en los que son víctimas de explotación, trata y esclavitud; en los niños y chicos reclutados a la fuerza en bandas criminales o en milicias irregulares; en las niñas esposas o chicas obligadas a casarse contra su voluntad. Son demasiados en el mundo los que pasan directamente de la infancia a la edad adulta y a una carga de responsabilidad que no han podido elegir. A menudo, las niñas, las chicas y las mujeres jóvenes deben hacer frente a dificultades aún mayores en comparación con sus coetáneos.

Estudios conducidos a nivel internacional permiten identificar algunos rasgos característicos de los jóvenes de nuestro tiempo.

Pertenencia y participación

Los jóvenes no se perciben así mismos como una categoría desfavorecida o un grupo social que se debe proteger y, en consecuencia, como destinatarios pasivos de programas pastorales o de opciones políticas. No pocos de ellos desean ser parte activa en los procesos de cambio del presente, como confirman las experiencias de activación e innovación desde abajo que tienen a los jóvenes como principales, aunque no únicos, protagonistas.

La disponibilidad a la participación y a la movilización en acciones concretas, en las que el aporte personal de cada uno es ocasión de reconocimiento de identidad, se articula con la intolerancia hacia ambientes en los que los jóvenes sienten, con razón o sin ella, que no encuentran espacio y no reciben estímulos; esto puede llevar a la renuncia o al cansancio para desear, soñar y proyectar, como demuestra la difusión del fenómeno de los NEET (not in education, employment or training, es decir, jóvenes que no se dedican a una actividad de estudio ni de trabajo ni de formación profesional). La discrepancia entre los jóvenes pasivos y desanimados y los emprendedores y vitales es el fruto de las oportunidades ofrecidas concretamente a cada uno en el contexto social y familiar en el que crece, además de las experiencias de sentido, relación y valor adquiridas incluso antes del inicio de la juventud. La falta de confianza en sí mismos y en sus capacidades puede manifestarse, además de en la pasividad, en una excesiva preocupación por la propia imagen y en un dócil conformismo a las modas del momento.

Puntos de referencia personales e institucionales

Varias investigaciones muestran que los jóvenes sienten la necesidad de figuras de referencia cercanas, creíbles, coherentes y honestas, así como de lugares y ocasiones en los que poner a prueba la capacidad de relación con los demás (tanto adultos como coetáneos) y afrontar las dinámicas afectivas. Buscan figuras capaces de expresar sintonía y ofrecer apoyo, estímulo y ayuda para reconocer los límites, sin hacer pesar el juicio.

Desde este punto de vista, el rol de padres y familias sigue siendo crucial y a veces problemático. Las generaciones más maduras a menudo tienden a subestimar las potencialidades, enfatizan las fragilidades y tienen dificultad para entender las exigencias de los más jóvenes. Los padres y los educadores adultos pueden tener presente sus errores y lo que no les gustaría que los jóvenes hiciesen, pero a menudo no tienen igualmente claro cómo ayudarles a orientar su mirada hacia el futuro. Las dos reacciones más comunes son la renuncia a hacerse escuchar y la imposición de sus propias elecciones. Padres ausentes o hiperprotectores hacen a los hijos más frágiles y tienden a subestimar los riesgos o a estar obsesionados con el miedo a equivocarse.

Los jóvenes sin embargo no buscan sólo figuras de referencia adultas: tienen un fuerte deseo de diálogo abierto entre pares. En este sentido son muy necesarias las ocasiones de interacción libre, de expresión afectiva, de aprendizaje informal, de experimentación de roles y habilidades sin tensión ni ansiedad.

Tendencialmente cautos respecto a quienes están más allá del círculo de las relaciones personales, los jóvenes a menudo nutren desconfianza, indiferencia o indignación hacia las instituciones. Esto se refiere no sólo a la política, sino que afecta cada vez más a las instituciones formativas y a la Iglesia, en su aspecto institucional. La querrían más cercana a la gente, más atenta a los problemas sociales, pero no dan por sentado que esto ocurra de inmediato.

Todo esto tiene lugar en un contexto donde la pertenencia confesional y la práctica religiosa se vuelven, cada vez más, rasgos de una minoría y los jóvenes no se ponen “contra”, sino que están aprendiendo a vivir “sin” el Dios presentado por el Evangelio y “sin” la Iglesia, apoyándose en formas de religiosidad y espiritualidad alternativas y poco institucionalizadas o refugiándose en sectas o experiencias religiosas con una fuerte matriz de identidad. En muchos lugares la presencia de la Iglesia se va haciendo menos capilar y por tanto resulta más difícil encontrarla, mientras que la cultura dominante es portadora de instancias a menudo en contraste con los valores evangélicos, ya se trate de elementos de la propia tradición o de la declinación local de una globalización de modelo consumista e individualista.

Hacia una generación (híper)conectada

Las jóvenes generaciones se caracterizan hoy por la relación con las tecnologías modernas de la comunicación y con lo que normalmente se llama “mundo virtual”, no obstante también tenga efectos muy reales. Todo esto ofrece posibilidades de acceso a una serie de oportunidades que las generaciones precedentes no tenían, y al mismo tiempo presenta riesgos. Sin embargo, es de gran importancia poner de relieve cómo la experiencia de relaciones a través de la tecnología estructura la concepción del mundo, de la realidad y de las relaciones personales. A esto debería responder la acción pastoral, que tiene necesidad de desarrollar una cultura adecuada.

3. Los jóvenes y las opciones

En el contexto de fluidez y precariedad que hemos esbozado, la transición a la vida adulta y la construcción de la identidad exigen cada vez más un itinerario “reflexivo”. Las personas se ven obligadas a readaptar sus trayectorias de vida y a retomar continuamente el control de sus opciones. Además, junto con la cultura occidental se difunde una concepción de la libertad entendida como posibilidad de acceder a nuevas oportunidades. Se niega que construir un itinerario personal de vida signifique renunciar a recorrer en el futuro caminos diferentes: «Hoy elijo esto, mañana ya veremos». Tanto en las relaciones afectivas como en el mundo del trabajo el horizonte se compone de opciones siempre reversibles más que de elecciones definitivas.

En este contexto los viejos enfoques ya no funcionan y la experiencia transmitida por las generaciones precedentes se vuelve obsoleta rápidamente. Valiosas oportunidades y riesgos insidiosos se entrelazan en una maraña que no es fácil de desenredar. Adecuados instrumentos culturales, sociales y espirituales se convierten en indispensables para que los mecanismos del proceso decisional no se bloqueen y se termine, tal vez por miedo a equivocarse, sufriendo el cambio en lugar de guiarlo. Lo ha dicho el Papa Francisco: «“¿Cómo podemos despertar la grandeza y la valentía de elecciones de gran calado, de impulsos del corazón para afrontar desafíos educativos y afectivos?”. La palabra la he dicho tantas veces: ¡arriesga! Arriesga. Quien no arriesga no camina. “¿Y si me equivoco?”.¡Bendito sea el Señor! Más te equivocarás si te quedas quieto» (Discurso en Villa Nazaret, 18 de junio de 2016).

En la búsqueda de caminos capaces de despertar la valentía y los impulsos del corazón no se puede dejar de tener en cuenta que la persona de Jesús y la Buena Noticia por Él proclamada siguen fascinando a muchos jóvenes.

La capacidad de elegir de los jóvenes se ve obstaculizada por las dificultades relacionadas con la condición de precariedad: la dificultad para encontrar trabajo o su dramática falta; los obstáculos en la construcción de una autonomía económica; la imposibilidad de estabilizar la propia trayectoria profesional. Para las mujeres jóvenes estos obstáculos son normalmente aún más difíciles de superar.

El malestar económico y social de las familias, la forma en que los jóvenes asumen algunos rasgos de la cultura contemporánea y el impacto de las nuevas tecnologías exigen una mayor capacidad de respuesta al desafío educativo en su acepción más amplia: esta es la emergencia educativa señalada por Benedicto XVI en el Mensaje a la Ciudad y a la Diócesis de Roma sobre la urgencia de la educación (21 de enero de 2008). A nivel mundial también hay que tener en cuenta las desigualdades entre países y su efecto sobre las oportunidades ofrecidas a los jóvenes en las diferentes sociedades en términos de inclusión. También factores culturales y religiosos pueden generar exclusión, por ejemplo lo referente a las diferencias de género o a la discriminación de las minorías étnicas o religiosas, hasta empujar a los jóvenes más emprendedores hacia la emigración.

En este contexto resulta particularmente urgente promover las capacidades personales poniéndolas al servicio de un sólido proyecto de crecimiento común. Los jóvenes valoran la posibilidad de combinar la acción en proyectos concretos en los que medir su capacidad de obtener resultados, el ejercicio de un protagonismo dirigido a mejorar el contexto en el que viven, la oportunidad de adquirir y perfeccionar sobre el terreno competencias útiles para la vida y el trabajo.

La innovación social expresa un protagonismo positivo que invierte la condición de las nuevas generaciones: de perdedores que solicitan protección frente a los riesgos del cambio, a sujetos del cambio capaces de crear nuevas oportunidades. Es significativo que precisamente los jóvenes – a menudo encasillados en el estereotipo de la pasividad y de la inexperiencia – propongan y practiquen alternativas que muestran cómo el mundo o la Iglesia podrían ser. Si queremos que en la sociedad o en la comunidad cristiana suceda algo nuevo, debemos dejar espacio para que nuevas personas puedan actuar. En otras palabras, proyectar el cambio según los principios de la sostenibilidad exige que se consienta a las nuevas generaciones experimentar un nuevo modelo de desarrollo. Esto resulta particularmente problemático en los países y contextos institucionales en los que la edad de quienes ocupan puestos de responsabilidad es elevada y los ritmos de cambio generacional se hacen más lentos.

II FE, DISCERNIMIENTO, VOCACIÓN

A través del camino de este Sínodo, la Iglesia quiere reiterar su deseo de encontrar, acompañar y cuidar de todos los jóvenes, sin excepción. No podemos ni queremos abandonarlos a las soledades y a las exclusiones a las que el mundo les expone. Que su vida sea experiencia buena, que no se pierdan en los caminos de la violencia o de la muerte, que la desilusión no los aprisione en la alienación: todo esto no puede dejar de ser motivo de gran preocupación para quien ha sido generado a la vida y a la fe y sabe que ha recibido un gran don.

Es en virtud de este don que sabemos que venir al mundo significa encontrar la promesa de una vida buena y que ser acogido y custodiado es la experiencia original que inscribe en cada uno la confianza de no ser abandonado a la falta de sentido y a la oscuridad de la muerte y la esperanza de poder expresar la propia originalidad en un camino hacia la plenitud de vida.

La sabiduría de la Iglesia oriental nos ayuda a descubrir cómo esta confianza está arraigada en la experiencia de “tres nacimientos”: el nacimiento natural como mujer o como hombre en un mundo capaz de acoger y sostener la vida; el nacimiento del bautismo «cuando alguien se convierte en hijo de Dios por la gracia»; y luego, un tercer nacimiento, cuando tiene lugar el paso «del modo de vida corporal al espiritual», que abre al ejercicio maduro de la libertad (cfr.Discursos de Filoxeno de Mabbug, obispo sirio del siglo V, n. 9).

Ofrecer a los demás el don que nosotros mismos hemos recibido significa acompañarlos a lo largo de este camino, ayudándoles a afrontar sus debilidades y las dificultades de la vida, pero sobre todo sosteniendo las libertades que aún se están constituyendo. Por todo ello la Iglesia, comenzando por sus Pastores, está llamada a interrogarse y a redescubrir su vocación a la custodia con el estilo que el Papa Francisco recordó al inicio de su pontificado: «el preocuparse, el custodiar, requiere bondad, pide ser vivido con ternura. En los Evangelios, san José aparece como un hombre fuerte y valiente, trabajador, pero en su alma se percibe una gran ternura, que no es la virtud de los débiles, sino más bien todo lo contrario: denota fortaleza de ánimo y capacidad de atención, de compasión, de verdadera apertura al otro, de amor» (Homilía en el inicio del ministerio petrino, 19 de marzo de 2013).

En esta perspectiva se presentarán ahora algunas ideas con vistas a un acompañamiento de los jóvenes a partir de la fe, escuchando a la tradición de la Iglesia y con el claro objetivo de sostenerlos en su discernimiento vocacional y en la toma de decisiones fundamentales de la vida, desde la conciencia del carácter irreversible de algunas de ellas.

1. Fe y vocación

La fe, en cuanto participación en el modo de ver de Jesús (cfr. Lumen fidei, 18), es la fuente del discernimiento vocacional, porque ofrece sus contenidos fundamentales, sus articulaciones específicas, el estilo singular y la pedagogía propia. Acoger con alegría y disponibilidad este don de la gracia exige hacerlo fecundo a través de elecciones de vida concretas y coherentes.

«No me habéis elegido vosotros a mí; sino que yo os he elegido yo a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros» (Jn 15,16-17). Si la vocación a la alegría del amor es el llamado fundamental que Dios pone en el corazón de cada joven para que su existencia pueda dar fruto, la fe es al mismo tiempo don que viene de lo alto y respuesta al sentirse elegidos y amados.

La fe «no es un refugio para gente pusilánime, sino que ensancha la vida. Hace descubrir una gran llamada, la vocación al amor, y asegura que este amor es digno de fe, que vale la pena ponerse en sus manos, porque está fundado en la fidelidad de Dios, más fuerte que todas nuestras debilidades» (Lumen fidei, 53). Esta fe «ilumina todas las relaciones sociales», contribuyendo a «construir la fraternidad universal» entre los hombres y mujeres de todos los tiempos (ibíd., 54).

La Biblia presenta numerosos relatos de vocación y de respuesta de jóvenes. A la luz de la fe, estos gradualmente toman conciencia del proyecto de amor apasionado que Dios tiene para cada uno. Esta es la intención de toda acción de Dios, desde la creación del mundo como lugar «bueno», capaz de acoger la vida, y ofrecido como un don como la urdimbre de relaciones en las que confiar.

Creer significa ponerse a la escucha del Espíritu y en diálogo con la Palabra que es camino, verdad y vida (cfr. Jn 14,6) con toda la propia inteligencia y afectividad, aprender a confiar en ella “encarnándola” en lo concreto de la vida cotidiana, en los momentos en los que la cruz está cerca y en aquellos en los que se experimenta la alegría ante los signos de resurrección, tal y como hizo el “discípulo amado”. Este es el desafío que interpela a la comunidad cristiana y a cada creyente individual.

El espacio de este diálogo es la conciencia. Como enseña el Concilio Vaticano II, esta es «el núcleo más secreto y el sagrario del hombre, en el que éste se siente a solas con Dios, cuya voz resuena en el recinto más íntimo de aquélla» (Gaudium et spes, 16). Por lo tanto, la conciencia es un espacio inviolable en el que se manifiesta la invitación a acoger una promesa. Discernir la voz del Espíritu de otras llamadas y decidir qué respuesta dar es una tarea que corresponde a cada uno: los demás lo pueden acompañar y confirmar, pero nunca sustituir.

La vida y la historia nos enseñan que para el ser humano no siempre es fácil reconocer la forma concreta de la alegría a la que Dios lo llama y a la cual tiende su deseo, y mucho menos ahora en un contexto de cambio e incertidumbre generalizada. Otras veces, la persona tiene que enfrentarse al desánimo o a la fuerza de otros apegos que la detienen en su camino hacia la plenitud: es la experiencia de muchos, por ejemplo la del joven que tenía demasiadas riquezas para ser libre de acoger la llamada de Jesús y por esto se fue triste en lugar de lleno de alegría (cfr. Mc 10,17-22). La libertad humana, aun necesitando ser siempre purificada y liberada, sin embargo, no pierde nunca del todo la capacidad radical de reconocer el bien y de hacerlo: «Los seres humanos, capaces de degradarse hasta el extremo, también pueden sobreponerse, volver a optar por el bien y regenerarse, más allá de todos los condicionamientos mentales y sociales que les impongan» (Laudato Si’, 205).

2. El don del discernimiento

Tomar decisiones y orientar las propias acciones en situaciones de incertidumbre y frente a impulsos internos contradictorios es el ámbito del ejercicio del discernimiento. Se trata de un término clásico de la tradición de la Iglesia, que se aplica a una pluralidad de situaciones. En efecto, existe un discernimiento de los signos de los tiempos, que apunta a reconocer la presencia y la acción del Espíritu en la historia; un discernimiento moral, que distingue lo que es bueno de lo que es malo; un discernimiento espiritual, que tiene como objetivo reconocer la tentación para rechazarla y, en su lugar, seguir el camino de la plenitud de vida. Las conexiones entre estas diferentes acepciones son evidentes y no se pueden nunca separar completamente.

Teniendo presente esto, nos centramos aquí en el discernimiento vocacional, es decir, en el proceso por el cual la persona llega a realizar, en el diálogo con el Señor y escuchando la voz del Espíritu, las elecciones fundamentales, empezando por la del estado de vida. Si el interrogante de cómo no desperdiciar las oportunidades de realización de sí mismo afecta a todos los hombres y mujeres, para el creyente la pregunta se hace aún más intensa y profunda. ¿Cómo vivir la buena noticia del Evangelio y responder a la llamada que el Señor dirige a todos aquellos a quienes les sale al encuentro: a través del matrimonio, del ministerio ordenado, de la vida consagrada? Y cuál es el campo en el que se pueden utilizar los propios talentos: ¿la vida profesional, el voluntariado, el servicio a los últimos, la participación en la política?

El Espíritu habla y actúa a través de los acontecimientos de la vida de cada uno, pero los eventos en sí mismos son mudos o ambiguos, ya que se pueden dar diferentes interpretaciones. Iluminar el significado en lo concerniente a una decisión requiere un camino de discernimiento. Los tres verbos con los que esto se describe en la Evangelii gaudium, 51 – reconocer, interpretar y elegir – pueden ayudarnos a delinear un itinerario adecuado tanto para los individuos como para los grupos y las comunidades, sabiendo que en la práctica los límites entre las diferentes fases no son nunca tan claros.

Reconocer

El reconocimiento se refiere, en primer lugar, a los efectos que los acontecimientos de mi vida, las personas que encuentro, las palabras que escucho o que leo producen en mi interioridad: una variedad de «deseos, sentimientos, emociones» (Amoris laetitia, 143) de muy distinto signo: tristeza, oscuridad, plenitud, miedo, alegría, paz, sensación de vacío, ternura, rabia, esperanza, tibieza, etc. Me siento atraído o empujado hacia una pluralidad de direcciones, sin que ninguna me parezca la que claramente se debe seguir; es el momento de los altos y bajos y en algunos casos de una auténtica lucha interior. Reconocer exige hacer aflorar esta riqueza emotiva y nombrar estas pasiones sin juzgarlas. Exige igualmente percibir el “sabor” que dejan, es decir, la consonancia o disonancia entre lo que experimento y lo más profundo que hay en mí.

En esta fase, la Palabra de Dios reviste una gran importancia: meditarla, de hecho, pone en movimiento las pasiones como todas las experiencias de contacto con la propia interioridad, pero al mismo tiempo ofrece una posibilidad de hacerlas emerger identificándose con los acontecimientos que ella narra. La fase del reconocimiento sitúa en el centro la capacidad de escuchar y la afectividad de la persona, sin eludir por temor la fatiga del silencio. Se trata de un paso fundamental en el camino de maduración personal, en particular para los jóvenes que experimentan con mayor intensidad la fuerza de los deseos y pueden también permanecer asustados, renunciando incluso a los grandes pasos a los que sin embargo se sienten impulsados.

Interpretar

No basta reconocer lo que se ha experimentado: hay que “interpretarlo”, o, en otras palabras, comprender a qué el Espíritu está llamando a través de lo que suscita en cada uno. Muchas veces nos detenemos a contar una experiencia, subrayando que “me ha impresionado mucho”. Más difícil es entender el origen y el sentido de los deseos y de las emociones experimentadas y evaluar si nos están orientando en una dirección constructiva o si por el contrario nos están llevando a replegarnos sobre nosotros mismos.

Esta fase de interpretación es muy delicada: se requiere paciencia, vigilancia y también un cierto aprendizaje. Hemos de ser capaces de darnos cuenta de los efectos de los condicionamientos sociales y psicológicos. También exige poner en práctica las propias facultades intelectuales, sin caer sin embargo en el peligro de construir teorías abstractas sobre lo que sería bueno o bonito hacer: también en el discernimiento«la realidad es superior a la idea» (Evangelii gaudium, 231). En la interpretación tampoco se puede dejar de enfrentarse con la realidad y de tomar en consideración las posibilidades que realmente se tienen a disposición.

Para interpretar los deseos y los movimientos interiores es necesario confrontarse honestamente, a la luz de la Palabra de Dios, también con las exigencias morales de la vida cristiana, siempre tratando de ponerlas en la situación concreta que se está viviendo. Este esfuerzo obliga a quien lo realiza a no contentarse con la lógica legalista del mínimo indispensable, y en su lugar buscar el modo de sacar el mayor provecho a los propios dones y las propias posibilidades: por esto resulta una propuesta atractiva y estimulante para los jóvenes.

Este trabajo de interpretación se desarrolla en un diálogo interior con el Señor, con la activación de todas las capacidades de la persona; la ayuda de una persona experta en la escucha del Espíritu es, sin embargo, un valioso apoyo que la Iglesia ofrece, y del que sería poco sensato no hacer uso.

Elegir

Una vez reconocido e interpretado el mundo de los deseos y de las pasiones, el acto de decidir se convierte en ejercicio de auténtica libertad humana y de responsabilidad personal, siempre claramente situadas y por lo tanto limitadas. Entonces, la elección escapa a la fuerza ciega de las pulsiones, a las que un cierto relativismo contemporáneo termina por asignar el rol de criterio último, aprisionando a la persona en la volubilidad. Al mismo tiempo se libera de la sujeción a instancias externas a la persona y, por tanto, heterónomas, exigiendo asimismo una coherencia de vida.

Durante mucho tiempo en la historia, las decisiones fundamentales de la vida no fueron tomadas por los interesados directos; en algunas partes del mundo todavía es así, tal como se ha apuntado también en el capítulo I. Promover elecciones verdaderamente libres y responsables, despojándose de toda connivencia con legados de otros tiempos, sigue siendo el objetivo de toda pastoral vocacional seria. El discernimiento es en la pastoral vocacional el instrumento fundamental, que permite salvaguardar el espacio inviolable de la conciencia, sin pretender sustituirla (cfr. Amoris laetitia, 37).

La decisión debe ser sometida a la prueba de los hechos en vista de su confirmación. La elección no puede quedar aprisionada en una interioridad que corre el riesgo de mantenerse virtual o poco realista – se trata de un peligro acentuado en la cultura contemporánea –, sino que está llamada a traducirse en acción, a tomar cuerpo, a iniciar un camino, aceptando el riesgo de confrontarse con la realidad que había puesto en movimiento deseos y emociones. Otros movimientos interiores nacerán en esta fase: reconocerlos e interpretarlos permitirá confirmar la bondad de la decisión tomada o aconsejará revisarla. Por esto es importante “salir”, incluso del miedo de equivocarse que, como hemos visto, puede llegar a ser paralizante.

3. Caminos de vocación y misión

El discernimiento vocacional no se realiza en un acto puntual, aun cuando en la historia de cada vocación es posible identificar momentos o encuentros decisivos. Como todas las cosas importantes de la vida, también el discernimiento vocacional es un proceso largo, que se desarrolla en el tiempo, durante el cual es necesario mantener la atención a las indicaciones con las que el Señor precisa y específica una vocación que es exclusivamente personal e irrepetible. El Señor les pidió a Abraham y a Sara que partieran, pero sólo en un camino progresivo y no sin pasos en falso se aclaró cuál era la inicialmente misteriosa «tierra que yo te mostraré» (Gén 12,1). María misma progresa en la conciencia de su vocación a través de la meditación de las palabras que escucha y los eventos que le suceden, también los que no comprende (cfr. Lc 2,50-51).

El tiempo es fundamental para verificar la orientación efectiva de la decisión tomada. Como enseña cada página del texto bíblico, no hay vocación que no se ordene a una misión acogida con temor o con entusiasmo.

Acoger la misión implica la disponibilidad de arriesgar la propia vida y recorrer la vía de la cruz, siguiendo las huellas de Jesús, que con decisión se puso en camino hacia Jerusalén (cfr. Lc 9,51) para ofrecer su vida por la humanidad. Sólo si la persona renuncia a ocupar el centro de la escena con sus necesidades se abre el espacio para acoger el proyecto de Dios a la vida familiar, al ministerio ordenado o a la vida consagrada, así como para llevar a cabo con rigor su profesión y buscar sinceramente el bien común. En particular en los lugares donde la cultura está más profundamente marcada por el individualismo, es necesario verificar hasta qué punto las elecciones son dictadas por la búsqueda de la propia autorrealización narcisista y en qué grado, por el contrario, incluyen la disponibilidad a vivir la propia existencia en la lógica de la generosa entrega. Por esto, el contacto con la pobreza, la vulnerabilidad y la necesidad revisten gran importancia en los caminos de discernimiento vocacional. En lo que respecta a los futuros pastores, es oportuno examinar y promover el crecimiento de la disponibilidad a dejarse impregnar del “olor de las ovejas”.

4. El acompañamiento

En la base de discernimiento podemos identificar tres convicciones, muy arraigadas en la experiencia de cada ser humano releída a la luz de la fe y de la tradición cristiana. La primera es que el Espíritu de Dios actúa en el corazón de cada hombre y de cada mujer a través de sentimientos y deseos que se conectan a ideas, imágenes y proyectos. Escuchando con atención, el ser humano tiene la posibilidad de interpretar estas señales. La segunda convicción es que el corazón humano, debido a su debilidad y al pecado, se presenta normalmente divido a causa de la atracción de reclamos diferentes, o incluso opuestos. La tercera convicción es que, en cualquier caso, el camino de la vida impone decidir, porque no se puede permanecer indefinidamente en la indeterminación. Pero es necesario dotarse de los instrumentos para reconocer la llamada del Señor a la alegría del amor y elegir responder a ella.

Entre estos instrumentos, la tradición espiritual destaca la importancia del acompañamiento personal. Para acompañar a otra persona no basta estudiar la teoría del discernimiento; es necesario tener la experiencia personal en interpretar los movimientos del corazón para reconocer la acción del Espíritu, cuya voz sabe hablar a la singularidad de cada uno. El acompañamiento personal exige refinar continuamente la propia sensibilidad a la voz del Espíritu y conduce a descubrir en las peculiaridades personales un recurso y una riqueza.

Se trata de favorecer la relación entre la persona y el Señor, colaborando a eliminar lo que la obstaculiza. He aquí la diferencia entre el acompañamiento al discernimiento y el apoyo psicológico, que también, si está abierto a la trascendencia, se revela a menudo de fundamental importancia. El psicólogo sostiene a una persona en las dificultades y la ayuda a tomar conciencia de sus fragilidades y su potencial; el guía espiritual remite la persona al Señor y prepara el terreno para el encuentro con Él (cfr. Jn 3,29-30).

Los pasajes evangélicos que narran el encuentro de Jesús con las personas de su tiempo resaltan algunos elementos que nos ayudan a trazar el perfil ideal de quien acompaña a un joven en el discernimiento vocacional: la mirada amorosa (la vocación de los primeros discípulos, cfr. Jn 1,35-51); la palabra con autoridad (la enseñanza en la sinagoga de Cafarnaún, cfr. Lc 4,32); la capacidad de “hacerse prójimo” (la parábola del buen samaritano, cfr. Lc10,25-37); la opción de “caminar al lado” (los discípulos de Emaús, cfr. Lc 24,13-35); el testimonio de autenticidad, sin miedo a ir en contra de los prejuicios más generalizados (el lavatorio de los pies en la última cena, cfr. Jn 13,1-20).

En el compromiso de acompañar a las nuevas generaciones la Iglesia acoge su llamada a colaborar en la alegría de los jóvenes, más que intentar apoderarse de su fe (cfr. 2Cor 1,24). Dicho servicio se arraiga en última instancia en la oración y en la petición del don del Espíritu que guía e ilumina a todos y a cada uno.

III LA ACCIÓN PASTORAL

¿Qué significa para la Iglesia acompañar a los jóvenes a acoger la llamada a la alegría del Evangelio, sobre todo en un tiempo marcado por la incertidumbre, por la precariedad y por la inseguridad?

El propósito de este capítulo es concentrar la atención en lo que implica tomar en serio el desafío del cuidado pastoral y del discernimiento vocacional, teniendo en consideración cuáles son los sujetos, los lugares y los instrumentos a disposición. En este sentido, reconocemos una inclusión recíproca entre pastoral juvenil y pastoral vocacional, aun siendo conscientes de las diferencias. No se tratará de una panorámica exhaustiva, sino de indicaciones que se deben completar sobre la base de las experiencias de cada Iglesia local.

1. Caminar con los jóvenes

Acompañar a los jóvenes exige salir de los propios esquemas preconfeccionados, encontrándolos allí donde están, adecuándose a sus tiempos y a sus ritmos; significa también tomarlos en serio en su dificultad para descifrar la realidad en la que viven y para transformar un anuncio recibido en gestos y palabras, en el esfuerzo cotidiano por construir la propia historia y en la búsqueda más o menos consciente de un sentido para sus vidas.

Cada domingo los cristianos mantienen viva la memoria de Jesús muerto y resucitado, encontrándolo en la celebración de la Eucaristía. Muchos niños son bautizados en la fe de la Iglesia y continúan el camino de la iniciación cristiana. Esto, sin embargo, no equivale aún a una elección madura de una vida de fe. Para ello es necesario un camino, que a veces también pasa a través de vías imprevisibles y alejadas de los lugares habituales de las comunidades eclesiales. Por esto, como ha recordado el Papa Francisco, «la pastoral vocacional es aprender el estilo de Jesús, que pasa por los lugares de la vida cotidiana, se detiene sin prisa y, mirando a los hermanos con misericordia, les lleva a encontrarse con Dios Padre» (Discurso a los participantes en el Congreso de pastoral vocacional, 21 de octubre de 2016). Caminando con los jóvenes se edifica la entera comunidad cristiana.

Precisamente porque se trata de interpelar la libertad de los jóvenes, hay que valorizar la creatividad de cada comunidad para construir propuestas capaces de captar la originalidad de cada uno y secundar su desarrollo. En muchos casos se tratará también de aprender a dar espacio real a la novedad, sin sofocarla en el intento de encasillarla en esquemas predefinidos: no puede haber una siembra fructífera de vocaciones si nos quedamos simplemente cerrados en el «cómodo criterio pastoral del “siempre se ha hecho así”», sin «ser audaces y creativos en esta tarea de repensar los objetivos, las estructuras, el estilo y los métodos evangelizadores de las propias comunidades» (Evangelii gaudium, 33). Tres verbos, que en los Evangelios connotan el modo en el que Jesús encuentra a las personas de su tiempo, nos ayudan a estructurar este estilo pastoral: salir, ver y llamar.

Salir

Pastoral vocacional en este sentido significa acoger la invitación del Papa Francisco a salir, en primer lugar, de esas rigideces que hacen que sea menos creíble el anuncio de la alegría del Evangelio, de los esquemas en los que las personas se sienten encasilladas y de un modo de ser Iglesia que a veces resulta anacrónico. Salir es también signo de libertad interior respecto a las actividades y a las preocupaciones habituales, a fin de permitir a los jóvenes ser protagonistas. Encontrarán atractiva a la comunidad cristiana cuanto más la experimenten acogedora hacia la contribución concreta y original que pueden aportar.

Ver

Salir hacia el mundo de los jóvenes requiere la disponibilidad para pasar tiempo con ellos, para escuchar sus historias, sus alegrías y esperanzas, sus tristezas y angustias, compartiéndolas: esta es la vía para inculturar el Evangelio y evangelizar toda cultura, también la juvenil. Cuando los Evangelios narran los encuentros de Jesús con los hombres y las mujeres de su tiempo, destacan precisamente su capacidad de detenerse con ellos y el atractivo que percibe quien cruza su mirada. Esta es la mirada de todo auténtico pastor, capaz de ver en la profundidad del corazón sin resultar intruso o amenazador; es la verdadera mirada del discernimiento, que no quiere apoderarse de la conciencia ajena ni predeterminar el camino de la gracia de Dios a partir de los propios esquemas.

Llamar

En los relatos evangélicos la mirada de amor de Jesús se transforma en una palabra, que es una llamada a una novedad que se debe acoger, explorar y construir. Llamar quiere decir, en primer lugar, despertar el deseo, mover a las personas de lo que las tiene bloqueadas o de las comodidades en las que descansan. Llamar quiere decir hacer preguntas a las que no hay respuestas preconfeccionadas. Es esto, y no la prescripción de normas que se deben respetar, lo que estimula a las personas a ponerse en camino y encontrar la alegría del Evangelio.

2. Sujetos

Todos los jóvenes, sin excepción

Para la pastoral los jóvenes son sujetos y no objetos. A menudo, de hecho, son tratados por la sociedad como una presencia inútil o incómoda: la Iglesia no puede reproducir esta actitud, porque todos los jóvenes, sin excepción, tienen el derecho a ser acompañados en su camino.

Además, cada comunidad está llamada a prestar atención especial sobre todo a los jóvenes pobres, marginados y excluidos, y a convertirlos en protagonistas. Ser cercanos a los jóvenes que viven en condiciones de mayor pobreza y dificultad, violencia y guerra, enfermedad, discapacidad y sufrimiento es un don especial del Espíritu, capaz de hacer resplandecer el estilo de una Iglesia en salida. La misma Iglesia está llamada a aprender de los jóvenes: de ello dan un testimonio luminoso muchos jóvenes santos que continúan siendo fuente de inspiración para todos.

Una comunidad responsable

Toda la comunidad cristiana debe sentirse responsable de la tarea de educar a las nuevas generaciones y debemos reconocer que son muchas las figuras de cristianos que la asumen, empezando por quienes se comprometen dentro de la vida eclesial. También deben apreciarse los esfuerzos de quien testimonia la vida buena del Evangelio y la alegría que de ella brota en los lugares de la vida cotidiana. Por último, deben valorizarse las oportunidades de implicación de los jóvenes en los organismos de participación de las comunidades diocesanas y parroquiales, empezando por los consejos pastorales, invitándoles a contribuir con su creatividad y acogiendo sus ideas aunque parezcan provocadoras.

En todas las partes del mundo existen parroquias, congregaciones religiosas, asociaciones, movimientos y realidades eclesiales capaces de proyectar y ofrecer a los jóvenes experiencias de crecimiento y de discernimiento realmente significativas. A veces esta dimensión proyectiva deja espacio a la improvisación y a la incompetencia: es un riesgo del cual defenderse tomando cada vez más en serio la tarea de pensar, concretizar, coordinar y realizar la pastoral juvenil de modo correcto, coherente y eficaz. Aquí también se impone la necesidad de una preparación específica y continua de los formadores.

Las figuras de referencia

El rol de adultos dignos de confianza, con quienes entrar en alianza positiva, es fundamental en todo camino de maduración humana y de discernimiento vocacional. Se necesitan creyentes con autoridad, con una clara identidad humana, una sólida pertenencia eclesial, una visible cualidad espiritual, una vigorosa pasión educativa y una profunda capacidad de discernimiento. A veces, por el contrario, adultos sin preparación e inmaduros tienden a actuar de manera posesiva y manipuladora, creando dependencias negativas, fuertes malestares y graves contratestimonios, que pueden llegar hasta el abuso.

Para que haya figuras creíbles, debemos formarlas y sostenerlas, proporcionándoles también mayores competencias pedagógicas. Esto vale en particular para quienes tienen confiada la tarea de acompañantes del discernimiento vocacional en vista del ministerio ordenado y de la vida consagrada.

Padres y familia: dentro de cada comunidad cristiana se debe reconocer el insustituible rol educativo desempeñado por los padres y por otros familiares. Son en primer lugar los padres, dentro de la familia, quienes expresan cada día en el amor que los une entre sí y con sus hijos el cuidado de Dios por cada ser humano. En este sentido son valiosas las indicaciones ofrecidas por el Papa Francisco en un específico capítulo de Amoris laetitia (cfr. 259-290).

Pastores: el encuentro con figuras ministeriales, capaces de implicarse realmente en el mundo juvenil dedicándole tiempo y recursos, gracias también al generoso testimonio de mujeres y hombres consagrados, es decisivo para el crecimiento de las nuevas generaciones. Lo recordó también el Papa Francisco: «Se lo pido especialmente a los pastores de la Iglesia, a los obispos y a los sacerdotes: sois los responsables principales de la vocación sacerdotal y cristiana, y esta tarea no puede ser relegada a una oficina burocrática. Vosotros también habéis experimentado un encuentro que cambió vuestra vida, cuando otro sacerdote… hizo sentir la belleza del amor de Dios.Haced lo mismo vosotros, saliendo,escuchando a los jóvenes – hace falta paciencia –podéis orientar sus pasos» (Discurso a los participantes en el Congreso de pastoral vocacional, 21 de octubre de 2016).

Docentes y otras figuras educativas: muchos docentes católicos están comprometidos como testigos en las universidades y en las escuelas de todo orden y grado; en el mundo del trabajo muchos están presentes con competencia y pasión; en la política muchos creyentes tratan de ser fermento de una sociedad más justa; en el voluntariado civil muchos se dedican a trabajar por el bien común y por el cuidado de la creación; en la animación del tiempo libre y del deporte muchos están comprometidos con entusiasmo y generosidad. Todos ellos dan testimonio de vocaciones humanas y cristianas acogidas y vividas con fidelidad y compromiso, suscitando en quien los ve el deseo de hacer lo mismo: responder con generosidad a la propia vocación es el primer modo de hacer pastoral vocacional.

3. Lugares

La vida cotidiana y el compromiso social

Convertirse en adultos significa aprender a gestionar con autonomía dimensiones de la vida que son al mismo tiempo fundamentales y cotidianas: la utilización del tiempo y del dinero, el estilo de vida y de consumo, el estudio y el tiempo libre, el vestido y la comida, y la vida afectiva y la sexualidad. Este aprendizaje, al que los jóvenes se enfrentan inevitablemente, es la ocasión para poner orden en la propia vida y en las propias prioridades, experimentando caminos de elección que pueden convertirse en una escuela de discernimiento y consolidar la propia orientación con vistas a las decisiones más importantes: la fe, cuanto más auténtica es, tanto más interpela a la vida cotidiana y se deja interpelar por ella. Merecen una mención particular las experiencias, a menudo difíciles o problemáticas, de la vida laboral o de la falta de trabajo: estas también son ocasión para acoger o profundizar la propia vocación.

Los pobres gritan y junto con ellos la tierra: el compromiso de escuchar puede ser una ocasión concreta de encuentro con el Señor y con la Iglesia y de descubrimiento de la propia vocación. Como enseña el Papa Francisco, las acciones comunitarias con las que se cuida de la casa común y de la calidad de vida de los pobres «cuando expresan un amor que se entrega, pueden convertirse en intensas experiencias espirituales» (Laudato Si', 232) y, por lo tanto, también en ocasión de caminos y de discernimiento vocacional.

Los ámbitos específicos de la pastoral

La Iglesia ofrece a los jóvenes lugares específicos de encuentro y de formación cultural, de educación y de evangelización, de celebración y de servicio, colocándose en primera línea para dar una acogida abierta a todos y a cada uno. El desafío para estos lugares y para quienes los animan es proceder cada vez más en la lógica de la construcción de una red integrada de propuestas, y asumir en el proprio modo de obrar el estilo de salir, ver y llamar.

- A nivel mundial destacan las Jornadas Mundiales de la Juventud. También Conferencias Episcopales y Diócesis sienten cada vez más su deber de ofrecer eventos y experiencias específicas para los jóvenes.

- Las Parroquias ofrecen espacios, actividades, tiempo e itinerarios para las jóvenes generaciones. La vida sacramental ofrece ocasiones fundamentales para crecer en la capacidad de acoger el don de Dios en la propia existencia e invita a la participación activa en la misión eclesial. Un signo de la atención al mundo de los jóvenes son los centros juveniles y los oratorios.

- Las universidades y las escuelas católicas, con su valioso servicio cultural y formativo, son otro instrumento de presencia de la Iglesia entre los jóvenes.

- Las actividades sociales y de voluntariado ofrecen la oportunidad de implicarse en el servicio generoso; el encuentro con personas que experimentan pobreza y exclusión puede ser una ocasión favorable de crecimiento espiritual y de discernimiento vocacional: también desde este punto de vista los pobres son maestros, mejor dicho, portadores de la buena noticia de que la fragilidad es el lugar donde se vive la experiencia de la salvación.

- Las asociaciones y los movimientos eclesiales, pero también muchos lugares de espiritualidad, ofrecen a los jóvenes serios itinerarios de discernimiento; las experiencias misioneras se convierten en momentos de servicio generoso y de intercambio fecundo; el redescubrimiento de la peregrinación como forma y estilo de camino resulta válido y prometedor; en muchos contextos la experiencia de la piedad popular sostiene y nutre la fe de los jóvenes.

- Ocupan un lugar de importancia estratégica los seminarios y las casas de formación, que también a través de una intensa vida comunitaria, deben permitir a los jóvenes que acogen vivir la experiencia que les hará a su vez ser capaces de acompañar a otros.

El mundo digital

Por las razones ya recordadas, merece una mención particular el mundo de los new media, que sobre todo para las jóvenes generaciones se ha convertido realmente en un lugar de vida; ofrece muchas oportunidades inéditas, especialmente en lo que se refiere al acceso a la información y a la construcción de relaciones a distancia, pero también presenta riesgos (por ejemplo el ciberacoso, los juegos de azar, la pornografía, las insidias de los chat room, la manipulación ideológica, etc.). Pese a las muchas diferencias entre las distintas regiones, la comunidad cristiana continúa construyendo su presencia en este nuevo areópago, donde los jóvenes tienen sin duda algo que enseñarle.

4. Instrumentos

Los lenguajes de la pastoral

A veces nos damos cuenta que entre el lenguaje eclesial y el de los jóvenes se abre un espacio difícil de colmar, aunque hay muchas experiencias de encuentro fecundo entre las sensibilidades de los jóvenes y las propuestas de la Iglesia en ámbito bíblico, litúrgico, artístico, catequético y mediático. Soñamos con una Iglesia que sepa dejar espacios al mundo juvenil y a sus lenguajes, apreciando y valorando la creatividad y los talentos.

En particular, reconocemos en el deporte un recurso educativo con grandes oportunidades, y en la música y en las otras expresiones artísticas un lenguaje expresivo privilegiado que acompaña el camino de crecimiento de los jóvenes.

El cuidado educativo y los itinerarios de evangelización

En la acción pastoral con los jóvenes, donde es necesario poner en marcha procesos más que ocupar espacios, descubrimos, en primer lugar, la importancia del servicio al crecimiento humano de cada uno y de los instrumentos pedagógicos y formativos que pueden sostenerlo. Entre evangelización y educación se constata una fecunda relación genética que, en la realidad contemporánea, debe tener en cuenta la gradualidad de los caminos de maduración de la libertad.

Respecto al pasado, debemos acostumbrarnos a itinerarios de acercamiento a la fe cada vez menos estandarizados y más atentos a las características personales de cada uno: junto a los que continúan siguiendo las etapas tradicionales de la iniciación cristiana, muchos llegan al encuentro con el Señor y con la comunidad de los creyentes por otra vía y en edad más avanzada, por ejemplo a partir de la práctica de un compromiso con la justicia, o del encuentro en ámbitos extraeclesiales con alguien capaz de ser testigo creíble. El desafío para las comunidades es resultar acogedoras para todos, siguiendo a Jesús que sabía hablar con judíos y samaritanos, con paganos de cultura griega y ocupantes romanos, comprendiendo el deseo profundo de cada uno de ellos.

Silencio, contemplación y oración

Por último, y sobre todo, no hay discernimiento sin cultivar la familiaridad con el Señor y el diálogo con su Palabra. En particular, la Lectio Divina es un método valioso que la tradición de la Iglesia nos ofrece.

En una sociedad cada vez más ruidosa, que propone una superabundancia de estímulos, un objetivo fundamental de la pastoral juvenil vocacional es ofrecer ocasiones para saborear el valor del silencio y de la contemplación y formar en la relectura de las propias experiencias y en la escucha de la conciencia.

5. María de Nazaret

Encomendemos a María este camino en el que la Iglesia se interroga sobre cómo acompañar a los jóvenes a acoger la llamada a la alegría del amor y a la vida en plenitud. Ella, joven mujer de Nazaret, que en cada etapa de su existencia acoge la Palabra y la conserva, meditándola en su corazón (cfr. Lc 2,19), fue la primera en recorrer este camino.

Cada joven puede descubrir en la vida de María el estilo de la escucha, la valentía de la fe, la profundidad del discernimiento y la dedicación al servicio (cfr. Lc 1,39-45). En su “pequeñez”, la Virgen esposa prometida a José, experimenta la debilidad y la dificultad para comprender la misteriosa voluntad de Dios (cfr. Lc 1,34). Ella también está llamada a vivir el éxodo de sí misma y de sus proyectos, aprendiendo a entregarse y a confiar.

Haciendo memoria de las «cosas grandes» que el Todopoderoso ha realizado en Ella (cfr. Lc 1,49), la Virgen no se siente sola, sino plenamente amada y sostenida por el “No temas” del ángel (cfr. Lc 1,30). Consciente de que Dios está con ella, María abre su corazón al “Heme aquí” y así inaugura el camino del Evangelio (cfr. Lc 1,38). Mujer de la intercesión (cfr. Jn 2,3), frente a la cruz del Hijo, unida al “discípulo amado”, acoge nuevamente la llamada a ser fecunda y a generar vida en la historia de los hombres. En sus ojos cada joven puede redescubrir la belleza del discernimiento, en su corazón puede experimentar la ternura de la intimidad y la valentía del testimonio y de la misión.

Primeros Cristianos en otros idiomas
magnifiercrosschevron-down