Navidad -

Hoy los cristianos nos entregamos a una fiesta que dista mucho de esa celebración vana que tratan de vendernos. Es la conmemoración de la reconciliación de Dios con el hombre.

Chesterton escribió que celebramos un trastorno del universo, una inversión de nuestras categorías mentales. Adorar a Dios significaba hasta la Navidad elevar los ojos a un cielo inescrutable que nos sobrecogía con su inmensidad; a partir de la Navidad, adorar a Dios significa volver los ojos al suelo, incluso acostumbrarlos a la luz mortecina de una cueva, para reparar enla fragilidad de un niño que gimotea entre las pajas. Las manos que habían modelado las estrellas se convierten, de súbito, en unas manecitas diminutas; la grandeza infinita de Dios se torna fragilidad de un niño recién nacido quese amamanta a los pechos de su Madre.

Omnipotencia e indefensión, divinidad e infancia, que hasta entonces eran conceptos antípodas, se congregan de repente, formando una amalgama única que desafía las leyes físicas, que subvierte nuestras categorías mentales, que despatarra, en fin, el universo. A este despatarrarse del universo lo llamamos Navidad.

Pequeño entre los pequeños

Nuestra fe, que para enfrentarse a la inmensidad misteriosa de Dios tenía que armarse de un telescopio, descubre de repente que requiere un microscopio para fijarse en ese Niño que manotea en el interior de una cueva. Dios, que habitaba el empíreo, se hace el más pequeño entre los pequeños; y tamaño cataclismo, que pone a prueba la capacidad de comprensión de los más sabios, es aceptado con naturalidad por los más sencillos.

Son los pastores los que más prontamente adoran a ese niño nacido en una cueva; y lo hacen porque entienden —con esa intuición formidable que las gentes sencillas tienen paralas cosas santas y sobrenaturales— que un Dios encumbrado en su trono de inaccesible majestad no puede ser el Dios que abrace su insignificancia. Su fe simplicísima, infantil si se quiere, ha soñado con un Dios como este, que acampe entre sus rebaños, que sea uno más entre ellos, padeciendo sus mismas zozobras, sus mismas necesidades elementales, su misma pobreza y laceria.

Y, al acercarse a la cueva donde se ha consumado el prodigio, descubren que ese Dios hecho niño se amamanta a los pechos de su Madre, se refugia aterido en el regazo de su Madre, como cualquier niño en el mundo; y ese vínculo entre el Niño y la Madre acaba de completar el cataclismo de la Navidad: Dios deja deser una entidad abstracta y autosuficiente, para convertirse en un Dios trémulo que se nutre y se cobija en una Madre, intercesora en nuestra relación con Él.

Para hacerle una carantoña o un arrumaco, hay que acercarse a la Madre; para invocarlo, hace falta preguntar su nombre a la Madre; para cogerlo en brazos y achucharlo hay que solicitar permiso a la Madre.

Un trastorno universal

Y este trastorno o cataclismo del universo que los pastores descubrieron alborozados es el mismo trastorno o cataclismo que los hombres hemos celebrado durante siglos, con la misma conmovida exultación de aquellos pastores.

En la Navidad reconocemos la reconciliación de Dios con el hombre, reconocemos que nuestra humanidad —frágil, inerme, diminuta— ha sido revitalizada por ese retoño deltronco de David que quiso hacerse como uno de nosotros, que quiso que la excelsitud anidara en el barro con el que estamos hechos; y, como esa unidad de Dios con el hombre debe hacerse sensible, cantamos y reímos y montamos belenes y nos reunimos con nuestros familiares, rememorando que el Niño Dios fue acogido en una familia, como nosotros mismos lo fuimos.

La inocencia perdida

Pero esa unidad sólo es posible en la fe y en la caridad; y tratar de reducirla a una unidad en la caridad (o en sus sucedáneos «solidarios») es empeño inútil, o puro sentimentalismo huero, porque es tanto como privarla de su manantial originario.

Por eso, tantos hombres sienten hoy, en medio de los regocijos navideños, una suerte de dolor sordo o sentimiento de amputación, que a veces se identifica con una nostalgia de la inocencia perdida; y por eso, cada vez más hombres, al reunirse con su familia en Navidad (o con el andrajo de familia que sobrevive, renqueante y entablillada, a los divorcios y demás catástrofes intestinas), se sienten como escindidos: porque el sentido originario de la fiesta (que es comunión de vidas y recepción de un don espiritual bajo el fundente de una misma fe) les ha sido arrebatado.

Y, despojada de ese sentido originario, la Navidad deja de ser verdadera fiesta, para convertirse en el aspaviento —disfrazado de algazara, atracón de turrones y vomitera nocturna— de quienes han dejado de beber en el único manantial del que brota la alegría perdurable. «Quitad lo sobrenatural y no encontraréis lo natural, sino lo antinatural», nos decía Chesterton.

Quitadle a la Navidad su cataclismo sacro, ese despatarrarse del universo que trae el cielo a la tierra, y no encontraréis la verdadera fiesta, sino su remedo antinatural: consumismo bulímico, humanitarismo de pacotilla, torpe satisfacción de placeres primarios; correteos, en fin, de un gallo al que han arrancado la cabeza y que, mientras se desangra, bate las alas desesperadamente.

Frágil humanidad

La Navidad es, ciertamente, una fiesta entrañable, porque Dios se mete en las entrañas de nuestra frágil humanidad; pero no es una fiesta pánfila o merengosa, como los falsificadores de la Navidad pretenden, atiborrándonos de sentimentalismos hueros. Ese cataclismo del universo que acaeció en una cueva de Belén, trastornando las jerarquías establecidas, no fue sólo celebrado por los pastores; también Herodes lo celebró... a su particular manera.

Y la ira de Herodes, revolviéndose como un áspid contra ese Niño que viene a quitarle el cetro, es trasunto de la ira de otro monarca de rango superior, que había conseguido que la criatura humana se envileciese con el pecado, y que, con perplejidad y ofendido pasmo, descubre que, pese a todo, Dios le concede una segunda oportunidad, metiéndose en sus entrañas, utilizando su naturaleza frágil y manchada como recipiente de su divinidad.

La nueva alianza de Dios con el hombre, que se sella en la Cruz, se inicia en el vientre de una mujer; y el vientre de la mujer, donde se gesta nuestra vida inerme, se convertirá desde entonces en el epicentro de una batalla que se inicia en la Navidad y que se alargará, por los sucesivos crepúsculos de la historia, hasta que esa alianza se cumpla en plenitud, allá al final de los tiempos, con la compleción de las promesas parusíacas.

Hasta entonces, las campanas de Navidad seguirán resonando como cañonazos en la noche, porque ese cataclismo que acaeció en una cueva de Belén es una batalla sin cuartel: «Pongo eterna enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya».

Feliz y sacra Navidad a todos los lectores.

 

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Artículo de Juan Manuel de Prada. ABC.es

 

Nacimiento de Jesús en Belén

Nace el Ungido por el Espíritu Santo

San Lucas quiso situar en la Historia el suceso del nacimiento de Jesús.

«En los planes de Dios, a la Encarnación, realizada en la intimidad, seguía el Nacimiento, también en el silencio y la humildad. Sólo se comunica de inmediato a unos pobres pastores de los contornos de Belén, a unos sabios de Oriente, los Magos, y a muy pocas personas más. Aparentemente no había sucedido nada relevante.

Pero, de hecho, se había producido el sesgo más importante en la historia de los hombres. Y sigue la paradoja divina: el Omnipotente, el Amo de universo, se nos muestra con el encanto y la debilidad de un niño, que necesita de todos» [1].

 

El relato lucano consta de tres partes. La primera, describe el tiempo y circunstancias del hecho, fijando así su marco histórico; la segunda, cuenta brevemente el nacimiento; y la tercera, relata la adoración de los pastores.

El evangelista destaca hasta tal punto esta última, que las dos primeras vienen a ser como su prólogo.

«En aquellos días se promulgó un edicto de César Augusto, para que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento fue hecho cuando Quirino era gobernador de Siria. Todos iban a inscribirse, cada uno a su ciudad. José, como era de la casa y familia de David, subió desde Nazaret, ciudad de Galilea, a la ciudad de David llamada Belén, en Judea, para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta» (Lc 2,1-5).

 

Resultado de imagen de Belén. Tierra Santa

 

 

Desde el año 27 a.C., cuando el Senado Romano le concedió el título de Augusto, gobernó el Imperio hasta el 14 d.C. El empadronamiento entre los romanos tenía una doble finalidad: por una parte, se trataba de conocer el número de habitantes del Imperio; por otra, servía para la distribución y pago de los tributos. El edicto (dogma) se promulgó para la oikoumene, es decir, para «todo el mundo» dentro de las fronteras del Imperio.

La costumbre romana era censarse cada uno en su lugar de residencia. Es muy posible que Roma concediese una cierta autonomía para que cada uno se censara en su ciudad de origen, como era frecuente entre los pueblos orientales.

Esto obliga a José, «de la casa y familia de David», y a María, su esposa [2], a «subir» [3] desde Nazaret, donde vivían, «a la ciudad de David, que se llama Belén» [4]. Para los escrituristas, en estos versículos se hace referencia velada a la profecía de Miqueas [5].

La providencia de Dios [6] crea la constelación perfecta que se requiere para el acto central de la historia de mundo. El Mesías debe no solamente descender de la estirpe de David, por medio de José, sino también nacer en la ciudad de David. El decreto del Emperador romano debe contribuir a ello.

Es Dios quien mueve los hilos de la historia para el cumplimiento de las profecías del AT, de manera que los acontecimientos de la época y la normalidad del comportamiento de María y José, conducen a la Sagrada Familia al lugar donde debe nacer el Mesías.

El relato de san Lucas presenta algunas anotaciones, aparentemente poco importantes, con el fin de estimular al lector a una mayor comprensión del misterio de la Navidad y de los sentimientos de la Virgen al engendrar al Hijo de Dios. «Y sucedió que, estando allí, le llegó la hora del parto, y dio a luz a su hijo primogénito; lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el aposento» (Lc 2,6-7).

 

nacimiento belen

 

La descripción del acontecimiento del parto, narrado de forma breve y sencilla, presenta a María participando fiel e intensamente en los planes divinos con aquella disponibilidad plena, que ya manifestó en la Anunciación. El Verbo del Padre viene al mundo para salvarnos, en el silencio de la tierra, sin espectáculo, rodeado tan sólo de los cuidados amorosos de María y de José, únicos testigos oculares del evento.

La expresión «primogénito» (prototokon) debe entenderse aquí como «unigénito» (monogenés), porque María no tuvo más hijos, si bien la ley mosaica exigía la donación a Yahwéh del «primer hijo» [7], y «primogénito» expresa también legalmente el derecho de primogenitura [8].

A continuación, el autor sagrado refiere dos cosas: la primera es un hecho totalmente normal: «lo envolvió en pañales»; y la otra es bastante extraña: «y lo recostó en un pesebre», aportando enseguida su explicación: «porque no hubo lugar para ellos en el aposento (katalyma) [9]».

Se trata de una afirmación que recuerda el texto del prólogo de san Juan: «vino a los suyos, pero los suyos no lo recibieron» [10], y anticipa proféticamente los numerosos rechazos que Jesús sufrirá en su vida terrena.

Con los detalles del viaje y del parto, el evangelista nos presenta el marco de austeridad y pobreza, propio del reino mesiánico que ahora comienza: un reino sin honores ni poderes terrenos [11]. El Niño debe nacer en la pobreza del mundo -no es casual que no haya sitio en la posada-, para participar así desde el principio en su pobreza.

Y si con este desprendimiento -un establo y un pesebre- se manifiesta todo el esplendor del cielo, es sólo para, desde el gran canto de alabanza, remitir a la gente sencilla al signo más adecuado: en la hora suprema del cumplimiento, ésta es la señal: «encontraréis un niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre». Entre la gloria más resplandeciente de arriba y la pobreza más extrema de abajo, se da, sin embargo, una perfecta correspondencia y unidad.

María da a luz en una situación de escasez y penuria: no puede dar al Hijo de Dios ni siquiera lo que suelen ofrecer las madres a un recién nacido; al contrario, debe acostarlo «en un pesebre», una cuna improvisada que contrasta con la dignidad del «Hijo del Altísimo».

Finalmente, la expresión «para ellos» indica un rechazo tanto para el Hijo como para su Madre e indica que Ella ya estaba asociada al destino de sufrimiento de su Hijo, participando en su misión redentora.

 

 

Fuentes:
[1] J.M. Casciaro-J.M. Monforte, Jesucristo, Salvador de la Humanidad. Panorama bíblico de la salvación, Eunsa, 2ª ed., Pamplona 1997, p. 132.
[2] El evangelista nos informa indirectamente que ya se habían celebrado la nupcias entre María y José, al usar el término gynaiki (esposa), en lugar de emnesteumene (prometida) que utilizó en Lc 1,27 en la Anunciación.
[3] La palabra «subir» (anabainein) es el término designado de forma usual para ir a las montañas de Judea, y en particular a Jerusalén. Y para ir a Belén, que está muy cerca, lo normal era pasar por la Ciudad Santa.
[4] Cfr 1 Sam 20,6.
[5] Cfr Mich 5,2. El evangelista usa términos empleados en el contexto de la profecía, como «dar a luz», «tiempo del parto», «pastores / pastorear», «gloria de Yahwéh / gloria del Señor», paz, etc.
[6] Cfr J. Morales, El Misterio de la Creación, Eunsa, Pamplona 1994, pp. 285-296. «El hombre recibe seguridad en la Providencia no principalmente a partir de una visión racional sobre la armonía del universo, sino por la proximidad a Jesús y la meditación de su vida» (p. 290). Es más, «el equilibrio del alma que ha encontrado a Dios en sí misma, y está abismada en Él, desafía todos los poderes creados. Está situada en el centro único donde convergen las líneas de fuerza de la Providencia» (Un cartujo, La Trinidad y la vida interior, Rialp, 3ª ed., Madrid 1992, p. 90.
[7] Cfr Ex 13,12; 34,19; Num 13,13.
[8] Cfr Ex 25,29-33; Dt 21,15-17.
[9] El término katalyma sugiere la idea de un lugar en el que uno «se pone aparte» -corresponde al término latino diversorio- para encontrar donde comer y refugiarse. ¿Se puede decir que en Lc 2,17 era un albergue? No se puede fijar con exactitud su significado porque podría traducirse con varios sinónimos: mesón, albegue, hospedería, posada, etc. Por ejemplo, la «posada» en la que entra el buen samaritano es llamada pandojéidon (Lc 10,34).
[10] Ioh 1,11.
[11] Jesús lo ratificará en su Vida pública, diciendo de sí mismo: «el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Lc 9,58).

 

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El Niño Jesús nace en un pesebre

"Dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre”. Así resume S. Lucas el momento más trascendental de la historia de los hombres.

Hoy celebramos el nacimiento de Jesús. Dios que nace en una cueva, en un pesebre. Cada película ha reflejado esta escena –y la que le precede: la llegada a la gruta de Belén– con un tono y un ritmo muy diferente, según el sentido que ha pretendido cada director.

 

En La Natividad (2006), Catherine Hardwick ha filmado la llegada al establo de Belén con un ritmo creciente. La Virgen siente que llega su hora, y José acelera el paso con nerviosismo. Llegamos. Belén está ante nuestros ojos. Pero Belén no es aquí ese tumulto de forasteros, amontonados por las calles, que hemos visto en otros filmes; aquí es un conjunto de casas pequeñas y sin calor: frías, solitarias, un tanto inhóspitas. Ninguna de ellas abre sus puertas a las llamadas de José: es la frialdad en persona la que recibe indiferente la llegada del Mesías.

Mientras tanto, la Virgen está ya a punto de dar a luz. No sabiendo ya qué hacer, José lacoge en sus brazos y sigue gritando por las calles, en busca de refugio: “¡Por favor, un techo donde cobijarnos!”. Sólo una persona les escucha: ni siquiera les habla, señala simplemente en una dirección en cuyo final se vislumbra un establo. Y allí deposita a la Virgen, en medio de ovejas y ganado, tras una carrera de desesperación.

En contraste con esta creciente agitación (Hardwick se ha fijado sobre todo en el dramatismo de la escena), las siguientes imágenes revelan un clima de paz, serenidad y contemplación. Una estrella en el firmamento anuncia que el Mesías ha llegado ya. Y vemos varios grupos que miran hacia el Cielo: S. Joaquín y Santa Ana, en primer lugar; y luego Simeón y su mujer.

En Jesús de Nazaret (1977), Zeffirelli desarrolla esta escena de modo muy diferente, con un ritmo más pausado. Después de que la gitana les indique el camino hacia la gruta (la secuencia que vimos ayer), José y María se refugian en el establo. La siguiente escena muestra la aparición de la Estrella, que –como en casi todos los filmes– sustituye y simboliza el momento –imposible de filmar– del nacimiento de Cristo.

La acción aquí se remansa: una Vida nueva aparece en el firmamento, una luz más brillante que todas las demás para iluminar un mundo a oscuras. Lentamente, José deposita al Niño en brazos de su Madre. Y llega entonces la gitana, que había advertido que vendría al terminar su jornada de trabajo. Sí: nuevamente son los pobres y desamparados los que acogen a Cristo en su llagada a la tierra.

 

 

Ella sabe bien cómo arreglárselas en esa situación, por eso da instrucciones precisas a José: “Ponlo ahí, en el pesebre, y procura que haya paja fresca para que tenga calor. Yo me ocuparé de ella”. El travelling de aproximación al rostro del Niño, acorde con la serenidad de toda la escena, es una clara invitación al espectador para que contemple en silencio ese momento.

Dio a luz a su hijo primogénito, lo envolvió en pañales y lo recostó en un pesebre”. Así resume S. Lucas el momento más trascendental de la historia de los hombres, con una clara referencia a la actividad de María (arropa, viste y acomoda al Niño) que ha sido interpretada por los exégetas como una muestra más de que la Virgen se vio libre de los dolores del parto.

En esta escena de La Natividad (2006), vemos que José ha preparado ya una cuna (un anacronismo que, sin embargo, casa bien con las imágenes tradicionales de nuestros belenes) y ayuda, después, a la Virgen a poner al Niño allí. La conversación que mantuvieron en el viaje (y que vimos el lunes pasado) parece reanudarse aquí: con el mismo afecto, con el mismo tono de intimidad.
 
¿Estás bien?”, pregunta José. Y responde María: “Ha recibido la fuerza que había pedido: fuerza de Dios… y de ti”. Su caricia en el rostro de José es correspondido con un beso en el dorso de su mano. Y esa tierna relación nos recuerda que, en la Sagrada Familia, todo estuvo presidido por el Amor.

 

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Fuente: Alfonso Méndiz, Jesucristo en el cine

Falta de sitio en la posada

Al llegar al Belén no encuentran lugar de descanso

Al ver a María, a punto de dar a luz, les ofrecen un pobre pesebre.

La llegada a Belén y la falta de sitio en la posada –aspectos explícitamente relatados por S. Mateo– han favorecido que la imaginación popular se forjara una idea un tanto negativa del posadero de Belén: un hombre de pocos escrúpulos, que no se apiada de esos forasteros ni de una mujer que está a punto de dar a luz.

 

 

Con su apuesta por la denuncia política, el director de Rey de Reyes (1961) quiso dibujar una Belén caótica y confusa, de hombres violentos, corrompidos por la dominación romana. Hasta esa ciudad anárquica llegan José y María, y la bondad de esa pareja resalta por contraste en ese marco de odio y egoísmo. También el posadero responde a ese arquetipo, aunque su imagen no es del todo negativa: cuando, al final de la conversación, sabe que María va a dar a luz esa noche, cambia el tono de sus palabras y les ofrece un pesebre para que puedan acogerse allí. Tal vez sea ese el mejor acomodo para ellos.

Años más tarde, Zeffirelli hará también un retrato semejante de esta secuencia, con una Belén más tranquila y festiva, y en un tono más alegre y costumbrista. El posadero es igualmente antipático y egoísta, más aún que el del filme precedente. Llega incluso a cerrar literalmente la puerta en sus narices para evitar que se cuele en posada algún forastero.

En ese entorno adverso –en el que advertimos la profunda confianza en Dios de José– la ayuda les vendrá por una gitana que trabaja en el mesón. Ha oído toda la conversación, y ella –también una “desheredada” y una extranjera– les dará cobijo en esa tierra extraña y les conducirá hasta una cueva de las afueras. Ese contraste entre la altivez de los ricos y la solidaridad de las gentes sencillas marcará en adelante toda la película de Jesús de Nazaret (1977).

Por contraste a los filmes anteriores, María de Nazaret (1995), de Jean Delannoy, retrata al posadero de forma más amable y acogedora.

En un contexto igualmente costumbrista –cantos, bailes, panderetas, con una Belén rebosante de forasteros– la breve conversación entre José y el mesonero termina felizmente: este hombre ofrece a José y a María el mejor lugar del que dispone: un humilde establo, pero sin ruidos y con cierta intimidad.

El contraste con la bullanga y el ruido de afuera es tan grande, que la Virgen afirma convencida: “Mi Hijo no podría desear mejor palacio para venir al mundo”.

 

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Fuente: Alfonso Méndiz, Jesucristo en el cine

 

 

Algunas sugerencias para la Navidad

El niño débil e indefenso de Belén, es Dios. No nació para buscar conflictos con el poder romano ni con la tiranía de quienes se creían intérpretes infalibles de la Ley, pero no se achantó ante el error, la fuerza del mal ni la injusticia. Traía la verdad, el bien, la luz y la paz que el mundo necesita.

 

Él vino a liberar a todos los hombres y mujeres de las tiranías que lleva consigo el pecado. Ofreció su vida también por sus perseguidores y por quienes lo odiaban, para que también ellos pudieran alcanzar la salvación. Para que pudieran tener una vida feliz y perdurable.

El niño débil e indefenso de Belén, es Dios. No nació para buscar conflictos con el poder romano ni con la tiranía de quienes se creían intérpretes infalibles de la Ley, pero no se achantó ante el error, la fuerza del mal ni la injusticia. Traía la verdad, el bien, la luz y la paz que el mundo necesita.

 

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Él vino a liberar a todos los hombres y mujeres de las tiranías que lleva consigo el pecado. Ofreció su vida también por sus perseguidores y por quienes lo odiaban, para que también ellos pudieran alcanzar la salvación. Para que pudieran tener una vida feliz y perdurable.

Por eso hoy la Navidad es fiesta de amor y libertad, de hablar con soltura y confianza de las cosas buenas que bullen en el corazón, sin acobardarse ante ambientes adversos. Un buen momento para reconocer qué buena y qué gozosa es la realidad del matrimonio y de la familia, qué hermosa la sonrisa de un niño, qué tierna la mirada afectuosa del abuelo enfermo que apenas balbucea.

Una oportunidad para contemplar a la sociedad en que vivimos con realismo y alegría: aunque no falten dificultades es mucho lo que se puede hacer para construir, con el esfuerzo de todos, un mundo en el que valga la pena vivir.

La Navidad trae una invitación a todos los hombres de buena voluntad para que recapacitemos, para que, respetando las diferencias, opiniones y modos de ser de cada uno, busquemos decididamente lo importante: el auténtico bien de todo ser humano, por encima de egoísmos personales. Es fiesta de optimismo, de luz, de reconciliación, de alegría y de paz.

Y ese optimismo, alegría y paz serán reales si dejamos que Jesús nazca en nuestros corazones, que los ilumine. Algunos consejos:

 

  1.  Poner el nacimiento y explicarlo a los niños, y rezar allí reviviendo la escena

  2.  Ir a la Misa del Gallo, o cuidar especialmente la Misa de ese día. Preparándose bien con una buena confesión

  3.  Dar algo de lo nuestro a los necesitados, especialmente de nuestro tiempo y afecto a la familia y a quienes tenemos cerca.

 

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Los orígenes de la Navidad -

 

 

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En Alepo, Siria, la presencia de la cultura cristiana es bimilenaria y está inculturada.

Lamentablemente, las condiciones del país obligan a muchos jóvenes a marcharse a otros destinos

 

Había 150.000 antes de la guerra. Hoy quedan 30.000. Estamos hablando de los cristianos, y sólo en Alepo. En toda Siria, la ola migratoria está poniendo en peligro una presencia cristiana que se remonta a los orígenes de la fe. Una presencia considerada indispensable no sólo para Siria, sino también para el mundo occidental.

 

Así lo afirmó monseñor Joseph Tobji, arzobispo maronita de Alepo, en una entrevista para Vatican Media:

La presencia cristiana en Oriente, incluso en Alepo, es milenaria, desde los tiempos de los apóstoles, por lo que es muy importante que esta presencia continúe y esto también beneficia a la Iglesia universal, no sólo para Oriente, sino que ésta es también un trozo del cuerpo, un trozo del cuerpo místico de Jesús, por lo que la continuidad del cristianismo aquí en Alepo, en Siria, en Oriente, es esencial para toda la Iglesia universal.

En segundo lugar, la presencia cristiana en Alepo, en Siria, es importante para el país y también para los musulmanes, porque sigue siendo un amortiguador entre Oriente y Occidente. Es decir, hablamos árabe, somos árabes por cultura, por lo que nos entendemos muy bien con nuestros compatriotas, nos une una hermandad y también una amistad verdaderamente fuerte. Así que nos entendemos bien. Y esto también beneficia a los musulmanes y al cristianismo en Occidente. Somos un puente, un amortiguador, digamos, y somos vínculos de la cultura humana también para la gente de aquí.

 

¿Está diciendo que si los cristianos y los musulmanes, aquí, en este país, en esta región, pueden hablar entre ellos, entonces pueden hablarse y dialogar en todo el mundo?

Sí, claro, porque lo de aquí también puede ser un ejemplo para todo el mundo. A veces rezamos juntos, cristianos y musulmanes, y el pueblo, la gente sencilla, tiene vecinos musulmanes, es decir, con los cristianos trabajan juntos. Esto da una idea muy real de nuestra fe y de nuestros valores humanos, que también provienen de Dios, y así esto beneficia a la apertura de la mentalidad musulmana aquí en Siria.

Aquí, por ejemplo, es diferente de Arabia Saudí; el islam de aquí es diferente del de otras partes del mundo, en Turquía o Afganistán. Porque aquí coexisten ambas religiones y entonces hay otro ambiente, otro clima de humanidad.

 

Para mantener este diálogo entre cristianos y musulmanes, los cristianos deben permanecer. El problema actual es que los jóvenes huyen, se van. Los jóvenes, con mucha dignidad, visible y palpable, sonríen, hablan de sus estudios, y cuando hablan de su futuro, la respuesta es la misma para todos: quieren ir al extranjero. En su propio país dicen no encontrar ninguna fuente de esperanza...

Ciertamente no encuentran esperanza, no encuentran un futuro, y son exprimidos como una naranja. Un joven "optimista", digamos así, no puede vivir en este ambiente nuestro sirio, de depresión y presión, pero no de presión política, de presión de la vida, de presión de lo cotidiano.

Luego estudian cinco años en la universidad y no encuentran trabajo, o si lo encuentran, el salario no es suficiente ni para comprar cigarrillos. Y por eso siempre miran al Occidente, quieren vivir como el occidental, pensando en una vida romántica, la buena vida en el buen sentido, un futuro de trabajo, libertad y bienestar.

Esto es lo que siempre les viene a la mente a los jóvenes, sobre todo cuando ven a sus compañeros que están afuera, trabajando, tomando fotos frente a los edificios y jardines. Aquí no tenemos nada de eso, así que este sueño siempre se fortalece en la mente de nuestros jóvenes.

 

No tienen esperanza, no encuentran trabajo y hay dificultades económicas, también relacionadas con las sanciones internacionales. En su opinión, ¿existen hoy en día condiciones para levantar las sanciones internacionales?

Verdaderamente, soy pesimista sobre este frente porque, humanamente hablando, no hay ninguna razón por parte de los políticos occidentales, estadounidenses y europeos, para levantar las sanciones porque las impusieron para obtener algo a cambio. Y todavía no hay tal cosa a cambio.

“Ahora sólo soy optimista en la fe porque el Señor puede hacerlo todo, nada es imposible, pero humanamente hablando no veo una salida”

 

Ahora hablemos de su catedral, aquí en Alepo. Para los que conocen la ciudad, la catedral maronita se encuentra en pleno centro, y durante los años de la guerra estuvo realmente rodeada, con las fuerzas del gobierno por delante y los llamados terroristas por detrás. Era prácticamente la primera línea. ¿En qué condiciones encontró la iglesia al final de los combates?

Sí, de hecho, la catedral estaba justo en la línea del frente, porque el ejército sirio estaba sentado frente a la fachada y los terroristas, nosotros decimos los terroristas, no rebeldes, estaban detrás de la catedral y se disparaban. Como nuestra casa es el edificio más alto del barrio, recibía todas las bombas y cohetes. Así que la encontré sin techo, toda la cúpula había sido perforada, una buena parte de las paredes habían sido derribadas, etc. Así que fue un desastre.

También fui durante 16 años párroco de la catedral, así que esta es mi vida aquí, y siempre sentí, cada vez que venía después del alto el fuego, un dolor de corazón. Y luego me convertí en obispo y decidí comenzar el trabajo después de la guerra. Es muy importante reconstruir, restaurar esta catedral porque es un signo de esperanza, es un testimonio de la presencia cristiana aquí en Alepo. Había un fuerte deseo, y una insistencia, por reconstruirla.

Esperamos dos años para reconstruir primeros las casas de la gente, las viviendas, y cuando eso terminó, pasamos al siguiente paso de reconstruir la catedral. No se imagina con qué alegría nos decía la gente, los maronitas y los demás, pero también los musulmanes: ¡por fin han vuelto! Es un signo de esperanza, una presencia luminosa.

 

 

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https://www.primeroscristianos.com/restauran-la-catedral-maronita-de-alepo-destruida-por-los-yihadistas-durante-la-guerra/

“Recen para que mi vejez sea tranquila, religiosa y alegre”

Palabras del papa Francisco el día de su 80 cumpleaños

La Misa con los cardenales, en el día de sus 80 años. El Papa insiste en la importancia de la memoria: «En nuestro camino siempre encontramos gracia y pecado»

 

Viendo el pasado y recordando el camino recorrido, siempre encontramos «momentos de gran fidelidad al Señor y algún momento feo de infidelidad, de pecado, que te hace sentir la necesidad de la salvación.

Esta también es nuestra seguridad. Necesitamos salvación, hagamos una confesión de fe: “Yo soy pecador, pero Tú puedes salvarme”». Papa Francisco celebra la misa en el día de sus ochenta años con algunos cardenales presentes en Roma, reunidos en la Capilla Paulina.

 

El Papa Francisco

El Papa Francisco saluda desde su balcón

 

El cardenal Angelo Sodano, decano del colegio cardenalicio, saludó al comenzar a Francisco: «Hemos querido concelebrar con usted esta santa misa para dar gracias al Señor por el amor con el que está llevando a cabo su misión. Estamos cerca de usted, mucho más en este día tan hermoso de su vida…».

El Evangelio del día presenta la genealogía de Jesús que escribió Mateo, la de la familia de José, con la que el Nazareno se sitúa en la estirpe de David. Un texto compuesto por un largo elenco de generaciones, en donde aparecen personajes muy diferentes entre sí.

Papa Francisco, que en la homilía no hizo ninguna referencia a su cumpleaños, comentó el pasaje haciendo ver que el camino del Adviento hace una pausa. «La liturgia nos hace detenernos un poco. La Iglesia nos pide que hagamos memoria, mira hacia atrás, mira a la familia. La memoria da mucha fuerza al alma».

Citando la Carta a los Hebreos, el Papa recuerda que hacer memoria, ver hacia atrás, sirve «para ir mejor hacia adelante. Este es el significado».

Hay que pedir «la gracia de la memoria», porque «es propio del amor siempre tener bajo la mirada los dones tan bellos que hemos recibido, mirar la historia, de dónde venimos, a nuestros antepasados, el camino de la fe. Y esta memoria nos hace bien, porque hace más intensa esta vigilante espera hacia la Navidad».

Mediante la genealogía de Jesús vemos «que hemos sido elegidos». Elección y alianza «son los pilares de la memoria cristiana, este mirar hacia atrás para seguir adelante. Cuando nosotros escuchamos este pasaje del Evangelio, hay una historia de gracia muy grande, pero también una historia de pecado. Siempre encontramos por el camino gracia y pecado. En la lista hay pecadores grandes y hay santos».

«Todos nosotros, en nuestra vida —añadió el Papa— encontraremos lo mismo, momentos de gran fidelidad al Señor, de alegría en el servicio. Y algún momento feo de infidelidad, de pecado, que te hace sentir la necesidad de la salvación, y esta es también nuestra seguridad: necesitamos la salvación. Confesemos, hagamos una confesión de fe: “¡Yo soy pecador, pero Tú puedes salvarme!”. Así se va hacia adelante en la alegría de la esperanza».

«Hoy nos detenemos, miramos hacia atrás —dijo Francisco—, y vemos que el camino ha sido bello, que el Señor es fiel. También vemos que tanto en la historia como en nuestra vida ha habido muchos momentos bellísimos de fidelidad y momentos feos de pecado. Pero el Señor está allí, con la mano tendida para volver a levantarte: “¡Sigue adelante!”».

Bergoglio deseó que nunca falte «la gracia de la memoria, de mirar hacia atrás a lo que el Señor ha hecho por nosotros, por la Iglesia, la historia de salvación. Y así entenderemos por qué la Iglesia nos hace leer este pasaje, que puede parecer un poco aburrido, la historia de un Dios que quiso caminar con su pueblo y hacerse hombre, uno de nosotros».

Y si mantener viva esta memoria resulta «difícil, aburrido», hay una «frase bellísima para nuestras quejas» en la Carta a los Hebreos: «Tranquilízate, todavía no has llegado a dar la sangre… un poco de humorismo, inspirado, para seguir adelante». El Papa se refería al versículo 4 del capítulo 12, en donde San Pablo escribió: «Aún no habéis resistido hasta la sangre, combatiendo contra el pecado».

Al final de la Misa, Francisco volvió a tomar el micrófono y agradeció a los cardenales por las felicitaciones y por la cercanía.

«Desde hace algunos días me viene a la mente una palabra que me parece fea: ¡vejez! Espanta… Hasta ayer, para darme un regalo, un monseñor me dio el “De senectute” de Cicerón, ¡una gota más! Me acuerdo de lo que les dije en nuestro primer encuentro, el 15 de marzo de 2013: la vejez es sede de sabiduría; esperemos que también sea así para mí. Cómo ha venido tan rápido, con el paso tan silencioso».

Pero el Papa añadió también que hay que considerar a la vejez como una etapa «de la vida para dar alegría, sabiduría, esperanza». La vejez «es tranquila y religiosa, recen por que la mía sea así: tranquila, religiosa y fecunda, y también alegre».

 

+ info -

https://www.primeroscristianos.com/eleccion-de-francisco-papa-13-marzo/

 

VATICAN INSIDER

"Si no se reconoce que Dios se hizo hombre, ¿qué sentido tiene celebrar la Navidad?"   Benedicto XVI

«Ante todo --subrayó--, nosotros, los cristianos, tenemos que reafirmar con convicción profunda y sentida la verdad de la Navidad de Cristo para testimoniar ante todo la conciencia de un don gratuito que es riqueza no sólo para nosotros, sino para todos».

 

CIUDAD DEL VATICANO, martes, 18 diciembre 2007

Benedicto XVI ha propuesto redescubrir el sentido de la Navidad, Dios que se hace Niño, pues de lo contrario esta fiesta pierde su sentido.

«Que la Navidad sea para todos la fiesta de la paz y de la alegría: alegría por el nacimiento del Salvador, Príncipe de la paz», deseó al concluir la última audiencia general del año 2007.

Según explicó el Santo Padre a los miles de peregrinos congregados en el Aula Pablo VI, «en Belén se manifestó al mundo la Luz que ilumina nuestra vida; se nos reveló el Camino que nos lleva a la plenitud de nuestra humanidad».

«Si no se reconoce que Dios se hizo hombre, ¿qué sentido tiene celebrar la Navidad? La celebración se vacía», reconoció.

«Ante todo --subrayó--, nosotros, los cristianos, tenemos que reafirmar con convicción profunda y sentida la verdad de la Navidad de Cristo para testimoniar ante todo la conciencia de un don gratuito que es riqueza no sólo para nosotros, sino para todos».

Al acercarse la Navidad, el Papa pidió rezar «para que se realicen las esperanzas de paz, de salvación, de justicia, de las que el mundo tiene necesidad urgente».

«Pidamos a Dios que la violencia se venza con la fuerza del amor, que los malos entendidos cedan el paso a la reconciliación, que la prepotencia se transforme en deseo de perdón, de justicia y de paz», exhortó.

El Papa deseó que «el augurio de bondad y de amor que nos intercambiamos en estos días llegue a todos los ambientes de nuestra vida cotidiana».

«Que la paz more en las familias y puedan pasar la Navidad unidas ante el Nacimiento y el árbol adornado iluminado», siguió deseando.

«Que el mensaje de solidaridad y de acogida que procede de la Navidad contribuya a crear una profunda sensibilidad hacia las antiguas y nuevas formas de pobreza, hacia el bien común, en el que todos estamos llamados a participar», añadió.

«Que todos los miembros de la comunidad familiar, en especial los niños y los ancianos, las personas más débiles, puedan sentir el calor de esta fiesta, y que se dilate después durante todos los días del año», añadió.

El anuncio de este mensaje, concluyó, es la esencia de la evangelización, que ha sido presentada por la «Nota doctrina sobre algunos aspectos de la Evangelización», recién publicada por la Congregación para la Doctrina de la Fe.

El obispo de Roma la quiso presentar como motivo de «profundización personal y comunitaria».

 

 

+info: Los orígenes de la Navidad

 

Ver en Wikipedia

 

 

Cantalamessa: "Sintonizar con el Espíritu Santo para la aventura sinodal"

El predicador de la Casa Pontificia, cardenal Raniero Cantalamessa, pronunció su segunda predicación de Adviento en el Aula Pablo VI del Vaticano, ante la presencia del Papa Francisco. En su reflexión, recogida por L'Osservatore Romano, y centrada en el tema: "Cuando llegó la plenitud de los tiempos, Dios envió a su Hijo", invitó a escuchar al Espíritu "que abre caminos nuevos, sin contradecir nunca los antiguos".

 

Osservatore Romano

Basar todo en el Espíritu Santo: esta fue la invitación que resonó durante la segunda predicación de Adviento pronunciada por el cardenal Raniero Cantalamessa -sobre el tema "Dios envió el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones"- el viernes 10 de diciembre por la mañana, en el Aula Pablo VI del Vaticano, en presencia del Papa Francisco. Basar todo en el Paráclito, insistió el predicador de la Casa Pontificia, es aún más necesario "en el momento en que la Iglesia se lanza a la aventura sinodal".

Para el cardenal capuchino, no basta "con rezar un Pater, un Ave y un Gloria al comienzo de nuestros encuentros pastorales", y pasar luego apresuradamente al orden del día. Cuando las circunstancias lo permiten, "hay que permanecer un tiempo expuestos al Espíritu Santo, para darle tiempo a que se manifieste". En definitiva, es necesario "sintonizar con él".

Sin estas premisas, subrayó, "las resoluciones y los documentos siguen siendo palabras añadidas". Es como el sacrificio de Elías en el Monte Carmelo, cuando "recogió la leña, la mojó siete veces, hizo todo lo que pudo, y luego rogó al Señor que enviara fuego del cielo y consumiera el sacrificio". Sin ese fuego de lo alto, "todo habría quedado sólo en madera húmeda (cf. 1 Reyes 18:20 ss)".

El Espíritu se manifiesta en la oración comunitaria

Por otra parte, señaló el predicador, no hay que "esperar respuestas inmediatas y espectaculares", porque "la nuestra no es una danza del fuego, como la de los sacerdotes de Baal en el Carmelo". De hecho, los tiempos y los modos son conocidos por Dios. Lo importante es "pedir y recibir la fuerza de lo alto; la forma de manifestarse se deja a Dios".

El capuchino se pregunta si "al menos en las asambleas plenarias de cada circunscripción, ya sea local o universal, no sería posible nombrar un animador espiritual que organice momentos de oración y de escucha de la Palabra, al margen de las reuniones". Esto se debe a que "el espíritu de profecía se manifiesta preferentemente en un contexto de oración comunitaria".

Hay un ejemplo "maravilloso" de esto durante la primera crisis que la Iglesia tuvo que afrontar en su misión de anunciar el Evangelio. Sucedió cuando Pedro y Juan fueron detenidos y encarcelados por haber "anunciado en Jesús la resurrección de los muertos". Son liberados por el Sanedrín con la orden de "no hablar de ninguna manera, ni enseñar en el nombre de Jesús". Los apóstoles se enfrentan a una situación que "se repetirá muchas veces en el curso de la historia: callar, incumpliendo el mandato de Jesús, o hablar con el riesgo de una intervención brutal de las autoridades que acabe con todo".

Proclamar la Palabra de Dios llenos del Espíritu

En esta situación, los apóstoles se dirigen a la comunidad orante. Es entonces cuando se proclama el versículo del salmo: "Los reyes de la tierra se levantaron y los príncipes se aliaron contra el Señor y contra su Cristo" (Sal 2,2). Algunos lo aplican a lo que ocurrió en la alianza entre Herodes y Poncio Pilato con respecto a Jesús.

Cuando terminaron de orar", leemos, "el lugar donde estaban reunidos temblaba, y todos estaban llenos del Espíritu Santo, y proclamaban la palabra de Dios con denuedo (parresía)". (cf. Hechos 4:1-31). Pablo muestra que esta práctica no permanece aislada en la Iglesia: "Cuando os reunís -escribe a los corintios-, uno tiene un salmo, otro una enseñanza; uno tiene una revelación, otro tiene el don de lenguas, otro tiene el don de interpretación" (1 Cor 14,26).

Lo ideal para toda resolución sinodal, subrayó el predicador, "sería poder anunciarla -al menos idealmente- a la Iglesia con las palabras de su primer concilio: "Nos pareció bien al Espíritu Santo y a nosotros..." (Hechos 15,28)". (Hechos 15:28)".

El himno Veni Creator Spiritus

El Espíritu Santo es "el único que abre nuevos caminos, sin contradecir nunca los antiguos. No hace las cosas nuevas, sino que las hace nuevas": es decir, no crea "nuevas doctrinas y nuevas instituciones, sino que renueva y vivifica las establecidas por Jesús". Sin él, señaló Cantalamessa, "siempre estaremos atrasados en la historia". En efecto, el Espíritu Santo es "maestro de ese aggiornamento que San Juan XXIII fijó como finalidad del Concilio": esa asamblea histórica "debía realizar un nuevo Pentecostés y el nuevo Pentecostés debe realizar ahora el Concilio".

Finalmente, el predicador recordó que la Iglesia latina posee "un tesoro para este fin: el himno Veni Creator Spiritus".

Desde su composición en el siglo IX, "ha resonado sin cesar en toda la cristiandad, como una prolongada epíclesis sobre toda la creación y la Iglesia". Desde los primeros años del segundo milenio, "cada año nuevo, cada siglo, cada cónclave, cada concilio ecuménico, cada sínodo, cada ordenación sacerdotal o episcopal, cada reunión importante en la vida de la Iglesia se abre con el canto de este himno".

Se ha cargado con "toda la fe, la devoción y el anhelo ardiente del Espíritu de las generaciones que la han cantado antes que nosotros". Y ahora, cuando se canta, incluso por el más modesto coro de fieles, Dios lo escucha así, con esta inmensa "orquestación" que es la comunión de los santos.

 

https://www.vaticannews.va

 

El 8 de diciembre, el cielo de Barcelona conoció una nueva estrella

Está en el pináculo de la nueva torre dedicada a la Virgen María, que mide 138 metros y tiene 800 ventanas.

 

 

Su inauguración es todo un hito en la construcción de la basílica de Gaudí. Es la primera torre completa de la basílica de la Sagrada Familia.

La estrella es de una pieza, pesa 5,5 toneladas y tiene 7,5 metros de diámetro.

Su montaje en los tres brazos que la sujetan ha sido un trabajo de altura y cuidado. Está hecha de vidrio texturizado.

A partir de la noche del 8 de diciembre, se iluminará desde dentro y dará aún más brillo al cielo de esta ciudad mediterránea.

sagrada familia

Gaudí daba mucha importancia a la luz, que durante el día iluminará los cristales de la cruz.

La inauguración será retransmitida en directo y será una oportunidad única para ver realizarse el sueño de Antonio Gaudí, que comenzó a construir esta basílica en 1882.

Romereports.com

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